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FIDES VIVA

21 de septiembre

San Mateo, Apóstol y Evangelista

El apóstol publicano que escribió el primer Evangelio

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Capítulos
  1. 0:00La mesa que separa
  2. 5:42La llamada que lo cambia todo
  3. 9:58La mesa del banquete y la misericordia
  4. 14:49El nombre que permanece
  5. 19:18La pluma y la memoria
  6. 25:59Hasta los confines: misión y martirio
  7. 30:23Reliquias, arte y la ciudad que lo llama suyo
  8. 36:28La mesa donde todo vuelve a empezar

Un hombre cuenta monedas bajo un toldo de tela. Las separa por metal: bronce a un lado, plata al otro. Anota una cifra en la cera, la borra con el pulgar, vuelve a sumar. Delante de la mesa un mercader espera con su asno cargado. Todos apartan la vista.

Entonces alguien se detiene al otro lado de la mesa.

Y la mano se queda quieta.

Es un puesto de aduana a la orilla de un lago, en el norte, en la tierra de un rey pequeño que reina porque Roma se lo permite. El hombre cobra peaje por cada saco de trigo, cada fardo de lino, cada viajero que pasa por el camino. Vive mejor que casi todos sus vecinos. Y sus vecinos cruzan de acera cuando lo ven venir. Para ellos es un cobrador de impuestos: uno que se vendió, que toca dinero pagano, que no vale ni como testigo en un juicio.

Esa misma noche su casa se llena de gente. Sus viejos compañeros de oficio, los otros señalados del pueblo, reclinados en torno a las lámparas, comen con el que se detuvo ante la mesa. Y desde el umbral, unos hombres de manto correcto murmuran.

De él no quedó ni una frase dicha en voz alta. Ni un discurso. Ni una oración. Quedó otra cosa: el libro con el que empieza el Nuevo Testamento.

Levantarse de una mesa así, con las cuentas abiertas y el dinero todavía encima del tablero. ¿Qué puede hacer que un hombre lo suelte todo por una sola palabra?

La mesa que separa

Amanece sobre el lago de Genesaret. Las barcas vuelven con la pesca de la noche, y las redes de lino se tienden al sol sobre los guijarros. Esto es Galilea, y Galilea no es una provincia de Roma: la gobierna Herodes Antipas, un tetrarca que reina mientras el emperador quiera. Por el camino que bordea el agua, la Vía Maris, pasan caravanas de la costa hacia Damasco, y con ellas viaja el rumor de siempre: que el Mesías está cerca, que Dios va a acordarse de su pueblo. En las aldeas se paga el tributo con los dientes apretados.

Del niño que un día se sentaría a cobrar ese tributo no quedó rastro. Ni el año en que nació, ni el nombre de su madre, ni la casa donde aprendió a contar. Quedaron dos nombres suyos y uno solo de su padre. Los primeros cristianos lo recordaron como Leví, hijo de Alfeo, y también como Mateo; y la Iglesia ha visto siempre un mismo hombre detrás de los dos nombres. Todo lo demás es silencio: un muchacho judío de Galilea, con una túnica de lino sin teñir, perdido entre los otros muchachos de la orilla.

Cuando aparece, ya es un hombre hecho, y está sentado. Corre el año 28, o muy cerca: nadie anotó la fecha exacta, aunque él anotaba todo lo demás. Su puesto está en Cafarnaúm, junto al camino, bajo un toldo de tela cruda sobre cuatro postes. Una mesa baja. Una balanza de platillos de bronce. Montones de monedas separadas por metal: las prutot de bronce de Antipas; los denarios de plata del emperador; las tetradracmas de Tiro, con las que se paga el tributo del Templo. Tablillas de cera, un rollo de registros. A un lado, un guardia reclutado en la región vigila la fila de mercaderes y sus asnos cargados.

Tiene treinta y cinco años, quizá cuarenta. Piel oliva, menos curtida que la de los pescadores: trabaja a la sombra. El cabello casi negro, ondulado, peinado con aceite y recogido tras las orejas; la barba completa, oscura, recortada con cuidado. Viste una túnica de lino fino, de un tono azafranado que sus vecinos no pueden pagar, y del cinturón de cuero le cuelga la bolsa. Cada mercader deja sus monedas sobre la mesa y retira la mano deprisa, como si el tablero quemara.

Es un publicano: cobra tasas de paso y de aduana para la administración de Antipas. La tarifa oficial es una; lo que se cobra de más se queda en casa del que cobra. Su pueblo lo tiene por dos cosas a la vez. Por impuro, porque trata cada día con extranjeros y con dinero pagano. Y por ladrón, porque todos saben cómo se enriquece un recaudador. Los maestros de la Ley lo ponen en la misma fila que a los salteadores, y su palabra no vale como testimonio en un juicio. Impuro y ladrón a la vez, en la misma frase. Nadie discute su tarifa; nadie quiere su compañía.

Y sin embargo la mesa lo protege. Tiene casa de piedra, tiene qué comer, y mañana el camino traerá más caravanas. La mesa alimenta y aísla al mismo tiempo.

¿Qué puede romper una rutina que todos los demás ya han decidido por él?

Un saco, una tasa, una marca en la cera. Y entre dos cuentas, una voz habla delante de la mesa.

La llamada que lo cambia todo

El que se ha detenido no trae mercancía. No lleva asno, ni fardo, ni bolsa que pesar. Viene por el camino desde el pueblo, con un grupo de hombres detrás, y alguno de la fila creerá reconocerlo: es Jesús, el de Nazaret, el maestro galileo del que se habla en Cafarnaúm y cuya casa de acogida, la de Simón el pescador, está a unos pasos de aquí. Si el hombre de la mesa lo había oído alguna vez, si lo había visto pasar, nadie lo dejó escrito. Los Evangelios recuerdan una sola cosa: que Jesús lo vio.

Lo vio. Sentado, con las cuentas abiertas y las manos sobre el dinero. El publicano estaba acostumbrado a que lo miraran: de reojo, con prisa, calculando al hombre antes de acercarse. Esta mirada era otra. No consultaba el expediente. No calculaba cuánto se había quedado ni a cuántos había apretado. Siglos después, un monje del norte lo resumiría en pocas palabras: lo vio con misericordia y lo eligió. Y en aquella orilla, la fila de mercaderes se calló.

Entonces habló. Una palabra, la que cabe en un aliento.

«Sígueme.»

Nada más. Ni un reproche por el dinero. Ni una condición: primero devuelve, primero arregla tu vida, primero demuestra algo. Ni una pregunta sobre lo que había hecho hasta esa mañana. Una orden que suena a invitación, dicha de paso, en medio del trabajo, delante de todos los que lo despreciaban.

Y el hombre se levantó.

El Evangelio que lleva su nombre lo cuenta con la misma economía con que él anotaba las cifras: «Sígueme. Y él se levantó y lo siguió.» Ni un verbo de más. No dice que dudara. No dice que pidiera tiempo para cerrar la caja o avisar al guardia. Se levantó. El estilo quedó clavado en la cera, la suma a medio hacer. Las monedas, en sus montones de bronce y plata, siguieron brillando sobre el tablero sin nadie detrás. La balanza quedó con un platillo todavía inclinado. Y bajo el toldo, un asiento vacío que hasta hace un instante era el lugar más seguro de su vida.

El Evangelio de Lucas añade a la misma escena una palabra que pesa: «Y él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.» Todo. Un pescador que suelta la red sabe que la barca sigue en la orilla y que puede volver por ella. Un recaudador que deja su mesa no la encuentra a la vuelta: otro se sentará en ella mañana. Deja la renta, la casa que esa renta alimentaba, la única forma que conocía de tener un sitio en un pueblo que lo quería lejos. Deja también, y quizá esto costaba más, el ser alguien: temido, odiado, pero alguien.

No hay noche sin dormir, ni conversación con nadie: la conversión se cuenta como un gesto, ponerse de pie. Una puerta que él ya daba por cerrada se abre de golpe, y lo difícil no es entender la palabra que la abre. Es levantarse.

Camina detrás de Jesús, con su túnica cara entre los mantos de lana cruda de los pescadores. Los vecinos que siempre se apartaban de su paso esta vez se quedan quietos, mirando.

¿Qué hace un hombre con la tarde que le queda, con el dinero que dejó sobre la mesa, con la casa que sigue siendo suya, con los compañeros de oficio que mañana seguirán sentados detrás de sus balanzas? La palabra que oyó junto al lago va a resonar esa misma noche entre las paredes de piedra negra de su casa. Porque lo primero que hace el hombre que lo dejó todo es abrir su puerta.

La mesa del banquete y la misericordia

Esa noche las lámparas de su casa se encienden todas a la vez. Barro cocido en las hornacinas de la pared, aceite bueno, luz amarilla sobre la piedra negra de Cafarnaúm. Sobre las esteras se tienden cojines; sobre las mesas bajas, pan plano todavía caliente, pescado del lago, aceitunas, jarras de vino rebajado con agua. El anfitrión no ha tenido tiempo de cambiar de vida: lleva la misma túnica buena de la mañana, aunque ya sin el cinturón de trabajo ni la bolsa colgada. Lo que sí ha cambiado es la lista de invitados.

Porque los que llegan son los suyos. Otros publicanos, hombres como él, que administran la recaudación de peajes y tasas y viven del margen que le sacan al pueblo. Son los que Cafarnaúm evita en el mercado y no admite como testigos en ningún pleito. Con ellos vienen los que el Evangelio llama, sin más detalle, pecadores: gente con la que un hombre observante no comparte ni el pan ni la sombra. Y en medio de todos, reclinado sobre los cojines a la manera de los banquetes de aquel tiempo, con el codo en la mesa y los pies recogidos, Jesús. Los Evangelios usan ese verbo, reclinarse: no es una visita de cortesía, es una cena larga.

El hombre que acaba de dejar su mesa no se aparta de los que se sentaban a mesas iguales. No huye de ellos, no los borra, no les da un discurso. Los invita. Lo primero que hace con su casa, ahora que ya no le sirve para guardar dinero, es llenarla de las únicas personas que en años no le habían negado el saludo. Salir de un sitio oscuro suele tentar a renegar de los que se quedaron dentro. Aquí ocurre lo contrario: la primera consecuencia de la palabra oída junto al lago es que sus compañeros de oficio se sientan a comer con el que la dijo.

Fuera, en el umbral, otra gente mira. No entran: entrar en casa de un publicano ensucia, y comer con él ensucia más. Son escribas, los que conocen la Ley letra por letra, y fariseos, los que se esfuerzan por vivirla hasta en el detalle. Compartir el pan era, en aquella Galilea, declararse del lado del otro; y a ellos les cuesta entender qué hace un maestro de Israel del lado de esa gente. Se lo preguntan a los discípulos, con una pregunta que es más bien un reproche: por qué su maestro come con publicanos y pecadores.

La respuesta no la da un discípulo. La da Jesús, desde dentro, y la da con las palabras de un profeta que todos los que están en el umbral saben de memoria, Oseas:

«Misericordia quiero y no sacrificio; porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

Nadie contesta. La frase queda en el aire tibio de la sala, entre las lámparas, y cae sobre los de dentro como algo que no esperaban oír de un maestro. No estaban allí a pesar de lo que eran, sino que habían sido buscados precisamente por eso. No es que la Ley no importe: Jesús cita la Escritura para explicarse. Es que el Dios de esa Ley pide, antes que nada, misericordia. Y esa noche la ha puesto sobre la mesa de un recaudador.

El anfitrión la escucha reclinado entre sus antiguos colegas, con su propio pan delante. No dice nada; en los Evangelios nunca se le oye hablar. Pero muchos años después, cuando ponga por escrito lo que recuerda de Jesús, esa misma frase de Oseas volverá a sonar en su texto, en boca del mismo maestro. Quien lo lee después no puede evitar pensar en esta cena.

Aquí nace la pregunta que va a acompañarlo el resto de la vida. Empezar de nuevo, eso ya lo hizo esa mañana. Pero ¿se puede empezar de nuevo sin negar de dónde se viene? ¿Cómo se camina detrás de un maestro cargando el nombre con que todo un pueblo te señalaba? La cena termina; las lámparas se apagan una a una; los invitados vuelven mañana a sus balanzas. Y él sale de su casa detrás de Jesús, hacia un grupo pequeño que el maestro está a punto de escoger, uno por uno, con nombre propio.

El nombre que permanece

Son doce. Hacia el año 29, en algún lugar de Galilea, Jesús los reúne y los aparta del resto de los que lo siguen: un grupo pequeño, con nombre propio, para estar con él y ser enviados después. Los Doce, los llamará la Iglesia desde entonces. Varios son pescadores, hombres de red y de barca; hay un par de hermanos; hay alguno del que apenas se sabe más que el nombre. Y entre ellos, el hombre de la mesa.

Las cuatro listas del Nuevo Testamento lo nombran. Pero solo una le añade algo. Cuando él mismo, muchos años después, ponga por escrito su Evangelio y llegue a la lista de los compañeros, no se llamará Mateo sin más. Escribirá: «Tomás y Mateo el publicano.» Marcos y Lucas lo colocan antes de Tomás y no dicen su oficio. Él se pone detrás, y se pone el apodo. El único que conserva la palabra con que todo un pueblo lo señalaba es el que la llevaba encima. Quienes leyeron esas líneas después lo entendieron como humildad: no borra el nombre viejo, lo firma.

La vida que empieza tiene poco que ver con la anterior. Caminos de tierra entre aldeas, noches al raso o en casas ajenas, comida cuando la hay. La túnica buena se queda en Cafarnaúm; ahora es lana sin teñir, gastada en los bordes, ceñida con una cuerda. Y en esa cuerda, nada. Jesús envía a los suyos sin oro, ni plata, ni bolsa, y el que administraba peajes camina sin una moneda encima. Duerme junto a hombres que antes cambiaban de camino al verlo. Ahora comparten el pan y el polvo, y Pedro, el pescador cuya casa estaba a pocos pasos de su mesa, es su hermano.

Del año siguiente, el año 30, los Evangelios no cuentan nada suyo en particular. Los relatos de la Pasión no lo mencionan: vive, como los demás, el viernes y el sábado en que todo parecía terminado, sin que su nombre aparezca en ninguna línea. Y luego, cuando el Resucitado cita a los suyos en un monte de Galilea, es uno de los Once que suben. Allí, en la tierra donde fue llamado, oye la orden que abre el mundo:

«Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones.»

Todas las naciones. Para un hombre que pasó la vida cobrando a extranjeros en la frontera de una tetrarquía, esas palabras debían sonar de un modo particular. Lo que fue su oficio, tratar con gentiles y contar en varias monedas, era ahora el mapa de un envío.

Vuelven a Jerusalén, a una sala alta —la misma, se ha recordado siempre, de aquella última cena—. Allí los Once esperan con María, la madre de Jesús, y con algunos hermanos suyos, perseverando en la oración. Los Hechos de los Apóstoles dan la lista otra vez, y allí está: Mateo, sin apodo, entre los que aguardan el Espíritu prometido. Días después llega Pentecostés, y la Iglesia sale a la calle.

Quienes vinieron después recordaban que se quedó primero entre los suyos, predicando en Judea y sus alrededores, a judíos como él, antes de partir hacia otros pueblos. De esos años no queda más rastro. En los Evangelios no dice una sola palabra. Y sin embargo lleva dentro algo que ninguno de los otros lleva igual: la memoria exacta de haber sido mirado de otra manera, sentado detrás de una mesa, y de todo lo que oyó desde el día en que se levantó.

¿Qué hace un hombre de cuentas cuando ya no hay cuentas que llevar? Le quedan las manos, y la costumbre de anotar. Le queda una memoria que otros, cada vez más lejanos de Galilea, empiezan a pedirle. Y una memoria así, tarde o temprano, pide ser escrita.

La pluma y la memoria

Una lámpara de barro con la mecha corta. Una tabla apoyada sobre las rodillas. Un rollo de papiro que se va llenando de arriba abajo, columna tras columna. La mano que sostiene el cálamo tiene los dedos oscurecidos por la tinta de hollín, y en el lado interno del dedo medio, un callo antiguo que no viene de las redes ni del arado. Es el callo del que anotó durante años cifras ajenas. Ahora anota otra cosa.

La memoria de la Iglesia antigua sostiene que el primer Evangelio salió de esa mano. Dónde y cuándo exactamente, nadie lo dejó escrito. La hipótesis más compartida lo sitúa entre los años 50 y 70, en la región de Antioquía, en Siria. Allí convivían judíos que creían en Jesús con gentiles recién llegados a la fe. Él tendría entonces cincuenta, sesenta años. El cabello se le ha vuelto gris en las sienes y ralo en la coronilla; la barba, entrecana. Entrecierra los ojos para ver la línea. Y escribe como escribió siempre: con orden.

Porque lo primero que llama la atención de su libro es el orden. Empieza con una lista de nombres, una genealogía: generación tras generación desde Abraham hasta Jesús, pasando por el rey David. Un hombre de registros que abre con un registro. Después reúne la enseñanza de Jesús en cinco grandes discursos, como quien ordena columnas: el sermón de la montaña, con las bienaventuranzas y el Padrenuestro que la Iglesia reza cada día en esa forma, la suya; el envío de los discípulos; las parábolas del Reino. Después, la vida de la comunidad; y el final de los tiempos. Y una y otra vez, la misma fórmula: esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta. Su Evangelio es un puente. De un lado, las promesas hechas a Israel; del otro, el Mesías que las cumple. Por eso es el libro que abre el Nuevo Testamento.

Desde la primera página nombra a Jesús con una palabra del profeta Isaías: «Y le pondrán por nombre Emmanuel», que significa «Dios con nosotros». Y en medio del libro guarda una frase que solo él conserva, una que el hombre del telonio pudo haber oído con oídos distintos de los demás. «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.»

La mano que separaba bronce y plata separa ahora dichos y hechos. La llamada no le quitó el oficio; le cambió el dueño. Lo que aprendió bajo el toldo —anotar con exactitud, no perder una cifra, saber en qué lengua hablaba cada cual— se convierte en el servicio más duradero que un hombre puede prestar a la memoria de Jesucristo.

¿Cómo se sabe que fue él? Por una cadena de voces. Hacia el año 120, en Hierápolis, una ciudad de Asia Menor, un obispo llamado Papías recogía lo que contaban quienes habían escuchado a los discípulos del Señor. De él es la noticia más antigua que se conserva: «Mateo ordenó los oráculos en lengua hebrea, y cada uno los interpretó como pudo.» Los oráculos: las palabras del Señor. Hacia el año 180, en Lyon, Ireneo lo repite con más detalle: «Mateo publicó entre los hebreos, en su propia lengua, una forma escrita del Evangelio, mientras Pedro y Pablo evangelizaban en Roma.» Y en el año 392, desde Belén, Jerónimo —el hombre que tradujo la Biblia entera al latín— vuelve a decir lo mismo: Mateo, y un original hebreo.

Y aquí queda una pregunta que sigue abierta. El texto que la Iglesia lee hoy está en griego, y no parece una traducción. Desde hace siglos se discute si hubo un primer escrito en la lengua de los judíos que después se perdió. Si "lengua hebrea" quería decir el arameo que Mateo hablaba en Cafarnaúm. O si el Evangelio que conservamos nació ya en griego, apoyado en Marcos y en una colección de dichos de Jesús. Ninguna de esas respuestas borra lo que la Iglesia antigua afirmó sin una sola voz en contra: detrás de este libro está el apóstol publicano. Su memoria, su orden, su mirada.

De cómo vivía en esos años queda una sola noticia, transmitida en Alejandría a finales del siglo segundo: «Se alimentaba de semillas, frutos secos y hortalizas, sin carne.» Nada más. El hombre que administró el dinero de un tetrarca terminó viviendo de lo que cabe en una mano.

Y el rollo se acaba. La última línea de su Evangelio no es suya: es de Jesús, en el monte de Galilea, ante los Once. «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» Después, el autor desaparece. No hay firma, no hay despedida, no hay una palabra sobre sí mismo fuera de aquel apodo en la lista. Cuenta lo que vio y calla lo que fue.

¿Qué queda de una vida cuando el nombre se retira del relato y solo la obra permanece? En su caso, queda el libro con que empieza el Nuevo Testamento, leído en voz alta en la liturgia desde hace veinte siglos. Queda la oración que la Iglesia reza cada día con sus palabras. Y queda la pregunta de qué hizo él después de trazar la última letra, enrollar el papiro y apagar la lámpara.

El rollo empezó a viajar. Copiado a mano, de comunidad en comunidad, llegó a lugares donde nadie había visto el lago de Genesaret. Y el hombre también se puso en camino, hacia tierras donde el mapa de su vida se pierde de vista, y donde la memoria de la Iglesia dice que lo esperaba la última consecuencia de aquel «Sígueme».

Hasta los confines: misión y martirio

Un anciano camina bajo un sol que no es el de Galilea. El cabello, blanco y largo hasta el cuello, le asoma bajo un paño que lo protege de la luz; la barba le llega al pecho, blanca también. La túnica ha perdido el color, las sandalias llevan varias costuras. Contra el pecho, envuelto en tela, un rollo. Es lo único que no ha soltado.

Adónde iba, nadie lo anotó. Ya en el siglo cuarto, cuando los cristianos quisieron seguirle el rastro, las respuestas no coincidían. Unos decían Etiopía. Otros, Persia. Otros, el país de los partos, al este del Imperio; y hubo quien habló de Macedonia, o simplemente de Siria. Una noticia más antigua que todas ellas decía otra cosa: que primero anunció a Jesucristo entre los judíos, y al partir hacia otros pueblos les dejó su Evangelio por escrito, para que la palabra se quedara donde él ya no podía quedarse. Del final se sabe todavía menos. Una voz antigua llegó a contarlo entre los apóstoles que no murieron de muerte violenta; otra, la que Occidente hizo suya, lo cuenta mártir. La Iglesia guardó su libro. Su itinerario se le fue de las manos.

Siglos después, una historia más larga y detallada empezó a contarse sobre su final. La fijó, hacia 1260, un libro de vidas de santos que toda Europa leyó en la Edad Media, la Leyenda Dorada, a partir de relatos más antiguos que ya circulaban con su nombre. Y esa historia elige Etiopía.

Lo sitúa en una ciudad llamada Nadaber. Allí dos magos, Zaroes y Arfaxat, tenían atemorizada a la gente con dos dragones; el anciano los amansa en nombre de Cristo, y la corte empieza a escucharlo. Después muere el hijo del rey Egipo. Y el anciano lo devuelve a la vida. El rey cree, la corte cree, y una princesa de aquella corte, Ifigenia, entrega su virginidad a Jesucristo. El apóstol la consagra, y la joven recibe el velo.

Muere Egipo. Sube al trono Hirtaco, y Hirtaco quiere a Ifigenia por esposa. Le pide al apóstol que bendiga la unión. Y el hombre que se levantó de la mesa sin discutir dice ahora, sin discutir, que no: la joven ya está prometida, y no a un rey.

El rey envía a un sicario. Lo encuentra junto al altar, celebrando. Allí lo alcanza la espada. El anciano cae hacia adelante, con el brazo todavía tendido sobre la mesa.

Esa imagen tiene ropa prestada. El altar de piedra, el cáliz, los ornamentos del que celebra son los de la liturgia de siglos posteriores, no los de un judío del siglo primero. Pero la imagen se quedó, porque dice algo verdadero de él. El hombre de la mesa de las monedas, el anfitrión de la mesa del banquete, muere en la tercera mesa de su vida, la del altar, y muere por lo mismo que vivió: por no vender lo que pertenecía a Jesucristo. Por eso, en el arte que vino después, lleva en una mano el libro y en la otra una espada, o una alabarda, y a veces la palma que se da a los mártires.

Y aquí la vida se cierra, pero el cuerpo no desaparece. Con la muerte de un apóstol empieza el viaje de sus huesos: quién los guardó, quién los buscó, quién los llevó al otro lado del mar. Porque la tierra donde hoy reposa aquel anciano de barba blanca no está en Etiopía ni en Persia. Está en el sur de Italia, junto al mar, en una ciudad que lo llama suyo desde hace más de mil años.

Reliquias, arte y la ciudad que lo llama suyo

Una arqueta de madera entra en Salerno a hombros de hombres armados. Es la primavera del año 954. Delante va Gisulfo, príncipe de la ciudad, con el bigote largo y caído de los longobardos y la espada al cinto; detrás, el pueblo entero. La memoria salernitana guarda así la llegada: los restos venían de Velia, en la costa del Cilento, un poco más al sur, donde una noticia aún más antigua los daba por hallados en el año 165. Cómo cruzaron el mar desde Etiopía, o desde Persia, hasta aquella orilla, nadie lo escribió a tiempo. La ciudad no discutió el camino: recibió los huesos bajo el altar de una iglesia antigua, Santa María de los Ángeles. Ese mismo 6 de mayo —los salernitanos lo repiten desde entonces— el cuerpo empezó a brotar un líquido claro. Lo llamaron la manna, y dijeron verlo volver cada año, en la misma fecha, durante siglos.

Más de un siglo después llegan los normandos. Roberto el Guiscardo toma Salerno y levanta sobre aquella iglesia una catedral. En marzo de 1081, ante él y ante el arzobispo Alfano, las reliquias bajan a la cripta nueva. Y en julio de 1084 la consagra un papa que no había venido a consagrar nada: Gregorio VII, expulsado de Roma, refugiado en la ciudad, que morirá allí al año siguiente y quedará enterrado en el mismo templo. Desde entonces el papa reformador y el publicano de Cafarnaúm comparten techo.

Hoy se baja a la cripta por una escalera y la luz cambia. Es un espacio bajo y ancho, forrado de mármoles de colores encajados unos en otros, con las bóvedas cubiertas de estucos dorados y decenas de pinturas: escenas del Evangelio que él escribió, y favores que la ciudad le atribuye, como la tempestad que, según se cuenta aquí, dispersó una flota enemiga. Ese aspecto lo tomó a principios del siglo diecisiete, cuando Domenico Fontana y su hijo rehicieron todo el lugar alrededor de un solo punto. El centro. Allí, a dos metros bajo el suelo, está la tumba. Encima, un altar con un gran baldaquino; alrededor, una balaustrada y cuatro grandes candelabros de latón. Y sobre el sepulcro, desde 1605, una estatua de bronce de Michelangelo Naccherino que tiene dos caras: dos rostros de Mateo, espalda con espalda, uno vuelto hacia la ciudad y el otro hacia el mar. Es un Mateo de ropaje clásico, imaginado, no el judío galileo del siglo primero. Pero el gesto es exacto. El hombre que pasó años mirando a los que venían por el camino vigila ahora las dos entradas de Salerno.

Y Salerno responde. Cada 20 de septiembre, al caer la noche, se celebra sobre el sepulcro el rito de la recogida de la manna, junto a la celda pequeña donde se guarda la caja que la recibía. Al día siguiente, a las seis de la tarde, la ciudad sale a la calle. Seis imágenes recorren el centro histórico a hombros: san José, san Gregorio VII, san Antonio, san Fortunato y san Gayo, y cerrando la fila, llevado por porteadores vestidos de rojo, el apóstol. En un punto del recorrido lo giran hacia el mar, y bendice el agua. Se detiene ante el Ayuntamiento y ante el cuartel de la Guardia di Finanza, los que hoy cobran los impuestos y lo tienen por patrono. En los días previos su reliquia visita el hospital de la ciudad, como quien va a ver a un enfermo. A medianoche estallan los fuegos desde una barcaza frente al mar, y la procesión —presidida este año por monseñor Filippo Iannone— vuelve a bajar hacia la orilla.

Pero la imagen que el mundo entero retuvo no está en Salerno. Está en Roma, en una capilla lateral de la iglesia de San Luis de los Franceses. Entre 1599 y 1600 Caravaggio pintó allí la llamada y el martirio del apóstol, y en 1602 añadió, sobre el altar, al evangelista escribiendo con un ángel que le dicta. No son reconstrucciones: los hombres visten como en la Roma del pintor, con plumas y jubones, en una sala a oscuras. Y sin embargo, en la Vocación pasa lo que pasó. Un rayo de luz cruza la habitación en diagonal, una mano señala, y en la mesa de las monedas un hombre levanta la cabeza sin saber si es a él a quien llaman. Ochocientos años antes, los monjes de Irlanda lo habían pintado en el Libro de Kells entre oro y espirales, con el hombre alado a su lado, porque su Evangelio empieza por la familia humana de Jesucristo. Cada siglo lo pintó a su manera. Todos lo reconocieron por lo mismo: el libro, y la mesa.

Abajo, la estatua sigue mirando a la ciudad y al mar. Los que bajan a verla —peregrinos, contables, aduaneros de uniforme, gente de Salerno que viene desde niña— pasan junto a un hombre al que su propio pueblo no quería a la mesa. ¿Por qué, veinte siglos después, una ciudad entera cierra sus calles para caminar detrás del hombre de la mesa de los impuestos?

La respuesta no está en el bronce. Está en Cafarnaúm, en la mesa de la que se levantó.

La mesa donde todo vuelve a empezar

Amanece sobre el lago. Bajo el toldo, la mesa quedó como estaba: la balanza quieta, las monedas en dos montones, una cifra a medio escribir en la cera. Los mercaderes que llegan esa mañana por el camino encuentran el puesto sin nadie detrás, y un rastro de polvo que se aleja hacia el pueblo.

Tres mesas caben en esta vida. La de las monedas, donde lo miraban con recelo. La de su casa, poco después, con el pan partido entre antiguos colegas y Jesús reclinado en medio. Y la que la memoria más lejana le puso al final: un altar en tierra extranjera, y una espada. En las tres, alguien lo miraba desde fuera: con desprecio, con escándalo, con un arma en la mano.

¿Qué puede hacer que alguien deje la seguridad de su mesa y su pasado con una sola palabra? Su vida contesta sin discurso. No hubo argumento, ni promesa, ni plazo. Hubo alguien que pasó y lo miró sin consultar el expediente. Siglos después, un monje del norte de Inglaterra lo resumió en dos palabras latinas que un papa llevaría en su escudo:

«miserando atque eligendo»: «Lo vio con misericordia y lo eligió, y le dijo: Sígueme».

También nosotros llevamos una cuenta abierta sobre alguna mesa: el escritorio donde el trabajo puede deshacerse una mañana cualquiera con una llamada, el pasillo de un hospital, el mensaje que seguimos sin responder. ¿Qué haríamos si, en medio de esa suma, alguien nos llamara por nuestro nombre sin pedirnos explicaciones?

Él se levantó y no volvió a hablar en todo el Evangelio: dejó que su voz fuera el libro que la Iglesia sigue leyendo cada tres años y reza cada día en el Padrenuestro, hasta la última línea que le oyó a Jesús resucitado en un monte de Galilea: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

En Salerno, el bronce mira a la ciudad y al mar. En Roma, una mano señala en la oscuridad. Pero todo vuelve a la orilla del lago, a una suma que nadie terminó. Aquella mañana, en Cafarnaúm, la misericordia se sentó a la mesa de un publicano, y no se ha levantado de ninguna mesa desde entonces.

San Mateo, apóstol y evangelista, llamado de la mesa de los impuestos a la mesa del Señor, ruega por nosotros.

Fuentes

Fuentes primarias (Escrituras y Padres de la Iglesia)

  • Nuevo Testamento, Evangelio según san Mateo (9,9-13; 10,3; 28,16-20)
  • Nuevo Testamento, Evangelio según san Marcos (2,13-17) y Evangelio según san Lucas (5,27-32)
  • Nuevo Testamento, Hechos de los Apóstoles (1,13-14)
  • Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, III,24,6; III,39,16; VI,25,4 (c. 325)
  • San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses, III,1,1 y III,11,8 (c. 180)
  • San Jerónimo, De viris illustribus, cap. 3 (392)
  • Clemente de Alejandría, Pedagogo, II,1 (c. 198)
  • San Beda el Venerable, Homilía 21 sobre los Evangelios (siglo VIII)

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Jacobo de la Vorágine (Jacobus de Voragine), Legenda aurea, vida de San Mateo (c. 1260) — sourcebooks.fordham.edu
  • Sociedad de los Bolandistas, Acta Sanctorum, Septembris, tomo VI/VIII (1643-1925) — documentacatholicaomnia.eu
  • Alban Butler (ed. Thurston-Attwater), Butler's Lives of the Saints, 21 de septiembre (1956)
  • Pseudo-Abdías, Historia certaminis apostolici / Actas de Andrés y Matías (siglos III-VI)

Documentos y estudios eclesiásticos y académicos

  • Martyrologium Romanum, editio typica altera (Libreria Editrice Vaticana, 2004), 21 de septiembre
  • Benedicto XVI, Audiencia general, 30 de agosto de 2006: San Mateo — vatican.va
  • Henri Daniel-Rops, Histoire de l'Église du Christ, vol. I: L'Église des Apôtres et des martyrs (Fayard, 1948)
  • Arcidiocesi di Salerno-Campagna-Acerno, La Cripta — diocesisalerno.it
  • Parrocchia Santi Matteo e Gregorio Magno, La Cripta — cattedraledisalerno.it
  • "Cattedrale di Salerno", Wikipedia (it.wikipedia.org)
  • Life in Salerno, Il duomo di Salerno (2022)
  • LiveSalerno, Duomo di Salerno: la Cattedrale di San Matteo
  • eCampania, Cripta di San Matteo: un gioiello di fede e architettura

Iconografía

  • Caravaggio, La vocación de San Mateo (1599-1600), San Luigi dei Francesi, Roma
  • Caravaggio, El martirio de San Mateo (1599-1600), San Luigi dei Francesi, Roma
  • Caravaggio, San Mateo y el ángel / La inspiración de San Mateo (1602), San Luigi dei Francesi, Roma
  • "Contarelli Chapel", Wikipedia (en.wikipedia.org)
  • Book of Kells, f. 28v (c. 800), Trinity College Dublin Digital Collections
  • Lindisfarne Gospels, f. 25v (c. 700), British Library Digitised Manuscripts
  • Michelangelo Naccherino, estatua broncínea bifronte de San Mateo (1605-1606), cripta de la catedral de Salerno

Contexto contemporáneo

  • "Leo XIV", Encyclopaedia Britannica (2026)
  • SalernoToday, San Matteo, programma dei festeggiamenti 2026
  • Comune di Salerno / Salerno Cultura, San Matteo 2025, programma
  • Aleintravel, Festa di San Matteo a Salerno

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jueves, 29 de octubre · Evangelio

Jesús llora sobre Jerusalén, que mata a los profetas

En aquel tiempo, ese mismo día, se acercaron algunos fariseos y le dijeron a Jesús: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”. Él les respondió: “Vayan y díganle a ese zorro: ‘Mira, expulso demonios y realizo…