Un muchacho flaco barre el suelo de un establo. Cabeza gacha, boca un poco abierta, como si escuchara algo que nadie más oye. Huele a paja húmeda y a mula. Al otro lado del muro, unos frailes cantan; él no canta con ellos. Los que pasan por la puerta no lo miran.
Tres veces ha pedido entrar en un convento. Tres veces le han dicho que no.
Se distrae. No retiene lo que le enseñan. Se le cae de las manos lo que le mandan llevar. Los capuchinos lo tuvieron ocho meses y le quitaron el sayal. Por eso está aquí: lo han admitido para una sola cosa, cuidar de la mula.
Este convento fue el primero en cerrarle la puerta. Ahora le ha abierto la del establo. Es el último de la casa, y ni siquiera es de la casa.
Nadie espera nada de él: ni una lección aprendida, ni una frase seguida. Solo que la mula esté limpia y el suelo barrido.
Y sin embargo, dentro de unos años, un tribunal de Nápoles lo hará celebrar la Misa delante de sus jueces. Roma abrirá un expediente con su nombre. Obispos y príncipes cruzarán Italia para mirarlo.
¿Qué pudo ver nadie en el muchacho de la mula? ¿Qué ocurre cuando el último de todos es elegido para algo que nadie sabrá explicar?
Nacido Fuera: El Establo y la Primera Herida
Copertino, junio de 1603. El sol blanco del Salento cae a plomo sobre las casas bajas de piedra encalada y sobre el castillo de sillería dorada. Alrededor, olivares hasta donde alcanza la vista, y un aire que suena a cigarras. Es la Terra d'Otranto, la punta última del Reino de Nápoles, gobernado desde Madrid por Felipe III a través de sus virreyes. Los señores feudales cobran, y detrás de ellos, los recaudadores del rey. La Iglesia salida de Trento levanta santuarios por todos los caminos, y en las plazas se predica sobre santos nuevos. Pero cuando un carpintero no paga sus deudas, pierde la casa, y sobre eso nadie predica.
El 17 de ese mes, la casa de Felice Desa, el carpintero, está en manos de los acreedores. El embargo sigue su curso. Felice, fibroso, de barba negra corta y espalda vencida por el banco de trabajo, debe más de lo que puede pagar. Mientras tanto, su mujer, Franceschina Panaca, da a luz sobre la paja del cobertizo pegado a la casa, entre aperos y animales. Lo llaman Giuseppe Maria; en nuestra lengua, José María. Nace fuera porque dentro no hay sitio para él. Es el primer establo de su vida.
Felice muere pronto. Las deudas no: los acreedores seguirán reclamando su dinero al hijo años después. Franceschina se queda sola con el niño y con la miseria. Es una mujer recia, de manos grandes, dura hasta la aspereza, y de una fe que no se ablanda con nada. Cría al pequeño con lo que hay, que es casi nada.
A los siete años, en 1610, lo mandan a la escuela. Dura poco. Así lo recordaron, décadas más tarde, quienes lo conocieron de niño y los frailes que escucharon sus recuerdos: una llaga se le abre en el muslo derecho, se infecta, se pudre y no se cierra. Cinco años pasa apartado de los libros, con la pierna vendada, la fiebre yendo y viniendo, cojeando cuando consigue levantarse. En el pueblo se fijan en otra cosa: en la boca que se le queda entreabierta y en la mirada que se le va lejos durante horas. Le ponen un apodo: bocca aperta, el boquiabierto. Se le quedará toda la vida.
Por las noches, junto al jergón, Franceschina hace de maestra. En vez de letras, le cuenta vidas de santos. Sobre todo una: la de Francisco de Asís, el hijo del comerciante rico que se quedó sin nada, hasta sin ropa, para seguir a Jesucristo pobre. El niño escucha con la boca abierta. Allí, con la pierna vendada, empieza a pensar en ser fraile y sacerdote como Francisco. No queda ni una línea suya sobre aquel deseo. Ninguna visión, ninguna voz; solo un niño enfermo y una madre que cuenta.
En Copertino pocos esperaban algo de aquel niño. Para los vecinos es el boquiabierto que no aprenderá nunca; para los acreedores, el hijo de un deudor. Y desde aquel jergón, sin haber terminado la escuela, ya sabe lo que quiere ser. Le falta solo una cosa que ningún remedio ha conseguido en cinco años: que la pierna sane.
Puertas Cerradas: El Camino de los Rechazos
Sana hacia 1618, con quince años. La llaga que cinco años de emplastos no habían cerrado, se cierra. Sus primeros biógrafos recuerdan que en casa se contó siempre de la misma manera: el alivio llegó de la Virgen de la Gracia, la que se venera en Galatone, a pocas horas de camino de Copertino. Le queda una cicatriz hundida y oscura en el muslo derecho. Le queda también una decisión que ya no se moverá de sitio: será fraile de san Francisco, para seguir a Jesucristo pobre.
A los dieciséis años, en 1619, llama a la primera puerta. Es la Grottella, el convento de los franciscanos conventuales a las afueras del pueblo, entre olivares, junto a la gruta de la Virgen. Tiene parientes entre esos frailes. Cree que eso bastará. Le preguntan qué sabe. Lee a duras penas. No sabe latín. No retiene una lección de un día para otro. La respuesta es no.
Prueba después con los franciscanos reformados, los de observancia más estricta. La respuesta es la misma.
Quedan los capuchinos, la rama más pobre de toda la familia de Francisco: sayal pardo remendado, barba larga, pies descalzos, nada que perder. En Martina Franca, sobre las piedras de la Murgia, lo aceptan. No como fraile de coro, sino como hermano converso, el que sirve en la cocina y en la huerta y no estudia. Le dan el sayal. Aún no ha cumplido los dieciocho y por primera vez en su vida viste un hábito.
Dura ocho meses.
Lo que lleva en las manos, se le cae. Se queda parado en mitad de un encargo, con la boca abierta y los ojos en otro sitio. Los frailes ven a un muchacho torpe al que no se le puede confiar nada, ni siquiera lo más simple. Y en una casa donde no hay nada, romper lo poco que hay pesa el doble. Lo despiden. Le piden el sayal.
Lo dobla y lo devuelve. Se pone otra vez la camisa remendada con la que llegó. Cruza la puerta y echa a andar hacia el sur, hacia Copertino, solo, bajo el sol blanco del Salento.
Ser rechazado por los que lo tienen todo se soporta. Ser rechazado por los que no tienen nada es otra cosa. Los capuchinos no le pidieron estudios, ni latín, ni memoria; le pidieron solo que sirviera, y ni para eso sirvió.
En Copertino lo espera lo de siempre. La miseria. Su madre. Los acreedores de su padre, que siguen reclamando al hijo lo que el carpintero no pagó. Y el apodo, que nunca se fue: bocca aperta.
Franceschina no se rinde. Se contaba en la familia que aquella mujer dura hasta la aspereza volvió a la Grottella, a los parientes frailes que le habían cerrado la puerta, e insistió. No pide el hábito; sabe que no se lo darán. Pide cualquier cosa.
Y en la Grottella hay una cosa. En el establo del convento vive una mula, y alguien tiene que limpiarla, darle de comer y barrer lo que deja. Es el trabajo que nadie quiere.
¿Qué hace un muchacho de apenas diecisiete o dieciocho años cuando hasta la casa de los descalzos le ha dicho que no? Este acepta la mula.
La Puerta de Abajo: El Oblato y el Hábito
Hacia 1620 entra en la Grottella por la puerta del establo. No es fraile. Es lo que entonces se llamaba un oblato terciario: un laico que se ofrece al convento, viste un hábito corto y remendado, y hace los trabajos que ningún fraile hace. Le dan un delantal de arpillera, un cubo de madera, una escoba de retama. Y la mula.
Cada mañana la saca al patio, le da de comer, le limpia las patas, retira el estiércol y echa paja nueva; las manos se le agrietan con el agua fría y el olor a cuadra no lo abandona. Cuando termina, friega, acarrea agua del pozo del claustro, corta leña. Nadie le pide que estudie ni le pregunta qué sabe. Por primera vez en su vida, lo que no sabe no importa.
Nació en un establo, mientras los alguaciles vaciaban la casa. Diecisiete años después, otro establo lo recibe. Entre uno y otro cabe todo lo vivido hasta ahora: la llaga, la escuela perdida, las tres puertas cerradas. Y aquí, entre la mula y la paja, algo se asienta.
Los frailes empiezan a mirarlo. No por lo que hace, sino por cómo lo hace. El muchacho torpe que en Martina Franca dejaba caer las cosas, aquí barre y acarrea sin quejarse, y cuando acaba no se va a descansar. Se queda en la iglesia, delante de la imagen de la Virgen con el Niño que da nombre a la casa, con la boca entreabierta y los ojos arriba. Lo encuentran allí a deshoras, al amanecer, antes que nadie. Reza como trabaja: sin ruido, sin pedir nada para sí, con una constancia que desarma.
Con el tiempo se llamará a sí mismo fray asno. Lo dirá sin gracia y sin amargura: así se ve. Cuida de la mula y se pone a su altura: una bestia de carga, útil para lo pesado, que no discute el camino. Al que no supo latín le quedó otra escuela: la del último lugar, la del trabajo que nadie mira, la de servir sin que nadie tenga que explicarle nada.
Los mismos hombres que antes le dijeron que no, ahora cambian de opinión. No porque haya aprendido nada nuevo. Porque han visto algo que no se aprende. Le dan el hábito y lo admiten al noviciado, el año de prueba antes de ser fraile de verdad. El delantal de arpillera se queda colgado en el establo.
En 1625 profesa, con veintidós años, como fraile menor conventual. Le cortan el pelo en corona, la tonsura de los frailes: la coronilla rasurada y un anillo estrecho de cabello negro sobre las orejas. Recibe el hábito completo, gris pardo, con capucha puntiaguda, y el cordón blanco de tres nudos, uno por cada voto: pobreza, castidad, obediencia. De rodillas ante el superior, las manos en las suyas, promete para siempre lo que el cordón ya lleva anudado. La comunidad que lo rechazó a los dieciséis lo recibe como hermano a los veintidós.
No sabe más que antes. Sigue sin retener una lección de un día para otro. El que ha pasado años esperando que alguien lo quiera en algún sitio sabe lo que vale una sola palabra: hermano.
La puerta se abrió por abajo. Falta ver hasta dónde puede llegar alguien que entró por ella. Porque ser fraile no es el final del camino que él quiere. Él quiere ser sacerdote, decir la Misa, tocar con esas manos de establo el pan que se hace Cristo. Y para eso hay un examen.
El Examen y la Gracia: De la Incapacidad al Altar
Primavera de 1628. En Poggiardo, un pueblo de la Terra d'Otranto, el obispo de Castro examina a los candidatos al sacerdocio de toda la comarca. Los conventuales han llevado a los suyos. Entre ellos va uno de veinticuatro años, flaco, con la boca entreabierta, que en casi ocho años de convento no ha conseguido retener un texto de un día para otro.
Sabe lo que le espera: un prelado severo, preguntas de teología y de Escritura, el latín que se le escapa siempre. Los demás repasan por los pasillos; él no repasa. Reza. Sus hermanos lo han traído sabiendo cómo puede terminar la mañana.
Sus hermanos repitieron durante años cómo fue aquella mañana, y así se ha seguido contando. El obispo llamó a los primeros. Respondieron con brillantez, uno tras otro: eran los mejor preparados. Y entonces, satisfecho, dio por buenos a todos los que faltaban. No hubo más preguntas. José entró en la sala sin ser examinado y salió aprobado.
Él no lo contó nunca como un golpe de suerte. Lo atribuyó a la Virgen, la misma ante la que rezaba en la Grottella desde sus días de establo. La lógica de aquel día decía que no. Se abrió otro camino, uno que nadie había previsto, y él pasó por él sin entender del todo cómo.
El 18 de marzo de 1628 recibe la ordenación según el rito de aquel siglo: los ordenandos tendidos boca abajo en el suelo mientras se cantan las letanías de los santos, la imposición de manos del obispo en silencio. Después, el óleo en las palmas —esas palmas encallecidas de acarrear agua y estiércol—, el lienzo blanco que las ata, el cáliz y la patena en las manos. El muchacho que no supo aprender latín es, desde ese momento y para siempre, sacerdote de Jesucristo.
Diez días después, el 28 de marzo, celebra su primera Misa. Pocos testigos. Viste el alba, el cíngulo, la estola cruzada sobre el pecho y una casulla de damasco sobre el hábito gris. Las manos le tiemblan al levantar el pan. Nadie lo recordaría por lo que dijo aquel día; apenas sabía decirlo. Lo recordarían por cómo miraba lo que tenía entre los dedos.
De aquel examen sin preguntas nació, siglos más tarde, algo que él no llegó a saber: que los que entran a la prueba seguros de no poder acabarían llamándolo por su nombre.
Vuelve a la Grottella sacerdote. Barre, reza, confiesa a los campesinos que bajan del olivar, dice la Misa cada mañana ante la Virgen con el Niño. Dos años así, en calma — los últimos que va a tener. Hacia 1630, en esa misma iglesia, algo empieza a ocurrir en él que ni sus hermanos ni él mismo sabrán explicar.
Arrebatado: Los Éxtasis y la Fama Inesperada
Es una mañana de fiesta y la iglesia está llena. Campesinos de Copertino con la camisa limpia, mujeres con el pañuelo de lino a la cabeza, niños sentados en el suelo entre los bancos. Los frailes cantan en el coro. Quienes estaban allí situaron después aquel día en la fiesta de san Francisco, un cuatro de octubre, hacia 1630.
En medio del canto, un grito. Corto, agudo, como el de quien recibe un golpe en la espalda. Es él.
Y después, silencio.
El fraile estaba de pie ante el altar. Ya no toca el suelo. Los brazos abiertos, la cara vuelta hacia la imagen de la Virgen con el Niño, el cuerpo quieto en el aire, sobre las cabezas de los que rezan. El hábito gris cae recto. El cordón blanco cuelga vertical, con sus tres nudos. Una sandalia está a punto de soltarse del pie. Nadie se mueve. Una mujer se lleva la mano a la boca. Un niño señala con el dedo y su madre le baja el brazo sin apartar los ojos de arriba.
Los frailes callan. Nadie les ha enseñado qué hacer en un caso así. Y luego, sin ruido, baja. Vuelve al suelo como quien despierta de un sueño en un sitio equivocado. Mira alrededor, entiende que ha pasado algo. Y pide perdón.
«Excúsenme por estos ataques de mareo que me dan».
Mareos. Así llamó a aquello durante toda su vida.
No fue una sola vez. En los años que siguieron, en esa iglesia y en ese claustro pequeño con su pozo, volvió a suceder tantas veces que nadie llevó la cuenta. Bastaba poco. Oír el nombre de Jesús o el de María en un canto. Una imagen sagrada. Una palabra de Dios dicha al paso. Y sobre todo la Misa, cualquier momento de la Misa. Sus hermanos aprendieron a reconocer la señal: el grito breve, y después el cuerpo que ya no respondía.
Porque eso fue lo que sus hermanos recordaron después, uno tras otro: que en el arrebato la carne no sentía. Le clavaron alfileres. Le acercaron velas encendidas a los dedos, tan cerca que la llama los tocaba. Nada. Los ojos abiertos, fijos en algo, y él ausente de su propio cuerpo. No lo hicieron por crueldad. Lo hicieron por miedo a engañarse: querían saber si aquello era verdad o teatro. La respuesta fue siempre la misma: ninguna. El fraile no se enteraba de nada de aquello.
Y sin embargo había una cosa que sí lo alcanzaba. Una sola.
La voz del superior.
Bastaba que el guardián del convento lo llamara por su nombre y le mandara volver. El cuerpo obedecía. Los alfileres no; el fuego no; una orden, sí. Ahí está la llave de todo lo que vendría después. El hombre al que nada del mundo podía devolver al suelo, bajaba por obediencia. Sus hermanos lo entendieron pronto: aquello no era suyo. Si lo fuera, lo habría podido detener él.
Un día un hermano le preguntó qué le pasaba. Él, que apenas sabía explicarse, buscó la comparación más ruidosa que conocía: el arcabuz, el arma de fuego larga de los soldados españoles que patrullaban el Reino. «Cuando en el arcabuz la pólvora se enciende y sale con aquel estruendo y estrépito, así el corazón extático se enciende de amor de Dios». No habló de volar. Habló de una carga que prende y estalla. El amor de Cristo como pólvora en el pecho: es lo único que supo decir de sí mismo.
Vivió esos años pegado a la imagen de la Grottella. La llamaba «la mamma mia», mi mamá, con las palabras de un niño pequeño. A ella le atribuía la curación de la pierna, el aprobado del examen, todo. Ayunaba hasta quedarse en los huesos. Bajo el hábito llevaba las marcas de la disciplina. El rostro se le fue poniendo cetrino, las mejillas hundidas. Y seguía barriendo, confesando a los que bajaban del olivar, diciendo la Misa cada mañana con las manos temblando.
Y la gente empezó a venir.
Primero los de Copertino. Luego los de los pueblos de alrededor, luego de toda la Terra d'Otranto. Carros en el camino entre los olivos, familias que esperaban desde el amanecer, señores con criados. La iglesia se llenaba cada día, y ya no venían a rezar a la Virgen. Venían a verlo a él. Esperaban el grito como se espera que empiece una función. Él no entendía por qué venían. Pedía que lo tuvieran por lo que él decía ser. Nadie le hacía caso.
Sus hermanos empezaron a inquietarse. Un santuario rural convertido en lugar de curiosos; un fraile analfabeto que se elevaba ante multitudes que no sabían distinguir entre la devoción y el espectáculo. El muchacho de la boca entreabierta seguía siendo el mismo. El mundo a su alrededor había cambiado.
La Iglesia de aquel tiempo, la de después de Trento, conocía bien a los falsos santos. Los había visto engañar a pueblos enteros con santidades fingidas, y tenía un tribunal para ocuparse de ellos. Lo que pasaba en la Grottella era, a la vez, una gracia y un problema de orden público. Y los problemas del Reino de Nápoles, tarde o temprano, se resolvían en Nápoles.
En 1638 llegó la llamada.
Sospecha y Juicio: Ante el Santo Oficio
Nápoles no se parecía a nada que él hubiera visto. Callejones oscuros bajo balcones de hierro, gritos de vendedores, carros, iglesias de mármol y oro en cada esquina. La capital del virreinato español, una ciudad superpoblada y ruidosa. Entró en ella a pie, con el hábito lleno del polvo del camino y una alforja de lienzo al hombro.
Lo esperaba el tribunal de la Inquisición. La pregunta era una sola: si aquel fraile abusaba de la credulidad del pueblo con arrebatos de teatro. Un vicario lo interrogó a lo largo de varias sesiones. Delante, una mesa con tapete verde, un crucifijo, un escribano que anotaba cada palabra. Él respondía como sabía: con pocas palabras, sin defenderse, con la cabeza inclinada.
Y entonces los jueces quisieron ver. Le ordenaron celebrar la Misa ante ellos, en la iglesia del monasterio de San Gregorio Armeno, entre rejas doradas y estucos. Un templo prestado, ornamentos prestados, un cáliz que no era el suyo. Y en los bancos, hombres cuyo oficio era desconfiar.
Dijo la Misa. Terminó. Se retiró a dar gracias, como cada mañana de su vida. Y allí, delante de quienes debían juzgarlo, el cuerpo dejó de tocar el suelo.
Quedó consignado en los papeles del proceso. No es un recuerdo devoto: entró en el expediente mismo que debía juzgarlo.
Después de aquello nadie supo qué hacer con él. El vicario cerró la instrucción y mandó los papeles a Roma, al Santo Oficio. Mientras se decidía, lo dejaron retenido en el convento de San Lorenzo Maggiore. Una espera sin plazo en una celda ajena, en una ciudad ajena.
Luego, la orden: a Roma. Otro camino, otra alforja, otro convento. Lo alojaron en los Santi Apostoli, la casa de los conventuales junto al Quirinal, en una ciudad en obras, con andamios y polvo de travertino por todas partes. El proceso lo presidió Francesco Albizzi, uno de los juristas más temidos del Santo Oficio.
El 18 de febrero de 1639 llegó la sentencia. Absuelto. Plenamente. Ni santidad fingida, ni abuso de la credulidad del pueblo. El tribunal más severo de la Iglesia no encontró en él una sola mentira.
Pero el mismo papel decía otra cosa. Para apartarlo de la curiosidad de las multitudes, el tribunal decidió que no volviera a la Grottella. No como castigo: como medida. Y así, en la misma hoja que lo declaraba inocente, perdió su casa.
No volvió a ver Copertino. Ni la gruta con la imagen de la mamma mia, ni el establo de la mula, ni el olivar, ni la casa de su madre. Tenía treinta y cinco años. Le quedaban veinticuatro de vida, y ninguno lo pasaría allí.
No consta que protestara. No consta que pidiera una explicación. Recibió la cédula de obediencia y la guardó.
En aquella celda no había a quién reclamar.
Hay una escena de aquellos meses romanos que sus hermanos contaron siempre igual, como se cuentan las cosas de familia. Antes de dejar Roma fue llevado ante el papa Urbano VIII, el papa de Bernini y de las abejas Barberini. Se inclinó a besarle el pie, como era costumbre. Y no se levantó. Cayó en éxtasis allí mismo, delante del pontífice y de su corte. El papa, ya anciano, no lo hizo levantar. Dijo después que, si el fraile moría antes que él, él mismo podría dar testimonio de lo que había visto.
El tribunal lo había absuelto. El papa lo había visto con sus propios ojos. Y aun así, la orden no cambió: lejos. Lo que Jesucristo hacía en él no estaba en discusión; lo que el pueblo hacía con él, sí. Y a él le tocó cargar con las dos cosas sin abrir la boca.
Salió de Roma con lo puesto, camino del norte. El destino era Asís, la ciudad de san Francisco, el santo cuya vida su madre le había contado junto a la cama cuando la llaga le impedía ir a la escuela. Volvía, de algún modo, al principio. Pero volvía sin casa, sin los suyos, sin nadie que lo conociera. Le esperaban catorce años entre aquella piedra rosada. Nadie le había dicho que la parte más dura no la verían los que miraban.
Soledad en Asís: Sequedad y Conversión
La basílica inferior está siempre en penumbra. Una luz azul resbala sobre los frescos de Giotto, huele a incienso viejo y a piedra fría, y abajo, en el valle, las campanas llegan amortiguadas por la niebla. Aquí vivió de 1639 a 1653. Catorce inviernos de Umbría para un hombre criado bajo el sol blanco de la Terra d'Otranto.
Los arrebatos lo siguieron hasta allí. Bastaba el nombre de Jesús cantado en el coro, una imagen de la Virgen en un altar lateral, y el cuerpo se le iba. Los frailes del Sacro Convento aprendieron enseguida lo mismo que sabían los de la Grottella. Y la fama, que había viajado más deprisa que él, no dejó de crecer en aquellos años. Llegaban prelados, señores con criados, viajeros que daban un rodeo para verlo. A él lo mantuvieron apartado, lejos de la puerta y de los visitantes. Cuando lo llamaban, bajaba. Cuando le mandaban volver arriba, volvía.
Lo que nadie veía era otra cosa. En aquellos años se le apagó la luz de dentro. La misma oración que antes lo arrancaba del suelo se volvió seca como una piedra. Pasaba temporadas enteras sin un solo consuelo: rezaba y no sentía nada, comulgaba y no sentía nada, miraba el crucifijo y encontraba silencio. Vinieron las tentaciones, el desaliento, el desamparo de no sentir nada en medio de la casa de san Francisco. Lloraba mucho. Sus hermanos lo recordaron así: la cara mojada en el coro vacío, la mirada en alto y la boca un poco abierta, igual que el niño de Copertino. Pero ahora sin nada que escuchar.
Es una soledad que muchos conocen sin haber volado nunca: la de seguir yendo cada día a lo de siempre cuando lo de siempre ya no dice nada. La de cuidar a alguien cuando el cariño se ha secado. La de rezar en un cuarto y no saber si alguien oye.
Él siguió. Cada mañana la Misa. Cada hora, el coro. Cada orden, cumplida. Nadie le prometió que aquello terminara.
En 1651 llegó a Asís un viajero distinto. Juan Federico de Brunswick-Luneburgo, príncipe luterano del norte de Alemania, veintisiete años, en viaje por Italia. Había oído hablar del fraile. Quiso verlo. Y asistió a su Misa.
Lo que pasó dentro de aquel hombre ante Cristo presente en el altar, solo él lo supo. Pero los que estuvieron en la iglesia no separaron nunca las dos cosas: lo que el duque vio en el altar y lo que hizo después. Poco después de aquella visita, Juan Federico dejó la fe luterana y entró en la Iglesia católica. Un príncipe con espada y encajes, convertido por un fraile que apenas sabía escribir. No hubo sermón. No hubo argumentos. Hubo un hombre pequeño delante de un altar, y otro que lo miraba.
Así fue Asís: catorce años de arrebatos que otros contaban y de sequedad que nadie veía. ¿Qué queda de un hombre así cuando se le retira el prodigio y solo permanece la noche?
Quedó lo de siempre. La Misa de la mañana. El banco. La obediencia. Y eso fue lo que se llevó consigo cuando, en 1653, un pliego llegado de Roma lo sacó de Asís de un día para otro, camino de unas puertas que ya no serían de iglesia, sino de celda.
Desaparición: Pietrarubbia y Fossombrone
Pietrarubbia está en lo alto, entre rocas y castaños, en la Marca de Ancona. Un conventito de capuchinos llamado San Lázaro: muros de piedra gris sin encalar, celdas de tabla, ventanucos con reja, huertos en terraza y niebla casi todas las mañanas. Allí lo dejaron en 1653. Tenía cincuenta años.
La orden venía del Santo Oficio y no daba razones. No era una condena: nadie lo acusaba de nada. No saldría de la celda salvo para oír Misa. Nada de visitas, nada de gente en la puerta. El hombre al que Nápoles y Roma habían declarado inocente quedaba, sencillamente, fuera de la vista.
Entre los capuchinos era un extraño. Ellos, con el sayal pardo y la barba larga; él, rasurado, con el hábito gris de los conventuales remendado con retales de distinto tono. La misma familia religiosa que treinta y tres años antes le había devuelto el hábito en Martina Franca ahora le daba techo por mandato de Roma. No consta que dijera nada de eso. Comía lo que le llevaban, rezaba las horas solo, oía la Misa desde su rincón y volvía a la celda.
Pero el silencio no dependía de él. En la Misa el cuerpo seguía yéndosele ante el nombre de Jesús o de María, y los frailes hablaban, y la gente de los valles empezó a subir a Pietrarubbia como antes había subido a la Grottella. Multitudes otra vez. Roma reaccionó otra vez. Lo sacaron en secreto y lo llevaron al protoconvento capuchino de Fossombrone. Nadie volvió a saber de él en Pietrarubbia.
Fossombrone fue eso hasta 1657. Una celda de piedra, un jergón de paja, un tragaluz. Un crucifijo de madera y la disciplina de cordel colgada de un clavo. Ningún visitante. Ningún nombre suyo en boca de nadie. El fraile del que hablaba media Italia había dejado, para el mundo, de existir.
Y de aquellos años sale la pregunta más dura de toda esta vida. ¿Para quién vive un hombre cuando ya no queda nadie que lo mire?
Él vivió como si Cristo mismo lo mirara. Se levantaba. Oía la Misa. Rezaba las horas. No consta que pidiera explicaciones, ni que preguntara cuándo terminaría, ni que recordara a nadie que lo habían absuelto. Obedeció al Santo Oficio en Fossombrone con la misma paz con que había obedecido al superior que lo llamaba desde el aire.
En 1656 alguien, por fin, miró. El papa Alejandro VII, el de la columnata de Bernini, decidió devolverlo a sus hermanos conventuales y poner fin a la reclusión en los eremitorios capuchinos. Le señalaron un destino en la misma Marca: el convento de San Francisco de Osimo. Y en 1657 la puerta de Fossombrone se abrió para que saliera, no para que entrara otro pliego. Se fue como había llegado, sin ruido, con el hábito remendado y las manos vacías, camino de una casa que esta vez sí era la suya.
El Último Lugar: Osimo y la Muerte en Paz
El 9 de julio de 1657 cruza la puerta del convento de San Francisco de Osimo. Una ciudad de la Marca de Ancona, en lo alto de su colina, con una iglesia de piedra del siglo trece y un campanario que se ve desde el valle. En el claustro hay frailes con su mismo hábito gris, la cara rasurada, el cordón de tres nudos. Por primera vez en cuatro años nadie lo mira como a un extraño. Tiene cincuenta y cuatro años y el pelo casi blanco.
Le dan tres habitaciones pequeñas en el primer piso, con una ventana a la plaza, y un oratorio pegado a ellas, donde celebra cada día la Eucaristía. Ese es todo su mundo durante seis años: un altar, un pasillo hasta el refectorio. Después de la Grottella, de Nápoles, de Roma, de Asís y de dos eremitorios, el hombre al que tantos habían querido ver cabe, por fin, en el tamaño de una celda.
Los arrebatos no se fueron. Ante el nombre de Jesús seguía quedándose quieto, la mirada en alto, la boca un poco abierta, como el niño de Copertino. Pero ahora ocurría en un oratorio de tres pasos, delante de un hermano o de ninguno. Sus hermanos lo recordaron alegre y sencillo, con una risa que parecía de niño; tierno con los pobres que llamaban al convento y con los chiquillos de la plaza.
El 10 de agosto de 1663 cayó enfermo. Fiebre, y una debilidad que ya no se levantaba. Lo acostaron en el jergón de la primera habitación, con la camisa de lienzo y el hábito echado por encima. Los frailes se turnaban a su lado. Cinco semanas así. La piel se le puso del color de la cera; las manos, que habían sido grandes y encallecidas de campesino, le temblaban sobre la manta. Le llevaron el viático, el Cuerpo de Cristo para el último viaje, y le ungieron con el óleo de los enfermos. Sesenta años. Casi todos ellos obedeciendo.
El 18 de septiembre de 1663, sus hermanos lo oyeron llamar a la Virgen. Un verso de un himno antiguo a la Madre de Dios, dicho en voz baja.
Monstra te esse Matrem. Muestra que eres Madre.
(sobreimpreso: "Ave maris stella")
A la mamma mia —la que según él lo había curado de muchacho en Galatone y lo había sacado adelante en el examen— le pedía ahora lo último. Y murió. Los que estaban en la habitación recordaron su rostro: sereno, sonriente, como el de alguien que se ha quedado dormido en mitad de una frase.
No hubo grito ni elevación. El hombre que se había despegado del suelo delante de multitudes y de inquisidores, y que —así lo contaron sus primeros biógrafos— se elevó también ante un papa, se fue tendido en un jergón. Un crucifijo de madera entre las manos, y la luz entrando, tranquila, por la ventana de la plaza. Murió en casa, entre los suyos, lo mismo que había pedido, a los dieciséis años, en la puerta de la Grottella.
Las tres habitaciones siguen ahí, con sus muebles, y el oratorio también. Queda por contar qué deja detrás una vida así, y por qué, casi cuatro siglos más tarde, tanta gente sigue subiendo a Osimo a buscar al fraile que no supo estudiar.
La Huella Viva: Culto, Patronazgo y Esperanza
Noventa años después de aquella mañana, el 24 de febrero de 1753, el papa Benedicto XIV lo declaró beato; catorce años más tarde, el 16 de julio de 1767, Clemente XIII inscribió su nombre entre los santos en la basílica de San Pedro. Los frailes de Osimo renovaron entonces por entero su vieja iglesia de piedra, y en 1771 colocaron el cuerpo bajo el altar mayor.
En 1963, a los trescientos años de su muerte, abrieron debajo una cripta. Allí reposa hoy: una urna rectangular de bronce dorado con paneles de cristal, el cuerpo tendido con el hábito gris pardo, las manos sobre el pecho y un crucifijo entre los dedos. El que se despegaba del suelo yace ahora quieto bajo el cristal. En 2013 la urna recorrió de nuevo Copertino, Bari, Nápoles, Roma y Asís, y regresó a Osimo.
Cada septiembre, alrededor de la urna, aparecen cuadernos. Tesis encuadernadas, libretas de apuntes, hojas de examen. Estudiantes de Italia y de medio mundo dejan allí lo que no saben si van a aprobar, junto al hombre que no pudo terminar la escuela. Cuando el siglo veinte puso a la gente en el aire, la devoción le añadió otro encargo, sin ninguna tradición antigua detrás: los aviadores y los pasajeros con miedo. Y al otro lado del mundo, en California, una ciudad lleva su nombre: Cupertino.
Un muchacho al que nadie quiso, elegido para algo que nadie entendía. Su vida respondió sin palabras: cuidó una mula, obedeció a cada superior, se dejó absolver y esconder, y murió llamando Madre a María. A Cristo, que lo arrancaba del suelo, no le consta que pidiera nunca salir de la última fila.
También nosotros conocemos la víspera del examen con la certeza de no dar la talla, la mañana en que somos el más torpe de la sala. ¿Qué hacemos con ese lugar de abajo?
Él se quedó en él. Y desde ahí lo levantaron.
El cuaderno que un niño enfermo de Copertino nunca pudo llenar lo llenan hoy, junto a su urna, miles de manos.
San José de Cupertino, patrono de los estudiantes, consolador de los humildes y esperanza de los que no se creen capaces, ruega por nosotros.





