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FIDES VIVA

5 de octubre

Santa Faustina Kowalska

La apóstol de la Divina Misericordia, su Diario y la Coronilla

  • Lectura de 29 min
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Capítulos
  1. 0:00El ángel que la despertaba
  2. 5:02La música del parque Venecia
  3. 8:05«Esta chica no es para nosotras»
  4. 11:54La noche y el yerno
  5. 14:27La celda de Płock
  6. 18:25El sacerdote que no quería creer
  7. 22:29La ventana de Ostra Brama
  8. 25:53La coronilla en Prądnik
  9. 29:39El cirio ardió todo el tiempo
  10. 33:15Diecinueve años en el altar
  11. 36:50El domingo que ella pidió
  12. 40:43Bajo la imagen

Al anochecer de un domingo de invierno, en una celda de Płock, en Polonia, una joven religiosa que despacha pan en una tienda ve a Jesús vestido de blanco. De su pecho salen dos rayos, uno rojo y otro pálido. Él le pide una imagen, con una firma de cuatro palabras.

Esa religiosa se llamaba Helena Kowalska. En el convento era Sor Faustina. No sabía pintar. Había ido a la escuela apenas tres años, y una de sus formadoras la había juzgado «nada prometedora».

Hoy esa imagen está en casas y parroquias de medio mundo. Muchos rezan la Coronilla que Jesús le enseñó, y la Iglesia entera celebra el Domingo de la Divina Misericordia, que ella pidió. Antes hubo un sacerdote que no la creyó y mandó examinar su salud mental. Hubo unos cuadernos que ella misma quemó. Y hubo un día en que Roma prohibió propagar aquella devoción tal como ella la había dejado. Aquel Domingo de la Divina Misericordia llegaría, pero ella ya no lo vería.

Las cuatro palabras eran estas: Jesús, en Ti confío.

¿Quién era esa muchacha a la que casi nadie creía, y cómo llegaron aquellas cuatro palabras a los labios de millones?

El ángel que la despertaba

Era de noche en una casa de planta baja de Głogowiec, lejos de los caminos, con una pequeña capilla delante. Una niña se levantó de la cama, se puso de rodillas y empezó a rezar. Era Helena, la tercera de los diez hijos de unos campesinos pobres. Había nacido en 1905 en aquella aldea del centro de Polonia, en una tierra que todavía gobernaba Rusia.

Su madre, que no sabía leer pero era quien enseñaba la fe a sus hijos, la encontró de rodillas y la regañó: «Te vas a volver loca de despertarte tanto y no dormir». La niña le contestó: «Mamita, será el ángel que me despierta para que no duerma y ore». Por la mañana era el padre quien cantaba las Horas de la Virgen. Si la madre le reñía porque iba a despertar a los niños, él contestaba: «Desde pequeños deben aprender que el más importante es Dios».

Esa oración de noche tenía un comienzo. A los siete años estaba en las vísperas de la parroquia, la oración de la tarde, con el Señor Jesús expuesto en la custodia sobre el altar. Allí sintió por primera vez el amor de Dios llenándole el pequeño corazón. Desde entonces se supo llamada.

A los nueve hizo la Primera Comunión y volvió sola a casa. Una vecina le preguntó por qué no iba con sus amigas. Ella respondió: «No voy sola, voy con el Señor Jesús».

La fe se le volvía gesto. Al pueblo llegaban pobres a pedir pan, y una vez se puso la ropa vieja de su madre y fue de casa en casa disfrazada de mendiga. Lo que juntó se lo entregó al párroco, para ellos. Leía en voz alta vidas de santos de la pequeña biblioteca de su padre. Al día siguiente, cuidando las reses, se las contaba a los otros niños: ermitaños que solo comían raíces, bayas y miel silvestre. Les decía que de mayor entraría en un convento. Ellos se reían.

Pero la pobreza marcaba el límite. La escuela llegó a Świnice, el pueblo de la parroquia, en 1917, cuando aquellas tierras quedaron libres del dominio ruso. Le duró poco: Helena tuvo que dejar su sitio a los niños más pequeños.

A los dieciséis se despidió por primera vez de los suyos. Se fue a servir a Aleksandrów, cerca de la ciudad de Łódź, a una casa con tienda y panadería y sin agua corriente. Acarreaba cubos, fregaba y servía la comida a los panaderos. Un día vio allí una gran claridad. Creyó que había fuego y gritó, justo cuando los panaderos metían el pan en el horno. No ardía nada.

Poco después volvió a Głogowiec y pidió permiso para entrar en un convento. Sus padres le dijeron que no. No querían ese destino para la mejor de sus hijas, y pusieron como excusa que no había dinero para la dote, lo que una candidata debía aportar al entrar.

Helena volvió a servir, ahora en Łódź, y la llamada se fue con ella.

La música del parque Venecia

En la casa de Łódź donde vivía había un hombre enfermo, metido en un hueco debajo de la escalera. Helena le bajaba comida. Se preocupó también por su alma y le buscó un sacerdote.

A los dieciocho años volvió a pedir a sus padres que la dejaran entrar en un convento. La respuesta fue la misma: no. Entonces se entregó a las diversiones de la vida. Las llamadas de la gracia no cesaban, y se le habían vuelto «un gran tormento». Intentaba apagarlas distrayéndose. Por eso, cuando la invitaron a una fiesta con baile en el parque Venecia, dijo que sí.

En cuanto empezó a bailar, aquel julio de 1924, vio de repente junto a ella a Jesús. Estaba martirizado, despojado de sus vestiduras, cubierto de heridas. Le habló:

«¿Hasta cuándo me harás sufrir, hasta cuándo me engañarás?».

Dijo a sus acompañantes que le dolía la cabeza y se marchó. La iglesia más cercana era la catedral de San Estanislao Kostka.

Dentro, ante el Santísimo, se postró en cruz, tendida en el suelo con los brazos abiertos. Pidió al Señor que le dijera qué tenía que hacer. La respuesta llegó clara, en el alma:

«Ve inmediatamente a Varsovia, allí entrarás en un convento».

No volvió a pedir permiso a sus padres. Recogió sus cosas y salió hacia la capital.

En Varsovia no conocía a nadie. Fue a pedir ayuda al párroco de la iglesia de Santiago. El sacerdote escribió unas líneas en una tarjeta: no conocía a la muchacha, pero deseaba que sirviera. Con esa tarjeta la mandó a Ostrówek, a casa de una familia que necesitaba ayuda con sus niños.

Allí la trataron como a una más de la casa. La señora oía a menudo su risa, sana y alegre, y su voz, porque cantaba mucho. Un canto volvía siempre a sus labios: «He de adorar a Jesús escondido en el Sacramento».

La señora pensó en casarla. Pero en la octava de Corpus, los ocho días que prolongan la fiesta del Cuerpo de Cristo, durante unas vísperas, Dios le llenó a Helena el alma de una luz interior. Con palabras sencillas, prometió a Jesús castidad para siempre. En aquel momento hizo «una celdita» en su corazón, y allí se encontraría siempre con Él.

La tarjeta del párroco le había dado un trabajo. Todavía le faltaba un convento. Desde Ostrówek tomaba el tren a Varsovia una y otra vez para llamar a las puertas de los conventos.

«Esta chica no es para nosotras»

En Varsovia, en cada convento donde llamaba, la despedían. Por fin llamó a la casa de una congregación en la calle Żytnia. Una de aquellas religiosas, que años después sería su formadora, resumiría su primera impresión sin rodeos: «Una delgaducha, enclenque, pobre, sin expresión, nada prometedora».

La superiora de la casa, la madre Micaela Moraczewska, quiso verla ella misma y bajó al locutorio, la sala donde las hermanas recibían a las visitas. Entreabrió la puerta. La muchacha estaba sentada y no la vio. Tenía un aspecto un tanto descuidado. La madre pensó: «¡eh, esta chica no es para nosotras!».

Cerró la puerta sin ruido. Iba a mandar a otra hermana con la negativa.

Pero se detuvo. Por amor al prójimo, tenía que hacerle al menos unas preguntas. Volvió y habló con ella. De cerca, a la madre la ganaron la sonrisa de la muchacha, su rostro, su sencillez y su sensatez, y pronto quiso aceptarla.

Helena recordaba un paso más de aquella mañana. La superiora la mandó a preguntar al «Dueño de la casa», y ella entendió que debía ir a la capilla. Allí, ante Jesús, oyó en el alma: «Te recibo, estás en mi Corazón». Volvió al locutorio y se lo repitió. La respuesta fue: «Si el Señor te ha recibido, yo también te recibo». La madre Micaela, en su propio recuerdo, solo conservó la puerta y las preguntas.

Quedaba la pobreza. Helena no tenía ajuar, la ropa y lo imprescindible que cada candidata debía llevar al entrar. Aquella congregación había nacido para acoger a muchachas que necesitaban rehacer su vida, y la casa no tenía fondos para dárselo. Acordaron que serviría un tiempo y traería lo ahorrado. La superiora se despidió y se olvidó del asunto.

Meses después, una jovencita se presentó en la portería con sesenta zlotys para que se los guardaran, y dijo que lo hacía por indicación de la superiora. Se lo escribieron a la madre Micaela, que estaba ya en Vilna, y tardó un rato en recordar de quién le hablaban. Al cabo de un año había varios cientos: lo bastante para el ajuar modesto de una monja.

El 1 de agosto de 1925, víspera de la fiesta de la Madre de Dios de los Ángeles, Helena cruzó el umbral de la clausura, la parte del convento reservada a las hermanas. Se sentía sumamente feliz, como si entrara «en la vida del paraíso».

Tres semanas después, algo le pesaba. En aquella casa había poco tiempo para rezar. Decidió pasar a un convento de regla más estricta.

Aquella noche, postrada en cruz en su celda, vio el rostro dolorido de Jesús. Le preguntó quién le había causado tanto dolor. Oyó:

«Tú me vas a herir dolorosamente si sales de este convento. Te llamé aquí y no a otro lugar y te tengo preparadas muchas gracias».

Pidió perdón. Y en el acto cambió su decisión.

Pero su salud empezó a flaquear, y la mandaron a reponerse a una casa de las afueras, en Skolimów.

La noche y el yerno

En aquella casa de Skolimów, con el cuerpo gastado por los ayunos, Helena preguntó a Jesús por quién debía rezar. La respuesta fue una visión del purgatorio. Era un lugar «nebuloso, lleno de fuego», donde el mayor tormento de las almas era la añoranza de Dios. En el fondo del alma oyó: «Mi misericordia no lo desea, pero la justicia lo exige».

Desde entonces rezó por aquellas almas con más fervor.

En el noviciado de Cracovia, en Łagiewniki, ya se llamaba Sor María Faustina. Al final del primer año, el alma se le oscureció. Empezaba su noche oscura, un tiempo en que la oración no da ningún consuelo y parece que Dios se ha ido. No entendía lo que leía. Sentía que su oración no agradaba a Dios. No se atrevía a levantar los ojos hacia Él: se postraba «como polvo a sus pies» y mendigaba su misericordia. Llegó a pensar con fuerza que Dios la había rechazado.

La maestra de novicias reconoció lo que le pasaba. Le pidió que dejara las oraciones largas y rezara jaculatorias, oraciones brevísimas que caben en un suspiro. Y le explicó que Dios es siempre Padre, también cuando pone a prueba.

También hubo días de luz. En la primavera de 1928, el día de sus primeros votos, sus padres cruzaron la puerta del convento. No la veían desde hacía años. La encontraron feliz, muy alegre. Al padre, que se había opuesto con todas sus fuerzas, la joven religiosa le dijo:

«Ves, papále… Éste, a quien he votado, es mi esposo y tu yerno».

Aquellas palabras y la alegría de su hija los convencieron. Aceptaron su vida de monja.

Después la enviaron de casa en casa, y en varias le tocó la cocina; en sus últimos años, también la portería. En Płock la pusieron detrás del mostrador de una tienda, a vender el pan que salía de la panadería. Un domingo de febrero de 1931, cuando ya anochecía, volvió a su celda.

La celda de Płock

En la penumbra estaba Jesús, vestido de blanco. Tenía la mano derecha levantada para bendecir. Con la izquierda tocaba la túnica sobre el pecho, y de allí brotaban dos rayos, uno rojo y otro pálido. Sor Faustina lo miraba en silencio. Después de un momento, Él habló:

«Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío».

Jesús quería que esa imagen se venerase primero en la capilla de las hermanas y luego en el mundo entero. Y le prometió que el alma que la venerase no perecería.

Ella se lo confió a su confesor. El sacerdote la escuchó y le dio una respuesta prudente: que pintara esa imagen en su alma. Pero al salir del confesionario, Faustina oyó: «Mi imagen ya está en tu alma». Jesús la quería pintada con el pincel y bendecida con solemnidad el primer domingo después de Pascua: «Ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia».

La superiora de la casa pidió una señal. La respuesta de Jesús fue sencilla: la señal serían las gracias que Él concediera por medio de esa imagen. Aquella señal habría que esperarla.

Faustina no sabía pintar. Pidió ayuda a otra hermana, que tampoco sabía y le ofreció escoger entre las muchas estampitas bonitas que guardaba. Faustina se lo agradeció y no aceptó ninguna.

Por los pasillos empezaron los murmullos. Unas le advertían de que vivía una ilusión. Otras la regañaban por histérica y exaltada. Ella decidió soportarlo todo en silencio. Las superioras la mandaban a los sacerdotes, y los sacerdotes, a las superioras.

Cuando Jesús volvió, ella le preguntó: «Jesús, ¿eres Tú mi Dios o eres un fantasma? Las superioras me dicen que existen ilusiones y toda clase de fantasmas». Si era su Señor, que la bendijera. Él hizo sobre ella una gran señal de la cruz, y ella se santiguó. Luego le pidió perdón por haberlo preguntado. Jesús le respondió que no le había disgustado. Al contrario: su confianza le agradaba mucho.

Esa confianza encontró un apoyo en Walendów, en noviembre de 1932, durante unos ejercicios espirituales, días enteros de silencio y oración. Un jesuita que enseñaba en Roma la escuchó en confesión. Le aseguró que lo suyo no era histeria, ni sueño, ni ilusión. Le pidió que fuera fiel a esas gracias y que rogara a Dios por un director que la guiara.

Llena de gozo, siguió a Varsovia para su tercera probación, el último tiempo de preparación antes de los votos para siempre. Allí habló con la madre general, la madre Micaela, aquella que años antes la había recibido en el locutorio de la calle Żytnia. Faustina le dijo que tenía que pintar un cuadro.

La madre general le contestó:

«Bien, hermana, le daré la pintura y el lienzo para que pinte».

Faustina se marchó apenada.

En Cracovia hizo sus votos perpetuos, y el obispo le entregó un anillo con el nombre de Jesús grabado. Después la destinaron a Vilna, a cuidar un jardín, ella que nunca había sido jardinera. Allí esperaba al sacerdote que el Señor le había prometido.

El sacerdote que no quería creer

En Vilna, una ciudad que hoy pertenece a Lituania, llegó la semana en que la comunidad se confesaba. Al ver al sacerdote, Sor Faustina reconoció con alegría un rostro que ya conocía de una visión, y oyó en el alma: «He aquí mi fiel siervo, él te ayudará a cumplir mi voluntad aquí en la tierra».

Era el padre Miguel Sopoćko, confesor de las hermanas y profesor en la universidad de la ciudad. Ella le dijo sin rodeos que lo conocía por una visión y que él debía ser su director. El sacerdote desdeñó el relato y decidió ponerla a prueba.

Con permiso de la superiora, Faustina buscó otro confesor. Al cabo de un tiempo volvió. Le dijo que podía soportar todo lo que hiciera falta, pero que ya no intentaría rehuirle.

Él temía ilusiones, alucinaciones. Pidió informes a la superiora de la casa, la madre Irene, y un examen de la salud física y mental de aquella hermana. La médica que la examinó dictaminó que gozaba de salud mental.

Aun así, el padre Sopoćko esperó. Rezó. Consultó a otros sacerdotes sin decirles de quién se trataba. Al fin decidió hacer pintar la imagen, y no escondió el motivo: «más llevado por la curiosidad de saber cómo sería la imagen que por la fe en la autenticidad de las visiones de Sor Faustina».

A comienzos de 1934, con la madre Irene, Faustina entró por primera vez en el taller de Eugenio Kazimirowski. Era un pintor que vivía en la misma casa que el padre y que aceptó el encargo por un pago. Para no llamar la atención de las hermanas, cada sábado iban a Misa al santuario de la Virgen de Ostra Brama y después pasaban por el taller. Allí ella indicaba cada detalle.

El padre hacía preguntas sobre los rayos, sobre la inscripción. Ella se las llevaba a Jesús en la oración y volvía con la respuesta: los rayos eran la Sangre y el Agua, y la mirada debía ser «igual a la mirada desde la cruz». Cuando el cuadro estaba casi terminado, la madre Irene y Faustina entraron a aprobarlo. Faustina no quedó contenta del todo, y el pintor se preocupó.

En junio el cuadro estuvo terminado. De vuelta en la capilla del convento, Faustina se quejó llorando: «¿Quién te pintará tan bello como Tú eres?».

La respuesta llegó: «No en la belleza del color, ni en la del pincel, está la grandeza de esta imagen, sino en mi gracia».

El padre Sopoćko no se atrevió a pedir al arzobispo permiso para colgarlo en una iglesia: le daba vergüenza explicar de dónde venía. Lo puso en un pasillo oscuro junto a la iglesia de San Miguel, donde era rector.

En esos meses él le había pedido otra obediencia: que escribiera lo que vivía. Ella empezó unos cuadernos. Un día, mientras el padre estaba fuera de Vilna, un supuesto ángel le sugirió quemarlos, y ella echó al fuego lo escrito. Sus hermanas de congregación lo tienen claro: aquel ángel venía disfrazado, y era un demonio.

Cuando el padre volvió, ella se lo contó todo. Él le pidió que lo escribiera de nuevo. Por eso el primer cuaderno mezcla lo que vivía en esos días con recuerdos de años atrás. Eran los cuadernos de su Diario, los mismos que un día, copiados con errores, llegarían a Roma.

El cuadro, entretanto, seguía en la penumbra de su pasillo.

La ventana de Ostra Brama

Sor Faustina le pedía al padre que colgara la imagen en la iglesia a toda costa, y él no se daba ninguna prisa. En la Semana Santa de 1935, ella le trajo un encargo preciso: Jesús insistía en que la imagen se expusiera tres días en Ostra Brama, el santuario de la Virgen. Allí iba a cerrarse el Jubileo de la Redención, los diecinueve siglos de la Pasión. La clausura caía justo el primer domingo después de Pascua, el mismo que Jesús le había pedido en Płock para la Fiesta de la Misericordia.

Poco después, el rector del santuario pidió al padre que predicara en esa clausura. Él aceptó con una condición: que colocaran la imagen de la Misericordia en la ventana del pórtico.

Y allí estuvo, del 26 al 28 de abril, en lo alto, visible desde muy lejos. Llamaba la atención de todos, más aún que la imagen de la Virgen. Faustina estaba entre la multitud.

Mientras el padre predicaba sobre la misericordia de Dios, Faustina vio que la imagen tomaba un aspecto vivo y que los rayos entraban en los corazones de la gente reunida. Oyó: «Tú eres testigo de mi misericordia».

Terminada la fiesta, el cuadro volvió a su rincón oscuro. Allí seguiría dos años más, hasta que lo bendijeron y lo colocaron, por fin, dentro de la iglesia de San Miguel.

En su celda de Vilna, un viernes de septiembre, Faustina vio a un ángel que venía a la tierra a castigar al mundo por sus pecados. Le suplicó que esperara, que el mundo haría penitencia. Pero ante la majestad de la Santísima Trinidad no se atrevió a repetir la súplica.

Solo cuando sintió en el alma la fuerza de la gracia empezó a rezar, con unas palabras que oía por dentro. Y mientras rezaba, vio que el ángel no podía cumplir el castigo.

A la mañana siguiente, cuando entró en la capilla, Jesús le enseñó a rezar esa oración con un rosario común. En las cuentas del Padrenuestro: «Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero». En las del Avemaría: «Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero». Era la Coronilla de la Divina Misericordia.

Faustina la llevó a la madre general, la madre Micaela, en una hoja escrita de su mano. La madre general no permitió rezarla en comunidad: por las noches las hermanas ya rezaban una coronilla parecida.

—Pero esta es otra —respondió Faustina.

La madre general guardó aquella hoja.

En marzo del año siguiente, Faustina dejó Vilna para siempre; su camino la llevaría de vuelta a Cracovia. La imagen seguía escondida en su pasillo.

La coronilla en Prądnik

Guiada por un ángel, Sor Faustina estuvo en los abismos del infierno. Fue a finales de octubre de 1936. La primera pena que vio, la que hace de aquel lugar un infierno, era la pérdida de Dios. Después, los remordimientos que no cesan y un fuego que penetra el alma sin aniquilarla. Habría muerto ante aquello si no la hubiera sostenido la omnipotencia de Dios. Una cosa se le quedó grabada: la mayor parte de las almas que estaban allí no creían que el infierno existiera.

Al volver en sí, no lograba recobrarse del espanto. Desde entonces rezó con más fervor por la conversión de los pecadores y pedía para ellos sin descanso la misericordia de Dios. Esa súplica iba a tener muy pronto un rostro.

Estaba enferma de tuberculosis, que ya le había alcanzado los pulmones y el aparato digestivo. En diciembre la ingresaron en Prądnik, el hospital de Cracovia para enfermos contagiosos. Al tercer día de estar allí encontró a una mujer que agonizaba, y oyó en el alma: «Reza la coronilla que te he enseñado».

Corrió a buscar el rosario, se arrodilló junto a la cama y rezó. De pronto la moribunda abrió los ojos, posó la mirada en Sor Faustina y murió con una serenidad misteriosa.

Casi dos años después, el padre Sopoćko llegó a Cracovia y fue a verla al hospital, donde estaba ingresada por segunda vez. La encontró preparada para morir. Hablaron de otra cosa que ella había querido hacer, además del cuadro y de la Fiesta: fundar una congregación nueva. Ahora la enferma le dijo que aquello había sido solo una ilusión, y que quizá todo lo demás también lo era. Él prometió preguntárselo a Jesús en la oración.

Al día siguiente, el padre celebró Misa por ella. En el altar le vino una idea: ella no había podido pintar el cuadro y solo había dado las indicaciones, y del mismo modo no podía fundar la congregación, solo orientarla. Cuando volvió, ella le dijo que no hacía falta hablar más, porque sabía que Jesús le había dado luz durante esa Misa. Después le pidió una cosa por encima de todas: que buscara que se instituyera la Fiesta de la Divina Misericordia el primer domingo después de Pascua.

El 2 de septiembre, el padre ya se había despedido y se había alejado unos pasos cuando recordó que le traía una docena de librillos impresos en Cracovia con las oraciones de ella: la novena, las letanías y la coronilla. Volvió enseguida y abrió la puerta. La vio sentada, completamente inmersa en la oración, «casi como flotando por encima de la cama», con la mirada fija en algo que él no veía y las pupilas un poco dilatadas.

Él quiso retirarse sin molestarla. Pero ella volvió en sí, lo vio y le pidió disculpas por no haberle oído llamar ni entrar. El padre le dio los librillos. Al despedirse, Sor Faustina le dijo:

—¡Nos veremos en el cielo!

A mediados de septiembre la llevaron de vuelta al convento de Łagiewniki, a una habitación aislada de la enfermería, a esperar la muerte.

El cirio ardió todo el tiempo

El padre Sopoćko entró en aquella habitación por última vez el 26 de septiembre. Sor Faustina ya no quiso, o ya no pudo, conversar con él. Le dio una sola razón: «Estoy ocupada con mi Padre Celestial».

Aquel mismo día le dijo algo más: que moriría diez días después.

Poco antes del final, la enferma se incorporó un poco en la cama y pidió a la superiora que se acercara. Era la madre Irene, la misma que en Vilna la acompañaba los sábados al taller del pintor. Inclinada sobre la almohada, la oyó susurrar: «El Señor quiere elevarme y hacerme santa».

La madre Irene no vio en ella orgullo, sino mucha seriedad: Faustina recibía aquella promesa como un regalo. La superiora salió de la habitación conmovida, sin darse cuenta todavía de lo que acababa de oír.

Su último día, a las cuatro de la tarde, el padre José Andrasz, su confesor de Cracovia, la escuchó en confesión y le dio la absolución por última vez.

A la hora de la cena sonó el timbre. Las hermanas se levantaron de la mesa del refectorio y subieron. Junto a la cama estaban el capellán y la madre Irene; las demás se quedaron en el pasillo. Rezaron juntas las oraciones por los moribundos. Entonces Sor Faustina le dijo a la superiora que todavía no iba a morir. Y las hermanas bajaron al oficio de la tarde.

Entre ellas iba Eufemia, una juniora, es decir, una hermana joven que aún no había hecho los votos para siempre. Había oído que Sor Faustina seguramente sería santa, y quería ver cómo mueren los santos. Pero no tenía permiso para velar a una enferma de tuberculosis. Así que pidió a las almas del purgatorio que la despertaran a tiempo, se acostó en su celda y se durmió enseguida.

De noche, una voz la despertó: «Si usted, hermana, quiere asistir a la muerte de Sor Faustina, levántese».

La hermana que la llamaba venía a buscar a la hermana Amelia y se había equivocado de celda. Eufemia fue a despertar a Amelia, se puso el hábito y la cofia, y las dos salieron corriendo hacia la enfermería.

En la cama, Sor Faustina abrió levemente los ojos. Sonrió un poco. Después inclinó la cabeza.

Amelia dijo que había muerto. Eufemia miró a su compañera sin decir nada. Siguieron rezando, y el cirio ardió todo el tiempo.

Eran las once menos cuarto de la noche del 5 de octubre de 1938. Sor Faustina tenía treinta y tres años.

Dos días después la enterraron en la tumba de la Congregación, al fondo del huerto del convento. No vino nadie de su familia: ella no había querido que gastaran en el viaje. Fuera de aquellas paredes, casi nadie sabía lo que dejaba: unos cuadernos, unas oraciones impresas en librillos y cuatro palabras al pie de una imagen.

Diecinueve años en el altar

Una fotografía del cuadro, de apenas un centímetro, cosida en la gorra de un soldado: así empezó a viajar la imagen sin ella, cuando llegó la guerra al año siguiente de su muerte. En Vilna, por encargo del padre Sopoćko, un fotógrafo hizo cerca de mil copias de distintos tamaños, y algunas acabaron también en uniformes. Metidas en paquetes, las estampas entraban en cárceles y en campos de concentración.

En Cracovia, un pintor que nunca la había conocido, Adolf Hyła, pintó la imagen como exvoto, una ofrenda de gratitud a Dios por la protección de su familia durante la guerra. Aquel lienzo no encajaba en el altar lateral de la capilla de Łagiewniki, y pintó otro con la medida exacta del hueco. Lo bendijo el padre Andrasz, el confesor que había absuelto a Faustina en su último día. Era el primer domingo después de Pascua de 1944: el domingo en que Jesús había pedido en Płock que su imagen fuera bendecida.

Con los años, el pintor cambiaría el paisaje del fondo por un suelo bajo los pies de Jesús y un verde oscuro.

En 1959 llegó de Roma un documento de la Santa Sede que prohibía difundir la devoción en las formas que ella había transmitido.

Su propia Congregación da una de las razones. En Roma se había leído una copia a máquina de sus cuadernos, llena de errores, traducida al italiano, que ni siquiera distinguía cuándo hablaba Jesús. El Diario aún no se había publicado.

El documento dejaba a cada sacerdote decidir si retiraba la imagen, y en muchas iglesias la quitaron. En la capilla de Łagiewniki, por decisión del arzobispo que entonces gobernaba Cracovia, siguió en su altar. Durante diecinueve años, aquel hueco a la medida no quedó vacío.

La historia de quien pediría revisar aquella prohibición empieza antes, en los años de la guerra, con un recuerdo que en Cracovia pasa de boca en boca. Un obrero joven de la fábrica Solvay, Karol Wojtyła, se desviaba al volver del trabajo para rezar ante la tumba de Sor Faustina, al fondo del huerto.

Años después, aquel obrero era el arzobispo de Cracovia. Hizo estudiar a fondo la vida y las virtudes de Sor Faustina, y pidió que se aclarara la prohibición.

En 1978, ante las consultas llegadas sobre todo de Polonia, el organismo del Vaticano que vela por la doctrina de la fe examinó muchos documentos originales que en 1959 no se conocían. Declaró que aquellas prohibiciones ya no obligaban.

Lo que ella vio y oyó es lo que la Iglesia llama una revelación privada: no añade nada a la fe que Cristo entregó, ayuda a vivirla.

Tres años más tarde, su Diario se publicó por primera vez, en polaco, y su propia voz pudo leerse sin los errores de aquella copia.

Ese mismo año, una mujer estadounidense que había dejado de creer llegó con su familia a Łagiewniki, ante su tumba.

El domingo que ella pidió

Bob Digan estaba seguro de que habría un milagro. Su mujer, Maureen, no lo estaba. Habían cruzado el océano desde Massachusetts con su hijo de ocho años, y ella había venido solo por su matrimonio. Desde la adolescencia sufría un linfedema, una hinchazón crónica que ya le había costado una pierna. Hacía años que no practicaba la fe porque creía que Dios no la quería.

Una noche, en el santuario, rezaba la Coronilla con un grupo. En su relato, oyó por dentro a Sor Faustina, que le ofrecía su ayuda si se la pedía. Maureen le contestó que, si la había arrastrado tan lejos de casa, hiciera algo ya. Y quedó curada, aunque al principio no quería admitirlo.

Los médicos que la examinaron no encontraron explicación. Roma aceptó su curación como el milagro que abría el camino a la beatificación, el paso anterior a la canonización. Juan Pablo II, el antiguo obrero de la fábrica Solvay, declaró beata a Sor Faustina en la plaza de San Pedro.

En Baltimore, el padre Ronald Pytel tenía el corazón dañado. Una válvula estrecha dejaba pasar apenas una quinta parte de la sangre. Lo operaron, pero su médico no le prometía una vida normal.

El 5 de octubre de 1995, aniversario de la muerte de Sor Faustina, su parroquia pasó el día rezando ante el Santísimo expuesto. Por la tarde, un grupo pidió su curación por intercesión de la beata, y él veneró sus reliquias. Esa noche, al respirar hondo, sintió junto al corazón un dolor que nunca había tenido. La medicina empezó a sentarle mal.

Semanas más tarde, su cardiólogo, el doctor Fortuin, miró el ecocardiograma e hizo pasar al sacerdote a su despacho. Se quedó mirándolo en silencio un largo rato. Luego le dijo que alguien había intercedido por él, y añadió: «Tu corazón está sano». El sacerdote, asombrado, preguntó: «¿Qué?». Y el médico lo repitió: «Tu corazón está sano».

Al salir, el padre Pytel llamó a su mejor amigo, otro sacerdote, que le contestó: «Es el milagro que pedíamos». Médicos y teólogos lo estudiaron durante años, y esa curación fue el milagro de la canonización. La señal pedida en Płock, que hubo que esperar, llegaba así: gracias que los médicos no sabían explicar.

El 30 de abril de 2000 era el segundo domingo de Pascua, es decir, el primer domingo después de Pascua: el que Jesús le había pedido en una celda de Płock y el que ella no llegó a ver.

En la plaza de San Pedro, Juan Pablo II la inscribió entre los santos. Anunció que, desde ese día y en toda la Iglesia, aquel domingo se llamaría Domingo de la Divina Misericordia.

Al final se dirigió a ella y rezó con ella su oración, en la lengua de los dos: «Jezu, ufam tobie». Jesús, en Ti confío.

Aquel domingo es el que ella pidió para Jesús. El de ella, en el calendario de toda la Iglesia, es otro: el 5 de octubre, el día en que murió en Łagiewniki.

Bajo la imagen

Lejos de la plaza, en la capilla del convento de Łagiewniki, la imagen que pintó un hombre que nunca la conoció preside el altar. A sus pies siguen las cuatro palabras.

Bajo la mesa de ese altar hay un pequeño féretro de mármol blanco. Dentro, una caja de madera de sándalo guarda los restos de santa Faustina, que nadie ve. A las tres de la tarde, la hora en que Jesús agonizaba en la cruz, la gente se arrodilla ante esa imagen y reza la Coronilla, cuenta a cuenta. Es la Hora de la Misericordia, la oración que Jesús le pidió para esa hora en este mismo convento.

El primer cuadro, el que la hizo llorar cuando lo vio terminado y que pasó años en un pasillo oscuro, está hoy en Vilna, en la iglesia de la Santísima Trinidad.

A la religiosa que vendía pan la enterraron al fondo del huerto. Ahora descansa bajo la imagen que no sabía pintar. No vio el domingo que pidió y casi nadie le creyó. Confió y obedeció, también a oscuras, y otros llevaron la imagen, la oración y el domingo a toda la Iglesia.

La confianza de una muchacha pobre cabe hoy en cuatro palabras, y cada día hay quien las reza ante su tumba.

Santa Faustina, apóstol de la Divina Misericordia, tú que vendiste pan, cuidaste un jardín y abriste la portería sin que nadie supiera lo que el Señor te confiaba, y que en la duda seguiste obedeciendo hasta el final: alcánzanos de Jesús Misericordioso la gracia de confiar en Él cuando no entendemos, de tener misericordia con quien sufre a nuestro lado y de no dejar solo a nadie en la hora de su muerte, para que también nosotros sepamos decirle con tu misma sencillez: Jesús, en Ti confío. Santa Faustina, ruega por nosotros. Amén.

Fuentes

Fuentes primarias (1934–1948)

  • Miguel Sopoćko, Mis recuerdos de santa Faustina (1948) santafaustina.es
  • Michaela Moraczewska, Recuerdo de la superiora general (1948), trad. X. Bordas Cornet santafaustina.es
  • Ronald Pytel, «Ron, ¿quién intercedió por ti?» (2000) santafaustina.es

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia, Biografía (2015) santafaustina.es
  • Congregación ISMM, Calendario de la vida de Sor Faustina santafaustina.es
  • Congregación ISMM, Calendario (historia de la Congregación) (2015) santafaustina.es
  • Elżbieta Siepak ISMM, Imagen: la historia (2015) santafaustina.es
  • Elżbieta Siepak ISMM, La Fiesta de la Misericordia (2015) santafaustina.es
  • Congregación ISMM, Coronilla a la Divina Misericordia (2015) santafaustina.es
  • Elżbieta Siepak ISMM, El Diario (2015) santafaustina.es
  • Congregación ISMM, Padre Miguel Sopoćko santafaustina.es
  • Elżbieta Siepak ISMM, Grób św. Siostry Faustyny (2025) — Sanktuarium Bożego Miłosierdzia Kraków-Łagiewniki

Documentos eclesiásticos y estudios

  • Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, María Faustina Kowalska 1905-1938 (2000) — vatican.va
  • Juan Pablo II, Homilía de canonización de Sor Faustina Kowalska (2000) — vatican.va
  • Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación (1978), AAS 70 (1978) 350 — vatican.va
  • Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Decreto Prot. N. 229/20 (2020) — vatican.va
  • Catecismo de la Iglesia Católica, n. 67 (1992) — vatican.va
  • George W. Kosicki y David C. Came, Faustina: Saint for the Third Millennium (2010) — Marian Press / thedivinemercy.org
  • Zoe Romanowsky, 42 years after a miracle at St. Faustina's shrine (2023) — EWTN News

Contexto contemporáneo

  • Archidiócesis de Toledo, La parroquia de Yepes recibe una reliquia de santa Faustina Kowalska (2024) — architoledo.org
  • Diocese de Campina Grande, Relíquia de Santa Faustina é entronizada no Santuário da Divina Misericórdia (2022) — diocesecg.org
  • Diocèse de Montauban, Sanctuaire de la Miséricorde divine — diocese-montauban.fr
  • National Shrine of The Divine Mercy, Tour of the Shrine Church — shrineofdivinemercy.org

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jueves, 29 de octubre · Evangelio

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En aquel tiempo, ese mismo día, se acercaron algunos fariseos y le dijeron a Jesús: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”. Él les respondió: “Vayan y díganle a ese zorro: ‘Mira, expulso demonios y realizo…