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FIDES VIVA

11 de septiembre

San Juan Gabriel Perboyre

Murió atado a una cruz en Wuchang

  • Lectura de 27 min
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Capítulos
  1. 0:00La puerta inesperada
  2. 5:47Formarse para perderse
  3. 10:39El puesto del hermano
  4. 14:08Hacerse pequeño en tierra ajena
  5. 20:09Fidelidad bajo cadenas
  6. 25:43La cruz en Wuchang
  7. 30:13Semilla para muchos
  8. 34:19Cuando el deseo y el destino se encuentran

Un muchacho de catorce años camina por un camino de tierra blanca con su hermano pequeño al lado. Llevan un hatillo cada uno y los zuecos manchados de polvo. El pequeño va a la ciudad a estudiar. El mayor solo lo acompaña unos días; en casa lo esperan las ovejas y el trabajo del campo.

Llegan ante una casa de ladrillo rosado. Entran los dos.

Y el mayor no regresa.

No hubo voz del cielo ni sueño en la noche. Hubo un hermano al que no quiso dejar solo, y una casa nueva de la que, una vez dentro, ya no supo salir. Los suyos lo esperaban para la siega. Se quedó.

El que se quedó por acompañar acabará cruzando el mundo entero, más allá de cuanto nadie en aquella casa imaginaba. Años después se rasurará la frente y se trenzará el cabello a la espalda, como los hombres de un imperio que no es el suyo. Aprenderá a hablar una lengua que jamás se había hablado en su valle del Quercy. Y morirá a los treinta y ocho años, atado a un madero en forma de cruz, en una colina al otro lado del mundo.

Sin sangre en las manos. Sin haber levantado la voz. Entregado por dinero.

¿Qué puede nacer de una decisión tomada solo para no dejar solo a un hermano?

La puerta inesperada

Es enero y la meseta calcárea del causse está blanca de escarcha. En una casa de piedra de Le Puech, una aldea de la comuna de Montgesty, en el Quercy, acaba de nacer un niño. Fuera, la Francia de 1802 respira todavía con dificultad. Hace pocos años las campanas callaban por decreto, los sacerdotes se escondían o partían al exilio, y las iglesias servían de almacén de grano. Ahora se abren de nuevo, despacio, con los altares desnudos y las escuelas de sacerdotes casi vacías. Nada de eso pesa demasiado en este valle. Aquí hay ovejas, pan y frío.

El niño nace el 6 de enero, día de la Epifanía, y lo inscriben con el nombre de Jean-Gabriel. Juan Gabriel. Es el primero de los ocho hijos que tendrán Pierre Perboyre y Marie Rigal, labradores con tierra propia, gente de manos anchas y palabras cortas.

Así lo recordaban en casa: desde los seis años guarda un pequeño rebaño por las laderas de piedra. Camina detrás de las ovejas con un cayado de avellano, la cara y las manos tostadas, las uñas rotas. En invierno, cuando el campo descansa, baja a la escuela del pueblo con un libro de tapas azules bajo el brazo. No es un niño de arrebatos. Es callado, exacto, de los que hacen bien lo que tienen delante y no cuentan nada. Un detalle de aquellos años: el pan y el queso del hatillo solían acabar en manos de algún pobre del camino, y él volvía a casa sin haber comido. Ningún prodigio, ninguna señal. Un muchacho de rebaño y zuecos de madera.

Y así habría seguido, quizá, de no ser por un tío suyo.

Jacques Perboyre es sacerdote de la Congregación de la Misión, la familia religiosa fundada por san Vicente de Paúl para servir a los pobres y formar al clero; a sus miembros los llaman vicentinos o lazaristas. Ha sobrevivido a los años en que ser sacerdote costaba la vida. Ahora, en 1816, acaba de abrir en Montauban un seminario menor, una escuela donde los niños del campo pueden empezar a estudiar para el sacerdocio. Luis, el hermano menor de Juan Gabriel, va a entrar en ella. Alguien tiene que llevarlo. El mayor, que ya tiene catorce años, lo acompaña.

Entra para ver a su hermano dormir tranquilo la primera noche entre desconocidos. Y en ese edificio de ladrillo, entre bancos corridos y una capilla con velas de sebo, ocurre lo que nadie había previsto. Pide quedarse.

Nadie guardó las palabras con que lo dijo. No hay carta, no hay testigo que recuerde una lágrima o un temblor en la voz. Solo el hecho, seco y claro: el hermano que iba a volver a la granja no volvió. Se quedó a aprender latín y a rezar cada día junto al pequeño al que había traído de la mano. Fue en una casa levantada para formar sacerdotes de Jesucristo en un país que casi había olvidado tenerlos.

Acompañar hasta una puerta no garantiza el regreso: a veces el que se queda no es el que uno pensaba. Un gesto de afecto fraterno, sin otra intención que no dejar solo a un niño, abre un camino que ninguno de los dos ha elegido todavía.

¿Qué mueve a alguien a quedarse donde nadie lo esperaba? En el patio de Montauban no hay respuesta, solo un muchacho de sotana nueva mirando un amanecer que no había planeado ver. Lo que ese gesto va a costar, y hasta dónde va a llevarlo, todavía no lo sabe nadie. Ni él.

Formarse para perderse

Cuatro inviernos más tarde, el mismo joven está de rodillas sobre la piedra fría de aquella capilla. Es el 28 de diciembre de 1820, fiesta de los Santos Inocentes, y pronuncia sus votos en la Congregación de la Misión: las cuatro promesas con que un vicentino se compromete para siempre a la pobreza, la castidad, la obediencia y la estabilidad en la misión entre los pobres. Nada en la ceremonia llama la atención. Un altar de madera, unas velas de sebo, la voz baja de alguien que ha aprendido a no hacer ruido.

Pero ya hay en él algo que mira lejos. Desde entonces quiere las misiones: ir donde nadie ha oído el nombre de Jesucristo y donde pronunciarlo cuesta la vida. Lo dice a sus superiores con la misma discreción de siempre. Lo anotan. Y lo dejan esperar.

Al año siguiente, en 1821, lo envían a París a continuar los estudios. El camino pasa cerca de casa, y el superior le concede lo que cualquier hijo desearía: detenerse unos días en Le Puech, junto a su madre y su padre. Tiene diecinueve años y hace cinco que no pisa la granja.

Dice que no.

La razón cabe en una frase, y esa frase se repitió en la Congregación durante generaciones: "San Vicente fue una sola vez a ver a su familia, y lo lamentó." Ningún reproche a los suyos, ninguna teoría sobre el desapego. Solo un joven que ha decidido tomar en serio, hasta el último detalle, al hombre cuya regla ha abrazado.

En París, el 23 de septiembre de 1826, se tiende boca abajo sobre las losas de una capilla, mientras se cantan las letanías de la ordenación. Luego el silencio, las manos del obispo sobre su cabeza, las de los demás sacerdotes una tras otra. Le ungen las palmas con óleo y le entregan un cáliz. A los veinticuatro años es sacerdote de Jesucristo. Aquellas manos largas de campesino, afinadas por diez años de libros, van a partir el pan del altar cada mañana durante los años que le queden de ministerio, en Francia y en China.

Los que vivieron con él conservaron una frase suya: "Nunca estoy más contento que cuando he ofrecido el Santo Sacrificio." Tras la misa se quedaba media hora más, en acción de gracias, sin que nadie se lo pidiera. De ahí, y no de los libros, nace la idea que lo acompañará siempre: que un sacerdote ha de ser otro Jesucristo. Y él quiere serlo del todo.

Pero China tendrá que esperar. Lo destinan a enseñar teología en el seminario de Saint-Flour, en las montañas de Auvernia. Después, superior del seminario menor de Saint-Pons, entre adolescentes como el que él fue. Y en París, subdirector del seminario interno de la rue de Sèvres, la casa donde los jóvenes vicentinos dan sus primeros pasos. Nueve años, de 1826 a 1835, entre aulas, pasillos y capillas de Francia.

No es lo que pidió. Lo hace bien. Sus alumnos lo recuerdan paciente y exacto, duro consigo mismo y suave con ellos. Cada vez que vuelve a pedir la misión, la respuesta es la misma, y la da su propio cuerpo: tos, fiebres, noches sin dormir. Los superiores no envían al otro lado del mundo a un hombre que tal vez no sobreviva al viaje. Así que enseña. Corrige lecciones. Escucha a los novicios. Espera.

Hay una fidelidad que no tiene testigos: la de hacer bien, durante años, lo que uno no eligió. ¿Qué lleva a alguien, con la puerta fácil siempre a mano, a escoger una y otra vez la puerta estrecha, la que nadie ve cruzar?

Mientras tanto, Luis, el pequeño al que llevó de la mano a Montauban, ha seguido sus mismos pasos: la sotana negra, los votos, la Congregación. Y ha obtenido lo que a su hermano mayor le niegan una y otra vez. Embarca hacia China. Semanas después, ya en 1831, un pliego lacrado llega a manos de Juan Gabriel.

El puesto del hermano

Rompe el lacre. Bastan unas líneas. Luis ha muerto en el mar, a los veinticuatro años, en algún punto de la ruta hacia Asia. No hay tumba que visitar ni lugar en el mapa donde detener el dedo. El pequeño al que llevó por el camino blanco del Quercy nunca llegó a pisar la tierra hacia la que había partido.

Nadie dejó escrito lo que sintió esa tarde el hermano mayor. Solo lo que hizo después. Fue a sus superiores y pidió una cosa: el puesto que Luis había dejado vacío en la misión de China. No lo pidió como quien pide un destino. Pidió la plaza de un muerto.

Quien haya perdido a un hermano sabe que el duelo busca un sitio donde ponerse. Él quiso seguir el viaje que la muerte había cortado.

Los superiores dudan. El hombre que tienen delante es el mismo de siempre: tose, enferma, pasa noches sin dormir. Pero la petición ya no es la misma. Pasan cuatro años más de aulas, de novicios y de fiebres. Y en 1835 llega por fin la palabra que espera desde el día de sus votos: sí.

Le Havre. Viento frío, cielo bajo, el crujido de los cabos. Entre las cajas de la misión —ornamentos, libros, un estuche portátil para la misa— hay un sacerdote de treinta y tres años con la sotana negra bajo el capote. Los misioneros que se embarcan hacia China en esos años no hacen planes de regreso. Se despiden para siempre: de la lengua, de los rostros, de la tierra donde aprendieron a rezar.

Meses de mar. En la travesía escribe cartas a los suyos y a sus hermanos de comunidad sobre el sentido de lo que está haciendo. Lo hace con la misma letra pequeña y exacta con que corregía latín. Y la oración que sus hermanos de comunidad conservaron de él dice mejor que nada lo que lleva dentro: "Oh, mi divino Salvador, por tu omnipotencia y tu infinita misericordia, que yo sea cambiado y transformado enteramente en ti." No pide fuerzas, ni éxito, ni volver. Pide dejar de ser él para que sea Cristo quien viva.

El 29 de agosto de 1835 pisa la isla de Macao. El calor lo envuelve como un paño mojado. Campanas de iglesias portuguesas, juncos de vela cuadrada, un idioma que no entiende en cada esquina. La sotana negra, tan natural en París, aquí pesa y llama la atención. Macao es un umbral: una isla europea pegada a un imperio donde profesar a Jesucristo está prohibido y donde un sacerdote extranjero es, por ley, un criminal.

Antes de que acabe el año cruza al continente, camino de la provincia de Ho-Nan, en el interior. El mar queda a su espalda. Delante, una llanura inmensa que no le pedirá solo la vida. Le pedirá primero su rostro, su ropa, su nombre.

Hacerse pequeño en tierra ajena

Lo primero que cae es el cabello. Una navaja le despeja la frente y las sienes, como manda la ley del imperio a todo varón, y lo que queda se recoge en una trenza a la espalda. La sotana negra se dobla y se guarda. En su lugar, un changshan —la túnica larga de algodón azul que visten los hombres del país—, una chaqueta cruzada de botones de nudo y zapatos de tela. Nadie que lo cruce en un camino debe adivinar de dónde viene.

Después cae el nombre. Al modo del país, Jean-Gabriel Perboyre pasa a llamarse Tong Wenxue. Con ese nombre lo conocerán los cristianos de Ho-Nan; casa por casa, camino por camino.

Nanyang, 1836. Llanura de tierra amarilla, carros de bueyes, aldeas de adobe. Aquí empieza lo más lento: la lengua. El hombre que enseñaba teología en francés y latín se sienta como un niño ante un catequista chino que le repite los tonos. La misma sílaba, dicha con la voz alta o baja, cambia de sentido. Copia caracteres hasta que la mano le duele. Aprende a nombrar en esa lengua al Señor Jesús, a preguntar, a consolar.

Apenas empieza, una enfermedad grave lo tumba. Fiebres altas, semanas sin fuerza para levantarse. El sacerdote que en Francia enfermaba cada invierno está ahora a miles de kilómetros de cualquier médico que hable su idioma. Lo cuidan los cristianos que lo acogen. Poco faltó para que la misión de Tong Wenxue acabara ahí, en una estera de Ho-Nan, antes de empezar.

No terminó. Se levantó flaco, con la piel pegada a los pómulos, y volvió al cuaderno de caracteres.

Tres años recorre las comunidades de la provincia. Son cristianos sin iglesia: se reúnen en casas particulares, detrás de una cortina, con un altar que cabe en un estuche de viaje. Él llega de noche, a pie o en barca, con un farol de papel. Confiesa durante horas. Bautiza a los niños con agua de una vasija pequeña, sin pila ni templo. Celebra la misa en voz baja, con la puerta vigilada. Luego se queda media hora más de rodillas ante el altar, como en París. "Nunca estoy más contento que cuando he ofrecido el Santo Sacrificio": así lo recordaban de él sus hermanos de Congregación. En Ho-Nan, cada misa puede costar la libertad. La frase no cambia.

Desde fuera nada lo distingue de un campesino más de la llanura. Este es el despojo que buscaba sin nombrarlo: no plantar una Francia en China, sino desaparecer dentro del pueblo que ha venido a servir. Toda su vida cupo en una frase que le quedó pegada: "No se hace bien a las almas sino por la oración."

Pero el despojo tiene una habitación interior donde nadie entra. En esos años sabe bien de quién es la sombra que camina delante de él. En 1820, otro sacerdote de su misma Congregación, Francisco Régis Clet, había muerto mártir en Wuchang, en la provincia vecina, tras treinta años de misión escondida. Juan Gabriel venera su memoria y desea, de verdad, la misma gracia.

Así lo recordaron después quienes lo acompañaron: hubo una noche, o muchas, en que ese deseo se volvió agonía. El miedo del cuerpo y el anhelo del alma peleando en un cuarto de tierra. Y en medio de esa lucha vio a Jesús crucificado. No dejó escrito qué le dijo. Solo quedó la agonía, la cruz, y un deseo que no se apagó.

Aquella oración suya sigue entre sus papeles. Que yo sea transformado en ti. En Ho-Nan esas palabras ya no son el anhelo de un seminarista. Tienen un rostro, y ese rostro está clavado en una cruz.

En enero de 1838 lo destinan a Hou-Pé, la provincia de Hubei, a los distritos de montaña. Colinas de arrozales escalonados, nieblas bajas, senderos de piedra entre casas de teja curva. Año y medio de apostolado breve y fecundo: confesiones, bautismos, comunidades que lo esperan de noche con el farol tapado. Los pies se le endurecen en los caminos. La trenza se le llena de polvo.

¿Cómo pasa una frase escrita en un cuaderno a ser una vida entera puesta sobre la mesa? Desde fuera no se sabe. Lo que se ve es un hombre flaco, con trenza, que sube una colina de Hubei antes del alba para decir misa en secreto. Lo que no se ve es cuántas noches como aquella de Ho-Nan han preparado ese paso.

La calma dura poco. En los caminos se habla del extranjero que va de casa en casa. El cristianismo sigue prohibido por edicto imperial, y los barcos europeos que presionan la costa hacen de cualquier forastero un sospechoso. Alguien ha empezado a hacer preguntas. En septiembre de 1839, la sombra que lleva años caminando delante de él se detiene, y lo espera.

Fidelidad bajo cadenas

Tiene el rostro de alguien conocido en la comunidad. Un catecúmeno: alguien que ha pedido el bautismo, que se sienta entre los cristianos a escuchar la doctrina. Sabe en qué casa duerme el padre Tong y por qué sendero llega antes del alba. Ese hombre va a las autoridades y vende el escondite. A cambio recibe una suma de plata. Las actas no guardaron la cifra; la memoria de los cristianos la redondeó, más tarde, en treinta monedas.

Los soldados llegan de noche. Lo prenden sin lucha. Le quitan el changshan azul y lo visten con harapos de reo. Le ponen al cuello la cangue, un cepo de madera tan ancho que no deja tumbarse ni llevarse las manos a la boca, y le encadenan las muñecas. Y empieza el camino: de tribunal en tribunal, de la aldea al distrito, del distrito a la prefectura, de la prefectura a la capital de la provincia. Cada mandarín —cada funcionario del emperador con poder de juzgar— lo interroga y lo manda al siguiente.

Nueve meses de cárcel. Más de veinte comparecencias.

Wuchang. Ciudad amurallada a la orilla del Yangtsé, la misma donde veinte años antes murió Clet. Los interrogatorios siguen un orden que se repite. Lo arrodillan sobre cadenas, horas enteras, hasta que las rodillas se abren. Le preguntan quién es, de dónde viene, quién lo esconde, dónde están los otros sacerdotes, en qué casas se reúnen los cristianos. Cuando calla, lo golpean. Varas de bambú en la espalda y en los muslos. Correas. Bofetadas que le partieron los labios. Lo sacan al patio con la cangue para que la ciudad lo vea. Los guardianes que lo custodiaban decían que su cuerpo era una sola llaga.

Lo que hacía él se cuenta con pocas palabras, porque fue poco. Responder a lo que tocaba a su fe. Callar todo lo demás.

Ni una casa, ni una aldea, ni el sendero por el que subía de madrugada con el farol tapado. Los cristianos que lo habían acogido bajo su techo siguieron sin nombre para los tribunales, porque el extranjero encadenado no abría la boca. Lo que calla en esos patios es tan suyo como lo que confiesa: es la última forma que le queda de cuidar a su gente.

Y cuando la pregunta es otra —si es cristiano, si predica la religión prohibida, si adora a Jesucristo— responde que sí. Sin levantar la voz. Sin discursos. Sí.

Los cristianos que lo vieron arrodillado ante el tribunal contaron después esta escena. Un mandarín, cansado ya de un preso que no se rompe, encuentra una salida. Manda poner un crucifijo en el suelo, entre los dos. Y le ofrece un trato.

"Pisa a tu Dios y te devuelvo la libertad."

Un pie. Un gesto de un segundo, y la puerta se abre. Las heridas, la cangue, los meses de patio y cadena: todo termina con un paso.

Él mira el crucifijo en las losas. Y pregunta:

"Oh, ¿cómo podría hacer esa injuria a mi Salvador?"

No hay desafío ni grito: es una pregunta, dicha con extrañeza, como quien no entiende que le pidan semejante cosa. Su Salvador. La misma palabra con que empieza su oración de siempre: Oh, mi divino Salvador. La escribió en Francia, la rezó en la travesía, la repitió en una habitación de tierra de Ho-Nan. Ahora la dice de rodillas, con los labios rotos, ante un hombre que puede devolverle la vida.

Y no pisa.

Este hombre no tenía un temperamento fuerte. Era un profesor de seminario tímido, enfermo cada invierno, al que sus superiores apartaron años de la misión porque no creían que su cuerpo la aguantara. Ese cuerpo es el que ahora, sin fuerzas, sostiene lo que no logran doblar ni el hambre ni el bambú ni el miedo. Él sostuvo ese no ante más de veinte tribunales, con el mismo tono. Y queda abierta una pregunta que no se responde desde fuera: qué sostiene a quien ya no tiene fuerzas y sigue eligiendo lo mismo.

El tribunal de Wuchang lo condena a muerte. Pero en el imperio una sentencia así no vale sin la firma del emperador, y los papeles viajan lentos. Pasan semanas. Pasan meses. En la celda, la espera es la última prueba: saber lo que viene y no saber cuándo.

Y un día de 1840 llega por fin el edicto imperial. La sentencia está confirmada. Lo que empezó con una puerta abierta en Montauban tiene ahora un término cierto: el 11 de septiembre. ¿Dónde termina una entrega así? Fuera de las murallas hay una colina.

La cruz en Wuchang

Amanece nublado sobre el Yangtsé. Los guardianes abren la celda y le quitan la cangue por última vez. No le devuelven la ropa. Sale como está: la camisa manchada, el pantalón sucio, nada más.

En el patio esperan siete hombres. Condenados por delitos comunes, gente de la que la ciudad quiere librarse el mismo día. Los atan en fila. El extranjero ocupa un puesto entre ellos, sin ninguna distinción: así lo quiso el tribunal, que muriera mezclado con los peores. Y así había pedido él vivir desde que se rasuró la frente en Ho-Nan: como uno más entre su gente.

Cruzan la ciudad a pie. Calles de tierra, tiendas que abren sus postigos, gente que se detiene un momento y sigue con lo suyo. Justo un año antes recorría senderos así, de noche, con el farol tapado, para llegar a una casa donde lo esperaban. Ahora lo llevan de día, a la vista de todos, y no hay casa al final.

La puerta de la muralla queda atrás. El camino empieza a subir.

Es una loma de tierra rojiza a las afueras, sin árboles, el lugar de las ejecuciones. Arriba han clavado unos maderos bastos. Uno de ellos tiene forma de cruz.

Lo atan a ese madero. Los brazos abiertos sobre el travesaño, sujetos con cuerdas. El cuello contra el palo vertical. No hay clavos. La pena es la cuerda. El patíbulo en cruz es solo la costumbre del lugar para tener quieto al reo mientras el verdugo trabaja.

El verdugo pasa la cuerda. La tensa.

Un hombre de treinta y ocho años, muy lejos de la casa de piedra donde nació, al otro extremo del mundo, muere ahogado por una cuerda, atado a una cruz de madera, bajo un cielo de mediodía. El rostro se tensa. Después se afloja y queda sereno.

Nada más. Un mediodía cualquiera en Wuchang. Ocho cuerpos en una colina. Uno de ellos había confesado a Jesucristo ante más de veinte tribunales sin levantar la voz. Uno de ellos había pedido, años antes y con palabras escritas, ser cambiado por completo en su Salvador. Desde el camino de abajo, los soldados ven solo a un extranjero atado a un madero. Los pocos cristianos que se atreven a mirar de lejos ven otra cosa, y no hace falta decirla.

Los cuerpos de los ejecutados no pertenecen a nadie. Reclamar uno es declararse cómplice. Y aquel es el de un extranjero condenado por la religión prohibida.

Un catequista lo reclama: un cristiano chino, de los que enseñaban la doctrina en las casas cuando el padre no podía llegar. Lo envuelve con sencillez, sin ornamento, y lo lleva al cementerio de la misión. Allí, junto a la tumba de Clet, el viejo misionero que murió del mismo modo en 1820, abre la tierra y lo entierra. Dos franceses de sotana negra, hechos chinos entre los chinos, descansan uno al lado del otro a la orilla del Yangtsé.

El catequista no tenía nada que ganar y todo que perder. Lo hizo porque el extranjero se había hecho de los suyos hasta callar sus nombres bajo el bambú, y ahora le tocaba a él cuidarlo.

En la colina no queda nada que mirar. Tierra rojiza, hierba corta, la ciudad amurallada abajo: la loma vuelve a ser una loma. Un misionero de treinta y ocho años, cinco de ellos en China y el último en la cárcel, bajo un montón de tierra sin nombre. ¿Qué queda de una vida entregada hasta ahí? ¿Puede una muerte así ser semilla?

Lo que se siembra en septiembre trabaja bajo tierra, sin que nadie lo vea. La vida de Juan Gabriel no termina en aquella cruz. Empieza a dar fruto.

Semilla para muchos

Los cristianos de Hubei no olvidaron la colina. Guardaron, junto a su sepultura, el recuerdo de una luz con forma de cruz sobre aquel lugar. Así lo transmitió su piedad, de boca en boca, y no las actas del tribunal. Lo contaban sin alzar la voz, como quien cuenta algo de la familia.

El país tardó años en abrir sus puertas. Cuando lo hizo, los compañeros de Juan Gabriel volvieron por él. Sacaron sus restos del cementerio de la misión y los llevaron por mar, en sentido contrario al viaje que él emprendió con su hermano muerto en el corazón: de Wuchang a Francia, de Francia a París, a la casa de la rue de Sèvres.

Allí descansa hoy. En la capilla donde rezó tantas horas de novicio y de formador, bajo un altar lateral, en un relicario de frente acristalado. La efigie yacente lleva la sotana negra y el cuello blanco que él dejó en Macao para vestirse de chino. Sobre el altar mayor, en su urna de plata, san Vicente de Paúl, cuyo ejemplo le bastó una vez para no visitar a su familia. Cerca, Clet, con quien compartió sepultura en Wuchang.

El 10 de noviembre de 1889, en Roma, León XIII lo declara beato. Cuarenta y nueve años después de la cuerda, su nombre se pronuncia en voz alta ante la Iglesia, y la estampa de su martirio, un hombre de coleta atado a una cruz, corre por Francia entera.

Una de esas estampas llega al Carmelo de Lisieux, en Normandía, donde una monja joven que nunca saldrá de su clausura la guarda entre las páginas de su libro de oraciones. Se llama Teresa. Sueña con misiones que no podrá pisar, y reza mirando a un beato que sí las pisó hasta el final. Quienes estudiaron después su vida conservaron ese detalle pequeño: el hombre que cerró para siempre la puerta de Le Puech acompaña, desde una estampa, a la que un día será patrona de las misiones.

El 2 de junio de 1996, en la plaza de San Pedro, Juan Pablo II lo canoniza. Es el primer santo canonizado de China. El papa lo dice así: «Reproduciendo la Pasión de Jesús con extraordinaria semejanza, se hizo semejante a Él en la muerte, en la muerte de cruz». Ciento cincuenta y seis años después, la Iglesia entera dice en voz alta lo que unos pocos cristianos de Hubei vieron desde el camino de abajo.

Y el rastro no se detiene en Roma. En 2020, cuando el nombre de Wuhan recorre el mundo con la sombra de la pandemia, hay quien recuerda que allí murieron dos misioneros franceses, y en Cahors, en Wuhan y en la ciudad polaca de Bolesławiec se reza a la vez a Perboyre y a Clet por los enfermos. Seis años después, en un seminario de esa misma ciudad, veintitrés obispos de nueve provincias chinas hacen un retiro de seis días. En la tierra donde hubo una loma de ejecuciones hay hoy jóvenes que estudian para ser sacerdotes de su propio pueblo.

Cinco años de misión. Nueve meses de cárcel. Una cuerda. Lo que parecía perderse bajo un montón de tierra sin nombre sigue vivo en tres continentes. ¿Cómo sigue viva una entrega así, en el silencio y la fidelidad de cada día? La efigie de sotana negra no responde. Pero la pregunta vuelve, como volvía la mirada de los cristianos de Hubei hacia la colina: ¿qué dice hoy esa vida?

Cuando el deseo y el destino se encuentran

Hay una oración que respondió antes que nadie. La familia vicentina la conserva como suya, nacida en algún momento de su vida de sacerdote, sin saber a quién llegaría. Empieza así: «Oh, mi divino Salvador, por tu omnipotencia y tu infinita misericordia, que yo sea cambiado y transformado enteramente en ti». Sigue pidiendo que sus manos sean las manos de Jesús, sus ojos los ojos de Jesús, su lengua la lengua de Jesús. Y desemboca en la frase de san Pablo hacia la que todo el texto camina: «Vivo yo, ya no yo; es Cristo quien vive en mí».

No la escribió un mártir. La escribió un sacerdote tímido y enfermizo, de los que hacen bien lo que tienen delante y no esperan que nadie los mire. Pide una sola cosa, sin fecha y sin condiciones. No pone la forma en que quiere recibirla.

La respuesta llegó en otro idioma y en otro continente. Entregado por dinero. Llevado de un juez a otro. Azotado. Expuesto en la calle con un cepo al cuello. Atado a un madero en forma de cruz, a las afueras de una ciudad, entre condenados comunes. Nada de eso figura en la hoja. En la hoja figura «transformado enteramente en ti». La historia hizo el resto, palabra por palabra.

Y él nunca lo señaló. En los meses de cárcel no habló de cumplir ninguna profecía ni de parecerse a nadie. Contestó lo que le preguntaban y calló los nombres que debía proteger. Según recordaron los cristianos que lo vieron, sostuvo la mirada cuando le pusieron el crucifijo delante de los pies. El parecido lo vieron después los demás: los cristianos de Hubei desde el camino de abajo, un papa en Roma siglo y medio más tarde. Él solo había pedido, y dejó el resto en esas mismas manos.

Todo empezó en una puerta. Un muchacho de catorce años que lleva a su hermano pequeño hasta Montauban y, en el umbral, decide no volver a la granja. ¿Qué puede nacer de una decisión tomada solo por acompañar a otro? De aquella nació un profesor que enseñó a decenas de jóvenes a partir. Nació un misionero que aprendió la lengua de un pueblo lejano para hablarle de Jesucristo, y que se rasuró la frente para no ser ya un extranjero. Nació un preso que eligió el silencio para que otros vivieran. Nació el primer santo canonizado de China. Todo eso cabía en un gesto que, aquella mañana de 1816, nadie miró dos veces.

También nosotros cruzamos puertas así, sin darnos cuenta. Acompañamos a alguien a una consulta que no era la nuestra, decimos sí a un favor que parecía pequeño, nos quedamos una hora más donde no pensábamos quedarnos. ¿Cuál de esos gestos de la semana pasada, tan corrientes que ya los olvidamos, está cambiando en silencio el rumbo de lo que viene?

Juan Gabriel tampoco lo supo. Solo se quedó. Y después siguió quedándose: en el seminario, en el puesto vacío de Luis, en la ropa y en la lengua de un pueblo ajeno, en una celda, en una colina.

Treinta y ocho años. De ellos, apenas cinco en la tierra que amó. Ningún libro con su firma, ninguna fundación con su nombre, ningún discurso que se recuerde. Solo una oración breve y una vida que la cumplió hasta la última letra. Pidió ser transformado en Cristo, y en una colina de Wuchang su cuerpo tomó la forma de lo que había pedido.

San Juan Gabriel Perboyre, mártir de Wuchang, apóstol en tierra lejana, primer santo canonizado de China, ruega por nosotros.

Fuentes

Fuentes primarias y eclesiásticas oficiales

  • Santa Sede, «John Gabriel Perboyre (1802-1840)», biografía oficial de canonización, 2 de junio de 1996 — vatican.va
  • Santa Sede, «Table of the Canonizations during the Pontificate of His Holiness John Paul II» — vatican.va
  • D'Amico, Roberto, C.M., «History of the Cause of Beatification and Canonization of St. John Gabriel Perboyre», Vincentiana 40 (1996) — DePaul University, Vincentian Heritage Collections

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Chow Chihyi, Joseph, C.M., «Juan Gabriel Perboyre, C.M. Mártir y Primer Santo de China», Vincentiana 40 (1996), n.º 2 — DePaul University
  • Life of the Bl. Servant of God, the Heroic Martyr, John Gabriel Perboyre, trad. C. Feilding (Nueva Orleans, 1894)
  • La Porte Latine, «Bienheureux Jean-Gabriel Perboyre», laportelatine.org (2023)
  • Famille Missionnaire de Notre-Dame, «Seigneur, transforme-moi ! Prière de St Jean-Gabriel Perboyre» — fmnd.org
  • Butler's Lives of the Saints, edición revisada, entrada del 11 de septiembre (Liturgical Press / Burns & Oates)
  • CatholicSaints.Info, «Saint Jean-Gabriel Perboyre» (índice al Martirologio Romano y al Book of Saints de los Monjes de Ramsgate)

Documentos y estudios eclesiásticos y académicos

  • Glass, Joseph, «St. Jean-Gabriel Perboyre», The Catholic Encyclopedia, vol. 8 (Nueva York: Robert Appleton Company, 1910) — newadvent.org
  • «Perboyre, Jean-Gabriel, St.», New Catholic Encyclopedia, 2ª ed. (Detroit: Gale, 2003)
  • Anderson, Gerald H. (ed.), «Perboyre, Jean-Gabriel», Biographical Dictionary of Christian Missions (Nueva York: Macmillan Reference USA, 1998) — bdcconline.net
  • Clark, Anthony E., China's Saints: Catholic Martyrdom During the Qing (1644-1911) (Bethlehem, PA: Lehigh University Press, 2011)
  • Mares, Courtney, «China's First Saint was a Vincentian, Martyred on a Cross in Wuhan», Catholic News Agency, 25 de abril de 2020 — famvin.org
  • «Vincentian Paris», VincentWiki, Congregación de la Misión — wiki.famvin.org
  • «The Saint of Wuhan in Poland», famvin NewsEN, 12 de mayo de 2020
  • «John Gabriel Perboyre», Wikipedia, la enciclopedia libre — en.wikipedia.org
  • «List of saints canonized by Pope John Paul II», Wikipedia, la enciclopedia libre

Contexto contemporáneo

  • Santa Sede, «Papa León XIV», vatican.va
  • Sánchez Silva, Walter, «23 obispos de China participan en su primer retiro espiritual de 2026», ACI Prensa (con datos de la Agencia Fides), 2026

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jueves, 29 de octubre · Evangelio

Jesús llora sobre Jerusalén, que mata a los profetas

En aquel tiempo, ese mismo día, se acercaron algunos fariseos y le dijeron a Jesús: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”. Él les respondió: “Vayan y díganle a ese zorro: ‘Mira, expulso demonios y realizo…