Entre los doce hombres que Jesús escogió para que caminaran con él, dos se llamaban Judas. Uno lo entregó. El otro, Judas Tadeo, habló una sola vez en todo el Evangelio. Fue la noche de la última cena, y lo que hizo fue preguntar. Quería entender por qué Jesús iba a mostrarse a sus amigos y no al mundo entero. Jesús le respondió hablándole de una morada, de una casa. Esa pregunta es casi todo lo que queda de su voz.
Hoy, cada día 28, miles de personas llenan una iglesia de Ciudad de México para pedirle ayuda a él. Llegan enfermos, gente sin trabajo, madres con un hijo en la cárcel, los que ya no saben a quién acudir. Todos buscan al otro Judas, el que no entregó a Jesús.
Un nombre en la lista
Su nombre aparece por primera vez en Galilea, en los años en que Jesús va de pueblo en pueblo con un grupo de seguidores. Al hacerse de día, Jesús llama a los discípulos y escoge de entre ellos a doce, para que estén con él y para enviarlos a predicar. A esos doce les da un nombre, apóstoles, que quiere decir enviados. Los nombres se dicen uno a uno, y casi al final está el de este apóstol. Unos lo llaman Tadeo. Otros, Judas, el de Santiago. Y cada vez que la Escritura da esa lista, Tadeo aparece al lado del mismo compañero, Simón, al que apodan el Zelota, que quiere decir el celoso.
Nadie dejó contado cómo llamó Jesús a Tadeo, ni qué oficio tenía, ni qué dejó atrás para seguirlo. Lo que ha llegado hasta hoy es su nombre, y ese nombre ya dice algo. Tadeo quizá viene de una palabra del arameo, la lengua que hablaba Jesús, que significa pecho, como quien dice un hombre de corazón grande.
El nombre de Judas vuelve a oírse en Nazaret, el pueblo donde se crió Jesús. Cuando él regresa, sus propios vecinos se preguntan «¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?». Una tradición muy antigua reconoce en ese Judas al apóstol Tadeo, y lo cuenta entre los parientes del Señor, igual que a Santiago.
Pero en el grupo de los Doce camina también el otro Judas, el Iscariote. Los dos llevan el mismo nombre, recorren los mismos caminos y comen en la misma mesa. Dos de los evangelios prefieren llamar al apóstol Tadeo, quizá para que nadie lo confunda con el otro. Aun así, ese nombre compartido le pesará durante mucho tiempo.
Juan, el evangelista, lo llama por su nombre y añade enseguida la aclaración, «Judas, no el Iscariote». Solo lo hace una vez, la noche en que este Judas toma la palabra en Jerusalén.
La pregunta de la noche
Es de noche en Jerusalén, la víspera de la Pasión, cuando a Jesús solo le quedan unas horas antes de que lo lleven a la cruz. La cena con los suyos todavía no ha terminado. Sentados a la mesa, los apóstoles le oyen decir algo difícil de entender. Quien acepta sus mandamientos y los guarda, ese es el que lo ama. A ese lo amará su Padre, y Jesús mismo se le mostrará.
Entonces Judas, el compañero de Simón, toma la palabra y dice «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?».
Lo llama Señor, como lo llaman los suyos, y lo que pide es entender.
Jesús no le contesta con una señal que vea la ciudad entera, ni le promete un prodigio en la plaza. Le habla de otra cosa, y dice «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».
Jesús habla en plural. Dice vendremos, él y su Padre, juntos. Y una morada es una casa, el sitio donde alguien se queda a vivir. A una pregunta sobre el mundo entero, Jesús responde con una casa dentro de cada persona que lo ama y guarda su palabra.
Es la única vez que el Evangelio deja oír la voz de este apóstol. En los evangelios no se conserva ninguna otra palabra suya. Por eso, cuando la Iglesia lo recuerda el día de su fiesta, lo presenta precisamente así, como el que hizo aquella pregunta y recibió aquella respuesta.
Unas horas más tarde, en un huerto a las afueras de la ciudad, llega gente a prender a Jesús, y le echan mano. Todos los discípulos lo abandonan y huyen en la oscuridad, también los que poco antes, a la mesa, habían oído la promesa de una morada. Los que han venido por él se lo llevan.
Once en la sala alta
Los mismos hombres que huyeron aquella noche vuelven a estar juntos, porque Jesús resucitado se les aparece una y otra vez durante cuarenta días. Al final de ese tiempo, en el monte de los Olivos, junto a Jerusalén, lo ven elevarse al cielo. Antes de irse les ha dejado un encargo, no alejarse de la ciudad y esperar lo que el Padre prometió, la fuerza del Espíritu Santo, para ser sus testigos hasta el confín de la tierra.
Así que bajan del monte por un camino corto, el que la ley judía permite andar en sábado, y suben a la sala alta de la casa donde se alojan. Allí la Escritura da sus nombres uno por uno, empezando por Pedro y Juan. Los dos últimos son Simón el Zelota y Judas el de Santiago, otra vez juntos, como en todas las listas. Con los once están algunas mujeres y María, la madre de Jesús. De todos ellos queda una misma frase. «Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos».
De este apóstol no se guarda ninguna palabra en esos días. Lo que se ve es que reza, y que reza junto a la Virgen. En ninguna otra página la Escritura lo nombra mientras ora.
En aquellos días hay un hueco en el grupo. Entre unas ciento veinte personas reunidas, Pedro se pone en pie y recuerda que Judas Iscariote, el que guió a los que arrestaron a Jesús, era uno de ellos. Hace falta otro testigo de la resurrección, alguien que haya acompañado al Señor desde el principio. Proponen a dos, José Barsabá y Matías, y antes de decidir rezan todos juntos y dicen «Señor, tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido».
Echan suertes, y la suerte cae sobre Matías. Entre los once que han rezado por ese sitio vacío está Judas Tadeo. Uno de los que piden a Dios quién ocupará el lugar del Iscariote lleva su mismo nombre.
Llega el día de Pentecostés, una fiesta de los judíos, y Jerusalén está llena de gente venida de muchos pueblos. Los discípulos están todos juntos en el mismo lugar, y Judas Tadeo es uno de ellos. De pronto baja del cielo un estruendo, como de un viento fuerte, que llena toda la casa. Ven aparecer unas lenguas como llamaradas, que se dividen y se posan encima de cada uno. Todos se llenan del Espíritu Santo y empiezan a hablar en otras lenguas.
Al ruido acude la multitud. Cada forastero los oye hablar en su propio idioma, y mientras unos se quedan asombrados, otros se burlan y dicen «Están borrachos». Entonces Pedro se pone en pie junto con los Once y alza la voz ante el pueblo.
Los que se dispersaron en la oscuridad del huerto hablan ahora a plena luz, en medio de Jerusalén, y la ciudad entera empieza a oír sus voces.
Contentos por el Nombre
Esas voces llegan pronto a los oídos del templo. El sumo sacerdote, la máxima autoridad religiosa de Jerusalén, y los de su partido, los saduceos, reaccionan en un arrebato de celo y mandan encerrar a los apóstoles en la cárcel. Pero esa noche el ángel del Señor les abre las puertas y los saca fuera con una orden, ir al templo y enseñar al pueblo.
Con la primera luz ya están allí, de pie entre la gente, hablando de Jesús. Los guardias del templo van a buscarlos y se los llevan sin violencia, porque temen al pueblo.
Así llegan ante el Sanedrín, el tribunal supremo de los judíos. El sumo sacerdote les recuerda que tenían prohibido enseñar en el nombre de Jesús. Pedro y los apóstoles le responden «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».
En la sala hay quien quiere matarlos. Entonces uno de los miembros del tribunal aconseja dejarlos en paz, porque si aquella obra viene de Dios nadie podrá destruirla. El tribunal acepta el consejo, pero no los deja ir sin castigo. Los azotan, les vuelven a prohibir que hablen de Jesús y los sueltan. De esa salida la Escritura dice «Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre».
Y cada día siguen enseñando.
Más tarde matan a Esteban, uno de los creyentes de la comunidad, y una persecución violenta cae sobre la Iglesia de Jerusalén. Los creyentes salen de la ciudad y se dispersan por Judea y Samaría. Se marchan todos, menos los apóstoles.
Con ellos se queda en la ciudad Judas Tadeo.
La fe que en Jerusalén se pagó con azotes es la misma que pide guardar una carta muy breve, que la Iglesia conserva entre sus Escrituras y que la tradición atribuye a este apóstol. Va dirigida a todos los creyentes, no a una sola comunidad. Su primera línea dice «Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, a los que son llamados, amados en Dios Padre y custodiados en Jesucristo».
El autor advierte contra los que dividen a los hermanos y contra quienes toman como excusa para cualquier conducta la gracia de Dios, el amor que Él regala sin que nadie lo merezca. Los retrata con imágenes duras. Siguen el camino de Caín, el que mató a su hermano, y son nubes sin agua, árboles de otoño sin fruto, olas salvajes y estrellas errantes.
Luego se vuelve hacia los fieles. Les pide que se edifiquen sobre su santísima fe, que oren en el Espíritu Santo y que se mantengan en el amor de Dios, esperando la misericordia de Jesucristo. Les pide también que traten de convencer a los que dudan. Y la carta termina alabando al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo.
Lejos de Jerusalén queda todavía el confín de la tierra, adonde el Resucitado envió a los apóstoles como testigos.
Hasta Persia
Llega el día en que los apóstoles salen de Jerusalén, y el hombre que en la Cena había preguntado cómo se mostraría Jesús a los suyos se pone también en camino. La Iglesia recuerda que Judas Tadeo llevó el Evangelio, año tras año, hacia el oriente, hasta Mesopotamia, la tierra entre los ríos Tigris y Éufrates, y hasta Persia.
Al final de esos caminos, en la antigua Persia, vuelve a encontrarse con Simón, el mismo que en todas las listas de los Doce aparece a su lado. Desde entonces predican juntos. Los escuchan babilonios y gentes de otras ciudades, y decenas de miles piden el bautismo, el agua con que se entra en la Iglesia de Cristo.
Los cristianos que vinieron después se fueron pasando de padres a hijos un relato de aquellos años que sucede en la corte de Babilonia. Varardach, el general de los ejércitos del rey, se prepara para salir contra unos invasores venidos de la India. Antes de la batalla quiere saber qué le espera, y por medio de dos magos de la corte consulta a sus dioses. Los dioses no responden.
Los magos buscan un culpable y lo encuentran en los dos extranjeros que predican por la región. El general manda traer ante él a Simón y a Judas, y les dice «Ustedes tienen gran poder, pues han silenciado a nuestros dioses».
Los dos apóstoles se niegan a hacer de adivinos. Pero dejan hablar a los ídolos, y las voces de piedra anuncian una guerra larga y sangrienta. Luego los apóstoles tranquilizan al general. Le anuncian que al día siguiente, a esa misma hora, llegarán emisarios a pedirle la paz, y que la pedirán con las condiciones que él ponga.
Varardach quiere comprobarlo, y encierra a los apóstoles y a los magos hasta el día siguiente.
Pasa la noche. A la hora anunciada, los embajadores llegan a la puerta y piden la paz.
Cumplida la palabra, el general manda soltar a los apóstoles y dar muerte a los magos que habían buscado su ruina. Entonces los dos apóstoles piden por los que querían perderlos, insisten, y le dicen al general «No, perdónales la vida… Hemos venido a dar vida, no a destruirla».
Los magos no se rinden. Delante del rey llaman a una multitud de serpientes. Los dos apóstoles las recogen en sus mantos, las arrojan contra los magos y les mandan morder sin matar. Los magos gritan de dolor, y el rey pide que los dejen morir. Otra vez los apóstoles se niegan. Mandan a las serpientes sacar el veneno, y al tercer día los magos quedan curados.
Tampoco aceptan nada a cambio de lo que anunciaron. Ninguna recompensa, ningún regalo de la corte. Y más tarde el rey al que servía el general, con muchos de los suyos, se convierte a Cristo. Así lo siguen contando, desde hace siglos, los cristianos que guardaron la memoria de los dos apóstoles.
Pero allí donde el Evangelio les ganaba discípulos en Persia, les ganaba también enemigos.
No renegar
En las iglesias de Occidente, su final se contaba de este modo. A Simón y a Judas los detienen y los llevan al Templo del Sol. Allí, delante de los ídolos, los sacerdotes les ordenan ofrecer sacrificio al sol y a la luna y renegar de Cristo, es decir, apartarse de Él en público y dejarlo.
Los dos se niegan.
Entonces un ángel se les presenta y les deja elegir. O la ciudad entera muere de golpe, o mueren ellos. Los dos eligen morir, y piden a Dios que la gente de aquella ciudad se convierta.
Judas alza la voz delante de las estatuas y las declara falsas. Manda salir a los demonios que las habitan, y las estatuas se rompen contra el suelo. La gente huye asombrada. Entonces los sacerdotes se lanzan contra los dos apóstoles.
Y allí, juntos, los matan.
Lo que pasó en aquel último momento se recuerda de más de una manera. Una tradición antigua dice que a Judas le cortaron la cabeza con un hacha, y por eso los pintores lo representan con un hacha en la mano. Otra cuenta que una turba lo mató a garrotazos y que después lo decapitaron. Y el relato del Templo del Sol termina con el cielo despejado, un trueno que retumba y un rayo que parte el templo en tres. En todas las versiones queda lo mismo. Ninguno de los dos quiso renegar de Cristo.
Tampoco la muerte los separó. Un obispo y escritor antiguo transmite que a los dos los sepultaron juntos en Suanir, la ciudad de Persia donde murieron.
Esa compañía llega hasta hoy. Siglos después, los restos de los dos apóstoles reposan en Roma, en la Basílica de San Pedro. Están en la nave que cruza el templo, a la izquierda, bajo la mesa del altar dedicado a san José, junto al retablo que lo representa. Los que en todas las listas de los Doce iban uno al lado del otro siguen así. Quien llega hasta ese rincón de la basílica se detiene a rezar ante la tumba de los dos apóstoles.
La Iglesia nunca abrió un proceso para declararlos santos. No le hizo falta, porque los venera como apóstoles, los hombres que Jesús escogió para estar con Él. Los celebra juntos, el mismo día, cada 28 de octubre. Y la oración con que se abre la misa de su fiesta nace de una plegaria que la Iglesia rezaba ya hace más de mil años.
Judas Tadeo tenía fiesta en el calendario. Pero se llamaba Judas, como el que entregó a Jesús, y ante ese nombre muchos pasaban de largo.
El santo al que nadie pedía
Ese pasar de largo duró mucho tiempo. En la Edad Media, según se cuenta, los cristianos de Occidente rezaban a los apóstoles en sus altares y en sus fiestas, pero a este lo nombraban poco. Así, el compañero de Simón quedó casi apartado, con su pregunta guardada en el Evangelio y su nombre cargado con la culpa de otro.
En el siglo catorce, una mujer de mucha oración, santa Brígida de Suecia, empezó a mirarlo de otra manera. Se cuenta que, en una visión, el Señor le pidió que acudiera a Tadeo con mucha confianza. Y le explicó el porqué con el nombre mismo del apóstol.
«De acuerdo a su sobrenombre, Tadeo, el amigable, el caritativo, se mostrará a sí mismo con la mayor voluntad para brindar ayuda».
En otra visión, Brígida oyó que el quinto altar de su iglesia debía ser para él, porque Tadeo, con la pureza de su corazón, vencería la maldad. El nombre que hacía apartar la vista se volvía, para ella, una invitación a acercarse.
Hoy un sacerdote da una explicación más sencilla y muy humana. Cuenta que algunos fieles empezaron a pedirle a Tadeo, al santo al que nadie pedía nada, pensando que tendría pocos asuntos que atender.
Cuándo empezó a llamársele el santo de las causas difíciles y desesperadas, nadie lo sabe con certeza. Pero el título se le quedó, unido a lo que los demás ya daban por perdido, a la enfermedad sin remedio, al trabajo que no llega, al hijo que se fue. Ante su imagen se arrodillaban, cada vez más, los que no encontraban otra puerta.
Siglos después, esa confianza cabía en una estampa de papel con una oración a san Judas, y una de esas estampas llegó a las manos de un misionero en Arizona.
Una estampa en Arizona
El misionero se llamaba James Tort, y aquello ocurrió en 1923. Pertenecía a los claretianos, una congregación de sacerdotes dedicados a las misiones, y lo habían destinado a Prescott, un pueblo de Arizona. Leyó la oración de aquel papel y empezó a rezarle al apóstol, él solo, a un santo al que casi nadie a su alrededor nombraba.
Poco después le encargaron levantar una iglesia nueva en el sureste de Chicago, dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe. Un feligrés regaló una estatua de san Judas, y en 1927 la colocaron a un costado, porque el lugar principal lo ocupaba una imagen de santa Teresita. Empezaron dos novenas, nueve días seguidos de oración por una misma intención. A santa Teresita le pedían vocaciones, jóvenes dispuestos a entregar su vida a Dios. A san Judas, poder terminar la iglesia.
Pero la gente se juntaba ante la imagen del costado. Acudieron tantos que, a los pocos meses, la estatua del apóstol pasó al lugar principal.
En febrero de 1929 el padre Tort celebró allí la primera novena solemne, y antes de que acabara el año la Iglesia reconoció oficialmente aquel rincón como Santuario Nacional de San Judas. Llegó la Gran Depresión, años de pobreza para muchísimas familias, y después llegó la guerra. Por miles, hombres, mujeres y niños llenaron las novenas de aquella iglesia de la Virgen de Guadalupe. Desde allí corrió por todo el país el nombre con que invocaban a san Judas, patrono de las causas desesperadas.
En esa misma iglesia, un vitral guarda una historia que se cuenta del apóstol. Abgar, rey de Edesa, estaba gravemente enfermo y le pidió a Jesús que lo curara. Jesús apretó su rostro contra un paño y se lo entregó a Judas para que se lo llevara al rey. En cuanto lo recibió, Abgar quedó sano.
De ese paño viene el medallón con el rostro de Cristo que la imagen del santo lleva sobre el pecho. Los sacerdotes que cuidan su devoción explican que significa que el apóstol anuncia a Jesús. Sobre su cabeza arde una llama pequeña, la de Pentecostés, la misma que se posó sobre cada uno de los reunidos aquel día en Jerusalén. El verde de su manto es el color de la esperanza. Con esos signos lo reconocen hoy los fieles en muchas iglesias.
Pocos años después, los misioneros claretianos llevaron otra imagen del apóstol desde Barcelona hasta México.
Este santo sí me escucha
La imagen medía casi metro y medio, y en 1933 la colocaron en la iglesia de Jesús María, en el Centro Histórico de Ciudad de México. Estuvo allí muy poco tiempo, porque un decreto presidencial cerró el templo al culto, y en 1934 el edificio pasó a manos de la Secretaría de la Defensa Nacional.
Así que la llevaron a la parroquia del Purísimo Corazón de María, en la colonia Del Valle, y en ese templo se quedó más de veinticinco años.
Mientras esa imagen aguardaba en la colonia Del Valle, muy lejos de allí, en São Paulo, Brasil, la fiesta del apóstol empezaba a volverse costumbre. La ciudad crecía tanto que en 1940 la Iglesia abrió allí una parroquia nueva con su nombre. Comenzó en una casa pequeña que había servido de almacén, y el primer párroco la convirtió en capilla. Allí se celebró la primera fiesta un 28 de octubre, y desde 1941 la fiesta vuelve el día 28 de cada mes.
En Ciudad de México, aquella espera terminó en los años sesenta. Los claretianos llevaron la imagen al templo de San Hipólito y San Casiano, en la esquina de Reforma con Hidalgo, y la pusieron en un nicho a la izquierda de la entrada. La gente empezó a detenerse ante ella, sobre todo los días 28, y como junto a la entrada ya no cabía, la imagen pasó a la capilla de los Santos Mexicanos, a mitad del templo.
Tampoco allí cabía ya la gente. En 1982 los claretianos subieron la imagen al altar mayor, entre san Hipólito y san Casiano, bajo la Virgen del Inmaculado Corazón de María. Eran años de crisis, de inflación y de familias enteras sin trabajo. Y la gente sencilla de la capital repetía una frase, «este santo sí me escucha».
Hoy es día 28 en la esquina de Reforma con Hidalgo. Miles de personas se reúnen en San Hipólito, y el 28 de octubre llegan todavía más. Entran sobre todo los que sufren o se sienten rechazados. Vienen hombres y mujeres sin empleo, enfermos, gente pobre, personas atadas a la bebida o a la droga. Con ellos entran madres que perdieron a un hijo o que lo tienen en la cárcel. Desde aquella crisis llegan también muchos jóvenes que, según explica un sacerdote, ven a san Judas como su santo valedor, un santo amigo.
Entre tantos que cruzan esa puerta, llegan también algunos que le piden al apóstol lo que él jamás pediría a Dios.
Una morada
Hay quienes viven del delito y lo llaman su patrono. Otros colocan su imagen al lado de lo que veneran con el nombre de «Santa Muerte». En octubre de 2008, pasada la fiesta del apóstol, la Arquidiócesis de México respondió con un comunicado. Empezaba alentando la devoción verdadera, la de tanta gente que acude con fe. Después decía que san Judas de ningún modo pediría a Dios por quien rompe mandamientos como «No matarás» o «No robarás».
Sobre aquella mezcla no dejó ninguna duda. La devoción a san Judas, decía, «es totalmente contraria al culto a la ‘Santa Muerte’, pues Cristo mismo venció a la muerte al resucitar glorioso del sepulcro». Recordaba que nadie puede servir a dos amos, y que quien busca a Cristo por amor a san Judas tiene que cumplir antes que nada los mandamientos. Y terminaba con unas líneas de la carta que lleva el nombre del apóstol, las que anuncian al Señor que viene con sus santos a juzgar a los que viven sin Dios.
En San Hipólito, los misioneros claretianos se lo explican con paciencia a quien llega. Los milagros solo los concede Dios. El apóstol pide a Dios por quien acude a él y es un guía que lleva a Jesús. Su devoción no tiene nada que ver con amuletos, ni con esas novenas que circulan en cadena, que alguien copia y reenvía a otros con la promesa de dinero. La Iglesia advierte que eso raya en la superstición, porque mira más a la ganancia que a la santidad.
Lo que buscaba de verdad la gente se vio en el verano de 2024, cuando llegó a México un fragmento del hueso del brazo de san Judas, una reliquia que la Iglesia conserva y venera en la basílica de San Salvatore in Lauro, en Roma. La primera misa fue en la Catedral Metropolitana, y a los pocos días la reliquia estaba en San Hipólito. Después recorrió veinticuatro diócesis del país, y se calcula que cerca de cinco millones de personas se acercaron a ella.
Una de las comunidades que la recibió fue la parroquia de San Judas Tadeo de Cuemanco, en la alcaldía de Tlalpan. Su párroco, el padre Tharcisse Rukundo, vio que muchos no venían solo a encender una vela o a pedir un favor. Venían a confesarse, a decirle sus pecados a un sacerdote y recibir el perdón de Dios. Eran tantos que la parroquia tuvo que alargar los horarios de confesión. El párroco lo dice así. «La verdadera devoción se traduce en fraternidad, en ayuda al prójimo y en una vida coherente con el Evangelio».
Así se volvió tan cercano el apóstol del que casi no quedó la voz. La noche de la Cena, en Jerusalén, Judas Tadeo preguntó por qué Jesús se mostraría a los suyos y no al mundo. La respuesta no fue una señal en la plaza. Fue una casa, la morada del Padre y del Hijo dentro de quien ama a Jesús y guarda su palabra. Muchos de los que llegaron ante la reliquia del apóstol con lo que nadie más quiere escuchar terminaron en la fila de un confesionario, y esa fila lleva a la misma casa que Jesús le prometió aquella noche.
San Judas Tadeo, apóstol del Señor. En la Cena le preguntaste a Jesús cómo iba a mostrarse a los suyos. Él te respondió con la promesa de una morada. Rezaste con María en la sala alta y recibiste el fuego del Espíritu. Pide a Dios por nosotros, para que amemos a Jesús y guardemos su palabra. Acompaña a los enfermos y a los que lloran a alguien que han perdido. Acompaña a los que buscan trabajo y a las madres que sufren por un hijo. Que nadie se crea olvidado por el Padre. Llévanos hasta Cristo, que venció a la muerte, para que Él y el Padre hagan en nosotros su morada. San Judas Tadeo, ruega por nosotros. Amén.





