Cada 29 de septiembre, la Iglesia celebra en una sola fiesta a los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, los únicos ángeles que la Escritura llama por su nombre. Los tres nombres terminan en «El», una palabra hebrea que significa Dios: hablan de Él antes que de ellos.
Uno se enfrenta al diablo y no lo maldice. «El Señor te reprima», le dice.
Otro es enviado a Nazaret, a una joven, María, que será madre del Hijo del Altísimo.
El tercero camina junto a un muchacho, Tobías, que no sabe con quién va.
Muchos rezan cada día una oración a san Miguel, y se cuenta que nació de una visión que dejó inmóvil a un Papa. ¿Fue así de verdad? ¿Y cuál es la oración que la Iglesia propone a todos?
Y aquel compañero, enviado a curar a un padre ciego y a una joven que había perdido siete maridos, ¿cuándo dijo por fin quién era?
Nombres en tierra de destierro
La historia de esos nombres empieza en una ciudad sitiada: Jerusalén, unos seiscientos años antes de Cristo. La rodea el ejército de Nabucodonosor, rey de Babilonia. El rey manda escoger a jóvenes de sangre real y de familias nobles para servir en su palacio. Entre ellos va un muchacho llamado Daniel. Todos dejan atrás su tierra, su casa y el Templo de su Dios. En el destierro, Daniel oirá dos de los tres nombres: Gabriel y Miguel.
El tercer nombre viene de otro destierro, más antiguo todavía: el de los israelitas que el rey de Asiria se llevó a Nínive. Allí vive un anciano, Tobit, el padre de Tobías, aquel muchacho del camino. Un día, su puerta se abrirá para el compañero de su hijo.
En esas dos historias de destierro aparecen, con nombre propio, los tres arcángeles. Pero ¿qué es un ángel? La Iglesia enseña, como verdad de fe, que los ángeles existen. Son espíritus con inteligencia y voluntad: no tienen cuerpo y no mueren. Sirven a Dios y llevan sus mensajes. Y en el centro de su mundo está Cristo: le acompañan desde que se hace hombre hasta que sube al cielo.
Por eso la Iglesia los honra como lo que son: servidores de Dios, siempre vueltos hacia Él. Y en la devoción pide una cosa concreta: no dar a los ángeles nombres que la Escritura no les da. Circulan listas con otros nombres, pero en la Escritura solo aparecen tres: Miguel, Gabriel y Rafael.
Volvamos a aquel camino. Uno de los jóvenes se vuelve a mirar su ciudad. Es Daniel. Y en su historia entra el primero de los tres: Miguel.
Miguel: una pregunta frente al Dragón
Pasan los años, y Daniel sigue en Babilonia. Un día empieza un luto de tres semanas: no prueba carne ni vino, y se humilla ante su Dios para entender qué será de su pueblo. Sin saberlo, no está solo.
Entonces un mensajero de Dios le trae la respuesta: «No temas, Daniel». Le cuenta que un enemigo, «el príncipe de Persia», le cerró el paso durante veintiún días, hasta que Miguel vino en su ayuda. Y le deja una promesa para los días más oscuros: «Por aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que se ocupa de los hijos de tu pueblo».
Así entra Miguel en la Biblia: como el protector de un pueblo pequeño frente a los imperios. Hasta su nombre es una pregunta: Miguel significa «¿Quién como Dios?». Y esa pregunta ya trae la respuesta: nadie es como Dios.
Una carta breve del Nuevo Testamento, la de san Judas, guarda otra escena. Miguel disputa con el diablo por el cuerpo de Moisés, el que sacó a Israel de Egipto.
Miguel tiene delante al enemigo de Dios. Y aun así no se atreve a juzgarlo por su cuenta. Deja el juicio en manos del Señor y dice solamente: «El Señor te reprima». El arcángel no responde con un insulto. Responde nombrando a Dios. Pero la Biblia vuelve a ponerlos frente a frente.
Será en su último libro, el Apocalipsis, que abre el cielo como un gran escenario. Aparece una señal: una Mujer revestida del sol, en la que la Iglesia ve a la Virgen María. Enseguida aparece otra, un Dragón «rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos». El Dragón se pone delante de ella para devorar a su hijo en cuanto nazca. Pero el niño es llevado hasta Dios, hasta su trono.
Entonces estalla una batalla en el cielo.
Miguel y sus ángeles combaten contra el Dragón. El Dragón lucha, y sus ángeles con él. Y el Dragón cae. Es la antigua Serpiente, el diablo, precipitado a la tierra junto con sus ángeles.
Después se oye una voz fuerte en el cielo. Proclama la salvación, porque ha caído «el acusador de nuestros hermanos». Y la voz dice también cómo lo han vencido los hermanos. Lo han vencido por la sangre del Cordero.
El Cordero es Cristo, el que dio su vida en la cruz.
No la gana la espada: la victoria llega por esa sangre.
La Escritura muestra a Miguel en el cielo y junto a su pueblo. En la tierra, fueron los pueblos quienes buscaron sus lugares. Muchos siglos más tarde, en una montaña del sur de Italia, un toro perdido aparece arrodillado a la entrada de una cueva.
Donde los pueblos lo buscaron
El dueño del toro, un señor rico que lo andaba buscando, tensa el arco y le dispara una flecha. La flecha no alcanza al animal. Se vuelve en el aire y lo hiere a él en el pie.
Así lo cuentan desde hace siglos en Monte Sant'Angelo, el pueblo levantado sobre esa montaña del Gargano, y sus peregrinos sitúan la historia en el año 490. El caso llega a Lorenzo Maiorano, obispo de Siponto, la ciudad de la costa cercana. El obispo ordena tres días de oración y penitencia.
Al tercer día, el arcángel se le aparece y le dice quién es: «Soy el arcángel Miguel y estoy siempre en la presencia de Dios». La cueva, añade, le está consagrada. Allí se perdonarán los pecados. Allí se concederá lo que se pida en oración.
En otra aparición, el arcángel anuncia al obispo una victoria de Siponto. La tradición la sitúa un 8 de mayo, y ese día el Gargano sigue recordando la aparición.
Después, los obispos de Apulia suben en procesión para dedicar la cueva a Dios. Al entrar, encuentran un altar primitivo ya erigido.
La leyenda añade algo más: en la roca habría quedado la huella del arcángel. Esa roca está hoy cercada en el Altar de las Impronte, el altar de las huellas. No es una reliquia. Los ángeles no tienen cuerpo, y de ellos nada puede guardarse en un relicario. Lo que la gruta ofrece es la memoria de un lugar donde se ha rezado durante siglos.
En la época bizantina, el Gargano veneraba a Miguel sobre todo de dos maneras. Era el que presenta las almas de los difuntos ante el trono de Dios. Y era el que cura. De la roca goteaba un agua, la «stilla», y los relatos le atribuían curaciones. La idea de que san Miguel lleva las almas ante Dios vive en esa devoción antigua; no es una página de la Biblia.
En 1507 llegó a la gruta una estatua de mármol blanco, atribuida al escultor Andrea Sansovino. Miguel aparece como un adolescente que sonríe, con el pelo en rizos y una coraza de soldado romano. Bajo sus pies se retuerce un monstruo con cara de simio, muslo de cabra, garras de león y cola de serpiente. Así lo imaginó el escultor, no la Escritura. La espada sigue en alto.
En Roma, la espada cuenta otra cosa. Sobre el castillo de Sant'Angelo, junto al Tíber, un ángel la mete en su vaina, y allí se dice desde hace siglos que el arcángel libró a la ciudad de la peste.
Normandía, en el norte de Francia, tiene su propia leyenda. En el año 708, el arcángel se habría aparecido tres veces en sueños al obispo Auberto para pedirle un santuario sobre un islote llamado Mont-Tombe. Ese islote es hoy Mont-Saint-Michel.
La abadía sigue siendo un santuario: desde 2001, una comunidad monástica mantiene allí viva su tradición.
Los hijos de san Francisco de Asís recuerdan otro monte, La Verna, en la Toscana. Hacia el final de su vida, Francisco comenzó allí, el día de la Asunción de la Virgen, una Cuaresma: unos cuarenta días de oración en honor de Dios, de la Virgen y de san Miguel. Durante esos días vio a Cristo crucificado en figura de serafín, y recibió en su cuerpo las llagas, las heridas de Jesús en las manos, los pies y el costado. Bajó del monte el día de la fiesta del arcángel.
Aquella Cuaresma no terminó con él. Hoy muchos fieles la rezan en Brasil y en Francia, del 15 de agosto al 29 de septiembre.
Al otro lado del océano, en Tlaxcala, en México, se alza el santuario de San Miguel del Milagro. La memoria de su pueblo cuenta que todo empezó el 25 de abril de 1631, durante la procesión de san Marcos. Un joven indígena, Diego Lázaro de San Francisco, tuvo entonces una visión interior de san Miguel. El arcángel le anunció una fuente de agua que curaría, escondida bajo un peñasco.
Diego calló, porque tenía miedo. Y enfermó.
Cuando ya agonizaba, vio un rayo de luz y al arcángel, que lo llevó hasta la barranca. Allí el arcángel tocó el suelo con su cayado, y Diego quedó curado. Su familia no lograba mover las rocas que cubrían el lugar. Las apartó un joven de apariencia extraordinaria.
Pero, por temor a la gente, Diego siguió callando. Seis meses después, durante la misa, un dolor lo atravesó, y el arcángel se le apareció por tercera vez, con un reproche. Esta vez Diego no calló. Llevó agua de la fuente al obispo. El obispo prometió investigar y mandó repartir el agua entre los enfermos. Los que la bebieron sanaron.
Frente a la iglesia del santuario sigue el pozo de aquella agua.
A finales del siglo XIX, un Papa pidió a toda la Iglesia que cada misa terminara invocando a san Miguel. Alrededor de esa oración nació una historia que muchos repiten.
La oración de un Papa
Se cuenta así, como recuerdo de testigos. El 13 de octubre de 1884, al terminar la misa, el anciano León XIII se queda inmóvil unos diez minutos. Su rostro muestra terror y asombro. Después se retira y escribe una oración a san Miguel. La envía a los obispos. Dirá que ha visto legiones de demonios y la intervención del arcángel.
La pregunta es si esa oración nació de verdad de aquella visión.
La oración tiene su propia fecha. En 1886, León XIII introdujo una invocación a san Miguel entre las oraciones que se rezaban al terminar la misa en toda la Iglesia. Sus primeras palabras venían de un verso que ya se cantaba con el aleluya en las misas del arcángel.
En 1934, un estudioso de la liturgia escribió contra aquella historia, que empezaba a correr de boca en boca. Y las fechas no encajan: el relato hace nacer la oración aquel mismo día de 1884, y la invocación no llegó a las misas hasta dos años más tarde.
Hay además otro recuerdo, contado de segunda mano décadas después. Un anciano cardenal, cuyo nombre no se recordaba, habría dicho que el Papa añadió la invocación contra la amenaza de la masonería, movido por una revelación. Es un recuerdo de oídas. La oración es de 1886; de la visión de 1884 solo queda un relato que se discute.
Aquella invocación breve es la oración que la Iglesia propone a todos. Una instrucción de 1964, dentro de la reforma de la liturgia, la retiró del final de la misa. Treinta años después, en 1994, durante el Regina Caeli, la oración a la Virgen del tiempo de Pascua, Juan Pablo II invitó a no olvidarla y a rezarla. Dice así: «San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la milicia celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén».
Circula también una fórmula larga, que se ofrece como «poderosa». Incluye el exorcismo publicado por orden de León XIII, un rito reservado a sacerdotes con permiso de su obispo, y esa parte los fieles no deben usarla. La Iglesia excluye de la piedad la magia y la superstición: ninguna fórmula actúa por sí misma. Lo que todos pueden rezar es la invocación breve a san Miguel y la petición que enseñó Jesús en el Padrenuestro: «líbranos del mal».
El 5 de julio de 2013, en los Jardines Vaticanos, el papa Francisco inauguró un monumento a san Miguel. Allí mismo consagró el Estado de la Ciudad del Vaticano a san Miguel y a san José. Benedicto XVI estaba presente.
Aquel nombre, que era una pregunta, «¿Quién como Dios?», recibió entonces una respuesta de labios de Francisco.
«San Miguel vence porque es Dios quien actúa en él».
El libro de Daniel no nombra solo a Miguel. Allí aparece también otro mensajero, que no combate: Gabriel.
Gabriel: la duda y el sí
Su nombre significa «fuerza de Dios». En el libro de Daniel, esa fuerza se ejerce con la palabra. Ante una visión que el profeta no logra descifrar, Gabriel le da su sentido. En otro momento le anuncia acontecimientos que todavía están por venir.
Muchos siglos después, en 1951, el papa Pío XII declaró a Gabriel patrono de las telecomunicaciones. Es también patrono de Radio Vaticano. El mensajero de Dios quedó ligado a los oficios que llevan la voz humana a distancia.
Pero los dos anuncios que la Iglesia más recuerda de él suceden en las primeras páginas del Evangelio de Lucas.
En el Templo de Jerusalén, un sacerdote llamado Zacarías ofrece el incienso sobre el altar. El humo sube despacio en la penumbra. Y a la derecha del altar hay alguien de pie.
Es un ángel. Le anuncia que Isabel, su esposa, le dará un hijo, y que ese hijo se llamará Juan: el que un día será conocido como el Bautista.
Zacarías no lo cree posible. Él es viejo, y su mujer también tiene ya muchos años. Pide que se le explique cómo puede ocurrir algo así. La respuesta no discute sus razones. Le da un nombre.
«Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado para hablarte y comunicarte esta buena noticia».
En el Gargano, la memoria de los peregrinos ponía unas palabras parecidas en boca de Miguel. Aquí las dice el Evangelio. El mensajero viene de la presencia de Dios, y de allí trae su noticia. Pero Zacarías no ha creído, y el ángel le anuncia que se quedará «mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda».
El mismo mensajero es enviado después a Nazaret, un pueblo pequeño de Galilea. Va a una joven, una «virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David». La virgen se llama María.
Gabriel la saluda: «Alégrate, llena de gracia».
Luego le anuncia: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo». Le explica que el Espíritu Santo descenderá sobre ella.
El sacerdote anciano dudó en el lugar más santo del culto. Ella, en una casa de pueblo, escucha.
Benedicto XVI lo dijo con sencillez: «Gabriel es el mensajero de la encarnación de Dios». Por medio de él, Dios pide a una joven su «sí». No se lo impone: espera la respuesta de una mujer libre.
Y María lo da: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
El Hijo de Dios se hace hombre.
Las palabras del ángel no se quedaron en aquella casa. La salutación de Gabriel abre el Avemaría. Cada vez que alguien la dice, repite el saludo que un mensajero de Dios dirigió a María. Y el Ángelus, la oración que recuerda la Encarnación, empieza por su anuncio: «El ángel del Señor anunció a María».
Gabriel anunció dos nacimientos: el de Juan y el de Jesús. Por eso muchos se acercan a él con sus esperas más íntimas. A quien busca cómo rezar con san Gabriel, la Iglesia no le ofrece una fórmula nueva. Le devuelve las palabras del propio ángel, dichas en Nazaret y rezadas cada día desde entonces.
Los dos anuncios de Gabriel suceden en el Templo y en una casa. El tercer nombre aparece en un camino que empieza en Nínive, donde un anciano deportado vive ciego desde hace años.
El compañero de camino
Aquel anciano es Tobit. El libro de Tobías, que la Iglesia reconoce como Palabra de Dios, lo presenta por lo que hace. Entre los cautivos de Nínive, da limosna a los pobres. Paga los diezmos, la parte de sus bienes que la ley de Moisés reservaba para Dios. Y entierra a los muertos que otros dejan abandonados tras la muralla de Nínive.
Esa fidelidad le cuesta caro. Pierde lo que tenía. Y un día, después de un gesto de caridad, pierde también la vista.
El hombre que se ocupaba de los demás depende ahora de otros para dar un paso.
Lejos de allí, en la región de Media, vive una mujer joven llamada Sara. Se ha casado siete veces. Y siete veces el marido ha muerto la noche de bodas, por obra de un demonio al que el libro llama Asmodeo.
Sara pensó en ahorcarse. No lo hizo, y la razón que da el libro es su padre. No quiso que aquel anciano bajara a la tumba abrumado de dolor.
Dos casas separadas por la distancia. Un anciano que ya no ve y una mujer que ya no espera nada. Los dos rezan. Y sus oraciones llegan ante el Señor.
Dios envía a alguien a curar a los dos. Ni Tobit ni Sara saben todavía a quién.
Tobit piensa en su hijo. Hay un dinero que dejó confiado a un amigo, en una tierra lejana. Le pide a Tobías que vaya a recuperarlo.
El muchacho nunca ha hecho ese camino. Siguiendo el consejo de su padre, busca a alguien que lo guíe. Y el primero que encuentra es un viandante que conoce bien aquellas tierras y acepta ir con él.
Para Tobías es un desconocido que sabe la ruta. Con eso basta para partir.
Una tarde se detienen junto al Tigris. Tobías baja al agua. Y de pronto un gran pez salta hacia él.
El joven se asusta. Su compañero lo anima. Entonces Tobías sujeta al pez y lo saca a la orilla.
Siguiendo las indicaciones de su compañero, le quita el corazón, el hígado y la hiel, y los guarda. Nada de eso parece importante todavía.
Cerca ya de su destino, el compañero le aconseja quedarse en casa de unos parientes. En esa casa vive Sara, prima de Tobías. La ley de Moisés la reservaba como esposa para él.
Tobías la conoce. Y se casan.
Llega la noche, la misma que siete veces terminó en luto. Por consejo de su compañero, Tobías pone el corazón y el hígado del pez en el brasero de los perfumes, el recipiente donde se quemaban aromas.
El demonio huye hasta Egipto, y el compañero sale tras él y lo deja allí atado de pies y manos. Entonces los esposos se levantan y rezan juntos. «Bendito seas, Dios de nuestros padres», empieza Tobías, y termina pidiendo: «Ten misericordia de nosotros y haz que lleguemos juntos a la vejez». Los dos responden: «Amén, amén».
Esta vez, la noche de bodas no se lleva a nadie.
Vuelven a Nínive. Tobías se acerca a su padre con lo que queda del pez del Tigris. Le unta la hiel en los ojos.
Y Tobit ve.
La familia quiere pagar al compañero de Tobías. Le deben el viaje, la boda, la vista. Pero él los lleva aparte.
Les dice que, cuando ellos rezaban, era él quien presentaba sus oraciones ante el Señor. Y que fue enviado por Dios.
Entonces dice su nombre.
«Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están al servicio del Señor y tienen acceso a la gloria de su presencia».
Un muchacho había salido de casa con un desconocido que sabía la ruta. Volvía sabiendo que había caminado junto a un enviado de Dios.
Las oraciones de un ciego y de una mujer sin esperanza no se habían perdido en el aire. Alguien que está delante de la gloria del Señor las había llevado ante Dios. Y había vuelto con la respuesta, a pie, por los mismos caminos que ellos.
Rafael significa «medicina de Dios». Había sido enviado a curar a los dos: a Tobit, para que volviera a contemplar la luz de Dios, y a Sara, para librarla del demonio y darla por esposa a Tobías. Su nombre decía desde el principio de dónde venía la curación. A quien busca cómo rezar con san Rafael por un enfermo, por un matrimonio o por un hijo que se va de viaje, el libro le deja un modelo: la oración de Tobit y de Sara, que el propio Rafael presentó ante el Señor.
El libro se cierra con la familia en casa. Pero el compañero de Tobías no se quedó en sus páginas. Siglos después, en los caminos de la Edad Media, seguía acompañando a otros jóvenes que dejaban su casa.
Medicina de Dios en Córdoba
El compañero de Tobías iba con ellos en una tablilla pequeña, pintada con dos figuras: Tobías y el arcángel.
Desde el siglo XI, los cristianos de Occidente ya daban culto a san Rafael. Con el tiempo, la devoción popular lo hizo patrono de los viajeros y de los médicos. Las dos cosas nacen de las mismas páginas: una ruta recorrida juntos y unos ojos que vuelven a ver.
Una ciudad hizo suya esa medicina. En Córdoba, a finales del siglo XIII, entra la peste.
Lo que ocurrió después lo han repetido los cordobeses de generación en generación, como algo de su propia casa. El arcángel pide, por medio de un fraile, fray Simón de Sousa, que se coloque su imagen en lo alto de una torre de la ciudad. El obispo lo hace. Y el contagio cesa.
Siglos después, en la parroquia de San Pedro se han hallado unos huesos. En 1578, un sacerdote de la ciudad, Andrés de las Roelas, recibe varias veces la visita del arcángel. Y el arcángel le revela que esos restos son de los mártires de Córdoba, los cristianos que allí murieron por su fe.
El 7 de mayo, el arcángel le hace un juramento:
«Yo te juro por Jesucristo Crucificado que soy Rafael, Ángel, a quien Dios tiene puesto por Guardián de esta Ciudad».
Roelas se lo confió a otro sacerdote, Juan del Pino. Y Juan del Pino lo guardó durante veinticinco años. En 1603, las autoridades de la diócesis aprobaron el relato.
La casa de Roelas es hoy la Iglesia del Juramento, y cada 24 de octubre Córdoba celebra a su Custodio con fiesta propia.
En 1651 volvió la peste. Cuando terminó, la ciudad levantó una estatua de san Rafael sobre el Puente Romano, en acción de gracias.
Hoy Córdoba tiene además sus triunfos, columnas altas coronadas por el arcángel. Sus pintores lo retrataron con un pez en la mano. El pez del Tigris, el que saltó hacia un muchacho asustado, ha terminado en los lienzos de toda una ciudad.
Cada ciudad guarda a su arcángel. Pero el 29 de septiembre la Iglesia entera reúne a los tres en un solo día.
Un solo día para los tres
La fecha de la fiesta nace a seis millas de Roma, en la vía Salaria, donde se dedicó una basílica a san Miguel. El Martirologio, el libro con que la Iglesia de Roma hace memoria oficial de sus santos, celebra a los tres arcángeles el día de esa dedicación, el 29 de septiembre. El edificio ya no existe; su día sigue vivo, y en la Iglesia latina el culto a Miguel llegó a ser casi universal.
Durante siglos, los tres arcángeles se celebraron en fechas diversas. En 1969, la reforma de la liturgia los reunió en ese mismo día. El 2 de octubre quedó para los ángeles custodios, los que la Iglesia reconoce junto a cada persona, desde el comienzo de su vida hasta la muerte.
Amanece el 29 de septiembre. Quienes empezaron la Cuaresma de San Miguel el día de la Asunción llegan esta mañana al final de su camino de oración.
En las iglesias, al comenzar la gran oración sobre el pan y el vino, el pueblo canta el Sanctus, el triple «Santo» con que la misa se une al canto de los ángeles. Durante ese canto, la voz de la tierra y la del cielo dicen lo mismo.
Después, al llegar la consagración, el centro de la fiesta ya no son los arcángeles. Es Cristo, a quien ellos sirven.
La Iglesia no se limita a cantar con los ángeles. En la gran oración de la misa romana invoca su ayuda. Y cuando despide a uno de sus difuntos, reza con estas palabras: «Al Paraíso te lleven los ángeles».
En Monte Sant'Angelo, ese mismo día, la espada deja la mano del arcángel. Es la de la estatua de mármol, la que el arcángel mantiene en alto sobre el monstruo desde hace más de cinco siglos. La llevan en procesión solemne por las calles del pueblo.
No es una reliquia. Es la espada de una obra de arte que la devoción saca a la luz del día.
En Roma, el ángel del castillo guarda la suya en la vaina. Aquí recorre las calles entre el pueblo.
El combate contra el mal tiene un final, pero todavía nos alcanza: en la lucha que no ganamos solos, en la noticia que no sabemos cómo recibir, en el pasillo de un hospital, en el hijo que sale de casa.
Para esas horas, la Iglesia nos da tres nombres: Miguel, «¿Quién como Dios?»; Gabriel, «fuerza de Dios»; Rafael, «medicina de Dios». Los tres hablan de Él antes que de ellos. Y la victoria que esa espada recuerda nunca fue del ángel: desde el principio pertenece a Dios.
Señor Dios, que enviaste a tus arcángeles como mensajeros de tu amor: a Miguel, que ante el mal dejó el juicio en tus manos y cuyo nombre pregunta «¿Quién como Dios?»; a Gabriel, que llevó a María el anuncio de tu Hijo; y a Rafael, que caminó junto a Tobías y presentó ante ti las oraciones de los que sufrían. Por su intercesión, líbranos del mal, abre nuestro corazón a tu Palabra y acompaña a los que están de camino, a los enfermos y a los que ya no ven salida. Por Jesucristo, nuestro Señor.
San Miguel, Príncipe de la milicia celestial; San Gabriel, mensajero de la Encarnación; San Rafael, patrono de los viajeros; santos arcángeles, rogad por nosotros.
Amén.





