En un bosque de Calabria, un monje anciano escribe a un viejo amigo, ahora un hombre importante en Reims, para recordarle un jardín y una promesa hecha a Dios. Ese anciano es san Bruno de Colonia. Había sido maestro en Reims, y la ciudad lo quiso como arzobispo. Él eligió el desierto, la soledad de la montaña, y de allí nacieron los cartujos. Desde hace siglos se cuenta que lo empujó un muerto que se incorporó en pleno funeral, en París. Bruno guardó otra escena: tres amigos que prometen, «ardiendo en amor divino», dejar lo pasajero por lo eterno. Cumplir aquella promesa le costó una cátedra, una sede y, por obedecer a un papa que había sido su alumno, la casa que había levantado en la nieve.
¿Y aquel amigo? ¿Cumplió él también?
El maestro del claustro de Reims
La voz de aquel anciano llenó durante unos veinte años el claustro de la catedral de Reims. Bajo las arcadas, Maestro Bruno, un clérigo llegado de Colonia, explica en voz alta los Salmos y las cartas de san Pablo. Sus alumnos lo escuchan en una de las escuelas más prestigiosas de su tiempo. Entre esos jóvenes se sienta uno llamado Eudes de Châtillon. Un día será papa.
Con los años, al maestro le confían algo más. Llega a canciller de la Iglesia de Reims, y los documentos de la catedral pasan por su mano.
Ese claustro está en el corazón de la Iglesia de Francia: Reims es su gran metrópoli, y Bruno es uno de los setenta y dos canónigos de su catedral. Tiene cátedra, cargo, casa, renta y un nombre respetado.
Pero la Iglesia de esos años combate la simonía, que es comprar un cargo de la Iglesia con dinero o con favores.
En esta misma ciudad, cuando Bruno era estudiante, un papa reunió un concilio y depuso a obispos que habían comprado su sede.
Ahora la herida está dentro de casa. La sede de Reims cae en manos de Manasés de Gournay, y lo acusan de haber comprado conciencias para conseguirla.
Oponerse a él tiene un precio.
A finales de 1076, varios canónigos dejan Reims por su propia voluntad. Saben que pueden perderlo todo. Entre ellos van Bruno y dos amigos suyos, Raúl el Verde y Fulco, al que todos llaman el Tuerto. Fuera de la ciudad, el conde de Roucy les abre las puertas de su castillo.
Unos canónigos en el exilio poco pueden contra un arzobispo. Pero les queda un camino. El legado del papa, su enviado en Francia, ha citado a Manasés a un concilio en Autun para que responda de lo que se le acusa.
Casi solo frente al arzobispo
En Autun, un concilio de obispos espera al arzobispo de Reims. Es septiembre de 1077. Lo preside el legado, que ha convocado allí a los prelados sospechosos de simonía. Manasés no se presenta.
Los canónigos exiliados sí acuden. Ante el concilio acusan a su arzobispo de haber comprado la sede de Reims y de haber consagrado a un obispo que había recibido el cargo de manos del rey. El concilio suspende a Manasés.
La respuesta los espera a la vuelta. Un cronista de aquellos años, Hugo de Flavigny, cuenta que el arzobispo «les tendió una emboscada, saqueó sus casas, vendió lo que tenían para vivir y confiscó sus bienes». Los hombres que hablaron en Autun se quedan sin techo y sin renta.
Mientras tanto, el legado escribe al papa. En su carta recomienda a Bruno como un maestro íntegro de la Iglesia de Reims, digno de sufrir persecución por el nombre de Jesús.
Pero el arzobispo no se da por vencido. Viaja a Roma y, ante el papa Gregorio VII, jura sobre el cuerpo de san Pedro. Y el papa le devuelve la sede.
Con Manasés otra vez en su sitio, el frente de los exiliados se rompe. El preboste, que preside a los canónigos de la catedral y había salido con ellos al exilio, se reconcilia con el arzobispo y arrastra con él a todos los demás. A todos menos a dos: Bruno y otro canónigo, Ponce. Los dos siguen en el exilio, con sus bienes confiscados.
El arzobispo escribe entonces una defensa para el concilio de Lyon. En ella se lee: «Pero este Bruno no pertenece a mi Iglesia. No nació allí ni fue bautizado allí». Y se queja de no haber recibido de él más que un trato malicioso e inmerecido.
El clérigo llegado de Colonia se queda casi solo.
La defensa no salva a Manasés. El concilio de Lyon lo depone, y el papa le ordena devolver lo que quitó a Bruno y a los demás canónigos que solo buscaban justicia. Al final, el pueblo de Reims echa a Manasés de la ciudad.
Los exiliados vuelven a casa. Bruno no vuelve a ocupar ni la cátedra ni la cancillería. Pero Reims lo aprueba, y para arzobispo lo prefiere a cualquier otro.
La victoria le deja la sede de la ciudad al alcance de la mano. Bruno no la toma. Su respuesta venía de antes, y en torno a esa decisión se ha contado durante siglos otra historia.
Un muerto en París y un jardín
La versión más conocida de su llamada empieza en un funeral. Los cartujos la contaron de generación en generación, y un pintor del siglo diecisiete la pintó para el claustro de los cartujos de París. Bruno asiste, en la misma ciudad, a las exequias de un canónigo, Raimundo Diocrès. El oficio avanza y se lee la pregunta: «¿Cuántas iniquidades y pecados tienes?».
Entonces, ante los ojos de Bruno, el muerto se incorpora en el féretro. Su voz resuena en latín, «Justo Dei judicio accusatus sum»: «Por el justo juicio de Dios he sido acusado». Al día siguiente el cuerpo vuelve a levantarse. Al tercer día, otra vez. En ese relato, Bruno sale de la iglesia decidido a dejar el mundo.
¿Fue así como empezó todo? Sobre aquel funeral callan quienes conocieron a Bruno y los primeros que pusieron por escrito su vida. Calla él mismo. Y nada lo sitúa en París. Lo que Bruno dejó de su llamada es otra escena, mucho más quieta.
Hay un jardincillo junto a la casa de un tal Adam, donde Bruno se hospeda. Allí se sientan tres amigos: Bruno, Raúl el Verde y Fulco el Tuerto. Hablan largo rato. Hablan de lo que el mundo ofrece y no cumple, de riquezas que se acaban y de los goces de la vida eterna.
Y allí, «ardiendo en amor divino», los tres prometen, hacen voto y deciden abandonar en breve «las sombras fugaces del siglo». Quieren tomar el hábito de monje. Es un voto, una promesa hecha a Dios.
Solo hay que esperar un poco. Fulco tiene que viajar a Roma, y los tres acuerdan aguardar su vuelta. Fulco tarda. Se mezclan otros asuntos. El fervor se enfría.
Raúl sigue con su vida de canónigo en Reims. Bruno, en cambio, con la sede de Reims al alcance de la mano, deja la ciudad para seguir a Cristo. Van con él dos compañeros, Pedro y Lamberto.
Juntos llegan a Borgoña, a Sèche-Fontaine, un lugar en el bosque cerca de la abadía de Molesme, con el acuerdo de su abad. Allí viven como ermitaños, es decir, como hombres que buscan a Dios apartados de todo.
Pero allí sus caminos se separan. Pedro y Lamberto se quedan con los monjes de Molesme. Bruno comprende entonces que su camino es otro: no la vida en común, sino la soledad.
Ha empezado a pagar su promesa, pero todavía no tiene dónde vivirla. Otros seis hombres buscan lo mismo que él, y con ellos Bruno va a llamar a la puerta de un obispo muy joven, en Grenoble.
Siete estrellas sobre el desierto
Quien abre su casa a aquellos caminantes se llama Hugo, y es obispo de Grenoble desde hace apenas cuatro años. Es junio de 1084. Delante tiene a Bruno y a sus seis compañeros, entre ellos el maestro Landuino, un hombre sabio y ya mayor, llegado de Lucca. Buscan un lugar donde vivir como ermitaños y todavía no lo han encontrado. Vienen hasta él atraídos por la fama de su vida santa.
El obispo, poco antes, había tenido un sueño. Se lo contó a Guigo, su amigo y confidente durante veintiséis años. En aquel sueño, Hugo vio a Dios construir una morada para su gloria en el desierto. Y vio siete estrellas que le mostraban el camino.
Ahora, a su puerta, hay siete hombres.
Hugo los recibe con alegría, y hasta con respeto. Los escucha y hace suyo el proyecto.
«Ipso consulante, juvante, comitante»: con Hugo aconsejando, ayudando y acompañando, los siete suben a la montaña.
Allí está su desierto: una garganta estrecha entre cumbres, con nieve y frío, y un solo paso para entrar. Se llama Chartreuse, la Cartuja, y de ella nacerán los cartujos.
Levantan celdas de troncos y tablas, al principio para dos monjes cada una. Un claustro cubierto las une. El agua de la fuente llega por troncos huecos. Solo la iglesia es de piedra, y la dedican a la Virgen y a san Juan Bautista.
En la celda se reza, se estudia la Escritura, se copian libros a mano. Fuera, la nieve. Dentro, el silencio. Bruno vive por fin lo que prometió en el jardín.
El obispo, sin embargo, no se queda abajo. A Hugo la lucha contra los abusos de su diócesis le había despertado un viejo deseo de ser monje. Un día huyó a la abadía de la Chaise-Dieu para quedarse allí, y hizo falta una orden expresa del papa Gregorio VII para devolverlo a Grenoble.
Ese deseo sigue intacto. Hugo sube a menudo al desierto. Le gusta conversar con Bruno, dejarse formar por él, vivir a su lado, y acaba siendo como uno más de ellos. Entre los dos hay veinte años de diferencia.
Y no es raro que Bruno tenga que echar al obispo de la montaña: «Vete, vete a tu rebaño y cumple las obligaciones que tienes con él». Hugo baja, y al cabo de un tiempo vuelve a subir.
Lo que acaba de nacer parece hecho para durar.
Lejos de aquella garganta, el joven que se sentaba en el claustro de Reims a escuchar al Maestro Bruno ha sido elegido papa. Y necesita a su antiguo maestro.
Obedecer y perder el desierto
Ese papa es Eudes de Châtillon, y ahora se llama Urbano II. A principios de 1090, cuando Bruno lleva seis años en la montaña, recibe de él una orden formal. Debe bajar a la curia, la corte del papa, para ayudarle con su colaboración y sus consejos.
Bruno obedece «con el alma dolorida».
Sus hermanos no se ven capaces de seguir sin él y deciden dispersarse. Bruno intenta impedirlo, pero no lo consigue.
Entonces, de acuerdo con el obispo Hugo, cede las tierras del desierto a la abadía de la Chaise-Dieu, la misma donde Hugo había querido quedarse como monje. Redacta la escritura de cesión con su propia mano. Con ese pergamino, el desierto que había levantado deja de ser suyo.
Después, los hermanos lo piensan mejor. Vuelven a reunirse, siguen su consejo y deciden quedarse. Bruno pone al frente a Landuino, el hombre sabio de Lucca que había subido con él, como prior de la comunidad. Y sale de la montaña por el único paso de la garganta, camino del papa.
Las tierras, sin embargo, pertenecen ahora a la abadía, y recuperarlas va más despacio de lo que Bruno esperaba.
Entonces interviene el papa. Escribe a Seguino, el abad de la Chaise-Dieu: «Hemos llamado a nuestro queridísimo hijo Bruno al servicio de la Sede Apostólica. Puesto que ha venido a Nos, no podemos —porque no debemos— permitir que su eremitorio sufra daño alguno». Le comunica también que los hermanos dispersos se han reunido de nuevo por inspiración de Dios.
Seguino devuelve la Chartreuse a Landuino. En el acta anota un detalle: la escritura de mano de Bruno no aparece.
La casa de la montaña está a salvo, y sus hermanos siguen en ella. El que la levantó está lejos, al servicio de su antiguo alumno.
Y la corte del papa ya no está en Roma.
Una mitra rechazada y un bosque en Calabria
Bruno baja hacia el sur detrás de un papa que se ha quedado sin ciudad. En el verano de 1090, las tropas del emperador Enrique IV y de su antipapa, un papa impuesto por el emperador frente al legítimo, han obligado a Urbano II a dejar Roma. Con él se va toda su corte, por los caminos de un sur donde gobiernan los príncipes normandos.
Por el camino, una Iglesia sin pastor se fija en el antiguo maestro de Reims: la de Reggio, en Calabria, que acaba de perder a su arzobispo.
Su clero elige a Bruno. El papa aprueba la elección. El duque normando de Apulia, también. Y los dos lo apremian para que acepte. En Reims se había librado de una sede marchándose. Esta vez se libra con un nombre: el de Rangier, otro antiguo alumno suyo, que vive muy cerca, en la abadía de La Cava. Bruno consigue que elijan a Rangier.
Adonde llega la corte, llega su ruido. Bruno no soporta ese estrépito ni esas costumbres. Sigue enamorado de su antigua soledad y de su paz, y teme que vuelvan a ofrecerle otra sede. Suplica al papa y, tras mucho esfuerzo, obtiene permiso para volver a la vida solitaria.
Quiere regresar con sus hermanos de la Chartreuse, a su desierto de nieve. Pero el papa lo retiene en Italia, y los suyos se quedan al otro lado de los Alpes.
Un valle alto, cubierto de bosque, en la vertiente oriental de la sierra que cruza Calabria. Lo llaman La Torre, y está en la diócesis de Squillace. Ese es el lugar que Bruno elige en 1091, con unos pocos compañeros. Con tablas levantan una capillita para reunirse a rezar. Y en lo hondo del bosque, para vivir, cabañas cubiertas de barro.
Es su segundo desierto.
Una leyenda amable cuenta que fueron los perros de caza del conde Roger, el gran señor normando de Calabria, los que encontraron a Bruno allí rezando, y que el conde se inclinó ante él. Lo más probable es que el conde ya lo conociera. Ese mismo año, el conde los visita y les dona las tierras que ocupan.
Bruno ha recuperado el silencio, pero sus hermanos de la montaña ya solo podrán recibir de él cartas.
Pasan los años en el bosque. En Reims, el amigo del jardín, Raúl el Verde, preside ya a los canónigos de la catedral.
Carta a un amigo que no vino
Bruno moja la pluma para escribir a su viejo amigo. Raúl no lo ha olvidado: le ha mandado cartas llenas de afecto y le ha hecho muchos favores. Bruno ya le había escrito antes, por medio de un peregrino al que no han vuelto a ver. Esta carta se la llevará uno de sus hermanos, que le contará de palabra la vida que llevan allí. Y Bruno le habla del lugar: «Vivo en un desierto de Calabria, bastante alejado por todas partes de todo poblado».
No vive solo. Lo acompañan algunos hermanos, varios de ellos muy eruditos, que velan como centinelas a la espera del Señor para abrirle en cuanto llame a la puerta.
Después se deja llevar por lo que tiene delante. Aires templados y sanos. Anchas llanuras entre los montes, verdes praderas. Valles llenos de sombra por donde corre el agua de ríos, arroyos y fuentes. Huertos de regadío y árboles frutales.
Pero se frena. Los deleites del sabio son otros, y son divinos. Con todo, esas vistas dan solaz y respiro al espíritu cansado de la dura disciplina, porque «el arco siempre armado, o flojo o quebrado».
Lo que lo retiene en el bosque, sin embargo, no es el paisaje. Cuánta utilidad y gozo divino traen la soledad y el silencio del desierto a quien los ama, «sólo lo conocen quienes lo han experimentado». Allí los días tienen otra medida: «Aquí se vive un ocio activo, se reposa en una sosegada actividad». Se trabaja sin agitarse y se descansa sin dejar de obrar.
Y entonces le hace a Raúl la pregunta de toda su vida: «¿Y qué mayor bien que Dios? Más aún, ¿existe algún otro bien fuera de Dios?». Pone ante su amigo a Cristo, «la Verdad que nunca engaña», que llama a ir a él a todos los que sufren y están cargados.
Por eso le recuerda que está ligado por un voto al Señor todopoderoso. «¿Te acuerdas, amigo mío, del día en que nos encontrábamos juntos tú y yo con Fulcuyo el Tuerto en el jardincillo contiguo a la casa de Adam, donde entonces me hospedaba?»
Bruno lo apremia a librarse cuanto antes de la deuda de aquel voto. Y le abre el corazón: «si ocurriera —Dios no lo permita— que partieras de esta vida sin pagar la deuda de tu voto, me dejarías sumido en la más profunda tristeza». Le pide que venga en peregrinación a San Nicolás y que pase luego a visitar a quien lo aprecia como nadie.
¿Y el amigo del jardín, cumplió al fin? Raúl se queda en Reims.
No vendrá. Otro sí llega a Calabria desde los Alpes: Landuino, el prior de la Chartreuse, enfermo.
Landuino y la carta que llegó
Sentado frente a Bruno, el prior le cuenta con detalle cómo viven los hermanos en la montaña: el rigor con que guardan su observancia, su amor santo, su celo incansable por la pureza de corazón. A través de él, Bruno vuelve a ver a sus hijos.
Pero el que habla arrastra muchas y graves enfermedades, y Bruno quiere retenerlo en Calabria, a su lado, para que se cuide. Landuino no consiente. Lejos de sus hermanos, nada le parece sano ni alegre. Con muchas lágrimas y suspiros le deja ver cuánto los quiere.
Bruno no insiste, por no herirlo a él ni a sus hermanos. Lo deja volver y le confía una carta para ellos.
La abre así: «Fray Bruno, a sus hermanos predilectos en Cristo». Se alegra de unas virtudes que crecen y, a renglón seguido, se acusa: «me duelo y avergüenzo de permanecer estancado y negligente en la miseria de mis pecados».
Luego los anima: «Alegraos, pues, mis carísimos hermanos, por vuestra feliz suerte». Han alcanzado «el reposo tranquilo y seguro del más resguardado puerto». A los hermanos laicos, los que trabajan con las manos, les habla aparte: «aunque no seáis letrados, el Dios todopoderoso graba con su dedo en vuestros corazones no sólo el amor sino también el conocimiento de su santa ley». Y a la obediencia la llama la clave y el sello de toda observancia espiritual.
Sobre Landuino, Bruno concede a la comunidad un permiso único: hacer sus veces y obligar a su prior, con respeto, a tomar lo que le preparen para su salud.
Y cierra: «mi único deseo después de Dios es el ir a veros».
Landuino emprende el regreso. En el camino, el cisma le sale al paso: cae en manos de los partidarios del antipapa. Quieren obligarlo a reconocer al antipapa, y lo prueban con amenazas y con promesas, con engaños y con violencias. El prior no se dobla, y lo retienen preso varios meses.
Cuando por fin lo sueltan, muy débil, se refugia en el monasterio de San Andrés, al pie del monte Soratte, al norte de Roma. Allí muere en septiembre de 1100, y allí lo entierran, lejos de los hermanos por los que había llorado.
La carta, en cambio, llega a la Chartreuse, a los hermanos para los que fue escrita. El mensajero no volvió a sus celdas. Las palabras de Bruno sí.
En Calabria, Bruno sigue lejos de todos los que quería ver. Al año siguiente es él quien siente llegar su hora, y llama a sus hermanos a su alrededor.
«Creo firmemente»
Los hermanos ya están con él, en el bosque de Santa María de la Torre. Bruno sabe que ha llegado su hora de pasar de este mundo a su Señor y Padre.
Ante ellos recorre todas las etapas de su vida, desde la infancia. Recuerda con viveza los hechos notables de su tiempo.
Después les hace un ruego expreso: que sean testigos de su fe ante Dios.
Y entonces habla en voz alta, largo rato y con hondura: «Creo firmemente en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo».
Confiesa al Hijo de Dios, concebido del Espíritu Santo en María, la Virgen. Confiesa que fue apresado por envidia, injuriado y azotado. Que murió y fue sepultado. Que resucitó y subió al cielo.
Confiesa los sacramentos de la Iglesia. Y en uno se detiene expresamente: lo que se consagra en el altar es verdadero Cuerpo, verdadera Carne y verdadera Sangre de nuestro Señor Jesucristo.
Confiesa, por último, la resurrección de la carne y la vida eterna.
Llega el domingo siguiente, el día en que la Iglesia celebra la resurrección de Cristo. Es el 6 de octubre de 1101.
El alma de Bruno deja su carne mortal.
Los mismos hermanos que oyeron su fe lo llevan al pequeño cementerio del eremitorio de Santa María, entre los árboles. Allí le dan sepultura. Es la tierra que eligió para vivir en silencio, y en ella se queda.
Hoy, en el rincón del bosque que llaman el Dormitorio, la fosa excavada en la roca donde pusieron su cuerpo sigue a la vista de quien llega hasta allí.
En el eremitorio, tras el entierro, los hermanos toman la pluma. Hay que anunciar su muerte a las iglesias y monasterios de Europa, y pedirles que recen por él.
Ciento setenta y ocho voces
La noticia sale del bosque en un rótulo, un largo pergamino que un mensajero lleva de iglesia en iglesia, colgado del cuello, para que cada comunidad escriba su elogio.
El mensajero cruza Italia, Francia, Alemania e Inglaterra. En cada puerta despliegan el pergamino, y alguien añade unas líneas bajo las de los demás. Al final son ciento setenta y ocho iglesias y comunidades. Muchos de los que escriben lo habían conocido.
Su epitafio lo retrata como lo veían quienes vivieron a su lado: el rostro siempre alegre, pocas palabras y un humor siempre igual. Guiaba a los suyos con autoridad de padre y ternura de madre.
Una de esas voces llega de Cormery, en Francia. Maynard, prior de aquella casa, había sido alumno de Bruno en el claustro de Reims. Preparaba el viaje a Calabria para ver a su viejo maestro y confiarle su alma. Esta vez era el discípulo quien quería ir a verlo.
El día de Todos los Santos del año siguiente, el pergamino llega a Cormery antes de que él se ponga en camino. Maynard llora. En el mismo rótulo deja escrito que no ha podido contener las lágrimas.
La Iglesia nunca abrió un proceso a Bruno. En 1514, León X autorizó su fiesta por su propia autoridad, lo que se llama canonización equipolente, y en 1623 Gregorio XV la extendió a toda la Iglesia.
En Serra, el pueblo que creció junto a su bosque, los restos de Bruno aparecieron a principios del siglo dieciséis bajo la iglesia de Santa María, junto a los de su compañero y sucesor en Calabria. Un busto de plata hecho en Nápoles los guarda a los dos, con una inscripción en latín:
«In morte quoque non sunt divisi»: ni en la muerte se separaron.
En Pentecostés, sus reliquias salen en procesión entre los abetos hacia Santa María, el lugar donde Bruno vivió sus últimos años y donde murió.
Allí, en aquel bosque, el maestro que dejó una cátedra y una sede guardó hasta su último domingo la promesa que había hecho a Dios en un jardín.
San Bruno, sacerdote y ermitaño, padre de los cartujos, que, ardiendo en amor divino, dejaste las sombras fugaces del mundo, obedeciste aunque perdieras tu desierto y confesaste tu fe ante tus hermanos al final de tu vida: alcánzanos de Dios ser fieles a lo que le hemos prometido y descubrir, en el silencio, que no hay otro bien fuera de Él. Ruega por nosotros. Amén.





