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FIDES VIVA

1 de octubre

Santa Teresa del Niño Jesús

La santa de la lluvia de rosas y Doctora de la Iglesia

  • Lectura de 27 min
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Capítulos
  1. 0:00Una madre perdida y una sonrisa
  2. 5:23Unos zapatos en la chimenea y un condenado
  3. 9:51Prohibido hablar al papa
  4. 13:24Detrás de la reja: la Santa Faz
  5. 16:05El ascensor
  6. 21:04Jueves Santo: el túnel
  7. 24:09En el corazón de la Iglesia
  8. 27:33La puerta negra y una promesa
  9. 30:28Septiembre de 1897
  10. 35:19Lluvia de rosas
  11. 38:50Si hay un cielo

En la enfermería de un convento de Lisieux, una carmelita de veinticuatro años, enferma de tuberculosis, toma una rosa y la va deshojando sobre su crucifijo. Pide que no se pierda ni un pétalo.

Es Teresa del Niño Jesús, a la que medio mundo llama Teresita: la santa de las rosas. En aquellos meses había prometido que, después de morir, seguiría haciendo el bien en la tierra, y que su ayuda caería como una lluvia de rosas.

Lo que pocos saben es que, mientras lo prometía, el cielo se le había vuelto niebla. Ya no lo sentía, y así se lo confió a una hermana. Aun así, seguía repitiendo su fe y rezaba por los que no creían.

¿Cómo se promete una lluvia de rosas desde una noche así? ¿Qué dijo al morir? ¿Y qué encontraron trece años después, al abrir su tumba?

Una madre perdida y una sonrisa

Aquella carmelita había empezado la vida en Alençon, una ciudad de Normandía, en la Francia de la Tercera República. Fuera de las iglesias, el ateísmo vivía su edad de oro. Dentro, muchos católicos rezaban con una piedad severa, que hablaba más de la justicia de Dios que de su misericordia.

En casa de los Martin, la muerte conocía el camino. De los nueve hijos de Louis y Zélie, cuatro murieron pequeños. Quedaron cinco niñas: Marie, Paulina, Léonie, Céline y la última, Teresa, nacida en enero de 1873.

Zélie enfermó de cáncer y murió a finales de agosto de 1877. Teresa tenía cuatro años y medio. Vio a su madre recibir la extremaunción, el sacramento de los moribundos, hoy llamado unción de los enfermos. Las cinco hermanas estaban en fila, por edades, y el padre sollozaba.

Después, él la tomó en brazos: «Ven a besar por última vez a tu pobre madrecita». Sin decir nada, la niña acercó los labios a la frente de su madre.

No lloró mucho. Miraba y escuchaba en silencio. Una vez se encontró sola delante de la tapa del ataúd y se quedó largo rato mirándola. Era tan pequeña que tenía que levantar la cabeza para verla entera.

El día del entierro, las cinco se miraban con tristeza. Louise, la criada, dijo: «¡Pobrecitas, ya no tienen madre!». Céline se echó en brazos de Marie: «Pues tú serás mamá». Teresa se volvió hacia Paulina y se arrojó a sus brazos: «¡Pues para mí, Paulina será mamá!».

Con aquella muerte empezaba para Teresa el período más doloroso de su vida.

En noviembre, Louis se llevó a sus hijas a Lisieux, a una casa con jardín llamada Les Buissonnets, cerca de la familia del tío Isidore Guérin.

En 1882, también Paulina se fue. Entró en el Carmelo de Lisieux, un convento de monjas dedicadas a la oración que no salen de sus muros. A finales de aquel año, Teresa cayó gravemente enferma. Tenía fuertes dolores de cabeza y malestares, y veía cosas que no estaban allí. La familia encargó una novena de misas, nueve días seguidos de súplica, a Nuestra Señora de las Victorias.

Un domingo de mayo de 1883, el de Pentecostés, Marie salió un momento al jardín. Desde la cama, la niña empezó a llamar casi en voz baja: «Mamá… Mamá…». Marie volvió enseguida. Teresa la veía entrar, pero no conseguía decir que la reconocía, y seguía llamando, cada vez más fuerte.

Marie se arrodilló junto a la cama con Léonie y con Céline. Las tres se volvieron hacia la imagen de la Virgen del cuarto. Marie rezaba «con el fervor de una madre que pide la vida de su hija». Sin ayuda en la tierra, también la niña se volvió hacia su Madre del cielo.

«De repente la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa que nunca había visto nada tan bello… pero lo que me penetró hasta el fondo del alma fue la encantadora sonrisa de la Santísima Virgen».

Dos lágrimas grandes le corrieron en silencio por las mejillas, «lágrimas de pura alegría». Y pensó: «La Santísima Virgen me ha sonreído, qué feliz soy… pero nunca se lo diré a nadie».

Bajó los ojos y vio a Marie, que la miraba con amor. La niña estaba curada.

Un año más tarde llegaría el día que más había esperado: su primera comunión, cuando recibiría por primera vez a Jesús en la Eucaristía. Ese mismo día, detrás de la reja del Carmelo, Paulina haría sus votos para siempre.

Unos zapatos en la chimenea y un condenado

En la capilla de la abadía benedictina donde estudiaba, la niña recibió a Jesús por primera vez.

Fue el primer beso de Jesús a su alma, un beso de amor. Se sintió amada, y le respondió: «Os amo, me entrego a vos para siempre».

Aquella mañana no hubo peticiones ni luchas. Jesús y ella se conocían desde hacía mucho, y aquel día «ya no era una mirada, sino una fusión». La alegría fue tan grande que se echó a llorar, y sus compañeras no entendían por qué.

La que lloraba de alegría lloraba también por casi todo. La Nochebuena de 1886, la familia volvió a Les Buissonnets después de la misa de medianoche. Por una vieja costumbre, en la chimenea esperaban los zapatos de Teresa llenos de regalos. Tenía trece años, y en casa la seguían tratando como a la pequeña.

Esa noche el padre venía cansado. Al ver los zapatos, dijo unas palabras que a ella le atravesaron el corazón: «¡Por fin, menos mal que es el último año!».

La hija subió la escalera para quitarse el sombrero. Céline le vio brillar lágrimas en los ojos: «¡Oh, Teresa, no bajes, te dolería demasiado mirar ahora tus zapatos!».

Pero esta vez Teresa ya no era la misma: Jesús había cambiado su corazón.

Contuvo las lágrimas. Bajó deprisa. Tomó los zapatos y los puso delante de su padre. Fue sacando los regalos, «con aire feliz, como una reina». Él se echó a reír. Céline creyó estar soñando.

Aquella noche recuperó la fortaleza que había perdido a los cuatro años y medio, cuando murió su madre. La llamó su completa conversión. Desde entonces, añadía, no la venció ningún combate: había empezado «una carrera de gigante».

Aquella fuerza nueva enseguida buscó a quién servir. Un domingo de julio de 1887, al acabar la misa en la catedral Saint-Pierre, una estampa del Crucificado asomaba de su misal. Ante aquella imagen sintió cuál era su misión: salvar almas.

Aquel verano los periódicos hablaban de Henri Pranzini, condenado a muerte por un triple asesinato. Rechazaba cualquier ayuda religiosa. La adolescente empezó a rezar por él y a ofrecer a Dios, por su salvación, lo que Jesús había sufrido por todos.

Le pidió a Céline que encargara una misa por sus intenciones, sin atreverse a decir que era por «Pranzini, el gran criminal». Céline se lo sonsacó y, lejos de burlarse, se unió a ella.

Teresa le dijo a Dios que estaba segura de que lo perdonaría aunque no se confesara. Solo le pedía «una señal» de arrepentimiento, para su consuelo. Su padre les había prohibido leer los periódicos, pero ella no creía desobedecer si leía lo que trataba de Pranzini.

Lo guillotinaron en París el 31 de agosto de 1887. Al día siguiente, ella abrió La Croix, el periódico católico, y leyó:

«Pranzini no se había confesado; había subido al cadalso y se disponía a meter la cabeza en el lúgubre agujero cuando, de repente, se vuelve, toma un crucifijo que le presentaba el sacerdote y besa por tres veces sus llagas sagradas».

Las lágrimas la delataron y tuvo que esconderse. A aquel hombre lo llamaría su «primer hijo».

No sería la última vez que un crucifijo ocupara el centro de su historia.

Si su oración podía alcanzar a un condenado, Teresa ya sabía desde dónde quería rezar: detrás de los muros del Carmelo de Lisieux, donde vivían Paulina y, desde hacía poco, también Marie. Tenía catorce años.

Prohibido hablar al papa

La primera puerta a la que llamó fue la de su padre. Unos meses antes, a finales de mayo de 1887, le pidió permiso para entrar en el Carmelo, y Louis Martin se lo dio.

Las demás no se abrieron tan deprisa. Su tío Isidore Guérin se negó al principio y no cedió hasta octubre. El superior del Carmelo, el sacerdote que respondía de aquella comunidad, se oponía: la muchacha era demasiado joven.

Quedaba el obispo. A los pocos días viajó con su padre a Bayeux. Antes de presentarse, se recogió el pelo largo en un moño, para parecer mayor. El obispo aplazó la respuesta.

En noviembre, Louis, Céline y Teresa se unieron a una peregrinación diocesana a Roma. Pasaron por Loreto. Al final del viaje los esperaba una audiencia con León XIII.

El 20 de noviembre, los peregrinos fueron pasando uno a uno ante el papa. Se arrodillaban, le besaban el pie y la mano y recibían su bendición. Junto a León XIII estaba el padre Révérony, vicario general de Bayeux, el sacerdote que actuaba en nombre del obispo. De parte de Révérony llegó enseguida el aviso: estaba prohibido hablar al papa.

Ella se volvió hacia Céline. Y su hermana le dijo una sola palabra: «¡Habla!».

A los pies del papa, en vez de besarle la mano, juntó las suyas. Tenía los ojos llenos de lágrimas: «Santísimo Padre, tengo que pediros una gran gracia».

El anciano inclinó la cabeza hasta casi rozarle la cara.

«Santísimo Padre, en honor de vuestro jubileo, permitidme entrar en el Carmelo a los quince años».

«No entiendo bien», dijo el papa. El vicario le explicó que los superiores lo estaban estudiando. «Pues bien, hija mía, haced lo que os digan los superiores».

Ella apoyó las manos en las rodillas del papa: «¡Oh, Santísimo Padre, si vos dijerais que sí, todos querrían!».

León XIII la miró fijamente: «Vamos… vamos… Entraréis si Dios lo quiere».

Teresa quiso seguir hablando. Dos guardias nobles la tomaron por los brazos y, con ayuda del vicario, la apartaron a la fuerza de los pies del papa.

«Si Dios lo quiere». Eso era todo lo que se llevaba de Roma.

El permiso del obispo llegó más tarde. El 9 de abril de 1888, con quince años, cruzó la puerta del Carmelo de Lisieux. Había llamado a todas las puertas que encontró, y aquella se abrió cuando ya no dependía de ella.

Entraba en el Carmelo teresiano, la familia religiosa de otra Teresa: santa Teresa de Jesús, la gran santa de Ávila. Sus escritos alimentarían a esta joven.

Dentro la esperaba un horario que empezaba a las cinco menos cuarto de la mañana y un claustro sin calefacción. A los pocos meses le llegaría desde fuera la noticia más dura sobre su padre.

Detrás de la reja: la Santa Faz

La reja del Carmelo separaba dos mundos. Detrás de ella regía la clausura: una vez dentro, ya no se volvía a salir del monasterio.

Teresa era postulante, la joven que pide entrar y todavía no lleva hábito. Cosía en la lencería y barría. De aquellos comienzos dejó un resumen sin adornos: «más espinas que rosas».

En enero de 1889 recibió el hábito de carmelita. Un mes después llegó la noticia. Su padre «bebería la más amarga, la más humillante de todas las copas». Una grave enfermedad obligó a internarlo en Caen, y allí pasaría tres años. Ella no podía salir a verlo.

«Las palabras no pueden expresar nuestras angustias».

Y, sin embargo, al mirar atrás, llamó a aquellos tres años «los más amables, los más fecundos de toda nuestra vida». Y añadió: «no los daría por todos los éxtasis y revelaciones de los santos».

La sequedad, una oración que no daba ningún gusto, era su pan de cada día. Contemplaba largamente la Santa Faz, el rostro humillado de Cristo en su Pasión. Llevaba siempre el Evangelio encima y leía a san Juan de la Cruz, el carmelita que fue su verdadero maestro. Su nombre religioso juntaba los dos extremos de la vida de Jesús: Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Las oraciones que escribió al rostro de Cristo se siguen rezando.

A los diecisiete años, en septiembre de 1890, hizo la profesión, los votos que la unían para siempre a la Orden, y días después recibió el velo negro. En su celda dejó grabadas unas palabras: «Jesús es mi único amor».

Un año después, en un retiro, el sacerdote que lo predicaba la lanzó «a toda vela sobre las olas de la confianza y del amor».

En el verano de 1894 murió su padre. Semanas después, Céline cruzó también la puerta del Carmelo, y traía consigo su cámara de fotos. Gracias a ella conocemos hoy el rostro de su hermana.

Aquel otoño, con su padre muerto y Céline a su lado, Teresa seguía chocando con lo mismo: quería ser santa, y cada día se veía más lejos de los santos.

El ascensor

Lo dijo con una imagen: «al compararme con los santos, he comprobado siempre que entre ellos y yo hay la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el grano de arena oscuro que pisan los que pasan».

No se desanimó. Pensó que Dios no puede inspirar deseos imposibles. Crecer no podía; tendría que aceptarse tal como era, con sus imperfecciones. Pero quería buscar otro modo de llegar: «un caminito muy recto, muy corto, un caminito completamente nuevo».

Vivía en un siglo de inventos. En las casas de los ricos ya no hacía falta subir escaleras: un ascensor las sustituía. Ella también quería un ascensor, porque era demasiado pequeña para la dura escalera de la perfección. Lo buscó en la Escritura y encontró esta frase: «Si alguno es pequeñito, que venga a mí». Y otra en la que Dios promete consolar como una madre que acaricia a su hijo y lo mece sobre sus rodillas.

«El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son vuestros brazos, ¡oh Jesús! Para eso no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, y serlo cada vez más».

El 9 de junio de 1895, fiesta de la Santísima Trinidad, dio el paso siguiente. Se ofreció al Amor Misericordioso: se entregó entera, sin guardarse nada, al amor de Dios que se inclina sobre lo pequeño. En la oración que escribió aquel día dejó esta frase: «En la tarde de esta vida, compareceré delante de ti con las manos vacías».

Todavía hoy muchos la rezan con sus mismas palabras.

Paulina, que desde 1893 era la priora con el nombre de Madre Inés de Jesús, le había confiado ayudar a formar a las novicias. También le pidió que escribiera sus recuerdos de infancia, y Teresa los fue llenando en cuadernos escolares hasta entregárselos en enero de 1896.

Más adelante, ya poco antes de su muerte, una novicia le anunció que encontrarían su cuerpo incorrupto. La respuesta llegó rápida: «¡Esa maravilla no! Sería salirme de mi caminito de humildad».

Cada tarde, diez minutos antes de las seis, sor San Pedro sacudía su reloj de arena. Quería decir: «¡vamos!». Era anciana y estaba impedida, y había que llevarla al refectorio. Mover el banco de cierta manera, no apresurarse, sostenerla por el cinturón.

Un paso en falso: «¡Ay, Dios mío, va usted demasiado deprisa, me voy a romper!». Un paso más lento: «ya decía yo que era usted demasiado joven para llevarme».

En el refectorio, Teresa le subía las mangas. Como aquellas manos apenas podían con el pan, se lo cortaba. Y antes de irse le dedicaba «mi sonrisa más hermosa».

Una tarde de invierno, en el claustro helado, oyó una música lejana e imaginó un salón brillante. No habría cambiado aquellos diez minutos de servicio por mil años de fiestas.

Había otra hermana que, en palabras de Teresa, tenía «el talento de desagradarme en todo». La caridad, se dijo, no está en los sentimientos, sino en las obras. Rezaba por ella cada vez que la encontraba y le prestaba todos los servicios que podía. Cuando sentía ganas de contestarle con aspereza, le dedicaba «mi sonrisa más amable». A veces, cuando la lucha era demasiado fuerte, huía «como un desertor».

Un día, en el recreo, la hermana le preguntó muy contenta: «¿Qué es lo que tanto la atrae hacia mí? Cada vez que me mira, la veo sonreír».

Lo que atraía a Teresa era «Jesús escondido en el fondo de su alma».

En marzo de 1896 pidió trabajar en la lencería junto a Sor María de San José, a quien la comunidad tenía por difícil. «Si supierais cuánto hay que perdonarla», les decía Teresa.

Lo que estaba aprendiendo del amor, que no depende de lo que se siente, muy pronto le haría falta para creer.

Pocas semanas después llegó la Semana Santa de 1896. Teresa había hecho toda la Cuaresma con ayuno estricto, y decía que nunca se había sentido tan fuerte.

Jueves Santo: el túnel

La noche del Jueves Santo veló ante el Monumento, el altar donde, esa noche, se guarda la Eucaristía tras la misa que recuerda la Última Cena del Señor. Se quedó allí hasta medianoche. Luego volvió a su celda.

Apenas apoyó la cabeza en la almohada, sintió «como un flujo que subía, subía hirviendo hasta mis labios». No sabía qué era. Pensó que quizá iba a morir, y el alma se le llenó de alegría. La lámpara estaba apagada. Decidió esperar a la mañana para asegurarse de su «felicidad».

Al despertar se acercó a la ventana. No se había equivocado: era sangre.

Ella lo entendió así: «Estaba íntimamente convencida de que Jesús, en el aniversario de su muerte, quería hacerme oír una primera llamada. Era como un murmullo dulce y lejano que me anunciaba la llegada del Esposo». El Esposo: así llamaba a Cristo.

Aquella mañana se lo contó a la priora. Añadió que no sufría nada y pidió que no le dieran ningún trato especial. Pasó el Viernes Santo con todas las austeridades del Carmelo. La noche siguiente llegó la misma señal.

Había tosido sangre por primera vez. Era el primer signo de la tuberculosis, que entonces causaba una de cada siete muertes en Europa. En 1897 se llevaría en Lisieux a alrededor de una persona por semana.

Esa misma Pascua empezó otra prueba. Hasta entonces su fe era tan viva que no podía creer que existieran incrédulos: creía que hablaban contra lo que pensaban. «En los días tan alegres del tiempo pascual, Jesús me hizo sentir que hay verdaderamente almas que no tienen fe».

Dios permitió que su alma «fuese invadida por las más espesas tinieblas». El pensamiento del cielo, tan dulce para ella, se volvió «motivo de combate y de tormento».

«Hay que haber viajado por ese túnel oscuro para comprender su oscuridad».

Era como haber nacido en un país envuelto en una niebla espesa, sin haber visto nunca el sol, y saber, sin embargo, que la verdadera patria es otra.

Siguió haciendo actos de fe. Rezaba por los que no creían. Cantaba lo que quería creer. Ella misma unió aquella oscuridad a la increencia de su tiempo. Y la prueba la acompañaría hasta la muerte.

Aquel mismo año, con el cuerpo herido y el cielo cubierto de niebla, Teresa sentía deseos de todas las vocaciones a la vez. En el Carmelo ya le habían confiado a un joven que se preparaba para ser sacerdote.

En el corazón de la Iglesia

Se llamaba Maurice Bellière. Madre Inés se lo había confiado en octubre de 1895 como hermano espiritual: un seminarista al que Teresa acompañaría con su oración y con sus cartas.

En mayo de 1896 le confiaron un segundo hermano: el padre Adolphe Roulland, un joven de las Misiones Extranjeras de París que partía hacia China. Teresa le pidió al padre Roulland un mechón de pelo. Una «reliquia», le dijo, por adelantado.

En el retiro de septiembre, el deseo de todas las vocaciones le pesaba: quería ser apóstol, misionera, mártir, todo a la vez, y no sabía cómo conciliarlo. Abrió la primera carta de san Pablo a los Corintios. Leyó sobre los miembros del cuerpo de Cristo, cada uno con su función. No se reconoció en ninguno.

Siguió leyendo. El apóstol invitaba a desear los dones más grandes y prometía mostrar un camino todavía mejor. Y explicaba que, sin el amor, esos dones no son nada.

«Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no le faltaba el más necesario, el más noble de todos: comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón ardía de amor».

Comprendió también que, si ese amor se apagara, los apóstoles dejarían de anunciar el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre.

«¡Oh Jesús, amor mío!… mi vocación, por fin la he encontrado: ¡mi vocación es el amor!… En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… así lo seré todo».

Enseguida se corrigió. No era una alegría delirante. Era «la paz tranquila y serena del navegante que divisa el faro que ha de conducirlo al puerto».

Pocos días después se lo resumió a su hermana Marie en una carta: «La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al Amor».

Pero la niebla seguía allí. En octubre, durante el retiro de toda la comunidad, confió sus dudas al sacerdote que lo predicaba. Él le aconsejó llevar el Credo sobre el corazón.

Ella obedeció. Lo copió con su propia sangre y lo llevó encima.

En noviembre llegó una petición desde lejos. El Carmelo de Saigón necesitaba refuerzos, y en Lisieux se pensó en ella.

La comunidad hizo una novena a Théophane Vénard, un joven misionero martirizado en Tonkín en 1861, al que Teresa quería mucho. Pedían una señal.

Durante la novena, Teresa volvió a toser: «la vaina no es tan sólida como la espada».

No iría a Saigón. En enero de 1897, en su propio Carmelo, una hermana fue a contarle un sueño.

La puerta negra y una promesa

La hermana era Sor Teresa de San Agustín. El 8 de enero oyó crujidos, y esa noche soñó con el padre de Teresa, muerto hacía años. En el sueño, «el señor Martin pide a Sor Teresa del Niño Jesús». La hermana tomó al principio aquella impresión por superstición.

Al día siguiente se lo contó a Teresa, que se alegró: su muerte estaba cerca.

Más tarde, en un día de licencia, uno de esos días en que las hermanas podían conversar con libertad, Sor Teresa de San Agustín le contó el sueño entero. Había visto una puerta muy negra, con una gasa roja y oro.

Teresa escuchó. Y le confió lo que pasaba en su alma.

«No creo en la vida eterna, me parece que después de esta vida mortal ya no hay nada».

Le dijo que aquella puerta negra era la imagen de lo que pasaba en su alma. Allí solo le quedaba el amor.

La que había grabado en la pared de su celda «Jesús es mi único amor» ya no sentía nada al otro lado.

Ese mismo enero, en una carta, escribió: «si hay un cielo, es para mí».

El 19 de marzo, fiesta de san José, le contó a su hermana Marie qué le estaba pidiendo al santo: «la gracia de pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra». En mayo escribió, a petición de Marie, un poema a la Virgen, «Por qué te amo, María», que todavía se canta.

El cuerpo pagaba su precio. El 23 de mayo, el médico le aplicó en el costado más de quinientas puntas de fuego, pequeñas quemaduras que entonces se usaban como remedio. Después Teresa subió a su celda y se acostó en su jergón, el colchón de paja de las carmelitas. El médico le recetó morfina.

En junio, por obediencia a la priora de entonces, la Madre María de Gonzaga, empezó a llenar su último cuaderno. Y en esas semanas dijo lo que la haría conocida en medio mundo: su acción después de la muerte, anunció, «será como una lluvia de rosas».

La promesa de las rosas la hizo en plena noche, cuando ya no sentía el cielo.

A Maurice Bellière, su hermano espiritual, le escribió: «Yo no muero; entro en la vida».

El 8 de julio la bajaron a la enfermería. En la habitación había una imagen de la Virgen. De allí ya no saldría.

Septiembre de 1897

En la enfermería, la pequeña que había aprendido a dejarse llevar ya no podía dar un paso. Junto a la cama se sentaba Paulina, Madre Inés, la hermana a la que de niña había elegido como madre. Día tras día, iba apuntando en un cuaderno lo que Teresa decía.

El 6 de septiembre le trajeron una reliquia de Théophane Vénard, el joven mártir de Tonkín. Lloró de alegría.

En pocos días empeoró mucho: se le hincharon los pies, y el 14 calcularon que no viviría más de quince días.

Ese mismo día tuvo una rosa entre las manos. La fue deshojando sobre su crucifijo, y con cada pétalo acariciaba las llagas. Pidió que no se perdiera ninguno: más tarde servirían «para dar gusto».

El 20 se llamó a sí misma «un esqueleto». Dijo que gemía y pedía piedad sin cesar. Y negó que fuera paciente.

El 22 ya casi no le salía la voz. Aun así dijo: «¡Qué gracia tener la fe!». Sin la fe, confesó, se habría quitado la vida.

Dos días después dijo: «Mi alma, a pesar de sus tinieblas, está en una paz asombrosa». El médico comentó que su rostro no estaba alterado y que tenía «figura de ángel».

En aquellas semanas había dicho: «es muy fácil escribir cosas bellas sobre el sufrimiento… hay que estar en él». Pero al día siguiente de hablar de su paz, afirmó que lo que había escrito sobre el sufrimiento era verdad. El 28 escuchó el oficio de san Miguel, el arcángel.

El 29 por la mañana empezó el estertor, la respiración ronca de la agonía. La comunidad se arrodilló a rezar las oraciones por los moribundos. A mediodía, Teresa preguntó: «Madre, ¿es la agonía?… nunca sabré morir».

Aquella noche, después de Maitines, el rezo nocturno, dijo: «Sí, Dios mío, lo quiero todo».

El 30, por la mañana, juntó las manos. Miraba la imagen de la Virgen. «Es la agonía pura, sin ninguna mezcla de consolación».

Por la tarde se ahogaba. Entonces, por la ventana, entró el canto de los pájaros: petirrojos y otros pajaritos, muy fuerte, muy cerca, durante largo rato. A Madre Inés aquel canto le atravesó el corazón.

Céline le puso a Teresa en los labios un trocito de hielo. Teresa lo aceptó con una sonrisa. Fue una sonrisa «como un adiós supremo», y Madre Inés nunca la olvidó.

A las seis sonó el Ángelus, la oración que recuerda el anuncio del ángel a María. Teresa miró largamente la imagen de la Virgen.

Pasadas las siete, la priora había despedido a la comunidad. Teresa preguntó: «Madre, ¿no es todavía la agonía?… ¿No voy a morir?».

La priora le contestó: «Sí, pobrecita, es la agonía, pero quizá Dios quiera prolongarla unas horas».

Teresa respondió: «Pues bien… ¡adelante!… ¡adelante!… Oh, no querría sufrir menos tiempo…».

Miró su crucifijo. Y dijo lo último que diría:

«¡Oh, lo amo!… Dios mío… ¡os amo!».

Cayó suavemente hacia atrás. La priora hizo sonar la campana de la enfermería: «Abran todas las puertas». Las hermanas entraron y se pusieron de rodillas.

Vieron que el rostro de Teresa recobraba el color de cuando estaba sana, y que los ojos quedaban fijos en lo alto, brillantes de paz y de alegría. Aquello duró «el espacio de un Credo». Después entregó el último suspiro.

Eran las siete y veinte de la tarde del 30 de septiembre de 1897. Tenía veinticuatro años.

Apretaba tan fuerte su crucifijo que tuvieron que arrancárselo de las manos para amortajarla.

La enterraron en la parcela de las carmelitas, en el cementerio de Lisieux. Fuera de su familia y de su convento, nadie sabía quién era.

Lluvia de rosas

Al año siguiente, su nombre empezó a salir de Lisieux. Sus cuadernos se imprimieron con el título *Historia de un alma*, en una tirada de dos mil ejemplares. Sus hermanas los presentaron como si todo estuviera dirigido a una sola persona, corrigieron el estilo y dejaron fuera algunos pasajes.

Aun así, el libro pasó de mano en mano. Entonces empezaron a llegar cartas al Carmelo. Eran de gente de todas partes que contaba haber recibido una gracia después de pedírsela a ella. Era la lluvia que había anunciado desde su noche.

En menos de treinta años, las hermanas registraron unos ocho mil testimonios. No eran milagros reconocidos por la Iglesia: eran gracias que los fieles contaban agradecidos.

Trece años después de su muerte, una mañana de septiembre de 1910, abrieron su tumba. Cavaron hasta tres metros y medio y sacaron el ataúd, muy deteriorado. Los que estaban junto a la fosa contaron que la palma puesta en 1897 apareció verde y fresca, y que dos obreros notaron un perfume intenso de violetas.

De ella solo quedaban huesos. Era lo que había querido: ninguna maravilla que la sacara de su caminito. El obispo prohibió llevarse ningún fragmento, y más de quinientas personas pasaron a venerar los restos.

En 1914, Pío X firmó la introducción de su causa, el proceso que estudia si alguien puede ser declarado santo. Estalló la guerra. Muchos soldados franceses le rezaban, y llegaron tantas súplicas suyas que el tribunal quedó dispensado de investigar su fama de santidad.

En marzo de 1923, sus restos volvieron al Carmelo. Descansan en la capilla de la Châsse: una estatua de Teresa dormida en la muerte guarda las costillas, y debajo, en un relicario de plata dorada que regalaron devotos de Brasil, están los demás huesos. Allí se veneran todavía.

Para beatificarla, la Iglesia hizo examinar curaciones por médicos. Una fue la del abate Charles Anne, un sacerdote de Lisieux enfermo de una tuberculosis pulmonar galopante: la misma enfermedad que se la había llevado a ella. En 1923, Pío XI la beatificó en San Pedro, y en 1925, con otras dos curaciones aprobadas, la declaró santa.

Quedaba la herida de Saigón. La monja que no pudo embarcar porque volvió a toser, ¿podía ser misionera sin salir de la clausura? En diciembre de 1927, Pío XI la proclamó patrona de las misiones, junto a san Francisco Javier, el misionero jesuita. Desde que cruzó la puerta del Carmelo a los quince años, Teresa no había vuelto a salir de él.

Faltaba algo: su voz tal como la había escrito, sin las correcciones de 1898, y una frase de una de sus cartas que alguien había raspado.

Si hay un cielo

Esa voz tuvo que esperar más de medio siglo. Madre Inés, su Paulina, vivió hasta 1951. Pío XII había pedido aguardar a la muerte de Madre Inés antes de sacar a la luz los textos originales. En 1956 se publicaron por fin los cuadernos tal como Teresa los había escrito, página a página.

Aquella voz, ya sin retoques, llegó a Roma el 19 de octubre de 1997. En la plaza de San Pedro, Juan Pablo II la proclamó Doctora de la Iglesia. Con ese título, la Iglesia reconoce una enseñanza como guía segura para todos los fieles. Teresa nunca estudió teología. Aprendió del Evangelio que llevaba siempre encima, y en sus escritos hay más de mil citas de la Biblia. La que había querido seguir siendo pequeña quedaba ahora entre los maestros de la fe.

Su memoria se celebra el 1 de octubre, y cada final de septiembre su relicario recorre Lisieux, del Carmelo a la Basílica y a la Catedral. Desde 1994, sus reliquias han viajado a cerca de setenta países, y en toda la Iglesia se siguen rezando su Ofrenda y cantando sus poemas.

La frase raspada era aquella de enero de 1897: «si hay un cielo, es para mí». La habían copiado para el proceso de su causa. Después, alguien la borró del papel. La copia la guardó, y hoy vuelve a leerse.

La escribió cuando el cielo ya no se le dejaba sentir. Y en esa frase cabe su confianza entera.

Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, tú que te supiste demasiado pequeña para subir sola y te dejaste llevar en los brazos de Jesús, y que en la noche más oscura seguiste diciéndole «os amo», alcánzanos esa confianza que no necesita sentir para creer, y enséñanos a amar en lo pequeño de cada día. Ruega por nosotros. Amén.

Fuentes

FUENTES PRIMARIAS (1887-1917)

  • Teresa de Lisieux, Manuscritos autobiográficos A, B y C; Cartas; Oraciones (citados según Divini Amoris Scientia, C'est la confiance y las Archives du Carmel de Lisieux) — archives.carmeldelisieux.fr
  • Mère Agnès de Jésus, Carnet jaune, septiembre de 1897 archives.carmeldelisieux.fr
  • Archives du Carmel de Lisieux, Prières (Pri 01-21) archives.carmeldelisieux.fr
  • «Pluie de Roses» (1911) y «Souvenir de la deuxième exhumation» (1917), en Archives du Carmel de Lisieux, Les récits anciens des deux exhumations (2022) — archives.carmeldelisieux.fr

FUENTES HAGIOGRÁFICAS Y TRADICIÓN

  • Archives du Carmel de Lisieux, Biographie de sainte Thérèse de Lisieux (2023) — archives.carmeldelisieux.fr
  • Archives du Carmel de Lisieux, Dernière année de la vie de Thérèse y su continuación (2023) — archives.carmeldelisieux.fr
  • Archives du Carmel de Lisieux, Pluie de roses — archives.carmeldelisieux.fr
  • A. Guise, Les miracles de Thérèse — Archives du Carmel de Lisieux
  • Archives du Carmel de Lisieux, fiche PRANZINI Henri — archives.carmeldelisieux.fr

DOCUMENTOS ECLESIÁSTICOS Y ESTUDIOS

  • Juan Pablo II, Divini Amoris Scientia (1997) — vatican.va
  • Francisco, C'est la confiance (2023) — vatican.va
  • Archives du Carmel de Lisieux, Historique de la Béatification et de la Canonisation (2024) — archives.carmeldelisieux.fr
  • Guy Gaucher, ocd, Les éditions critiques – 1956 et après (2022) — Archives du Carmel de Lisieux

CONTEXTO ACTUAL

  • Santa Sede, Programa del viaje apostólico de León XIV a Francia (2026) — vatican.va
  • Sanctuaire de Lisieux, Fiesta de Santa Teresa 2026 — therese-de-lisieux.catholique.fr
  • Sanctuaire de Lisieux, Journeys of the relics (2026) — therese-de-lisieux.catholique.fr

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jueves, 29 de octubre · Evangelio

Jesús llora sobre Jerusalén, que mata a los profetas

En aquel tiempo, ese mismo día, se acercaron algunos fariseos y le dijeron a Jesús: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”. Él les respondió: “Vayan y díganle a ese zorro: ‘Mira, expulso demonios y realizo…