Las galeras chocan a mediodía en el golfo de Lepanto.
Ese mismo día, en Roma, los que no pueden luchar recorren las calles en procesión, rezando el Rosario. Es el domingo 7 de octubre de 1571. Por eso, cada 7 de octubre, la Iglesia celebra a la Virgen del Rosario.
Roma tardará dos semanas en saber quién ha vencido.
Pero aquella oración es mucho más antigua que la batalla. Empezó en unas manos que llevaban la cuenta de sus oraciones con piedras, y a ella va unido también el nombre de santo Domingo. Quien la reza hace algo muy sencillo: mira a Jesús junto a su Madre, cuenta a cuenta.
En julio de 1917, en un pueblo de Portugal, una Señora prometió a tres niños pastores que en octubre les diría quién era.
¿Cómo llegó una oración que se contaba con piedras a tener su propio día?
Piedras, padrenuestros y una corona de rosas
En el desierto de Egipto, en el siglo cuarto, una piedra cae sobre la arena. Y después otra. Las deja caer un ermitaño llamado Pablo, un hombre retirado a la soledad para rezar. Se ha propuesto rezar trescientas oraciones cada día. Para no perder la cuenta, junta trescientas piedrecitas y deja caer una cada vez que termina una oración. Y así, con unas piedras, la oración empieza a contarse.
Siete siglos después, en la gran abadía de Cluny, en Francia, la oración de los monjes son los salmos, los ciento cincuenta cantos de la Biblia que la Iglesia reza desde antiguo. Los cantan en el coro, de día y de noche. Pero en la abadía viven también hermanos legos, y la mayoría no sabe leer. ¿Cómo van a rezar ciento cincuenta salmos? Cuando muere un hermano, ellos rezan por él cincuenta padrenuestros en lugar de los salmos. Es como un salterio para quienes no saben leer, hecho de oraciones breves, repetidas y contadas.
A María se la venera desde los primeros siglos. Pero en el siglo doce el pueblo empieza a repetirle, una y otra vez, las palabras con que el ángel la saludó. El avemaría se suma así a la cuenta. Algunos la rezan de rodillas. De san Alberto se cuenta que se arrodilla cien veces al día, y cada vez dice un avemaría.
En Inglaterra, la regla de unas mujeres que viven encerradas en una celda junto a una iglesia les propone cincuenta avemarías, de diez en diez. Es la decena que todavía hoy se reza.
Pero contar tanto tiene un peligro, el de rezar deprisa solo para llegar al número. En la Edad Media corre la historia de Eulalia, una mujer que reza ciento cincuenta avemarías cada día. Un día, dice la historia, la Virgen le pide que rece solo cincuenta, pero despacio. Ya no importa el número, sino cada saludo.
Para contar ya no hacen falta piedras. En el París del siglo trece hay gremios enteros de artesanos que fabrican cuerdas con cuentas, a las que llaman «paternósters».
De ese mismo siglo es una leyenda muy querida, que se cuenta por toda Europa. Un joven monje reza avemarías. De sus labios, la Virgen toma capullos de rosa, uno a uno, y teje con ellos una guirnalda para su propia cabeza.
Por esa imagen la oración se llama rosario, que quiere decir corona de rosas, como las flores con que los fieles coronan las imágenes de María. La oración que empezó con piedras en la mano de un ermitaño lleva ya nombre de flores. Siglos más tarde, ciudades enteras verán coronar sus imágenes de la Virgen del Rosario.
Falta el nombre que la tradición unirá para siempre a estas cuentas. Por los caminos del sur de Francia predica entonces un fraile castellano, Domingo de Guzmán.
Santo Domingo, un cartujo y un predicador
Domingo va de pueblo en pueblo hablando de Cristo a quien quiera escucharlo. En aquellas tierras se han extendido los albigenses, un movimiento que se ha apartado de la fe de la Iglesia.
Durante siglos, en la fiesta del Rosario, la Iglesia leyó esta historia, «según se ha transmitido». Cuando los albigenses se ensañaban con los sacerdotes del Señor, Domingo levantó los ojos al cielo, hacia la Virgen María. Y recurrió a un modo sencillo de orar: el Rosario, al que llamaban también Salterio de la Virgen. Ella le pidió que lo predicara a los pueblos, como defensa contra las herejías y los vicios.
El fraile lo propagó. Y los fieles, con el saludo del ángel en los labios y encendidos por esas oraciones, empezaron a transformarse en hombres nuevos.
Es la escena que tantos cuadros pintarían después: la Virgen que pone el rosario en las manos de Domingo. Pero las cuentas siguen siendo solo eso, cuentas. Lo que les dará alma nacerá mucho después, en la celda silenciosa de un monje.
A comienzos del siglo quince, en la cartuja de Tréveris, en Alemania, vive un joven monje llamado Domingo de Prusia. Es cartujo, un monje que pasa casi toda la vida en silencio, solo en su celda. Su superior le aconseja rezar cada día cincuenta avemarías. Y al joven se le ocurre algo sencillo, escribir cincuenta frases breves sobre la vida de Jesús, una para cada avemaría.
Así, cada avemaría abre una escena de la vida de Jesús, de su nacimiento a su resurrección. Son los misterios, que se van contemplando avemaría tras avemaría. La cuenta se ha convertido en mirada.
Falta ordenarlo todo. Unos cincuenta años después, un fraile dominico, Alain de la Roche, conoce en Flandes aquellas frases de los cartujos y se enamora de ellas. Las ordena en quince grupos de diez avemarías, las decenas, y funda cofradías, grupos de fieles que rezan juntos y se ayudan. Y por donde pasa cuenta la historia de la Virgen y de santo Domingo. De su voz pasó a los conventos, a las cofradías y a toda la Iglesia.
En 1569, en Roma, un papa que de joven había sido fraile dominico deja escrita esa misma historia en una bula, un documento solemne con el sello papal. La firma para una Iglesia que él ve «sacudida por herejías» y «afligida por tantas guerras». Se llama Pío V, y gobierna una Roma que mira con miedo el avance de la flota otomana.
Lepanto: los que no podían combatir
Frente a ese avance, Pío V ha reunido a varios reinos y repúblicas cristianas en una alianza: la Liga Santa. Sus galeras se juntan en el Mediterráneo bajo el mando de don Juan de Austria. Antes de que salgan al mar, el Papa le envía su bendición y un consejo que nada tiene de estrategia: que deje atrás a los soldados de mala vida.
El anciano de hábito blanco se prepara a su manera: ayuna tres días por semana y pasa muchas horas cada día en oración. Ha mandado orar en todas las iglesias de Roma.
A los romanos, que no pueden subir a una galera ni empuñar un arma, los envía a rezar el Rosario. Mientras la armada de la Liga busca a la flota otomana, en la ciudad las cuentas pasan entre los dedos.
El primer domingo de octubre, hacia el mediodía, las dos flotas se encuentran junto a las islas Echinades, a la entrada del golfo de Lepanto. Combaten durante unas tres horas. Al final, la Liga vence.
El precio es alto. Se calcula que la flota cristiana pierde unos siete mil quinientos hombres y diecisiete naves, y que entre veinte mil y treinta mil turcos quedan fuera de combate.
En las galeras otomanas remaban, encadenados a los bancos, cristianos convertidos en esclavos. Entre doce y quince mil de ellos, según se calcula, salen aquel día libres de sus cadenas.
En Roma, ese mismo domingo, las cofradías del Rosario salen en procesión, mientras lejos de allí se combate en el mar.
Los primeros biógrafos de Pío V cuentan que, aquel día, al terminar la batalla, está despachando asuntos con su tesorero, Bartolomeo Busotti. De pronto, el Papa se levanta. Abre la ventana. Mira al cielo durante un momento. Y se vuelve hacia él: «No es momento de negocios; daos prisa en dar gracias a Dios, porque nuestra flota acaba de vencer a los turcos».
Pero ningún mensajero confirma lo que el Papa ha dicho junto a la ventana. Roma no sabe nada. Los días pasan, y en el palacio la espera se hace dolorosa.
Seis días después de la batalla, la única noticia que alcanza la ciudad es que las dos flotas están cerca una de la otra. Nada más. Quién ha ganado, quién ha muerto, si se ha llegado a combatir: nadie puede decirlo.
El Papa manda orar día y noche en todos los monasterios de Roma. Y es el primero en hacerlo. Las noches se suceden con conventos enteros en vela, pidiendo por unos hombres que quizá ya no viven.
En la noche del 21 al 22 de octubre, un correo entra por fin en la ciudad. Lo manda el nuncio en Venecia, el representante del Papa ante aquella república. Trae la noticia de la victoria.
El correo se la entrega al cardenal Rusticucci, que despacha los asuntos de Estado del Papa. No espera a la mañana: hace despertar al Papa.
El anciano escucha. Y rompe a llorar de alegría. Lo que le sube a los labios es una frase del Evangelio.
«Nunc dimittis servum tuum in pace». Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz. Son las palabras del anciano Simeón cuando tuvo al Niño Jesús en brazos.
Pío V se levanta del lecho. Se arrodilla y da gracias a Dios. Después vuelve a acostarse, pero ya no consigue dormir.
Ahora que la ciudad lo sabe, el Papa junta las dos cosas. La batalla se ganó el primer domingo de octubre. Ese mismo día, las cofradías rezaban el Rosario por las calles de Roma.
Para Pío V, la victoria tiene una fuente: la Virgen María, a la que su pueblo invocaba cuenta a cuenta mientras otros combatían. Hace tocar las campanas. Y ordena que cada año, en ese aniversario, se recuerde a Nuestra Señora de la Victoria.
Así nace la fiesta. La oración de los que no podían combatir tiene ya su propio día.
Pío V no llegará a celebrar el primer aniversario. Muere en la primavera siguiente, y hoy reposa en Santa María la Mayor, la gran basílica de la Virgen en Roma. Será su sucesor quien cambie el nombre de aquella fiesta.
Del nombre de una victoria al nombre de una oración
Los vencedores no se atribuyeron la victoria. En Venecia, bajo una pintura de la batalla en el Palacio Ducal, el Senado de la república hizo escribir: «No nuestro poder y armas, ni nuestros jefes, sino la Virgen del Rosario nos ayudó a vencer».
En 1573, los dominicos acuden a Gregorio XIII, el sucesor de Pío V. Él ordena que el primer domingo de octubre se celebre como fiesta del Rosario en las iglesias que tienen un altar del Rosario.
La fiesta de una victoria lleva ya el nombre de una oración. Ese nombre volverá a sonar, siglos después, en un campo de Portugal.
Para entonces, la Virgen del Rosario ya ha cruzado el océano. En el Nuevo Reino de Granada, la tierra que hoy es Colombia, el pintor Alonso de Narváez la ha pintado sobre una tela de algodón tejida por indígenas. A los lados de la Virgen y el Niño ha puesto a san Andrés y a san Antonio de Padua.
La tela acaba en una capilla de Suta con techo de paja. Más de diez años de humedad la dejan borrosa.
Años después la llevan a Chiquinquirá, pero está tan estropeada que la dejan abandonada en un cuarto que antes fue oratorio. Al pueblo llega a vivir una mujer nacida en Sevilla, María Ramos. Repara el viejo oratorio y cuelga la tela en el mejor lugar de la capilla, aunque casi no se distingue lo que muestra.
En Chiquinquirá se cuenta, y la Iglesia de Colombia lo guarda como su historia, que el 26 de diciembre de 1586 María Ramos sale del oratorio. En ese momento pasa por allí una mujer indígena, Isabel, con su hijo. Mira hacia dentro y le grita:
«¡Mire, mire, Señora!».
María vuelve los ojos hacia la pintura. La imagen está rodeada de vivos resplandores. Los colores han vuelto, con su brillo. No queda una rasgadura, no queda un agujero.
Hoy la Virgen del Rosario de Chiquinquirá es la Patrona de Colombia, y los dominicos custodian aquel lienzo.
La fiesta seguiría creciendo con cada victoria. En 1716, el príncipe Eugenio vence otra vez a los turcos, en Hungría, junto a la fortaleza de Peterwardein. Es la mañana de la fiesta de la Virgen de las Nieves.
En Roma, Clemente XI ve en esa fecha la intercesión de la Virgen y extiende la fiesta del Rosario a toda la Iglesia.
Lo que empezó en las calles de Roma se celebra ya en el mundo católico entero. Pero un cuadro del Rosario todavía tendrá que viajar en el más pobre de los carros. En la segunda mitad del siglo diecinueve, junto a las ruinas de Pompeya, vive un abogado que se había alejado de la fe.
Pompeya: el abogado y el cuadro del carro
Aquel abogado se llama Bartolo Longo. Ha vuelto ya a la Iglesia después de pasar por el espiritismo, la práctica de invocar a los espíritus. Desde 1872 cuida las tierras de la condesa De Fusco en el valle de Pompeya, donde los campesinos viven dispersos por granjas y casas de campo.
Haber vuelto no le ha traído la calma. El 9 de octubre de aquel año, la tempestad de su alma le tortura el corazón y el cuerpo más que de costumbre. Sale de la casa y camina sin rumbo. Llega al rincón más desolado del valle, el que los campesinos llaman Arpaja, como si allí vivieran las arpías de los mitos antiguos.
No hay nadie.
Se detiene en seco. Le parece oír una voz amiga que le susurra: «Si buscas salvarte, propaga el Rosario. Es promesa de María».
Longo alza la frente y las manos al cielo. Grita a la Virgen que, si de verdad prometió a santo Domingo que quien propague su Rosario se salvará, entonces él se salvará, «porque no saldré de este valle sin haber propagado tu Rosario».
Nadie responde. Alrededor, un silencio de sepulcro. Pero de pronto llega una gran calma. A lo lejos suena el Ángelus, la oración que las campanas anuncian a mediodía. Cae de rodillas en aquel campo vacío para rezarlo. Al levantarse, siente una lágrima en la mejilla.
Desde ese día va de casa en casa por el valle. Llama a las puertas de los campesinos y les regala rosarios y medallas. Como son de metal, a aquella gente pobre le parecen valiosos, y los aceptan con gusto. Pero muchos apenas saben rezar el avemaría.
Con los años quiere darles algo más. En noviembre de 1875 hay en el valle una misión, unos días de predicación para la gente del campo. Longo no quiere que termine sin dejarles un cuadro de la Virgen del Rosario, para que se reúnan ante él cada tarde a rezar.
Para encontrarlo va a Nápoles. En una plaza, junto al taller de un pintor, se cruza con el dominico Alberto Radente, el fraile que lo había acompañado en su vuelta a la fe. Entran juntos. Un cuadro pequeño de la Virgen del Rosario cuesta cuatrocientos francos. «¡Es demasiado!», dice el fraile. Ya en la calle, le cuenta que compró uno viejo a un ropavejero, por tres francos y cuarenta, y que hace años se lo regaló a una religiosa, sor Maria Concetta De Litala.
Longo va a pedírselo. En cuanto lo ve, se le para el corazón. La tela está carcomida. Justo encima de la cabeza de la Virgen le falta un palmo entero.
La monja no lo deja marcharse con las manos vacías: «Llévese esta imagen; seguro que logrará arrancar un avemaría».
El cuadro mide un metro por uno cuarenta y no cabe en el tren. Angelo Tortora es el carretero de Pompeya: vacía los establos de las familias ricas y vende el estiércol a los campesinos. Acepta el encargo. Coloca el cuadro encima de la carga que ya lleva en el carro. Y no quiere cobrar nada: le basta haber llevado a la Virgen.
Así entra en el valle de Pompeya la Virgen del Rosario. Sobre un carro de estiércol.
Esa tarde, en la iglesia parroquial, los presentes miran el lienzo, y una sonrisa les asoma a los labios ante aquel «mamarracho». El cuadro se queda en un rincón, detrás del altar.
Pocos meses después se cura una muchacha que estaba a punto de morir, Clorinda Lucarelli, y su curación se toma como la señal de que la obra le agrada a la Virgen. En mayo se pone la primera piedra de un templo para aquel cuadro arrinconado. Siete años más tarde, un papa escribe a todos los obispos del mundo.
Octubre, el mes de la Reina
Aquel papa es León XIII, y lo que pide a la Iglesia entera tiene nombre de mes: consagra el mes entero de octubre de 1883 a la Reina del Santísimo Rosario.
Para ese mes pide que en cada parroquia se recen cinco decenas y las letanías, la serie de invocaciones a la Virgen, con Misa o ante la Eucaristía expuesta sobre el altar. La fiesta ya era de toda la Iglesia. Ahora la oración tiene también su mes.
Ese mismo octubre, el día 14, veinte mil peregrinos se reúnen en el valle donde Bartolo Longo había llamado a las puertas, una por una, con rosarios en las manos.
Todos miran al mismo lienzo. Es el que años antes llegó en el carro y pasó su primera tarde en un rincón, detrás del altar. Ante él rezan juntos, por primera vez, la Súplica a la Reina del Santo Rosario, la oración que a Longo le ha brotado del corazón.
Veinte mil voces terminan con las mismas palabras: «Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios».
Aquel voto gritado en Arpaja no se queda en palabras. En los años siguientes, Longo levanta junto al santuario un orfanato. Desde las cárceles, los propios presos le piden que cuide de sus hijos, y para ellos abre otra casa. Para cuidar a las huérfanas funda él mismo una congregación de hermanas dominicas. En Pompeya, la oración contada en cuentas se vuelve pan, techo y escuela.
Faltaba todavía un paso para el día de la fiesta. Durante siglos se había celebrado el primer domingo de octubre, y por eso cambiaba de fecha cada año. San Pío X, en 1913, la fija en el 7 de octubre, el mismo día en que las galeras chocaron en Lepanto. Es el día que la Iglesia guarda hoy en su calendario como memoria de la Virgen del Rosario.
Desde entonces el día no se mueve.
Cuatro años después, en un pueblo de Portugal, tres niños pastores oyen la campana del Ángelus y se ponen a rezar el Rosario.
Fátima: el nombre prometido para octubre
El campo donde rezan se llama Cova da Iria, cerca de Fátima. Lucía, Francisco y Jacinta llevan allí el rebaño.
Aquel 13 de mayo de 1917 ven a una Señora. Lleva en las manos un rosario de cuentas blancas.
Es Lucía quien habla con ella, y por Lucía llegan sus palabras. Ese día son una petición: «Recen el rosario todos los días, para alcanzar la paz para el mundo y el fin de la guerra».
Sobre quién es, ni una palabra.
En julio, en el mismo lugar, la Señora vuelve a pedir lo mismo. Que sigan rezando el rosario cada día en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz, «porque solo Ella les podrá valer». El título ya ha sonado. Pero lo dice como quien habla de otra persona.
Lucía le pregunta quién es.
La respuesta queda en suspenso: «En octubre diré quién soy, lo que quiero, y haré un milagro que todos verán, para creer».
En el pueblo no todos creen a los niños. El párroco duda de lo que cuentan. El alcalde del municipio intenta convencerlos de que lo dejen. Y un día 13, el día en que debían volver, no pueden ir a la Cova da Iria: están presos.
Pero los tres siguen volviendo. Octubre está cada vez más cerca, y con octubre, la promesa.
El 13 de octubre de 1917 es un día frío y gris. Llueve sin parar. En la explanada esperan entre cincuenta y setenta mil personas, empapadas, mirando hacia tres niños.
Lucía pregunta a la Señora qué quiere.
Y la Señora dice, por fin, el nombre que había prometido en julio: «Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor, que soy la Señora del Rosario, que sigan siempre rezando el rosario todos los días».
Es el nombre de la fiesta que nació el día de Lepanto.
Lo que pide después no habla de ella, sino de su Hijo, Jesús. Con un aspecto más triste dice: «No ofendan más a Nuestro Señor, que ya está muy ofendido».
Abre las manos y las hace reflejarse en el sol. Mientras se eleva, su propia luz sigue proyectándose sobre él. Los niños ven entonces, junto al sol, a san José con el Niño Jesús, y a la Virgen vestida de blanco, con manto azul. San José con el Niño parecen bendecir el mundo, con gestos de la mano en forma de cruz.
Abajo, la multitud empapada levanta la cara al cielo y ve otra cosa. El sol gira. Cambia de color.
Trece años después, la Iglesia declara dignas de crédito aquellas apariciones. Francisco y Jacinta son hoy santos. Fátima y el Rosario no nombran a dos vírgenes distintas: son dos nombres de la misma María.
La Señora había pedido una capilla en aquel campo. Lejos de allí, en Cádiz, otra imagen suya tenía su casa desde hacía siglos.
Lo que se salva del fuego
Su historia como Patrona empieza en 1755, cuando el terremoto de Lisboa sacude también Cádiz. Los gaditanos corren asustados a la puerta del convento de Santo Domingo. Piden a los frailes dominicos que saquen en procesión a su Virgen del Rosario para detener la fuerza del mar. Nueve días después, la ciudad la nombra su Patrona.
Casi dos siglos después, el 11 de mayo de 1931, un grupo de exaltados prende fuego a la iglesia y al convento. Antes de huir, los frailes alcanzan a salvar lo que pueden.
Sacan el Santísimo, el pan consagrado de la Eucaristía. Y de la imagen de su Patrona, dos piezas: las manos de la Virgen y el Niño.
El resto de la imagen lo devora el fuego.
Doce años después, un escultor sevillano que se ha hecho fraile dominico talla para Cádiz una nueva imagen de su Patrona. Las manos que sostienen el rosario son las que los frailes sacaron del fuego. El Niño que lleva en brazos es el mismo Niño.
Dieciséis años después del incendio, el cardenal arzobispo de Sevilla pone la corona sobre las sienes de la Virgen. Es una coronación canónica, hecha con la autorización del Papa.
Hoy sigue en su camarín, en el centro del retablo mayor de Santo Domingo, con aquellas manos y aquel Niño.
La guirnalda de rosas que dio nombre a la oración es ahora una corona de verdad sobre la cabeza de la Virgen de Cádiz.
Como tantas imágenes del Rosario, esta Madre sostiene a su Hijo. Y la oración que se reza ante ella recorre la vida de ese Niño.
Mirar a Cristo con los ojos de María
Una mano pasa una cuenta, y después otra. Un padrenuestro, diez avemarías, y vuelta a empezar. Dicho así parece poca cosa. Pero cada decena se detiene ante un misterio de la vida de Jesús, y quien reza lo mira junto a su Madre.
En Nazaret, una joven escucha a un ángel y responde que sí. En Belén, esa misma joven envuelve a su hijo recién nacido y lo acuesta en un pesebre.
Años después, la Madre está de pie junto a la cruz, viendo morir a su Hijo. Al tercer día, Jesús resucita. Y en Jerusalén, en medio de los discípulos que rezan, llega el fuego de Pentecostés.
Las avemarías corren por debajo, como un latido. La mirada, en cambio, se queda en el rostro de Cristo. Es la mirada de María, que guardaba todo aquello y lo meditaba en su corazón. Quien reza el Rosario aprende de ella a mirar así a su Hijo: despacio, una escena tras otra.
Durante siglos, esos misterios fueron quince, tantos como las decenas que imitaban los ciento cincuenta salmos: los gozosos, los dolorosos y los gloriosos. En octubre de 2002, Juan Pablo II firma una carta sobre el Rosario y abre con ella un Año del Rosario para toda la Iglesia. Propone además algo nuevo, que deja a la libre elección de cada uno: cinco misterios de luz, tomados de la vida pública de Jesús.
En el Jordán, Jesús entra en el agua para ser bautizado. En una boda de Caná, su Madre advierte que se ha acabado el vino, y él convierte el agua en vino. Por los caminos, anuncia que el Reino de Dios está cerca y llama a la conversión. En un monte, su rostro se transfigura ante tres discípulos. Y en la última Cena toma el pan y lo entrega como su Cuerpo: es la Eucaristía.
Al final de la carta, Juan Pablo II la pone en las manos de la Virgen. Es la Virgen de Pompeya, la del santuario que levantó Bartolo Longo, aquel abogado del valle desolado.
Es el mismo lienzo carcomido que llegó encima de un carro de estiércol. Los presentes sonrieron al ver aquel «mamarracho», y pasó su primera tarde arrinconado detrás del altar.
Ante él se postra ahora, en espíritu, un papa.
Y el abogado que lo confió a un carretero aún espera la última palabra de la Iglesia.
Este octubre
Bartolo Longo envejeció junto a aquel cuadro. Murió a los ochenta y cinco años en el mismo valle donde un día, solo y atormentado, había prometido a gritos a la Virgen no salir de allí sin haber propagado su Rosario. El voto estaba cumplido.
León XIV lo declara santo en la plaza de San Pedro, el 19 de octubre de 2025.
Al año siguiente, a finales de septiembre, el mismo papa reza el Ángelus en Lourdes. Allí la Inmaculada se apareció a santa Bernadette con el rosario. Desde ese lugar, León XIV pide a todos los fieles que recen el Rosario durante todo el mes de octubre, con una intención concreta: que cesen las guerras.
Como aquel domingo de Lepanto, la oración vuelve a las manos de quienes no pueden detener una guerra. Este octubre, la Iglesia entera queda invitada a tomar el rosario por la paz.
La oración que empezó con piedras en la mano tiene su día porque, el domingo de Lepanto, los que no podían combatir la rezaron por las calles de Roma. Y da su nombre a la Virgen porque, cuenta a cuenta, mira con ella el rostro de su Hijo.
Virgen María, Madre de Jesús, tú que guardabas en tu corazón cada palabra y cada gesto de tu Hijo: enséñanos a mirar contigo su rostro, cuenta a cuenta, en la alegría y en el dolor. Tú que acogiste la oración de los que no sabían leer, de los que no podían combatir y de los niños bajo la lluvia, recibe también la nuestra. Alcánzanos la paz para el mundo y para nuestras casas, y que esta dulce cadena nos una siempre con Dios. Reina del Santísimo Rosario, ruega por nosotros. Amén.





