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FIDES VIVA

21 de octubre

Santa Laura Montoya

La primera santa colombiana, madre de los indígenas de la selva

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Capítulos
  1. 0:00A una cuadra de la casa
  2. 5:09Como bala de cañón
  3. 8:19Ocho alumnas
  4. 11:13Hija espiritual
  5. 14:00Mi llaga
  6. 17:21Antes muertas que vueltas
  7. 21:00Indio también tiene alma
  8. 24:58Tienen naturaleza
  9. 29:03Con las constituciones en la mano
  10. 32:08Veinte postulantes
  11. 35:33Un millón de vidas
  12. 37:00La silla de madera
  13. 39:13Mi abogada

«¿Vos a qué viniendo aquí?» Lo pregunta Juan de Jesús, un indígena katío de Dabeiba, en la selva de Antioquia. La pregunta va dirigida a Laura Montoya, una maestra de Medellín que acaba de llegar con su madre ya mayor y unas pocas compañeras. Ella le contesta que viene a enseñar la ley de Dios. Él quiere saber si la manda el gobierno. Laura responde «No, gobierno no mandó. Dios sí mandó». Entonces el katío le pide que le diga dónde lo encontró. «¿Onde topates Dios?» Ella dice «En Medellín». Juan de Jesús no se ablanda. Le asegura que el indio «no es alma» y que tiene que volverse a su tierra. La maestra le responde «Indio también tiene alma».

Aquella mujer no había encontrado a Dios en Medellín. Lo había sabido mucho antes, siendo una niña sin padre, junto a un hormiguero.

A una cuadra de la casa

Las hormigas van en fila hasta un árbol, lo deshojan y regresan cargadas al hormiguero, a una cuadra de la casa y a la vista, en la Antioquia de montaña. Detrás de ellas va Laura, una niña de siete u ocho años, a comienzos de la década de 1880. Su padre murió asesinado en Jericó en diciembre de 1876, en plena guerra civil, cuando ella tenía dos años. Su madre, Dolores Upegui, quedó viuda con tres hijos, y los enemigos de su padre se apoderaron de los bienes de la familia. Laura ha pasado por un orfanato, por la casa de unos tíos y por la finca del abuelo en Amalfi, y entre sus propios parientes ha aprendido lo que es mendigar cariño.

Aquella mañana, la que llamará la más bella de su vida, sigue a las hormigas hasta el árbol y vuelve con ellas. Mira cómo se saludan, cómo dejan la carga y desaparecen por la boca del hormiguero. A veces les quita la hoja y se la lleva ella misma hasta la entrada, unas veces engañándolas, otras acariciándolas.

De pronto queda como herida por un rayo. Sabe que hay Dios. Lo sabe con un conocimiento tan hondo y tan amoroso que, muchos años y muchos libros después, seguirá sin saber de Dios más de lo que supo entonces.

No sabe cuánto tiempo pasa, y no puede hablar. Al final se aleja de la casa para que no la oigan, y llora y grita muy fuerte, como si lo necesitara para respirar, de pura alegría. Vuelve a mirar el hormiguero y siente en él a Dios con una ternura desconocida. Alza los ojos al cielo, lo llama, y llora porque no lo ve. A esa mañana la llamará siempre el golpe del hormiguero. Desde entonces Laura ya no está sola, porque sabe buscar a Dios, y las ausencias de su madre empiezan a dolerle menos.

Esas ausencias venían de antes. Cuando Laura tenía seis años, la pobreza obligó a Dolores a mandar a uno de sus hijos con el abuelo paterno, a Medellín. Pensó en Carmelita, la mayor, pero la niña tuvo miedo y se aferró a su madre. Entonces Laura se ofreció a ir en su lugar. Los fantasmas más amargos de la orfandad se le vinieron encima y el corazón se le partió, pero dio un sí resuelto, y ese sí le mostró a su madre lo que había que hacer. Dolores calmó a Carmelita, que se quedaría con ella, y después se acercó a Laura y le hizo la más amarga caricia. En Medellín nadie le dio afecto, y sus parientes se burlaban de ella. A los pocos meses, la madre y los tres hijos volvieron a reunirse en la hacienda del abuelo materno.

Esa misma madre le enseñó algo más difícil. Cada día ponía a rezar a sus hijos por un tal Clímaco Uribe. Los niños le tenían cariño, y Laura creía que era alguien de la familia. Un día, ya grandecita, preguntó dónde vivía ese señor. Dolores le contestó «Ése fue el que mató a su padre». Y le pidió que lo siguiera amando, porque es preciso amar a los enemigos, que nos acercan a Dios. Era lo que Jesús pidió a los suyos, y Laura lo aprendió en su casa, de labios de su madre.

Más de un siglo después, un médico de Antioquia, al borde de la muerte, iba a encomendarse a aquella niña.

Como bala de cañón

Saber que hay Dios no le enseña todavía a rezar en misa. Arrodillada junto a su madre, la niña mira la Hostia y no siente nada. Su madre llora mucho, sobre todo en la elevación, cuando el sacerdote alza la Hostia ante todos. Laura se convence de que nunca aprenderá a oír bien la misa, porque no sabe llorar.

Hacia los diez años, una mañana de faena en la casa, junto a un banco, le nace un vehemente deseo de comulgar. Hace entonces una comunión espiritual, que es recibir a Cristo con el deseo, sin la hostia. Queda como electrizada, sin enterarse de lo que pasa alrededor. Siente un dolor y un amor que no conoce, como si la Santa Eucaristía le pasara el alma de parte en parte, y se baña en lágrimas sin darse cuenta. A aquello lo llamará el golpe del banco. De ese nombre dirá, ya mayor, «Qué nombre más raro… pero Dios y yo nos entendemos».

Entre sus parientes, Laura sigue mendigando cariño. Hacia los doce años la despiden injustamente de la casa de un tío, y de esa puerta cerrada sale una decisión, que ella misma contará así.

«Desde entonces me propuse ser santa, y grande santa, y pronto.»

Hacia los quince lee libros espirituales, sobre todo la Sagrada Escritura, y la lectura la lleva a la oración en silencio. Sueña con el Carmelo, el monasterio de clausura donde las carmelitas viven para rezar. Quiere ir a Dios como bala de cañón.

Pero el claustro tendrá que esperar. Hacia los dieciséis años muere el abuelo y Laura llega a Medellín. Vive en el manicomio, el hospital de enfermos de la mente donde trabaja su tía, y acaba a cargo de él. Para ganarse la vida entra becada en la Normal de Institutoras, la escuela que forma a las maestras, y en 1893 sale con su título.

Enseña primero en Fredonia y, un año después, en Santo Domingo. Allí, delante de los niños, enseña no tanto el catecismo como la devoción.

Hasta que vuelve a Medellín. Su prima Leonor Echavarría ha fundado el Colegio de la Inmaculada, un colegio para niñas, y en 1897 Laura es nombrada allí vicedirectora. La muchacha que soñaba con una celda de clausura pasa ahora los días entre pupitres, pizarras y alumnas. Cuando Leonor muera joven, todo aquello quedará en manos de Laura. Mientras tanto, es Leonor quien le confía unas internas que nadie consigue acercar a la confesión.

Ocho alumnas

Las muchachas vienen de otro colegio, uno de carácter un poco libre, y en la Inmaculada les tocan los ejercicios anuales, los días de retiro y oración que terminan con la confesión. Pero en cuanto oyen hablar de confesarse muestran una suprema repulsión, y dicen que antes que eso se irán del colegio.

Las maestras no las obligan, sino que hacen entre todas una cruzada de oraciones y esperan. Un día, en secreto, ocho de aquellas niñas se acercan a Laura y le cuentan lo que llevan años guardando, que siempre se han confesado mal y que callan sus faltas porque no se atreven a decirlas.

Laura se echa a llorar. Ellas, que la quieren mucho, lloran con ella.

No las deja solas con ese peso. Pide permiso al confesor del colegio para escucharlas, las oye y les devuelve la confianza en Dios, y después arregla que las confiese un sacerdote amigo que no las conoce. Llegado el día se confiesan bañadas en lágrimas, y para Laura aquello es una conversión cierta.

Esa misma noche, mientras las internas estudian, Laura se recuesta bajo el toldillo, el mosquitero que cubre la cama. Entonces le llega una voz que no le entra por los oídos del cuerpo. Oír, para ella, es entender. Y entiende que es el demonio quien habla, y que la trata de intrusa recién llegada.

«Voy a vengarme de esta advenediza.»

Entra un animal parecido a un perro o a un lobo, con cascos de mula y unos cuernos negros muy retorcidos. La bestia la amenaza con tentar al hermano de Laura y con tumbar el colegio con una calumnia. Laura alza el Cristo, pero enseguida le parece que eso es hacerle demasiado honor a la bestia. Entonces la agarra de los cuernos, fríos, muy fríos, la restriega contra el suelo y le dice que no hará más que lo que Dios le permita, porque ella cuenta con Dios.

Las niñas, al otro lado, no ven nada. Laura riega agua bendita en el cuarto de su hermano y en el de la muchacha del servicio, y no dice una palabra a nadie. Solo un año después se lo cuenta a Carmelita, la hermana que de niña se agarraba a su madre.

La amenaza no se le borra. Tiempo después, Laura le dice al confesor, que es también el director del colegio, lo que espera. El colegio caerá por una calumnia contra ella.

El sacerdote le responde con cuatro palabras.

«Eso no lo creo.»

Hija espiritual

La calumnia que el confesor no quiso creer llega a Medellín impresa, en forma de novela. Eva Castro, antigua alumna de Laura, tiene fijada la fecha de su boda, y a pocos días la aplaza. Dice que quiere hacerse carmelita.

Su hermano, el médico y escritor Alfonso Castro, publica en la ciudad una novela titulada «Hija espiritual». En ella, una maestra soltera convence a sus alumnas de no casarse, y una de ellas renuncia a su boda. Medellín lee la historia, la junta con lo que ha pasado en casa de los Castro y reconoce a Laura en aquella maestra.

Pero a manos de Laura llega una carta de quienes saben lo que ocurrió de verdad. La firma Teodosio Ramírez, y al pie está también el nombre de Ana Jaramillo. Le escriben «Sabemos que usted trabajó mucho con la citada señorita para que no obrara con tanta ligereza nerviosa». Le recuerdan además que la propia Laura suplicó a Eva, con mucho tino, que no provocara un escándalo.

Desde las aulas se alza otra voz. Una de las alumnas de Laura cuenta que la maestra les hablaba bien de la vida religiosa, y que también respetaba el matrimonio cristiano y las preparaba para él. La muchacha lo dice así.

«A mí, personalmente, jamás me reprochó por los novios que me aparecían… Era una verdadera madre.»

Laura no se defiende sola. Antes de hablar en público va a ver a monseñor Víctor Escobar, el vicario capitular, que gobierna la diócesis mientras Medellín no tiene arzobispo. Solo después se sienta a escribir. Los padres de sus alumnas ponen el dinero de la imprenta, y en 1906 salen muchos ejemplares de la «Carta abierta al doctor Alfonso Castro». Es el primer libro de Laura, una defensa impresa que pasa de mano en mano por toda la ciudad.

Aun así, la novela pesa más que la carta. Al Colegio de la Inmaculada, el de las ocho niñas que lloraron con ella, empiezan a llegar los padres. Vienen uno tras otro, recogen a sus hijas y se las llevan. Los pupitres se vacían. Lo que Laura temía aquella noche, y el confesor no creyó, se ha cumplido.

El colegio cierra por falta de alumnas.

Mi llaga

En el aula vacía, a Laura le vuelve una pregunta que creía resuelta. ¿Para qué la quiere Dios? Había soñado con el Carmelo. Pidió entrar en la Compañía de María, una orden que se dedica a educar a las mujeres, y no la admitieron. Sabe también que el matrimonio no es su camino.

Entonces su pensamiento se vuelve hacia los indígenas.

Son los indígenas de Guapá, a quienes había conocido años antes en Jardín, un pueblo del suroeste antioqueño. Un sacerdote amigo, el padre Ezequiel Pérez, le había propuesto fundar allí un colegio, y ella dijo que no hasta saber que cerca vivían los de Guapá. Aceptó, les enseñó la fe y los preparó para el bautismo. Volvió a Medellín segura de cuál era su llamada, pero sin ver por dónde empezar. Así que esperó, amarrada dulcemente al poste de una esperanza, y siguió en las aulas para ganarse el pan mientras sonaba la hora de Dios.

En Marinilla, un pueblo del oriente antioqueño, esa espera se abre en 1907. En su tiempo, a quienes no conocían la fe se los llamaba «infieles». Laura lo contó así.

«Me vi en Dios y como que me arropaba con su paternidad haciéndome madre, del modo más intenso, de los infieles.»

Los siente como hijos que se le van formando dentro, hijos a los que nunca ha visto y que le duelen como verdaderos hijos. Una herida abierta, de esas que no dejan de doler, se llama llaga. Así los nombra ella.

«Desde entonces los llamé mi llaga.»

Al lado de unas selvas llenas de personas a las que Dios ama, la celda del Carmelo le parece ahora demasiado fría.

Pero cuando lo cuenta en Medellín, casi nadie la sigue. Solo sus alumnas se entusiasman. Sus directores espirituales la escuchan perplejos, y algunos la llaman loca y le recuerdan otras expediciones misioneras que fracasaron. Ella tiene sus razones. Si los indígenas huyen de los misioneros porque se sienten amenazados, unas mujeres les parecerán menos peligrosas y podrán abrir camino a los sacerdotes.

La ciudad no lo ve así. Para la sociedad y las autoridades civiles, esa tarea no es digna de una mujer, y desde el entorno del arzobispo corre el rumor de que la maestra enseña ideas liberales. Propone su obra a varias comunidades religiosas. Ninguna dice que sí.

Entonces resuelve irse al monte y mostrar que esa obra era compatible con el sexo femenino.

Ya se ve en un claro rodeado de selvas muy espesas, con otras compañeras con unos vestiditos campesinos, en ranchos o bajo tiendas de campaña, unas recorriendo la selva mientras las otras oran y trabajan en la casa.

Antes muertas que vueltas

Esa decisión choca enseguida con una orden. Uno de sus directores espirituales la escucha hasta el final y le contesta sin rodeos.

«Le prohíbo seriamente continuar en la empresa de los indios y aún pensar en ellos. Eso no es factible ni es para su sexo, ni tiene trazas sino de una gran locura.»

A la mujer que ya se veía en un claro de la selva le cierran la puerta, y además le piden que no vuelva a mirarla. Laura obedece. La prohibición no la hunde. Descansa por lo pronto, segura de que Dios aceptará el sacrificio de la obediencia y buscará otros medios u otras personas para que su nombre llegue a los indígenas.

Con esa puerta cerrada, Laura busca a otra Madre. De rodillas ante una imagen de la Virgen, la niña que creció sin padre le habla a la Madre de Jesús con toda la confianza de una hija.

«Madre, yo no soy huérfana porque te tengo a Ti, que eres más que Madre. ¡Pero los pobres indios están huérfanos y me parten el alma! ¿No querrás ser su Madre?»

Le promete llevar su nombre entre ellos y servirla hasta de rueda del carro que la lleve a sus corazones. Sale de esa oración tan confiada que ni vuelve a pensar en el Chocó, otra región de selva.

Y una puerta se abre. En Santa Fe de Antioquia, el obispo Maximiliano Crespo escucha el plan de la maestra y le responde con estas palabras. «Pues yo recibo esa obra con alma, vida y corazón». Le promete apoyarla siempre y, si a la diócesis le falta dinero, poner el de su propio bolsillo.

Con el apoyo del obispo, en mayo de 1914 sale de Medellín una expedición que la ciudad mira con curiosidad y con admiración. Misioneras, arrieros y mulas. Van Laura y unas pocas compañeras, con un sacerdote que las acompaña. No llevan armas. Llevan a Cristo en un crucifijo, y van encomendadas a la Virgen.

Entre ellas, en una de las mulas, va Dolores Upegui, la madre de Laura, ya mayor. La que un día le hizo a Laura, entonces una niña de seis años, la más amarga caricia sube ahora a su lado por el camino de herradura, un sendero de montaña abierto para las bestias de carga.

Hay quien les pide que se vuelvan. Laura les responde con una sola frase.

«¡Antes muertas que vueltas!»

Fieles a esa consigna, días después llegan al final del camino, a Dabeiba, entre la montaña y la selva, tierra de los emberá katíos. Desde el primer día tienen enfrente la geografía y el recelo de los jefes katíos. Ese mismo año nace allí la Congregación de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Sena, a las que la gente acabará llamando, por su fundadora, las «Lauritas».

Esa misma semana, un hombre katío vuelve a la casa de las recién llegadas con una pregunta.

Indio también tiene alma

Juan de Jesús, el katío de Dabeiba, entra sin saludos largos y va derecho a lo que quiere saber.

«Yo quiere pa preguntar, ¿vos a qué viniendo aquí?»

«A enseñar a los indios la ley de Dios», responde la Madre Laura.

Él quiere saber quién está detrás de aquella mujer. «¿Ese vos solo u otro mandó? ¿Mandó gobierno?»

«No, gobierno no mandó. Dios sí mandó.»

«¿Onde topates Dios?», pregunta el katío. Y ella contesta «En Medellín».

El indígena no aprende, dice Juan de Jesús, y el «libre», que es como llaman al blanco, sí aprende, porque tiene alma. «Indio también tiene alma», le responde ella. El hombre no cede. «Vos no sabe, indio no es alma. Tenés que ir vos otra vez tu tierra porque indio no gusta vos.»

Ella no discute más. Le dice que se queda para que ellos tengan dónde pasear, dónde almorzar y dónde oír el grafófono, un aparato de manivela con una gran bocina que hace sonar música grabada. Y lo pone a sonar. Juan de Jesús da un salto atrás.

«Vos tiene gente metido onde ese tabla… ¡Nosotros ta miedo!»

Insiste en que ella se vuelva a su tierra, hasta que llega el almuerzo. Entonces se sienta, come con ganas y, entre cucharada y cucharada, da su veredicto. «Así ta bueno, ta bueno.» Con el plato vacío se acaba la visita.

A la Madre Laura ese recelo no la sorprende. Le parece muy natural, viendo en los katíos la historia de su pasado, tan dura y tan triste.

Ganarse a ese pueblo va a pedir paciencia, y la fundadora se ha impuesto una regla que ella misma contará después.

«Desde el principio me propuse no dar a las hermanas bocado que yo no hubiera pasado ya.»

Por eso, cuando en agosto de 1914 llega la primera visita a las casitas de los katíos, al principio va ella sola, y la primera excursión la hace con una sola hermana a su lado. Para ellos, que guardan el recuerdo de las crueldades de la Conquista, la llegada de aquellas mujeres puede parecer el preludio de la última destrucción de su raza. Explicarles que vienen a buscar sus almas solo los alarmaría más. Así lo dirá después la Madre Laura, de sí misma y de sus hermanas.

«Por eso deberíamos sufrir, con la mayor bondad, la desconfianza tan dura de los pobres a quienes tanto amábamos.»

Cuando los katíos llegan a la casa, las hermanas les ceden el asiento y les ponen comida en las manos.

Lo primero que ven al entrar es un cuadro de María. Aprenden su nombre antes que el de Dios, y delante de esa imagen se les enseña todo lo demás. Repiten una oración breve que a la Madre Laura le brotó del alma la primera vez que estuvo ante alguien que no conocía a Cristo.

«¡María Madre mía, sálvame!»

Para muchos de ellos, la primera palabra que pronunciaron en castellano fue «¡María!».

Lo que ninguna de aquellas casitas tiene es un lugar donde guardar la Eucaristía.

Tienen naturaleza

La niña que supo de Dios junto a un hormiguero tiene ahora que enseñar a sus hermanas a rezar sin iglesia. Las misioneras duermen en bohíos, chozas indígenas de techo de palma que aquí no tienen paredes, y se mueven por la montaña en mula. En esas casitas falta el sagrario, el lugar que guarda la presencia de Jesús en la Eucaristía, y la Madre Laura siente «una tristeza profunda». Mientras busca la manera de conseguirlo, le nace una idea, y se la da a sus hermanas en una sola frase.

«¡No tienen sagrario pero tienen naturaleza!»

Hay que buscar a Dios en la creación como se le busca ante el sagrario, «pues aunque la presencia de Él es distinta, en las dos partes está». Esa falta la ofrecen como un «sacrificio bautistano». Igual que san Juan Bautista, que se hizo a un lado para que Jesús creciera, ellas se privan de su presencia «para buscar que Jesús crezca en las almas que no lo conocen». La Madre Laura les propone alabar a Dios cada mañana con el canto de las aves, «no por instinto, sino por razón y amor». Con los años esa enseñanza se vuelve libro, «Voces místicas de la naturaleza», donde la fundadora pide a cada misionera que haga «del medio que la rodea un sagrario».

Pero la selva también trae peligro. En Murrí, una mañana en que ora «llena de Dios», le parece ver llegar ante el Señor, «como en procesión», muchas culebras y animales salvajes de aquella tierra. Se alegra de que vengan a ponerse a las órdenes de su Dueño y le pide que los bendiga según su naturaleza. Después ella le dice al Señor, «no con la boca», que esos animales son «un baluarte infranqueable», un muro que nadie cruza, entre ellas y la gente de allí. Tras un rato llega la respuesta, y ella la dice así.

«Conocí de modo cierto que Dios ordenaba a las fieras que no nos hicieran nada y que de nosotras tampoco ellas recibirían daño.»

Ella da su consentimiento a aquel pacto y queda segura de que podrán vivir allí sin que esos animales las toquen.

El recelo que más le duele no sale de la selva. Un día les entregan una casa con una condición, que en ella no entren los indígenas. Ella se queja.

«¡Ay Dios mío, lo que sentí! ¿Con que caben las madres y no los hijos?»

Otro día un señor le reprocha que no les cambie a los katíos la lengua y el vestido. Ella le contesta, «con un poco de seriedad», que los katíos aman su lengua como cualquiera ama la suya, y que en sus vestidos guardan su tradicional grandeza. Admite que ella también había creído que iban poco vestidos por falta de ropa, «¡pero qué lecciones y chascos me llevé!». A quienes quieren arrancarles todo eso a la fuerza les responde con la historia de América.

«Ellos no eran fieras cuando vino la raza blanca a América. Los volvieron fieras los tratamientos irracionales… Sólo nuestro Señor sabe cambiar los corazones y nos enseñó la manera de hacerlo por el amor y el sacrificio.»

Muchos la critican porque así va muy lento.

Con ese mismo paso sale después con sus misioneras hacia San Pedro de Uré, otra selva todavía más adentro, y allí sirve casi un año.

Con las constituciones en la mano

Al volver de San Pedro de Uré, la Madre Laura encuentra que las preguntas ya no vienen de los katíos. Ahora la cuestionan hombres de su propia Iglesia. Urabá, la región donde está Dabeiba, es ya una prefectura apostólica, un territorio de misión que Roma ha confiado a los carmelitas. Al frente está el carmelita José Joaquín Arteaga, su primer prefecto. Gobierna la misión en nombre de Roma, y por eso puede decidir sobre las hermanas que trabajan en ella.

Arteaga revisa la congregación y quiere imponerle la regla de las Carmelitas Descalzas, otra forma de vida religiosa, de clausura, tras los muros del convento. Las hermanas, que duermen en bohíos y suben a la selva en mula, dicen que no.

La negativa tiene respuesta. Arteaga nombra a un fraile carmelita capellán de las hermanas, el sacerdote que les dice misa y las confiesa. Según la Madre Laura, en una ocasión el fraile dice esto.

«Vengo exclusivamente a acabar con la Madre Laura y su obra. Esa obra es una vergüenza para nosotros y no debe existir.»

El fraile confiesa también a las novicias, las jóvenes que se preparan para ser hermanas, y en el confesonario les siembra desconfianza hacia la fundadora. La casa se divide.

Arteaga escribe entonces al nuncio, monseñor Roberto Vicentini, el representante del Papa en Colombia, cuyo juicio decide el caso. La Madre Laura tiene que viajar a Bogotá. En el despacho, el nuncio sostiene las constituciones, las reglas escritas de la congregación, y le lee, uno tras otro, los cargos contra la Madre Laura. Ejerce funciones reservadas a los sacerdotes. Se rebela contra la vida sacramental, la de la misa y la confesión. Gobierna sin consejo. Publica cartas en los diarios por vanidad. Hace excursiones peligrosas por afán de protagonismo.

Ella responde que lo único cierto es lo de las excursiones peligrosas, y que Dios las ha autorizado con prodigios y milagros.

El nuncio le pide que se explique.

Entonces ella le habla de Dabeiba. Durante meses una plaga de langostas había asolado la región, y tras ella vinieron el hambre y las enfermedades, y fueron entonces los propios indígenas quienes pidieron a las misioneras que rezaran. Ellas rezaron, la plaga cesó de un momento a otro, y después muchos pidieron libremente el bautismo.

En Bogotá, después de oír la defensa entera, Vicentini cambia de actitud y deja de lado las acusaciones.

Veinte postulantes

El nuncio la escuchó, pero en Urabá las envidias y las sospechas siguen, y por ellas las misioneras tienen que dejar Dabeiba, la tierra donde nació la obra y donde Juan de Jesús, aquel katío de la primera semana, se quedó a almorzar.

La prueba más honda llega después, y alcanza a las más jóvenes. Así vivió la Madre Laura aquellos años con el obispo de Santa Rosa de Osos, Miguel Ángel Builes, en cuya diócesis las hermanas tienen el noviciado, la casa donde se forman las que empiezan. El obispo se opone a sus misiones y dice de ellas «Las destruiré, ¡no dejaré ni una! ¡Las desapareceré!».

Retiene a tres hermanas en la cocina del seminario y no las deja salir ni siquiera a los ejercicios espirituales. Sostiene que la congregación está podrida desde sus inicios, fundada en la soberbia de su superiora. Y manda retirar el Santísimo del noviciado.

Ante esto, la Madre Laura recoge a las veinte primeras postulantes, las muchachas que acaban de pedir entrar, y se marcha con ellas a la diócesis de Santa Fe de Antioquia. Allí abre una nueva casa de formación, sostenida por el obispo que sucedió a Crespo, aquel que había acogido la obra. A la Madre Laura nunca le faltaron sacerdotes enemigos, y de esas persecuciones dice así.

«Dios las permite, para que mi afecto al clero sea completamente sobrenatural.»

En esos años la acompaña su director espiritual, el padre Esteban Le Doussal. Él le pide que escriba su vida, y ella toma la pluma por obediencia. Llena cuadernos dirigidos a un «padre» y les pone por título «Historia de las misericordias de Dios en un alma».

Otros siguen hablando mal de la obra. Entre las Lauritas se cuenta lo que le pasó a uno de ellos, el padre Rubén Palacio, un sacerdote de Yarumal que no conocía a la Madre Laura. Oye a su obispo hablar muy mal de ella en una reunión del clero y empieza a criticarla ante sus fieles. Una noche, después de pasar el día hablando mal de las misioneras, fuma un cigarro en su cuarto con la luz encendida. Entra una religiosa seria, de hábito blanco, escapulario azul y velo blanco, con un crucifijo y una camándula, que es el rosario. Lo mira y sale hacia la calle. Detrás pasan grupos y grupos de religiosas iguales, hasta que él se asusta. El cigarro se le ha consumido hasta quemarle la boca.

Por la mañana, los de su casa le dicen que así visten las misioneras de la Madre Laura. Él decide no volver a hablar mal de ellas, porque si iban a ser tantas, tenían que ser cosa de Dios.

Una obra que ya cruza varias diócesis necesita la palabra de Roma, y en 1930, con la salud frágil, la Madre Laura se embarca para ir a pedirla.

Un millón de vidas

En Roma, la Madre Laura lleva una sola petición para sus hijas. Pide el decreto de alabanza, el primer reconocimiento que Roma da a una congregación, el que la pone bajo la Santa Sede.

La respuesta es no.

No se va de Roma sin rezar. En noviembre, en la Basílica de San Pedro, se queda ante Jesús en la Eucaristía, en una oración intensa, y después deja salir sus deseos. Había deseado tener tres vidas largas, una para la adoración, otra para las humillaciones y otra para las misiones.

Ahora le ofrece al Señor esos imposibles deseos. Y al ofrecerlos, una sola vida para las misiones le parece demasiado poco. Entonces le entrega algo más grande, el deseo de tener un millón de vidas para darlas en las misiones, entre quienes todavía no conocen a Cristo.

Después de esa ofrenda, se queda muy triste. Y le repite al Señor, muchas veces, una saetilla, esa oración breve que se lanza como una flecha.

«¡Ay! ¡Que yo me muero al ver que nada soy y que te quiero!»

Vuelve a Colombia sin el decreto y sigue levantando la obra entre sus hermanas.

La silla de madera

La que quiso vidas sin número para las misiones pasa sus últimos nueve años sin poder llegar a ellas. En Medellín, la Madre Laura vive sentada en una silla de ruedas de madera. Las montañas que subió en mula le quedan lejos, y ya no puede ir a ver a los katíos. Le queda la mano. Con ella escribe y gobierna a sus hermanas desde la mesa, sin dejar nunca lo que llaman su apostolado de la palabra y de la pluma.

Tampoco deja la adoración. En octubre de 1941 está ante el copón, el vaso sagrado donde se guardan las hostias consagradas, y le reza a Jesús con estas palabras.

«Entró Jesús dentro de vuestro Sagrado Copón, para estampar el beso de mi amor como tributo de adoración.»

Desde abril de 1949, la Madre Laura vive en una habitación del convento de Belencito. Allí se ven todavía su cama, los cuadros de San José, de San Juan Bosco y de un Niño Jesús dormido, y una gran cruz de madera. La agonía es larga y penosa. El 21 de octubre de 1949 muere allí, sin haber visto que Roma aprobara su congregación.

La huérfana que iba de casa en casa deja noventa casas en tres países y cuatrocientas sesenta y siete religiosas. El día de su muerte es hoy su fiesta en Colombia, con oración propia en la Liturgia de las Horas, el rezo con que la Iglesia santifica cada momento del día.

Bajo las escaleras del templo de Belencito hay una cripta, y allí la entierran. A su lado descansa Dolores Upegui. Es la madre que la siguió hasta Dabeiba y acabó entrando en la congregación como una más de sus hermanas. Madre e hija quedan juntas.

Cuatro años después, Roma concede a las hijas de la Madre Laura el decreto de alabanza que ella había ido a pedir en persona.

Mi abogada

Mientras tanto, en Belencito, la puerta de la habitación de la Madre Laura ya no está cerrada. Después de su muerte, quienes la conocieron llaman a las hermanas y piden entrar en aquel cuarto. Allí rezan a Dios. Las hermanas acaban abriendo la habitación a todo el que quiera rezar en ella.

En Colombia se cuenta que en ese cuarto rezó una mujer de ochenta y siete años, y que su curación fue la que abrió el camino a la beatificación.

En 2004, en la plaza de San Pedro, el papa Juan Pablo II la proclama beata, el primer reconocimiento público de su santidad.

Al año siguiente, aquel médico de Antioquia que iba a encomendarse a la niña del hormiguero, Carlos Eduardo Restrepo, está gravemente enfermo y casi a las puertas de la muerte. Se encomienda a la beata y recupera la salud de un modo que la ciencia no sabe explicar. En diciembre de 2012, el papa Benedicto XVI autoriza el decreto que reconoce esa curación como milagro por intercesión de la Madre Laura.

Para el médico, la Madre Laura es quien lo defiende ante Dios, y él lo dice sin rodeos.

«La santa mía, mi abogada, es la Madre Laura.»

Dice que ella está presente cada día y que, a través de ella, Dios le ilumina las manos.

En mayo de 2013, en esa misma plaza, el papa Francisco la canoniza y la declara santa para toda la Iglesia. Laura Montoya es, hasta hoy, la única santa colombiana.

Aquel katío de Dabeiba quiso saber dónde había topado a Dios la maestra recién llegada, y ella le contestó que en Medellín. Hoy, en Medellín, junto a la cama y la cruz de madera de Belencito, entran otros a contarle a Dios lo que les pesa. Lo hacen con la confianza de la mujer que le dijo a la Virgen que no era huérfana porque la tenía a Ella. La niña que supo junto a un hormiguero que no estaba sola se ha hecho madre de los que llegan solos a su puerta.

¿Dónde nos ha topado Dios a cada uno de nosotros?

Señor, tú buscaste a una niña huérfana junto a un hormiguero y le diste tu compañía. Tú la enviaste a la selva como madre de quienes no te conocían. Por la intercesión de santa Laura Montoya, enséñanos a buscarte en lo pequeño y en todo lo que has creado. Danos su valentía para salir al encuentro de los que nadie espera. Danos su respeto por cada pueblo y cada lengua. Consuela a los enfermos, a los calumniados y a los que lloran a alguien que se fue. Que quien se sienta huérfano encuentre en tu Madre una madre. Santa Laura Montoya, ruega por nosotros. Amén.

Fuentes

Fuentes primarias

  • Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, «Laura Montoya (1874-1949)», biografía (2004). Santa Sede. vatican.va
  • Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Sena, «Quiénes somos» (s.f.). misioneraslauritas.com
  • Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Sena, «Santuario Santa Laura Montoya» (s.f.). misioneraslauritas.com
  • Rojas, Andrés Felipe, CM, «Liturgia de las Horas propias de Santa Laura Montoya – Fiesta (Colombia)» (2020). Corazón de Paúl. corazondepaul.org

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Castiblanco, Saúl, «De cómo la mística enfrenta el sufrimiento: hechos en la vida de Santa Laura Montoya» (2017). Gaudium Press. es.gaudiumpress.org
  • Redacción Gaudium Press, «El demonio que se quería vengar de la Santa Madre Laura Montoya» (2016). Gaudium Press. es.gaudiumpress.org
  • Arquidiócesis de Santa Fe de Antioquia, «Santuario de Santa Laura o de la selva» (c. 2025). arquisantioquia.co
  • Catholic.net, «Laura de Santa Catalina de Siena, Santa», con el elogio del Martirologio Romano (s.f.). es.catholic.net
  • Trujillo, Sonia (Gaudium Press), «Siguiendo los pasos de Santa Laura Montoya» (s.f.). Catholic.net. es.catholic.net

Documentos eclesiásticos y estudios académicos

  • Zuluaga Gil, Ricardo y Louvier Nava, Sigrid María, «MONTOYA UPEGUI, Santa Laura» (2015). Diccionario de Historia Cultural de la Iglesia en América Latina. dhial.org
  • Villa Betancourt, Ana Cristina, «La gracia del hormiguero» (2014). L'Osservatore Romano / Pontificio Consejo para los Laicos. laici.va
  • Villa, Carmen Elena, «Laura Montoya, hacia las periferias de la selva» (c. 2021). Humanitas n.º 103, Pontificia Universidad Católica de Chile. humanitas.cl
  • Tomichá, Roberto, OFM Conv., «Una misión en proceso de reestructuración. A la luz de la propuesta misionera de Laura Montoya Upegui» (2013). Misioneras Lauritas, Provincia de Popayán. misioneraslauritaspopayan.blogspot.com
  • Enciclopedia Banrepcultural, «Laura Montoya Upegui» (s.f.). Banco de la República de Colombia. enciclopedia.banrepcultural.org

Contexto contemporáneo

  • Gaudium Press, «Colombianos felices por decreto que reconoce milagro atribuido a la Beata Laura Montoya» (2012). es.gaudiumpress.org
  • Colprensa, «Madre Laura y su cuarta tumba» (2013). Vanguardia Liberal. vanguardia.com
  • El Colombiano, «Santuario de la Luz: templo de peregrinación y altar de las reliquias» (c. 2013). elcolombiano.com
  • Alcaldía de Medellín, «Nuevos recorridos turísticos en Medellín para explorar la vida de la Madre Laura» (2017). medellin.gov.co

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jueves, 29 de octubre · Evangelio

Jesús llora sobre Jerusalén, que mata a los profetas

En aquel tiempo, ese mismo día, se acercaron algunos fariseos y le dijeron a Jesús: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”. Él les respondió: “Vayan y díganle a ese zorro: ‘Mira, expulso demonios y realizo…