Llevaba casi siempre las manos cubiertas. En ellas, y también en los pies y en el costado, tenía unas llagas. Al enviado de Roma que vino a interrogarlo, él mismo le contó cuándo habían aparecido: una mañana de 1918, al terminar la Misa, mientras daba gracias a Dios. Sin embargo, la gente que subía hasta su convento del sur de Italia buscaba sobre todo a un sacerdote. Durante más de cincuenta años, san Pío de Pietrelcina, el Padre Pío, fraile capuchino de San Giovanni Rotondo, celebró la Eucaristía y escuchó conciencias hora tras hora. Perdonaba en nombre de Cristo. Ya anciano, vio abrir sus puertas un hospital nacido de su empeño, la Casa del Alivio del Sufrimiento. Todavía hoy recibe enfermos, y la Santa Sede cuida directamente de su continuidad.
De Pietrelcina al Gargano
A finales del siglo XIX, el Sannio, la comarca del interior en torno a Benevento, vivía de la tierra. En Piana Romana, en el campo de Pietrelcina, los Forgione cultivaban unas parcelas propias. Eran pequeños propietarios, gente que dependía de lo que daba cada cosecha. Allí, en la primavera de 1887, Grazio Forgione y María Giuseppa De Nunzio tuvieron un hijo. Lo bautizaron al día siguiente de nacer con el nombre de Francesco.
El niño creció entre esos campos y el trabajo de la casa. Por el pueblo pasaba entonces fray Camillo, un capuchino que pedía limosna para su convento. Los capuchinos pertenecen a la gran familia de san Francisco de Asís. Viven de lo que reciben, visten un hábito marrón con un cordón a la cintura y ordenan la vida entera en torno a la oración, la pobreza y la obediencia. La figura de aquel limosnero quedó unida para siempre a los comienzos de la vocación del muchacho.
Entrar en la orden exigía antes una preparación escolar, y esa preparación costaba dinero. La familia hizo el esfuerzo: Grazio emigró al otro lado del océano para pagar los estudios de su hijo.
El día de la Epifanía de 1903, con quince años, Francesco cruzó la puerta del noviciado capuchino de Morcone. A finales de aquel mismo mes vistió el hábito y dejó atrás su nombre de bautismo. Desde entonces se llamaría fray Pío.
El noviciado era un año de prueba, con un horario estricto que no dejaba espacio a la comodidad. Durante aquel tiempo, su madre fue a verlo a Morcone. Al terminar el año, el joven emitió sus primeros votos. En enero de 1907 hizo la profesión solemne, con la que se entregaba a la orden de por vida.
Siguieron los años de estudio. En agosto de 1910 lo ordenaron sacerdote en Benevento, y desde entonces pudo celebrar la Misa. Pero su cuerpo no acompañaba. Tenía una salud poco robusta desde la juventud, y eso le impidió vivir en comunidad, como corresponde a un fraile. Volvió a Pietrelcina, a la casa de su familia. Allí pasaría casi seis años.
En esos años de casa y enfermedad escribía cartas de dirección espiritual. En una de ellas, fechada en la fiesta de la Asunción de 1914, habló de Cristo como del divino Guía. Y dejó escrito:
«Para alcanzar nuestro fin último es necesario seguir al divino Guía, que quiere conducir al alma elegida sólo a través del camino recorrido por él, es decir, por el de la abnegación y el de la cruz».
Lo firmaba un sacerdote joven y enfermo, desde el pueblo de sus padres, lejos del convento que le correspondía.
En septiembre de 1916, sus superiores lo destinaron a San Giovanni Rotondo, un pueblo del Gargano, el promontorio de Apulia que se asoma al Adriático. Los capuchinos tenían allí un convento pequeño, dedicado a Santa María de las Gracias. Fray Pío tenía veintinueve años. Ya no se iría de aquel lugar, porque allí viviría hasta su muerte.
La enfermedad lo había retenido en casa, y ahora la obediencia lo llevaba a un monte apartado del sur. En aquel convento, lo que había escrito sobre la cruz no iba a quedarse en el papel de una carta.
En el coro, después de la Misa
El año 1918 encontró a Italia todavía en guerra. La movilización alcanzó también a los conventos: muchos capuchinos fueron reclutados para el frente, y otros cayeron enfermos. Después llegó la gripe española. En sus cartas, fray Pío contó lo que quedaba de la comunidad de San Giovanni Rotondo: solo tres frailes.
Tres hombres para sostener la vida de toda una casa religiosa. Tenían que rezar juntos a las horas fijadas, celebrar la Misa y mantener abierta la iglesia para la gente del pueblo. La epidemia no se detuvo en la puerta del convento. Lo alcanzó a él, y alcanzó también a personas cercanas, tanto en San Giovanni Rotondo como en Pietrelcina.
En ese convento casi vacío, la mañana del 20 de septiembre, el fraile celebró la Misa. Tenía treinta y un años. Al terminar, se quedó en el coro, el lugar de la iglesia donde los frailes se reúnen para rezar juntos. Era el tiempo de la acción de gracias: el rato de silencio que el sacerdote dedica a Dios después de haber recibido la comunión.
Lo que sucedió en aquellos minutos pertenece a su propio testimonio. Lo contó tres años más tarde, cuando un obispo enviado por la Santa Sede le pidió que explicara, punto por punto, cómo había empezado todo. Esta fue su respuesta:
«El 20 de septiembre de 1918, luego de la celebración de la Misa mientras estaba en el debido agradecimiento en el Coro, repentinamente fui preso de un temblor… Oí esta voz: “te asocio a mi Pasión”… y vi estos signos de los que salía sangre. No los tenía antes».
Un temblor repentino. Una voz. Y después, en su propio cuerpo, unas heridas que sangraban y que antes no estaban.
En esa misma declaración dijo quién le había hablado. Había visto al Señor en actitud de crucificado. Las marcas estaban en las manos, en los pies y en el costado: los lugares de las heridas de Jesús en la cruz.
Su relato sigue un orden sencillo. Primero el altar, luego la oración, luego la voz, y solo al final la sangre. Las heridas llegan como consecuencia de unas palabras, y esas palabras usan un verbo de compañía: asociar. Asociar a alguien es hacerlo partícipe de lo propio. Lo que Cristo ponía en común con aquel fraile era su Pasión.
Años atrás, enfermo en la casa de sus padres, había escrito que a Dios se llega por el camino de la abnegación y de la cruz. En el coro de San Giovanni Rotondo, esa cruz quedó marcada en su carne. Ocurrió en un año de frentes y de fiebre, en una casa sostenida por tres frailes, durante el rato más callado de la mañana.
Unas heridas así no podían quedarse entre los muros de un convento. Tres años más tarde, el silencio del coro daría paso a preguntas precisas y a una mirada de la Iglesia que no quería precipitarse.
Examen, silencio y obediencia
El 14 de junio de 1921 llegó al convento Carlo Raffaello Rossi, un obispo italiano que años después sería cardenal. Lo enviaba el Santo Oficio, la oficina de la Santa Sede encargada de custodiar la fe y de examinar casos que la tocaban de cerca. Se quedó ocho días.
No venía a celebrar nada. Venía a preguntar. Sentado frente al fraile, le formuló ciento cuarenta y dos preguntas, una tras otra, y escuchó cada respuesta. Fray Pío tenía entonces treinta y cuatro años y contestó a todas.
Después el visitador pidió ver las heridas, y las examinó con sus propios ojos. Anotó lo que tenía delante. La llaga del costado había tomado forma de triángulo. Las de los pies y el costado mostraban un brillo de reflejos cambiantes, como cuando la luz cae sobre una superficie húmeda.
Al terminar, puso por escrito su juicio:
«Los estigmas en cuestión no son ni obra del demonio ni un grueso engaño, ni un fraude…»
Tampoco, añadió, eran efecto de la sugestión. Era la conclusión de un hombre que había mirado y preguntado durante ocho días. No proclamaba un milagro. Cerraba, una a una, las puertas de las explicaciones fáciles.
En aquellas páginas quedó también el retrato del hombre. Rossi anotó que celebraba la Misa con extraordinaria devoción. Y dejó una cifra: cada día, el fraile pasaba entre diez y doce horas en el confesonario.
Diez o doce horas escuchando a otros. Mientras Roma estudiaba sus manos, él las tenía ocupadas en absolver.
El examen no clausuró las preguntas. En 1931, la Santa Sede dispuso restricciones a su ministerio. Se le prohibió confesar y celebrar la Misa en público. El sacerdote que pasaba el día recibiendo penitentes vio vaciarse el lugar donde los esperaba.
Aceptó la disposición. Desde 1933, poco a poco, aquellas facultades le fueron devueltas. Fue una recuperación lenta, paso a paso, y cada paso lo devolvía al confesonario.
Aquellos no fueron los únicos años difíciles. En otros momentos de su vida soportó nuevas investigaciones y nuevas limitaciones de su servicio sacerdotal. Hubo también acusaciones injustas, y hubo calumnias.
Frente a todo ello, calló. Confió su causa al juicio de Dios, al de quienes dirigían su alma y al de su propia conciencia. Recibió cada restricción con humildad, como quien obedece a la Iglesia que ama.
Hay un dolor que se ve y otro que no tiene testigos. Las llagas pertenecían al primero. La sospecha, el silencio y la espera pertenecían al segundo. En ese dolor escondido seguía tomando forma la cruz que había aceptado llevar detrás de Cristo.
Lo que se dijera de él no dependía de él. Sí dependía de él lo que hacía cada vez que le abrían la puerta: volvía a sentarse en el confesonario.
Y cuando esas puertas se abrían, las multitudes no llegaban solo para mirar unas manos cubiertas. Venían a poner delante de él su propia conciencia.
El tiempo del confesonario
Lo buscaban en la iglesia, en la sacristía y en los pasillos del convento. Unos pedían confesarse. Otros querían consejo para el camino de su alma, eso que la Iglesia llama dirección espiritual. Muchos venían sencillamente a su Misa. Durante más de cincuenta años, San Giovanni Rotondo fue el lugar donde la gente sabía que podía encontrarlo.
Su jornada tenía un centro, y ese centro era el altar. La Misa era la cumbre de su día: el momento en que, como sacerdote, hacía presente el sacrificio de Cristo en la cruz. Aquel hombre que llevaba en el cuerpo las heridas de la Pasión se inclinaba cada mañana sobre el mismo misterio que lo había marcado.
Del altar pasaba al confesonario, y allí el tiempo cambiaba de medida. Ya no se contaba en horas del reloj, sino en personas que se arrodillaban una detrás de otra al otro lado de la rejilla. Cada una traía su vida. Cada una buscaba el perdón de Cristo, que llegaba por la voz de un fraile.
Para miles de personas era el fraile de las llagas. Para quien se sentaba frente a él, era un confesor con voz, con paciencia y con una palabra dicha solo para esa persona.
Juan Pablo II vería en ese ministerio el rasgo distintivo de su apostolado. Recordó también que a veces trataba a los peregrinos con una aparente dureza, y que esos mismos peregrinos volvían después a buscar el perdón del sacramento.
Ese acompañamiento no terminaba al salir de la iglesia. Gino Lenti, uno de los muchos que acudieron a él, atravesó un tiempo de crisis personal y lo recordó siempre. Hubo un intercambio de cartas con el fraile. Hubo visitas. El suyo no fue un encuentro de una sola tarde, sino una cercanía sostenida mientras duraba la prueba.
Así era su paternidad espiritual: una respuesta escrita, una puerta que volvía a abrirse, un nombre que no se perdía entre la multitud.
De sí mismo hablaba con palabras muy llanas.
«Quiero ser sólo un pobre fraile que reza».
Y explicaba la oración con una imagen que cualquiera podía entender: «En los libros buscamos a Dios, en la oración lo encontramos. La oración es la llave que abre el corazón de Dios».
El rosario formaba parte de su oración de cada día. Las cuentas pasaban entre unas manos cubiertas, y aquellas manos, que tanto se habían examinado, eran las de un hombre que rezaba.
Esa confianza en la oración no se quedó entre los muros del convento. De ella nació una obra que él mismo fundó: los Grupos de Oración. Eran reuniones de fieles que se juntaban para rezar, sin más programa que la oración hecha con confianza. Fueron extendiéndose poco a poco, más allá de San Giovanni Rotondo, llevando a otros lugares aquella misma certeza de que rezar abre el corazón de Dios.
Alrededor del confesonario se formó también otra memoria, la que los capuchinos y los fieles han guardado con cariño. Muchos contaban de él que leía en las conciencias de sus penitentes con una claridad singular. Otros hablaban de un perfume que percibían cerca de su persona, sin saber de dónde venía.
Esa memoria acompaña su ministerio, pero no ocupa su lugar. Lo que devolvía a tantos hombres y mujeres a Dios era el sacramento celebrado con fe, la Misa de cada mañana, las horas de escucha y el rosario entre las manos.
Y alrededor de aquella vida de todos los días, hecha de altar, rejilla y oración, fueron creciendo otros relatos que la gente del Gargano ha seguido pasando de boca en boca.
Lo que la devoción siguió contando
Uno de ellos conduce a la capilla de Sant'Anna. Carmelo Durante recordaba una conversación sobre aquella capilla y lo entendió de esta manera: el fraile había estado presente allí, en un lugar donde su cuerpo no se encontraba. La devoción tiene una palabra para eso, bilocación, que quiere decir estar en dos sitios a la vez. Así ha quedado en los recuerdos de quienes seguían a Padre Pío.
La guerra dejó otra historia. El padre Damaso da Sant'Elia contaba que, durante la Segunda Guerra Mundial, unos aviadores en misión de bombardeo sobre la región distinguieron en el cielo la figura de un fraile que les impedía soltar allí las bombas, y que en aquella figura reconocieron a Padre Pío.
Otros relatos hablan de una lucha que nadie veía. Tarcisio de Cervinara transmitió uno de ellos: el combate espiritual del fraile con el tentador, ese enemigo que, en la fe cristiana, intenta apartar al hombre de Dios. En esa memoria, la vida unida a la cruz de Cristo conocía también la batalla, y la batalla se libraba con lo de cada día. Él mismo había llamado a la oración «la mejor arma que tenemos».
Otra historia tiene nombre de niña. Se llamaba Gemma, y su abuela la llevó a San Giovanni Rotondo. Se sigue contando que sus ojos recuperaron la vista por una gracia que los fieles atribuyeron a la intercesión del fraile. Es una memoria de gratitud popular, distinta de las curaciones que la Iglesia estudiaría mucho después con médicos y jueces.
Ninguno de estos relatos cambió la forma de sus jornadas. Por la mañana celebraba la Misa. Después se sentaba a escuchar a los penitentes. Entre una tarea y otra, rezaba. Lo que la gente veía de cerca era un sacerdote que entregaba su tiempo, su perdón y su oración en nombre de Cristo, y que no necesitaba maravillas para seguir haciéndolo al día siguiente.
Muy cerca del convento había, además, un sufrimiento que nadie tenía que contar, porque estaba a la vista de todos. En aquellas montañas, enfermar significaba para muchas familias quedarse lejos de un médico y de una cama donde el enfermo pudiera ser atendido. Ese dolor tenía casa, rostro y nombre.
La cruz vuelta cuidado
El hospital al que había que acudir estaba en Foggia, lejos de aquellas alturas. Para la gente de San Giovanni Rotondo, bajar hasta allí con un enfermo era un viaje difícil. La dificultad pesaba siempre sobre las mismas casas: las de quienes no tenían medios para emprenderlo a tiempo.
De esa carencia nació la idea de levantar un hospital allí mismo, en el pueblo, para la población del lugar. El fraile hizo suyo el proyecto y lo empujó con todas sus fuerzas. Quería un sitio donde los enfermos del Gargano pudieran ser atendidos sin tener que marcharse lejos.
Italia salía entonces de la Segunda Guerra Mundial. Faltaba dinero y faltaban materiales. Levantar un edificio de esas dimensiones, en aquellos años y en aquel lugar, exigía mucho más que buena voluntad.
Hicieron falta manos, y las manos llegaron. Alrededor del fraile se formó un grupo de colaboradores dispuestos a trabajar por la obra. Entre quienes se sumaron estaba la escritora Barbara Ward. Llegaron también donativos, y cada ofrenda se añadía a la anterior como una piedra más en el muro que todavía no existía.
La obra tuvo que abrirse paso entre dificultades materiales, una detrás de otra. Los trabajos duraron varios años, sostenidos por las ofrendas de los fieles.
Don Giuseppe Orlando, un sacerdote que vivió aquellos comienzos de cerca, guardó un recuerdo preciso. Padre Pío le pidió que empezara los trabajos para abrir el camino de acceso al futuro hospital.
Antes de los muros, antes de las salas y de las camas, hacía falta eso: una vía por donde pudieran subir los materiales y, un día, los enfermos. Así empezó la obra sobre el terreno, abriendo camino en la ladera del monte. Una de las primeras cosas que se hicieron por los que sufrían fue un camino.
Mientras las paredes subían, el fraile seguía en su sitio de siempre: el altar y el confesonario. La obra crecía a pocos pasos de donde él escuchaba, cada día, a quienes llegaban con el alma herida. Dos trabajos distintos avanzaban en paralelo, uno de piedra y otro de perdón.
El edificio recibió un nombre que lo dice casi todo. No se llamó simplemente hospital. En italiano, Casa Sollievo della Sofferenza; en español, Casa del Alivio del Sufrimiento. Una casa, que es el lugar donde a uno lo acogen. Y un alivio, que es lo primero que busca quien sufre.
El 5 de mayo de 1956, la Casa del Alivio del Sufrimiento abrió sus puertas. El fraile tenía sesenta y ocho años. La obra que había impulsado quedaba entregada a aquello para lo que había nacido: aliviar los dolores y las miserias de muchas familias.
Desde entonces, un enfermo de aquellas montañas podía encontrar cerca de casa un médico, una cama y alguien que lo cuidara. El viaje largo hacia la llanura dejaba de ser la única salida.
Aquel hombre había escrito, siendo todavía un joven sacerdote, que su camino era el de la cruz. Desde el coro de 1918 la llevaba en el cuerpo, y había declarado que Cristo lo unía así a su Pasión. Nunca convirtió esa herida en un espectáculo, ni hizo del dolor un ideal para los demás.
Lo que ofreció a los que sufrían fue otra cosa. Salas limpias, médicos cercanos, familias que ya no tenían que elegir entre el viaje y la espera. La unión con Cristo crucificado, que en su vida había sido oración, silencio y escucha, tomaba ahora la forma más concreta de todas: cuidar a los enfermos.
Durante décadas había pasado las horas sentado, casi inmóvil, atendiendo heridas que nadie veía. Ahora, a pocos pasos de su convento, se abrían unas puertas para las heridas del cuerpo.
La obra crecía. Pero la última etapa del fraile volvería a conocer límites, enfermedad y obediencia.
Los últimos años
La Pascua de 1961 llegó al convento después de una nueva visita. Un enviado eclesiástico, de apellido Maccari, había pasado por San Giovanni Rotondo. Tras su estancia llegaron disposiciones nuevas: limitaban la actividad litúrgica pública de Padre Pío.
El anciano capuchino tenía setenta y tres años. Ya había conocido restricciones treinta años antes, y respondió a estas como a aquellas: aceptando lo que se le pedía. La fiesta que celebra a Cristo resucitado, la más grande del año cristiano, quedó en la memoria del convento como una Pascua triste.
Su cuerpo había sido frágil desde muchacho. Esa fragilidad lo había retenido en casa de sus padres después de la ordenación y lo había acompañado durante toda su vida en el Gargano. En los últimos años, la salud empeoró deprisa. Las fuerzas que habían sostenido jornadas enteras de confesonario empezaron a faltarle.
Aun así, el altar siguió siendo el centro de sus días. Allí seguía celebrando el sacrificio de Cristo.
Llegó septiembre de 1968. Aquel mes se cumplían cincuenta años de la mañana del coro. Padre Pío celebró entonces su última Misa. Impartió también una última bendición.
El 23 de septiembre de 1968 murió en su convento. Tenía ochenta y un años. Había llegado a San Giovanni Rotondo enfermo y joven, destinado casi por necesidad, y de allí no volvió a marcharse.
La noticia corrió y la gente acudió. Sus funerales reunieron una concurrencia extraordinaria. Durante medio siglo lo habían buscado para confesarse, para pedir consejo, para oírle celebrar. Ahora venían a despedirlo.
El 20 de febrero de 1971, Pablo VI recibió a los superiores de los capuchinos. Habló de aquel fraile del Gargano y explicó por qué había reunido una fama tan grande. Su respuesta fue esta:
«Porque celebraba la Misa con humildad, confesaba desde la mañana a la noche y era… un representante visible de las llagas de Nuestro Señor. Era un hombre de oración y de sufrimiento».
Un Papa resumía así, con pocas frases, lo que tantos habían visto de cerca durante cincuenta años.
La fama de santidad no se apagó con su muerte. Siguió creciendo, y la Iglesia se dispuso a examinar de nuevo, esta vez una vida entera. Con los años, dos curaciones atribuidas a su intercesión pasarían por el examen canónico que conduciría a su reconocimiento como santo.
Oración, caridad y una obra viva
La primera curación tenía el rostro de una mujer de Salerno, Consiglia De Martino. Ella misma dio testimonio de lo que había vivido. Habló de su enfermedad, de la oración con que se confió a Padre Pío y de su recuperación.
Su palabra fue el comienzo del examen. En la archidiócesis de Salerno se abrió un proceso con testigos y declaraciones. Después, los médicos consultados por la Santa Sede estudiaron el caso con detenimiento. En diciembre de 1998, la Iglesia reconoció aquella curación como un milagro obtenido por la intercesión del fraile.
El 2 de mayo de 1999, Juan Pablo II lo declaró beato en la plaza de San Pedro. Con ese paso, la Iglesia permite venerarlo públicamente, aunque todavía en un ámbito limitado. El Papa fijó su fiesta el 23 de septiembre, el día en que había muerto en su convento.
La segunda curación llevó el examen de vuelta a San Giovanni Rotondo. Allí vivía un niño llamado Matteo Pio Colella. En enero de 2000 cayó enfermo de meningitis. Su madre relató después cómo había empezado todo y los días del hospital, donde su hijo llegó a estar en coma.
Matteo se recuperó. Ya adulto, habló él mismo de aquellos días. Dijo que durante el coma había vivido una experiencia de paz y de comunicación.
La archidiócesis de Manfredonia-Vieste examinó su curación entre junio y octubre de 2000. Los médicos la estudiaron y la Iglesia la reconoció. El 26 de febrero de 2002 se firmó el decreto que abría el camino a la canonización, la declaración solemne de que alguien está con Dios y puede ser venerado como santo en toda la Iglesia.
El 16 de junio de 2002, la plaza de San Pedro se llenó de peregrinos. Desde la fachada de la basílica, la imagen del fraile miraba hacia la columnata. Juan Pablo II, con ochenta y dos años y el cuerpo ya encorvado por la enfermedad, lo inscribió entre los santos.
En la homilía, el Papa recordó algo muy personal:
«También yo, durante mi juventud, tuve el privilegio de aprovechar su disponibilidad hacia los penitentes».
El hombre que proclamaba santo a Padre Pío había sido, muchos años antes, uno de aquellos penitentes.
Juan Pablo II leyó aquella vida como una búsqueda cada vez más honda de identificación con Cristo crucificado. Señaló el confesonario como el rasgo propio de su apostolado. Recordó los Grupos de Oración y la Casa del Alivio del Sufrimiento. Y resumió toda su enseñanza en dos palabras: oración y caridad.
Esa caridad sigue teniendo camas, pasillos y turnos de noche. La Casa del Alivio del Sufrimiento continúa atendiendo enfermos en la ladera del Gargano, y como toda obra humana ha conocido dificultades. En mayo de 2026, el papa León XIV creó una comisión para dirigirla y supervisarla. A finales de agosto la recibió en Castel Gandolfo para estudiar su situación económica y cómo relanzar el hospital, preservando el espíritu con que su fundador lo quiso.
La obra que nació para cuidar a los enfermos necesita también que alguien la cuide. Como las personas a las que sirve, depende de manos que la sostengan.
Padre Pío pasó su vida entre el altar, el confesonario y la cabecera de los que sufrían. Obedeció cuando le cerraron puertas y siguió sirviendo cuando se abrieron. Su cruz, vivida junto a la de Cristo, se convirtió en perdón para los que se arrodillaban ante él y en alivio para los que llegaban enfermos a su casa.
Aquel pobre fraile del Gargano sigue sirviendo hoy cada vez que un enfermo encuentra, bajo su nombre, alguien que lo cuide.
San Pío de Pietrelcina, tú que serviste a Cristo en la oración, en el altar y en el cuidado de los que sufrían, intercede por los enfermos, por quienes los acompañan y por quienes buscan el perdón de Dios. San Pío de Pietrelcina, ruega por nosotros. Amén.





