Llega la hora de oración en el monasterio de la Encarnación, en Ávila, y una monja, Teresa, mira el reloj deseando que se acabe. Durante años vivirá partida entre Dios y el mundo. Esa misma monja es hoy santa Teresa de Jesús, la de Ávila, la primera mujer Doctora de la Iglesia. Fue ella quien dijo que orar es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama. Y ella misma tardó años en fiarse de ese amigo. La enterraron sin embalsamar. Más de cuatro siglos después, volvieron a abrir su sepulcro para ver qué quedaba de ella. Y lo que encontraron no era lo que uno espera de un cuerpo tan antiguo.
Muy de mañana
A esa casa llega por su propio pie. En Ávila, una madrugada de noviembre de 1535, con veinte años, sale de la casa de su padre sin su permiso. Él se ha negado con firmeza a que sea monja. Ella camina hasta el monasterio carmelita de la Encarnación, fuera de las murallas, y allí la recibe la priora.
La casa que elige es grande, de casi doscientas personas. Sus monjas salen a la ciudad cuando hace falta y reciben visitas en el locutorio, la sala con reja donde se habla con la gente de fuera. Al año siguiente, el mismo padre que se había negado firma la dote, lo que la familia aporta al monasterio, y su hija toma el hábito.
No era la primera vez que salía de casa por Dios. Tenía seis o siete años y leía vidas de santos con Rodrigo, su hermano preferido. Al ver lo que sufrían las mártires, le parecía que ganaban el cielo muy barato. Así que los dos hermanos se pusieron de acuerdo para irse a morir mártires a tierra de moros, pidiendo limosna por el camino, para que allí les cortaran la cabeza. Salieron, y tuvieron que volver a casa.
Fracasado el martirio, se hicieron ermitaños en la huerta. Levantaban ermitas con piedrecitas, que enseguida se les caían. La niña buscaba rincones a solas para rezar, sobre todo el Rosario, y daba limosna como podía, y podía poco. En aquellas lecturas descubrió que todo se acaba y que solo Dios dura. Ella y Rodrigo se lo repetían una y otra vez, «para siempre, siempre, siempre».
Rodrigo, el hermano de aquella escapada a tierra de moros, acabará yéndose mucho más lejos. El mismo año en que Teresa entra en la Encarnación, se embarca en Sevilla hacia las Indias, y allí, en el Río de la Plata, muere probablemente al cabo de dos años. Los dos niños que soñaban con dar la vida por Dios ya no volverán a verse.
La casa que deja aquella madrugada había perdido antes a la madre. Doña Beatriz de Ahumada murió cuando su hija tenía trece años. La muchacha fue entonces a la ermita de San Lázaro, se puso delante de una imagen de Nuestra Señora de la Caridad y le pidió lo que ya no tenía. Muchos años después lo contó así. «Supliquéla fuese mi madre».
Por eso, aquella madrugada de noviembre, no cruza Ávila del todo sola.
A la que esperaban muerta
Al poco de hacer sus votos, en 1537, Teresa enferma gravemente y tiene que salir de la Encarnación para curarse. Pasa el invierno en Hortigosa, en casa de su tío Pedro. Allí lee un libro sobre la oración, el Tercer abecedario de fray Francisco de Osuna. Con ese libro aprende el recogimiento, una manera de orar en la que se recogen los sentidos hacia dentro para estar a solas con Dios. La oración le llega así, primero, como un libro.
Pero el remedio no llega. En Becedas pasa meses sometida a unas curas que no la sanan, y vuelve a Ávila peor de lo que salió.
En agosto de 1539, en la casa de su padre, cae sin sentido y pasa así casi cuatro días. La dan por muerta. Cuando vuelve en sí, tiene la lengua destrozada de tanto mordérsela. No puede tragar ni agua. Tiene el cuerpo encogido, hecho un ovillo, y solo mueve un dedo de la mano derecha. Para moverla, dos mujeres la llevan en una sábana, cada una de un extremo.
Así sigue hasta la Pascua. Entonces pide que la lleven a su monasterio. Las monjas la reciben de vuelta, y ella lo resume con una frase seca. «A la que esperaban muerta, recibieron con alma; mas el cuerpo peor que muerto».
Pasa más de ocho meses sin poder moverse, y casi tres años hasta volver a andar. El primer paso no es un paso. Cuando por fin empieza a andar a gatas, alaba a Dios. Las monjas se admiran de su paciencia, y ella la tiene por un regalo del Señor.
Los médicos de la tierra ya no le dan esperanza, así que decide acudir a los del cielo. No quiere devociones supersticiosas. Toma a san José como protector, el esposo de la Virgen. Y está segura de quién la puso en pie. Fue san José.
Desde entonces no recuerda haberle pedido nada que él no le concediera. Y a quien no tenga a nadie que le enseñe a orar, le deja un consejo. «Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino».
Ya de pie, vuelve a la vida de la casa, a las visitas y al locutorio.
El reloj
Las horas de reja se le pasan sin sentirlas. Teresa conversa bien, la aprecian, y las visitas vuelven.
Aquellas conversaciones la van apartando de Dios. Un día, al principio de conocer a una persona, se le aparece Cristo delante, muy serio, dándole a entender cuánto le dolía aquello. No lo ve con los ojos de la cara, sino con los del alma, y más claro que si lo viera con los del cuerpo. Se queda espantada. Pero con los días se convence de que lo ha imaginado, y vuelve a la misma conversación.
Otra vez, con esa misma persona y a plena luz, ella y otros que están allí ven venir hacia el grupo algo parecido a un sapo grande, mucho más rápido de lo que andan los sapos. Nunca lo olvidó. Ella lo entendió como un aviso más, y aun así no dejó aquellas visitas.
Durante cerca de año y medio llega a dejar la oración. Se ve tan mala que no se cree digna de tratar con Dios. Ella lo llama falsa humildad, y dice que fue la mayor tentación que tuvo. Años antes había enseñado a orar a su padre, y él ha avanzado tanto que va a la Encarnación a hablarle de Dios. Y Teresa le da a él como excusa sus enfermedades para no orar.
A finales de diciembre de 1543 su padre cae enfermo, y Teresa lo cuida. No le deja ver ninguna pena, aunque por dentro se le parte el alma. A él le duele mucho la espalda. Ella le propone pensar en el Señor cuando iba cargado con la cruz, y él ya no se queja más.
Recibe la unción de los enfermos y pide a los suyos que lo encomienden a Dios y que vean que todo se acaba. Pasa tres días casi sin sentido. El día de su muerte vuelve en sí y reza el Credo, la oración en la que el cristiano dice su fe. Muere a la mitad del Credo, rezándolo él mismo.
El hombre que no quería verla monja se va rezando, como le enseñó su hija, y en paz, como un ángel.
En ese duelo la recoge el confesor de su padre, un fraile dominico. La hace comulgar cada quince días y le pide que no deje la oración. Y entonces vuelve a la oración, y ya nunca más la deja, aunque todavía no se aparta de aquellas conversaciones del locutorio que la iban apartando de Dios.
No le resulta fácil. Hay días en que lo único que espera es el final de la hora, pendiente del reloj. Pero no se levanta. Se queda agarrada a la oración, como a una columna fuerte.
Y en ese forcejeo descubre qué es orar. Para ella es tratar de amistad, estar a solas con alguien de quien sabe que la quiere. A Cristo se lo dice con la sencillez de quien habla con un amigo. «¡Oh, qué buen amigo hacéis, Señor mío!».
Casi veinte años lleva así, con el corazón repartido entre Dios y el mundo, cuando un día entra en el oratorio de la casa y se encuentra con una imagen que antes no estaba allí.
El Cristo muy llagado
La imagen la habían buscado para una fiesta de la casa, y ahora la traen para guardarla en el oratorio. Es Cuaresma, y Teresa se queda quieta delante de ella. Es un Cristo cubierto de llagas, tan conmovedor que, al mirarlo, se estremece entera, porque ve en él lo que pasó por nosotros.
Tiene treinta y nueve años y llega a ese momento cansada de sí misma. Quiere descansar, y sus malas costumbres no la dejan. Lleva años proponiéndose cambiar con sus propias fuerzas. Y una y otra vez vuelve a lo mismo.
Ahora mira aquellas heridas y siente lo mal que las ha agradecido. Y entonces siente que se le parte el corazón.
Se arroja junto a Él, llorando muchísimo, y le suplica que la fortalezca de una vez para no ofenderle.
Otras veces ha llorado y ha prometido. Ahora ya no se fía de sí misma y pone toda su confianza en Dios.
Y desde el suelo le habla.
Le dice que no se levantará de allí hasta que Él haga lo que le pide.
Y se queda allí, en el suelo. Desde entonces va mejorando mucho. Dios la saca de lo que ella llama una muerte tan mortal.
En esos mismos días le dan las Confesiones de san Agustín, como si el Señor lo hubiera dispuesto. Es el libro en el que aquel santo de los primeros siglos cuenta cómo volvió a Dios. En un huerto, Agustín había oído una voz que lo llamaba a cambiar de vida.
Cuando Teresa llega a esa página, la voz ya no es solo de Agustín. Siente que es el Señor quien se la dice a ella. Y pasa un gran rato deshecha en lágrimas.
Poco después, en la oración, la sorprende algo que no había vivido nunca, una presencia de Dios tan clara que no puede dudar de que está dentro de ella.
Pero esa cercanía no tranquiliza a todos. A algunos de sus amigos y de sus confesores les da miedo que la esté engañando el demonio. En aquella España se desconfiaba de las mujeres que decían recibir favores de Dios.
Yo te daré libro vivo
Así que la oyen varios hombres de Dios. En el invierno de 1557 pasa por Ávila Francisco de Borja, un noble valenciano que lo ha dejado todo para hacerse jesuita. Teresa le cuenta su oración sin guardarse nada. Y ella sale de allí con su respuesta. Lo que vive en la oración viene de Dios.
Después le quitan lo que más la había acompañado. Desde niña, cuando leía vidas de santos con Rodrigo, los libros han sido su camino hacia Dios. En agosto de 1559 el inquisidor general, Fernando de Valdés, publica el Índice, la lista de libros prohibidos. Con él desaparecen muchos de los libros espirituales en castellano que ella leía. Lo siente mucho.
Y en esa pérdida el Señor le dice «Yo te daré libro vivo».
Pocos días después, cuenta ella, empiezan sus visiones. Un día de San Pedro de 1560 ve a Cristo, y Él mismo es ese libro vivo.
Ese mismo año, en casa de su amiga doña Guiomar de Ulloa, una viuda de la ciudad, conoce a un franciscano anciano y muy delgado. Es fray Pedro de Alcántara, reformador de los franciscanos. Teresa le abre el alma, y él le da luz en todo.
Y en esos meses, en la Encarnación, le sucede algunas veces la gracia del dardo, una de las escenas de su vida que más han representado los artistas. A su lado izquierdo ve un ángel. No es grande, sino pequeño y muy hermoso, con el rostro encendido, y le parece que es de los que llaman querubines.
En las manos el ángel lleva un dardo de oro largo, con un poco de fuego en la punta. Le parece que se lo mete por el corazón algunas veces, y que le llega hasta las entrañas.
Al sacarlo, la deja ardiendo en un gran amor de Dios. El dolor le hace dar quejidos. Y la dulzura es tan grande que no quiere que ese dolor se le quite.
No es un dolor del cuerpo sino del alma, aunque el cuerpo también participa, y mucho.
Una estrella
Un día, estando en oración, de pronto se halla metida en el infierno, en el lugar que los demonios le tenían preparado. Delante tiene una entrada como un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y oscuro. El suelo es de lodo. Al fondo hay un hueco en la pared, y allí se ve metida.
Siente un fuego en el alma y una desesperación, una falta total de esperanza, que pesa más que todos los dolores que había sufrido en su cuerpo, incluso los de aquellos cuatro días en que la dieron por muerta.
Allí no hay luz, todo es oscuridad.
Sale de allí cambiada. Pierde el miedo a los sufrimientos de esta vida. Lo que le queda es una pena enorme por las almas que se pierden, y sobre todo por los luteranos. Son los cristianos que en su siglo se han apartado de Roma siguiendo a Lutero. Para ella siguen siendo miembros de la Iglesia por el bautismo, y lo que siente por ellos es dolor. De esa pena le nacen las ganas de vivir la Regla del Carmelo, la norma de vida de su Orden, con toda la perfección que pueda. En la Encarnación esa Regla se vive suavizada, con salidas a la ciudad y visitas en el locutorio.
Una noche de septiembre, Teresa y unas parientas hablan en su celda de los santos del desierto, los primeros monjes que lo dejaron todo para orar en soledad. Una parienta joven, María de Ocampo, propone fundar un monasterio pequeño y ofrece su herencia. Doña Guiomar de Ulloa, la viuda amiga, se suma. Teresa duda. Está contenta en su celda.
Pero un día, después de comulgar, Cristo le manda que luche por esa casa con todas sus fuerzas. Se le promete que la casa se hará y que se llamará San José, que él guardaría una puerta y la Virgen la otra, y que Cristo andaría con ellas. Será una estrella que dé mucha luz.
Teresa, al oírlo, se angustia, porque ve todo lo que va a sufrir para hacerlo, y la paz de su celda que tendrá que dejar.
La pena no se va. En la fiesta de la Asunción de 1561 reza en una iglesia de los dominicos de Ávila, la misma donde había confesado tantos pecados, y se acuerda de ellos. De pronto se ve vestir una ropa muy blanca y luminosa. Nuestra Señora está a su derecha y san José a su izquierda, y son ellos quienes se la ponen. Entiende que ya está limpia de sus pecados.
Nuestra Señora le toma las manos. Le dice que se alegra mucho de que sirva a san José, y le asegura que el monasterio se hará.
La casa ya tiene nombre y dos guardianes. Lo que no tiene todavía es dinero.
Tiempos recios
En cuanto Ávila se entera, empiezan las habladurías, las risas, los que dicen que es un disparate, y la contradicción llega por todas partes. La presión alcanza a todos los que la ayudan. A doña Guiomar, la viuda amiga, sus confesores le niegan el perdón en la confesión mientras no abandone el proyecto. El provincial, el superior de los carmelitas de la región, había dado su permiso, y ahora lo retira. Dice que la casa no tendrá de qué vivir, y que la oposición es demasiada. Hasta el confesor de Teresa le manda que no hable más del asunto. Y en la Encarnación, su propio convento, la miran tan mal que algunas monjas piden que la encierren como castigo.
Teresa y doña Guiomar acuden entonces a fray Pedro Ibáñez, un dominico, el hombre más sabio de la ciudad. Él les pide ocho días para estudiar el proyecto, convencido de que les va a quitar la idea. Al cabo de ellos, se convence de que la obra es de verdad para Dios. Y les dice que se den prisa en terminarla.
Pero en Ávila ya se comenta que esa casa nace de unas visiones, que Teresa dice que Cristo se lo ha mandado. Y en aquella España eso era peligroso. Unos amigos le avisan, con mucho miedo, de que pueden denunciarla a la Inquisición, el tribunal que juzgaba a quienes se apartaban de la fe.
«A mí me cayó esto en gracia y me hizo reír», dice Teresa. Sabe muy bien lo que lleva dentro. Por la menor ceremonia de la Iglesia, o por cualquier verdad de la Escritura, ella estaría dispuesta a morir mil muertes. Así que les contesta que, si hubiera motivo, ella misma iría a buscar a la Inquisición. Después le cuenta a Ibáñez, con toda claridad, sus visiones y su manera de orar, para que vea si hay algo contra la Escritura.
Mientras tanto, la hermana de Teresa compra en secreto una casa pequeña, como si fuera para ella misma. Dinero no hay. «Señor mío, ¿cómo me mandáis cosas que parecen imposibles?», le dice Teresa a Cristo. Un día no tiene con qué pagar a los oficiales, los obreros que arreglan la casa. Entonces se le aparece san José, a quien ella llama su verdadero padre y señor, y le da a entender que no le faltará el dinero. Y ella los contrata sin tener una sola moneda.
La casa le parece demasiado chica, y piensa en comprar otra. Pero después de comulgar oye a Cristo decirle «Ya te he dicho que entres como pudieres». Y la misma voz añade «¡Cuántas veces dormí yo al sereno por no tener adonde me meter!». Teresa vuelve a la casita, la arregla con lo que hay y encuentra en ella un monasterio completo.
En el verano de 1562 enferma el marido de su hermana, la que había comprado la casita. Teresa obtiene permiso para salir de la Encarnación a cuidarlo, y así, sin levantar sospechas, puede ocuparse de la casa. La fundación se hace en gran secreto. El 24 de agosto, cuatro jóvenes toman el hábito en la casita. Es San José, la casa que Cristo le había prometido, con san José y la Virgen guardando sus puertas. Un Carmelo pobre y en clausura, donde las monjas viven sin salir. Y esta vez, no como las ermitas de piedrecitas de su niñez, las paredes no se caen.
Enseguida Teresa tiene que volver a la Encarnación a dar cuentas ante el provincial. Él había retirado su permiso, y la casa se ha hecho con el del obispo de Ávila, don Álvaro de Mendoza. Y la ciudad entera se levanta contra la casa nueva. El Concejo, el gobierno de Ávila, reúne a los principales para cerrarla, y allí la defienden fray Pedro Ibáñez, el dominico sabio, y otros sacerdotes. La casa resiste. La ciudad seguirá pleiteando contra ella en los tribunales más de un año, pero las monjas no salen.
Y en la casita tosca, cuatro novicias empiezan a vivir lo que ella había soñado.
La casa tosca
A finales de 1562 Teresa vuelve a San José, y esta vez para quedarse. La casa es pobre y sin labrar, con unas ermitas pequeñas en la huerta. Ahora viste el sayal pardo, una lana áspera, igual que sus novicias. Allí vivirá los cinco años que llama los más descansados de su vida.
En aquellos años tranquilos, el demonio tampoco la deja en paz. Un día ve junto a ella una figurilla oscura y horrible, que gruñe como desesperada. Teresa se ríe y pide agua bendita. Echarse el agua encima no sirve de nada, pero en cuanto la echa hacia donde está él, se va al instante.
Una de sus monjas declaró años más tarde, cuando la Iglesia examinaba su santidad, que Teresa nunca quería caminar sin agua bendita. La llevaban en unas calabazas pequeñas colgadas de la cintura.
En esos años, un sacerdote le cuenta que lleva dos años y medio en un pecado grave que no se atreve a confesar. Teresa promete rezar por él y hacer rezar a otros, y le escribe por medio de una tercera persona. A la primera carta, él se confiesa.
Pero la tentación no lo suelta, y él le cuenta que lo atormenta como un infierno. Entonces Teresa pide a Dios que esa tentación caiga sobre ella, y pasa un mes de tormentos terribles hasta que él queda libre. Cuando la tentación vuelve a apretarle, lee otra vez las cartas de Teresa. Ella atribuye ese cambio a la oración de sus hermanas de San José.
Para esas pocas hermanas escribe entonces Camino de perfección, un libro que les enseña a orar. En él habla de la Iglesia partida en dos por los luteranos, y de su dolor por ella. Se angustia mucho y lo escribe así. «Como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal».
Y en 1567 llama a la puerta de San José el superior de toda la Orden.
Un fraile que quería ser cartujo
El visitante es el prior general de los carmelitas, el italiano Juan Bautista Rubeo. Conoce la casa pequeña, habla con la fundadora y, antes de seguir su viaje, la autoriza a fundar más casas como aquella. Unos meses después le da permiso también para dos casas de frailes.
La primera casa nueva se abre en agosto en Medina del Campo, una ciudad de mercaderes y ferias. Allí Teresa busca frailes que quieran vivir, como sus monjas, la Regla sin suavizar. El primero en ofrecerse es el prior del convento carmelita, fray Antonio de Heredia. Pero hace falta más.
Un día llega a Medina un fraile joven del Carmen, de veinticinco años. Se llama fray Juan de Santo Matía, estudia en Salamanca y ha venido a celebrar su primera misa. Teresa habla con él. Queda muy contenta con él, y se entera de que está a punto de dejar la Orden para hacerse cartujo. Los cartujos son monjes que viven en silencio, cada uno solo en su celda.
Hablan durante semanas. Ella le propone otra soledad, la de una vida pobre dentro de su propia Orden. Él da palabra de unirse, con una condición, que no se tarde mucho. Será san Juan de la Cruz.
Y no se tarda. En noviembre de 1568, en Duruelo, una casa de labranza perdida en el campo, fray Juan inaugura la primera casa de frailes descalzos. Así se llama a los de la reforma, que viven la Regla sin suavizar. Teresa no está allí, porque sigue por los caminos fundando nuevos Carmelos uno tras otro, y al final de su vida serán diecisiete.
Pocos años después le mandan volver a la Encarnación, la casa de la que salió, pero ahora como priora. Y allí se cruzan otra vez los caminos de los dos. Como confesor de aquellas monjas trae a fray Juan, uno de los descalzos, a quien tiene por muy santo.
Un día de noviembre de 1572, Teresa recibe la comunión de manos de fray Juan, y con ella la gracia que llama matrimonio espiritual, la unión más honda con Cristo. Años después escribirá que esa unión ocurre en lo más escondido del alma.
El libro ante los inquisidores
Mientras tanto, una de sus fundaciones se le ha torcido, la de Pastrana. Años atrás, doña Ana de Mendoza, la princesa de Éboli, una gran dama de la corte, había llamado a Teresa a su villa para que fundara allí un Carmelo. Al quedarse viuda, la propia princesa entra como monja en esa casa. Su presencia y sus intromisiones hacen imposible la vida de las monjas, y en 1574 abandonan Pastrana.
La princesa sale también del convento. Y en esos meses denuncia ante la Inquisición un libro de Teresa, el Libro de la Vida, el relato que había escrito para sus confesores, con sus visiones y los favores que recibía de Dios. Lo había terminado en 1565, en San José. A Teresa le habían quitado sus libros en 1559, y ahora es uno suyo el que va a leer la Inquisición.
Al año siguiente, el obispo de Ávila, don Álvaro de Mendoza, el que había amparado San José, entrega el manuscrito original, escrito por la propia mano de Teresa, a la Inquisición de Valladolid. De allí pasa al tribunal de Madrid, donde lo examina el dominico Domingo Báñez. En el verano de 1575 firma su informe, y es favorable. En él escribe que esa mujer, aunque se engañe en algo, por lo menos no es engañadora.
Aun así, el libro queda retenido durante años.
Solo se publicará después de su muerte.
En 1575, mientras el manuscrito espera en Madrid, Teresa llega a Sevilla a fundar. Viene enferma, con unas pocas monjas, y entre todas les queda una sola blanca, la moneda más pequeña de Castilla, y nada más que la ropa puesta.
La nueva denuncia sale de su propio convento. A finales de ese año, una novicia que había salido de aquel Carmelo denuncia a Teresa y a sus monjas ante la Inquisición. En 1576 los inquisidores de Sevilla las interrogan, a ella y a otras religiosas. Teresa responde con la misma claridad con que en Ávila se lo contó todo a Ibáñez. Escribe para un consultor del tribunal un relato de su vida interior.
Antes de que deje Sevilla, el padre Jerónimo Gracián, un joven fraile descalzo que ahora es su superior, y al que ella ha prometido obedecer, le impone una mortificación, un ejercicio de humildad. Él mismo contó que fue de las que más le costaron a ella. Le manda dejarse retratar, le ordena obedecer al pintor y se marcha.
El pintor es fray Juan de la Miseria, un fraile napolitano no muy diestro con el pincel. La riñe si se ríe o si mueve la cara. Le toma el rostro con las manos para volverlo hacia la luz. Así nace el único retrato que se le hizo en vida. Sobre la cabeza de Teresa pinta una paloma, y junto a ella una cinta con un verso de los salmos.
«Misericordias Domini in aeternum cantabo». Son palabras de un salmo, y quieren decir que cantará para siempre las misericordias del Señor. A un lado escribe su edad, sesenta y un años.
Se cuenta que, al ver el lienzo terminado, le dijo al fraile que la había pintado fea y legañosa.
Con ese rostro de sesenta y un años sale de Sevilla hacia Castilla, pero no a fundar. Su propia Orden le ha mandado recluirse en un convento.
Un castillo en la tormenta
Y quien lo manda, al final, es el general Rubeo. Hace unos años, él había escrito que ella hace más bien a la Orden que todos los frailes carmelitas de España. El general se siente desobedecido. En Andalucía se han abierto casas de frailes descalzos sin su permiso, con el de un visitador, el enviado que inspeccionaba la Orden.
En 1575 se reúne en Piacenza, en Italia, el capítulo general, la gran asamblea de los superiores carmelitas, y se vuelve contra los descalzos. De esa asamblea sale la orden de retenerla. Hasta le llega el rumor, falso, de que la han excomulgado, de que la han apartado de la comunión de la Iglesia.
Con su propia Orden en contra, Gracián y un confesor le mandan escribir. En junio de 1577, en Toledo, empieza el Castillo interior, que también se llama Las Moradas. En él, el alma es un castillo con siete moradas, siete estancias una dentro de otra. Es también un gusano de seda que se encierra en su capullo y sale mariposa. Y al final está la unión de los dos esposos, el alma y Cristo.
Lo termina en noviembre, de vuelta en San José de Ávila. Por su enseñanza, el papa Pablo VI la proclamará en 1970 la primera mujer Doctora de la Iglesia.
Pocos días después, una noche de diciembre, los frailes de la rama antigua de la Orden, contrarios a los descalzos, apresan a fray Juan de la Cruz, el fraile que ella había ganado en Medina, y lo encierran en la cárcel de su convento de Toledo. Al día siguiente, desde Ávila, Teresa escribe al rey Felipe II para defenderlo.
Y por si fuera poco, la víspera de Navidad se cae en su casa de San José y se disloca el brazo izquierdo. Con el brazo así y el amigo preso pasa todo el invierno. En mayo, una curandera se lo vuelve a poner en su sitio, con un dolor terrible.
En 1578 llega un nuevo representante del papa en España, el nuncio Felipe Sega. Quita a Gracián sus poderes y pone a los descalzos, frailes y monjas, bajo los superiores de la rama antigua de la Orden, la que se oponía a la reforma. Se cuenta que a ella la llamó fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz, una mujer que no se está quieta y no obedece.
Ese año le llegan dos noticias. Fray Juan ha logrado escapar de la cárcel de Toledo. Y en Roma ha muerto el general Rubeo. Teresa lo llora, aunque fue él quien mandó retenerla.
Al final, los que se ponen de parte de los descalzos son los consejeros del propio nuncio, y en 1580 el papa Gregorio XIII, con un breve, una carta del papa con fuerza de ley, les concede una provincia propia, el derecho a gobernarse por su cuenta.
Con esa provincia en la mano y el brazo todavía resentido, Teresa sale una vez más al camino, hacia el norte.
Hora es ya
Su último camino hacia el norte empieza con una despedida. A finales de 1581, en Ávila, se ve con fray Juan de la Cruz. Es la última vez. Se conocían desde Medina, catorce años atrás, cuando él todavía pensaba en irse a la cartuja.
En pleno invierno llega a Burgos con la salud gastada. El arzobispo le pone dificultades durante meses, y solo en abril de 1582 abre allí su último Carmelo. En mayo se despide de ella Gracián, que la ha acompañado en el viaje. Ese mismo mes crece el Arlanzón, el río de la ciudad, y el agua inunda la casa.
En el verano emprende la vuelta. Quiere llegar a Ávila para ver a su sobrina hacer sus votos. Pero fray Antonio de Heredia, el que en Medina se ofreció el primero para la reforma, le ordena cambiar de ruta hacia Alba de Tormes. Ella obedece y llega muy enferma. Pocos días después se acuesta para no levantarse más.
Entre las hojas de su breviario, el libro de rezos de cada día, lleva un poema breve, «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta».
La mujer que en la Encarnación oía el reloj y deseaba que se acabara la hora de oración ya no cuenta los minutos. Ahora espera otra hora.
El 3 de octubre le traen a la celda el viático, la última comunión de quien va a morir. Junto a su cama están Ana de San Bartolomé, la hermana que la cuida como enfermera, y el sacerdote que le da los últimos sacramentos. Al recibir a Cristo, Teresa exclama «Hora es ya, Esposo mío, de que nos veamos».
En sus últimas horas agoniza en paz. Quienes la velan la oyen repetir salmos, dando gracias a Dios y esperando de Cristo la salvación. Dice que muere hija de la Iglesia y pide perdón por sus pecados. Fray Antonio le ruega que no se muera tan pronto, y ella le contesta que ya no hace falta. «Ya yo, padre, no soy menester».
Muere hacia las nueve de la noche del 4 de octubre de 1582.
Esa misma noche entra en vigor el calendario nuevo del papa Gregorio XIII, que ajusta las fechas al curso del sol, y al jueves 4 de octubre le sigue el viernes 15. En una sola noche se saltan diez días. Ese viernes 15 la entierran en Alba, y en esa fecha la Iglesia entera celebra cada año su memoria.
La dejan en la casa donde murió.
Pero ella caminaba
Las monjas de Alba velan su tumba. En aquel Carmelo se guardó el recuerdo de que su cuerpo, enterrado sin embalsamar, siguió durante decenios como el primer día.
Ávila y Alba llegaron a disputárselo. En 1585 lo llevaron a San José de Ávila, y al año siguiente volvió a Alba. Junto a su sepulcro de Alba empezó a hablarse de favores alcanzados por su intercesión. Esa fama ayudó a abrir en Salamanca el examen de su vida, y en 1622 el papa Gregorio XV la proclamó santa.
Aquel cuerpo descansa hoy tras una reja, en una urna de plata que le regalaron los reyes de España en el siglo dieciocho. Para llegar hasta él hacen falta diez llaves.
En el verano de 2024 se usan todas. Primero, las carmelitas de la casa, un tribunal de la Iglesia y unos pocos religiosos trasladan los relicarios de su corazón y de su brazo, que también se guardan en Alba. Lo hacen cantando el Te Deum, el antiguo himno de acción de gracias. Con ellos está el padre Marco Chiesa, el fraile encargado de las causas de santidad de los carmelitas descalzos. Retiran la losa de mármol. Tres llaves abren la reja, tres el sepulcro y cuatro la urna.
Rezan ante el cuerpo. Después de más de cuatro siglos bajo tierra, ese cuerpo debería ser hoy solo huesos. El de Teresa está igual que en 1914, la última vez que se había abierto la urna. La piel está seca y no conserva color, y aun así los expertos ven casi claramente el rostro de Teresa. Ese es el cuerpo que tantos fieles llaman incorrupto.
Queda el pie. Su cuerpo no está entero en Alba. Como se hacía con los santos, algunas partes se repartieron como reliquias, y en Roma se conserva un pie. Ese pie también se estudió, y el padre Chiesa cuenta lo que vieron en él, unos crecimientos del hueso, espinas calcáreas que hacen casi imposible caminar. Y añade «Pero ella caminaba».
De niña salió de Ávila hacia tierra de moros, y tuvo que volverse. Después de la enfermedad volvió a andar empezando a gatas. Recorrió Castilla, La Mancha y Andalucía en carros y mulas. Y la monja que pasó casi veinte años mirando el reloj en la oración acabó andando con aquel amigo hasta el último día, sobre unos pies que apenas podían sostenerla.
¿Y si la hora que a nosotros se nos hace larga fuera también la hora de un amigo que espera?
Santa Teresa de Jesús, tú que oíste el reloj en la oración y no la dejaste, enséñanos a tratar a solas con quien sabemos que nos ama. Tú que volviste a andar empezando a gatas, acompaña a los enfermos que hoy no pueden levantarse. Tú que pediste a la Virgen que fuera tu madre, consuela a quienes lloran a los suyos. Alcánzanos tu confianza, para que nada nos turbe y nada nos espante. Y que al final del camino podamos esperar contigo la hora de ver al Esposo. Ruega por nosotros. Amén.





