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FIDES VIVA

13 de septiembre

San Juan Crisóstomo

Murió dando gracias por todo

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Capítulos
  1. 0:00Antioquía: Vocación entre dos mundos
  2. 5:56La cueva y el cuerpo: Aprender los límites
  3. 11:03El púlpito de Antioquía: La palabra que sostiene
  4. 18:42Constantinopla: El pastor y la corte
  5. 26:52El Sínodo y la caída: Cuando la palabra incomoda
  6. 34:05Cucuso: Consolar desde el despojo
  7. 40:02Comana: Gloria a Dios por todo
  8. 44:18El regreso: Justicia tardía y legado vivo
  9. 52:27La palabra y la vida: Una invitación silenciosa

Un hombre camina apoyado en un bastón. Es pequeño, delgado hasta los huesos, y cada paso le cuesta. A su lado marchan soldados que no lo miran: solo cumplen una orden. Lleva semanas de camino, sol y lluvia, fiebre. Al borde de la ciudad, una capilla de piedra: la tumba de un mártir olvidado. Allí se detiene. No puede más.

Al amanecer pide algo.

Una túnica blanca.

Se la pone como quien se viste para una fiesta. Comulga. Y antes de cerrar los ojos dice una sola frase: "Gloria a Dios por todo."

Aquel hombre roto había sido obispo de la capital del Imperio. Corría el año 407. Una orden firmada en palacio lo había arrancado de su sede, y lo llevaban a morir lo más lejos posible.

Antes de eso, su voz había llenado basílicas. Una ciudad entera, medio millón de personas aterradas ante un castigo imperial, se había sostenido durante semanas en sus palabras. La emperatriz misma lo había respaldado al principio. Hasta que la palabra que consolaba a los pobres empezó a hablar del oro del palacio.

Cerca de novecientas homilías conservadas. Doce años predicando casi a diario. Una liturgia que, hoy mismo, cada domingo, lleva su nombre.

¿Cómo pasa un hombre así de la basílica llena a esta capilla vacía, y qué le enseñó la palabra que predicaba, para que al perderlo todo su última palabra fuera dar gracias?

Antioquía: Vocación entre dos mundos

Mucho antes, muy lejos de aquella capilla, una calle de columnas corre de punta a punta de una ciudad enorme. Es Antioquía de Siria —la actual Antakya, en Turquía—, medio millón de habitantes a la orilla del río Orontes. Bajo los pórticos se cruzan mercaderes, filósofos de manto y monjes bajados del monte. El Imperio es cristiano desde hace pocas décadas, y todo se nota reciente. Los templos de los dioses siguen abiertos, la sinagoga está llena, y hasta los cristianos andan partidos en dos, con obispos rivales disputándose la misma ciudad. En ese hervidero de palabras nace un niño, hacia el año 349 —la fecha más aceptada, aunque algunos la adelantan un poco—. Le pusieron Juan.

Su padre, Secundo, oficial del ejército, murió cuando el hijo era pequeño. Su madre, Antusa, quedó viuda a los veinte años. No volvió a casarse. Administró la casa, defendió el patrimonio del niño y lo educó ella misma en la fe de Jesucristo. En esa casa sin padre se templó la fuerza callada que Juan llevaría toda la vida.

A los diecisiete lo sentaron en el aula de Libanio, el orador pagano más célebre de su siglo, defensor de los dioses antiguos y, sin embargo, amigo de muchos cristianos. Allí se aprendía a mover a una multitud con la voz: el ritmo, la pausa, el golpe exacto de la frase. Del muchacho de frente alta y ojos oscuros se recordó siempre que destacaba entre los alumnos. Lo esperaba el foro: los pleitos, el dinero, el aplauso. Cuentan los suyos que, al saber que aquella viuda llevaba tantos años sin volver a casarse, el maestro dejó escapar una exclamación de asombro ante las mujeres cristianas. Y una memoria antigua conserva su queja, años después, cuando le preguntaron quién debía sucederlo:

"Habría sido mi sucesor, si los cristianos no me lo hubieran arrebatado."

Porque los cristianos, en efecto, se lo llevaron. Hacia el año 368, con unos diecinueve años, bajó los escalones de la piscina del bautisterio y recibió el bautismo de manos de Melecio, el obispo de Antioquía. El agua cayó en silencio. No hubo relámpago ni visión: hubo una decisión lenta, madurada durante años, que aquella mañana se hizo pública. La misma palabra que iba a venderse en los tribunales quedaba, desde ese día, al servicio de Cristo.

Melecio lo hizo lector, el que lee la Escritura en voz alta ante la asamblea. Y en la escuela de Diodoro de Tarso aprendió a leer la Biblia como se lee una carta: al pie de la letra, preguntándose qué quiso decir quien la escribió, y qué pide de quien la escucha.

Quiso irse enseguida. Los solitarios de las montañas lo atraían como un imán, y él tenía la prisa de los diecinueve años. Entonces Antusa lo llamó a su lado. Él mismo contó esa escena, mucho más tarde, en su tratado Sobre el sacerdocio. Le recuerda su viudez temprana y todo lo que sostuvo sola por él. Y le pide una sola cosa: que no la deje sola.

Se quedó. Años. Leyendo en la asamblea, estudiando, ayunando en casa, mirando desde la azotea hacia las montañas del sur, donde vivían los ermitaños. Quedaba por ver qué iba a enseñarle esa voz cuando por fin pudiera seguirla.

La cueva y el cuerpo: Aprender los límites

Arriba, en las laderas de caliza al sur de Antioquía, el viento no huele a mercado ni a incienso: huele a piedra y a matorral seco. Entre terrazas de olivos abandonadas se abren cuevas bajas, y en algunas vive gente. Ermitaños. Hombres que han dejado la ciudad para buscar a Dios en el silencio. Hacia el año 375, con unos veintiséis años y cuando Antusa ya había muerto, Juan subió a vivir con ellos. Traía un códice de las Escrituras, una estera de junco, un cántaro de barro. Poco más.

Los primeros años los pasó junto a otros solitarios, aprendiendo la disciplina de las vigilias, del ayuno y del silencio. Luego quiso más. Y los dos últimos los pasó solo, en una cueva estrecha, con una lámpara de aceite por toda compañía.

Casi no dormía: velaba con la Escritura entre las manos, y cuando faltaba la luz seguía orando en el silencio de la roca. Comía apenas. En invierno una nieve fina cubría la montaña, y el frío se metía en la roca, en la estera, en los huesos. Quería que el cuerpo obedeciera del todo, que no le pidiera nada, para que solo quedara Cristo delante. Y el cuerpo obedeció hasta donde pudo.

Después dejó de obedecer.

Le empezó por el estómago. Un dolor sordo que ya no se iba, un frío permanente que ningún manto quitaba, un temblor en las manos que hacía bailar las letras del códice. Los riñones se quejaron después. A los veintinueve años tenía dañados para siempre el estómago y los riñones, y ya no podía sostener aquella vida: la soledad total con Dios se le deshacía entre las manos.

Hay una derrota que conocen los que han exigido demasiado a su cuerpo, por trabajo, por deporte, por un ideal: la voluntad sigue intacta y las piernas ya no responden. Nadie la impone desde fuera. Dios no pedía un cadáver. La santidad no consistía en romperse.

Hacia el año 378 bajó de la montaña. Enfermo, consumido, con la ropa hecha jirones y la barba crecida de años de soledad. Volvía a la ciudad de la que había querido huir. Pero traía algo que no se aprende en las aulas: la Escritura metida en la carne, y la certeza de que ya no necesitaba nada. Ni comida, ni comodidad, ni aplauso. Aquellos años le arruinaron la salud, y le regalaron una libertad que nadie iba a poder comprarle. Esa herida y esa libertad lo acompañarían hasta el último camino.

Antioquía lo recibió, y Melecio, el obispo que lo había bautizado, lo puso a trabajar. En el año 381 lo ordenó diácono. Fue uno de los últimos gestos de aquel anciano: ese mismo año partió a Constantinopla para presidir un concilio, y no regresó. Juan, con la túnica blanca y la estola cruzada del diácono —el orarion—, se encargó de la asistencia a los pobres y a las viudas, del cuidado de los enfermos. El hombre que había querido no ver a nadie pasaba ahora los días entre los que más lo necesitaban.

Y escribió. En esos años redactó, entre otras obras, un tratado que los seminarios leen todavía: Sobre el sacerdocio, en forma de diálogo con su amigo Basilio. Lo escribió un hombre que tenía miedo, no uno que quisiera ascender. Miedo de la carga, de la responsabilidad de las almas, de ponerse delante del altar siendo lo que era. Una frase resume ese temor:

"El sacerdocio se ejerce en la tierra, pero pertenece al orden de las cosas celestiales."

Quien escribió eso no lo quería para sí. Lo veía demasiado grande. Y sin embargo era la misma razón por la que ya no podía negarse: si el sacerdocio pertenece al cielo, no se elige como quien elige una carrera; se recibe cuando la Iglesia llama, y se paga con todo lo que uno es.

Un hombre que no puede comer con los demás, que tiembla de frío en verano, que ha fracasado en el desierto: ¿qué le queda por dar? Lo que le quedaba era la voz. La montaña le había quitado la salud y le había dejado la palabra afilada como nunca. Y la ciudad, abajo, esperaba que alguien le explicara el Evangelio.

El púlpito de Antioquía: La palabra que sostiene

En el año 386, un anciano de más de setenta años, con una barba blanca y delgada que le caía sobre el pecho, le impuso las manos. Era Flaviano, obispo de Antioquía desde la muerte de Melecio, a quien había sucedido. Lo ordenaba presbítero, y con la ordenación le entregaba algo más que un altar: el ambón de la Gran Iglesia. Desde allí Juan iba a hablarle a la ciudad durante doce años. Casi cada día.

Hablaba de la Escritura. No de ideas alrededor de la Escritura: del texto, versículo a versículo, como quien reparte pan. Tomaba el Génesis y lo explicaba capítulo por capítulo; tomaba el Evangelio de Mateo, el de Juan, las cartas de Pablo, y los abría delante de artesanos, comerciantes, esclavos, matronas, soldados. Lo que había aprendido con Diodoro —leer primero lo que el texto dice, en su sentido llano, antes de buscar símbolos— se volvió su manera de predicar. Y lo que había aprendido con Libanio le dio las herramientas: la frase que se recuerda, el ejemplo tomado de la calle, la pregunta lanzada para despertar al que se dormía. Retórica griega puesta al servicio de la palabra de Jesucristo.

La gente aplaudía, en plena iglesia, como en el teatro, porque así se hacía en aquel tiempo. Y él, desde el ambón, se enfadaba con los aplausos. Les decía que no quería palmas, sino vidas cambiadas; que salir de la basílica elogiando al predicador y volver a casa igual que antes era perder la mañana. Para él la homilía no terminaba en la puerta. Terminaba en la mesa de cada casa, en el trato con el esclavo, en la moneda que se daba o se negaba al mendigo del pórtico.

No huía de lo incómodo. Reprendía a los que llegaban con seda y perfume a la misma nave donde otros no tenían con qué cubrirse; a los que corrían al hipódromo y faltaban a la liturgia; a los que juraban en falso por costumbre. Y en esos primeros años pronunció también una serie de sermones muy duros, dirigidos a los cristianos de Antioquía que acudían a las fiestas de la sinagoga vecina y mezclaban las dos observancias. Son piezas de la retórica de su siglo, con la aspereza que aquel siglo permitía en un púlpito, y hoy se leen con cuidado, dentro del mundo antioqueno que las produjo. Juan no sabía hablar de otra manera: lo que creía equivocado lo decía en voz alta, desde el ambón, delante de todos.

En el año 387 esa voz fue puesta a prueba. La corte de Teodosio impuso a la ciudad un nuevo tributo, y Antioquía reaccionó con un motín. La multitud recorrió las calles, arrancó de sus pedestales las estatuas del emperador y de su familia, las arrastró por el suelo y las destrozó. El motín pasó. El miedo se quedó.

Porque ofender la imagen del emperador era ofender al emperador, y el castigo podía ser cualquier cosa: ejecuciones, confiscaciones, la ruina de la ciudad entera. Muchos huyeron al campo. Los que se quedaron esperaban ver aparecer a los soldados. Y el obispo Flaviano, con sus más de setenta años, emprendió el largo viaje a Constantinopla para pedir clemencia a Teodosio. También Libanio, el viejo maestro pagano, escribió discursos en defensa de su ciudad.

Antioquía se quedó sin obispo, esperando la sentencia. Y se quedó con un presbítero.

Juan subió al ambón. Volvió a subir al día siguiente, y al otro. Mientras la ciudad temblaba, él predicó día tras día lo que hoy se conoce como las Homilías sobre las estatuas. La basílica se llenaba como nunca: la gente se apretaba entre las columnas, de pie durante horas, buscando algo a lo que agarrarse. Y él no les prometió que el emperador perdonaría. Les habló del miedo y de la muerte, y de que la muerte que había que temer no era la que decreta un tribunal. Les habló de Cristo, que también estuvo delante de un poder que podía matarlo. Les pidió que aprovecharan aquellos días de terror para hacer lo que no hacían en los días tranquilos: reconciliarse, dejar los juramentos, mirar a los pobres.

Antioquía vivió aquellas semanas colgada de una voz. La voz de un hombre pequeño y enfermo, que apenas comía, y que cada mañana volvía a ponerse de pie ante miles de personas para sostener el ánimo de todas.

La ciudad aguantó. Cuando Flaviano regresó por fin de la corte, encontró a su pueblo en pie. Y encontró el nombre de su presbítero en boca de todos. Aquella crisis fue la primera vez que se vio con claridad lo que aquella palabra podía hacer: no solo enseñar, sino sostener a una ciudad entera cuando todo lo demás fallaba.

Pasado el peligro, volvió a lo suyo: la Escritura de cada día. Hacia los años 388 y 390 preparó a los catecúmenos para el bautismo, explicándoles paso a paso lo que iban a recibir. Y comentó el Evangelio de Mateo, homilía tras homilía, hasta llegar a un pasaje que resume toda su enseñanza sobre la mesa del altar y la mesa de los pobres. Era costumbre entonces adornar las iglesias: cálices de oro, telas preciosas, mármoles. Juan no lo prohibió. Pero un día miró al templo, y luego a la puerta, donde los mendigos esperaban, y dijo:

"¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies desnudo; no lo honres aquí con vestidos de seda y lo dejes fuera temblando de frío."

Y añadió: "Cristo no necesita vasos de oro, sino almas de oro."

El mismo Cristo del altar era el que temblaba en el pórtico. Quien comulgaba y después pasaba de largo ante el hambriento dejaba a Cristo a medias.

Doce años así. Una ciudad educada en el Evangelio versículo a versículo, una basílica llena cada mañana, y una fama de predicador que fue saliendo de Siria y llegó, de boca en boca, hasta la capital. El sobrenombre con el que lo recuerda la Iglesia —Crisóstomo, "boca de oro"— se lo darían solo después de su muerte. Pero el oro ya se oía.

Y lejos de Antioquía, en los pasillos de un palacio donde se decidían las sedes y las carreras, alguien empezó a preguntar por aquel presbítero. ¿Qué ocurre cuando una voz hecha para consolar y para incomodar es llamada al lugar donde el poder decide? El rumor de la basílica de Antioquía, poco a poco, se fue convirtiendo en un murmullo de corte.

Constantinopla: El pastor y la corte

A comienzos del año 398 una escolta imperial sacó a Juan de Antioquía sin anunciarlo, en un carruaje cerrado. No hubo despedida en la Gran Iglesia ni gente en los pórticos: la salida se preparó en silencio, precisamente para que la ciudad no la impidiera. Quien la había preparado tenía nombre y mucho poder: Eutropio, el eunuco que gobernaba la casa del joven emperador Arcadio y, con ella, buena parte del Imperio de Oriente. En Constantinopla había muerto el obispo Nectario, la sede estaba vacía, y Eutropio quería para ella al predicador de Antioquía. Juan no lo había pedido. Lo llevaban.

El 26 de febrero de 398 fue consagrado obispo de la capital. Le pusieron sobre los hombros el omophorion, una banda de lana blanca con cruces oscuras, la señal que entonces distinguía a un obispo: ni mitra ni báculo, que llegarían siglos después. Y las manos que lo consagraron eran las de Teófilo, patriarca de Alejandría, un hombre robusto y hábil que había querido a otro candidato para aquella sede y que obedeció a la corte con la boca apretada. Años atrás había escrito sobre el peso del sacerdocio con verdadero miedo. Ahora ese peso tenía el tamaño de una capital.

Constantinopla no era Antioquía. Era una capital nueva, levantada para el emperador y vestida de mármol y de seda, donde todo pasaba por el palacio: los cargos, las rentas, las sedes episcopales, las sentencias. Arcadio, hijo de Teodosio, era joven, piadoso y blando; gobernaban por él quienes lograban acercársele. Primero Eutropio, y luego su propia esposa, la emperatriz Elia Eudoxia, una mujer de menos de treinta años, hija de un general franco, con un ascendiente enorme sobre su marido. En esa ciudad el obispo era una pieza más del tablero. Se esperaba de él que acompañara, que bendijera, que callara a tiempo.

Juan hizo lo contrario desde el primer mes. Miró las cuentas del palacio episcopal y las recortó. Suprimió los banquetes con que la casa del obispo recibía a los poderosos. Mandó vender mármoles y ornamentos destinados a decorar las iglesias, y con ese dinero sostuvo hospitales y financió el reparto diario de comida a los pobres y las viudas inscritos en las listas de la Iglesia. Pidió cuentas a su clero, sacerdote por sacerdote, y exigió que la casa del obispo dejara de parecer la casa de un senador. Envió misioneros a los godos, muchos de los cuales vivían dentro de la propia capital, para que oyeran en su lengua la palabra de Jesucristo. Lo que había predicado en Antioquía sobre la mesa del altar y la mesa del pobre, aquí se convirtió en gasto cotidiano de la Iglesia.

Comía solo, y poco, porque el estómago arruinado en la cueva no le permitía otra cosa. La corte lo leyó de otra manera: llamó soberbia a una fragilidad que él nunca supo explicar. Y en el ambón seguía siendo el mismo: hablaba del lujo, de los vestidos de seda y las joyas que se lucían en la iglesia mientras los pobres esperaban a la puerta, con la misma libertad con que hablaba del pecado de un artesano. Solo que ahora, entre quienes lo escuchaban, estaba la emperatriz.

En el año 399 la ciudad presenció una escena que nadie olvidó. Eutropio, el hombre que lo había traído a Constantinopla, cayó en desgracia de un día para otro: la corte que lo había temido lo abandonó, y la multitud pedía su cabeza. El eunuco huyó al único lugar que le quedaba. Corrió a la Gran Iglesia y se abrazó al altar.

Juan se puso entre él y la gente. No lo entregó. Al día siguiente, con el fugitivo todavía agarrado a la mesa santa, subió al ambón. Predicó sobre lo que valen el oro, los títulos y los aplausos cuando llega la caída, y mientras hablaba señalaba al hombre que temblaba a sus pies. No lo humilló para complacer al pueblo: lo convirtió en lección para todos, empezando por los que el día anterior le hacían reverencias. Y pidió misericordia para él. El que lo había hecho obispo dependía ahora de la protección de ese obispo, y la recibió. El altar de Cristo amparaba incluso a quien no lo merecía. Eso era el Evangelio que Juan explicaba, y aquella mañana lo vivió delante de toda la ciudad.

Dos años después, en 401, la reforma salió de la capital. Lo llamaron a Asia Menor por conflictos entre las iglesias de aquella provincia, y Juan viajó a Éfeso. Allí juzgó a varios obispos acusados de haber comprado su sede con dinero —lo que la Iglesia llama simonía— y los depuso. No se limitó a predicar contra la corrupción: destituyó a los corruptos. Fue un acto de justicia, y fue también un error de cálculo, si es que él calculaba algo. Cada obispo depuesto tenía amigos, parientes, favores pendientes. Y su ausencia de Constantinopla se prolongó durante meses. Cuando volvió, había gente que había aprovechado el vacío para hablar en su contra, en el palacio y en las sacristías.

Los enemigos empezaron a encontrarse. Dentro de la ciudad, clérigos ofendidos por sus exigencias, ricos ofendidos por sus sermones, y una emperatriz que se sentía aludida cada vez que la palabra vanidad cruzaba la nave. Fuera de ella, Teófilo de Alejandría, que nunca había aceptado del todo a aquel sirio en la sede de la capital y que veía en Constantinopla una rival para la antigua preeminencia de su iglesia. Teófilo era paciente, y sabía usar a otros.

En el año 402 usó a un anciano venerable. Epifanio, obispo de Salamina, en Chipre, cercano a los noventa años y célebre por su celo contra toda herejía, llegó a Constantinopla llamado por Teófilo para actuar contra unos monjes egipcios a los que se acusaba de errores doctrinales. Y se negó a comulgar con Juan. Fue un gesto grave: uno de los hombres más respetados de Oriente le daba la espalda al obispo de la capital. Murió poco después, en el barco de regreso a Chipre. Pero el daño quedó hecho, y Teófilo ya se preparaba para venir en persona, con un séquito de obispos egipcios.

Juan lo sabía, y no cambió una palabra: nunca había aprendido a decir una cosa en el púlpito y otra en el palacio. ¿Qué precio paga quien no sabe separar lo que predica de lo que hace, tampoco delante de los poderosos? La ciudad iba a verlo pronto. Los murmullos de la corte empezaron a tomar forma escrita, y en una villa de la orilla asiática, a la sombra de una encina, alguien disponía los bancos para un juicio.

El Sínodo y la caída: Cuando la palabra incomoda

Los bancos se llenaron en el verano de 403. La villa se llamaba la Encina y estaba en la orilla asiática del estrecho, frente a Calcedonia, entre jardines y árboles viejos: lo bastante cerca de la capital para ver sus murallas desde el agua, lo bastante lejos para que la ciudad no pudiera entrar. Teófilo de Alejandría presidía. Lo rodeaban los obispos egipcios que había traído consigo y los clérigos y obispos que Juan había ofendido en cinco años de exigencias. Había escribas, tablillas de cera y actas. Y había una lista.

Las acusaciones se leyeron una tras otra. Que había malgastado los bienes de la Iglesia: los mármoles vendidos para los hospitales, convertidos ahora en despilfarro. Que comía solo y no recibía a nadie. Que había depuesto obispos sin derecho. Que había hablado contra la emperatriz. Casi todo lo que la ciudad le agradecía aparecía allí con otro nombre. Del otro lado del agua, el acusado no acudió. Lo citaron varias veces, y cada vez respondió lo mismo: no aceptaba como jueces a quienes eran sus enemigos declarados. Lo juzgaron sin él. Lo declararon depuesto. La corte, que esperaba esa sentencia, la confirmó sin demora.

Vinieron los soldados. Se lo llevaron de noche hasta el puerto, para esquivar a la gente, y lo embarcaron rumbo a la costa asiática, camino de un primer destierro. El obispo de la capital cruzaba el estrecho bajo custodia, con el omophorion todavía sobre los hombros.

La ciudad se enteró al amanecer, y no calló. Las plazas se llenaron. Los que comían del pan del obispo, las viudas de sus listas, los enfermos de sus hospitales, rodearon la Gran Iglesia gritando el nombre del hombre que se lo había dado todo. Entonces la tierra tembló de noche, sacudiendo también el palacio. Cuenta la memoria de los suyos que nadie dudó de lo que aquello significaba: el pueblo leyó el temblor como una señal del cielo, y en el palacio se temió que tuviera razón. En pocos días, la misma corte que lo había expulsado mandó traerlo de vuelta. Un barco lo devolvió a la orilla, y la ciudad entera bajó a recibirlo. El obispo pequeño y encorvado volvió a entrar en su iglesia entre una multitud que apenas lo dejaba caminar.

Parecía una victoria. No lo era. La sentencia de la Encina seguía escrita; la corte solo la había guardado. Y en el ambón, Juan habló exactamente como antes: de la seda, del oro, de los pobres a la puerta, sabiendo que cada palabra llegaría al palacio. Lo que había sido un incendio apagado a medias volvió a arder en cuestión de meses. Sus enemigos ya no necesitaban otro sínodo. Solo necesitaban que el emperador firmara otra vez.

Llegó la Pascua de 404. Era la noche de la vigilia, la noche mayor del año cristiano. Los catecúmenos habían esperado meses, algunos años, para bajar por fin a la piscina del bautisterio y nacer a Cristo en el agua. El bautisterio de la Gran Iglesia estaba lleno. Los que iban a ser bautizados vestían de blanco. Los sacerdotes y los diáconos esperaban junto a los escalones de la piscina octogonal. Ardían las lámparas. Y en medio del rito, entraron los soldados.

Irrumpieron con las armas en la mano en el lugar más inocente de la Iglesia. Empujaron a los sacerdotes. Dispersaron a golpes a quienes esperaban el agua. Hombres y mujeres a medio bautizar huyeron por las calles oscuras, en túnica blanca, la misma noche en que debían haber sido recibidos como hijos. La ciudad que había defendido a su obispo con un temblor de tierra veía ahora la fuerza del palacio dentro del agua del bautismo. Ya no había vuelta atrás.

Las semanas siguientes las pasó encerrado en la casa episcopal, bajo vigilancia, sabiendo que la orden final llegaría. Entre las palabras que sus fieles guardaron de aquellos días hay una homilía, bajo su nombre, que dice así:

"Muchas son las olas y grande la tempestad, pero no temo el naufragio, porque estoy sobre la roca."

Sobre la roca. No sobre la sede, ni sobre la corte, ni sobre el favor de un pueblo que un día grita y otro se calla. Sobre Cristo. Un hombre que había dejado el cuerpo en una cueva y que nunca había tenido nada propio en un palacio no tenía mucho más que perder.

El 20 de junio de 404 llegó la orden. La recibió, se despidió de unos pocos de los suyos y salió de la iglesia por una puerta lateral, sin avisar a la gente, para que nadie muriera defendiéndolo. Ya no llevaba la túnica blanca ni el omophorion: un manto de viaje pesado, con capucha, sobre una túnica parda, y un calzado que el camino pronto iba a deshacer. Tenía cincuenta y cinco años y el aspecto de un anciano. Afuera lo esperaban los soldados.

Poco después de su salida, la Gran Iglesia empezó a arder. El fuego alcanzó el edificio del Senado, junto a ella, y devoró la techumbre de madera, las cortinas de lino, los bancos. Nadie supo con certeza cómo había empezado. Lo que sí se vio fue contra quién se volvió la ciudad: contra los joanitas, como empezaron a llamar a quienes seguían fieles al obispo depuesto. Fueron interrogados y perseguidos. Olimpia, la diaconisa de familia senatorial que había sostenido con su fortuna los comedores y los hospitales del obispo, fue perseguida y hostigada por negarse a renegar de él.

Y él ya iba camino del este.

Le habían quitado la sede que nunca pidió, la fama que lo había llevado hasta ella y lo poco de salud que la cueva le había dejado. ¿Cómo responde un hombre fiel cuando le arrebatan las tres cosas a la vez? La respuesta no se dio en Constantinopla. Se dio lejos, en un valle de montañas que ninguno de los suyos había visto. El polvo del camino empezaba a posarse sobre la túnica parda. Comenzaba el destierro.

Cucuso: Consolar desde el despojo

El humo no encontraba por dónde salir. Se quedaba prendido de las vigas bajas de una casa de piedra, en una aldea llamada Cucuso, en un valle alto de Armenia Menor, entre montañas peladas donde la nieve llegaba temprano y tardaba meses en irse. Allí terminó el viaje que había empezado en la puerta lateral de la Gran Iglesia. El obispo de la capital del Imperio vivía ahora en un cuarto con un jergón y una mesa para escribir.

El invierno de 404 fue largo. La fiebre no lo soltaba durante semanas enteras; el estómago que la cueva le había arruinado un cuarto de siglo antes rechazaba casi todo alimento, y el frío se le metía en los huesos como en aquellas noches de Siria, solo que ahora no lo había elegido. A eso se sumaba el miedo del valle: bandas de ísauros bajaban de las montañas vecinas a saquear las aldeas y rondar los caminos. Más de una noche los vecinos dormían con las puertas atrancadas y el oído atento. Un hombre pequeño, encorvado, con la barba ya blanca y las manos huesudas, lo escuchaba todo desde su cuarto sin poder hacer nada.

Y sin embargo escribió. Desde aquella mesa salieron más de doscientas cartas en tres años. Cartas para los sacerdotes que habían quedado sin obispo, para las viudas de sus listas, para los amigos que lo defendían en la capital y pagaban por ello. Y diecisiete cartas para una sola mujer: Olimpia, la diaconisa. Ella había sostenido con su fortuna los comedores y los hospitales de la Iglesia, y ahora se lo cobraban. La habían juzgado por no renegar de él y la habían apartado de sus obras; enfermaba, y la tristeza la vencía a ratos. El desterrado, con fiebre, le escribía para levantarla. Le hablaba de la paciencia, de la providencia de Dios que gobierna incluso lo que parece perdido, de Cristo, por quien los dos estaban pagando aquel precio. No hay en esas cartas queja contra sus enemigos, solo preocupación por la salud de ella, su ánimo y los que todavía dependían de ella. La voz que en Antioquía había sostenido a una ciudad entera cuando temía el castigo del emperador sostenía ahora, desde un valle helado, a una mujer que lo había perdido casi todo por serle fiel.

En aquellos mismos meses compuso también dos tratados. Uno, sobre la providencia. El otro lleva por título una frase que resume su respuesta a todo lo que le habían hecho.

"Nadie puede ser dañado sino por sí mismo."

Le habían quitado la sede, la fama y la salud, y él sostenía que nada de eso era un daño verdadero. El único daño real, escribía, es el que uno se hace a sí mismo: dejar que la injusticia sufrida se vuelva amargura, dejar de confiar, apartarse de Dios. Los enemigos pueden quitar bienes, ciudades, cuerpos. No pueden tocar lo que un hombre no entrega, ni arrebatarle lo que ya no teme perder. Lo había aprendido en la cueva, siendo joven; ahora lo firmaba con el cuerpo entero.

Y la Iglesia no lo dejó solo. Su apelación cruzó el mar hasta Roma. La llevaron, entre otros, dos hombres de su confianza: un sacerdote llamado Germán y un diácono al que él mismo había ordenado, Juan Casiano, un monje formado en el desierto de Egipto que años después fundaría monasterios en la Galia. Los recibió el papa Inocencio, el obispo de la sede de Pedro. Escuchó la causa y se negó a reconocer la deposición: para Roma, Juan seguía siendo el obispo de Constantinopla. Le escribió para sostenerlo, y envió una embajada a Oriente para pedir un juicio justo. La embajada fue rechazada: en la corte no cambió nada. Pero por primera vez la causa de aquel obispo pequeño dejaba de ser un pleito de la capital y se convertía en un asunto de toda la Iglesia. Occidente se había puesto de su lado.

Tres inviernos pasó en Cucuso. Y a la corte no le bastaba. Las cartas que salían de aquel valle llegaban a Antioquía, a Constantinopla, a Roma; el desterrado seguía siendo un obispo al que la gente escuchaba. En 407 llegó una nueva orden: debía trasladarse a Pitios, en el extremo oriental del Ponto Euxino —el mar Negro de hoy—, uno de los rincones más lejanos y ásperos que el Imperio podía ofrecer. Los soldados que lo custodiaban no esperaron a que se recuperara.

Tenía cincuenta y ocho años. Recogió las tablillas y el cálamo, se echó el manto de capucha sobre la barba blanca y salió de la casa de piedra entre lanzas. Nadie sabía en la capital que aquella mañana lo hacían partir. Quedaba una pregunta que ninguna carta había respondido todavía: de dónde iba a sacar aliento un hombre al que ya solo le quedaba el camino.

El bastón golpeó la piedra. Y empezó el último tramo.

Comana: Gloria a Dios por todo

Desde Armenia hacia el norte, la ruta sube y baja por una meseta casi sin sombra. Los soldados marchaban al ritmo de la orden que llevaban, no al del hombre que llevaban con ella. Cuando el sol apretaba, no había un árbol donde detenerse; cuando llovía, la tierra se volvía barro y el agua le entraba por el calzado deshecho. La fiebre regresó a los pocos días. La cabeza le ardía, el estómago no retenía nada, y aun así había que seguir, porque Pitios estaba lejos y el verano se acababa.

En septiembre de 407 el cuerpo dijo basta. Habían llegado a Comana, una pequeña ciudad de la meseta del Ponto, en tierras de la actual Turquía. Los campos ya estaban segados; unos cipreses se recortaban contra un cielo de tormenta. A las afueras había una capilla de piedra, baja, con un ábside pequeño y lámparas de aceite encendidas. Guardaba el sepulcro de un mártir llamado Basilisco, un soldado muerto por Cristo casi un siglo antes, en las persecuciones que precedieron a Constantino. Su memoria se guardaba, sobre todo, en aquella comarca del Ponto. Allí dejaron al obispo pasar la noche.

La memoria de los suyos guardó lo que ocurrió aquella noche entre esas cuatro paredes. Cuentan que, en la oscuridad, entre el sueño y la vigilia, el mártir se le acercó. Un hombre joven, de cabello rizado y capa roja de soldado, con luz en el rostro. Y que le anunció, sin rodeos, que al día siguiente estarían juntos.

La mañana del 14 de septiembre pidió que le trajeran una túnica blanca. Se quitó la ropa parda del camino, endurecida por el polvo y la lluvia, y se vistió de blanco, como el día de su bautismo en Antioquía, cuarenta años antes. Pidió la comunión. Recibió el Cuerpo de Cristo, aquel a quien había explicado durante tantos años desde el ambón y reconocido en el pobre de la puerta. Después rezó. Y dijo, con la voz que le quedaba, las palabras que lo resumen todo:

"Gloria a Dios por todo."

Añadió un amén. Se tendió junto al sepulcro del mártir, y murió. Tenía cincuenta y ocho años.

No hubo multitud. No había Gran Iglesia, ni ambón, ni aplausos que reprender. Había unos soldados con una orden que cumplir, un sacerdote de aldea, una lámpara sobre la piedra. El hombre que había sostenido con su voz a una ciudad de medio millón de habitantes y había hablado a la corte del emperador terminó hablando para casi nadie. Y lo que dijo no fue una defensa, ni un reproche, ni el nombre de quienes lo habían echado. Fue una acción de gracias.

Por todo. Por la cueva que le rompió el estómago y por el púlpito. Por Constantinopla y por la Encina. Por Olimpia y por Teófilo. Por el camino que lo estaba matando.

Lo que sale de la boca es lo que había dentro. Y lo que había dentro de aquel cuerpo consumido era gratitud. En la capilla quedó flotando, y sigue flotando en los siglos, una pregunta que Juan no contestó con un sermón, sino con su último aliento: qué significa dar gracias cuando ya no queda nada que perder.

Los soldados siguieron su camino sin él. Lo enterraron junto a Basilisco, dos hombres que Cristo había reunido en una tumba de provincia. En la capital, su nombre seguía fuera de las oraciones públicas. Parecía que el destierro había ganado.

El regreso: Justicia tardía y legado vivo

En la Gran Iglesia de Constantinopla, reconstruida después del incendio, cada liturgia tenía un momento en que un diácono leía en voz alta una lista de nombres. Eran los obispos difuntos de la ciudad, escritos en dos tablillas unidas que se llamaban dípticos, y el pueblo rezaba por ellos uno a uno. Durante años, en esa lista faltaba un nombre. El de Juan. Quien lo pronunciaba en público seguía arriesgándose; los joanitas, sus fieles, todavía se reunían aparte.

Entre los años 417 y 428, en una fecha que la ciudad no guardó con exactitud, el nombre volvió a las tablillas. Nadie lo anunció con trompetas. Un diácono lo leyó, el pueblo respondió, y la Iglesia de la capital admitió en voz baja lo que en la calle se sabía desde el primer día: que había desterrado a su obispo por hablar claro.

Treinta años después de la muerte en Comana, en el año 438, ocupaba la sede un patriarca llamado Proclo, un hombre de frente despejada y barba redondeada, al que la ciudad tenía por discípulo del desterrado. Un día predicó sobre él. Habló de la voz que había sostenido a Antioquía y alimentado a los pobres de la capital, y de cómo esa voz había muerto en una capilla de provincia con una escolta de soldados. El pueblo lloró en la nave. Y el emperador escuchó.

Se llamaba Teodosio II, hijo de Arcadio y de Eudoxia, quienes habían firmado el destierro. Ordenó que los restos volvieran a casa.

El 27 de enero de 438 el sarcófago llegó por mar. Lo esperaba la ciudad entera: el puerto se llenó de gente, y en el muelle y en las calles ardían tantas antorchas que la noche parecía día. La misma capital que lo había visto salir custodiado, y que había ardido a sus espaldas, salía ahora a recibirlo como se recibe a un padre. Lo llevaron a la iglesia de los Santos Apóstoles, donde reposaban los emperadores, y allí lo sepultaron. En el templo mismo de la casa que lo había echado.

Ese viaje de vuelta se contó durante siglos, y en el camino de Comana a la capital la memoria del pueblo fue añadiendo lo que la crónica no escribió. Se dijo que enfermos que tocaron el sarcófago a su paso quedaron curados. Y se dijo algo más, en las lecturas que cada 27 de enero se repetían en las iglesias de Oriente: que en Comana la piedra no se dejó mover. Que los hombres empujaban y el sarcófago pesaba como una montaña, hasta que llegó una carta del emperador pidiendo perdón en nombre de sus padres. La colocaron sobre la tapa. Y la piedra se volvió ligera.

Sea lo que sea lo que ocurrió en aquel campo del Ponto, la imagen dice la verdad de fondo: el destierro no se deshizo con una orden, sino con un perdón pedido.

Los siglos que siguieron no fueron todos de antorchas. En 1204, cuando los cruzados de Occidente saquearon Constantinopla, parte de sus reliquias fueron llevadas a Roma, y allí quedaron, durante ochocientos años, en la basílica de San Pedro. El hombre que había apelado al papa Inocencio desde el destierro descansaba ahora junto a la tumba del apóstol, pero lejos de su pueblo. Y la cristiandad, que él había querido unida en la comunión, seguía partida en dos.

Occidente, mientras tanto, no dejó de leerlo. En el siglo XVI la Iglesia latina lo contó entre los cuatro grandes Doctores de Oriente, junto a Basilio, Gregorio Nacianceno y Atanasio: maestros cuya enseñanza vale para toda la Iglesia. Pío X, a comienzos del siglo XX, lo declaró patrono de los predicadores. Y en 1969, al revisar Roma su calendario, la fiesta que había estado en el 27 de enero, día del regreso a Constantinopla, pasó al 13 de septiembre, víspera de su muerte. Las Iglesias de Oriente lo celebran el 13 de noviembre, y cada 30 de enero, con Basilio y Gregorio, como patrono de las escuelas y las letras griegas.

Faltaba cerrar la herida de 1204. El 27 de noviembre de 2004, en la basílica de San Pedro, Juan Pablo II, ya anciano y enfermo, entregó al patriarca ecuménico Bartolomé I dos urnas de cristal: dentro estaban las reliquias de Juan Crisóstomo y las de Gregorio Nacianceno. Aquella misma tarde el patriarca voló con ellas a Constantinopla. Las esperaban en el Fanar, en la catedral patriarcal de San Jorge, y allí siguen, junto al muro norte de la nave, en urnas de cristal sobre soportes dorados. Mil seiscientos años después de salir escoltado por soldados, el obispo regresaba por segunda vez a su ciudad. Ahora lo hacía de manos de la Iglesia que un día lo había defendido. Desde entonces el Patriarcado celebra ese regreso cada 30 de noviembre. Tres años más tarde, en septiembre de 2007, al cumplirse dieciséis siglos de su muerte, Benedicto XVI le dedicó dos catequesis seguidas ante miles de peregrinos.

En el Monte Athos, en el monasterio de Vatopedi, los monjes muestran a los peregrinos un relicario de plata dorada sobre un cojín rojo. Dentro veneran un cráneo que tienen por el suyo, con el oído izquierdo que dicen incorrupto. Su piedad conserva la explicación, nacida siglos después: que mientras el obispo comentaba las cartas de san Pablo, el apóstol se acercaba y le dictaba al oído. Pero dice, a su manera, lo que los lectores de sus homilías saben: que aquel hombre había escuchado la Escritura hasta hacerla suya.

Y su palabra sigue sonando. La liturgia que celebran casi todos los domingos del año las Iglesias de rito bizantino, católicas y ortodoxas, lleva su nombre desde hace siglos: la Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo. Sus homilías se leen todavía en el Oficio de la Iglesia; los seminaristas siguen estudiando su tratado sobre el sacerdocio; y cada 13 de septiembre, en miles de iglesias, alguien vuelve a escuchar aquello de los vasos de oro y las almas de oro, y del Cristo desnudo que espera fuera. Escuelas, parroquias, comedores y hospitales llevan su nombre en Oriente y en Occidente.

Un obispo depuesto, muerto de agotamiento en una capilla que casi nadie conocía, se convirtió en uno de los hombres más leídos de la historia cristiana. Queda en pie la pregunta de por qué la Iglesia, y con ella tanta gente que ni siquiera reza, vuelve una y otra vez a la voz de quien lo perdió todo por no callarla. Quizá la respuesta esté en aquella última frase, dicha a casi nadie en el Ponto. Cruzó los siglos como cruzó el estrecho aquella noche de antorchas: entera, sin queja, dando gracias.

La palabra y la vida: Una invitación silenciosa

Una página abierta sobre una mesa, a la luz baja de la tarde. Es una de sus homilías, impresa en una lengua que él nunca oyó hablar. Quien la lee hoy no ve el ambón de piedra ni la basílica llena de gente de pie. Ve solo las frases. Y las frases todavía queman un poco.

Al comienzo, ante una tumba de provincia, quedó suspendida una pregunta: qué convierte la voz de un predicador en una vida tan fiel que, perdido todo, lo último que le sale es un gracias. Juan no la respondió con una frase. La respondió con lo que hizo. Predicó que Cristo esperaba desnudo a la puerta, y vendió los mármoles reservados para adornar las iglesias y con ellos lo vistió. Habló de la libertad de quien nada teme perder, y no bajó la voz cuando la seda de la corte se sentó en la primera fila. Escribió sobre la providencia desde una casa llena de humo, con fiebre, a quienes se habían quedado sin obispo por defenderlo. Y cuando ya no le quedaba ni sede, ni salud, ni camino, se puso la túnica blanca y dio gracias.

Ahí está lo que la ciudad no supo perdonarle y lo que la Iglesia no ha podido olvidar: la boca y las manos decían lo mismo.

Esa distancia, la que él no dejó abrirse, es la misma que recorremos cada día lejos de Antioquía y de Constantinopla. También nosotros hablamos: en la mesa, en el trabajo, en un mensaje escrito deprisa, y decimos qué es lo que importa y qué no. Y luego el mes cierra con sus cuentas, y las horas se gastan en lo que se gastan. Ahí queda escrito, sin retórica, lo que de verdad creemos. Alguna vez, además, nos quitan algo que teníamos por seguro: un empleo que termina en un correo de tres líneas, un resultado médico dicho de pie en un pasillo. ¿Qué palabra nos sale entonces, la primera, antes de pensarla?

La de Juan la conocemos. La dijo, según recordaron los suyos, con la voz que le quedaba, en una capilla del Ponto, después de comulgar: "Gloria a Dios por todo".

No la improvisó aquella mañana. Venía de un joven que dejó el foro por el agua del bautismo; de un asceta que salió de la cueva derrotado y aprendió a vivir con un cuerpo roto; de un presbítero que sostuvo a media ciudad aterrada explicándole la Escritura; de un obispo que prefirió las listas de las viudas a los banquetes del palacio. Cada renuncia le quitó algo, y en cada una descubrió que lo esencial seguía intacto. Por eso en Comana no le quitaron nada que él no hubiera dado ya.

De todo lo que dijo aquel hombre pequeño en una vida entera de púlpito, la memoria de los cristianos guardó primero la última palabra: una acción de gracias.

San Juan Crisóstomo, Doctor de la Iglesia, padre de los predicadores, testigo de la caridad y de la acción de gracias, ruega por nosotros.

Fuentes

Fuentes primarias (Antigüedad tardía)

  • Paladio de Helenópolis, Dialogus de Vita Sancti Ioannis Chrysostomi (c. 408) — Patrologia Graeca 47; trad. R. T. Meyer, Ancient Christian Writers 45, Paulist Press, 1985.
  • Pseudo-Martirio de Antioquía, Oratio funebris in laudem Sancti Ioannis Chrysostomi (c. 407) — ed. M. Wallraff y C. Ricci, Quaderni della Rivista di Bizantinistica, 2007.
  • Sócrates Escolástico, Historia ecclesiastica, libros VI–VII (c. 439) — Patrologia Graeca 67; ed. G. C. Hansen, GCS n.f. 1, 1995.
  • Sozomeno, Historia ecclesiastica, libro VIII (c. 445) — Patrologia Graeca 67; ed. J. Bidez y G. C. Hansen, GCS 50, 1960.
  • Teodoreto de Ciro, Historia ecclesiastica, libro V (c. 449) — Patrologia Graeca 82; ed. L. Parmentier y G. C. Hansen, GCS n.f. 5, 1998.
  • Focio de Constantinopla, Bibliotheca, cod. 59 — ed. R. Henry, Photius: Bibliothèque, vol. I, Les Belles Lettres, 1959.
  • Juan Crisóstomo, Homiliae ad populum Antiochenum (De statuis), 387 — Patrologia Graeca 49; newadvent.org/fathers/1904.htm
  • Juan Crisóstomo, Homiliae in Matthaeum, hom. 50, c. 390 — Patrologia Graeca 58; newadvent.org/fathers/200150.htm
  • Juan Crisóstomo, Quod nemo laeditur nisi a se ipso, c. 405–407 — ed. A.-M. Malingrey, Sources Chrétiennes 103, Cerf, 1964.
  • Juan Crisóstomo, Lettres à Olympias, 404–407 — ed. A.-M. Malingrey, Sources Chrétiennes 13 bis, Cerf, 1968.
  • Juan Crisóstomo, De sacerdotio, c. 386–390 — ed. A.-M. Malingrey, Sources Chrétiennes 272, Cerf, 1980.
  • Juan Crisóstomo, Huit catéchèses baptismales, c. 388–390 — ed. A. Wenger, Sources Chrétiennes 50 bis, Cerf, 1970.
  • Juan Crisóstomo, Opera Omnia — ed. J.-P. Migne, Patrologia Graeca, vols. 47–64, 1857–1862.
  • Libanio de Antioquía, Orationes 19–23, 387 — ed. R. Foerster, Libanii Opera, vol. II, Teubner, 1904.

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Société des Bollandistes, Acta Sanctorum, Septembris IV: De S. Ioanne Chrysostomo (1753) — bollandistes.org
  • Alban Butler, Butler's Lives of the Saints, 13 de septiembre, ed. rev. H. Thurston y D. Attwater, Burns & Oates, 1956.
  • Congregación para el Culto Divino, Martyrologium Romanum, editio typica altera, 13 de septiembre, Libreria Editrice Vaticana, 2004.

Documentos y estudios eclesiásticos y académicos

  • Henri Daniel-Rops, Histoire de l'Église du Christ, vol. II, Fayard, 1948–1950.
  • J. N. D. Kelly, Golden Mouth: The Story of John Chrysostom — Ascetic, Preacher, Bishop, Cornell University Press, 1995.
  • Robert L. Wilken, John Chrysostom and the Jews: Rhetoric and Reality in the Late Fourth Century, University of California Press, 1983.
  • Benedicto XVI, Audiencias Generales del 19 y 26 de septiembre de 2007 sobre San Juan Crisóstomo — vatican.va

Contexto contemporáneo

  • Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, Return of the Relics of Sts Gregory Nazianzen and John Chrysostom, 27 de noviembre de 2004 — vatican.va
  • Juan Pablo II, Carta al Patriarca Ecuménico Bartolomé I con ocasión de la devolución de las reliquias, 27 de noviembre de 2004 — vatican.va
  • Apostolic Pilgrimage of the Ecumenical Patriarchate, The Return of the Holy Relics of St. Gregory the Theologian and St. John Chrysostom — apostolicpilgrimage.org
  • Associated Press, 'Vatican returns relics of saints', Sun Journal, 28 de noviembre de 2004.
  • Encyclopaedia Britannica, 'Leo XIV', britannica.com, 2026.

Iconografía

  • Mosaico de San Juan Crisóstomo, tímpano norte de Santa Sofía, Constantinopla, s. X — Wikimedia Commons.

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