En Zaragoza, detrás del camarín, el pequeño recinto donde está la imagen de la Virgen del Pilar, hay una columna de jaspe con un hueco donde cabe un puño. Nadie lo talló. Lo han abierto los besos.
Zaragoza cuenta que esa columna se la dejó la propia Virgen al apóstol Santiago, a orillas del Ebro, cuando ella todavía vivía. Y que le prometió que aquella piedra seguiría en su sitio mientras durara el mundo. Por eso a esta Virgen la llaman del Pilar.
Desde entonces, generación tras generación, la gente ha venido a tocar esa piedra y a besarla. Vino un mendigo de Calanda que había perdido una pierna, y siglos después vino un papa.
La noche junto al río
Mucho antes de que hubiera allí ningún templo, en esa misma orilla del Ebro predicaba un apóstol de Jesús. Así lo guarda la memoria del Pilar. Era Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan. La ciudad vivía bajo el poder de Roma, y los pocos que seguían a Cristo se reunían en una casa junto al río, donde llamaban menos la atención.
Día tras día, el apóstol les hablaba del reino de Dios. Pero los vecinos resultaban «bastante duros de oído y de corazón». Solo ocho hombres habían creído. A Santiago le flaqueaban las fuerzas, y empezaba a preguntarse si tenía sentido seguir predicando.
No había llegado hasta allí por su cuenta. En Jerusalén, el Espíritu Santo le había dado a conocer un mandato de Cristo, el de ir a predicar a España. Antes de ponerse en camino, fue a ver a la Virgen. Le besó las manos y le pidió, llorando, permiso y bendición. Ella le respondió: «Ve, hijo; cumple el precepto de tu Maestro». Y le pidió algo más. En la ciudad de España donde convirtiera a más hombres, debía levantarle una iglesia en su memoria.
En Zaragoza, de momento, solo había ocho.
Por las noches, el apóstol y los ocho se retiraban a una era, un campo de trillar cerca del río, y se echaban sobre la paja. Una de esas noches, hacia medianoche, cansados de orar, los convertidos se quedaron dormidos. Santiago seguía despierto. Entonces oyó voces de ángeles que cantaban:
«Ave Maria, gratia plena», Dios te salve, María, llena de gracia.
Se arrodilló. Y la vio. La Virgen estaba de pie sobre un pilar, entre dos coros de millares de ángeles. Era la Madre de su Maestro, venida desde Jerusalén. Ella lo llamó por su nombre: «He aquí, hijo mío, Santiago, el lugar designado y deputado para mi honor».
Le explicó que aquel pilar lo había enviado su Hijo desde lo alto, por mano de los ángeles. A su alrededor había que poner el altar. Allí el Altísimo obraría prodigios por su intercesión, en favor de quienes la invocaran. Y entonces le hizo una promesa.
«Y el pilar estará en este lugar hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta ciudad adoradores de Cristo».
Aquella columna era un signo de la fortaleza que debía tener la fe del apóstol. De ella le viene a la Virgen de Zaragoza su nombre, la Virgen del Pilar.
Santiago dio gracias a Cristo y a su Madre. Los ángeles la llevaron de vuelta a su celda de Jerusalén, y la devoción añade que, desde aquella noche, la columna no se ha movido de su sitio.
Por esa venida, la ciudad canta cada día ante la imagen una jaculatoria, una oración muy breve: «Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza». En carne mortal quiere decir con su cuerpo, en los años de su vida en Jerusalén.
Con los ocho hombres de la era, Santiago empezó a levantar junto al río una pequeña iglesia alrededor de la columna.
Piedra, pergamino y una Virgen de un palmo
En 1118, cuando el rey Alfonso I conquistó Zaragoza, el obispo de la ciudad encontró junto al río un templo de Santa María. Lo describió como muy estimado por su antigua fama de santidad. Desde siglos atrás, aquella orilla recibía la veneración de la gente. A la columna no le habían faltado quienes fueran a rezar.
Para ellos, el obispo levantó allí una iglesia románica. De ella queda todavía, en el muro sur, la piedra que coronaba la puerta, con el crismón, las letras griegas del nombre de Cristo entrelazadas.
Pero la piedra guardaba el lugar, no la historia. La noche de Santiago vivía en lo que la ciudad contaba, y en 1297 un copista la puso por escrito. En las últimas hojas de un gran libro de comentarios sobre Job, escribió en latín la historia del apóstol, de los ocho hombres dormidos y del pilar. Aquel pergamino se guarda todavía en el archivo del templo.
Pero hacia 1435 el fuego entró en la capilla. Las llamas redujeron el retablo a cenizas, y el templo quedó muy dañado. De la imagen que se veneraba antes no quedó nada.
Un clérigo del templo, mosén Galve, salió entonces camino de Pamplona. Allí estaba la reina Blanca de Navarra, devota del Pilar y protectora de su capilla, y había que avisarla. En el libro de cuentas del templo quedaron anotados sus viajes y el motivo: «se quemó el retablo y muchas y diversas joyas».
La columna se había quedado sin su Virgen, y para ella se talló, en la primera mitad del siglo quince, una imagen nueva. Es pequeña, de treinta y seis centímetros, apenas un palmo, y de una sola pieza de madera. La Virgen está de pie y coronada. Sobre su mano izquierda va sentado el Niño, desnudo. Sostiene un pajarillo y se agarra al borde del manto de su Madre.
Son dorados el vestido, el manto, los cabellos y la corona. Solo los rostros y las manos tienen color de piel.
Se atribuye a Juan de la Huerta, un escultor aragonés. Desde entonces es la imagen que se venera, de pie sobre la columna de la orilla.
Dos siglos más tarde, entre los que acudían a ella había un joven de Calanda sin pierna derecha, que se sentaba a pedir a la puerta del templo.
El aceite de las lámparas
Esa pierna la había perdido lejos de casa, en un camino de Castellón. Miguel Juan Pellicer era de Calanda, un pueblo del Bajo Aragón, y tenía unos veinte años. Había bajado a aquellas tierras a trabajar. Un día conducía un carro cargado de trigo y cayó al suelo. Una rueda le pasó por encima de la pierna derecha y se la aplastó.
Lo llevaron al hospital de Valencia, y allí pasó cinco días. Después pidió que lo trasladaran a Zaragoza, al Hospital de Nuestra Señora de Gracia. Era devoto de la Virgen del Pilar desde niño, porque en Calanda había una ermita dedicada a ella. A la Virgen se encomendó antes de la operación, y siguió encomendándose después.
En Zaragoza, el cirujano Juan Estanga le cortó la pierna dos dedos por debajo de la rodilla. El practicante, Juan Lorenzo García, se encargó de enterrarla. La pierna de Miguel quedó bajo tierra, en el hospital.
Pasada la convalecencia, no volvió a su pueblo. Se quedó en la ciudad, pidiendo limosna a la puerta del Pilar. Y cruzaba aquella puerta para algo más que pedir. Dentro del santuario se confesaba y comulgaba, y recibía a Cristo en la Eucaristía, en la casa de su Madre.
Cada día repetía el mismo gesto. Se acercaba a las lámparas que ardían delante de la imagen. Mojaba los dedos en el aceite. Y se lo extendía sobre el muñón.
Aquellas lámparas ardían ante la Virgen y ante la columna de la orilla. Era una confianza pequeña.
Así pasaron los años de limosna, hasta que a primeros de marzo de 1640 Miguel volvió a Calanda, a casa de sus padres. España estaba en guerra con Francia, y en Calanda había soldados alojados en las casas de los vecinos. A la familia Pellicer le tocó dar techo a uno.
El jueves 29 de marzo, el soldado ocupaba la cama de Miguel, y él tuvo que pasar la noche en la habitación de sus padres.
Media hora en Calanda
Se acostó en el suelo de la alcoba. El hijo de la casa, con su única pierna, descansaba a pocos pasos del lecho de sus padres. Tenía veintitrés años.
Nada en aquella noche la hacía distinta de otras. Una familia de labradores, un pueblo con tropa alojada y un joven que había vuelto a casa después de años pidiendo a la puerta del Pilar.
Pasó media hora.
Era entre las diez y las once de la noche.
Sus padres entraron en la habitación.
Se acercaron a él.
Miguel dormía.
Tenía dos piernas.
Y la derecha no era una pierna cualquiera. En la piel estaban un grano y unas cicatrices que la hacían reconocible, las mismas señales que Miguel tenía antes de la amputación. Era la pierna que el practicante había enterrado en el hospital de Zaragoza.
Con sus dos piernas, Miguel volvió a Zaragoza. Llegó por su pie al mismo templo a cuya puerta había pedido limosna, a la misma capilla de las lámparas. Esta vez no venía a pedir. Venía a dar gracias a la Virgen del Pilar.
Lo ocurrido en Calanda no quedó en conversación de vecinos. El Ayuntamiento de Zaragoza pidió que se examinara a fondo. El 5 de junio de 1640 se abrió en el arzobispado un proceso, es decir, un examen formal ante el arzobispo, con testigos llamados a declarar. Iba a juzgarlo la Iglesia, no el rumor de la calle.
Correspondía al arzobispo. Desde el concilio de Trento, la gran asamblea de obispos que había renovado la vida de la Iglesia, ningún hecho extraordinario nuevo podía admitirse sin la aprobación del obispo del lugar.
Declararon unas dos docenas de testigos. El examen se alargó casi once meses. Al arzobispo de Zaragoza, Pedro Apaolaza, lo aconsejaron nueve teólogos y canonistas, hombres que conocían la doctrina y las leyes de la Iglesia.
El 27 de abril de 1641, Pedro Apaolaza firmó la sentencia. En ella declaró que a Miguel Juan Pellicer «le ha sido restituida milagrosamente su pierna derecha, que antes le habían cortado».
La sentencia de 1641 es, desde entonces, el juicio de la Iglesia sobre lo que pasó en aquella alcoba de Calanda.
El caso salió pronto de Aragón. El rey Felipe IV recibió a Miguel en Madrid. Un fraile carmelita puso por escrito en castellano lo sucedido. Un médico lo contó en latín, la lengua que entonces leían los sabios de toda Europa. Así el nombre de un mendigo de Calanda empezó a correr por ciudades donde nadie había oído hablar de él.
En 1642, en Roma, un jesuita informó del caso al papa Urbano VIII. La pierna de un labrador aragonés llegaba así hasta el sucesor de Pedro.
Pero antes de todo eso, mientras los testigos todavía declaraban, Zaragoza había tomado su propia decisión, y esa decisión miraba a un día de octubre.
Bajo el manto
Aquel octubre, la ciudad se obligó con un voto a guardar cada 12 de octubre como día de fiesta, en memoria de la Venida de la Virgen a orillas del Ebro. Zaragoza lo hizo a la Madre de la columna.
Décadas más tarde, las Cortes de Aragón, la asamblea del reino, pidieron a Roma que aquella historia entrara en la oración de la Iglesia.
En 1723, Roma concedió el oficio propio, es decir, las oraciones que la Iglesia reza en su liturgia ese día, con la historia de la Venida dentro.
Mientras tanto, alrededor de la columna se levantaba un templo inmenso, con cúpulas que se ven desde el río. En su centro quedó la Santa Capilla, el templete que todavía guarda, sobre su pilar, la pequeña imagen dorada.
Pero lo que la gente lleva hasta esa columna no es piedra. Es tela.
En 1504, un vecino de Zaragoza, Juan Benedic, dejó en su testamento cien sueldos, la moneda de entonces, para que se le hiciera un manto a la Virgen. Desde entonces, generación tras generación, los mantos no han dejado de llegar. Hoy son más de cuatrocientos cincuenta.
¿Quién los hace? Uno de ellos lo tejió a ganchillo una persona ciega. Al terminar, necesitó la ayuda de otra persona para montarlo.
El manto envuelve la columna a los pies de la imagen. Suele llevar el color que la Iglesia usa ese día en la misa. Los mantos que han llegado de los países hispanoamericanos esperan otra fecha, porque la Virgen los viste en la fiesta nacional de cada uno.
Y el manto no se queda siempre en la capilla. Desde hace más de tres siglos, los más sencillos salen del templo y se llevan a casa de los enfermos graves de la ciudad.
Para quienes vivían lejos de Zaragoza se creó, hace unos trescientos años, la Medida de la Virgen, una cinta que viaja hasta quien no puede venir a verla.
Lo que la gente ofrece a la Madre sobre su columna vuelve así, doblado en un manto o enrollado en una cinta, a la casa de quien sufre.
Coronas y uniformes
A comienzos del siglo veinte, unas mujeres de Madrid pensaron en el viaje contrario, en llevar algo desde toda España hasta la columna. El papa Pío X había abierto un jubileo mariano. Era un tiempo de gracia por los cincuenta años del dogma de la Inmaculada, la verdad de fe de que María fue concebida sin pecado.
La Asociación de Mujeres Católicas de Madrid, animada por la condesa de Gondomar, organizó una peregrinación nacional al Pilar. Quería una coronación canónica, una coronación solemne hecha por encargo de la Santa Sede. No se podía ir a ver a la Madre con las manos vacías. La corona sería el regalo de las madres a la Madre.
Los obispos pidieron a Roma que la gracia del jubileo se alargara un año más, para que hubiera tiempo.
Las mujeres entregaron sus joyas y sus objetos personales. Con ellos, treinta y tres artesanos de la casa Ansorena trabajaron cuarenta y cuatro días. De sus manos salieron dos coronas, la de la Virgen y la del Niño, con brillantes, esmeraldas, zafiros, rubíes y perlas. Salió también un resplandor de veintinueve haces de rayos de oro.
La corona viajó primero a Roma, y el Papa la bendijo en la Capilla Sixtina.
El 20 de mayo de 1905, el arzobispo Juan Soldevila coronó la pequeña imagen por delegación de la Santa Sede. Lo dejó escrito en un acta con forma de decreto. Desde entonces, el día 20 de cada mes guarda la memoria de aquel día.
Otra ofrenda, mucho más humilde, había empezado en la capilla de un colegio. En Valdemoro se formaban los huérfanos de los guardias civiles, hombres de uno de los cuerpos de policía de España. En 1864 llegó allí su primer capellán, Miguel Moreno Moreno. Organizó la capilla, puso en ella una imagen de la Virgen del Pilar y enseñó a aquellos chicos a quererla.
Aquel mismo año, el boletín del Cuerpo la nombró patrona del colegio. Los muchachos crecieron y vistieron el uniforme. Después se repartieron por cuarteles de toda España, y con ellos viajó la Virgen que habían aprendido a querer en el colegio.
La devoción de aquellos huérfanos acabó siendo la de todo el Cuerpo. A comienzos de 1913, el director general de la Guardia Civil pidió al rey que la Virgen del Pilar fuera su patrona. Alfonso XIII firmó la Real Orden, una orden del rey con valor para todo el Cuerpo.
Diez días más tarde, otra orden dio sentido a su fiesta. Sería la fiesta del compañerismo, el día en que se reza por los compañeros caídos.
Así, el día de su patrona, hombres de uniforme rezan ante la Virgen de la columna por los que ya no están. Años después, una madrugada de agosto, la guerra iba a llegar hasta el techo del propio templo del Pilar.
Las bombas que no estallaron
En el aeródromo de El Prat, junto a Barcelona, Manuel Gayoso arrancó los motores de un trimotor a la una y media de la madrugada. Era el 3 de agosto de 1936, en plena Guerra Civil, y había luna. El aparato pertenecía a la compañía española de correo aéreo y volaba para el bando republicano. La noche anterior había tenido que volver por una avería.
Le habían puesto unas piezas en los escapes para que las llamas de los motores no se vieran en la oscuridad. Iba a ser el primer bombardeo nocturno de Zaragoza.
Sobre la ciudad, el avión voló a unos ciento cincuenta metros de altura. Soltó cuatro bombas de cincuenta kilos.
Dos cayeron sobre el templo del Pilar. No estallaron.
Otra cayó en la plaza. Tampoco estalló.
La cuarta fue a parar al Ebro.
Bajo las cúpulas, la pequeña Virgen seguía de pie sobre su columna. En la ciudad se habló de milagro. Mucho tiempo después, alguien llegó a negar que la República tuviera entonces aviones capaces de hacerlo; la prensa republicana de aquel mismo verano ya había contado el bombardeo.
Hoy la gente se detiene, dentro de la basílica, ante dos de aquellas bombas. Cuando se pidió retirarlas, los custodios del templo y los responsables de Patrimonio respondieron que se quedaban, porque «atestiguan un hecho, sin glosarlo».
En esos mismos años de guerra, lejos de los aviones, otras manos trabajaban para la Virgen. Unas religiosas de clausura, mujeres que viven toda su vida dentro del convento, bordaban mantos para cubrir la columna de la Virgen. Lo hacían de rodillas, en sus horas de recreo.
Las bombas seguían dentro del templo cuando, casi medio siglo después, un Papa cruzó sus puertas como peregrino.
Un Papa en la fila, y la fiesta al otro lado del mar
Dentro, san Juan Pablo II, el Papa llegado de Polonia, rezó ante la pequeña Virgen dorada. Era noviembre de 1982, y ningún Papa había venido antes al Pilar como peregrino. Aquel día la imagen llevaba un manto con el escudo pontificio bordado.
Encomendó España y las naciones hispánicas a la Madre, y la invocó como Patrona de la Hispanidad, el nombre con que hoy la honran sus devotos. Su oración terminó con tres peticiones: «Virgen Santa del Pilar: Aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad». Besó el Pilar, y expresó el deseo de ver la columna y a la Virgen sin manto.
En octubre de 1984 volvió. Iba camino de Santo Domingo, donde la Iglesia preparaba los quinientos años de la evangelización de América, y esta vez se le concedió lo que había pedido.
En la Santa Capilla, la imagen estaba sin manto. Bajo la pequeña Virgen dorada brillaba la columna con su forro de plata labrada, a la luz de las velas de los dos ángeles. Juan Pablo II rezó ante ella. Después se acercó, se inclinó y volvió a besar el Pilar, con el mismo gesto de cualquiera que espera su turno en la fila.
Así la ve la ciudad los días 2, 12 y 20 de cada mes, en memoria de la Venida, de la fiesta y de la Coronación.
El Papa siguió viaje hacia América. La columna, en cambio, no se mueve de su orilla, y sin embargo su fiesta también cruza el mar. Empieza en Zaragoza cada 12 de octubre, cuando de los pilares de la basílica cuelgan las banderas de los países hispanoamericanos, porque esa fecha coincide con la de 1492, cuando Colón llegó a América. En la plaza, la gente desfila con trajes tradicionales para la Ofrenda de Flores.
La fiesta viaja también en la oración. Ese día la Iglesia celebra una misa propia, con oraciones y lecturas para esta fiesta, que empieza recordando la columna que guiaba al pueblo de Israel por el desierto. Pío XII permitió que las naciones de América del Sur celebraran esa misma misa. Así, al otro lado del mar, se reza ese día lo mismo que junto al Ebro.
Y llega hasta el otro lado del mundo. En Zamboanga, en Filipinas, la Virgen del Pilar es la patrona de la ciudad, y su fiesta empieza antes de que amanezca, con una misa a las tres de la madrugada en el santuario de Fort Pilar. Después sale una procesión desde la catedral. Ese mismo día, la Iglesia la celebra en tierras de lengua española y en otras que la invocan con su nombre.
En América del Sur hay templos que llevan su nombre. En Buenos Aires, la basílica del Pilar prepara la fiesta con una novena, nueve días seguidos de oración.
Pero la devoción viaja también de boca en boca. En Argentina, un niño aprendió de su abuela una copla de jota, el canto popular de Aragón, que empieza «La Virgen del Pilar dice…». La cantó muchas veces de pequeño.
Aquel niño llegó a ser el papa Francisco, y en 2022 la recitó de memoria y contó que se la había enseñado su abuela. La columna de Zaragoza había cruzado el mar en la voz de una abuela.
Voy a ver a la Virgen
En Zaragoza, lo que se aprende en casa se aprende también subiendo unos escalones. Los zaragozanos dicen «voy a ver a la Virgen», con la misma naturalidad con que alguien va a ver a su madre.
Cada día, los Infanticos, los niños monaguillos del Pilar, suben la escalinata del camarín con otros niños en brazos o de la mano. Algunos son recién nacidos. Otros todavía no han hecho la Primera Comunión. Los acercan un instante a los pies de la imagen y vuelven a bajar. Abajo esperan las familias, a menudo en una cola larga.
Por detrás del camarín hay otra fila. En el muro se abre un óculo, una pequeña ventana redonda, y por él asoma el jaspe. Una mano se apoya en la piedra. Luego se acercan los labios.
Ese hueco lo ha gastado la gente. Un beso, y otro, y otro, durante siglos, hasta ahondar la piedra. Y la columna sigue en su sitio.
A los lados de la imagen, dos ángeles de plata sostienen velas. Son lo único que queda de la antigua capilla, y para ellos se reserva la cera más pura. En el templo, a cualquier hora, un sacerdote espera para confesar.
Cada día, ante el camarín, se canta la jaculatoria que bendice la hora de la Venida. Y cada 2 de enero, en la fecha que la ciudad guarda para aquella noche junto al río, la basílica no se queda a oscuras. Se vela ante el Santísimo, Jesucristo presente en la Eucaristía expuesta sobre el altar, y de ordinario preside el arzobispo.
Junto a la columna, la noche de la Madre se ha convertido en una noche ante su Hijo.
Santa María del Pilar, Madre de Dios y Madre nuestra, como esta ciudad canta que viniste junto al Ebro a confortar al apóstol cansado, acércate también a quienes trabajan sin ver fruto y a quienes ya no tienen fuerzas. Llévanos a tu Hijo, Jesucristo, al que adoramos en la Eucaristía junto a tu columna. Alcánzanos de Él fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor, y cubre con tu manto a los niños que te traen, a los enfermos que no pueden venir y a los que piden a tu puerta. Virgen Santa del Pilar, ruega por nosotros. Amén.





