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FIDES VIVA

22 de octubre

Juan Pablo II

El papa polaco que perdonó a quien le disparó en la Plaza de San Pedro

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Capítulos
  1. 0:00Polvo de cantera
  2. 4:07¿Por qué yo no?
  3. 8:27Cristales rotos
  4. 12:01Besar la tierra
  5. 15:30La ciudad sin Dios
  6. 18:20De par en par
  7. 22:50Hermano
  8. 25:48La bala y la corona
  9. 29:50Jesús, confío en ti
  10. 33:14La casa del Padre
  11. 37:27Santo súbito
  12. 41:17Me siento bien

Karol Wojtyła tiene veinte años y las manos blancas de polvo de piedra. Trabaja en una cantera de Cracovia porque, bajo la ocupación nazi, un empleo de obrero es lo que impide que lo deporten a trabajos forzados en Alemania. Un día estalla una carga y las piedras matan a un compañero. El viejo barrenero al que ayuda se vuelve a veces hacia él y le suelta, «Karol, tú deberías ser sacerdote». El muchacho sigue con su faena. Un día de invierno regresa del trabajo y su padre ya no vive. No le queda nadie de los suyos.

En octubre de 1978, ese mismo hombre, ya Juan Pablo II, está ante una Plaza de San Pedro abarrotada y le pide al mundo que pierda el miedo y deje entrar a Cristo.

Polvo de cantera

Cada mañana de aquel otoño de 1940, el obrero de veinte años camina la media hora que separa el barrio de Dębniki de la cantera de Zakrzówek. Tendría que estar en las aulas de la Universidad Jagellónica, pero los alemanes la han cerrado después de deportar a sus profesores. Ahora su única protección es ese trabajo, porque quien no lo tiene puede acabar en un tren hacia Alemania.

En la cantera, los capataces polacos procuran ahorrar a los estudiantes las tareas más duras. A él lo ponen de ayudante del viejo barrenero que prepara las cargas de dinamita para partir la roca. Al viejo le gusta la voz del muchacho, y algunas veces le dice que su sitio es el altar, que allí cantaría bien. Es en esa cantera donde estalla la carga que mata a aquel compañero. Karol queda profundamente conmovido, y de aquellos meses entre la roca saldrá un poema que titula «La cantera».

Pero el invierno trae otro golpe. El 18 de febrero de 1941, al volver del trabajo, encuentra a su padre muerto, y aquel día lo guarda en la memoria con toda nitidez. Era el último que le quedaba de su familia. Olga, la hermana, murió antes de que él naciera. La madre, Emilia, se fue cuando él apenas tenía nueve años y aún no había hecho la Primera Comunión, y poco después perdió también a Edmund, el hermano médico. Quedarse sin su padre fue como arrancarse del suelo en el que había crecido.

La familia de su amigo Juliusz Kydryński, compañero de cantera, lo rodea de cuidados y de cariño. Y en el piso vacío regresan las noches de antes.

Desde que enviudó, el padre, un militar de vida austera, vivía en oración constante. Algunas noches el niño se despertaba y lo veía arrodillado, igual que en la iglesia. Nunca hablaron de vocación. Aquel ejemplo fue para él una especie de seminario doméstico, el primero que tuvo.

Al año de empezar en la cantera, a Karol lo pasan al depurador de agua de la fábrica Solvay. Los compañeros saben que es estudiante, y en los turnos de noche lo dejan leer mientras ellos vigilan por él. Con el tiempo bautizará a los hijos de aquellos obreros y celebrará los funerales de muchos de ellos. A aquella fábrica la llamó su verdadero seminario, aunque clandestino.

En ese piso de Dębniki, donde ya no queda ningún Wojtyła más que él, se instalan entonces su antiguo profesor de Wadowice y su mujer, y con ellos llega a casa un teatro que hay que esconder.

¿Por qué yo no?

El piso donde Karol se había quedado solo se llena ahora de voces que hablan bajo. Mieczysław Kotlarczyk, el profesor de polaco que lo había metido en el teatro en Wadowice, vive allí con su mujer. De día él trabaja en los tranvías y Karol en la fábrica. Al caer la tarde preparan juntos lo que llaman un teatro de la palabra viva, casi sin decorado, solo el poema dicho en voz alta ante unos pocos invitados de confianza. Si las autoridades de ocupación los descubren, el castigo puede ser un campo de concentración.

La pasión de Karol por el escenario venía del instituto. En Wadowice, su profesor de religión le encargó dar la bienvenida al arzobispo de Cracovia, Adam Stefan Sapieha, que visitaba la parroquia. Después del discurso, el arzobispo quiso saber qué estudiaría el muchacho. Le dijeron que filología polaca, y Sapieha comentó, «Lástima que no sea teología». A Karol lo que le fascinaban eran los libros y el escenario.

Pero en la parroquia salesiana del barrio, de donde los ocupantes se han llevado a casi todos los religiosos, es un sastre, Jan Tyranowski, quien reúne a los jóvenes en los grupos del Rosario vivo. Decía que su oficio le facilitaba la vida interior. Es él quien pone en manos de Karol a san Juan de la Cruz y a santa Teresa de Ávila, dos místicos españoles del siglo dieciséis.

Entonces a Karol le asalta una duda. ¿Puede un amor excesivo a María apartarlo de Cristo? La respuesta la encuentra en un libro de san Luis María Grignion de Montfort, y cierra sus páginas convencido de que María, lejos de apartar de Cristo, acerca a Él a quien vive el misterio de ella.

Totus tuus, «soy todo tuyo», son las dos palabras latinas que toma de una fórmula de aquel libro. La devoción a la Virgen la traía de niño. Hacia los diez años había recibido el escapulario del Carmen, una pequeña prenda de tela que se lleva sobre el pecho como señal de pertenencia a María, y de anciano todavía lo llevaba.

Mientras tanto, en plena guerra, se le va haciendo cada vez más clara una luz interior. Karol la pone en palabras sencillas, «El Señor quiere que yo sea sacerdote». Un día la percibe con toda claridad, como una iluminación dentro de sí, y le llegan alegría, seguridad y una paz enorme.

Al mismo tiempo piensa en sus compañeros de clase de Wadowice, varios de ellos judíos, muertos en el frente, en los campos o en las deportaciones. Si tantos pierden la vida, se pregunta, «¿por qué yo no?». Y concluye que seguir vivo no es casualidad.

El teatro lo ha marcado, pero ya entiende que no es su vocación. Para dejarlo le da apoyo el ejemplo de fray Alberto Chmielowski, un pintor de Cracovia que perdió una pierna luchando por Polonia en la insurrección de 1863 y dejó el arte para vivir entre los pobres de un albergue de la ciudad.

En otoño de 1942 toma la decisión. Llama a la puerta del seminario de Cracovia, que funciona escondido de los ocupantes, y lo recibe el rector. Todo debe quedar en secreto absoluto, incluso ante las personas más cercanas. Empieza a estudiar teología en una facultad también clandestina, sin dejar su trabajo en Solvay.

El seminario al que acaba de entrar no tiene edificio. Muchas mañanas su punto de encuentro es la capilla privada del arzobispo.

Cristales rotos

Jerzy Zachuta, otro seminarista clandestino, ayuda algunas mañanas con Karol en la misa del arzobispo, en su residencia de la calle Franciszkańska. Esa mañana Karol sirve el altar sin él y, al terminar, sale a buscarlo.

En casa del compañero, en el barrio de Ludwinów, le dan la noticia. La noche anterior se lo ha llevado la Gestapo, la policía secreta de los ocupantes. Poco después, el nombre de Zachuta aparece en la lista de polacos destinados a ser fusilados.

El peligro alcanza también al arzobispo. Desde septiembre de 1944 los seminaristas viven escondidos en su propia residencia, y el arzobispo Sapieha se expone a represalias severas. Antes, él mismo había resuelto ya otra duda que Karol arrastraba. Atraído por los místicos que le había dado a leer el sastre Tyranowski, el joven había pensado en hacerse carmelita, fraile de una orden dedicada a la oración. El arzobispo zanjó la duda con pocas palabras, «Es preciso acabar antes lo que se ha comenzado». Y así fue.

La noche del 18 de enero de 1945, el Ejército Rojo llega a las afueras de Cracovia. Los alemanes se retiran y vuelan el puente Dębnicki, el del barrio donde Karol vivía con su padre. La onda de la explosión rompe todos los cristales de la residencia mientras los seminaristas rezan en la capilla con el arzobispo. A la mañana siguiente se dan prisa en reparar los daños.

El 1 de noviembre de 1946, día de Todos los Santos, Sapieha lo ordena sacerdote en esa misma capilla. Lo ordena a él solo, ante unos pocos parientes y amigos.

Se canta el Veni Creator, el himno con el que la Iglesia invoca al Espíritu Santo, y después las letanías, la larga súplica a todos los santos. Mientras tanto, Karol permanece tendido en el suelo en forma de cruz, hasta que el arzobispo le impone las manos. Ese día se acuerda de Jerzy Zachuta, el compañero que no volvió a la misa, como de un hermano unido por Cristo al misterio de su muerte.

Aquella postración marcó para siempre su manera de ser sacerdote. Medio siglo después, para ese aniversario, la contará en Don y misterio, el libro en que narra su vocación.

Al día siguiente, el de los fieles difuntos, celebra sus tres primeras misas en la cripta de San Leonardo, bajo la catedral del Wawel, junto a las tumbas de los reyes de Polonia. Está su madrina. Junto a Karol, en el altar, está el padre Kazimierz Figlewicz, que lo había hecho monaguillo en Wadowice y que lo confesó en esa misma catedral, vacía, el 1 de septiembre de 1939, el día en que estalló la guerra.

El día de la ordenación lo había elegido el arzobispo porque el joven sacerdote tenía que salir enseguida hacia Roma para seguir estudiando.

Besar la tierra

Roma le da los estudios, y también un camino de vuelta. A finales de octubre de 1947, el joven sacerdote regresa de Bélgica, donde ha pasado el verano entre emigrantes y mineros polacos, y se detiene en Ars, un pueblo de Francia. Es domingo, fiesta de Cristo Rey. Entra en la vieja iglesita donde confesaba san Juan María Vianney, el santo cura de Ars, y sale convencido de que un sacerdote cumple en el confesionario una parte esencial de su misión.

En el verano de 1948, ya de vuelta en Polonia, recibe su primer destino, una parroquia de campo. Llega en autobús hasta Gdów, un campesino lo sube a su carreta y él sigue a pie por un atajo, entre campos de trigo en plena siega. Al pisar las tierras de la parroquia de Niegowić se arrodilla y besa el suelo, el gesto que aprendió del cura de Ars. En la iglesia se detiene primero ante el Santísimo, el pan consagrado que se guarda en el sagrario, y solo después va a presentarse al párroco.

Al año siguiente lo llaman a Cracovia, a la parroquia de San Florián, y allí el aire es otro. El régimen comunista impone en la vida pública un ateísmo militante, que combate la fe. Cada jueves, el vicario Wojtyła reúne a universitarios y les habla de la existencia de Dios y del alma. En el verano de 1951, el arzobispo Eugeniusz Baziak, que gobierna ahora la diócesis, lo orienta al estudio y a la enseñanza, y eso le quita tiempo con la gente. Wojtyła lo resume en dos palabras, «Me costó». Desde entonces procura que los libros no le hagan olvidar que es sacerdote.

Ese mismo arzobispo lo ordena obispo en 1958, en la catedral del Wawel. Ya con ese cargo, Wojtyła viaja a Roma para el Concilio Vaticano II, la gran asamblea de los obispos de todo el mundo.

En noviembre de 1962, en plena asamblea, escribe en latín una carta al Padre Pío, el fraile capuchino de San Giovanni Rotondo, en el sur de Italia. Le pide que rece por una madre de cuarenta años, con cuatro hijas, que va a operarse de cáncer.

Según contó el colaborador que se la leyó, el fraile dijo al oírla, «A esto no se puede decir que no». Once días después, el obispo le escribe otra carta, esta vez para darle las gracias. La mujer se ha curado de repente, antes de la operación. El Padre Pío la lee y dice solo, «Gracias sean dadas a Dios».

La mujer es Wanda Półtawska, amiga de Wojtyła de toda la vida.

Con la carta de gracias ya enviada desde Roma, el obispo vuelve a Cracovia, donde unos vecinos llevan años pidiendo lo que el régimen les niega, una iglesia.

La ciudad sin Dios

La ciudad se llama Nowa Huta, y el régimen la ha levantado junto a Cracovia como modelo de ciudad obrera socialista. En sus planos hay viviendas para los trabajadores y ni un solo templo. Es una ciudad pensada para vivir sin Dios.

Sus habitantes no lo aceptan. En 1959 las autoridades les retiraron el permiso que ya tenían para la iglesia, pero en el solar destinado a ella había una cruz. El 27 de abril de 1960 salieron a defenderla frente a quienes venían a quitarla.

El obispo Wojtyła hace suya la causa de aquella gente. En 1964 el papa Pablo VI lo nombra arzobispo de Cracovia, y al año siguiente, después de que Wojtyła confiara la parroquia del barrio a un nuevo párroco, las autoridades dan el permiso. El Papa le regala entonces una piedra de la tumba de san Pedro para que sea la primera piedra del templo.

El 14 de octubre de 1967, Wojtyła, ya cardenal, cava él mismo los primeros terrones. Después vienen diez años de obra, y las autoridades la frenan a propósito.

Mientras los muros suben despacio, Wojtyła vuelve con frecuencia a Kalwaria Zebrzydowska, el gran santuario de la Virgen en su diócesis, al que iba ya de niño. Recorre solo sus senderos y presenta a Dios en la oración los problemas de la Iglesia bajo el comunismo.

El 15 de mayo de 1977, la ciudad que se planeó sin Dios tiene por fin su iglesia. Más de setenta mil personas la rodean cuando el cardenal la consagra con el nombre de Nuestra Señora Reina de Polonia. Es la iglesia que se conoce como el Arca del Señor. En la homilía, Wojtyła dice a la multitud, «No podemos vivir sin Dios. Y queremos vivir para Dios».

Dentro, el sagrario tiene forma de globo terrestre y guarda un trocito de roca de la Luna, regalo de Pablo VI. Cerca hay una imagen de la Virgen hecha con esquirlas sacadas de las heridas de soldados polacos en Tobruk y Montecassino, dos batallas de la Segunda Guerra Mundial.

Al año siguiente, el cardenal de Cracovia viaja a Roma con los demás cardenales para un cónclave, la reunión a puerta cerrada en la que eligen al Papa.

De par en par

Bajo los frescos de la Capilla Sixtina, en octubre de 1978, los cardenales están reunidos para elegir al sucesor de Pedro. En un momento de esas jornadas, otro de los cardenales se acerca a Wojtyła. Había sido el rector del colegio donde Wojtyła vivió de joven, durante sus estudios en Roma, y ahora le dice en voz baja.

«Dominus adest et vocat te», el Señor está aquí y te llama.

El 16 de octubre, Wojtyła sale elegido, con cincuenta y ocho años, y toma el nombre de Juan Pablo II. Ese mismo día, el cardenal Stefan Wyszyński, primado de Polonia, el obispo que guía a toda la Iglesia de su país, le dice, «La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio».

Seis días después, la Plaza de San Pedro se llena para la misa con la que empieza su servicio. El nuevo Papa recuerda que Pedro llegó a esta ciudad obedeciendo a su Señor. Explica que en la Iglesia todo poder es servicio, y le pide a Cristo poder ser siervo de sus siervos. Luego invita a no tener miedo de acoger a Cristo, y lo dice así.

«¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!»

Quien lo pide es aquel muchacho que partía piedra en Zakrzówek para no acabar deportado, el que un día, al volver del trabajo, encontró muerto a su padre, el último de los suyos. Ante la multitud, pide abrir a Cristo las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y políticos y los campos de la cultura, y termina diciendo que solo Cristo tiene palabras de vida eterna. Cada 22 de octubre, el día de su memoria, la Iglesia vuelve a leer esa homilía en su oración de ese día. En su escudo, el nuevo Papa conserva lo que ya llevaba de obispo, una cruz de oro, abajo a la derecha una M que evoca a María junto a su Hijo crucificado, y su Totus tuus.

Una semana después, desde la ventana, a la hora del Ángelus, la breve oración del mediodía a la Virgen, les confía a los fieles, «El Rosario es mi oración predilecta».

Esa devoción a la Virgen lo acompaña lejos de Roma. Su primer viaje lo lleva a México, ante la Virgen de Guadalupe, a la que reza una oración compuesta por él, que empieza así.

«¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!»

Dos días después celebra la misa en su santuario. Abre la homilía con un «¡Salve, María!» y dice que los primeros pasos de su peregrinaje lo han llevado precisamente allí. En casi veintisiete años de pontificado hará más de cien viajes fuera de Italia y reunirá a los jóvenes del mundo en las Jornadas Mundiales de la Juventud que él mismo empezó. Pero ese primer año el viaje que más pesa es la vuelta a casa. El 2 de junio de 1979, víspera de Pentecostés, celebra misa en la Plaza de la Victoria de Varsovia, en una Polonia gobernada por el régimen comunista. Ante la multitud dice que no se puede excluir a Cristo de la historia del hombre en ninguna parte del globo, y que excluirlo es un acto contra el hombre. Termina pidiendo al Espíritu Santo que descienda y renueve la faz de la tierra, «¡de esta tierra!».

Dos años y medio después de aquella misa con la que empezó su servicio, un miércoles de mayo, su jeep blanco descubierto recorre la Plaza de San Pedro, despacio, entre los peregrinos.

Hermano

El 13 de mayo de 1981, poco después de las cinco de la tarde, el hombre que pidió a todos no tener miedo da la vuelta acostumbrada entre los fieles antes de la audiencia general. Le acercan a una niña. La coge en brazos un momento y se la devuelve a sus padres.

Unos instantes después se oyen disparos.

Herido en el abdomen, el Papa se desploma dentro del vehículo. La gente no puede creer lo que acaba de ver. Muchos rompen a llorar. Muchos otros se arrodillan allí mismo y rezan con los rosarios que habían traído para que él los bendijera. Entre la multitud hay quien recuerda que otro 13 de mayo, sesenta y cuatro años antes, la Virgen se apareció a unos pastorcitos en Fátima, un pueblo de Portugal. El que ha disparado es un joven turco, Alí Agca.

Al Papa lo llevan al Policlínico Gemelli, un hospital de Roma, y allí pasa seis horas en el quirófano.

Llega el domingo. Han pasado cuatro días y la herida sigue abierta. Desde su habitación, en conexión con la plaza, reza con los fieles la oración mariana del mediodía, y su voz llega débil hasta el mismo lugar donde lo hirieron. Antes de terminar, dice.

«Rezo por el hermano que me ha herido, al cual he perdonado sinceramente.»

Al hombre que quiso matarlo lo llama hermano.

La herida, sin embargo, no se cierra deprisa. El 3 de junio, después de veintidós días de hospital, el Papa vuelve al Vaticano. Cuatro días más tarde, en la basílica de Santa María la Mayor, se escucha grabado lo que él no puede ir a decir en persona. Es un acto de consagración que ha escrito él mismo, una oración que pone el mundo en manos de la Virgen. Después del atentado había pedido también el sobre con la tercera parte del secreto de Fátima, la parte del mensaje de aquellos pastorcitos que la Iglesia guardaba sin publicar. En julio se lo hacen llegar a través de la Secretaría de Estado.

Para entonces ya está otra vez en el Gemelli, porque el 20 de junio una infección lo ha obligado a volver, y el 5 de agosto lo operan por segunda vez, una intervención que resulta decisiva. Solo a mediados de agosto, tres meses después de aquella tarde en la plaza, sale por fin del hospital.

En el jeep blanco se había quedado una de las balas.

La bala y la corona

Un año exacto después de los disparos, el 13 de mayo de 1982, el Papa peregrina a Portugal. En Fátima, ante la imagen de la Virgen, reza la misma oración que en junio del año anterior se había escuchado grabada en Santa María la Mayor, y con ella le consagra el mundo entero. De joven se había puesto en sus manos con su lema,

Totus tuus, todo tuyo, y ahora llega ante su imagen con la vida que conservó en la plaza.

En una visita del obispo de Leiria-Fátima a Roma, el Papa le entrega la bala que quedó en el jeep, para que se guarde en el santuario. Lo que vino después fue idea del obispo. Aquel trozo de metal que pudo matarlo acabó engarzado en la corona de la Virgen.

Queda todavía el hombre que disparó aquella bala. Desde la cama del hospital, el Papa lo había llamado hermano, y faltaba saber si iría a buscarlo. El 27 de diciembre de 1983, Juan Pablo II entra en la cárcel romana de Rebibbia y se encuentra con Alí Agca, a la vista de todos.

Al salir, el Papa dice.

«Nos hemos reunido como hombres y como hermanos, porque todos somos hermanos.»

Después añade que todo lo que ocurre en la vida debe confirmar esa hermandad, que nace de que Dios es nuestro Padre.

¿Cómo había salido vivo de aquella tarde? Él mismo lo respondió en 1994, otro 13 de mayo, desde una habitación del Gemelli, donde volvía a estar ingresado. En una meditación para los obispos italianos, explicó así lo que ocurrió en la plaza.

«Una mano materna guió la trayectoria de la bala, y el Papa agonizante se detuvo en el umbral de la muerte.»

Es su manera de mirar aquel día, con los ojos de la fe. La Madre a la que se había entregado de muchacho, en plena guerra, la reconoce ahora en su propio cuerpo herido.

Esas palabras llegan también a Portugal, al convento de carmelitas de Coímbra. Allí vive sor Lucía, una de aquellos pastorcitos de Fátima, ya monja y muy anciana. Aquel sobre guardaba la tercera parte del secreto, la visión que los niños tuvieron el 13 de julio de 1917 y que ella puso por escrito en 1944, por orden de su obispo. Un ángel con una espada de fuego grita tres veces «¡Penitencia!». Después, un obispo vestido de blanco sube una montaña hacia una gran cruz, con otros obispos, sacerdotes y religiosos. Atraviesa una gran ciudad medio en ruinas y reza por los muertos que encuentra en el camino. Arriba, de rodillas a los pies de la cruz, un grupo de soldados le dispara y lo mata. Dos ángeles recogen la sangre de los mártires. En la primavera del año 2000, cuando le preguntan si aquel obispo es el Papa, sor Lucía responde enseguida que sí. En la visión el obispo muere, y el Papa de la plaza siguió vivo. Para la Iglesia, eso muestra que el futuro no está escrito de antemano. Y con la frase de la mano materna se muestra completamente de acuerdo.

Jesús, confío en ti

El perdón que llevó a Rebibbia lo practicaba desde antes en silencio, con desconocidos. El Viernes Santo de 1980, a mediodía, Juan Pablo II baja a la Basílica de San Pedro, entra en un confesionario y se sienta a escuchar a los fieles que se acercan a pedir perdón por sus pecados. Era la lección que se había llevado de joven de la vieja iglesita de Ars, y desde aquel Viernes Santo vuelve a ese confesionario cada año.

A finales de ese mismo año firma una encíclica, una carta dirigida a toda la Iglesia, sobre Dios Padre, el que es rico en misericordia. Le da ese nombre en latín,

Dives in misericordia. Lo que dicen sus páginas lo vive cada Viernes Santo en aquella caja de madera, una persona tras otra.

Esa misericordia no espera solo a quien entra en una iglesia. También sale a buscar a los que mueren solos. En febrero de 1986, en su viaje a la India, la primera parada del Papa en Calcuta es Nirmal Hriday, el hogar donde la Madre Teresa y sus hermanas cuidan a los moribundos. Allí el Papa lo llama un lugar que da testimonio de la primacía del amor.

La misericordia necesitaba también un día en el calendario de todos. En la primavera del año 2000 Juan Pablo II canoniza en Roma a santa Faustina Kowalska, una religiosa polaca cuyo diario guarda el mensaje de la Divina Misericordia. Ese día establece que en toda la Iglesia el segundo domingo de Pascua, el que sigue al de Resurrección, se llame desde entonces domingo de la Misericordia divina.

El Papa quiso llevar aquel mensaje a la tierra donde él mismo había nacido. El 17 de agosto de 2002 vuelve a Cracovia y dedica en el barrio de Łagiewniki el nuevo santuario de la Divina Misericordia. Su piedra angular se trajo del monte Calvario, para recordar siempre que el pecado puede ser perdonado. El Papa tiene ya ochenta y dos años. Repite las palabras de santa Faustina sobre la misericordia inmensa de Dios y confiesa con ella que fuera de esa misericordia no hay otra fuente de esperanza para el hombre. Todo eso cabe en cuatro palabras que puede decir un niño, y él las dice ante la multitud.

«Jesús, confío en ti.»

Después consagra solemnemente el mundo entero a la Misericordia divina, para que el mensaje de santa Faustina llegue a todos los habitantes de la tierra. A quienes lo escuchan les pide así.

«¡Sed testigos de la misericordia!»

Termina con una oración suya a Dios Padre misericordioso, en la que le encomienda el destino del mundo y de cada hombre. Fue su último viaje a Polonia.

La casa del Padre

Dos años y medio después de Łagiewniki, la confianza que había pedido a todos tiene que sostenerse en su propio cuerpo. Ya en 1991, su médico había visto en él los primeros signos del Parkinson. En febrero de 2005 vuelve a ingresar en el Policlínico Gemelli de Roma, el hospital que lo acogió tras los disparos, porque le falta el aire. Le hacen una traqueotomía, una abertura en la garganta para poder respirar, y los médicos le piden que no hable durante unos días.

Al despertar, según contó después su portavoz, el Papa pidió por señas un papel y escribió.

«Pero, ¿qué me han hecho?»

Luego siguió escribiendo, con las dos palabras latinas que había hecho suyas de joven, en plena guerra, para entregarse por entero a María.

«Pero yo sigo siendo siempre totus tuus.»

El cuerpo, sin embargo, ya no le obedece. El 30 de marzo se asoma a la ventana de su estudio, sobre la Plaza de San Pedro, y bendice a la multitud sin poder decir nada. Es la última vez que la plaza lo ve.

Al día siguiente, poco después de las once, va a la capilla para la misa y le sacude un escalofrío violento. La fiebre se dispara. Cae en un shock séptico, una infección que pasa a la sangre y hace fallar el corazón y la circulación. Pide quedarse en su habitación, y se respeta su voluntad.

Por la tarde, con los ojos medio cerrados, celebra la misa al pie de la cama con los sacerdotes que lo acompañan. En la consagración, cuando el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, levanta débilmente el brazo derecho sobre ellos. El cardenal arzobispo de Lviv le da la unción de los enfermos, el sacramento que la Iglesia ofrece a quien está gravemente enfermo, y al caer la tarde el Papa comulga.

El viernes amanece consciente y sereno. Celebra la misa temprano. Luego le leen las catorce estaciones del Vía Crucis, el camino de Jesús hacia la cruz, y se santigua en cada una. Después pide que le lean la Hora Tercia, una de las oraciones del día, y pasajes de la Escritura.

Abajo, la plaza se ha llenado de jóvenes que rezan por él. Por su portavoz, Joaquín Navarro-Valls, se conocen las palabras que el Papa dijo de ellos.

«Os he buscado. Ahora habéis venido a verme. Os doy las gracias.»

El sábado 2 de abril, hacia las tres y media de la tarde, con una voz que apenas se oye, habla en polaco a quienes lo rodean.

«Dejadme ir a la casa del Padre.»

Poco antes de las siete entra en coma, y ya no despierta. En la penumbra arde una vela pequeña, como manda una costumbre polaca. A las ocho, junto a la cama, Stanisław Dziwisz, su secretario durante casi cuarenta años, empieza la misa de la fiesta de la Divina Misericordia. Los cantos de la habitación se mezclan con los que suben de la plaza.

A las nueve y treinta y siete de la noche, Juan Pablo II se duerme en el Señor.

Es la víspera del domingo de la Misericordia, el que él mismo había dado a toda la Iglesia. Bajo su ventana, los jóvenes no se marchan de la plaza.

Santo súbito

Detrás de esos jóvenes llega el mundo. En pocos días, más de tres millones de peregrinos desfilan ante su cuerpo, algunos después de veinticuatro horas de cola. El 8 de abril, en la Plaza de San Pedro, el cardenal Joseph Ratzinger, decano de los cardenales, preside el funeral. Desde la multitud sube un grito en italiano que se repite una y otra vez, «¡Santo súbito!», santo ya. Ese mismo día lo entierran en las Grutas Vaticanas, bajo la basílica.

La plaza pedía prisa, y la Iglesia escuchó sin saltarse el camino. Ratzinger, elegido Papa con el nombre de Benedicto XVI, hace una sola excepción. No espera los cinco años que suelen pasar desde la muerte, un plazo que sirve para comprobar que la fama de santidad dura y se extiende. En Roma y en Cracovia se recogen los testimonios de quienes conocieron a Juan Pablo II, y teólogos y cardenales estudian su vida. A finales de 2009, Benedicto XVI lo declara venerable, es decir, reconoce que vivió las virtudes cristianas en grado heroico.

Lo que la Iglesia mira en ese examen es su vida con Dios, y no el acierto de cada decisión de gobierno. En 2020 la propia Santa Sede publicó un informe sobre cómo Theodore McCarrick, un obispo estadounidense, había llegado a cardenal pese a las acusaciones sobre su conducta sexual. Concluye que en el año 2000 Juan Pablo II lo nombró arzobispo de Washington por decisión personal, con información inexacta e incompleta de tres de los cuatro obispos estadounidenses a los que consultó. Cuando se publicó el informe, un proceso canónico ya había declarado culpable a McCarrick y lo había reducido al estado laical.

Para beatificarlo, la Iglesia pedía además una señal, una curación debida a su intercesión. En Francia, sor Marie Simon-Pierre trabajaba de enfermera en una maternidad hasta que el Parkinson, la misma enfermedad que el Papa había llevado durante más de una década, la obligó a dejarlo. En junio de 2005, unos dos meses después de la muerte del Papa, ella le pide ayuda, y el Parkinson desaparece por completo. En enero de 2011, Benedicto XVI firma el decreto que reconoce esa curación como debida a la intercesión de Juan Pablo II.

El 1 de mayo de 2011, domingo de la Misericordia, Benedicto XVI lo declara beato, el paso anterior a la santidad, en la plaza y ante más de un millón de fieles. Nunca antes un Papa había elevado a los altares a quien lo precedió. Durante la ceremonia, sor Marie Simon-Pierre reza ante una reliquia del Papa.

Con motivo de aquella beatificación, el féretro de Juan Pablo II sale de las Grutas y pasa a la capilla de San Sebastián, junto a la Piedad de Miguel Ángel, donde los peregrinos de todo el mundo rezan ante él, bajo el altar.

Aquel mismo domingo, muy lejos de Roma, en Costa Rica, una mujer a la que los médicos habían mandado a casa para morir permanece despierta para poder seguir la beatificación.

Me siento bien

Lo que había llevado a aquella mujer hasta esa noche lo cuentan ella misma, Floribeth Mora, madre de cuatro hijos, y su marido, Edwin Arce. Una mañana de abril de 2011, Floribeth se había despertado en casa con un dolor de cabeza terrible y vómitos. En el Hospital Calderón Guardia, en San José, los médicos le encontraron un aneurisma, una lesión grave en una arteria del cerebro, y le dijeron que el punto que había que cerrar era inaccesible. Los dos se encomendaron a Juan Pablo II, y los médicos aconsejaron llevarla a casa para el final.

Edwin salió del hospital, se sentó en el suelo y lloró, «¡Dios mío, ayúdame! ¡Karol Wojtyla, Juan Pablo II, no me dejen solo…!». Dice que entonces una voz le repitió dos veces, «No tengas miedo, llévatela». Y se la llevó a casa, donde los medicamentos la tenían dormida casi todo el día.

Por eso, el domingo de la beatificación, mientras su familia va al estadio donde se transmite la ceremonia, ella hace un esfuerzo por no dormirse y le pide al Papa que la ayude. No quiere morir. Quiere estar con sus hijos y conocer a los nietos que vienen en camino.

A la mañana siguiente ve en una revista a Juan Pablo II con la mano en un gesto que parece invitarla a levantarse. Se levanta, va a la cocina y a su marido le dice solo esto, «Me siento bien». Su neurocirujano confirma después que el aneurisma ha desaparecido.

Aquella curación pasó por el examen de la Iglesia. La comisión de médicos de la causa, que solo dice si una curación tiene explicación científica, no encontró ninguna, y después teólogos y cardenales la atribuyeron a la intercesión de Juan Pablo II. El 27 de abril de 2014, otra vez domingo de la Misericordia, el papa Francisco lo canoniza en la plaza junto a Juan XXIII. Así la Iglesia lo propone a todos como modelo de vida cristiana y como intercesor.

El muchacho que un día de guerra volvió del trabajo y ya no tenía a nadie aprendió a no temer de rodillas. Lo aprendió mirando rezar a su padre de noche, y lo vivió después, tendido en el suelo de la capilla de su ordenación y en una cama del Gemelli, donde perdonó con la herida abierta. Cuando pidió a una plaza entera que abriera las puertas a Cristo, le ofrecía lo que él mismo había comprobado, paso a paso, en su propia vida.

A todos nos llega alguna vez un suelo como aquel en el que Edwin se sentó a llorar al salir del hospital, y es allí donde nosotros podemos aprender a confiar.

San Juan Pablo II, tú perdiste joven a los tuyos y aprendiste en la guerra a confiar en Dios. Enséñanos a no tener miedo. Tú llamaste hermano al hombre que te hirió. Alcánzanos un corazón capaz de perdonar. Acompaña a los enfermos, a los que lloran a sus muertos y a los que se sienten solos, tú que llevaste tu cruz a la vista de todos hasta el final. Ayúdanos a abrir de par en par las puertas a Cristo y a decir contigo «Jesús, confío en ti». Ruega por nosotros. Amén.

Fuentes

  • Fuentes primarias (1978–2026)
  • Juan Pablo II, Don y misterio (1996) vatican.va
  • Juan Pablo II, Homilía del inicio del pontificado (22-10-1978), en el Oficio de lectura vatican.va
  • Juan Pablo II, Homilía en el Santuario de la Misericordia Divina, Cracovia-Łagiewniki (2002) vatican.va
  • Benedicto XVI, Homilía de la beatificación de Juan Pablo II (2011) vatican.va
  • Sala Stampa della Santa Sede, Algunos datos significativos del Pontificado de Juan Pablo II vatican.va
  • Santa Sede, Crónica de los últimos días (Acta Apostolicae Sedis, 2005), según ZENIT (20-9-2005) es.zenit.org
  • Documentos eclesiásticos y estudios
  • Congregación para la Doctrina de la Fe, El mensaje de Fátima (2000) vatican.va
  • Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, San Juan Pablo II, papa — Oficio de lectura (2011) — vatican.va
  • Santa Sede, Perfil biográfico de Juan Pablo II (2014) vatican.va
  • Oficina de Prensa de la Santa Sede, Breve Biografía de Juan Pablo II (2005) — vatican.va
  • Łucja Marek, Arka Pana. Pierwszy kościół w Nowej Hucie (2023) — Instytut Pamięci Narodowej, przystanekhistoria.pl
  • Alessandro Gisotti, Aquel 13 de mayo (2021) — Vatican News
  • Jesús Colina, La santidad de Juan Pablo II (2013) — Alfa y Omega
  • Jesús Colina, Habla la mujer que experimentó el milagro de san Juan Pablo II (2013) — Aleteia
  • Kathleen Hattrup, Lo que dice el informe vaticano sobre el ex cardenal McCarrick (2020) — Aleteia
  • ZENIT, Tras la traqueotomía, el Papa se alimenta normalmente y respira autónomamente (2005) — almudi.org
  • Contexto contemporáneo
  • León XIV, Ángelus del 11 de octubre de 2026 vatican.va

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miércoles, 28 de octubre · Evangelio

Después de orar toda la noche, Jesús elige a los doce apóstoles

En aquel tiempo, Jesús salió al monte a orar, y pasó la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a quienes también dio el nombre de apóstoles: Simón, a quien llamó…