En Coria bastaba que alguien avisara «Por esta calle va fray Pedro de Alcántara» para que la gente saliera a las puertas y se asomara a las ventanas. Pasaba descalzo, con un solo hábito estrecho y la cabeza calva siempre al aire.
En Ávila lo miró de cerca una monja, cuando él ya era viejo. Santa Teresa de Jesús lo encontró consumido y callado, y le abrió su alma a aquel hombre seco por fuera. En aquellos días casi nadie se fiaba de cómo oraba ella. Él la escuchó, y la entendió.
Aquel fraile había escogido para sí lo más estrecho. Y por esa estrechez entraba todo el que llamaba.
Por la voz
Aquella cabeza que Coria salía a mirar había aprendido a inclinarse en 1515, en los Majaretes, un convento franciscano pobre de Extremadura. Llegó allí un muchacho de unos dieciséis años, Juan de Sanabria, de una familia de rango de Alcántara. Había estudiado en Salamanca. Tenía por delante una carrera de estudios y el nombre de los suyos.
Dejó las dos cosas. Recibió el hábito de manos de su tío, que era el guardián, el superior de aquella casa. Entraba en la custodia del Santo Evangelio, un pequeño grupo de conventos de frailes muy pobres, con superior propio, al que muchos dentro de la Orden se habían opuesto con dureza. Al año siguiente hizo sus votos, la promesa que lo ataba para siempre a esa vida, y con ellos dejó también el nombre de Juan. Desde entonces fue Pedro.
De lo que lo movió a cambiar las aulas de Salamanca por aquel sayal, la tela pobre y áspera del hábito, no quedó ninguna palabra, ni suya ni de quienes lo conocieron. Lo que queda es la manera en que empezó a vivir.
Empezó por los ojos. Durante tres años, en una casa de su Orden, no conoció a ningún fraile más que por la voz, porque nunca levantaba la vista. Cuando tenía que ir a algún sitio, se ponía detrás de los demás y los seguía.
De todo lo que se negaba por Dios en aquellos comienzos, lo que más le costó fue vencer el sueño, y para vencerlo pasaba las horas de la noche de rodillas o de pie.
Con aquel mismo hábito estrecho pasaron casi treinta años de caminos por Extremadura y por Portugal. Lo ordenaron sacerdote, y poco a poco sus hermanos le fueron confiando el gobierno de los demás. Aquella custodia pobre se había hecho provincia, con el nombre de San Gabriel, ya en 1519, y fray Pedro llegó a ser su provincial, el superior de todos sus conventos.
Sin oficio
En el otoño de 1554 los frailes de San Gabriel se reunieron en capítulo, la asamblea que elegía a sus superiores, en la misma casa de los Majaretes donde aquel muchacho había dejado su nombre. Presidía aquel capítulo el comisario general, el superior que la Orden enviaba por encima de las provincias, y llegaba con un deseo claro. Quería que eligieran provincial a fray Pedro. Pero los frailes no querían esa elección, y fray Pedro tampoco. Salió elegido fray Juan de Espinosa, y el hombre que había pasado casi toda su vida de fraile cuidando de otros se quedó sin oficio, sin ningún cargo que cumplir.
No reclamó nada. Lo que pidió después fue otra cosa, y la pidió como se piden las cosas en la Iglesia. Consiguió un rescripto pontificio, un permiso escrito del Papa con valor de ley, para vivir como ermitaño con un compañero, a solas con Dios. Pidió además la licencia de su nuevo provincial, y Espinosa se la dio.
Contaba también con el amparo del obispo de Coria, que vivía casi como uno más entre los frailes descalzos. Así, con sus dos papeles en regla, se fue hacia 1555 a una ermita de Santa Cruz de Paniagua. Estaba a un tiro de ballesta del pueblo, la distancia que alcanzaba una flecha, y muy cerca de la casa donde el obispo iba a descansar.
En esa casa vivía entonces un muchacho, sobrino del obispo, que veía al ermitaño de cerca. La ermita era un cuarto muy pequeño. Su puerta daba a un huertecito diminuto, que le habían hecho a fray Pedro porque le gustaba, y se lo sembraban de perejil para que estuviese siempre verde. A la izquierda de la entrada había un rincón tan pequeño que había que bajar la cabeza para entrar, y dentro no se podía estar tendido. Allí dormía fray Pedro, con una piedra por cabecera. Al otro lado, el compañero tenía su propio rincón, algo más grande.
Pero aquel solitario no vivía encerrado. Bajaba muy a menudo de la ermita a comer con el obispo y con toda la familia del muchacho. Se sentaba a la mesa descalzo y con su hábito estrecho, y en la arboleda vecina, entre el agua y los huertos, se hablaba de Dios. Al caer la tarde se recogía muy temprano en su rincón.
Así pasó cerca de dos años.
El uso simple
Mientras tanto, en la tierra de Coria, un caballero de Ciudad Rodrigo y su mujer, que querían mucho a fray Pedro, habían levantado una casa y cercado un huerto junto a una fuente. Aquella casa no era para ellos. En mayo de 1557, en El Pedroso, Rodrigo de Chaves se presentó ante el alcalde y un escribano, en su nombre y en el de su mujer, Francisca. Iban a darle aquella casa a fray Pedro, con el huerto cercado y la tierra que la rodeaba, en una dehesa junto a la fuente del Palancar.
Se la daban para toda la vida del fraile y para los compañeros que él quisiera tener, pero solo en uso simple, de modo que podría vivir allí siempre sin ser nunca su dueño. Le daban también licencia para hacer capilla en una de las habitaciones y decir misa en ella. Así fray Pedro podría dedicarse por entero a la oración, que era para lo que el Papa le había dado permiso.
Ese mismo mes empezaron allí las obras para hacer de aquella casa un convento mínimo. Los albañiles, al ver las medidas, le pidieron que no hiciera las puertas tan bajas ni tan estrechas, porque nadie iba a poder pasar sin agacharse y entrar de lado. Fray Pedro no cambió una medida, y les respondió así. «El camino del cielo es muy estrecho y así es menester que nos estrechemos mucho.»
Las puertas quedaron bajas y estrechas, y en ellas, contaban luego los vecinos, era él quien se daba los golpes en la cabeza.
Rodrigo de Chaves le pidió muchas veces que escribiera sobre la oración algo breve y claro. El pequeño libro de oración que lleva el nombre de fray Pedro empieza contestándole, y le dice que nunca se habría puesto a reunir en él lo mejor de otras obras sin tanta insistencia. Lo hizo pequeño de volumen y de precio para que sirviera a los pobres, que no pueden comprar libros más caros, y claro para que lo entendieran los sencillos. A Rodrigo y a doña Francisca los llama hijos muy queridos en el Señor.
Lo que propone meditar, pensar despacio delante de Dios, es la Vida y la Pasión de Cristo nuestro Salvador, en la que, dice, está todo nuestro bien. Y al final del prólogo lo deja todo en manos de Jesucristo, para su honra y su gloria, porque de Él es todo lo que es bueno.
Rodrigo y doña Francisca acabaron siguiendo a fray Pedro. Tomaron casa en El Pedroso y vivieron allí unos dos años, vestidos de sayal como el fraile, para estar cerca de él.
Venid acá, hijos
Por la puerta baja de El Palancar empezaron a entrar y salir los pobres, los niños y los vecinos del lugar, y sesenta años después muchos juraron lo que recordaban. Lorenzo Pérez, abogado de Coria, tenía setenta años cuando, en enero de 1616, se puso delante de los jueces de la Iglesia que examinaban si fray Pedro había sido un santo, y juró lo que había visto de muchacho. Con él declararon otros diecisiete vecinos de Coria, de Torrejoncillo y de El Pedroso. Muchos no sabían firmar. Pero casi todos decían por sí mismos qué habían visto con sus ojos y qué solo habían oído contar.
Lo que Lorenzo había visto, muchas veces, era a fray Pedro cruzando las calles de su ciudad. La gente salía a mirarlo porque era, dijo, una figura extraordinaria. Como en Coria no había todavía convento de su orden, se alojaba en casa de un matrimonio, los que con los años serían los suegros del propio Lorenzo.
Dentro de aquella casa, la que lo veía de cerca era la dueña. Muchas veces entraba en el aposento del huésped y lo encontraba entregado a la oración. Y decía que, si Dios les hacía algún bien, era por haberlo tenido en casa.
En El Palancar, la puerta que se abría cada día era la de la portería, la entrada donde se atendía a los de fuera. El hijo de un obrero del convento vio muchas veces salir por ella a fray Pedro con unas escudillas en las manos. Llamaba a los pobres con mucho amor, y les decía «Venid acá, hijos». Les daba la comida él mismo, con su propia mano, y luego los consolaba y les enseñaba.
Por otra puerta, la de su celdilla, entraban los niños. Uno de ellos, apenas un crío, iba con otros muchachos a darle la lección de lectura, a leerle en voz alta lo que habían aprendido. Lo encontraba arrodillado, o sentado sobre la corcha, un pedazo de corcho que era cuanto había en la celda, y no una vez, sino muchas.
Y hubo otra puerta, la de una vecina de El Pedroso que tenía dos hermanos frailes descalzos. Su nieta, que lo juró con setenta y seis años, vio una vez a fray Pedro sentado allí. Llevaba los pies descalzos, como siempre, y los dedos pelados y heridos.
A la abuela le dio lástima, y le rogó «Padre, deje, por amor de Dios, que le ponga unos trapitos en esos dedos que trae muy malos». Él no lo consintió, y le contestó así.
«Hermana, que estas son rosas y flores para mí.»
Los vecinos juraron que nunca lo vieron triste ni le oyeron quejarse de sus dolores, y que andaba siempre alegre.
Lo que vieron y lo que oyeron
Esos mismos testigos, tan cuidadosos para separar lo visto de lo oído, juraron también dos cosas que no sabían explicar, una misa en el campo bajo la tempestad y un río cruzado sin barca. Era día de fiesta en El Pedroso, y acudió tanta gente que en la iglesia no cabía. Por eso fray Pedro dijo la misa en el campo. Entre la gente estaba un muchacho de unos dieciséis años, que pasaba ya de los setenta cuando juró lo que pasó aquel día.
Se levantó una gran tempestad de aire, y todos temieron algún peligro. Pero donde fray Pedro celebraba no se sintió la tempestad. El fraile siguió en el altar, y dijo y acabó su misa con mucha quietud.
Otros, que no estaban allí y lo oyeron contar, añadían más cosas. El cura había temido por el Santísimo, el pan consagrado en el que los católicos adoran a Cristo presente. Fray Pedro le dijo que no tuviera miedo, que la tempestad no los iba a estorbar. Y las velas del altar no se apagaron.
Aquello lo vio un muchacho. Lo del río, ningún testigo dijo haberlo visto.
Fray Pedro iba de El Pedroso a Garrovillas, y como había dejado enfermo a su compañero en Portezuelo, iba solo. Llegó al Tajo por el paso de la barca de la Lubia. Los barqueros no lo pasaron, y aun así se encontró en la otra orilla, la misma donde estaban ellos.
Fray Pedro, sin darse cuenta de que ya había cruzado, les pidió que lo pasaran a Garrovillas. Ellos le contestaron que ya estaba al otro lado, que mirase lo que pedía, porque parecía estar fuera de juicio.
En Torrejoncillo y en El Pedroso todos lo daban por cosa segura, y uno de los vecinos lo dejó dicho así ante los jueces. «Hasta los niños lo saben y dicen.»
Fugitivo y apóstata
Entre sus hermanos de la provincia de San Gabriel, la que él mismo había gobernado, no se hablaba de él del mismo modo. En septiembre de 1557, pocos meses después de llegar fray Pedro al Palancar, los frailes de su provincia se reunieron en capítulo en el convento de Monticelo del Hoyo, y uno de los asuntos que trataron fue el suyo. Sobre aquella asamblea pesaba un documento llegado de Roma. Aquella primavera el papa Paulo IV había firmado un breve, una disposición papal para toda la Iglesia, contra los frailes fugitivos y apóstatas. Apóstata era el fraile que abandonaba su orden sin permiso.
El que presidía el capítulo aplicó ese breve. Al provincial, fray Juan de Espinosa, el mismo que le había dado la licencia para irse a la ermita, le quitó la voz y el voto por lo ocurrido con fray Pedro. Y la asamblea dio a fray Pedro el trato de fugitivo y apóstata.
Y eso que fray Pedro tenía en regla el permiso del Papa para vivir como ermitaño con un compañero, junto con la licencia de su provincial. Los papeles que lo habían llevado a Santa Cruz y después al Palancar no le sirvieron ante sus propios hermanos. A algunos les disgustaba aquella vida retirada y por su cuenta.
Los provinciales que vinieron después lo abandonaron. Fray Pedro respondió buscando otra puerta, y la buscó dentro de la ley. A finales de 1557 pasó con su conventito del Palancar a la custodia de San Simón, un pequeño grupo de conventos que dependía de los conventuales, la otra gran rama de los franciscanos. Unos privilegios antiguos de los papas le permitían hacerlo sin pedir a Roma un nuevo permiso. Por ese camino siguió adelante desde El Palancar con su reforma, una vida de frailes descalzos, pobres y entregados a la oración.
Aquella oposición de sus hermanos no cerró la puerta a quienes buscaban su consejo. En 1558, en el palacio del obispo de Coria, el mismo que lo había amparado en la ermita de Santa Cruz, lo buscaba un joven con prisa. Luis de Rojas, otro sobrino del obispo, tenía unos veinticinco años y se dejaba guiar por fray Pedro en la oración. Acababa de saber que heredaba el marquesado de Poza, y quería salir enseguida hacia Valladolid para tomar posesión. Su madre y sus parientes lo animaban.
Fray Pedro le dijo que no fuera. Como el joven no le hizo caso, lo llevó aparte, a otro aposento, a solas. Le recordó cuántas veces el joven, en la oración, había pedido con fervor padecer sufrimientos por amor de Dios. Luis contestó que seguía queriendo lo mismo. Entonces el fraile le fue nombrando humillaciones y desprecios de la propia familia del joven, y a todo respondía el muchacho que sí.
Al final le dijo lo más duro. Podía verse unas horas con el alma perdida, ciega contra Dios, y por eso encarcelado, sentenciado y con sambenito, la túnica que la Inquisición ponía a los condenados.
Luis respondió «Dios me tenga de su mano para que yo no le ofenda».
Fray Pedro no lo retuvo. Lo despidió diciéndole «Ahora, andad con Dios y tened buena paciencia».
Luis salió del palacio y tomó el camino de Valladolid.
El librico
En Valladolid se cumplió lo que fray Pedro le había anunciado en aquel aposento de Coria. Un tío de Luis, que era fraile, andaba metido en el grupo protestante de la ciudad, y arrastró al joven con él. A Luis lo denunciaron, y él confesó que había sido hereje durante veinticuatro horas y se arrepintió. Lo condenaron a destierro perpetuo de la corte y a perder sus honores de caballero.
En el verano de 1559, recluido en un monasterio de la ciudad, contó llorando a dos franciscanos, palabra por palabra, lo que fray Pedro le había dicho antes de dejarlo partir.
Las sospechas llegaron también a Coria. En julio de aquel mismo año se leyó en la ciudad un decreto del inquisidor de Llerena, el juez de la Inquisición para aquella tierra. Mandaba entregar los libros prohibidos al maestrescuela, un canónigo de la catedral. Un vecino declaró varias veces que había entregado el librico de fray Pedro de Alcántara.
Era el libro pequeño y barato que el fraile había hecho para los pobres. En la lista de libros prohibidos de aquel año no estaba. Pero era un libro de oración en la lengua de la gente, de los que la Inquisición desconfiaba entonces, y resumía en parte otro libro, el de un fraile dominico, que sí estaba prohibido.
En noviembre, el maestrescuela fue más lejos y denunció al obispo de Coria ante el inquisidor. En su denuncia hablaba de una liga y compañía de teatinos, el nombre que él daba a un grupo que, según decía, se apartaba de los demás fieles. Entre los nombres que puso en ella estaban Luis de Rojas, fray Pedro de Alcántara y Rodrigo de Chaves, el bienhechor del Palancar. Acusó además al obispo de acoger a un apóstata bien conocido, contra el breve del Papa, aquel mismo por el que los hermanos de fray Pedro lo habían tratado de fugitivo.
Mientras tanto, fray Pedro no se había detenido. Desde que murió el fraile que dirigía la custodia de San Simón, era él quien de hecho la guiaba. Esa primavera el superior de los conventuales, la rama de la que ahora dependía, lo había confirmado en ese cargo, y fray Pedro había ido fuera de España a una asamblea de esa rama. En octubre había reunido a los frailes de su custodia en el eremitorio de San Isidro de Loriana, una casita para cinco o seis frailes en tierras de Ávila. Y a pesar de la denuncia, siguió al frente de su custodia.
Me entendía por experiencia
La sospecha que fray Pedro conocía tan bien pesaba también sobre una monja de Ávila. Fue una señora de la ciudad, amiga de los dos, quien puso frente a frente a fray Pedro y a Teresa de Jesús en agosto de 1560. Teresa era monja carmelita del monasterio de la Encarnación y tenía cuarenta y cinco años. Algunas de las cosas que vivía en la oración su confesor las atribuía al demonio, y lo mismo pensaban otras buenas gentes del lugar.
Delante de aquel fraile descalzo, ella le contó su vida y su manera de orar con toda la claridad que supo. Él había pasado la vida entera en la oración, siguiendo a Cristo pobre por lo más estrecho.
Teresa lo cuenta así. «Vi que me entendía por experiencia.» Y eso era todo lo que ella necesitaba. «Me dio luz en todo.»
Cuando fray Pedro supo lo que ella había padecido, sintió grandísima lástima. Le dijo que pocos sufrimientos hay en la tierra tan grandes como el que ella había pasado, la oposición que llega de la gente buena. Al hombre que le hablaba así, sus propios hermanos de provincia lo habían tratado como a un fraile huido.
En el libro de su vida, Teresa lo llama un santo hombre y de gran espíritu, y lo pinta tal como lo vio aquel verano. A ella le pareció muy viejo, aunque rondaba los sesenta años. Y estaba tan consumido que no parecía sino hecho de raíces de árboles.
Con todo aquello era muy afable. Hablaba poco si no se le preguntaba, pero entonces daba gusto oírlo, dice ella, porque tenía muy buen entendimiento.
Aquella conversación la dejó muy consolada y contenta, segura de que lo que vivía en la oración venía de Dios.
Desde entonces a él le gustaba hablar con ella, y le confiaba sus cosas y sus asuntos. El que de joven no alzaba los ojos ni para conocer a sus hermanos tenía en aquella monja a alguien con quien hablar de Dios a corazón abierto.
Contentar al cuerpo
En aquellas conversaciones de Ávila, el fraile de pocas palabras le fue contando a Teresa cómo dormía, cómo comía y cómo pasaba las noches de frío. En unos cuarenta de sus años de penitencia no había dormido más de hora y media entre la noche y el día. Dormía sentado, con la cabeza apoyada en un maderillo clavado en la pared. Tumbado no podía, porque su celda medía cuatro pies y medio, poco más de un metro.
Nunca se había puesto la capucha, por mucho sol o lluvia que hiciera, ni nada en los pies. Sobre la carne llevaba un solo hábito de sayal, tan estrecho como se podía aguantar, y encima una capa corta del mismo paño.
En las noches de gran frío tenía su propia manera de abrigarse. Se quitaba la capa y abría la puerta y el ventanuco de la celda. Luego se la volvía a poner y cerraba, y así, después de tanto frío, aquel poco de abrigo contentaba al cuerpo.
Comer cada tres días era lo corriente para él. Cuando Teresa se asombró, él le preguntó de qué se extrañaba, si eso era muy posible para quien se acostumbraba. Un compañero de fray Pedro le contó a ella que el fraile a veces pasaba ocho días sin probar bocado. Teresa lo atribuía a sus arrobamientos, esos ratos de oración en que Dios lo llenaba tanto que quedaba fuera de sí. Una vez ella misma lo vio así.
A Teresa todo aquello le parecía un ánimo que solo Dios podía dar.
Pero en aquellos años quien necesitaba ayuda era ella. Teresa quería fundar una casa pequeña de monjas, la de San José. No sabía si hacerlo con rentas, un dinero fijo que asegurara el pan, o en pobreza, viviendo de lo que les dieran. Desde 1560 se escribían.
En abril de 1562 fray Pedro le mandó una carta que la decidió a fundar en pobreza. Teresa guardó su distancia en otros puntos de doctrina de esa misma carta, pero en la pobreza siguió el consejo del fraile que no tenía nada suyo.
Faltaba todavía que el obispo de Ávila aceptara la fundación bajo su autoridad. Fray Pedro fue a verlo para interceder por ella. Y el obispo acabó admitiendo la casa bajo su autoridad.
Laetatus sum
Teresa y fray Pedro se vieron por última vez en agosto de 1562. Aquel otoño fray Pedro estaba enfermo en Arenas, donde en 1561 había comenzado una fundación. Lo acogió en su casa un amigo, el médico de la villa.
Allí recibió la extremaunción, el sacramento con que la Iglesia unge a los enfermos graves y los pone en las manos de Dios. Su fin fue como su vida, y hasta el último momento siguió predicando a sus frailes y dándoles consejo.
Era el 18 de octubre. Cuando vio que se acababa, con el cuerpo que Teresa había visto hecho de raíces, empezó a decir en latín el salmo que canta la alegría de ir a la casa del Señor.
«Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi.»
¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!
Y así, de rodillas, murió.
Toda su vida había escogido las puertas más bajas. Por la última pasó con la alegría del salmo en la boca.
Teresa estaba en Ávila, lejos de Arenas.
A la hora en que él expiró, ella lo vio delante de sí, y fray Pedro le dijo que se iba a descansar.
Ella no creyó que hubiera muerto, y lo contó a algunas personas.
Ocho días después llegó a Ávila la noticia de su muerte, o de que había empezado a vivir para siempre, como ella prefería decirlo. A Teresa le pareció que el mundo ya no estaba para aguantar tanta perfección.
Desde entonces lo vio muchas veces, con grandísima gloria. La primera vez él le dijo que era dichosa la penitencia que tanto premio le había ganado.
Después fue el Señor quien le habló a ella. Le dijo que nada que le pidieran en nombre de fray Pedro dejaría de oírlo.
Al viejo al que tanto le gustaba hablar con ella, Teresa siguió hablándole. Le encomendó muchas cosas, y las vio cumplidas.
La higuera santa
Lo que Teresa le encomendaba en Ávila, la gente del Palancar lo buscaba en la huerta del convento, a la sombra de una higuera. Los vecinos contaban cómo había nacido aquel árbol. Fray Pedro llevaba en la mano un bordón seco de higuera, su bastón de caminante, y un día lo clavó en la tierra del huerto. El palo muerto echó ramas y dio higos.
En 1616 la higuera estaba allí, enorme, y todos la llamaban la higuera santa. Sus higos se llevaban por toda la comarca contra las fiebres y otros males, y los niños se acercaban a los frailes a pedirles los higos santos. Así lo juraron aquel invierno los vecinos de El Pedroso y de Torrejoncillo, como cosa de su propia tierra.
Aquellos higos llegaban también a Coria, al convento de la Concepción. Allí una monja que nunca conoció a fray Pedro los pedía por devoción y los repartía a los enfermos que se los solicitaban. Algunos volvían después a darle las gracias.
Luego la enferma fue ella. Los médicos decían que tenía tisis, la enfermedad de los pulmones que entonces consumía a tantos. Un día de agosto alguien le trajo tres higos, y ella, sorprendida, le contestó así. «Jesús, señora, ¡y higos por agosto a quien está tísica!»
Se los comió. Quedó libre y buena, y no le volvió más la calentura. A los treinta y seis años, sin saber firmar, lo juró en la reja del locutorio, la sala donde las monjas hablaban con los de fuera.
Aquellos juramentos viajaron a Roma con muchos otros. La Iglesia lo beatificó en 1622, un primer paso, y en 1669 el Papa lo canonizó, es decir, lo declaró santo para toda la Iglesia. Su memoria se celebra cada 19 de octubre en la familia franciscana. El primer emperador de Brasil llevaba desde su bautismo el nombre de Pedro de Alcántara, por la devoción que le tenía la casa real de Portugal, y en 1826 pidió que fray Pedro fuera patrono de su país, su santo protector. El Papa se lo concedió.
Sus restos se veneran hoy en un convento de Arenas, la villa donde murió, que ahora se llama Arenas de San Pedro.
En ese mismo convento hay una copia de su celda del Palancar. Los que llegan se asoman a aquel hueco donde un hombre no podía tumbarse, igual que los vecinos de Coria se asomaban para verlo pasar.
Fray Pedro había escogido por Cristo una vida tan estrecha, y en ella cupieron los pobres de la portería, los vecinos de El Pedroso y Teresa, en Ávila, que necesitaba ser entendida.
San Pedro de Alcántara, viviste descalzo y pobre por amor a Cristo crucificado. En la portería del Palancar llamabas a los pobres como a hijos. En Ávila entendiste a Teresa cuando nadie la entendía. Enséñanos a orar con sencillez, mirando la vida y la Pasión de Jesús. Danos un corazón que use sin poseer y una puerta abierta para el que llama. Acompaña a los enfermos y a los que sufren dolores en el cuerpo, que tú llevabas sin queja. Consuela a los que padecen la oposición de los buenos y a los que se sienten solos. Y cuando llegue nuestra hora, que podamos decir con alegría que vamos a la casa del Señor. Ruega por nosotros. Amén.





