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FIDES VIVA

18 de octubre

San Lucas, evangelista

El compañero de Pablo que escribió un Evangelio y los Hechos

  • Lectura de 24 min
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Capítulos
  1. 0:00Intentamos
  2. 4:18Pablo y nosotros
  3. 8:23Que se haga la voluntad del Señor
  4. 12:44Ni el sol ni las estrellas
  5. 17:29El médico querido
  6. 19:20Lucas es el único que está conmigo
  7. 21:33Por su orden
  8. 25:21Una caja de plomo
  9. 28:33La tarde en que se abrió el arca
  10. 31:58Un solo corazón y una sola alma

Lucas, el evangelista, viajó durante años junto a Pablo y dejó esos viajes contados en un libro. Pero en ese libro no escribe nunca su nombre. Se deja ver con una sola palabra.

Ocurre de noche, en Tróade, un puerto en la costa de Asia. Pablo, el apóstol que llevaba el Evangelio de ciudad en ciudad, ve en visión a un hombre de Macedonia que le suplica que cruce el mar y ayude a los de su tierra. Hasta entonces, el que cuenta los viajes no aparece en ellos. En la frase siguiente se mete dentro del relato y dice nosotros.

Esa palabra llevará a Lucas a la orilla de un río de Macedonia, a catorce noches de tormenta sin ver el cielo, a la última cárcel de Pablo, en Roma. Y allí, cuando los demás se hayan ido, será él, y no Lucas, quien diga quién se quedó a su lado.

Intentamos

Esa palabra nace en un viaje que se ha quedado sin camino. Hacia el año 51, Pablo recorre el interior de Asia Menor con Silas y con Timoteo, un muchacho al que acaba de sumar al grupo. Quieren anunciar a Cristo en la provincia romana que llamaban Asia, y el Espíritu Santo se lo impide. Tuercen hacia el norte, y el Espíritu tampoco los deja pasar.

Con dos caminos cerrados, bajan hasta la costa y llegan a Tróade, un puerto abierto al mar. Delante ya no queda tierra. Lo que pasa después de la visión del hombre de Macedonia lo escribe uno que está en el puerto con ellos. «Inmediatamente intentamos pasar a Macedonia, persuadidos de que Dios nos había llamado para evangelizarles».

Escribe intentamos, en plural. La visión la tuvo Pablo, pero la decisión de cruzar el mar es de todos.

Esa voz es la de Lucas. La memoria más antigua de la Iglesia lo hace hijo de Antioquía, la gran ciudad de Siria, y médico de profesión. La liturgia de su fiesta añade que nació en una familia pagana, de las que daban culto a los dioses antiguos, y que abrazó la fe. Cómo llegó a creer, y quién le habló por primera vez de Cristo, nadie lo dejó contado. Lo que se ve es que, la primera vez que se le oye, ya habla como alguien a quien Dios ha llamado.

Desde los primeros siglos, la Iglesia reconoce en este compañero de Pablo al autor del libro que cuenta estos viajes y de uno de los cuatro Evangelios. No fue uno de los doce apóstoles, ni conoció a Jesús en persona.

Decidido el viaje, zarpan de Tróade y navegan derechos hasta la isla de Samotracia. Al día siguiente tocan tierra en Neápolis, y de allí suben a Filipos, una colonia romana, la primera ciudad de aquella parte de Macedonia. Se quedan unos días.

Un sábado, el día de descanso de los judíos, salen por la puerta de la ciudad hasta la orilla del río, donde pensaban encontrar un lugar de oración. Se sientan y hablan con las mujeres reunidas allí. Una de ellas, Lidia, vende púrpura, el tinte caro de los mantos de lujo, y viene de la ciudad de Tiatira. Ya adoraba al Dios de Israel. Escucha a Pablo, y el Señor le abre el corazón.

Lidia se bautiza con todos los de su casa. Después les ruega que, si de verdad la consideran creyente en el Señor, se queden con ella, y tanto insiste que no les deja decir que no. Entre los huéspedes de aquella casa está Lucas.

Pablo y nosotros

Un día, cuando van hacia el lugar de oración, una muchacha empieza a seguirlos a gritos. Es una esclava con un espíritu de adivinación, y sus amos sacan mucho dinero de lo que ella adivina. Durante días va detrás de Pablo y de los suyos, los que Lucas todavía llama nosotros, gritando por la calle que esos hombres son siervos del Dios Altísimo y que anuncian el camino de la salvación.

Pablo lo aguanta, hasta que, molesto, se vuelve. Le habla al espíritu y le ordena, en nombre de Jesucristo, que salga de la muchacha. El espíritu sale en ese mismo momento.

Con el espíritu se va también la ganancia, y los amos lo entienden enseguida. Agarran a Pablo y a Silas, solo a ellos dos, y los arrastran ante los magistrados de la colonia, que caminan escoltados por guardias con haces de varas. Los acusan de ser judíos que alborotan la ciudad con costumbres que los romanos no pueden aceptar. Los magistrados mandan arrancarles la ropa y azotarlos, y los meten en el calabozo del fondo, con los pies sujetos en el cepo, un madero con agujeros que no deja moverse.

A medianoche, en la oscuridad, Pablo y Silas rezan y cantan himnos a Dios. Un terremoto sacude la cárcel y abre las puertas. El carcelero cree que los presos han huido y va a quitarse la vida, y Pablo le grita que no se haga ningún daño, que están todos allí.

El carcelero les pregunta qué tiene que hacer para salvarse. Les lava las heridas, se bautiza con toda su familia y los sienta a su mesa. Al día siguiente, Pablo hace saber que Silas y él son ciudadanos romanos, a los que nadie podía azotar sin juicio, y exige que los magistrados vengan en persona a sacarlos. Al salir pasan por casa de Lidia, animan a los nuevos cristianos y dejan la ciudad.

Desde que se llevaron a Pablo y a Silas, el que cuenta todo esto ha dejado de decir nosotros. Quizá Lucas se quedó en Filipos para seguir anunciando el Evangelio. Es lo que suponen los estudiosos, porque él no lo cuenta.

La voz que se calló en Filipos vuelve a oírse en Filipos. Han pasado unos años. Terminada la fiesta de los panes sin levadura, la semana de la Pascua judía, Lucas vuelve a escribir nosotros, y zarpa de allí con Pablo.

En cinco días llegan a Tróade, el mismo puerto de aquella primera llamada. El primer día de la semana, el domingo, se reúnen en una sala alta para partir el pan, la misa de aquellos primeros cristianos. La sala está llena de lámparas. Pablo, que se marcha al día siguiente, habla a la asamblea y alarga su palabra hasta medianoche.

Lo que pasa entonces lo vio Lucas. Un muchacho llamado Eutico está sentado en el borde de la ventana, y mientras Pablo habla se va quedando dormido. Vencido por el sueño, cae desde el tercer piso. Cuando lo levantan, está muerto.

Pablo baja, se echa sobre él y lo abraza. Después dice a todos «No se alarmen, porque está vivo». Vuelve a subir, parte el pan, come y sigue hablando con ellos hasta que amanece. Al muchacho se lo llevan a su casa con vida, y todos quedan muy consolados.

Con la primera luz, Pablo se pone en camino.

Que se haga la voluntad del Señor

En ese viaje, Pablo tiene prisa. Quiere estar en Jerusalén para Pentecostés, la gran fiesta judía, así que no se detiene en Éfeso. Desde el puerto de Mileto manda llamar a los presbíteros de aquella Iglesia, los responsables de la comunidad, y ellos bajan hasta la costa.

Pablo les recuerda que ha servido al Señor con humildad y con muchas lágrimas, y que se ganó el pan con sus propias manos. Ahora va a Jerusalén como encadenado por el Espíritu, sin saber lo que le espera allí. De ciudad en ciudad, el Espíritu Santo le avisa de cadenas y de pruebas. Les dice que no volverán a verlo, y los pone en manos del Señor.

Antes de terminar, les recuerda lo que dijo el Señor Jesús, «La felicidad está más en dar que en recibir». Lucas oye esa frase en aquel puerto y la deja escrita, como dejará escritas otras palabras de Jesús que le contarán los testigos.

Luego Pablo se pone de rodillas y ora con todos ellos. Todos lloran. Lo abrazan y lo besan, apenados sobre todo porque no volverán a ver su cara. Después lo acompañan hasta el barco.

El viento los lleva rápido de puerto en puerto, y luego, en otro barco, hasta Tiro, en la costa de Fenicia. Pasan allí una semana con los cristianos de la ciudad. Movidos por el Espíritu, ellos le dicen a Pablo que no suba a Jerusalén.

Al despedirlos, la comunidad entera, con las mujeres y los niños, se pone de rodillas con ellos en la playa para orar.

En Cesarea el aviso deja de ser palabra. El grupo se aloja en casa de un cristiano del lugar, y allí pasan muchos días. Baja de Judea un profeta, Agabo. Entra, toma el cinturón de Pablo y se ata con él los pies y las manos. Dice que el Espíritu Santo anuncia que así atarán en Jerusalén al dueño de ese cinturón, y que lo entregarán a los paganos.

Entonces todos, los cristianos de Cesarea y también los que viajan con él, Lucas entre ellos, le ruegan llorando a Pablo que no suba.

Pablo los mira y les dice «¿Por qué lloran así y destrozan mi corazón?» Está dispuesto a que lo encadenen, y también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.

Como ya no consiguen convencerlo, dejan de insistir y dicen lo único que queda por decir, «Que se haga la voluntad del Señor».

Unos días después, terminados los preparativos, suben con él a Jerusalén.

En Jerusalén los cristianos los reciben con alegría. Al día siguiente, Pablo va con Lucas y los demás a ver a los responsables de aquella Iglesia, reunidos todos en una casa. Les cuenta lo que Dios ha hecho entre los paganos, y ellos alaban a Dios al oírlo. Ahí deja Lucas, otra vez, de decir nosotros.

Pocos días después, en el Templo, unos judíos llegados de Asia reconocen a Pablo. Amotinan a la gente y lo acusan de haber metido paganos en el recinto sagrado. Lo sacan a rastras y lo golpean, hasta que llega el tribuno, el jefe de la guarnición romana, con sus soldados. El tribuno lo hace atar con dos cadenas, como había anunciado Agabo con el cinturón, y ordena subirlo a la fortaleza, mientras la gente grita que lo maten.

En lo alto de la escalinata, Pablo pide permiso para hablar. Se hace un gran silencio, y les habla en hebreo, con las cadenas puestas.

Ni el sol ni las estrellas

Pablo sigue encadenado. Pasa dos años preso en Cesarea, la ciudad donde Agabo le había hecho el aviso del cinturón, y al final pide que lo juzgue el César, el emperador de Roma. Hacia el año 60, en el puerto de esa misma ciudad, la voz de Lucas, callada desde Jerusalén, vuelve a decir nosotros, y se decide que embarquen hacia Italia. Lucas sube a bordo junto a Pablo.

A Pablo y a otros presos los custodia un centurión llamado Julio, un oficial romano al mando de cien soldados. Junto a Lucas viaja también Aristarco, un macedonio de Tesalónica. En Sidón, la primera escala, Julio trata a Pablo con humanidad y lo deja ir a ver a sus amigos.

Desde allí los vientos soplan en contra. Más adelante cambian a un barco de Alejandría que va a Italia, y avanzan a duras penas hasta un lugar de Creta llamado Buenos Puertos. Ya ha pasado el ayuno de los judíos, el día de la Expiación, cuando empiezan los temporales, y navegar se ha vuelto peligroso. Pablo avisa de que el viaje traerá daño para la carga, para el barco y también para las vidas. Pero aquel puerto no sirve para pasar el invierno, y el centurión hace más caso al piloto y al patrón del barco. Deciden salir.

Apenas zarpan, se les echa encima el Euroaquilón, un viento fuerte del nordeste. El barco no puede hacerle frente y lo dejan ir a la deriva. Los marineros pasan cuerdas por debajo del casco para que no se abra. Después tiran parte de la carga al mar, y luego, con sus propias manos, los aparejos del barco.

Pasan los días sin que se vea el sol. Pasan las noches sin estrellas. La tormenta no afloja. A bordo, también Lucas y sus compañeros pierden toda esperanza de salvarse.

Hace mucho tiempo que nadie come. Entonces Pablo se pone en medio de todos. Les cuenta que se le ha presentado un ángel del Dios al que pertenece y al que sirve. El ángel le ha dicho que no tema, que tiene que comparecer ante el César, y que Dios le concede la vida de todos los que navegan con él.

Así llega la decimocuarta noche. Los marineros echan la sonda, una cuerda con un peso para medir el fondo, y encuentran veinte brazas, la medida de unos brazos abiertos. Un poco más adelante, quince. La tierra está cerca. Echan cuatro anclas por la popa y esperan a que llegue el día.

Algunos marineros intentan entonces escapar en el bote. Pablo se da cuenta y avisa al centurión y a los soldados que, si esos hombres no se quedan en el barco, nadie podrá salvarse. Los soldados cortan las cuerdas y dejan que el bote caiga al mar.

Al amanecer, Pablo les ruega a todos que coman. Llevan catorce días esperando sin probar casi nada. Les asegura que ni un cabello de la cabeza de ninguno se perderá.

Toma pan. Da gracias a Dios delante de todos. Lo parte, y empieza a comer.

Es el gesto de aquella sala llena de lámparas en Tróade, ahora en la cubierta de un barco perdido. Todos se animan y comen también. Son doscientas setenta y seis personas.

Cuando ya han comido, tiran al mar el trigo que llevaba el barco, para aligerarlo. Con la luz ven una bahía con playa y tratan de llevar el barco hasta allí. Pero encallan. La proa queda clavada en el fondo, y la popa se va deshaciendo con los golpes de las olas.

Los soldados quieren matar a los presos para que ninguno se escape. El centurión Julio se lo impide, porque quiere salvar a Pablo. Unos a nado y otros agarrados a tablones del barco, todos llegan a tierra.

Ni uno solo de los doscientos setenta y seis se ha perdido. La isla se llama Malta.

El médico querido

De los que salieron del mar con vida, dos siguen con Pablo hasta Roma, Aristarco, el macedonio, y Lucas. En la capital del imperio, Pablo espera su juicio bajo custodia otros dos años, y Lucas está a menudo a su lado.

Desde ese encierro, Pablo escribe a comunidades lejanas, y al terminar cada carta deja que saluden los que tiene alrededor. Ahí aparece por fin el nombre del hombre que en su propio libro nunca dijo quién era.

A los cristianos de Colosas, una ciudad de Asia Menor, Pablo les manda saludos de Lucas, el médico querido, y también de Demas, otro de sus compañeros.

Son dos palabras, médico y querido, dichas de paso, al final de una carta. Una cuenta a qué se dedicaba aquel compañero. La otra, lo que era para el preso que la escribe.

Por la primera de esas palabras, hoy la Iglesia invoca a Lucas como patrón de los médicos y de todos los que cuidan a los enfermos. En Brasil, el día de su fiesta, se celebran misas por ellos.

De vuelta en aquel encierro de Roma, otra carta termina del mismo modo. Va dirigida a un solo hombre, un amigo de Pablo. Le mandan saludos Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, a los que Pablo llama sus colaboradores, los que trabajan con él por el Evangelio.

Lucas sale nombrado cerca de Marcos, el hombre que da nombre a otro de los cuatro Evangelios.

Son cuatro compañeros alrededor de un preso, y Pablo los nombra uno por uno.

Lucas es el único que está conmigo

En las cartas de aquella primera custodia, Demas mandaba saludos al lado de Lucas. Más tarde, en tiempos del emperador Nerón, Pablo vuelve a estar preso en Roma, y esa prisión ya es la última. Desde allí escribe a Timoteo, el joven que caminaba con él cuando apareció el nosotros en Tróade.

Pablo hace balance de su vida. Le dice a Timoteo que ha combatido el buen combate y que ha terminado la carrera. Después le pide que venga pronto a verlo, y le cuenta quién se ha ido y quién sigue con él.

La lista es corta.

Demas ha abandonado a Pablo, enamorado de este mundo presente. Crescente se ha marchado a Galacia. Tito se ha ido a Dalmacia.

Y entonces Pablo escribe una frase sola.

«Lucas es el único que está conmigo».

La palabra que nació aquella noche en Tróade llega hasta esta cárcel de Roma. Durante años, el compañero contó la historia sin decir quién era, metido en un nosotros que pasaba por el río, por la sala de las lámparas, por la casa de Cesarea donde todos lloraron y por el barco a la deriva. Al final, el nombre del que se quedó lo dice Pablo.

Así termina el camino de Pablo. Muere mártir en Roma, en la misma ciudad donde crucifican al apóstol Pedro.

De aquella última carta queda la frase sobre el compañero. Todavía hoy, en la misa de la fiesta de Lucas, la Iglesia la vuelve a leer en voz alta, con Demas, con Crescente, con Tito y con el único que se quedó.

Lo que Pablo predicaba de ciudad en ciudad no se pierde con él, ni tampoco se pierde lo que contaron los que vieron a Jesús con sus propios ojos, porque el hombre que se quedó al lado de Pablo lo ha puesto todo por escrito.

Por su orden

A finales del siglo II, en Lyon, en la Galia, el obispo de la ciudad, Ireneo, pone en fila los Evangelios que leen las Iglesias y da a cada uno su origen. Del tercero dice que Lucas, el compañero de Pablo, puso en un libro el Evangelio que Pablo predicaba.

Ese libro empieza como una carta. Se dirige a un hombre llamado Teófilo y, antes de contar nada, le explica de dónde viene todo lo que va a leer.

Cuenta que muchos ya habían intentado poner por escrito lo que pasó, tal como lo transmitieron los que lo vieron desde el principio. Y luego habla de sí mismo. «También yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.»

En esas páginas hay escenas que ningún otro Evangelio trae. El buen samaritano. El hijo pródigo. El mendigo Lázaro de la parábola, tendido a la puerta del rico. La mujer a la que todos señalan como pecadora y que, perdonada, lava los pies de Jesús. Son historias de pobres, de heridos y de gente que vuelve. Después vendrá un segundo libro, los Hechos de los Apóstoles, que vuelve a nombrar a Teófilo y en el que, un día, aparecerá la palabra nosotros.

Aquel compañero que nunca vio a Jesús es también quien cuenta lo que nadie más cuenta de su Madre. El anuncio del ángel a María. Su viaje para visitar a Isabel. Su canto, en el que Dios levanta a los humildes y llena de bienes a los hambrientos. La presentación del Niño en el Templo. Y la angustia de María y de José cuando pierden al Niño y lo buscan.

El corazón que el Señor abrió a Lidia junto al río vuelve en estas páginas como el de una madre. Lucas se detiene dos veces en el mismo gesto, y lo escribe así.

«María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».

De Lucas creció también una memoria muy querida. En Oriente se contaba desde muy antiguo que el hombre que escribió esas páginas había pintado también el rostro de la Madre de Dios, con el Niño en brazos, sobre una tabla de madera.

En la ciudad italiana de Bolonia cuentan su propia historia de esa Virgen. Un ermitaño venido de Constantinopla subió a la colina de la Guardia con una imagen pintada sobre madera de cedro, que según ellos era obra de Lucas. La imagen quedó al cuidado de una mujer de la ciudad, que se empeñó en levantarle un santuario en lo alto.

Siglos después llegó un tiempo de lluvias y de hambre. Los boloñeses bajaron la imagen a la ciudad con gran devoción. Cesó el mal tiempo, volvió a salir el sol, y ellos lo vieron como una señal de que la Virgen había rogado por ellos.

Desde entonces, cada año, la Madonna di San Luca, la Virgen de San Lucas, baja de su colina en procesión y se queda una semana entre su gente. Por esa memoria de Lucas pintor de la Virgen, los artistas lo tienen por patrón.

Una caja de plomo

El libro de Lucas pasa de una Iglesia a otra, y en todas se lee. De su propia vida llega mucho menos. Los cristianos de los primeros siglos recordaron su vejez, y no la recordaron igual.

Unos cuentan que no se casó, que escribió su Evangelio en Acaya, en Grecia, y que murió a los setenta y cuatro años, lleno del Espíritu Santo. Otros dicen que vivió hasta los ochenta y cuatro, en Tebas, una ciudad de Grecia, y hay quien añade que murió mártir, aunque nadie lo sabe con certeza. De esa memoria viene la tumba de piedra, un sarcófago antiguo que los cristianos de Grecia veneran como su primer sepulcro.

Pero sus huesos no se quedaron en Tebas. En el siglo cuarto los llevaron a Constantinopla, la nueva capital del Imperio, junto con los del apóstol Andrés, y los colocaron en la basílica de los Apóstoles. A finales de ese mismo siglo lo deja anotado san Jerónimo, uno de los grandes maestros de la Iglesia antigua.

En algún momento esos huesos viajaron hacia Occidente, y el rastro siguiente aparece bajo tierra. En el siglo doce, en el cementerio junto a la iglesia de Santa Giustina de Padua, en el norte de Italia, sale a la luz una caja de plomo. Según el relato del hallazgo, por fuera lleva grabados unos becerros y una doble cruz, y por dentro, el nombre del evangelista. Por esas señales la reconocen como la caja de Lucas.

Más de un siglo después, el abad del monasterio de Santa Giustina manda hacer para esos restos una casa digna, un arca de mármol. La sostienen cuatro ángeles, y en sus relieves aparecen la figura de Lucas, ángeles con antorchas y unos bueyes tallados. Esa arca sigue hoy allí, en la basílica, donde los fieles lo veneran.

Esos becerros y bueyes vienen de muy atrás. Ireneo, aquel obispo de Lyon, le había dado a Lucas un animal, el becerro que se ofrecía en sacrificio en el Templo de Jerusalén, porque su Evangelio empieza con un sacerdote, Zacarías. De ahí el buey que lo acompaña en las imágenes, el toro, como lo llama mucha gente.

En 1354 llega a Padua una petición del emperador Carlos IV, rey de Bohemia. Para la nueva catedral de San Vito, en Praga, su ciudad de origen, quiere el prestigio de una reliquia de los tiempos de los apóstoles. El cráneo de Lucas sale de Padua y viaja hacia el norte.

El cuerpo se queda en el arca, sin cabeza. Durante más de seis siglos, cabeza y cuerpo descansan en dos países distintos, y en Tebas la tumba de piedra sigue vacía.

La tarde en que se abrió el arca

Siglos después, el obispo ortodoxo de Tebas quiere poner en aquella tumba vacía un pequeño resto de Lucas, como un gesto de amistad entre su Iglesia y la de Roma, y escribe a Padua para pedirlo.

En Padua, el obispo católico de la ciudad ordena un reconocimiento oficial de las reliquias, el examen que la Iglesia hace de unos restos venerados, y llama a catorce expertos. Los preside un médico que estudia el cuerpo humano después de la muerte.

La tarde del 17 de septiembre de 1998 levantan la tapa del arca, que llevaba casi cinco siglos sin abrirse. Dentro está la vieja caja de plomo, de casi dos metros, todavía sellada, y en ella hay un esqueleto sin cabeza, bien conservado, de un hombre que murió anciano. Entre los huesos hay unas monedas antiguas, una de ellas del año 299, y uno de los expertos ve en ellas la señal de que, en otros tiempos, alguien había abierto la caja y la había vuelto a cerrar.

Quedaba en pie la pregunta que había dejado el viaje de la cabeza, si el cráneo de Praga y el cuerpo de Padua eran del mismo hombre. Traen el cráneo desde Praga, lo acercan al esqueleto, y encaja con la primera vértebra del cuello. Cabeza y cuerpo, separados en tiempos del emperador Carlos IV, vuelven a estar juntos.

Los expertos trabajan casi tres años. Los huesos son de un hombre de un metro sesenta y tres, con la artrosis que dejan los años. La prueba del carbono 14, que mide la edad de los huesos, los sitúa entre la segunda mitad del siglo primero y comienzos del quinto. El ADN que se hereda de la madre apunta a un origen sirio y no griego, y Antioquía, la ciudad que la memoria antigua le daba por patria, estaba en Siria.

Dentro de la caja hay además una tablilla de plomo, escrita en latín y en griego, copia de una inscripción más antigua.

Dice «Ossa Lucae Evangelistae», los huesos de Lucas evangelista.

Al final, la comisión concluye que no hay un solo elemento contrario a que sea el esqueleto de san Lucas evangelista.

Los mismos análisis alcanzan también a Roma. En el siglo sexto, un embajador del papa en Constantinopla había llevado a Roma una cabeza que se veneraba como la de Lucas. La prueba del carbono 14 muestra que es siglos más reciente que Lucas. No puede ser la suya.

Y la carta de Tebas recibe su respuesta. En el año 2000, una costilla del esqueleto de Padua viaja a Grecia, hasta el sarcófago que quizá fue la primera tumba de Lucas. Sale de una basílica católica y entra en la tumba que venera una Iglesia ortodoxa. Dos Iglesias que todavía no están unidas se encuentran, por un momento, ante el mismo santo.

Un solo corazón y una sola alma

Lo primero que Lucas contó de la Iglesia en su segundo libro pasa en Jerusalén. Cuando Jesús ya ha sido llevado al cielo, los once apóstoles vuelven del monte de los Olivos y suben a la sala de arriba de una casa. Allí perseveran juntos en la oración, con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús.

Llega Pentecostés, el día en que el Espíritu Santo baja sobre ellos. Después, los que se han bautizado perseveran en la enseñanza de los apóstoles, en la vida en común, en las oraciones y en la fracción del pan, el mismo gesto que Pablo hará años después, de noche, en Tróade. Parten el pan en sus casas con alegría y sencillez de corazón, y nadie llama suyo nada de lo que tiene. Todo cabe en la frase con que Lucas los describe, «El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma».

Aquella frase vuelve a oírse cada 18 de octubre, el día de la fiesta de Lucas. En la misa de ese día, ante el arca de Padua o en cualquier parroquia del mundo, el sacerdote extiende las manos y se dirige a Dios con una oración antigua, escrita en latín. Le recuerda que eligió a Lucas para revelar, con su predicación y sus escritos, el misterio del amor de Dios a los pobres. Después le pide que los que ya creen en Él perseveren con un solo corazón y una sola alma, y que todos los pueblos vean su salvación.

Lo que Lucas contó de aquellas casas de Jerusalén la Iglesia lo pide ahora para sí, con sus mismas palabras. Y el compañero que en el relato de los viajes solo se dejó oír con la palabra nosotros queda nombrado, con todas las letras, en la oración de la Iglesia entera.

Lucas nunca escribió su nombre en su libro, pero estuvo en el barco y, en la última prisión, junto al que sufría.

San Lucas, médico querido, tú buscaste a los testigos y pusiste en orden lo que Jesús hizo y enseñó. Te quedaste junto a Pablo en el barco a la deriva y en su última prisión, cuando los demás se fueron. Acompaña hoy a los enfermos, a los que los cuidan y a los que se han quedado solos. Alcánzanos un corazón que guarde la Palabra como la guardaba María. Y pide a Dios que todos los que creen en su Hijo lleguen a ser un solo corazón y una sola alma. Ruega por nosotros. Amén.

Fuentes

Fuentes primarias (siglos I–IV)

  • Conferencia Episcopal Española, Sagrada Biblia, Evangelio según san Lucas y Hechos de los apóstoles (2011) — conferenciaepiscopal.es
  • El Libro del Pueblo de Dios, Hechos 20–21 — Libreria Editrice Vaticana, vatican.va
  • R. A. Knox, The Holy Bible, Hechos 16 y 27 (ed. 2012) — Baronius Press / New Advent
  • San Ireneo de Lyon, Adversus haereses III,1 (c. 180) — New Advent
  • Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica III (s. IV) — New Advent
  • San Jerónimo, De viris illustribus 7 (392–393) — New Advent
  • Liturgia Horarum, fiesta de san Lucas, Vísperas — breviarium.info
  • Missale Romanum, ed. typica tertia (2002), colecta del 18 de octubre — catholiccrossreference.online

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Santuario della Beata Vergine di San Luca, Guida alle opere (2025) — santuariodisanluca.it
  • Parroquia de San Vicente Ferrer (Madrid), blog, San Lucas (2021) — sanvicenteferrer.archimadrid.es
  • ACI Prensa, Santo del Día: San Lucas, Evangelista (2021) — angelusenespanol.com
  • Vatican News, s. Lucas, evangelista, médico, patrón de los artistas — vaticannews.va

Documentos eclesiásticos y estudios

  • Benedicto XVI, Audiencia general del 28 de diciembre de 2011 — vatican.va
  • Francisco, El ocaso del apóstol, meditación del 18 de octubre de 2013 — vatican.va
  • Catholic Encyclopedia, Gospel of Saint Luke (1913) — New Advent
  • L. Bianchi, San Luca testimone della fede che unisce, 30Giorni 02-2004 — 30giorni.it
  • S. Falasca, Luca riposa a Padova, 30Giorni 11-1998 — 30giorni.it
  • 30Giorni, San Luca, suplemento Ne scelse dodici (2007) — 30giorni.it
  • Abbazia di Santa Giustina, San Luca Evangelista (2024) — abbaziasantagiustina.org
  • Comune di Bologna, Santuario della Madonna di San Luca — storiaememoriadibologna.it
  • Iuncturae, La vicenda delle reliquie di San Luca Evangelista (2023) — iuncturae.eu

Iconografía

  • Biblioteca Apostolica Vaticana, Vat. copt. 9, f. 388v (miniatura de san Lucas) — vaticannews.va
  • Vittorio Bigari, frescos del ábside (1755–1764), Santuario de San Luca, Bolonia — santuariodisanluca.it
  • Arca de san Lucas (1313), basílica de Santa Giustina, Padua — abbaziasantagiustina.org

Contexto contemporáneo

  • La Santa Sede, León XIV — vatican.va
  • Arquidiocese de Juiz de Fora, programa de São Lucas (2026) — arquidiocesejuizdefora.org.br
  • Arquidiocese de São Salvador da Bahia, São Lucas Evangelista em Campinas de Pirajá (2024) — arquidiocesesalvador.org.br
  • Diocese de São Mateus, Festa do padroeiro São Lucas em Nestor Gomes (2024) — diocesedesaomateus.org.br
  • Secretaría de Cultura de México, Fiesta de San Lucas, Tixtla — sic.cultura.gob.mx
  • M. Raschi, Madonna di San Luca, la storia dell'icona, Il Resto del Carlino (2026) — ilrestodelcarlino.it

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