Ir al contenido
FIDES VIVA

24 de octubre

misionero a pie, arzobispo de Cuba y confesor de Isabel II

San Antonio María Claret

  • Lectura de 33 min
Tamaño del texto 100 %
Aa
Tamaño del texto 100 %
Capítulos
  1. 0:00Más máquinas que santos
  2. 5:14La tormenta de Montealegre
  3. 8:56Una pierna que no camina
  4. 13:28El hatillo
  5. 18:25El Padrito
  6. 22:48La tierra que tiembla
  7. 27:01Como cristiano, como sacerdote
  8. 30:57El pájaro enjaulado
  9. 36:07Antonio, retírate
  10. 40:06Con Él morirá
  11. 46:05La caja del carpintero

Llevaba días diciendo desde el púlpito que quería sellar con su sangre lo que predicaba. Una noche de febrero de 1856, el arzobispo de Santiago de Cuba, Antonio María Claret, caminaba por la calle Mayor de Holguín. La gente lo saludaba a los dos lados, y un sacristán le alumbraba el paso con un farol.

Un hombre se inclinó hacia él como para besarle el anillo. En lugar de besarlo, sacó una navaja de afeitar y le abrió la cara de la oreja a la barbilla.

El arzobispo señaló una botica cercana y dijo «Entremos aquí, que tendremos más a mano los remedios». Dentro, fue él quien tuvo que dar ánimo a los médicos. Aquella noche, lo que sentía era alegría.

Ese hombre había empezado su vida en Cataluña, entre el ruido de los telares.

Más máquinas que santos

A finales de la década de 1820, aquel futuro arzobispo no pensaba en dar su sangre por nadie. Pensaba en hilos. En una fábrica de Barcelona, una ciudad que se llenaba de talleres y de máquinas nuevas, un muchacho de Sallent abría sobre la mesa las muestras de tela que llegaban de París y de Londres. Las descomponía hasta entender cómo estaban hechas, y luego dibujaba el telar capaz de repetirlas.

Había llegado con diecisiete años, estudiaba dibujo en la escuela de la Lonja y vestía con elegancia, quizá demasiada. Era tan hábil que llegó a corregir al mayordomo, el encargado que dirigía la fábrica.

Pocos años antes, en el taller de su padre en Sallent, ese mismo muchacho dirigía el rosario entre los telares, y los obreros respondían sin soltar el trabajo. De niño le había dicho a un visitante de la escuela que quería ser sacerdote.

Ahora, en Barcelona, unos señores le proponían a su padre montar con él una fábrica propia. Y Antonio, que hasta entonces siempre había obedecido a su padre, esta vez dijo que no. Sentía por dentro una repugnancia que no sabía explicar. Aun así, la fabricación lo tenía tomado por entero, como un delirio. En misa tenía «más máquinas en la cabeza que santos no había en el altar».

Fue en misa donde algo se rompió. Una mañana, mientras el sacerdote seguía en el altar, le vino a la cabeza una pregunta de Jesús en el Evangelio. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su alma? La frase fue una flecha que le hirió el corazón.

Buscó ayuda en la casa de San Felipe Neri, donde vivía una comunidad de sacerdotes. Un hermano de la casa lo llevó ante uno de los padres, y el consejo fue sencillo. Debía estudiar latín, la lengua que entonces había que saber para llegar a ser sacerdote.

En esos mismos años, la vida lo sacudió tres veces. Un día, en la playa que había detrás de la Barceloneta, una ola lo arrastró mar adentro. Llamó a María, y se encontró en la orilla.

Otra vez, una señora quiso seducirlo, y él se soltó de sus brazos forcejeando con todas sus fuerzas. No se lo contó a nadie, para no dañar el honor de ella.

La tercera sacudida vino de un compañero con el que jugaba a medias a la lotería. Le robó recibos, dinero, ropa y libros, y acabó condenado a dos años de presidio, una cárcel con trabajos forzados. A Antonio le dolió menos lo que había perdido que la vergüenza, y apenas se atrevía a salir a la calle. Así, a fuerza de amarguras, Dios lo fue apartando de aquella vida que Antonio llamaba Babilonia, como se aparta a un niño del pecho de su madre.

Desengañado del mundo, Antonio fue a hablar con su padre y le dijo que quería hacerse cartujo, uno de esos monjes que viven en silencio, cada uno en su celda. Juan Claret había querido tenerlo de socio en la fábrica. Sintió mucha pena, y le respondió «Yo no quiero quitarte la vocación... Con todo, hágase la voluntad de Dios».

Con el latín apenas empezado y la Cartuja metida en el corazón, Antonio salió de Sallent hacia Vic una tarde de lluvia.

La tormenta de Montealegre

Llegó a Vic ya de noche, el 29 de septiembre de 1829, calado hasta los huesos. Seguía queriendo ser cartujo. El obispo lo recibió muy bien. Allí hizo una confesión general, repasando toda su vida ante el padre Pedro Bach, del Oratorio de Vic, que desde entonces fue su director.

En su mesa de estudio, Antonio puso una estampa grande de San Bruno, el fundador de los cartujos. Al acabar el primer curso, su director le arregló la entrada en la Cartuja de Montealegre, cerca de Barcelona, y Antonio se puso en camino.

En el camino lo sorprendió una tormenta. Echó a correr hasta quedarse sin aliento, y en medio del aguacero se dijo «¡Quizá Dios no quiere que vayas a la Cartuja!». No tuvo valor para seguir, y volvió a Vic. Con el tiempo entendió que aquella vocación de monje había sido solo para una temporada.

Un invierno, en su segundo año de filosofía, cayó en cama con un catarro. A media mañana le asaltó una tentación muy fuerte contra la pureza. Llamó a María, a su ángel de la guarda y a sus santos, se hizo la cruz en la frente y trató de pensar en otra cosa. Todo fue inútil.

Al volverse en la cama, la vio. María estaba allí, muy hermosa, con un vestido carmesí, un manto azul y una corona de rosas. Antonio la oyó decirle «Antonio, esta corona será tuya si vences», y ella le puso la corona. A su derecha vio santos que rogaban por él, y a su izquierda, demonios que se retiraban.

Él aseguraba que no estaba dormido ni mareado. La tentación se fue, le dejó una gran alegría, y durante años no volvió a sufrir tentaciones de aquel tipo.

Siguió estudiando en Vic, y el 13 de junio de 1835, día de San Antonio, su patrono, lo ordenaron sacerdote. Ocho días después cantó su primera misa en Sallent, y allí se quedó, al servicio de la parroquia de su pueblo. Predicaba, enseñaba el catecismo y confesaba desde muy temprano. Cada día visitaba a los enfermos, desde que les llevaba el viático, la comunión de los que se están muriendo, hasta que morían o se curaban.

Pero al leer la Biblia le parecía que una voz le decía a él, en persona, lo mismo que iba leyendo. En las páginas de los profetas, Dios le decía que lo había escogido y no lo había desechado, y que lo enviaba a llevar la buena noticia a los pobres. Le ponía delante también al centinela, el que vigila desde lo alto para avisar a su pueblo.

Así que decidió dejar la parroquia e ir a Roma, a ofrecerse como misionero a la oficina del Papa que los enviaba por el mundo. Su superior le puso dificultades, y el pueblo también. La gente de Sallent le demostró cuánto lo quería justo cuando él se disponía a marcharse.

Sin pasaporte y sin dinero, el cura de Sallent echó a andar hacia los Pirineos.

Una pierna que no camina

En 1839, como en Barcelona no le habían dado pasaporte, iba hacia Roma a pie, cruzando las montañas de una Cataluña en guerra. Cerca de la Font del Picasó, un hombre le gritó «¡alto!» y le apuntó con un fusil. Formaba parte de una partida de diez hombres armados. El jefe lo interrogó, y el cura de Sallent le contestó a todo con entereza.

Mientras hablaban, los presos que llevaban se escaparon. La partida se puso en marcha hacia Puigcerdá, con él en la cola, y Antonio aprovechó para torcer hacia Francia. El hombre que lo había detenido se le acercó y le susurró «No lo diga a nadie». Antonio le respondió «Vayan ustedes con Dios».

En Marsella subió a un vapor rumbo a Italia y pagó el puesto más pobre, en la cubierta de proa, a la intemperie. Dormía sobre un rollo de cuerda, con la cabeza apoyada en un cañón. Una noche lo sorprendió una tormenta y se empapó hasta el amanecer. El pan y el queso que comía estaban salados por el mar. Un pasajero inglés, católico, le regaló unos duros, monedas de plata. Antonio los repartió entre unos monjes españoles desterrados y un paisano al que habían robado en el camino, y bajó del barco sin nada.

En Roma no encontró al cardenal que debía enviarlo a misiones. Mientras esperaba hizo unos ejercicios espirituales, días enteros de silencio y oración, y allí le propusieron entrar en la Compañía de Jesús. El 2 de noviembre ya vivía en su noviciado, la casa donde los jesuitas forman a los que empiezan. De la noche a la mañana, se vio jesuita.

Aprendió a dar ejercicios, a predicar y a confesar. Como todavía no podía salir a trabajar, rezaba, y escribió a María una oración en la que se ponía en sus manos como instrumento para convertir a los pecadores. En esa oración le dijo a la Virgen «No callaré, aunque supiese que de mí han de hacer pedazos».

A los cuatro meses le vino un dolor tan grande en la pierna derecha que no podía caminar. El superior de todos los jesuitas, el padre general Jan Roothaan, le habló sin titubear. «Es la voluntad de Dios que usted vaya pronto a España, no tenga miedo, ánimo.» Más tarde Roothaan le escribió que Dios lo había llevado a la Compañía no para que se quedase en ella, sino para que aprendiese a ganar almas.

De vuelta en Cataluña, en 1840 lo pusieron al frente de la parroquia de Viladrau, un pueblo del Montseny saqueado una y otra vez por la guerra. Los médicos se habían marchado. Así que hizo de médico corporal y espiritual, con libros de medicina y lo que sabía de plantas, sin cobrar nunca nada. Ninguno de los enfermos que visitaba se le moría, y empezaron a llegarle de otros pueblos. Cuando ya eran demasiados, solo les hacía la señal de la cruz, y la gente decía que quedaban curados. Él lo atribuía a la fe de los enfermos.

Pero salía también a predicar a otros pueblos, y los que enfermaban en su ausencia sí morían. Al volver, las familias lo recibían con las palabras de Marta a Jesús ante la tumba de su hermano, que si hubiera estado allí no habría muerto. Él no podía resucitar a nadie, y aquellas lágrimas lo afligían mucho.

Por eso pidió a su superior que lo librara de Viladrau y de cualquier parroquia, para quedar disponible y predicar donde lo enviaran. En enero de 1841 se fue, y el pueblo lo sintió mucho.

Libre ya de parroquia, con el hatillo en la mano, empezó a recorrer Cataluña a pie.

El hatillo

Caminaba cinco horas por la mañana y cinco por la tarde, con nieve o con sol, y llevaba el mismo capote en invierno que en verano. En un pañuelo atado iban el breviario, el libro de oraciones que el sacerdote reza cada día, una camisa y un par de medias. Para no perderse llevaba un mapa de Cataluña forrado de lienzo. Dinero no llevaba ni lo aceptaba. Un día metió la mano en el bolsillo, creyó tocar una moneda y se asustó. Era una medalla que le habían dado mucho tiempo atrás, y sintió que volvía de la muerte a la vida.

Roma le había dado el título de misionero apostólico, que lo autorizaba a predicar misiones. Aun así, no predicaba en ninguna parroquia sin una orden expresa de su obispo. Cada misión popular eran varios días de sermones, confesiones y oración en un pueblo, y antes de subir al púlpito rezaba el rosario con la gente. Su fin, decía, era «que Dios sea conocido, amado y servido de todos».

Aquella prisa le venía de muy atrás. En Sallent, con cinco años, el niño se quedaba en la cama sin dormir, pensando en la eternidad. Imaginaba distancias enormes, les sumaba otras y nunca llegaba al final. Siempre, siempre, se repetía, y le daba mucha lástima pensar en los que tendrían que sufrir sin fin. Ya de mayor se comparaba con quien ve arder una casa de noche y corre por las calles gritando ¡fuego!.

A veces bastaba un trozo de papel. En una gran ciudad, un niño le besó la mano y le pidió una estampa. Al día siguiente, después de misa, un hombre alto y grueso, de bigotes largos, embozado en la capa, le pidió confesión. En la sacristía rompió a llorar. El niño había dejado la estampa en la mesa de casa, el hombre la había leído por curiosidad, y cada palabra se le clavaba como un dardo. Tenía cincuenta años, no se confesaba desde niño y había sido comandante de gente muy mala. Entonces preguntó «Padre, ¿habrá perdón para mí?». Claret le contestó «Sí, señor, sí, ánimo, confianza».

Fundó en Barcelona, con otros dos compañeros, una librería para imprimir libritos y hojas sueltas tan baratos que cualquiera pudiera tenerlos. Al principio de casi todos puso su oración a la Virgen. El muchacho al que una frase del Evangelio había herido como una saeta se ofrecía ahora a María con esa misma imagen. Le decía «Yo soy como una saeta puesta en vuestra mano poderosa».

Pero el fruto tenía su precio. El gobierno llegó a buscarlo para prenderlo, porque, como le contó años después un general en Cuba, temía a las multitudes que lo seguían. En la primera mitad de cada misión corrían contra él mentiras de toda clase, por ejemplo que había robado un burro. En la segunda mitad todos lo llamaban santo. Y al final, cuando más lo alababan, le venía una tristeza que no sabía explicar. La entendía como un lastre, el peso que lleva un barco para que el viento no lo vuelque, en su caso el viento de la vanidad.

Durante quince años se examinó de humildad dos veces al día, a mediodía y por la noche. Pasado todo ese tiempo, confesaba «y aún no soy humilde». Tenía ratos buenos y otros tan amargos que le fastidiaba la misma vida. Entonces solo pensaba y hablaba del cielo, y eso le devolvía el ánimo.

En la diócesis de Tarragona casi todos lo querían, pero unos cuantos querían matarlo, y el arzobispo lo sabía. Claret le pidió que lo mandara adonde quisiera, y le dijo que, aunque en el camino lo esperaran dos filas de asesinos con el puñal, él pasaría adelante.

«Lucrum mori», decía en latín, morir es ganancia. Deseaba que un día su propia sangre sellara lo que enseñaba.

En 1847 una nueva guerra cerró los caminos de Cataluña, y su obispo lo puso a las órdenes del obispo de Canarias.

El Padrito

En Cataluña hasta su nombre se había vuelto un arma. Durante la guerra de los matiners, las partidas alzadas contra el gobierno, algunos periódicos llegaron a decir que los sublevados no harían nada sin consultar a «Mosén Claret», como se llamaba entonces en Cataluña a los sacerdotes. Era una manera de comprometerlo. Así que el obispo de Canarias se lo llevó a las islas.

En Gran Canaria la gente no cabía en las iglesias, así que Claret predicaba en las plazas. Para que nadie se quedara sin confesar, organizaba las confesiones de ocho en ocho. En cada pueblo lo recibían con alegría y lo despedían con lágrimas.

En Lanzarote lo acompañaba un padre tan grueso que no podía con los caminos, y para que no fuera a pie montaron los dos en un camello. Al llegar a un pueblo, alguien no quiso escuchar a Claret. Aquel no podía ser el misionero de la Gran Canaria, decía, porque ese siempre iba andando.

Cuando dejó las islas le ofrecieron un capote nuevo. Lo rechazó y se llevó el viejo, con cinco rasgones que le había hecho la gente. En Canarias lo llamaban «el Padrito», con ese diminutivo de cariño. En 1951 Pío XII lo declaró copatrono de la diócesis de Canarias, junto a la Virgen del Pino.

Con aquel capote a cuestas volvió a Vic, y allí propuso a su obispo reunir a otros sacerdotes para misionar juntos. El 16 de julio de 1849, día de la Virgen del Carmen, en una celda del seminario, empezó con cinco sacerdotes una congregación, una familia de misioneros que viviría bajo una misma regla. La llamó Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Él se tenía por el último de todos.

Claret definió con estas palabras a cada uno de sus misioneros «Un Hijo del Inmaculado Corazón de María es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa». Un hombre así, seguía, se goza en las privaciones y se complace en las calumnias.

Pero aquella familia no tenía ni un mes cuando, el 11 de agosto, al bajar Claret del púlpito, el obispo de Vic, Luciano Casadevall, le puso en la mano un nombramiento de la Corona. Lo hacía arzobispo de Santiago de Cuba. Claret se quedó como muerto.

Dijo que no. Se sentía indigno, y no quería dejar la librería ni la congregación, que acababan de nacer. Rechazó las instancias del nuncio, el representante del Papa en Madrid, y las del ministro. Ellos acudieron entonces al obispo, a quien él obedecía en todo, y el obispo le mandó aceptar.

Aquel precepto lo estremeció. No se atrevía a decir que sí, pero quería obedecer. Pidió unos días de oración y encargó a cuatro sacerdotes de su confianza que lo encomendaran a Dios y le dijeran qué hacer. Entre ellos estaba el padre Pedro Bach, su director desde la noche en que llegó empapado a Vic. El último día deliberaron y le dieron la respuesta. Era la voluntad de Dios.

El 4 de octubre aceptó.

Y el mismo obispo que le había mandado aceptar lo consagró un año después en la catedral de Vic. Era el 6 de octubre, día de la Virgen del Rosario y de San Bruno, el santo de la estampa que tenía sobre su mesa de seminarista.

Ya obispo y todavía misionero, a finales de diciembre embarcó en Barcelona rumbo a Cuba, y durante casi dos meses de travesía dio una misión a los que viajaban con él.

La tierra que tiembla

El 16 de febrero de 1851 el nuevo arzobispo pisó Santiago de Cuba. Tenía delante una diócesis enorme que nunca había pedido.

A los pocos días fue a rezar ante la Virgen de la Caridad del Cobre. Su capilla, a cuatro leguas de la ciudad, estaba llena de las ofrendas que dejaban los fieles para dar gracias.

En El Cobre, el pueblo de aquel santuario, dio una misión, y en ella casó a cerca de cuatrocientas parejas que vivían juntas sin estar casadas. La ley civil de entonces exigía un permiso para casar a blancos con personas de color, así que, para no equivocarse, cada día preguntaba al comandante del pueblo si entre ellos había algún impedimento de raza. Un día se presentó un hombre de Cádiz que vivía con una mujer mulata. Tenían nueve hijos, y él quería casarse para poder criarlos bien. El secretario del arzobispo le dijo que volviera.

Esa misma noche el comandante escribió al cura del pueblo acusando al arzobispo de casar «gente de distinta clase». Claret reprochó al comandante aquella acusación, que tenía por calumniosa, y el militar negó haber avisado a sus superiores. Pero el comandante general, la máxima autoridad militar de la región, mal aconsejado, abrió contra el arzobispo una investigación de las más furibundas. Fue su primer disgusto en Cuba. Al final las autoridades acordaron admitir excepciones, siempre que los misioneros las comunicaran antes al gobernador.

Aquel disgusto no detuvo las misiones. Al año siguiente predicaba en Manzanillo cuando, sin saber cómo, se le escapó decir que vendrían grandes terremotos.

El 20 de agosto de 1852, a las diez de la mañana, estaba en Bayamo cuando sintió el primero.

Y en Santiago, su sede, la tierra siguió temblando. La catedral quedó rota y el palacio arruinado. Los caballos se quedaban quietos en la calle, los enfermos salían de los hospitales y la gente gritaba «¡Misericordia!». La misa se celebraba en capillas de tablas levantadas en las plazas, y hasta una de ellas, en la alameda, llegaban las procesiones con que el pueblo pedía a Dios que se apiadara.

Por las tardes el arzobispo predicaba una misión de penitencia, y comparaba a Dios con una madre que mueve el catre del hijo dormilón para despertarlo y que, si eso no basta, le castiga el cuerpo. Así entendía él aquellos temblores, y avisó de que, si no se convertían, vendría la peste. Algunos lo tomaron a mal y murmuraron contra él.

Al mes llegó el cólera. En una calle murieron todos sus vecinos en menos de dos días. El arzobispo y sus sacerdotes estaban siempre entre los enfermos, cuidándoles el alma y el cuerpo. De aquellos sacerdotes solo murió uno.

Era el cura del Cobre, el pueblo de la Virgen. Estaba ya enfermo en la cama cuando vinieron a buscarlo para un moribundo, y respondió «Conozco que, si voy, moriré... mas como aquí no hay otro Sacerdote, allá voy».

Fue, volvió, se acostó y murió.

La visita pastoral, el recorrido del obispo por cada pueblo de su diócesis, siguió adelante, a caballo y a pie. Tres veces recorrió así la mayor parte de aquel territorio enorme. La cuarta, a comienzos de febrero de 1856, lo llevó a Holguín.

Como cristiano, como sacerdote

Holguín era uno más de los pueblos de aquella diócesis que Claret había aceptado por obediencia. El 1 de febrero de 1856 el arzobispo predicó allí durante hora y media sobre la Presentación de Jesús en el templo, el día en que María y José llevaron al Niño para ofrecerlo a Dios.

A las ocho y media de la noche salió por la calle Mayor con cuatro sacerdotes, su paje y un sacristán que alumbraba con un farol. Iba con la cabeza inclinada y el pañuelo en la boca. Un hombre se adelantó, hizo ademán de besarle el anillo y sacó una navaja de afeitar. Buscaba el cuello. Por la cabeza baja y el pañuelo, la hoja no llegó al cuello, pero le abrió la mejilla izquierda hasta el hueso, de la oreja a la barbilla, y le alcanzó también el brazo derecho.

En la botica de al lado, ante los médicos espantados, el herido seguía sereno y era él quien les iba diciendo lo que tenían que hacer. Se desmayó un momento y volvió en sí con vinagre. Los médicos calcularon que había perdido más de dos kilos de sangre.

Lo llevaron a su posada en una parihuela, una camilla de palos. En la cama sintió algo que no sabía explicar, el placer, el gozo y alegría de haber derramado por fin su sangre por Jesús y por María. Aquella alegría alcanzaba a quienes iban a verlo, y le duró mientras las heridas siguieron abiertas.

Vio también que el demonio había ayudado a aquel hombre a descargar el golpe. Recordó que, aun así, él era ministro de Cristo, y rezó por su agresor con las palabras de Jesús en la cruz.

Y dijo «¡Padre mío!, perdonadle, que no sabe lo que hace».

En la cara se le abrió después una fístula, un conducto por el que se le escapaba la saliva. Se encomendó a la Virgen y se le cerró de golpe. En la cicatriz del brazo vio dibujarse una imagen de la Dolorosa, la Virgen al pie de la cruz, que con los años se fue borrando.

Quedaba el hombre que le había abierto la cara. Era un canario de Tenerife, Antonio Pérez, según lo identificó el propio arzobispo. Un año antes, a ruego de los parientes de Pérez, Claret lo había hecho sacar de la cárcel.

Ante el juez, el herido declaró que le perdonaba «como cristiano, como Sacerdote y como Arzobispo».

El juez condenó a muerte al agresor. El arzobispo pidió su indulto, es decir, que le perdonaran la pena. Se lo pidió al capitán general, la máxima autoridad de la isla, que había viajado hasta allí para ver al herido. Se ofreció además a pagarle a Pérez el viaje de vuelta a su tierra. El hombre se libró del garrote, la forma de ejecutar de entonces, y cumplió diez años de presidio en África.

En el camino de vuelta prendieron fuego a la hacienda donde creían que iba a dormir. Santiago lo recibió como a alguien a quien ya daban por muerto. Volvía desfigurado, con la cicatriz cruzándole la cara, y durante meses la voz le salió torpe.

Un año después, una orden de la Corona lo sacó de Cuba.

El pájaro enjaulado

En Cuba lo habían herido en plena calle. En Madrid nadie le levantaba la mano. En junio de 1857 fue nombrado confesor de la reina Isabel II, el sacerdote que la escuchaba en confesión y guiaba su vida de fe. También le tocó enseñar la fe a la pequeña infanta Isabel.

En palacio lo respetaban, y la reina lo apreciaba de verdad. Él lo reconocía, y aun así vivir en la corte era para él un continuo martirio. Lo explicó con una imagen sencilla.

«Soy como un pájaro enjaulado, que va siguiendo las varitas para ver si puede escapar.»

Llegó a decir que casi se habría alegrado de una revolución, con tal de que lo echaran. A la reina le pidió un único favor, el de dejarlo retirarse, y fue justo el que nunca le concedieron.

Un día los reyes le impusieron por sorpresa la cruz de Carlos III, una alta condecoración del reino. Delante de todos calló. Después, a solas, le dijo a la reina que aquello le había causado grande pena, y desde entonces solo se la ponía en los días de gran etiqueta. Tampoco aceptaba regalos. Quería poder decir, el día que se marchara, que no tenía de la reina ni un alfiler.

Se quedó, porque entendía que esa era la voluntad de Dios, y cada día volvía a ofrecerle aquel encierro.

Su jornada empezaba a las tres de la madrugada, en invierno y en verano, rezando mientras se vestía. Antes de la meditación rezaba el Trisagio, una oración de alabanza a la Santísima Trinidad. Antes de comer hacía el vía crucis, la oración que recorre los pasos de Jesús camino de la cruz, y por la noche rezaba el rosario entero. La mesa era otra pelea. No probaba carne, ni pescado, ni vino, aunque le gustaban, y a su propio cuerpo lo llamaba mal burrico, un burro terco que no pocas veces le ganaba.

Lo que más le costaba era la hora de audiencia, de once a doce. La antesala se llenaba de gente que venía a pedirle un empleo del gobierno o un favor de palacio, y él no los daba. Por más razones que les ofreciera, no se convencían. Antes de salir pedía la gracia de no enfadarse. Mientras uno se iba y entraba el siguiente, levantaba los ojos a una imagen de María. Despedía a muchos con algún socorro o con un libro, y así se marchaban menos desesperados.

En esos años José Xifré, uno de los cinco compañeros de la celda de Vic y ya superior de la congregación, le mandó escribir la historia de su vida. La escribió únicamente por obediencia, sabiendo que tendría que contar cosas que habría preferido callar. Así nació su Autobiografía. En ella dejó la oración que se propuso repetir sin descanso, la que hoy se conoce como su oración apostólica. Empieza así. «¡Oh Dios mío y Padre mío!, haced que os conozca y que os haga conocer; que os ame y os haga amar».

En esas mismas páginas guardó lo que había vivido poco antes, un verano en La Granja, el palacio de los reyes cerca de Segovia. El 26 de agosto de 1861, a las siete de la tarde, rezaba en la iglesia del Rosario. Allí recibió una gracia que lo acompañaría el resto de su vida. Cristo presente en la Eucaristía, en la hostia consagrada que recibía al comulgar, permanecía en su pecho de una comunión a otra, día y noche. Con esa gracia le llegaba un encargo, orar y hacer frente a los males que amenazaban a España.

Ante el Santísimo, que es Jesús presente en la Eucaristía, le pasaba algo que confesó con estas palabras «Delante del Santísimo Sacramento siento una fe tan viva, que no lo puedo explicar». Cuando llegaba la hora de irse, tenía que arrancarse de allí.

Meses después pensó en borrar aquella gracia de lo que había escrito. Él mismo contó que la Virgen le dijo que no lo borrara, y que en la misa Jesús se la confirmó.

Fuera de palacio, aquel respeto tenía otra cara, y en 1864 empezaron a imprimirse papeles contra él.

Antonio, retírate

En Madrid circulaban contra él periódicos, folletos y fotografías trucadas. Había caricaturas suyas que se vendían por todas partes. Circularon incluso librillos indecentes impresos con los títulos de dos de sus libros, El Ramillete y La Llave de oro, para que la gente creyera que eran obra suya. Detrás estaban bandos políticos que no habían logrado servirse de él para llegar a la reina. Ahora lo pintaban como un hombre corrupto y ávido de poder.

A veces su naturaleza se resentía. Entonces contemplaba a Cristo y veía lo lejos que estaba de sufrir lo que Cristo había sufrido por él, y se calmaba. Sus amigos le pedían que se defendiera. Él les contestaba que la mejor defensa era no hacer caso y rezar por los que lo atacaban. Ese año escribió El consuelo de un alma calumniada.

El 21 de marzo de 1865 se arrodilló en su confesonario el hombre que dibujaba aquellas caricaturas. Se había convertido. Sus dibujos eran muchos, muy malos y calumniosos. Ahora el caricaturista estaba al otro lado de la rejilla, pidiendo perdón.

Pero ese verano la prueba llegó de alguien a quien Claret quería, la reina, que se confesaba con él. En Italia había nacido un reino nuevo, el Reino de Italia, que se había ido quedando con casi todas las tierras que gobernaba el Papa. España se disponía a reconocerlo. Pío IX ya le había escrito a la reina que él siempre le aconsejaría en contra. Claret la había advertido, y dos veces la había amenazado con marcharse de su lado. Ella le había prometido que, antes que dar ese paso, dejaría de ser reina. El 15 de julio el gobierno aprobó el reconocimiento, y la reina lloró.

Dos días después, en La Granja, Claret rezaba ante el Cristo del Perdón, una imagen de Jesús que se venera allí. Oyó una voz que él atribuyó a Jesús y que le decía «Antonio, retírate». Y se marchó a Cataluña.

La reina le escribió una carta para suplicarle «haga usted este sacrificio más por su hija de confesión». Él pidió al nuncio, el representante del Papa, que consultara a Roma. Desde allí le respondieron que hiciera lo que Dios le inspirara.

Sin saber qué hacer, Claret puso la decisión en manos de los misioneros de su congregación. El 23 de agosto, en Vic, José Xifré, el superior general, se reunió con los cuatro consultores, los padres que lo ayudaban a gobernar la congregación. Los cinco encomendaron la decisión a Dios y votaron. Tres dijeron que no volviera a la corte. Dos, que volviera. Claret lo dejó dicho con estas palabras «Adhiriéndome a la mayoría de votos, he resuelto no ir». Se quedó en Vic dando ejercicios espirituales, días de retiro y oración.

En noviembre fue a Roma. Pío IX lo recibió dos veces, y le pidió que siguiera junto a la reina.

En diciembre volvió a Madrid, porque el nuncio se lo mandó. El pájaro volvía a la jaula por obediencia.

Con Él morirá

La revolución que Claret casi había deseado llegó en septiembre de 1868 y destronó a Isabel II. La puerta de la jaula se abrió por fin, pero daba al destierro. El confesor cruzó la frontera con la reina y se quedó con la corte en Pau, ya en Francia.

Allí le llegó de La Selva del Camp la noticia de que uno de sus misioneros había sido asesinado, el primero de la congregación que moría mártir. El 7 de octubre escribió a Xifré una carta que empezaba con estas palabras, «Demos gracias a Dios». Para él, aquella muerte era como el primer fruto de la cosecha, y así lo dijo en la carta, «ya el Señor y su Santísima Madre se han dignado aceptar las primicias de los mártires». También le recordaba que las tempestades no duran siempre.

Pero la tempestad siguió. El 18 de octubre el gobierno suprimió su congregación. Xifré, amenazado de muerte, vivía escondido, y Claret aprobó que se hubiera ocultado.

Después siguió a la corte a París. En la primavera de 1869 se separó de ella y viajó a Roma, donde lo acogieron unos frailes mercedarios. A un sacerdote amigo le confesaba por carta: «Me parece que ya he cumplido mi misión».

Aún le quedaba algo que decir. En diciembre se abrió el Concilio Vaticano I, la gran asamblea de obispos de todo el mundo convocada por el Papa, y él estaba entre ellos.

A finales de mayo de 1870, oyendo en el aula cosas que le indignaron, sintió que la sangre se le subía a la cabeza. Sufrió un amago de apoplejía, un pequeño ataque cerebral. La saliva se le caía por el lado de la cicatriz de Holguín y la lengua se le trababa. El 31 de mayo pidió igualmente la palabra. Se discutía la infalibilidad del Papa, es decir, que cuando el Papa define solemnemente una verdad de fe para toda la Iglesia no puede equivocarse. Claret habló a favor. Como prueba de lo que creía ofreció sus padecimientos, sobre todo la herida que le abrió la cara en Cuba, y se declaró dispuesto a derramar por esa verdad toda su sangre.

Aquel verano el Concilio quedó interrumpido. El 23 de julio llegó enfermo a Prades, un pueblo del sur de Francia donde vivían sus misioneros desterrados. Allí le avisaron de que querían apresarlo para llevarlo a juicio en España. Tuvo que huir como un delincuente.

Una tarde calurosa de agosto llegó a la abadía de Fontfroide, cerca de Narbona, un monasterio de monjes cistercienses levantado en piedra en los siglos doce y trece. El prior lo recibió y lo alojó en la hospedería.

Cada día Claret bajaba muy temprano a celebrar misa, después de prepararse largo rato, y luego visitaba al Santísimo. A veces seguía la misa de los monjes desde una silla modesta del coro, el lugar de la iglesia donde ellos cantan.

A comienzos de octubre un ataque le paralizó el lado derecho, y ya no volvió a levantarse. Recibió los últimos sacramentos. En manos de Xifré hizo su profesión, la promesa con la que se entregaba para siempre como uno más de los Hijos del Corazón de María, la familia que él mismo había fundado.

A su lado estaba el P. Jaime Clotet, uno de los cinco sacerdotes de aquella celda de Vic. El enfermo besaba a menudo el crucifijo y le pedía que le sugiriera jaculatorias, oraciones de una sola línea, para repetirlas con él. El 23 de octubre, al verlo besar la cruz, Clotet le habló con el tratamiento que se daba a un arzobispo.

«Vuecencia quiere morir con Jesucristo, y con Él morirá.»

Ya muy grave, Claret le respondió con voz clara.

«Dígalo esto, dígalo, con Él morirá.»

La agonía fue larga, pero pacífica. A la mañana siguiente los monjes rezaban de rodillas en la habitación, y Clotet y otro misionero estaban junto a la cama. A las ocho y cuarenta y cinco del 24 de octubre de 1870, Antonio María Claret murió, a los sesenta y dos años.

Clotet no sabía cómo contarle a Xifré aquella calma, y en su carta le decía «Ahora veo bien que la muerte de los justos no es muerte sino sueño». Conocía a Claret desde hacía más de veinte años, y nunca lo había visto tan hermoso como aquella mañana.

El misionero que había recorrido tantos caminos a pie quedaba ahora en manos de los monjes, en tierra extranjera, lejos de Vic.

La caja del carpintero

Tres días después, tras el funeral, los monjes lo enterraron en su pequeño cementerio, en una tumba abierta en la roca. En la lápida se grabó una frase antigua atribuida a un papa, «Amé la justicia y odié la iniquidad, por eso muero en el destierro».

Allí descansó, lejos de su tierra, más de un cuarto de siglo. En 1897 sus restos volvieron a Vic.

Ese mismo año, en Lérida, una muchacha de quince años enfermó de viruela. Estaba en peligro de muerte y pidió a Claret que intercediera por ella ante Dios. A la mañana siguiente despertó curada. Años más tarde, Roma examinó aquella curación y la reconoció como milagro, junto a la de una religiosa filipense que sanó al instante de una úlcera grave mientras rezaba con sus hermanas.

Con esos dos milagros, en febrero de 1934, Pío XI lo declaró beato, el paso con el que la Iglesia reconoce que alguien está junto a Dios y permite venerarlo.

Pero ni siquiera muerto lo dejaron quieto. El 20 de julio de 1936, ante el peligro de asalto a la casa de los claretianos en Vic, el P. Bertrans cortó los sellos de la urna y, con otros dos padres, sacó el cuerpo. Un carpintero de la ciudad había hecho una caja por encargo del padre. Con el cuerpo dentro, el carpintero la sacó del convento y la escondió en su casa.

Así se salvó el cuerpo de un hombre al que Roma declaró santo el 7 de mayo de 1950. Antes había reconocido como milagro, entre otras, la curación del cáncer de una religiosa en Santiago de Cuba, la misma ciudad de la que él había sido arzobispo. Cada 24 de octubre, el día de su muerte, la Iglesia entera pide a Dios en su memoria la caridad y la paciencia con que lo fortaleció para anunciar el Evangelio.

Hoy su cuerpo descansa en Vic, en la cripta del templo que levantó su familia religiosa, en un sepulcro del escultor Domènec Fita. Es la ciudad a la que llegó empapado una noche de lluvia, con veintiún años, y donde fundó su congregación en una celda. El tejedor de Sallent que solo quería predicar a pie fue llevado a Roma, a Cuba, a palacio y al destierro. Al final, otras manos lo trajeron de vuelta a casa.

San Antonio María Claret, tejedor de Sallent y misionero a pie, tú dejaste que Dios te llevara adonde no habrías querido ir. En Holguín perdonaste al que te hirió, como cristiano, como sacerdote y como arzobispo. Alcánzanos un corazón que obedezca sin miedo y que sepa perdonar. Acompaña a los enfermos, a los calumniados y a los que viven lejos de su casa, como tú viviste el destierro. Que, como pedías cada día, conozcamos a Dios y lo demos a conocer, lo amemos y lo hagamos amar. Ruega por nosotros. Amén.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue san Antonio María Claret?

Fue un sacerdote y misionero catalán nacido en Sallent en 1807, antes obrero textil en Barcelona. Fundó los claretianos, fue arzobispo de Santiago de Cuba y después confesor de la reina Isabel II.

¿Cómo murió san Antonio María Claret y dónde murió?

Murió el 24 de octubre de 1870, a los sesenta y dos años, en la abadía cisterciense de Fontfroide, cerca de Narbona, en Francia, adonde había huido desterrado. Un ataque le paralizó el lado derecho a comienzos de octubre, y su agonía fue pacífica.

¿Qué le pasó a san Antonio María Claret en Holguín?

El 1 de febrero de 1856 un hombre le abrió la mejilla de la oreja a la barbilla con una navaja de afeitar. Claret lo perdonó ante el juez «como cristiano, como Sacerdote y como Arzobispo» y pidió que no lo ejecutaran.

¿Cuál es la oración apostólica de san Antonio María Claret?

Es la oración que dejó escrita en su Autobiografía y que se propuso repetir sin descanso. Empieza así: «¡Oh Dios mío y Padre mío!, haced que os conozca y que os haga conocer; que os ame y os haga amar».

¿Qué pasó con el cuerpo de san Antonio María Claret?

Lo enterraron en Fontfroide, y en 1897 sus restos volvieron a Vic. En julio de 1936 lo sacaron de la casa claretiana ante el peligro de asalto y un carpintero lo escondió. Hoy descansa en la cripta del templo-sepulcro de Vic.

Fuentes

Fuentes primarias (siglo XIX)

  • Antonio María Claret, Autobiografía (1861–1865) — reproducción de las Religiosas de María Inmaculada, Misioneras Claretianas misionerasclaretianasrmi.org
  • Pío IX, Carta a Isabel II sobre el reconocimiento de Italia (1865) — en la Autobiografía, nn. 841–844
  • Isabel II, Carta a Claret (1865) y Carta del nuncio con la respuesta del cardenal Antonelli (1865) — en la Autobiografía, nn. 840–851
  • Testimonios sobre su aspecto físico y pasaporte de 1839 — recogidos en Iter CMF itercmf.org

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Catholic.net (fuente EWTN), Antonio María Claret, Santo es.catholic.net
  • Vicente Sanz Tobes cmf, Claret, un hombre (Iter CMF; material de Iris de Paz) itercmf.org
  • Hispania Martyr, San Antonio Mª Claret en Sallent y en Vic (2017) hispaniamartyr.org

Documentos y estudios eclesiásticos y académicos

  • Misioneros Claretianos – Curia General, Biografía de San Antonio María Claret (2018) claret.org
  • Centro de Espiritualidad Claretiana de Vic, Cronología (2021) cescvic.org
  • CESC Vic, Lugares claretianos – Fontfroide (2021) — https://www.cescvic.org/lugares-claretianos-fontfroide/ y cescvic.org
  • CESC Vic, Burial place of Fr. Claret in Santa Eugenia de Berga (2022) cescvic.org
  • Gobierno General CMF, Caritas Christi urget nos (2020) centroamericacmf.org
  • Claret Sanctus Paulus, Los últimos días de san Antonio María Claret (2025) claretpaulus.org
  • Curia General CMF, Commemorating Adversities that Opened Unexpected Horizons (2018) claret.org
  • Misioneros Claretianos, 14 de agosto y 24 de octubre (Claret contigo) (2018) — https://www.claret.org/14-august/ y claret.org
  • Misioneros Claretianos, Por el París del P. Claret (2026) claretianos.es
  • Misioneros Claretianos, February 25 – Beatification of our Father Founder (2018) claret.org
  • Misioneros Claretianos, May 22 – St. Joaquina Vedruna (2023) claret.org
  • Iter CMF, Canonización del P. Fundador itercmf.org
  • Pablo VI, Sancta amicitia (1964) — AAS 56 (1964) 800–801 vatican.va
  • Juan XXIII, Discurso a los peregrinos de la canonización de Joaquina de Vedruna (1959) vatican.va
  • Missale Romanum y Liturgia Horarum, memoria del 24 de octubre — reproducción en liturgies.net
  • Jeanne Moisand, El padre Claret y el escándalo de los matrimonios interraciales, en Gobernar colonias, administrar almas (2018) — Casa de Velázquez books.openedition.org
  • Juan Ramón Royo García, San Antonio María Claret y los claretianos en Aragón (2024) iglesiaenaragon.com
  • Dominicos, Francisco Coll y Guitart, OP ser.dominicos.org
  • Capuchinos de Pamplona, Relieves en bronce. Vida de Esteban de Adoáin iglesiasanantonio.capuchinospamplona.org

El Evangelio y el santo del día, cada mañana en tu correo

Empieza cada día cerca de Cristo y de sus santos: el Evangelio de la Misa y una vida que inspira. Gratis; te das de baja cuando quieras.

Te enviaremos un correo para confirmar. A veces, también algún aviso de Fides Viva. Te das de baja con un clic. Privacidad

miércoles, 28 de octubre · Evangelio

Después de orar toda la noche, Jesús elige a los doce apóstoles

En aquel tiempo, Jesús salió al monte a orar, y pasó la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a quienes también dio el nombre de apóstoles: Simón, a quien llamó…