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FIDES VIVA

26 de octubre

el médico de los pobres que fue fray Marcelo en la cartuja de Farneta

José Gregorio Hernández

  • Lectura de 28 min
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Capítulos
  1. 0:00Un pañuelo de seda
  2. 3:43Cuatro microscopios
  3. 6:43Con qué dolor
  4. 9:57Como un árbol gigantesco
  5. 12:40Fray Marcelo
  6. 15:42Una luz en la universidad
  7. 19:17Muy a mi contento
  8. 22:17El retrato de Nueva York
  9. 25:34El mundo en paz
  10. 29:13El doctor es nuestro
  11. 31:59Una niña de Apure
  12. 35:28Un sombrero sobre un microscopio
  13. 38:40La celda de Farneta

Es domingo en Caracas, en 1919, y un amigo que pasa a felicitar a José Gregorio Hernández lo encuentra lleno de alegría. La víspera, en Versalles, se firmó el tratado que pone fin a la Gran Guerra, y el médico celebra que el mundo vuelva a estar en paz. Luego, casi en un susurro, le confía algo más. Le ha ofrecido a Dios su propia vida por esa paz.

Poco después sale con prisa. En La Pastora, su barrio, lo espera una anciana pobre y muy enferma, y por el camino él mismo le compra en una botica lo que ella no puede pagar. Esa tarde no llega a la casa de la enferma.

Y ese hombre de la calle, el doctor de traje oscuro y sombrero, había querido una vez encerrarse para siempre en el silencio de un monasterio de Italia, donde le dieron otro nombre, fray Marcelo.

Un pañuelo de seda

Aquella prisa por una enferma sin dinero no tenía nada de nuevo. Venía de muchos años de consulta en Caracas, desde finales del siglo diecinueve, cuando ya enseñaba en la universidad. A su puerta llegan los que pueden pagar y los que no, y todos pasan.

Junto a la cama, José Gregorio se queda de pie, en una postura casi humilde, con los brazos cruzados sobre el pecho, y escucha la historia del enfermo. Después pide un pañuelo de seda, lo extiende sobre la piel y apoya encima el oído. Toma la fiebre con el termómetro, cuenta el pulso con su reloj y escribe la receta de pie.

A los que no tienen con qué pagar no les cobra nada, y a menudo les deja además en la mano el dinero de las medicinas. A los pacientes ricos les pide otra cosa, que dejen una limosna para los más pobres. Por eso Caracas empieza a llamarlo el médico de los pobres.

Su jornada ha empezado mucho antes, a oscuras. Se levanta a rezar, oye misa y comulga, cada mañana. En la universidad, en un ambiente de fuerte materialismo, donde solo se tiene por real la materia, hace la señal de la cruz delante de sus alumnos antes de empezar cada clase.

Esa manera de rezar y de cuidar enfermos la aprendió en su casa. En Isnotú, un pueblo pequeño de los Andes de Trujillo, su madre y su tía lo llevaban a la iglesia y a visitar a los enfermos para darles ánimo. La madre muere en 1872, cuando el niño todavía no ha cumplido ocho años, y desde entonces lo cría su tía María Luisa.

De su madre dirá José Gregorio, ya adulto, «Desde la cuna me enseñó la virtud, me hizo crecer en la ciencia de Dios y me dio por guía la santa caridad».

En ese mismo pueblo había nacido un 26 de octubre, y ese es el día en que hoy la Iglesia lo celebra como santo.

Es la misma Iglesia que, mucho después de aquella casa de Isnotú, reconocerá una curación pedida en su nombre.

Cuatro microscopios

Aquel niño que entraba con su madre en las casas de los enfermos no se queda mucho tiempo en Isnotú. Su maestro del pueblo ve lo que vale el muchacho y convence al padre de mandarlo a estudiar a la capital. Con trece años deja la sierra y llega interno a un colegio de Caracas.

Allí crece un joven alegre. Le gustan las fiestas y el baile, aprende música y se cose él mismo sus trajes. Piensa estudiar leyes, pero su padre, un comerciante que conoce bien sus ganas de ayudar a los demás, lo anima a ser médico. En junio de 1888 la Universidad Central le da el título de doctor.

Con el título en la mano vuelve a su tierra, porque quiere curar entre los suyos. Durante siete meses sube a caballo por los caminos de recuas, los senderos de las mulas de carga, entre Isnotú, Betijoque y los caseríos de la montaña. Va de la casa de un enfermo a la de otro. Entre visita y visita le cuenta cada caso a Santos Aníbal Dominici, su amigo íntimo, médico como él, que está en Caracas. Le habla de una mujer cuya hemorragia por fin se ha detenido, de dos disenterías que todavía no ceden y de un enfermo de tuberculosis. Le pide noticias y consejos de la capital, porque conoce sus propios límites. Y le confía un plan, juntar dinero para ir a estudiar a París.

No le hace falta juntarlo. En 1889 el gobierno lo envía a París a aprender lo que en Caracas todavía no se enseña, los microbios y la histología, el estudio de los tejidos del cuerpo al microscopio. Trabaja junto al gran histólogo Mathias Duval, que en una carta escribe de él que ha alcanzado la altura de un técnico. Otro de sus maestros le entrega la medalla al mejor alumno. En París deja el recuerdo de su piedad, y luego completa su formación en Berlín.

Mientras está lejos, en Venezuela muere su padre, el que lo había empujado hacia la medicina. José Gregorio no se queda con la herencia y se la cede a los hijos de su hermana.

En 1891 vuelve a Caracas, y en su equipaje trae cuatro microscopios Zeiss modernos, de un solo objetivo. Con ellos funda en la Universidad Central tres cátedras, la de histología, la de fisiología experimental, que estudia cómo funciona el cuerpo vivo, y la de bacteriología, la ciencia de los microbios. Sus alumnos se inclinan sobre aquellas lentes, y así empieza en Venezuela la medicina que se aprende comprobando en el laboratorio.

Con qué dolor

Lo que aprenden sus alumnos en aquel laboratorio le da un nombre entre los médicos del país, y en 1904 está entre los fundadores de la Academia Nacional de Medicina. Allí, delante de sus colegas, su fe sale a la luz. Se discute si la ciencia debe adoptar como doctrina la evolución, la idea de que las especies vivas se transforman unas en otras con el paso del tiempo. José Gregorio, sin rodeos, se declara creacionista. Cree que Dios creó la vida, y sostiene que ninguna academia debe convertir una hipótesis en doctrina, porque eso frena el avance de la ciencia. Aun así, puede admitir la evolución, siempre en armonía con la idea de un Dios creador.

Enfrente tiene a Luis Razetti, un cirujano que defiende la evolución y no comparte su fe. Discuten con fuerza, pero la amistad entre los dos no se rompe. Razetti proclamará siempre los méritos de José Gregorio como profesor y como científico, y su conducta inmaculada.

En ese hombre la fe y la medicina trabajan juntas, y una santa lo pone a prueba. Su devoción a Santa Teresa de Jesús, la mística española, es tan antigua que no sabría decir cuándo empezó. Un día, uno de sus maestros más queridos publica un estudio sobre la histeria, un trastorno de los nervios. Afirma que la santa lo padecía y que sus éxtasis, los momentos en que quedaba arrebatada en Dios, eran crisis histéricas. José Gregorio lo dice así.

«¡Con qué dolor leí el artículo de mi maestro!»

Se propone demostrar, con las armas de su oficio, que en ella no hay señal de histeria. Busca la enfermedad verdadera en lo que la propia Teresa cuenta en el libro de su vida, y llega a una conclusión de médico. Fue una enfermedad aguda de juventud, parecida al reumatismo articular agudo, que inflama las articulaciones y da fiebre. El ensayo que escribe para defenderla queda sin terminar. En esas páginas cuenta también por qué la ama todavía más. Fue ella quien extendió la devoción a San José, de quien él es devoto.

Esa fe tiene, además, una regla. Desde diciembre de 1899 pertenece a la Tercera Orden Franciscana, una manera de vivir como laico, en la casa y en el trabajo, la regla de san Francisco. Sus alumnos lo siguen viendo llegar a clase de traje oscuro.

En junio de 1906 envía al ministro una carta en la que pide la jubilación como catedrático. Con ella le manda su libro recién publicado, Elementos de Bacteriología, el primero sobre esa ciencia escrito en Venezuela. Tiene cuarenta y un años.

Como un árbol gigantesco

Al año siguiente, aquel médico que ya reza con una regla franciscana quiere dar un paso más. Va a ver a Juan Bautista Castro, el arzobispo de Caracas, que lo guía en la vida de fe desde hace muchos años, y le dice que quiere entregarse por completo a la vida religiosa. El arzobispo duda, porque cree que Venezuela todavía necesita mucho la ciencia de José Gregorio. Aun así, lo deja probar.

El deseo viene de lejos. José Gregorio siempre ha tenido el amor del convento. Con los años, a medida que estudia la Iglesia en su dogma, en su moral y en su historia, ese amor crece como un árbol gigantesco hasta orientar toda su vida. Lo que busca tiene un nombre, la vida contemplativa, una existencia entera dedicada a rezar y a estar con Dios. Por eso elige la cartuja, un monasterio donde los monjes viven en silencio y soledad. Es la orden que mejor va con su espíritu.

Pero ese paso tiene un precio. En junio de 1908, en Puerto Cabello, a punto de embarcarse hacia Italia, se despide de su hermano César con una carta y le confiesa lo que le cuesta.

«Solamente por obedecer al llamamiento divino he podido dar este paso, que es para mí tan duro.»

Quiere entrañablemente a su familia, y separarse de ella le duele. De todos los sacrificios, el más doloroso es dejar a su tía María Luisa, la mujer que lo crió cuando murió su madre. Pide perdón a todos y espera volver a verlos en el cielo. Les deja también un tesoro, la carta en la que el maestro de novicios, el monje que forma a los recién llegados, le anunciaba que lo admitían. Para él esa carta es una verdadera reliquia, porque la escribió un santo.

Atrás quedan la cátedra, el laboratorio y los enfermos de Caracas. Se ha desprendido de su familia y le ha dicho adiós a su patria. El 16 de julio de aquel año cruza la puerta de la cartuja de Farneta, entre cipreses, cerca de la ciudad de Lucca, en la Toscana. Llega tan agotado que pesa noventa y siete libras, poco más de cuarenta kilos.

Fray Marcelo

Dentro de los muros de Farneta empieza por fin la vida que siempre ha deseado. En agosto recibe el hábito de los cartujos y, con él, un nombre nuevo. Desde ahora lo llaman fray Marcelo.

A medianoche llega la hora de maitines, el rezo que los monjes cantan juntos mientras el mundo duerme. Junto al riachuelo vecino cantan las ranas, los cipreses y los mirtos se levantan hasta la altura de la torre, y el claustro entero calla.

En noviembre, desde su celda, escribe a su hermano César. Le asegura que su salud es siempre muy buena, y le cuenta cómo reza por ellos. Cada día, por turno, ofrece por uno de los suyos su comunión, las misas, el oficio divino y el de la Santísima Virgen, el ayuno y la vigilia. El oficio divino es la oración de la Iglesia repartida en las horas del día. Así va pasando por sus hermanos, sus cuñados y sus sobrinos. En su orden los monjes viven de la soledad, del silencio y de la distancia de la gente, y por eso escribe tan poco. Pero eso no los separa, porque pueden reunirse cada vez que quieran dentro del Corazón de Jesús. Firma con su nombre nuevo, fray Marcelo Hernández, novicio cartujo.

Pero el cuerpo no responde. Le faltan fuerzas para el frío, para el ayuno y para el trabajo de las manos que la regla pide a cada monje. Y el latín, la lengua en que se reza todo el oficio, se le resiste. Pasan nueve meses, hasta que un día el superior general de la orden lo llama y le dice estas palabras.

«Hijo mío, ya usted ve que no podemos recibirlo. Vuélvase a su país y trate de adquirir lo que le falta.»

José Gregorio no culpa a nadie más que a sí mismo. A su juicio, le ha pasado lo que le pasa a quien, cegado por la pretensión y apoyado por su vanidad, emprende un vuelo tan alto. Del superior solo alaba la caridad, la de haberlo soportado nueve meses viéndolo tan incapaz. Aquellas palabras son una sentencia, pero también una esperanza. Y él obedece. Así atraviesa el terrible dolor de entrar nuevamente en el mundo.

Es la primera puerta que se cierra ante el hombre que, diez años más tarde, saldrá deprisa por las calles de La Pastora con unas medicinas en la mano. En la primavera de 1909, fray Marcelo sale de la cartuja y se embarca de regreso a Venezuela.

Una luz en la universidad

Obedecer aquel vuélvase a su país tiene un precio, y se paga en el muelle. El 21 de abril de 1909 el vapor Città di Torino deja a José Gregorio en La Guaira, el puerto de Caracas. No sube a la capital, porque teme las burlas que lo esperan, y pasa la noche en una pensión de la calle Los Baños, en Maiquetía, junto al mar.

Desde ese cuarto escribe a su hermano César. Le cuenta que un mes antes el superior le dijo que su vocación no era la vida contemplativa sino la activa, y le habló de los jesuitas o del sacerdocio. Ahora José Gregorio le pide a César que vaya a ver al arzobispo, porque quiere entrar en el seminario, la casa donde se forman los futuros sacerdotes.

Con el sí del arzobispo sube a Caracas sin hacerse notar y entra en el seminario. El 24 de abril la prensa católica publica la noticia, y el seminario se llena. Llegan su familia, sus colegas y sus alumnos, y con ellos estudiantes de medicina. Llegan también sus pacientes, los enfermos que entraban en su consulta sin dinero y salían con la medicina pagada.

Una pregunta corre ya por la ciudad, y Luis Razetti, el cirujano que discutía con él en la Academia sin dejar de ser su amigo, la hace en público. «¿Dónde es más útil a la sociedad, en el laboratorio o en el seminario?» Nadie tiene derecho a censurarlo, añade, pero su decisión apaga en la universidad una luz.

Entonces Juan Bautista Castro, el arzobispo que lo dejó probar la cartuja, le aconseja volver a la universidad, porque la juventud lo necesita. José Gregorio obedece de nuevo. En septiembre lo nombran profesor de anatomía patológica, el estudio de los tejidos enfermos, y vuelve a estar de pie ante sus alumnos.

Tres años después, en octubre de 1912, se sienta a contarlo todo en una carta a Santos Aníbal Dominici, aquel amigo que recibía sus casos desde los caminos de Trujillo y que ahora vive lejos, en Washington. Le habla de la crisis terrible que ha pasado, y de lo que encontró en Farneta.

«Vi allí la santidad en grado heroico y te puedo asegurar que una vez visto ese espectáculo lo demás de la tierra se vuelve lodo.»

Luego le explica el regreso, y dónde está ahora.

«Y aquí estoy obedeciendo aquel mandato.»

Al final se despide como el amigo que más lo quiere, casi su único amigo, y le deja una certeza para la distancia que los separa.

«Pero si nuestra amistad no la reanudamos en la tierra para eso tenemos el cielo.»

En la cátedra guarda la esperanza que trajo de Farneta, la de reunir algún día las fuerzas que le faltaron y llamar otra vez a la puerta.

Muy a mi contento

Las fuerzas que le faltaron en la cartuja las busca en Caracas, y una tradición cuenta que las buscaba con las manos. Al salir de la universidad, sin que casi nadie lo supiera, entraba un rato a rezar en una iglesita y seguía hasta un pequeño taller de carpintería. Allí dejaba la ropa de profesor, se ponía la de faena y trabajaba la madera, como quien endurece el cuerpo para una vida austera.

En 1913 lo intenta de nuevo. Presenta su renuncia a la Academia de Medicina, que no se la acepta porque el cargo es para toda la vida, y se embarca hacia Roma. Entra en un colegio donde los jesuitas forman a futuros sacerdotes de Hispanoamérica. Estudia latín, el mismo que se le resistía en Farneta, y teología, sin prisa. En febrero de 1914 se lo cuenta a su hermano César en una carta.

«Ahora me encuentro en el Colegio muy a mi contento y gusto.»

Poco después lo tumba una pleuresía, una inflamación de la tela que envuelve los pulmones, y su estancia en Roma termina a los ocho meses. En abril está en París, y allí un médico le examina la expectoración y le encuentra el bacilo de Koch, el microbio de la tuberculosis.

Desde París escribe que volver a Caracas después de haberse desprendido de todo le pesa mucho, y que siente que nadie puede comprenderlo. Siempre ha deseado la muerte que libra de tantos males y pone a salvo en el cielo, y ahora teme tener que quedarse para siempre en el mundo. Aun así, pide que en todo se cumpla la voluntad del Señor.

Con su hermana Avelina, en cambio, se permite una sonrisa. Así le escribe desde París.

«El doctor me dice, creyendo que me da una gran noticia, que de ésta no me habré de morir.»

A principios de septiembre está de nuevo en Caracas. En algún momento de esos años, el arzobispo Juan Bautista Castro le ha dado un consejo sencillo para decidir lo que viene. Que ponga su vocación en un platillo de la balanza y las necesidades de Venezuela en el otro, y que mire hacia dónde se inclina la aguja, a la que llaman el fiel. Y le ha dicho cómo leerla.

«A donde el fiel se incline vea la voluntad de Dios, y sígala.»

La aguja se inclina hacia los enfermos y los alumnos de su tierra. Desde entonces se dedica solo a enseñar y a curar, en una Caracas donde la universidad está cerrada.

El retrato de Nueva York

Lo primero que la balanza le pone delante son los muchachos que se han quedado sin aulas. Pide permiso para enseñar por su cuenta, y en un colegio de Caracas, junto a un sobrino suyo, da gratis clases de histología a quien quiera aprender. Y la oración se la lleva a su propia casa.

En junio de 1915 reúne a toda la familia en su casa, entre las esquinas de San Andrés y Desbarrancado. Quiere consagrarla al Sagrado Corazón, es decir, poner el hogar bajo el amor de Jesucristo, ese amor que la Iglesia contempla en su corazón. Hacia las cinco y media de la tarde todos se arrodillan. Un fraile capuchino reza unas oraciones, la familia dice el Credo en voz alta y después se lee la consagración, que pide a Jesús visitar aquella casa «en compañía de tu dulce Madre».

En agosto de ese año muere el arzobispo Juan Bautista Castro. Fue él quien lo dejó probar la cartuja, quien lo devolvió a las aulas y quien le puso delante la balanza. Lo acompañó ante cada puerta, la que se abrió hacia Italia y las que después se cerraron.

En 1917 viaja a Nueva York y a Madrid para estudiar y preparar la segunda edición de su libro de bacteriología. En Nueva York entra en un estudio de fotografía y se retrata de pie, con traje oscuro de tres piezas, un pañuelo blanco en el bolsillo, el sombrero de fieltro puesto y las manos a la espalda. Manda una copia a su hermano César, para sentirse menos lejos de los suyos. Ese hombre quieto es el que tantas familias reconocerán después en sus estampas.

A otro sobrino, el que estudia medicina, le recuerda para qué estudia con este consejo.

«Es buen médico el que sabe curar sus enfermos, lo cual se empieza a aprender no en el laboratorio, sino en el hospital.»

En octubre de 1918 la gripe española llega a Venezuela. Cae sobre una población ya golpeada por el paludismo, la tuberculosis, el hambre y la falta de higiene, y en todo el país los muertos se cuentan por decenas de miles. Se forma una junta de socorro nacional con el nuevo arzobispo, y la coordina Luis Razetti, el viejo compañero de José Gregorio en la Academia. José Gregorio se suma a la emergencia. Durante veintidós días usa un automóvil con chofer para llegar a más enfermos, de una puerta a otra y de una cama a otra.

A él y a Razetti se les atribuye haber dicho en público que lo que mataba a tanta gente era la miseria, más que la gripe.

En diciembre la epidemia se apaga, y el doctor Hernández vuelve a sus clases y a sus enfermos de siempre.

El mundo en paz

La última de esas clases cae en sábado, el 28 de junio de 1919, y a las tres de la tarde él está puntual en el aula de la Escuela de Medicina. Les explica a sus alumnos el bacilo de la lepra, cómo se ve al microscopio, cómo se tiñe y cómo se cultiva, y al terminar les anuncia el tema de la clase siguiente. Ese mismo sábado, al otro lado del océano, se firma en Versalles el tratado que cierra cuatro años de combates en Europa, aquella guerra en la que él había visto entrar a Inglaterra, en Londres, en 1914.

Al día siguiente es domingo. Se levanta antes de las cinco y reza el Ángelus, la oración que recuerda el anuncio del ángel a María. Va a la iglesia de la Divina Pastora, la de su barrio, oye misa y comulga.

Después empieza su ronda. Pasa por las casas de sus enfermos pobres, por los huérfanos de la Divina Providencia y por las salas del Hospital Vargas. A mediodía entra en la iglesia de San Mauricio para hacer su visita al Santísimo, un rato de oración ante Jesús presente en la Eucaristía, y vuelve a rezar el Ángelus.

A la una y media llega un amigo a felicitarlo y lo encuentra radiante. La noticia de Versalles ya ha llegado a Caracas, y José Gregorio la celebra y exclama.

«¡Se ha firmado el Tratado de Paz! ¡El mundo en paz!»

Después baja la voz. Le confía a su amigo que ha entregado al Señor su propia vida como ofrenda, para que el mundo tenga paz.

Al rato se despide y sale con prisa, porque una anciana pobre de La Pastora está muy enferma y no tiene con qué pagar sus medicinas. Él entra en una botica, se las compra y sigue a pie hacia la casa de la enferma.

Se cuenta que, ya en la calle, cruzó por delante de un tranvía detenido sin ver el automóvil que se acercaba, y que una vecina lo vio todo desde su ventana.

En la esquina de Amadores lo atropella uno de los pocos automóviles que circulan por Caracas. Al volante va un buen amigo suyo, antiguo alumno. Un testigo oye gritar a José Gregorio.

«¡Virgen Santísima!»

Lo llevan casi moribundo al Hospital Vargas, el mismo cuyas salas recorrió esa mañana, y allí un sacerdote le da la extremaunción, la unción con que la Iglesia acompaña a los que se mueren. José Gregorio muere casi enseguida, pronunciando el nombre de la Virgen.

En otra sala del hospital, cuentan, convalece de una operación una religiosa, Candelaria de San José, hoy beata, que se pone a rezar por él.

Luis Razetti, el compañero de la Academia que no creía, llega hasta el cuerpo de su amigo. Ante él dice estas palabras.

«Este hombre era un santo.»

El doctor es nuestro

La muerte de una esquina se vuelve esa misma noche el duelo de una ciudad entera. Lo velan en el Paraninfo de la Universidad Central, sobre un catafalco cubierto de flores traídas del Ávila, la montaña que se alza sobre Caracas. Miles de caraqueños pasan despacio ante el féretro, y la fila no se acaba.

Al día siguiente, el 30 de junio, la ciudad se para. La misa de difuntos se celebra en la Catedral, presidida por el arzobispo. Cuando termina y el ataúd sale a la calle, la gente reclama llevarlo ella misma. Un grito corre por la multitud.

«El doctor Hernández es nuestro.»

Lo levantan en hombros y echan a andar. El cortejo sale a las cuatro de la tarde y cruza Caracas paso a paso. Llega al Cementerio General del Sur a las nueve de la noche.

Cuando lo bajan a la tierra, Luis Razetti habla ante la tumba y dice de su amigo que no deja ni una sola mancha. Detrás del ataúd ha caminado también el escritor Rómulo Gallegos, y en su crónica de aquel día deja dicho que todos sentían «el deseo de ser buenos».

La justicia detiene y procesa al amigo que iba al volante. Entonces la familia Hernández escribe al juez. No pide castigo alguno, porque está convencida de que fue un accidente sin intención, y acepta lo sucedido como voluntad de Dios. Tras esa carta, el fiscal rectifica su petición de condena, el conductor queda absuelto y la Corte Superior confirma la absolución.

El conductor se llamaba Fernando Bustamante. Sus hermanos contaban que él y el doctor iban a ser compadres, ese lazo que une a dos familias por un bautizo, y que con los años se volvió devoto de José Gregorio. Vivió hasta 1981.

Desde la noche del entierro la tumba no se queda sola. La gente vuelve con flores, estampas, placas de agradecimiento y recetas médicas, y enciende velas sin descanso, hasta que un día esas velas prenden fuego a la tumba.

Cuando en 1975 sacan de allí sus restos, lo presencian algunos que lo vieron morir. Los llevan a la iglesia de Nuestra Señora de La Candelaria, en el centro de Caracas, y allí reposan desde entonces.

Una niña de Apure

Las velas que el pueblo enciende en aquella tumba acaban por llegar a la Iglesia. Unos treinta años después del entierro, el arzobispado de Caracas abre la causa de José Gregorio, el examen largo y minucioso con el que la Iglesia estudia una vida antes de llamar santo a alguien. Llama a declarar a los que lo conocieron. Entre ellos está Santos Aníbal Dominici, el amigo de las cartas, que se sienta ante el tribunal a contar lo que vio.

También llegan reparos. Un antiguo vicario general, el sacerdote que gobernaba la diócesis al lado del arzobispo, los expone en una carta que el nuncio, el representante del papa, envía a Roma. Roma pide examinarlos, y un tribunal de Caracas oye a siete testigos. El tribunal concluye que aquella oposición iba contra el propio arzobispo de ese sacerdote, no contra las virtudes de José Gregorio. En 1964 Roma declara que nada impide seguir adelante.

En 1986 el papa Juan Pablo II lo declara venerable, el título con que la Iglesia reconoce que alguien vivió las virtudes cristianas en grado heroico. Para dar el paso siguiente hace falta un milagro, una curación que la medicina no pueda explicar, pedida a Dios por medio de él. Y durante décadas la causa lo espera.

Esa espera se cruza un día de marzo de 2017 con una familia de los llanos de Apure. Yaxury Solórzano, una niña de diez años, va en moto con su padre cuando unos asaltantes les salen al paso y disparan. La niña queda herida en la cabeza.

La llevan a una clínica de San Fernando de Apure, y el neurocirujano sale a anunciar que va a operarla. La madre de Yaxury cuenta que en ese momento entró el doctor José Gregorio Hernández y le dijo que él operaría a la niña, porque Dios lo había mandado.

La operan, y los médicos esperan secuelas graves. Su madre, su hermana y la anestesióloga que la atiende piden a Dios por medio del venerable José Gregorio.

Cinco días después del disparo, Yaxury mejora de golpe. Dos semanas más tarde sale del hospital en buen estado, sin ningún déficit neurológico ni cognitivo.

Años después, los médicos que estudian el caso para la Iglesia examinan esa curación y no le encuentran explicación. En 2020 la Iglesia la reconoce como el milagro que la causa esperaba, una curación pedida en su nombre.

El 30 de abril de 2021, en Caracas, el representante del papa Francisco preside la misa en la que José Gregorio Hernández es proclamado beato, el paso que permite a la Iglesia venerarlo en público antes de declararlo santo.

Un sombrero sobre un microscopio

Meses antes de esa misa, la Iglesia había tenido que abrir su urna en La Candelaria. El cardenal venezolano Baltazar Porras, que ha estado presente en la apertura, sale del templo aquel octubre de 2020 y dice «Hay pequeños huesos, tierra y trozos metálicos y de madera que posiblemente formaban parte de la urna anterior». Eso es lo que queda del doctor, un puñado de huesos entre la tierra. De ellos saldrán sus reliquias, pequeños fragmentos de su propio cuerpo que la Iglesia guarda para rezar junto a ellos.

Esos fragmentos llegan a las manos de las Siervas de Jesús, las religiosas que fundó Carmen Rendiles, una monja venezolana del siglo veinte. Durante un mes entero preparan más de ciento sesenta reliquias. Mientras trabajan, rezan por el fin de la pandemia, por el personal médico y por la paz de Venezuela y del mundo.

Para las diócesis del país se hacen cuarenta relicarios. La base es un microscopio de hierro venezolano. Sobre él se alza un sombrero como el de fieltro que el doctor llevaba en la foto de Nueva York. Arriba está la reliquia, rodeada de perlas de Margarita, la isla venezolana del Caribe. Las perlas evocan el Rosario. Los obispos de Venezuela cuidan la devoción al doctor. Recuerdan que una reliquia es un sacramental, un signo bendecido que ayuda a rezar, y no un amuleto, y rechazan los usos supersticiosos y espiritistas que algunos hacen de su figura.

Muchos venezolanos han tenido que dejar su tierra, y las reliquias se van con ellos, a parroquias de Madrid, de las islas Canarias y de las comunidades que han formado en otros países.

Esa devoción, que llenó de velas su tumba en el Cementerio General del Sur, es la que abre el último paso. El 24 de febrero de 2025, desde el hospital Gemelli donde está ingresado, el papa Francisco aprueba los votos favorables de cardenales y obispos a la canonización de José Gregorio Hernández. La Iglesia sigue para él un camino especial, sin el segundo milagro que suele pedirse, porque su devoción se ha mantenido y extendido sin interrupción durante un siglo.

El 19 de octubre de 2025, en la plaza de San Pedro, el papa León XIV proclama santo a José Gregorio Hernández junto a Carmen Rendiles y otros cinco beatos. Ella y él son los dos primeros santos de Venezuela.

Ese mismo octubre, el cardenal Porras promete una reliquia del nuevo santo al superior de la cartuja de Farneta.

La celda de Farneta

La promesa se cumple en febrero de 2026. Un diácono venezolano, Jean Carlos González, viaja desde Asís hasta Farneta con un fragmento de hueso del santo y llama a la puerta de la cartuja. Por esa misma puerta salió en 1909 un novicio delgadísimo que no podía con el frío ni con el ayuno.

Los monjes dejan entrar al diácono en la celda donde vivió fray Marcelo, el nombre que José Gregorio recibió al tomar el hábito. Ese día, cuenta el diácono, ponen juntos en oración a todo el pueblo venezolano.

Después colocan la reliquia junto a las de sus propios hermanos mártires de 1944, cartujos de aquella casa fusilados por los nazis por haber dado refugio a perseguidos. Entre ellos había un venezolano. Los monjes reciben al médico de Caracas con «una humilde alegría», y cuando hablan de él no dicen José Gregorio. Dicen fray Marcelo.

El diácono dice también que el santo sigue intercediendo, sobre todo por quienes lo buscan por su salud.

Así vuelve a ese silencio el hombre que un día lo quiso para siempre, y al que un superior mandó regresar a su país y adquirir lo que le faltaba. Obedeció. Y lo que le faltaba no lo halló entre estos muros. Lo halló en la consulta donde no cobraba a los pobres, en las salas del Hospital Vargas y en las calles de La Pastora, de traje oscuro y sombrero, con unas medicinas en la mano, hasta la esquina de Amadores.

¿Qué puerta cerrada nos está devolviendo, también a nosotros, hacia los demás?

San José Gregorio Hernández, médico de los pobres, tú deseaste el silencio del claustro. Y obedeciste cuando Dios te devolvió a la calle. Tú pagaste de tu bolsillo las medicinas que otros no podían comprar. Enséñanos a reconocer la voluntad de Dios en las puertas que se cierran. Alcánzanos la gracia de practicar las obras de caridad a tu ejemplo. Acompaña a los enfermos que esperan en un hospital o en su casa. Acompaña a los médicos y enfermeras que los cuidan, y a quienes lloran a alguien que se fue de repente. Pide para el mundo la paz por la que ofreciste tu vida. San José Gregorio Hernández, ruega por nosotros. Amén.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue José Gregorio Hernández?

Fue un médico venezolano, profesor de la Universidad Central y terciario franciscano, llamado el médico de los pobres. Fundó cátedras de histología, fisiología experimental y bacteriología, y atendía gratis a quienes no podían pagar.

¿Cómo murió José Gregorio Hernández?

El 29 de junio de 1919, camino de llevar medicinas a una anciana pobre, lo atropelló un automóvil en la esquina de Amadores, en La Pastora. Murió poco después en el Hospital Vargas, pronunciando el nombre de la Virgen.

¿Qué milagro se le reconoce a José Gregorio Hernández?

La curación de Yaxury Solórzano, una niña herida en la cabeza por un disparo en Apure en 2017. Mejoró cinco días después y salió sin secuelas; la Iglesia la reconoció como milagro en 2020.

¿Cuándo fue canonizado José Gregorio Hernández?

León XIV lo proclamó santo el 19 de octubre de 2025 en la plaza de San Pedro, junto a Carmen Rendiles. Son los dos primeros santos de Venezuela.

¿Por qué José Gregorio Hernández fue fray Marcelo?

En 1908 entró en la cartuja de Farneta, en la Toscana, y recibió ese nombre como novicio. Su salud no resistió y tras nueve meses el superior lo envió de vuelta a Venezuela.

Fuentes

Fuentes primarias (1888–1919)

  • José Gregorio Hernández, Obras completas, comp. Fermín Vélez Boza (1968) — Universidad Central de Venezuela, OBE, Caracas archive.org
  • José Gregorio Hernández, Carta a Santos Aníbal Dominici, Caracas, 7-X-1912; Carta a Dominici, Nueva York, 7-IV-1917; Carta a su sobrino Benjamín, 12-XI-1917 — reproducidas en «Cuatro cartas de José Gregorio Hernández», El Nacional, Papel Literario (2021)
  • José Gregorio Hernández, «En un vagón» (1912) — El Cojo Ilustrado, Caracas, 1-VI-1912; reproducción en epaleccs.info
  • José Gregorio Hernández, «La verdadera enfermedad de Santa Teresa de Jesús» (inconcluso) — citado en A. Henríquez, ACI Prensa (2026)

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Francisco Javier Duplá SJ, Se llamaba José Gregorio Hernández (2018)
  • Catholic.net, Dr. José Gregorio Hernández — es.catholic.net
  • Redacción EWTN News Español, Hoy se celebra a San José Gregorio Hernández, el médico de los pobres (2025) — aciprensa.com
  • josegregorio.org, Novena y Oraciones — sitio devocional

Documentos eclesiásticos y estudios académicos

  • Dicastero delle Cause dei Santi, José Gregorio Hernández Cisneros: Biografia, Iter della Causa, Decretum super miraculo (2020) y documentación de la canonización (2025) — causesanti.va
  • Papa Francisco, Videomensaje para la beatificación (2021) y Audiencia general del 13-IX-2023 — vatican.va
  • Sala Stampa della Santa Sede, Bollettino B0152 (25-II-2025) y B0404 (13-VI-2025) — press.vatican.va
  • León XIV, Homilía de la canonización (19-X-2025) — causesanti.va / vatican.va
  • Conferencia Episcopal Venezolana, Subsidio para la memoria litúrgica del Beato José Gregorio Hernández (2021) y notas de prensa (2021) — conferenciaepiscopalvenezolana.com
  • Missale Romanum, ed. typica tertia, Commune Sanctorum III «Pro iis qui opera misericordiae» — Catholic Cross Reference
  • Fidel González Fernández, «Hernández Cisneros, José Gregorio» (2018) — Diccionario de Historia Cultural de la Iglesia en América Latina
  • Leopoldo Briceño-Iragorry, Vida y obra del Dr. José Gregorio Hernández (2020) — Gaceta Médica de Caracas 128 (Supl. 1)
  • Edgardo Malaspina, José Gregorio Hernández: un científico en la inmortalidad de los altares (2015) — Revista de la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina
  • Alfredo Infante SJ, José Gregorio Hernández, memoria viva (2020) — Revista SIC, Centro Gumilla
  • Fe y Alegría Venezuela, José Gregorio Hernández, el médico de todos (2021)
  • Luis Alonso Hernández, Las varias caras del nuevo Beato José Gregorio Hernández (2021) — DIVERSA

Iconografía

  • Claudia Blandenier de Suárez, El Beato José Gregorio Hernández Cisneros: análisis hermenéutico de sus retratos (2020) — Revista de la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina 69(1-2)
  • Academia de Mérida, José Gregorio Hernández y el arte (2020)
  • Hacienda La Trinidad Parque Cultural, José Gregorio Hernández, devoción artesanal (2019)
  • Fotografías de 1867–1917 y óleos de Cayetano Díaz y Guillermo Locatelli — en Obras completas (1968), «Iconografía»

Contexto contemporáneo

  • Sebastián Sansón Ferrari, El Papa autoriza la canonización del venezolano José Gregorio Hernández (2025) — Vatican News
  • Vatican News, «Luci gentili», carismi e spiritualità dei sette nuovi santi (2025)
  • Andrés Henríquez, artículos sobre la canonización equivalente, la reliquia de Farneta, la misa de Isnotú y las acusaciones contra el cardenal Porras (2025–2026) — ACI Prensa / EWTN News
  • Rocío Granados, A miracle in Miami? (2022) — Florida Catholic, Archidiócesis de Miami
  • Archidiócesis de Madrid, Madrid recibe una reliquia del beato venezolano José Gregorio Hernández (2021)
  • Pbro. José Magdaleno Álvarez, Devoción al Sagrado Corazón de Jesús por parte del doctor José Gregorio Hernández y su familia (2024) — Diario de Los Andes
  • Crónica Uno, José Gregorio Hernández, el beato laico (2021)
  • Diario Católico (San Cristóbal), «Ni la brujería ni la santería nos quitaron a José Gregorio Hernández» (2021)

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miércoles, 28 de octubre · Evangelio

Después de orar toda la noche, Jesús elige a los doce apóstoles

En aquel tiempo, Jesús salió al monte a orar, y pasó la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a quienes también dio el nombre de apóstoles: Simón, a quien llamó…