Una niña de tres años se queda quieta en medio de la casa. Las voces de sus hermanos siguen alrededor, el fuego chasquea, alguien parte pan. Ella no se mueve. Tiene los ojos fijos en un punto de la pared donde no hay nada.
Y sin embargo, allí hay una luz.
Una luz tan grande que —lo dejaría escrito ella misma, muchos años después— le hizo temblar el alma. Nadie más la ve. Eso lo comprende ella antes que nadie: lo que se le muestra no se muestra a los demás, y aprende lo que aprenden los niños que no quieren ser distintos: a callar.
Es el Rin del siglo doce, un mundo de monasterios de piedra roja y de hombres que hablan en nombre de Dios. La hija menor de una familia de nobles pequeños se llama Hildegarda, y va a guardar ese secreto durante cuarenta años.
Cuarenta años. Hasta que una mujer enferma, de cuarenta y dos, con la espalda encorvada y una tablilla de cera sobre las rodillas, escuche una orden que ya no puede seguir desobedeciendo.
Lo que sale de esa tablilla no cabe en una vida. Tres libros de visiones. Setenta y siete cantos con su propia música. Libros sobre hierbas, piedras y remedios. Cartas a papas y a un emperador. Y una anciana de negro hablando en las catedrales del Rin, en un tiempo en que casi ninguna mujer tomaba la palabra.
Todo eso estaba ya en los ojos de la niña que mira la pared.
¿Qué pasa con un don cuando se esconde por miedo durante décadas? ¿Y qué hace falta para que el silencio, un día, se convierta en voz?
La luz que nadie ve
El humo de las cocinas sube recto sobre las viñas de Bermersheim y, de colina en colina, se responden las campanas de los monasterios. Corren los últimos años del siglo once en el corazón del Sacro Imperio. Los abades son señores de tierras y los obispos, príncipes. Los monjes cantan las horas desde antes del alba. Por el Rin suben y bajan peregrinos y mercaderes en barcas anchas y bajas. La Iglesia sale de una larga reforma, y en toda la región se levantan claustros nuevos de arenisca roja. La palabra pública, en ese mundo, pertenece a los hombres. Una mujer reza, hila, obedece y guarda silencio.
En ese mundo, hacia el año 1098 —la fecha más probable—, nace una criatura en una casa de piedra y madera cerca de Alzey. Es la décima hija de Hildeberto y Mechtilde, dueños de unas viñas y unos campos de cereal, nada más. La llevan a la pila de la iglesia del pueblo, como a todos los niños del valle: tres veces al agua fría, el óleo en la frente, un paño blanco al salir. Desde esa mañana pertenece a Cristo.
Crece enfermiza: menuda, pálida, con un cuerpo que parece siempre a punto de fallarle. Pero lo que la separa de sus hermanos no está en el cuerpo. Está en los ojos.
Tiene tres años cuando ocurre por primera vez. Ella misma lo escribiría, ya anciana, con una sobriedad que no admite adorno: algo la dejó temblando por dentro, sin que ella supiera nombrarlo. No fue un sueño. No fue un juego. Fue una claridad que llegó de golpe, sin que nadie la llamara, en mitad de un día cualquiera.
Y la luz volvió. Volvió otras veces, mientras los demás seguían con su trabajo y nadie levantaba la cabeza.
Una niña de tres años no tiene palabras para eso. Ni siquiera sabe qué es. Solo sabe que los demás no lo ven, y que lo que los demás no ven da miedo o da risa. Así que aprende algo que nadie le enseña a propósito: a mirar hacia dentro y no decir nada. A quedarse quieta cuando llega la luz, y a bajar los ojos cuando se va.
Quien haya callado de niño algo que le pasaba de verdad, por temor a que lo tomaran por mentira o por enfermedad, sabe lo que pesa ese silencio. Pesa más cuanto más se guarda. Y ella lo guardó.
Aquí está la herida de toda su vida, abierta antes de aprender a leer: un don recibido sin pedirlo, y el miedo de decirlo en voz alta. Una cosa tan grande, y una boca tan pequeña para contenerla. ¿Por qué una niña llevaría durante tanto tiempo, sola, un secreto así?
Sus padres, mientras tanto, piensan en el futuro de la décima hija. Y ese futuro tiene la forma de una puerta que se cierra.
La reclusa y el muro de piedra
El camino sube entre hayas y robles, junto a un río estrecho que se llama Nahe. Arriba, en la colina donde el Nahe recibe al Glan, hay muros de arenisca roja y una iglesia de torre corta: el monasterio de Disibodenberg. Hacia allí llevan a la niña, de unos ocho años, y no para una visita.
Sus padres la han ofrecido a Dios. Era costumbre entonces entregar un hijo al claustro como se entrega un diezmo, y una décima hija enfermiza no tenía otra dote mejor. En el monasterio la recibe no un monje, sino una mujer. Se llama Jutta de Sponheim, es noble como ella, y ha elegido una forma de vida poco común: la de reclusa. Una reclusa se encierra de por vida en una celda pegada al muro de una iglesia, con una sola ventana abierta hacia el altar, y desde allí reza, ayuna y no sale más.
Cómo fue exactamente aquel día, nadie lo apuntó en su momento. La memoria del lugar guarda la fecha del primero de noviembre de 1112, fiesta de Todos los Santos. Aquel día trajo un rito que helaba la sangre: los monjes cantaron por Jutta y por la niña el oficio de los difuntos. Agua bendita, cirios, el humo del incienso. Después, la puerta de la celda quedó sellada. Quien entraba allí moría al mundo para vivir junto a Cristo, a un muro de distancia del altar donde cada mañana se celebraba la Eucaristía.
Adentro, la celda era pequeña, fría, oscura. Una ventana hacia la iglesia, un ventanuco hacia fuera para recibir la comida. Y dos mujeres: una que había elegido aquello, y otra a la que aquello le había sido elegido.
Jutta le enseñó lo que tenía: el salterio entero, cantado en latín hasta quedarse en la memoria como se queda el sabor del pan. Le enseñó a levantarse de noche para la vigilia, a rezar las horas al ritmo de la campana, a coser, a callar. Por el muro llegaba, hora tras hora, el canto de los monjes, y la niña lo aprendió sin verlos, como se aprende el sonido del río viviendo a su orilla.
Jutta era dura consigo misma: ayunos largos, cilicio bajo la lana, noches sin dormir. La muchacha no la imitó nunca en eso; su cuerpo ya castigaba bastante. Pero en la penumbra de aquella celda ocurrió algo que ninguna otra persona había logrado hasta entonces: la joven confió a Jutta su secreto. Así lo recordaron después en el monasterio: le habló de la luz, y Jutta la escuchó y lo guardó consigo, como se guarda una cosa frágil.
Con el tiempo, cuando cumplió la edad, la joven cortó su cabello, recibió el velo negro y pronunció los votos de la Regla de san Benito. Otras muchachas de familias nobles fueron llegando, atraídas por la fama de la reclusa. La celda dejó de ser celda: se volvió un pequeño monasterio de mujeres, apoyado en el costado del monasterio de los hombres. Así pasaron los años, dos décadas largas dentro del mismo muro. Fuera, la piedra roja de Disibodenberg seguía creciendo; dentro, Hildegarda seguía viendo lo que nadie más veía, y seguía sin decirlo más que a una.
El 22 de diciembre de 1136, tres días antes de Navidad, Jutta de Sponheim murió. No era anciana; la austeridad de años la había gastado antes de tiempo. La mujer que la había recibido de niña, la única a la que había dicho la verdad, ya no estaba.
Las monjas tenían que elegir a una nueva maestra —una magistra, la que guía y gobierna a las demás—. Eligieron a Hildegarda. Tenía treinta y ocho años, la salud rota, y la costumbre de considerarse la más pequeña de todas.
La reclusa que había aprendido a esconderse debía ahora ponerse al frente. Y lo hizo, con la misma sobriedad con que hacía todo: cantó las horas, gobernó la casa, guardó su luz.
Durante cinco años más la guardó. Hasta que la luz dejó de esperar.
La orden de escribir
Ocurrió en 1141. Tenía cuarenta y dos años, gobernaba una casa pequeña de mujeres y estaba, como tantas veces, atenta a algo que los demás no podían ver. Pero aquella vez la luz no se quedó quieta.
Ella misma lo escribió, años después, al frente de su primer libro: «Una luz ígnea, de grandísimo resplandor, venida del cielo abierto, inundó todo mi cerebro y encendió mi corazón y mi pecho como una llama que no quema, sino que calienta.» Y dentro de aquella llama, una voz. Una orden de siete palabras en latín.
«Di y escribe lo que ves y oyes.»
No lo hizo.
Quien lleva cuarenta años callando no aprende a hablar en una tarde. Se sabía mujer, sin escuela, sin más latín que el de los salmos. Se llamaba a sí misma, por escrito, «pobre forma de mujer». ¿Quién iba a creer a una reclusa del Nahe si decía que el cielo le dictaba? ¿Y qué pasaría con ella si la creían?
Así que guardó también aquello. Y el cuerpo, que ya la castigaba desde niña, se volvió contra ella con una violencia nueva. Cayó enferma, postrada, sin fuerzas para levantarse del jergón, con los ojos doloridos y la cabeza ardiendo. Ella misma unió las dos cosas: la resistencia y el mal. Su cuerpo, durante toda su vida, iba a ser una brújula: enfermaba cuando se negaba y se levantaba cuando obedecía.
Había en Disibodenberg un monje llamado Volmar. Le había enseñado a leer mejor, a escribir, a poner en orden un latín aprendido de oído. Era su confesor. A él, por fin, le dijo lo que veía y lo que la voz le pedía. Después de Jutta, era la segunda persona en cuarenta años.
Volmar la creyó.
No la mandó callar, ni la trató de orgullosa. Fue a hablar con el abad Kuno, que gobernaba el monasterio, y el abad dio permiso para que la magistra escribiera. Aquel permiso de un abad de provincias abrió, visto hoy, la puerta a toda su obra escrita.
Entonces tomó la tablilla de cera. Un rectángulo de madera con una capa de cera oscura, un estilo de hueso para rayarla: el cuaderno de aquel tiempo. La mano le temblaba. Trazó las primeras palabras y, las fuerzas volvieron.
Empezar tarde una cosa que llevaba años dentro trae esa mezcla: el miedo intacto, y debajo del miedo, un alivio casi físico.
Así se organizó el trabajo de diez años: ella miraba, despierta, y rayaba en la cera lo que la luz le mostraba; Volmar, tras el tabique, lo pasaba a pergamino sin tocar el sentido, con Richardis de Stade ayudando con las tablillas. De ahí nació un libro enorme —veintiséis visiones: la montaña de Dios, el edificio de la salvación, la Iglesia de Jesucristo como una mujer inmensa, el fin de los tiempos.
Lo tituló Scivias, que abrevia una frase entera: conoce los caminos del Señor.
Pero un permiso de abad no bastaba del todo. Hacia 1146 escribió a la voz más escuchada de la Europa cristiana: Bernardo, abad de Claraval, el monje de blanco que en aquellos mismos meses predicaba la Segunda Cruzada por Francia y el Imperio. Le expuso lo que veía y le hizo la única pregunta que le importaba: si debía hablar o callar.
Bernardo le respondió, y le dedicó apenas unas líneas. Su respuesta fue breve y fue de aliento. Nada más, y nada menos. Para una reclusa que había pasado la vida temiendo la burla, aquellas líneas del abad más escuchado de la cristiandad pesaban como un muro de piedra.
Lo que vino después fue más grande que ella.
Entre noviembre de 1147 y febrero de 1148, el papa Eugenio III reunió un sínodo en Tréveris, la vieja ciudad romana del Mosela. Eugenio era también monje cisterciense, discípulo de Bernardo, y hasta él llegó la noticia de lo que se escribía en una celda del Nahe. Pidió ver las páginas. Y mandó que se leyeran en voz alta.
En una nave llena de obispos y abades, las visiones de la pobre forma de mujer sonaron ante el sucesor de Pedro. Ella no estaba allí; seguía en Disibodenberg, con la tablilla y el candil. Lo que estaba allí era su palabra, sola.
El papa le escribió después. Podía seguir escribiendo lo que recibiera.
Con aquella carta cambió la escala de su vida. La orden interior tenía ahora un aval exterior; el secreto de la niña era un libro que un papa había escuchado. Nadie sabía todavía qué haría una mujer de cincuenta años, con la salud rota, cuando la Iglesia le decía que hablara.
Ella lo supo pronto. Porque la luz, en cuanto tuvo permiso para hacerse palabra, empezó a pedir algo más difícil de escribir: piedra, agua, muros, un lugar propio donde vivir.
La fundadora y el riesgo del Rupertsberg
El lugar tenía nombre. Río abajo, donde el Nahe se vuelca en el Rin frente a la villa de Bingen, se alza una colina pedregosa que llamaban Rupertsberg. Allí, dijo ella ante el abad y los monjes, quería Dios a sus monjas.
Kuno la escuchó hasta el final. Después dijo que no.
No era un hombre malo. Defendía su casa. Las mujeres que habían llegado a Disibodenberg traían dotes, tierras, donaciones de familias nobles. Y desde que un papa había mandado leer las páginas de la magistra, el monasterio del Nahe se había vuelto un nombre que la gente pronunciaba. Si ella se iba, se iban con ella el dinero y el prestigio.
Ella insistió. Él volvió a negarse. Y entonces el cuerpo habló por ella.
Cayó enferma otra vez. Pero aquella vez no fue fiebre ni dolor de ojos. Se quedó rígida. No podía levantarse del jergón, ni volver la cabeza, ni alzar una mano. Días. Semanas. Las monjas la velaban; los monjes venían a verla y volvían callados. Kuno leyó aquel mal como una advertencia para ella: Dios la castigaba por querer irse. Ella lo leyó al revés: Dios la retenía inmóvil porque le impedían obedecer.
Dos lecturas de un mismo cuerpo tendido. Y sólo una de las dos se demostró.
Porque cuando el abad dio por fin su consentimiento al traslado, la mujer rígida se levantó. Las fuerzas volvieron, como habían vuelto nueve años antes al rayar la cera. En el valle del Nahe ya nadie discutió el asunto.
Hacia 1150 subieron la colina. Eran unas veinte mujeres, con la magistra al frente, y lo que encontraron arriba no era un monasterio. Era una cuesta de piedra y matorral batida por el viento del río, sin muros levantados, sin claustro, sin celdas. Y sin agua. En una colina sobre dos ríos, el agua estaba abajo, no arriba; para beber y lavar y cocinar había que bajar cada día con cántaros por la ladera.
Ella no aceptó vivir así. Hizo construir conducciones que subieran el agua hasta la casa: canales de madera y piedra, con la pendiente calculada. Era una obra de ingeniería en un sitio donde otros hubieran puesto un pozo y una resignación. La mujer que veía el cielo abierto sabía también dónde tenía que correr un caño.
Y con los años la colina se llenó de piedra clara. Una iglesia con dos torres, un claustro nuevo, dormitorio, enfermería, un cuarto de escritura con atriles. Abajo pasaban las barcas cargadas de vino y sal, y arriba, cuando las obras callaban, se oía cantar.
Cantaban de un modo que dio que hablar. Una superiora de Andernach, Tenxwind, le había escrito ya en los primeros años una carta cortés y afilada. Le reprochaba que en el Rupertsberg sólo se admitiera a mujeres nobles, y que en las grandes fiestas sus monjas fueran al coro con el cabello suelto bajo velos de seda blanca, con coronas y anillos, como novias. Hildegarda respondió sin retroceder. Sus monjas eran esposas de Cristo; y una esposa, el día de la boda, se adorna. La respuesta se copió y se leyó lejos, y sigue leyéndose.
En 1151 puso la última palabra al Scivias. Diez años entre la primera tablilla y la última hoja de pergamino. Aquel mismo año compuso algo poco común en su tiempo: un drama entero cantado, el Ordo Virtutum, el Orden de las Virtudes. Un alma sale al mundo, se cansa del camino, cae; el Diablo la reclama, y las Virtudes —humildad, castidad, obediencia, misericordia— la buscan, la levantan y la devuelven al camino. Todas cantan, menos el Diablo: él grita, discute, no canta. Para ella, el mal era exactamente eso: una voz sin armonía.
Es muy probable que aquel drama sonara por primera vez en la dedicación de la iglesia nueva, con las monjas de blanco cantando las Virtudes en la colina que tres años antes era matorral. La fe, allí, se había hecho piedra, agua y voz.
Y entonces se le fue la voz que más quería.
Richardis de Stade llevaba diez años a su lado. Había sostenido las tablillas del Scivias, sido sus ojos en los días de enfermedad, la discípula preferida de la magistra. Era también noble, hija de una marquesa sajona, hermana del arzobispo de Bremen. Y en 1151 su familia consiguió que fuera elegida abadesa de Bassum, un monasterio lejano, en el norte de Sajonia.
Hildegarda luchó por retenerla con una insistencia poco habitual en ella. Escribió al arzobispo Hartwig, el hermano; escribió a Roma. Cartas duras, cartas heridas, con una franqueza que hoy sorprende en una mujer que se llamaba pobre forma de mujer. No sirvió. Richardis partió.
Murió el 29 de octubre de 1152, en Bassum, al año siguiente de su partida. Se contó después, en la colina, que había pedido volver al Rupertsberg. Hildegarda volvió a escribir al arzobispo, esta vez sin pedir nada: había amado a aquella alma, decía, y Dios la había querido para sí. La fundadora que había doblado a un abad y levantado un monasterio no pudo con esto, y lo aceptó.
Le quedaba un último asunto pendiente con Disibodenberg. La colina era suya, pero no del todo: las dotes, las tierras, y la dependencia jurídica de la casa seguían en manos de los monjes del Nahe. En 1158, tras años de negociación, obtuvo de ellos el acta que reconocía la libertad del Rupertsberg y le devolvía sus bienes. La casa de mujeres dejaba de ser un anexo. Tenía sesenta años.
Ese mismo año empezó un libro nuevo, el Libro de los méritos de la vida, donde las virtudes y los vicios discuten cara a cara, como en el drama, pero en prosa. La obra se acumulaba: el Scivias, los cantos, el drama, las cartas, y ahora esto.
Una comunidad que había subido una cuesta sin agua, que había enterrado a su hija más querida y había tenido que pleitear por su propia libertad, florecía. Cantaba. Escribía. Y la mujer que la gobernaba, con la salud alternando entre semanas de fuego y semanas de cama, empezó a mirar más allá del río.
Porque el permiso que le había dado un papa no decía sólo escribir. Y a los sesenta años, cuando otras vidas se recogen, la suya se puso en camino.
La voz que cruza el Rin
La barca toca la orilla y dos monjas la ayudan a bajar. Le cuesta. Se apoya en ellas y en el báculo sobre los guijarros, y cuando por fin está de pie, el viento del río le arranca un mechón blanco de la toca. Sesenta años. La bolsa del cinturón lleva rollos de pergamino. Va a predicar.
En el siglo doce, una mujer no hablaba en una iglesia. No enseñaba al clero. No subía al presbiterio de una catedral para decir a los canónigos lo que Dios pensaba de ellos. Y sin embargo eso fue lo que hizo Hildegarda durante trece años, entre 1158 y 1171, en cuatro viajes que la llevaron por el Main, la Lorena, el bajo Rin y Suabia.
No se invitó sola. La llamaban. Obispos, abades, capítulos de canónigos le pedían que fuera, y ella iba, en barca cuando había río y a lomos de mula cuando no. Predicó en Maguncia, la sede de la que dependía. Siguió por el Main hasta Wurzburgo, hasta Bamberg, hasta el monasterio de Ebrach. En Pentecostés de 1160 habló en Tréveris, la ciudad donde un papa había mandado leer sus páginas doce años antes; ahora era ella quien leía. De allí pasó a Metz.
Hacia 1163 estaba en Colonia. La gran ciudad del Rin, con su puerto y sus mercaderes, tenía un problema que inquietaba a su clero: los cátaros. Eran predicadores que enseñaban que el mundo material era obra del mal, que el cuerpo era una cárcel y la Iglesia una farsa. Y se ganaban a la gente sencilla con una vida austera que los sacerdotes no siempre podían mostrar. Ella habló contra ellos: contra su desprecio del cuerpo y de la creación que Cristo había tomado al hacerse carne. Pero habló también contra el clero que, por su tibieza, había dejado crecer aquella hierba. Los clérigos de Colonia le pidieron después una copia escrita del sermón. Se la envió.
El último viaje la llevó a Suabia, lejos de sus ríos: Zwiefalten, Maulbronn, Hirsau, Kirchheim. En Kirchheim puso el sermón en boca de la Iglesia misma, como una mujer herida que se queja de sus propios hijos. Tenía setenta y tres años cuando volvió al Rupertsberg por última vez de un camino largo.
¿Con qué derecho hablaba? Ella misma lo explicó en sus cartas con una imagen que no era orgullo, sino su contrario: «Soy como una pluma que no tiene peso alguno y que el viento de Dios sostiene y lleva.» Con el tiempo, su nombre quedó unido a un sobrenombre que aún la acompaña: la Sibila del Rin, la que ve lo que otros no ven.
La pluma también llegó al emperador. Federico Barbarroja la recibió en su palacio de Ingelheim, a pocas millas río arriba, y hablaron. Él era el hombre más poderoso de Europa: cuarenta años, barba roja, un imperio que iba de la Borgoña a las ciudades de Italia. Ella era una monja anciana de negro, sin una joya encima.
Se escribieron después. Y las cartas de ella no fueron corteses. Desde 1159 la Iglesia estaba partida en dos: el papa Alejandro tercero, reconocido como legítimo, y frente a él antipapas que el emperador sostenía para doblegarlo. Hildegarda se lo reprochó por escrito, con una dureza que a un obispo le habría costado el cargo. Le advirtió sin rodeos que su política contra el papa legítimo ofendía a Dios, y que Dios lo veía. Y el emperador, en lugar de castigarla, firmó en 1163 un documento de protección imperial para el Rupertsberg. La colina sobre el Rin quedó bajo el amparo del hombre al que su abadesa acababa de regañar.
Entre viaje y viaje, en la colina, seguía llenando tablillas. En 1163 empezó el tercero y último de sus grandes libros de visión, el Libro de las obras divinas, y tardó diez años en terminarlo. Es el más ancho de todos. En su primera visión aparece una rueda inmensa, el universo entero como un círculo de fuego, agua, aire y luz, y en el centro exacto una figura humana con los brazos abiertos. No un ángel. Un hombre. La criatura en el corazón de la obra de Dios.
Y una voz que habla desde esa rueda dice quién es: «Yo soy la fuerza suprema e ígnea que enciende toda chispa viviente.»
Todo lo que ella había amado desde niña estaba ahí junto: las hierbas y las piedras de sus libros de remedios, los humores del cuerpo, el canto, la luz. Una sola fuerza recorriéndolo todo. Ella la llamaba verdor, viriditas, la savia de Dios en las cosas. El cuerpo no era una cárcel, como decían los cátaros de Colonia. Era el centro del dibujo.
El Rupertsberg se había quedado pequeño. Llegaban más mujeres de las que la colina podía recibir, y en 1165, con sesenta y siete años, compró en la otra orilla del río, en Eibingen, junto a Rüdesheim, un convento de canónigos agustinos que llevaba tiempo abandonado. Lo reparó. Lo llenó de monjas. Y siguió siendo abadesa de las dos casas.
Eso quería decir cruzar el Rin. Dos veces por semana, durante años, la anciana bajaba de la colina, subía a una barca y atravesaba el río ancho y frío hasta la orilla derecha, para gobernar Eibingen, y volvía. El agua que le había faltado en la cuesta del Rupertsberg era ahora el camino de su casa a su otra casa. Ocho siglos después, sus huesos descansan en esa orilla.
Hasta la colina llegaba de todo. Cartas, enfermos, madres con hijos, nobles con culpas. Y en 1169 llegó una mujer de la región de Colonia llamada Sigewize, a la que todos tenían por poseída. Sus parientes habían probado exorcismos, viajes, rezos. Nada.
Así lo recordaban después las monjas del Rupertsberg: la abadesa no la tocó, ni gritó, ni improvisó. Prescribió un rito. Siete sacerdotes, en representación de siete hombres justos de la Escritura —Abel, Noé, Abraham, Melquisedec, Jacob, Aarón— y el séptimo por Cristo mismo. Oración, ayuno, agua bendita, en un orden preciso, como una receta de su libro de remedios aplicada al alma. Y en Semana Santa de aquel año Sigewize quedó libre. Después no quiso irse. Tomó el hábito y se quedó en la colina, entre las mujeres que la habían visto llegar.
Fuera lo que fuera lo que la tenía presa, la fama de Hildegarda había pasado de las cartas al cuerpo de una mujer sanada.
En 1173 murió Volmar.
Treinta y dos años detrás del tabique. El monje que le había enseñado las letras cuando era una niña encerrada, el primero que la creyó, el que le había enseñado el latín y transcribió, visión tras visión, lo que ella le dictaba, el que subió con ella la cuesta del Rupertsberg y envejeció a su lado. Ella lo dijo con una palabra de carnicero, no de teóloga: lo sintió como una amputación. Le habían quitado una parte del cuerpo con el que escribía.
Al otro lado del tabique quedó un atril vacío. Ella tenía setenta y cinco años, un libro a medio terminar y cientos de cartas que responder.
Fue entonces cuando un monje flamenco, Guiberto de Gembloux, le escribió desde lejos con una pregunta que nadie le había hecho tan directamente. Quería saber cómo veía. Si en sueños. Si en éxtasis, fuera de sí. Si perdía el sentido. Y en 1175, con setenta y siete años, ella le contestó con la descripción más precisa que existe de lo que le pasaba desde los tres años.
Veía despierta. Con los ojos abiertos. Sin perder el conocimiento, sin caer, mientras hablaba o comía o caminaba. «La luz que veo no es espacial... y a la que veo dentro de esa luz la llamo la sombra de la luz viviente.» En esa luz, decía, aprendía lo que después escribía; y cuando la luz se retiraba, volvía a ser una mujer ignorante, como una niña. Setenta y cuatro años después de la primera vez, la anciana ponía por fin nombre al secreto de la casa de Bermersheim.
Dos años más tarde, en 1177, Guiberto dejó Flandes y se instaló en el Rupertsberg. Ocupó el atril vacío. Tenía setenta y nueve años la abadesa a la que iba a servir, y su voz seguía firme.
Una vida entera hecha de tablillas, cantos, muros, caños de agua, sermones y cartas a emperadores. Todo lo que había callado durante cuarenta años lo había dicho en los otros cuarenta, y la Iglesia entera lo había oído. Quedaba una prueba que no había pasado todavía. La habían escuchado un papa, un emperador, una catedral llena. ¿Qué haría aquella voz el día en que le mandaran, desde fuera, callar?
El silencio y la última luz
La respuesta llegó en 1178, y llegó por una tumba.
Un noble de la región había muerto y había sido enterrado en el cementerio del Rupertsberg, en tierra bendita, con las oraciones de la comunidad. Su nombre no se ha conservado. Lo que se sabe es que años antes había sido excomulgado, y que en Maguncia alguien lo recordaba. Los canónigos del cabildo escribieron a la abadesa: aquel hombre no podía yacer entre cristianos. Había que sacarlo de allí.
Ella dijo que no.
No por capricho ni por desafío. Sostenía, y lo sostuvo por escrito, que aquel hombre había muerto reconciliado con Cristo y con la Iglesia; que se había confesado, que había recibido los sacramentos antes de morir. Desenterrarlo sería tratar como enemigo a alguien a quien Dios ya había perdonado. Y para que nadie viniera a hacerlo a su espalda, fue al cementerio y borró ella misma toda huella de la sepultura, hasta que nadie pudiera decir dónde estaba el cuerpo.
Maguncia respondió con la sanción más dura que podía caer sobre un monasterio sin cerrarlo. El entredicho. La palabra suena antigua, pero lo que significaba era muy concreto: en el Rupertsberg no se celebraría la Eucaristía. Las monjas no comulgarían. Y no cantarían. Las horas del oficio, que desde la niñez de Hildegarda habían marcado cada día de su vida, debían rezarse ahora sin música. Recitadas, no más, en una iglesia a la que ya no bajaba ninguna voz cantada.
Y así pasaron los meses.
Había compuesto setenta y siete cantos para ese coro, y un drama entero para que sus monjas lo cantaran. Ahora la iglesia de la colina amanecía muda, los antifonarios cerrados sobre los atriles. Las monjas entraban, se sentaban, movían los labios. El salterio que ella había aprendido de niña, letra a letra, junto a Jutta, se recitaba como quien lee una lista.
El silencio, otra vez, no era ausencia: pesaba en cada rincón de la casa.
Ella no se resignó. Con ochenta años, muy encorvada, dictó una carta a los prelados de Maguncia. Es una de las páginas más hermosas que salieron de aquella colina, y apenas habla del noble muerto. Habla del canto. Les recuerda que los profetas compusieron salmos y los acompañaron con instrumentos para que la criatura, herida por el pecado, recuperara algo de la armonía perdida en el Edén. La música, dice, es un resto del paraíso guardado en la garganta del hombre. Y les advierte, con la franqueza de siempre, que quienes imponen silencio a la alabanza de Dios en la tierra corren el riesgo de no oír la alabanza de los ángeles en el cielo. Una anciana bajo castigo recordando a sus jueces a quién le estaban quitando la voz.
En marzo de 1179 el entredicho fue levantado. El coro volvió a cantar.
Le quedaban seis meses.
Se fue apagando despacio. La respiración se hizo corta, las manos ya no sostenían el estilo, y las monjas se turnaron junto a su cama. La mañana del 17 de septiembre de 1179, en la colina que había levantado piedra a piedra, Hildegarda murió. Tenía ochenta y un años. Había vivido cuarenta en silencio y cuarenta hablando, y los últimos meses, cantando otra vez.
La amortajaron con su hábito negro, el velo puesto, el cabello blanco y corto oculto como lo había llevado toda su vida. La enterraron en la iglesia del Rupertsberg, con el oficio de difuntos cantado: el mismo oficio con el que, según recordaba la casa, se despedía del mundo a quien entraba en una celda de reclusa.
Hay algo más que el Rupertsberg contó de generación en generación. Aquella misma madrugada, mientras el cuerpo yacía dentro, el cielo sobre el monasterio se encendió. Dos arcos de luz enormes se cruzaron sobre la meseta, y en el punto donde se cruzaban brillaba una cruz de tono rojizo. Las monjas salieron al patio. Gente del valle levantó la vista desde las orillas.
Desde los tres años había visto una luz que los demás no veían, y había tenido que explicarla en cartas, defenderla ante un papa, describírsela a un monje curioso para que la creyeran. La mañana en que murió, cuenta la colina, la luz estuvo sobre su casa, y esa vez no fue solo ella quien la vio.
El canto había vuelto al coro. La mujer que lo había compuesto ya no estaba allí para oírlo. ¿Qué queda de una vida así, cuando el canto vuelve y la luz se apaga? Quedaban sus libros, sus melodías, dos monasterios llenos de mujeres, cientos de cartas guardadas en cofres. Y quedaba una pregunta que la colina no podía responder todavía: qué haría la Iglesia con la voz de una monja que se había llamado a sí misma pobre forma de mujer.
Ocho siglos de memoria
Medio siglo después de su muerte, en 1233, unos comisarios se sentaron en Maguncia a escuchar testimonios. Los había enviado el papa Gregorio IX, que seis años antes había abierto un proceso para declararla santa. Ante la mesa fueron pasando gente del valle, monjas, clérigos, campesinos que habían subido a la colina con un enfermo y habían bajado con él sano. Contaron curaciones junto a su sepultura: treinta y tantas.
Y no bastó. Los comisarios encontraron los relatos mal fechados, los testigos imprecisos, los nombres incompletos. El expediente viajó a Roma con lagunas, y el proceso se fue apagando sin sentencia. La mujer que había escrito a papas y emperadores se quedó sin el papel que la declaraba santa.
La gente del Rin no esperó. Siguieron llamándola santa, rezándole, subiendo a su tumba en la colina. Los calendarios de la región inscribieron su nombre el 17 de septiembre como si Roma hubiera hablado. Un siglo más tarde, en 1326, el papa Juan XXII habría confirmado aquel culto. Así se ha repetido durante generaciones, aunque el documento nunca ha aparecido y los historiadores siguen discutiéndolo.
Luego llegó el fuego. En 1632, en plena Guerra de los Treinta Años, la memoria del lugar recuerda que tropas suecas arrasaron el Rupertsberg. La iglesia de dos torres, el claustro, las conducciones de agua que ella había mandado construir: todo quedó en ruinas sobre la desembocadura del Nahe. Las monjas huyeron con lo que pudieron salvar, y lo que salvaron fueron sus huesos. En 1641 los llevaron al otro lado del río, a Eibingen, a la segunda casa que ella había fundado, la que visitaba dos veces por semana en barca. Allí siguen.
El nombre quedó en las estampas, en las oraciones de las familias del Rheingau, en una fiesta de pueblo. Hasta que en 1857 los vecinos de Eibingen la sacaron por primera vez en procesión por sus calles. En recuerdo de aquella primera procesión levantaron una escultura de piedra caliza en el ángulo sur de la iglesia. Lo han repetido cada 17 de septiembre desde entonces.
Y el siglo XX, tan duro con tantas cosas, fue con ella extrañamente generoso. En 1905 se alzó sobre los viñedos una nueva abadía de Santa Hildegarda, heredera de Rupertsberg y de Eibingen, y volvieron a vivir en ella monjas benedictinas de hábito negro. En 1929 sus huesos recibieron un nuevo relicario: cobre dorado sobre alma de roble, con la forma de un pequeño edificio. En lo alto, unas esferas recuerdan las luces vistas en el cielo la mañana de su muerte. Un incendio dañó después la iglesia de peregrinación, que volvió a alzarse con vidrieras nuevas; el relicario regresó al presbiterio.
Entre 1927 y 1933 las monjas de Eibingen hicieron algo más paciente todavía. Copiaron a mano, miniatura por miniatura, el códice del Scivias que se había pintado en el Rupertsberg en tiempos de la abadesa. La mujer con la tablilla, las lenguas de fuego, Volmar tras el tabique: todo reproducido a pincel, con oro y azul. En 1945, en los bombardeos de Dresde, el códice original desapareció. Nunca se ha vuelto a ver. La imagen más antigua de Hildegarda escribiendo sobrevive hoy únicamente en la copia que aquellas monjas pintaron en silencio, sin saber lo que estaban salvando.
Faltaba Roma. Y Roma llegó, con ocho siglos de retraso, en un solo año. El 10 de mayo de 2012, Benedicto XVI extendió su culto a toda la Iglesia por lo que se llama canonización equivalente: reconocer como santa, sin abrir un nuevo proceso, a quien el pueblo cristiano ha venerado sin interrupción durante siglos. Era el modo más exacto de decir que la gente del Rin había tenido razón desde el principio. El 7 de octubre de ese mismo año, en San Pedro, la proclamó Doctora de la Iglesia Universal. Es el título reservado a los santos cuya enseñanza la Iglesia entera reconoce como guía segura para la fe. La carta apostólica hablaba de su santidad de vida y de la originalidad de su enseñanza. Con ella eran cuatro las mujeres que llevaban ese título en veinte siglos. La niña que callaba por miedo a no ser creída era ahora, con el sello de Pedro, maestra de la fe.
Hoy, cada 17 de septiembre, su relicario recorre las calles de Eibingen entre viñas, con peregrinos llegados de todo el mundo. Medio centenar de monjas cantan en la abadía las antífonas que ella compuso para su coro.
Caritas abundat in omnia: la caridad abunda en todas las cosas. Sus melodías se graban y se interpretan en salas de conciertos donde nadie reza. Sus descripciones de plantas y piedras se leen en universidades; su lengua inventada la estudian los filólogos.
¿Por qué sigue sonando esa voz, ocho siglos después, en el canto y en la oración de la Iglesia? Quizá porque nunca habló por cuenta propia. Habló porque la luz que ella llamaba viviente, la luz de Cristo, se lo ordenó, y calló cuarenta años antes de atreverse. Y la pregunta que una niña de tres años no supo responder en una casa de piedra sigue abierta: qué hacer con una luz recibida.
Reflejos de una voz pequeña
Una tablilla de cera sobre las rodillas. Un estilo de hueso detenido a mitad de una línea. Por el ventanuco entra la luz de la mañana y se posa en la cera, quieta, como quien espera. Durante cuarenta años esa tablilla estuvo vacía, y la luz siguió entrando cada día.
¿Qué pasa cuando alguien esconde lo que ha recibido, por miedo y por sentirse poca cosa? La respuesta la dio una mujer enferma de resistir que un día tomó el estilo y trazó la primera palabra. De ese trazo nacieron tres libros de visiones, unos setenta y siete cantos, un monasterio levantado en una colina sin agua. Y sermones en catedrales donde casi ninguna mujer tomaba la palabra. Ella creía que aquella luz venía de Cristo, y obedecer fue su manera de decirlo. El silencio de una niña se convirtió en la voz de una maestra.
También nosotros guardamos cosas. Una palabra que sabemos verdadera y no decimos en la reunión del lunes. Algo bueno que nos parece demasiado pequeño para molestar a nadie con ello. ¿Cuánto tiempo lo guardamos?
Ella lo guardó cuarenta años. Y después ya no volvió a callar.
En Eibingen, entre viñas, un relicario de cobre dorado descansa en el presbiterio, con la forma de una casa pequeña. Dentro están los huesos de la niña que se quedó quieta mirando una luz. Fuera, las monjas de la abadía siguen cantando las horas, y en su fiesta cantan las melodías que ella compuso para que su coro no olvidara el paraíso. La pobre forma de mujer, como ella misma se llamó, dejó su voz en manos de otras, y esa voz no ha dejado de sonar.
Santa Hildegarda de Bingen, Doctora de la Iglesia Universal, madre de los cantores y guía de los buscadores de luz, ruega por nosotros.





