Tiene fiebre. En medio de ella se ve arrastrado ante un tribunal. Alguien le pregunta quién es.
«Cristiano», responde.
Y desde el asiento del Juez llega la voz: «Mientes; tú eres ciceroniano, tú no eres cristiano».
Cicerón, el gran orador de la antigua Roma, era el escritor que aquel hombre más amaba. Se llamaba Jerónimo, y él mismo contó ese sueño años después.
Hoy casi todos lo conocen por otras cosas. Es el santo que tradujo la Biblia, el anciano al que los pintores ponen un león a los pies. Pero en aquella fiebre solo tenía un veredicto clavado en el corazón y toda una vida por delante para responderlo.
¿Cómo llegó el que prefería a Cicerón a dar a la Iglesia la Biblia en su propia lengua, junto al pesebre de Belén? ¿Y de dónde salió ese león?
Un muchacho de provincias enamorado de Cicerón
Roma, a mediados del siglo cuarto. La capital de un imperio que ya se dice cristiano ve llegar a un muchacho de provincias. Viene de Estridón, en la frontera entre Dalmacia y Panonia, donde nació hacia el año trescientos cuarenta y cinco. Su familia es cristiana y tiene medios, y lo manda a Roma a estudiar retórica, el arte de hablar y de escribir bien.
En las aulas descubre a los clásicos latinos, y sobre todo a Cicerón. El rollo del orador no se le cae de las manos. Con mucho cuidado y mucho esfuerzo, se va haciendo una biblioteca propia.
También tiene a mano la Biblia, pero no entera: los cristianos de lengua latina la leen a trozos, en traducciones parciales hechas del griego. Al lado de Cicerón, esas páginas le suenan toscas y pobres de estilo. Y la gran ciudad le ofrece además la vida del mundo, con sus placeres y su ruido.
Pero los domingos, Roma le enseña otra cosa. Con otros muchachos de su edad, recorre las tumbas de los apóstoles y de los mártires y baja a las catacumbas: galerías excavadas bajo tierra, con los muertos sepultados en las paredes, a un lado y a otro. Allí abajo casi no hay luz. Y hasta en esa oscuridad, él mismo lo recordará, le viene a la cabeza un verso de Virgilio, el poeta de Roma: «Por todas partes el horror, y el mismo silencio espanta».
En esa misma Roma, siendo ya un joven adulto, recibe el bautismo. Años después, escribiendo al papa, dirá que allí recibió «la vestidura de Cristo». Pero su tesoro sigue en los estantes de su biblioteca. Un día, un juez se lo echará en cara.
Terminados los estudios, viaja al norte, a Tréveris, una ciudad imperial a orillas del Mosela. Allí se encuentra por primera vez con algo que llega de Oriente: hombres que lo dejan todo para vivir solos en el desierto, dedicados a la oración.
De vuelta en Italia, en Aquilea, se une a un grupo de cristianos fervorosos que viven en común. Él los llamará el «coro de bienaventurados», es decir, una compañía de hombres dichosos. Entre ellos está Rufino, su amigo de juventud. Comparten la fe y el deseo de entregarse del todo a Dios.
Cuando aquel coro se dispersa, Jerónimo hace lo que había visto en Tréveris. Por el Reino de los cielos, él mismo lo contará, deja su casa, a sus padres, a su hermana, a sus parientes y, lo que más le cuesta, la comida delicada a la que estaba acostumbrado.
Solo hay una cosa que no es capaz de dejar: la biblioteca que había reunido en Roma. Con ella toma el camino de Oriente. Hacia el año trescientos setenta y cuatro pasa por Antioquía y sigue adelante, hasta un desierto de Siria.
El desierto de Calcis: lágrimas a los pies de Jesús
El desierto se llama Calcis. Hay valles hondos, montes escarpados y peñascos que el sol quema desde la mañana. Jerónimo vive allí como eremita, es decir, como un monje que habita solo, lejos de todo.
Años después se lo contará a una joven de Roma sin ahorrarse nada. El ayuno lo ha dejado en los huesos. El saco áspero que lleva encima le deforma los miembros. La piel se le ha oscurecido por el sol y el abandono, y el rostro está pálido y frío. Y sin embargo, en esa soledad abrasada, la imaginación lo devuelve a los placeres de Roma, entre corros de muchachas. El cuerpo está casi muerto, pero el deseo sigue vivo.
Llora y gime cada día. Se arroja a los pies de Jesús, los riega con lágrimas y los seca con sus cabellos. Se golpea el pecho durante noches enteras, hasta que, ante la reprensión del Señor, vuelve la calma.
Busca los valles más hondos y las peñas más ásperas para rezar. Aquellas rocas son su oratorio, su lugar de oración. A veces, después de muchas lágrimas, le parece estar entre los coros de los ángeles, y canta de alegría. No se avergüenza de confesar su miseria.
Los ayunos no le bastan para calmar los pensamientos. Así que busca otro remedio, y también lo contará él mismo: pide a un hermano que había sido judío antes de hacerse cristiano que le enseñe hebreo, la lengua en que se escribió la mayor parte del Antiguo Testamento.
El joven que se había empapado de la elocuencia de Cicerón vuelve a aprender las letras desde el principio. Tiene que pronunciar palabras ásperas y guturales. Cuántas veces desespera, cuántas lo deja y, con ganas de aprender, vuelve a empezar. Mucho después dará gracias a Dios: de esa semilla sembrada con amargura, dice, recoge frutos dulces.
Pero en esos años de Siria hay algo que no ha cambiado: los libros de Roma siguen con él. Él mismo confesará lo que hacía. Ayunaba para poder leer después a Cicerón. Tras noches de vigilia y de lágrimas por sus pecados, volvía a tomar en las manos a Plauto, un autor de comedias. Y cuando abría a los profetas de la Biblia, su estilo le parecía tosco y le repelía.
«Como mis ojos ciegos no veían la luz», escribirá, «pensaba que la culpa no era de mis ojos, sino del sol».
A mitad de una Cuaresma, quizá la del año trescientos setenta y cinco, cae sobre ese cuerpo debilitado una fiebre que lo deja en la piel y los huesos. Lo dan por muerto. Ya preparan su funeral. El cuerpo se le va enfriando, y el calor de la vida solo late en su pecho.
De repente se siente arrebatado en espíritu y llevado a rastras ante el tribunal del Juez: el tribunal del principio de esta historia. La luz es tan fuerte que se arroja al suelo y no se atreve a levantar los ojos. Le preguntan quién es; responde que cristiano, y oye que miente. Pero el Juez no se queda ahí. Añade una frase del Evangelio: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón».
Luego manda azotarlo. Y más que los golpes, le quema la conciencia. Grita: «Ten piedad de mí, Señor, ten piedad de mí». Los que rodean el tribunal caen de rodillas y piden al Juez que perdone su juventud y le dé tiempo para arrepentirse.
Entonces Jerónimo jura, invocando el nombre de Dios: «Señor, si alguna vez tengo libros profanos, o si los leo, te he negado».
Y vuelve en sí. Los que lo velan lo ven abrir unos ojos tan llenos de lágrimas que hasta los incrédulos le creen. Él insiste en que no fue un sueño vano: tenía los hombros amoratados y sintió los golpes mucho después de despertar.
Desde entonces, escribe, leyó los libros de Dios con más pasión de la que había puesto en los libros de los hombres.
Roma otra vez: el encargo del papa Dámaso
Sale del desierto con dos cosas que le han costado caro: un juramento y una lengua nueva. En Antioquía lo ordenan sacerdote.
Desde el desierto ya había escrito al papa Dámaso, el obispo de Roma. En una Iglesia de Oriente partida en bandos, le decía de qué lado estaba: «El que se adhiera a la cátedra de Pedro es mío». La cátedra es la sede desde la que Pedro y sus sucesores guían a la Iglesia.
En el año trescientos ochenta y dos, Jerónimo vuelve a Roma, y aquel papa, ya anciano, lo tiene delante. Lo toma como secretario y consejero. Y pronto le confía algo mucho mayor que las cartas del papa: una nueva traducción latina de la Biblia. La misma Biblia que de estudiante le sonaba tosca.
En la colina del Aventino, en casa de Marcela, una viuda noble, un grupo de mujeres de las grandes familias romanas lo elige como maestro de la Escritura. Entre ellas está Paula, viuda también, y su hija Eustoquio.
No se conforman con escucharlo. Aprenden griego y hebreo. Paula y Eustoquio llegan a leer y a cantar los Salmos en la lengua en que fueron escritos. Las letras que Jerónimo deletreaba con desesperación entre las rocas de Siria suenan ahora, cantadas, en una casa de Roma.
Eustoquio decide consagrar a Dios su virginidad. Y Jerónimo le escribe una carta larga sobre la vida que ha elegido. Es la joven a la que le cuenta el desierto y el tribunal de la fiebre. En la misma carta le enseña a rezar: «Si oras, hablas con el Esposo; si lees, es él quien te habla». El Esposo es Cristo.
Mientras enseña, cumple el encargo del papa. En el año trescientos ochenta y cuatro corrige el texto latino de los cuatro Evangelios y hace una primera revisión del Salterio, el libro de los Salmos. El joven al que la Biblia le parecía tosca pasa ahora los días pesando cada una de sus palabras. Ahí empieza el trabajo que, con los años, llegará a ser la Vulgata.
En el círculo del Aventino está también Blesila, otra hija de Paula. Se ha quedado viuda a los veinte años y decide consagrarse a Dios. Pocos meses después, Jerónimo tendrá que escribir a Paula una carta que nadie querría escribir.
Calumnias en Roma y una carta desde el barco
Blesila muere al poco tiempo de haberse consagrado a Dios. Jerónimo escribe a Paula para consolarla, y confiesa que lo hace entre lágrimas: se llama a sí mismo padre de Blesila en el espíritu. Pero en la carta recuerda también lo que se oyó en el entierro.
A Paula tuvieron que sacarla desmayada del cortejo. Y entre la gente corrían murmullos: a la joven la ha matado el ayuno. Algunos iban más lejos: «¿Hasta cuándo no echamos de Roma a esos detestables monjes? ¿Por qué no los apedreamos o los arrojamos al Tíber?».
Por eso Jerónimo pide a la madre algo más difícil que llorar juntos: que modere su dolor. Una pena sin medida daría a esa gente la ocasión que busca. Y el hombre que guía a estas mujeres en la Escritura está en el centro de todas las miradas.
Mientras vive Dámaso, las críticas tienen un límite. En diciembre del año trescientos ochenta y cuatro, el anciano papa muere.
Entonces sale a la luz todo lo que la pluma de Jerónimo había herido. Durante años ha criticado con dureza a muchos, y ahora esas palabras se vuelven contra él. La envidia y la incomprensión hacen el resto. Él mismo contará que todo se le reprochaba: «uno atacaba mi manera de andar o de reír».
La acusación más grave apunta a su amistad con Paula. Un hombre lo acusa y después se retracta. Pero muchos que le creyeron cuando mentía no le creen cuando se desdice. La vida que Jerónimo tenía en Roma se vuelve imposible, y lo empujan fuera.
Agosto de trescientos ochenta y cinco. En el puerto de Ostia, junto a la desembocadura del Tíber, un barco está a punto de zarpar. Jerónimo ya está a bordo. Escribe a toda prisa a Asela, una de las mujeres del Aventino, que se queda en Roma.
Está abrumado de dolor y de lágrimas. Le recuerda que, antes de conocer a Paula, casi todos en Roma lo creían digno de ser obispo. Y le dice que ninguna otra dama de la ciudad pudo dominarlo, solo ella, por su penitencia.
El hombre al que la ciudad quería obispo se marcha de ella acusado.
Y, sin embargo, la carta no termina en venganza. Jerónimo da gracias a Dios por ser digno del odio del mundo. Luego pide a Asela que rece por él, para que pueda llegar a Jerusalén, la ciudad donde Cristo murió y resucitó.
Con el muelle de Ostia quedan atrás el secretario del papa, el maestro del Aventino y el obispo que tal vez habría sido. Lo que va con él, en ese barco, es la gratitud.
Ese mismo año, en Portus, el otro puerto de Roma, también Paula sube a un barco rumbo a Oriente.
En la orilla se quedan sus hijos. El pequeño Toxocio le tiende las manos desde tierra. Rufina, su hija, llora. Paula alza los ojos al cielo y vence su amor de madre con el amor a Dios.
Jerónimo no está en esa orilla. Años después contará la despedida gesto por gesto: las manos del niño, las lágrimas de la hija, la mirada de la madre hacia lo alto.
En Oriente, sus caminos se juntan. Y la peregrinación los lleva a una pequeña ciudad de Judea llamada Belén.
Belén: el pesebre y una casa para los peregrinos
En Belén, Paula baja a la gruta donde nació Cristo. Jerónimo está a su lado.
La cueva es pequeña, de roca. Paula mira el pesebre y asegura, delante de Jerónimo, que está viendo allí, con los ojos de la fe, al Niño. Ve a los Magos. Ve la estrella. Ve a la Madre virgen y a José.
Luego rompe a llorar. Y en medio de las lágrimas le sube la alegría. También ella, exclama, una pecadora, ha sido hallada digna de besar el pesebre en que lloró el Señor niño, y de orar en esta cueva.
Paula besa el pesebre.
Jerónimo pasó media vida entre palabras escritas. En esta cueva, la Palabra de Dios se hizo carne y lloró como un recién nacido.
Él guarda lo que ha oído. Lo pondrá por escrito mucho más tarde, cuando Paula ya no pueda contarlo.
Desde allí siguen recorriendo Tierra Santa, y llegan hasta Egipto. Pero vuelven a Belén, y esta vez para quedarse. En el año trescientos ochenta y seis, con los bienes de Paula, se levantan un monasterio de hombres, otro de mujeres y una hospedería para los peregrinos que llegan de todas partes a los lugares de Cristo.
Jerónimo explicará por qué quisieron esa casa. La levantaron, escribe, «pensando en que María y José no habían encontrado un lugar donde alojarse».
El hombre que se quedó sin sitio en Roma es ahora quien abre la puerta.
Siglos después, los pintores le darán dos cosas que nunca tuvo. Una es un manto rojo de cardenal: con esa púrpura querían decir que había servido junto al papa, como miembro del clero de Roma. Pero en su tiempo aquella púrpura todavía no existía.
La otra es el león. Llegó mucho después, con una leyenda de la Edad Media: un día entra en el monasterio de Belén un león con una herida en la pata; Jerónimo manda que se la curen, y el animal, agradecido, se queda a vivir con los monjes. Esa historia se contaba antes de otro monje, y con los siglos pasó a Jerónimo. Los pintores la recibieron con gusto: una fiera mansa junto al hombre de los libros.
Lo que vio en esa casa un viajero de la Galia, Postumiano, que vivió unos meses con él, no fue ningún león. Lo contó en pocas líneas: «Él es todo en la lectura, todo en los libros; no descansa ni de día ni de noche; siempre lee o escribe algo».
La Biblia desde el hebreo
Es el mismo hombre que, de estudiante, se quedaba prendado de una frase de Cicerón. La pasión por las palabras sigue intacta. Lo que ha cambiado es el libro que tiene delante.
Hacia el año trescientos noventa emprende la tarea más larga de su vida. El Antiguo Testamento que leían los cristianos de lengua latina venía del griego, de la versión de los Setenta. Jerónimo decide ir más atrás: traducirlo directamente del hebreo, aquella lengua áspera que tanto le costó aprender en el desierto.
Le llevará unos quince años, hasta el cuatrocientos cinco.
Tiene a mano la gran obra de Orígenes, un maestro cristiano de Alejandría, que ponía el texto hebreo en columnas, al lado de las traducciones griegas, para compararlas. Línea a línea, mira una columna y otra. Pesa cada palabra. Vuelve atrás.
En esos primeros años da un paso decisivo. Había tenido por inspirada la traducción griega, y ahora deja de hacerlo. Para él, inspirado es solo el original.
Sus reglas son sencillas y exigentes. Respeta hasta el orden de las palabras, porque en la Escritura, escribe, ese orden «es un misterio». Y cuando los manuscritos latinos o griegos no coinciden entre sí, vuelve a la fuente: al hebreo o al griego original.
Todo esto lo hace rezando. Pide a Dios que su traducción se haga con el mismo espíritu con que se escribieron los libros.
Así contesta, con los años, al juez de aquella fiebre. El talento para la frase bella que lo alejaba de la Escritura está ahora a su servicio. Ya no busca que el texto suene como Cicerón. Busca que diga lo que Dios quiso decir.
Al principio, no todos recibieron bien su traducción. En Oea, una ciudad de la costa de África que hoy es Trípoli, un obispo manda leer en la iglesia el libro de Jonás en la versión nueva. Hay un pasaje que todos conocen de memoria: la planta que Dios hace crecer para dar sombra al profeta. Siempre habían oído «calabaza». Ahora oyen «hiedra».
Se arma tal alboroto que el obispo está a punto de quedarse sin fieles, y tiene que corregir el pasaje. Se lo cuenta a Jerónimo en una carta Agustín, el gran obispo de Hipona. Y Jerónimo le contesta que el hebreo no dice calabaza: nombra un arbusto de hojas grandes, que crece deprisa y se sostiene solo.
Con el tiempo, su versión se volvió patrimonio común. Es la Vulgata, la traducción latina que acabó siendo el texto de toda la Iglesia de Occidente. Durante siglos, en monasterios, catedrales y parroquias, la Escritura se leyó con las palabras que él había pesado en Roma y en Belén.
Más de mil años después, en el siglo dieciséis, los obispos reunidos en el Concilio de Trento la declararon «auténtica»: la versión latina que la Iglesia tenía por fiable para leer, predicar y enseñar en público.
Lo que movía esos años sin descanso, frente a las columnas de hebreo y de griego, él mismo lo dejó dicho en su frase más repetida:
«Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo».
Pero la misma pluma que servía a la Palabra sabía también herir. Entre quienes acabaron enfrentados a él estaba un amigo de los días de Aquilea: Rufino.
La pluma que hería, el corazón que lloraba
Entre los dos antiguos amigos se interpuso Orígenes, el maestro de las columnas. Había dejado obras inmensas y también ideas discutidas. Jerónimo lo había traducido y lo había usado en su trabajo. Rufino, que admiraba a Orígenes, le pidió a Jerónimo que justificara ese uso.
Jerónimo contestó con prisa y con palabras duras.
Los escritos fueron y vinieron, y cada respuesta encendía la siguiente. Hacia el año cuatrocientos uno, el hombre de Belén seguía defendiéndose y atacando con la pluma. De aquel «coro de bienaventurados» de Aquilea no quedaba entre ellos más que una disputa amarga.
No fue la única herida que abrió su pluma. En un libro contra otro escritor habló del matrimonio con expresiones despectivas, y ya en su tiempo hubo cristianos que se lo reprocharon.
El papa Francisco reconoció sin rodeos los excesos de Jerónimo, un lenguaje que a veces llegó a ser violento. Y recordó, al mismo tiempo, lo que ese hombre buscaba en el fondo: una paz de Cristo, sin enemistades.
En enero del año cuatrocientos cuatro, en medio de esas batallas, muere Paula. La mujer que había levantado con sus bienes la casa de los peregrinos ya no está en Belén.
Jerónimo promete a su hija Eustoquio una carta que cuente quién fue su madre. Pero cuando toma la pluma, no puede. Los dedos se le quedan rígidos, la mano se le cae, y la fuerza se le va. Tiene que dictarla. Le lleva dos noches.
Al terminar, él mismo avisa de que el estilo le ha salido tosco, sin elegancia ni gracia. Esa torpeza, dice, es testigo del dolor de quien escribe. El joven que no soltaba a Cicerón ya no busca la frase bella: en esas páginas manda el dolor.
Y en esa carta quedaron guardados el niño que tendía las manos desde la orilla de Portus y las lágrimas de alegría ante el pesebre. Lo que Paula dijo en la gruta ha llegado hasta hoy porque el hombre que estaba a su lado lo dictó para su hija.
Es la misma mano que había herido a un amigo. Por Paula, esa mano no puede ni sostener la pluma.
Sobre su mesa esperan todavía los profetas. Los mismos que, de joven, al lado de Cicerón, le parecían toscos.
Belén en el corazón
Está trabajando en ellos cuando llega de Occidente una noticia terrible: Roma ha sido sitiada y tomada. Era la ciudad de su juventud y de su biblioteca, la que le había confiado la Biblia latina y la que lo había visto marcharse entre calumnias.
Él mismo lo escribe: «Se me pega la voz a la garganta, y los sollozos me cortan las palabras mientras dicto. La ciudad que conquistó el mundo entero ha sido conquistada».
En esa misma carta cuenta lo que le pasó a Marcela, la viuda del Aventino en cuya casa enseñaba la Escritura. Según le contaron, unos soldados entran en su casa y le piden oro. Ella, ya anciana, les señala su vestido pobre: no tiene nada escondido. No le creen, y la golpean. Y ella, a sus pies, solo suplica por la joven que vive con ella. Muere pocos días después, en brazos de esa joven.
El trabajo siguió. Terminó de comentar a Isaías y se entregó después a Ezequiel. Sus últimos años fueron para Jeremías.
Pero la pluma le guardaba todavía una última batalla. Ya anciano, había escrito contra los seguidores de Pelagio, un monje que confiaba tanto en las fuerzas del hombre que dejaba poco lugar a la gracia de Dios. En el año cuatrocientos dieciséis, según llegó a oídos de Agustín, unos partidarios de Pelagio asaltan los monasterios de Belén. Golpean a monjes y a monjas, matan a un diácono y prenden fuego a las casas. Jerónimo se salva a duras penas, refugiado en una torre bien defendida.
Tres años después muere Eustoquio, la hija de Paula. Con ella se va la última de las dos mujeres que lo siguieron desde Roma hasta Belén. Él mismo le escribe a Agustín que la enfermedad y esa muerte le han hecho sufrir mucho.
En aquella tierra dejó escrita una frase que es casi su retrato: «Dichoso aquel que tiene a Belén en su corazón, y en cuyo corazón Cristo nace a diario».
El mismo papa que reconoció sus excesos contaba de él una historia, avisando de que era apócrifa. En ella, Jerónimo pregunta al Señor qué quiere de él.
«Todavía no me has dado todo», oye.
Él enumera lo que ya ha entregado: esto, y esto, y esto. Y el Señor le responde: «Falta una cosa: dame tus pecados, para que pueda tener la alegría de perdonarlos otra vez».
Un 30 de septiembre, hacia el año cuatrocientos veinte, Jerónimo muere en su celda, al lado de la gruta de la Natividad. Muere ya muy anciano, en la comunidad que había fundado. Lo entierran en una cueva junto a la gruta, cerca de Paula y de Eustoquio.
El hombre que no encontró sitio en Roma se despide del mundo a unos pasos del lugar donde María y José tampoco lo encontraron. Allí mismo, sin sitio, había nacido Cristo.
La ciudad que lo vio partir guarda hoy lo que queda de él. Sus restos se custodian en Roma, en la basílica de Santa María la Mayor, una de las grandes iglesias dedicadas a la Virgen.
A finales del siglo trece, el papa Bonifacio VIII mandó que toda la Iglesia celebrara con especial solemnidad la fiesta de los cuatro grandes maestros de Occidente: Ambrosio, Agustín, Gregorio y Jerónimo. Es Doctor de la Iglesia, un maestro de la fe cuya enseñanza la Iglesia reconoce como segura para todos.
Cada 30 de septiembre, la Iglesia entera celebra su memoria y recuerda su amor vivo y suave por la Sagrada Escritura.
Esa memoria no se queda entre libros. En algunos lugares tiene calles, música y gente de rodillas.
Los fieles de Masaya, en Nicaragua, lo llaman San Jerónimo Doctor. Cada año, del veinte de septiembre al siete de octubre, la ciudad entera le hace fiesta.
Los promesantes, los que vienen a cumplirle una promesa, bailan al son de las marimbas. Le llevan exvotos, ofrendas que agradecen un favor recibido, y visten su imagen. Algunos entran de rodillas en el templo, y rezan el rosario ante las imágenes. El día 30 sale a la calle un torovenado, un baile popular que solo sale ese día.
Al eremita que regaba de lágrimas los pies de Jesús entre las peñas de Siria lo recibe hoy un pueblo de rodillas.
La palabra «cristiano», que un juez no quiso creerle en sueños, la sostuvo después con toda su vida, página a página, hasta morir junto al pesebre de Belén.
Señor Jesucristo, que quisiste nacer en Belén y hablarnos en tu Palabra: tú recibiste las lágrimas de san Jerónimo a tus pies y convertiste su amor por las palabras en servicio a tu Escritura. Por su intercesión, danos un corazón que no se canse de escucharte en el libro santo, que sepa entregarte también sus pecados y que haga sitio a quien no lo tiene, para que tú nazcas en nosotros cada día. San Jerónimo, ruega por nosotros. Amén.





