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FIDES VIVA

9 de octubre

John Henry Newman

El anglicano que dejó Oxford y llegó a ser Doctor de la Iglesia

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Capítulos
  1. 0:00Él y su Creador
  2. 4:14Un trabajo que hacer en Inglaterra
  3. 7:09La sombra de una mano en la pared
  4. 10:43Tres golpes
  5. 15:28Hablar con actos
  6. 18:39La noche de Littlemore
  7. 22:14Compañeros con mucho humor
  8. 26:03El hombre más peligroso de Inglaterra
  9. 29:54¿Había vivido tantos años para esto?
  10. 33:01El pañuelo de seda
  11. 36:37De las sombras a la verdad

Un religioso italiano, empapado de pies a cabeza, se acerca al fuego para secarse. Falta poco para la medianoche. Se abre una puerta, y el hombre que entra cae de rodillas ante él. Es John Henry Newman. Clérigo anglicano, durante años había predicado desde el púlpito de la iglesia de la Universidad de Oxford. Para llegar a esa habitación había dejado ese púlpito, la parroquia que amaba y a amigos muy queridos. Esa noche pide entrar en la Iglesia católica.

Al día siguiente fue recibido en ella, y por eso es cada 9 de octubre cuando la Iglesia lo celebra como santo y Doctor de la Iglesia. Todavía se rezan sus versos «Guíame, luz amable», que no piden ver el camino entero, porque un solo paso basta.

Dos curaciones que la Iglesia examinó y aprobó como milagros llevan su nombre. Y cuando en 2008 abrieron su tumba, no encontraron lo que esperaban.

Él y su Creador

En el otoño de 1816, Newman era un colegial de quince años en Ealing, a las afueras de Londres. Era el mayor de los seis hijos de un banquero, y ese mismo año la banca de su padre había quebrado. En su país, la Iglesia de Inglaterra era la Iglesia del Estado. Al catolicismo se lo tenía por una comunión «muy poco inglesa», que, según se creía, sobrevivía gracias a la astucia y la intriga. Y el propio muchacho, por un libro que leyó entonces, llegó a creer que el papa era el Anticristo. El hombre que casi treinta años después caería de rodillas en Littlemore estaba entonces en el polo opuesto.

Pero aquel otoño, en medio de la ruina de su casa, un clérigo conversaba con él y le ponía libros en las manos. Por primera vez, el chico recibió un credo definido. Fue una conversión interior, y de ella estaría siempre más seguro que de tener manos y pies. Desde entonces descansó en el pensamiento de dos únicos seres absolutos, luminosamente evidentes. Eran él mismo y su Creador.

En esa misma estación comprendió que Dios quería que viviera sin casarse.

Al año siguiente llegó a Oxford como estudiante. Allí, el primer nombre que oyó pronunciar con reverencia, más que con admiración, fue el de John Keble, un joven clérigo del colegio de Oriel. Un día, paseando, un amigo exclamó: «¡Ahí está Keble!». Y Newman lo miró con temor reverente.

En la primavera de 1822, Oriel lo llamó a él. Estaba tocando el violín cuando llegó el mensajero. Lo habían elegido miembro del claustro, con un lugar y un sustento en el colegio. «Muy bien», contestó, y siguió tocando. En cuanto el hombre se fue, arrojó el violín y bajó corriendo la escalera. Por el camino, los tenderos que ya sabían la noticia le hacían reverencias, y aquellas caras no se le borraron en cincuenta años.

Lo esperaban en la torre del colegio para estrechar la mano del rector y de los miembros del claustro. Era la primera vez que estaba en una misma sala con Keble. Lo aguantó todo hasta que Keble le tomó la mano; entonces se sintió «tan avergonzado e indigno del honor» que quería hundirse en el suelo. Por su elección repicaron las campanas de tres torres, «y tuve que pagarlas yo», le confió a su madre.

Allí iba a encontrar también a un compañero que cambiaría su manera de rezar. Se llamaba Hurrell Froude, y su salud era tan frágil que acabaría llevándolos a los dos hacia el sur de Europa.

Un trabajo que hacer en Inglaterra

Con los años, la amistad con Froude se volvió íntima. Newman ya era presbítero de la Iglesia anglicana y vicario de St Mary's, la iglesia de la Universidad. Aquel amigo le grabó hondo el amor a la Virgen. Poco a poco lo llevó también a creer que Cristo está verdaderamente presente en la Eucaristía, bajo el pan y el vino.

Cuando la salud de Froude se quebró, Newman partió con él y con el padre de Froude hacia el sur de Europa, en busca de un clima que lo aliviara. Recorrieron Malta, Corfú, Sicilia y Roma. En Roma trataron a Nicholas Wiseman, un joven sacerdote del colegio de los ingleses en la ciudad. Al despedirse, Wiseman les deseó que volvieran. Newman le respondió con gran gravedad: «Tenemos un trabajo que hacer en Inglaterra».

Después volvió solo a Sicilia, y el presentimiento de una misión se le hizo más fuerte. Se internó en la isla, y en Leonforte cayó con fiebre. El criado que lo acompañaba lo creyó moribundo y le pidió sus últimas disposiciones. Newman se las dio. Pero repetía: «No moriré, porque no he pecado contra la luz, no he pecado contra la luz». Nunca llegó a entender del todo qué había querido decir.

Pasó casi tres semanas en cama en Castro-Giovanni. La mañana en que por fin iba a dejar la posada, camino de Palermo, se sentó en la cama y rompió a sollozar. Al criado que lo había cuidado solo acertó a decirle: «Tengo un trabajo que hacer en Inglaterra».

No murió en Sicilia. Su tumba iba a estar en Inglaterra, y un día guardaría su propia sorpresa.

Rumbo a casa, todavía convaleciente, compuso unos versos que tituló «The Pillar of the Cloud», como la columna de nube que guiaba a Israel por el desierto. Hoy se los conoce por su primera línea, Lead, Kindly Light, «Guíame, luz amable». Los fechó en el mar, el 16 de junio de 1833.

El hombre que había llorado en la posada no pide ver el final del camino. «Guarda tú mis pies», ruega; «no pido ver la escena lejana: un paso me basta». Y el poema se cierra con la mañana, cuando sonríen de nuevo los rostros de ángeles que había amado hace mucho y perdido por un tiempo.

En julio desembarcó por fin en Inglaterra. Y encontró que sus amigos habían empezado algo sin él.

La sombra de una mano en la pared

Algunos amigos de Oxford, al verlo, dudaron de que fuera él, y vacilaron antes de hablarle. Volvía con la alegría de la salud recobrada y del hogar recuperado. Pero también traía una pregunta que lo angustiaba desde hacía tiempo. Inglaterra salía de la gran agitación de la reforma política, y él no sabía cómo impedir que su Iglesia fuera «liberalizada», es decir, rendida a las ideas del momento.

Keble, Froude y otros ya se escribían y unían sus consejos. Un domingo de julio, Keble subió al púlpito de la Universidad y predicó el sermón que se publicaría como «National Apostasy», «Apostasía nacional». Newman guardó siempre aquel día como el comienzo del movimiento religioso que la historia llamaría Movimiento de Oxford.

Ni él ni Froude tenían reputación que perder: «Froude y yo éramos nadie». Un compañero quería un comité, con reglas y reuniones. Newman no esperó. Empezó por su cuenta unos folletos breves, los Tracts for the Times, «Folletos para nuestro tiempo», y fue su editor y su autor principal. Cuando unos amigos de Londres quisieron suprimirlos, estaba dispuesto a ceder. Keble y Froude no. Se enfadaron con él por consentir y defendieron con fuerza que siguieran.

Seis años después, aquellos folletos lo habían hecho la figura más destacada del movimiento. Hacía más de dos años que había dejado de lado la controversia con Roma. A mediados de junio de 1839, con las vacaciones de Oxford recién empezadas, se sumergió en la historia de los monofisitas. Eran unos cristianos de hace catorce siglos, separados del resto de la Iglesia por su manera de entender a Cristo. Y allí, por primera vez, le vino una duda sobre la solidez de su propia Iglesia. En aquella disputa antigua vio reflejado su tiempo: «Vi mi rostro en aquel espejo, y yo era un monofisita».

En septiembre, unos amigos le pusieron en las manos una revista con un artículo de Wiseman, que comparaba a su Iglesia con otro grupo antiguo separado del resto. No vio en él gran cosa. Pero un amigo todavía protestante le señaló unas palabras de san Agustín citadas allí, y se las repitió una y otra vez:

«Securus judicat orbis terrarum», el juicio del orbe entero es seguro.

Cuando el amigo se fue, aquellas palabras seguían sonándole en los oídos.

Le resonaban como el «Tolle, lege», «toma y lee», que Agustín había oído antes de convertirse. El camino intermedio que defendía para su Iglesia, entre Roma y la Reforma, quedó «pulverizado».

Solo se lo contó a dos amigos íntimos. Después se calmó, y sus viejas convicciones siguieron en pie.

Pero había visto «la sombra de una mano en la pared». Y quien ha visto un fantasma no puede vivir como si no lo hubiera visto.

El fantasma iba a volver. Dos años después, un folleto suyo, el Tract 90, pondría a Oxford entera contra él.

Tres golpes

En el Tract 90, Newman leía en sentido católico los treinta y nueve artículos que resumían la fe de la Iglesia anglicana. Salió en febrero de 1841, y siguió una inmensa conmoción. Los jefes de los colegios de Oxford, reunidos en su consejo, llamaron a aquella lectura una «evasión».

Newman le contó a un amigo que acababan de cometer un acto violento. «No pienses que esto me dolerá», añadía; «mis hombros sabrán cargar con la acusación». A Edward Pusey, profesor de hebreo y amigo suyo desde hacía casi veinte años, le aseguró además que, si el obispo lo deseaba, suprimiría el folleto. Y si se lo exigían, renunciaría a su parroquia.

Su primer impulso fue obedecer sin decir palabra. Un domingo, el obispo de Oxford le mandó decir que le escribiera una carta «al instante». El lunes la redactó. El martes estaba en la imprenta. El miércoles salió. El jueves ya estaba en Londres. Y los Tracts debían suspenderse.

Aquel verano buscó refugio en Littlemore, una aldea cercana a Oxford, lejos de toda polémica. Allí quería traducir a san Atanasio, el gran defensor de la fe en Cristo frente a los arrianos. Pero entre julio y noviembre recibió tres golpes que lo quebraron.

El primero salió de los libros. Apenas había empezado a traducir, y en la historia de aquella crisis antigua «el fantasma volvió por segunda vez». El segundo llegó de los obispos, que uno tras otro lo censuraron en sus cartas pastorales, en una serie de juicios que iba a durar tres años. El tercero fue un obispado para Jerusalén, que preparaba el arzobispo de Canterbury. Un obispo anglicano iba a ser consagrado para gobernar a las comunidades luteranas y calvinistas de Oriente. Aquel golpe destrozó definitivamente su fe en la Iglesia anglicana. Envió una protesta solemne al arzobispo y a su propio obispo.

Desde entonces, como anglicano, estaba «en su lecho de muerte», aunque solo poco a poco iría comprendiéndolo.

En esos años lo visitó en Oxford un sacerdote irlandés del seminario de Maynooth, el doctor Russell. No le habló de controversia. Después le envió sermones de san Alfonso y libros de devoción romanos, y lo dejó en paz. Aquel hombre apacible tuvo quizá más que ver con la conversión de Newman que nadie. En aquellas páginas, Newman descubrió que la Iglesia católica no deja que nada se interponga entre el alma y su Creador. Entre el hombre y su Dios, todo es cara a cara: «Él solo crea; Él solo ha redimido».

En abril de 1842 se instaló en Littlemore con algunos amigos, en una antigua posta de diligencias. El establo se volvió biblioteca; el granero, celdas. Rezaban, estudiaban y ayunaban.

Ni allí lo dejaron en paz. Un día, al cruzar la puerta de su casa, encontró dentro a un grupo de estudiantes. Jefes de colegios rodeaban a caballo aquellas pobres casitas, «como patrullas montadas». «¿Por qué no me dejan morir en paz?», se preguntaba. Los animales heridos se meten en algún agujero para morir, y nadie se lo reprocha.

Un periódico dio por cierto que en Littlemore se levantaba un «monasterio anglo-católico», con celdas, capilla, refectorio y claustros. Su obispo le escribió. De entrada no lo acusaba, pero le pedía una explicación. Newman le contestó por carta. No había monasterio. No había capilla. No había refectorio, apenas un comedor. «Los “claustros” son mi cobertizo, el que une las casitas.» Desde hacía al menos trece años deseaba una vida religiosa más ordenada. Y le parecía muy cruel que asuntos sagrados, entre él y su conciencia, se volvieran charla pública.

En aquel silencio vigilado empezó a madurar otra respuesta, que ya no cabía en una carta. Llegaba la hora de hablar con actos, y esos actos le costarían el púlpito de St Mary's.

Hablar con actos

El primero de esos actos fue una retractación pública de las acusaciones violentas que él mismo había lanzado contra Roma. Salió de la imprenta en febrero de 1843, tras tres meses de deliberación. La idea del papa como Anticristo, que arrastraba desde los quince años, le manchó la imaginación hasta ese mismo 1843.

Aquel verano, un huésped que llevaba un año viviendo en su casa de Littlemore se hizo católico. Le había prometido quedarse tres años tranquilo en la Iglesia anglicana. Newman se lo comunicó a su obispo. Si lo hacían responsable de aquella promesa rota, sentía que no podía seguir al servicio de esa Iglesia.

Fue a Londres a renunciar a St Mary's, porque en Oxford no podía hacerlo legalmente. Pidió conservar Littlemore. Allí había levantado una iglesia y una especie de casa parroquial; la había hecho parroquia, y la amaba. No se lo concedieron. A un amigo le confesó la razón de fondo. Creía que la Iglesia de Roma era la Iglesia católica, y que la suya no formaba parte de ella.

Una semana después de renunciar, subió al púlpito de Littlemore. Era el aniversario de la consagración de aquella iglesia, y fue su último sermón anglicano. Volvió al mismo versículo de los Salmos con que había predicado por primera vez, diecinueve años antes, el del hombre que sale a su trabajo y a su labor hasta la tarde.

Habló de Cristo, que se despidió de sus discípulos en una cena. Se dolió ante una «madre» que da a luz hijos y no se atreve a reconocerlos. Y, sin nombrarse, pidió que a quien los hubiera ayudado alguna vez lo recordaran en el tiempo venidero, aunque ya no lo oyeran, y rezaran por él.

Siguieron dos años de espera. Vivía como simple fiel anglicano, sin ejercer de clérigo ni asistir a misa católica, y lo hacía por principio, porque nunca había podido entender «cómo un hombre podía ser de dos religiones a la vez».

En Littlemore le volvió un día a las manos su primer cuaderno de versos latinos, de cuando tenía nueve años. De niño se santiguaba al entrar en lo oscuro, sin saber quién se lo había enseñado. En una de aquellas páginas había dibujado una cruz y lo que parecía un rosario. Aquello le cortó la respiración.

En Oxford, durante las ceremonias de fin de curso de 1845, Pusey seguía sin querer creer que lo perdería. «Confío en que al final lo conservaremos», le dijo a un amigo.

En octubre llegó a Littlemore la noticia de que un sacerdote pasionista italiano, el padre Domenico Barberi, iba a pasar por allí. Newman sabía ya lo que haría cuando lo tuviera delante.

La noche de Littlemore

Newman tomó la pluma la tarde del 8 de octubre de 1845 y escribió a varios amigos: «Esta noche espero al padre Domenico, el pasionista… Quiero pedirle la admisión en el único redil de Cristo». Añadía que el padre no sabía nada de su intención.

Aquel pasionista, desde muy joven, había puesto el corazón en los países del Norte y en Inglaterra, y había esperado casi treinta años para pisarla.

Después, en la vieja posta, solo quedaba esperar.

Faltaba una hora para la medianoche cuando el padre Domenico llegó a la casa. Venía calado hasta los huesos, y se plantó delante del fuego a secarse.

Entonces se abrió la puerta.

Newman estaba a sus pies, de rodillas. Le pidió que escuchara su confesión y que lo recibiera en la Iglesia católica.

Aquella misma noche Newman empezó su confesión general, la que repasa ante Dios los pecados de toda una vida. Duró muchas horas.

En el pequeño oratorio de la casa, la tarde siguiente, el padre Domenico lo bautizó bajo condición, por si el bautismo de su infancia hubiera sido dudoso, y lo recibió «en el único redil del Redentor». Habían pasado veintinueve años desde aquel otoño de Ealing en que se supo a solas con su Creador.

Desde entonces vivió en paz, como quien entra al fin en el puerto después de un mar agitado. Seguiría habiendo preguntas difíciles, y él sabía que diez mil dificultades no hacen una sola duda.

Pero aquella paz no le ahorró el precio. Wiseman lo llamaba a su lado, y tenía que dejar Littlemore. A un amigo le confió en enero: «Puedes imaginar lo solo que estoy». Desde hacía doce horas le resonaba por dentro un versículo de los Salmos:

«Obliviscere populum tuum et domum patris tui», olvida tu pueblo y la casa de tu padre. Irse de allí era «como salir a mar abierto».

El último sábado y el último domingo los pasó en su casa completamente solo, como en los primeros días en que la había habitado.

La noche del domingo durmió ya en Oxford, en el Observatorio, en casa de un amigo muy querido. Varios amigos subieron a verlo por última vez. También subió Pusey, el que confiaba en conservarlo, para decirle adiós.

Fue a ver a su antiguo tutor de estudiante, y en él se despidió de Trinity, su primer colegio, que «nunca había sido poco amable» con él. Frente a su cuarto de primer año crecía en los muros la boca de dragón, una flor silvestre, y durante años la había tomado como señal de que viviría en su Universidad hasta la muerte.

La mañana del lunes 23 de febrero salió del Observatorio. Durante treinta y dos años, de Oxford solo vería sus agujas, a lo lejos, tal como se ven desde el tren.

Wiseman, el mismo que se había despedido de él en Roma trece años antes, lo enviaba ahora a esa ciudad, a descubrir qué clase de sacerdote católico iba a ser.

Compañeros con mucho humor

En Roma, Newman dio vueltas a esa pregunta una y otra vez. Sopesó varios caminos y al fin eligió una familia de sacerdotes, la de san Felipe Neri, el Oratorio. Y la eligió pensando en Inglaterra. En una carta en latín expuso su plan, y en ella hablaba de las grandes ciudades inglesas y de Birmingham.

La respuesta llegó a finales de febrero del año siguiente. Pío IX estaba encantado, y no se limitó a aprobar el plan. Propuso que vinieran a Roma todos los que pudieran. Él les buscaría casa, harían juntos el noviciado y volverían juntos a Inglaterra. A cada petición, el papa respondía en italiano: «Siano tranquilli», estén tranquilos, «lo haré todo».

Para aquella vida en común hacían falta compañeros, y Newman sabía cuáles quería. Hombres con mucho humor, porque sin ánimo un Oratorio sería «como cerveza embotellada sin corcho».

Y hacía falta una casa. La eligió el papa en persona, Santa Croce in Gerusalemme, «un bel sito», un lugar hermoso. A Newman le gustaba aquel nombre. Allí, dice la tradición, santa Elena llevó la Cruz y tierra del Calvario.

Si la Iglesia tenía un centro, ellos iban a vivir en él, sobre tierra de Jerusalén en medio de Roma. Eran siete, y allí empezaron juntos el noviciado.

Antes de volver, tenían que ser sacerdotes. En la capilla privada de un cardenal, con sus compañeros como testigos, Newman y su amigo Ambrose St John recibieron en pocos días el subdiaconado y el diaconado. A finales de mayo recibieron juntos el sacerdocio.

Dos semanas después, Newman celebró misa en la habitación de san Felipe Neri, en la Chiesa Nuova, el cuarto del santo cuya familia había elegido. Ya sabía qué clase de sacerdote iba a ser. De vuelta en Inglaterra, el Oratorio echó raíces en Birmingham, adonde lo destinó Wiseman.

Faltaba el trabajo que había presentido en Sicilia, y lo encontró en Bilston, un pueblo inglés. En septiembre de 1849 estalló allí el cólera. El sacerdote del lugar no daba abasto. Llevaba a cuestas hasta el hospital a los que caían fulminados.

Newman acudió con Ambrose St John y un hermano del Oratorio a echarle una mano. La epidemia cesó casi en cuanto llegaron. Pero se recordó mucho tiempo aquella prontitud para ir hacia la peste por un cura que no tenía ningún derecho sobre ellos.

Pronto lo buscaron también fuera de Inglaterra. Los obispos de Irlanda querían una universidad católica en Dublín, y en 1854 lo llamaron a él como rector. Quiso para ella una iglesia que fuera «un gran granero decorado al estilo de una basílica, con mármoles irlandeses». En su ábside dorado preside la Virgen, Sede de la Sabiduría.

Cuatro años después dejó el rectorado y volvió a su casa del Oratorio de Birmingham, en Edgbaston. Allí, en 1859, dos obispos le pidieron un favor. Aquel favor haría que, en Roma, alguien llegara a tenerlo por un hombre peligroso.

El hombre más peligroso de Inglaterra

El favor tenía que ver con una revista católica, The Rambler. Para evitar un escándalo en torno a ella, el cardenal Wiseman y William Ullathorne, obispo de Birmingham, le pidieron que la dirigiera.

Newman aceptó. En mayo escribió en sus páginas que, en cuestiones prácticas, también podía oírse a los laicos, como se les había consultado antes de proclamar que la Virgen fue concebida sin pecado, la Inmaculada Concepción. Un profesor sospechó herejía. Ullathorne habló con Newman, le pidió que dejara la revista y le preguntó algo así como: «¿Quiénes son los laicos?».

Newman obedeció enseguida. Nunca había resistido, ni podía resistir, «la voz de un superior legítimo».

Pero el artículo viajó a Roma por otro camino. Un obispo inglés lo denunció, con una traducción latina defectuosa, ante la oficina romana que entonces vigilaba la Iglesia en Inglaterra como tierra de misión. Aquella oficina tenía autoridad sobre Newman. Las objeciones que allí se formularon nunca llegaron a Newman. Sin respuesta suya, el cardenal que presidía aquella oficina lo creyó desobediente.

Desde la corte papal, un prelado inglés, Mons. George Talbot, escribió a Inglaterra que una nube se cernía sobre Newman, y lo llamó «el hombre más peligroso de Inglaterra».

En aquellos años, Newman le confió a un amigo que quizá era voluntad de Dios que lo suyo se hiciera cien años después.

En enero de 1864 la acusación llegó en voz alta, y desde fuera. Charles Kingsley, clérigo anglicano, escribió en una revista que la verdad por sí misma nunca había sido virtud del clero romano, y que «el padre Newman» lo enseñaba. Newman protestó. Kingsley llegó a responder que dudaría de cada palabra suya, por miedo a ser víctima de «alguna astuta equivocación».

Newman lo llamó «envenenar los pozos», porque si aquello se aceptaba, nadie podría beber ya de nada de lo que dijera.

En media hora vio qué hacer. Contaría la historia entera de su mente, desde el niño que se santiguaba al entrar en lo oscuro y el enfermo que sollozaba en una posada de Sicilia hasta el hombre de rodillas en Littlemore. «Venceré», dijo, «no a mi acusador, sino a mis jueces».

Así nació la Apologia pro vita sua, la defensa de su vida. La sospecha de doblez no sobrevivió a su lectura.

Aquel verano, Mons. Talbot pasó por Edgbaston a buscarlo, y después le escribió. Lo invitaba a predicar la Cuaresma en su iglesia de Roma, ante un público protestante más culto que el de Inglaterra.

Newman le contestó: «Sin embargo, la gente de Birmingham tiene alma; y no tengo ni gusto ni talento para el trabajo que usted me propone».

Tres años después, Ambrose St John, su compañero de ordenación y del cólera de Bilston, fue a Roma y aclaró que Newman nunca había recibido las objeciones. Pío IX pidió al arzobispo de Dublín un informe sobre el propio Newman, que resultó muy favorable. La nube se había deshecho.

Quedaba por delante una llamada de Oxford.

¿Había vivido tantos años para esto?

Volvió a Oxford a finales de febrero, con setenta y siete años. Habían pasado treinta y dos años justos desde la mañana en que se fue. Trinity, el colegio de la boca de dragón en los muros, lo había elegido su primer miembro de honor. Esta vez la ciudad dejó de ser unas agujas vistas de lejos, desde la ventanilla de un tren.

Al invierno siguiente, un sábado de febrero, en su casa de Birmingham, un padre del Oratorio le llevó una propuesta en secreto. Newman y Ullathorne estaban enfermos, y aquel padre iba y venía entre los dos. El nuevo papa, León XIII, quería hacerlo cardenal. Ullathorne, el mismo obispo que le había pedido dejar The Rambler, había sugerido su nombre.

Al día siguiente, Newman ya había contestado. Lo hizo con gratitud, y con modestas objeciones contra sí mismo. De esa carta humilde nació un rumor, y a mediados de mes The Times publicó en Londres que Newman había rehusado la púrpura.

No había rehusado. Quiso, además, recibir la birreta, el bonete rojo de los cardenales, de la mano del papa, y no en Inglaterra.

En Roma hubo un reparo. Alguien objetó que nunca había ocupado ninguno de los cargos de los que suelen salir los cardenales. El papa respondió que él mismo sentaría ese precedente. Newman sería cardenal sin haber sido obispo.

Poco después de su elección, León XIII le había dicho al comendador De Rossi que esperara a ver a su primer cardenal, porque en él se vería lo que iba a ser su pontificado. De Rossi se lo contó a los que acompañaban a Newman en Roma.

Hacia las once de la mañana, las salas del Palazzo della Pigna estaban llenas de católicos ingleses y americanos. Era el 12 de mayo de 1879. Llegó el mensajero con la notificación oficial, sellada, que lo creaba cardenal diácono de San Giorgio al Velabro, una antigua iglesia de Roma. Newman rompió el sello y se la entregó al obispo Clifford, que la leyó.

Entonces habló él. Empezó en italiano y pasó a «mi querida lengua materna». Estuvo de pie todo el tiempo, y su voz sonó fuerte y clara.

«Fue una gran sorpresa», dijo. Había pasado por muchas pruebas, pero habían terminado. Y delante de todos se hizo una pregunta: «¿Era posible que hubiera vivido tantos años para esto?».

Después, el cardenal volvió a sus habitaciones de Birmingham. Diez años más tarde todavía saldría en coche entre la nieve, porque alguien necesitaba su consejo.

El pañuelo de seda

En una gran fábrica de Birmingham, todas las operarias eran chicas. Los dueños, cuáqueros, reunían cada día a todo el personal para leer la Biblia y comentarla. El sacerdote católico del lugar había prohibido asistir a las católicas, y los dueños quisieron saber qué pensaba el cardenal.

Era noviembre de 1889 y la nieve cubría las calles. Tenía ochenta y ocho años. No quiso oír hablar de esperar a otro día. Subió al coche y fue a verlos. De vuelta en el carruaje, dijo: «Si todavía puedo hacer un trabajo así, estoy feliz y contento de seguir viviendo». Pocos días después, en la fábrica se destinó una sala para que las católicas rezaran por su cuenta.

El día de Navidad celebró su última misa. Los ojos le fallaban, y también las fuerzas. Temía perder el equilibrio al tomar el cáliz con la sangre de Cristo, y la reverencia prohibía semejante riesgo. Por eso dejó de celebrar.

No dejó de prepararse. Aprendió de memoria una misa de la Virgen y otra de difuntos, y cada día repetía una u otra, con todas sus ceremonias. Esperaba que la luz más clara de la primavera le permitiera volver al altar. Esa ocasión nunca llegó.

Cuando ya no pudo rezar el breviario, la oración diaria del sacerdote, dijo que el rosario lo compensaba con creces. Al final tuvo que dejarlo también, porque había perdido la sensibilidad en las yemas de los dedos.

Muchos años antes, cuando parecía relegado y era muy pobre, alguien le había dejado en la puerta un pañuelo de seda. Era una persona pobre y desconocida, y el pañuelo llegaba con un mensaje de respeto. Lo guardó más de treinta años.

En agosto de 1890, cuando se acostó esperando la muerte, pidió que se lo trajeran y se lo puso. Los médicos decían que bien podía estar sin él. Recibió los últimos sacramentos.

La noche del 11 de agosto, a las nueve menos cuarto, murió en su habitación del Oratorio, con el pañuelo de aquel pobre todavía puesto.

Ocho días después lo llevaron al pequeño cementerio del Oratorio en Rednal, en las colinas cercanas a Birmingham. Miles de personas se alinearon en las calles al paso del cuerpo. Lo enterraron, como había pedido, en la tumba de su amigo Ambrose St John, el compañero de Roma y de Bilston.

Sobre el paño que cubría el ataúd iba su lema de cardenal:

«Cor ad cor loquitur», el corazón habla al corazón. Para la tumba había elegido otras palabras:

«Ex umbris et imaginibus in veritatem», de las sombras y las imágenes a la verdad. El hombre que un verano vio la sombra de una mano en la pared pedía, sobre su propia tumba, la verdad entera.

Durante más de un siglo, el cementerio de Rednal guardó silencio. En 2008, la Iglesia abrió aquella tumba.

De las sombras a la verdad

En la ladera de Rednal, el 2 de octubre, fiesta de los Ángeles Custodios, los que cavaban esperaban dar con un ataúd forrado de plomo. Resultó ser de madera, y aquella tierra estaba muy húmeda.

Apareció la placa de latón con su nombre y su título de cardenal. Aparecieron restos de latón, de madera y de tela. Del cuerpo no quedaba casi nada. El Oratorio había guardado siempre unos mechones de su pelo.

El sacerdote que llevaba su causa recordó entonces unos versos de Newman, de «El sueño de Geroncio», donde el alma que deja el cuerpo siente una ligereza que no se puede expresar. Y vio en aquella tierra un sentido providencial. En noviembre, aquellos mechones y lo hallado en la tumba se llevaron a la iglesia del Oratorio de Birmingham.

Antes y después de aquella tumba abierta hubo quien invocó a Newman. Jack Sullivan, un hombre de Massachusetts, estaba casi paralizado por un grave mal de la médula. Pidió la intercesión de Newman y, según su testimonio, se recuperó de golpe y por completo. Poco después fue ordenado diácono permanente.

La Iglesia examinó aquella curación y la aprobó como el milagro de su beatificación. Cuando Benedicto XVI declaró beato a Newman en Birmingham, cerca de las calles donde la multitud había despedido su cuerpo, fue aquel diácono quien proclamó el Evangelio.

Años después, en Chicago, una madre embarazada, Melissa Villalobos, perdía sangre sola en casa, sin fuerzas para pedir ayuda. Dijo: «Cardenal Newman, ayúdame». La hemorragia se detuvo en ese instante. Esa tarde, los médicos vieron que el desgarro que la hacía sangrar había desaparecido, y su hija nació sana.

Los médicos que la Iglesia consultó juzgaron aquella curación instantánea, perfecta y duradera, y la Iglesia la aprobó como el milagro de su canonización.

Cuando el papa Francisco lo proclamó santo en la plaza de San Pedro, aquella niña de Chicago estaba allí, con cinco años.

En 2025, León XIV lo proclamó Doctor de la Iglesia, maestro cuya enseñanza la Iglesia propone a todos, y copatrono de la educación junto a santo Tomás de Aquino. Lo que en sus años de sospecha dejó en manos de Dios para cien años después había pesado ya en el Concilio Vaticano II. Allí se notó su huella, en la escucha de los laicos, en una doctrina que crece sin dejar de ser la misma y en la conciencia como eco de la voz de Dios. Su memoria, la de san Juan Enrique Newman, quedó fijada para toda la Iglesia el 9 de octubre, el día de aquella tarde en Littlemore.

En el pequeño oratorio donde lo recibieron todavía se celebra misa. Allí, donde un hombre cansado entró al fin en el único redil de Cristo, la Iglesia pide ahora con él ser llevada de las sombras y las imágenes a la plenitud de la verdad. Y escucha sus palabras de siempre: «Dios me crió para que le prestase algún servicio determinado».

La luz que pidió para un solo paso sigue alumbrando el camino de quienes rezan con él.

San John Henry Newman, presbítero y Doctor de la Iglesia, que seguiste la luz amable un paso cada vez, que lo dejaste todo por la verdad aquella noche de Littlemore y serviste con paciencia a la gente de Birmingham, alcánzanos una conciencia honesta, valor para dar el paso que Dios nos muestra y fidelidad en el servicio que nos ha confiado, hasta que, de las sombras y las imágenes, lleguemos a la verdad. Ruega por nosotros. Amén.

Fuentes

Fuentes primarias (siglo XIX)

  • John Henry Newman, Apologia pro Vita Sua (1865), Prefacio y caps. 1–4 — National Institute for Newman Studies newmanreader.org
  • John Henry Newman y Charles Kingsley, Mr. Kingsley and Dr. Newman: A Correspondence (1864) newmanreader.org
  • John Henry Newman, «The Pillar of the Cloud», Verses on Various Occasions, n. 90 (1833) newmanreader.org
  • John Henry Newman, «The Parting of Friends», Sermons Bearing on Subjects of the Day, 26 (1843) newmanreader.org
  • W. J. Copeland, prefacio a Sermons Bearing on Subjects of the Day (1869) newmanreader.org
  • John Henry Newman, An Essay on the Development of Christian Doctrine, cap. 1 (1845; ed. 1878) newmanreader.org
  • W. P. Neville (ed.), Addresses to Cardinal Newman with His Replies 1879–81: Prefatory Narrative y Biglietto Speech (1905) newmanreader.org

Documentos eclesiásticos y estudios

  • Dicastero delle Cause dei Santi, John Henry Newman Dottore della Chiesa (2025) causesanti.va
  • Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Decreto de inscripción de san Juan Enrique Newman en el Calendario Romano General (2025, publ. 2026) press.vatican.va
  • Sala Stampa della Santa Sede, Conferment of the title of Doctor of the Church on Saint John Henry Newman (2025) press.vatican.va
  • Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1778 (1992) vatican.va
  • Hermann Geissler FSO, The Witness of the Faithful in Matters of Doctrine according to John Henry Newman (2012) — International Centre of Newman Friends
  • International Centre of Newman Friends, Littlemore, Oxford then and now newmanfriendsinternational.org
  • Peter Jennings (Oratorio de Birmingham), No physical remains of Cardinal Newman found at his grave at Rednal (2008) — Independent Catholic News indcatholicnews.com
  • Ian Ker, Cardinal John Henry Newman's Exhumation Objectors (2008) — EWTN Library
  • Richard Holt Hutton, Cardinal Newman, cap. 4 (1891) newmanreader.org
  • K. V. Turley, Littlemore: The End of the Beginning in John Henry Newman's Spiritual Journey (2019) — National Catholic Register
  • Eileen Kane, Newman's University Church: 150 years — catholicireland.net
  • Patrick Gardner, The Development of Christian Doctrine and Catholic Liberal Education — Thomas Aquinas College
  • Our Sunday Visitor, Why is Cardinal Newman still relevant today? (2019) — osvnews.com

Iconografía

  • Sir John Everett Millais, John Henry Newman (1881), óleo — National Portrait Gallery, Londres, NPG 5295

Contexto contemporáneo

  • CNA, Newman relic reported stolen from Birmingham Oratory (2020) — Catholic World Report catholicworldreport.com
  • León XIV, Ángelus del 27 de septiembre de 2026 (Lourdes) — vatican.va

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jueves, 29 de octubre · Evangelio

Jesús llora sobre Jerusalén, que mata a los profetas

En aquel tiempo, ese mismo día, se acercaron algunos fariseos y le dijeron a Jesús: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”. Él les respondió: “Vayan y díganle a ese zorro: ‘Mira, expulso demonios y realizo…