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FIDES VIVA

20 de septiembre

Santos Andrés Kim Taegon, Pablo Chong Hasang y Compañeros

El primer sacerdote coreano

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Capítulos
  1. 0:00La fe sin rostro: libros en la sombra
  2. 7:14La súplica y la espera: el laico que cruzaba fronteras
  3. 11:41Vocación sin regreso: el viaje de los tres muchachos
  4. 17:29La sangre de los padres: persecución y pérdida
  5. 23:22El pastor esperado: ordenación y regreso por mar
  6. 27:56Sacramento bajo amenaza: misión y arresto
  7. 34:33Saenamteo: la entrega consumada
  8. 38:51Memoria y semilla: la comunidad que cuida
  9. 43:14La sangre florecida: legado y canonización
  10. 48:27Cuando falta el pastor: una invitación callada

Un hombre joven camina por la arena con el torso desnudo y las manos atadas a la espalda. Detrás de él, un río ancho y gris; delante, una estera de paja. Se arrodilla. Alrededor, soldados, estandartes clavados en la arena y un puñado de curiosos en silencio. Semanas atrás le hicieron la única pregunta que importaba.

«¿Eres un fiel católico?»

«Sí, soy católico.»

Es septiembre de 1846, en el reino de Joseon, la Corea de entonces, y esa respuesta se paga con la cabeza. Tiene veinticinco años. Se llama Andrés Kim Taegon, y es sacerdote: el primero de su pueblo, y el único.

Tres meses antes lo detuvieron en la costa vestido de luto: una túnica de cáñamo y un sombrero de bambú tan ancho que le tapaba la cara. Así se había movido durante meses, de noche, de casa en casa, para que nadie lo reconociera. Ahora lleva el cabello recogido en lo alto para despejar el cuello, y la cara al descubierto. Ya no tiene nada que esconder.

No hay templo. No hay campanas. No hay nadie de su familia. Solo un río, una espada y un puñado de desconocidos.

¿Qué lleva a un hombre a responder así, sabiendo lo que le espera?

Él no fue el primero de su tierra en pagar ese sí. Ni sería el último.

La fe sin rostro: libros en la sombra

A finales del siglo dieciocho, cada invierno salía de Hanyang —la capital del reino, la ciudad que hoy llamamos Seúl— una larga caravana rumbo al norte. Funcionarios de casaca ancha y gorro de crin, criados, caballos cargados de regalos para el emperador de China. Era la embajada tributaria, la única puerta de Joseon hacia el mundo. El reino se sostenía sobre las enseñanzas de Confucio, y el orden empezaba en casa: el hijo honraba al padre, el padre honraba a los antepasados, y todos honraban al rey. Las tablillas de madera con los nombres de los muertos, veneradas en cada hogar con incienso y reverencias, no eran un adorno. Eran el cimiento del Estado. Quien las tocaba, tocaba el trono.

En Pekín, algunos letrados jóvenes buscaban otra cosa. Los misioneros jesuitas de la corte imperial habían escrito en chino clásico tratados de ciencia y de religión: hablaban de un Dios que se había hecho hombre. En Corea lo llamaban seohak, «aprendizaje occidental». Se compraba como quien compra ciencia, se guardaba entre la ropa y volvía a casa en las alforjas.

De vuelta en Joseon, los leían juntos. Un cuarto de suelo caliente, una lámpara de aceite, puertas correderas de papel. Jóvenes yangban —la nobleza letrada— inclinados sobre las páginas, discutiendo cada carácter. Habían ido a buscar ciencia y encontraron un rostro. Leyeron que había un solo Dios, creador de todo. Que ese Dios tenía un nombre: Jesucristo. Que había muerto por los hombres, y que ante Él el noble y el siervo, el hombre y la mujer, valían lo mismo. En un reino de castas, aquello era un terremoto dicho en voz baja. Creyeron. Y entonces tropezaron con el problema: en toda Corea no había nadie que pudiera bautizarlos.

En 1784 uno de ellos, Yi Seung-hun, viajó a Pekín con la embajada y buscó a los misioneros. Pidió el bautismo. Le pusieron por nombre Pedro. Y al regresar a Hanyang hizo lo único que podía hacer: bautizó él mismo a su amigo Yi Byeok, y después a los demás, uno por uno. Así nació la Iglesia de Corea. Sin un templo, sin clero, sin un solo misionero que hubiera pisado su suelo. Llegaron incluso a nombrar entre ellos a quien hiciera de obispo y de sacerdotes. Cuando consultaron a Pekín y les dijeron que aquello no valía, obedecieron y dejaron de hacerlo.

El precio llegó en 1791. En Jinsan murió la madre de un converso, Pablo Yun Ji-chung. Un hijo debía colocar su tablilla y hacerle las reverencias prescritas. No lo hizo. Para el Estado, aquello no era una opinión: era negar al padre, y negar al padre era negar al rey. Él y su primo Santiago Kwon Sang-yeon fueron decapitados en Jeonju. Los primeros.

Una explanada vacía, y la tierra bebiendo la sangre.

La comunidad no se deshizo. Creció. En 1794 entró por fin, escondido, un sacerdote: un chino, Santiago Zhou Wen-mo. Durante siete años celebró en habitaciones privadas y confesó en susurros; en todo el reino no había otro. En 1795, en una familia noble ya cristiana, nació un niño llamado Pablo Chong Hasang. Su padre, Agustín Chong Yak-chong, había renunciado a la carrera oficial. Hacia 1799 escribió algo que nadie había escrito antes: un catecismo en hangul, la escritura sencilla del pueblo, para quien no sabía leer los caracteres chinos. Lo llamó Jugyo Yoji. La fe que había entrado por los libros de los sabios empezaba a hablar la lengua de los siervos.

En 1801 el reino golpeó. Bajo la regencia de la reina Jeongsun se desató la persecución de Sinyu. El padre Zhou fue ejecutado. Agustín Chong Yak-chong fue decapitado; su hijo Pablo tenía seis años. Murieron cientos. Y un joven cristiano, Hwang Sa-yeong, escribió sobre un pliego de seda, con caracteres diminutos, una carta al obispo de Pekín pidiendo que las potencias extranjeras intervinieran. La carta fue interceptada. Para la corte, la fe cristiana pasó a ser lo que más temía: una traición. Y la ley se endureció durante décadas.

Y sin embargo, en cuartos de puertas de papel, con las lámparas bajas, siguieron reuniéndose. Nadie los guiaba, y nadie fuera sabía que existían. ¿Cómo sobrevive una fe así? Ellos solo sabían una parte de la respuesta: seguían creyendo, seguían bautizando a sus hijos, y seguían esperando a alguien que todavía no llegaba.

La súplica y la espera: el laico que cruzaba fronteras

El río Yalu se hiela en invierno, y sobre el hielo se cruza a pie. En la cola de la caravana, un criado de veintiún años tira de un caballo cargado y camina con la cabeza baja, entre los sirvientes a los que nadie mira dos veces. Es Pablo Chong Hasang, el niño que en 1801 perdió a su padre. Nadie lo ha enviado de palacio: él mismo se ha hecho contratar como criado e intérprete de la embajada, la única manera legal de salir del reino. Y entre la ropa, doblada y cosida, lleva una carta que no es suya: es de todos los cristianos de Corea.

Es el invierno de 1816. En Pekín se aparta de la caravana lo justo para llegar hasta el obispo y ponerle la carta en las manos. La petición cabe en una frase: envíen un sacerdote. Un pueblo entero lleva años sin misa, sin confesión, sin nadie que pueda consagrar el pan y el vino. Y la respuesta cabe en dos palabras: todavía no. No hay hombres. No hay ruta segura. No hay quien se atreva.

Vuelve a casa. Al invierno siguiente vuelve a contratarse, vuelve al hielo, vuelve a Pekín con la misma carta. Y al otro. Y al otro. Veinte años.

Quien haya esperado años una respuesta que no llega sabe lo que cuesta cada viaje. Hay que volver a pedir sabiendo que casi seguro dirán que no. Y hay que volver a Corea y decirles a los que esperan que toca esperar más.

El hombre que cruzaba el hielo también sabía escribir. Cuando llegara el día en que el Estado le pidiera cuentas, dirigiría al primer consejero del reino un escrito firmado con su propio nombre: el Sangjaesangseo, la carta al primer ministro. No pedía clemencia. Explicaba. Razonaba, con la lógica de un letrado formado en los clásicos, que creer en Jesucristo no era traicionar al rey. Honrar al Dios del cielo no era despreciar al padre en la tierra. Fue la primera apología cristiana escrita en Corea, y en Corea se sigue estudiando hoy.

Mientras él iba y venía, la comunidad hacía lo que podía sin sacerdote. En cuartos de suelo caliente, con la puerta cerrada, alguien leía en voz alta el Jugyo Yoji, el catecismo de su padre, y los demás repetían. Los propios laicos bautizaban a los recién nacidos con agua y las palabras aprendidas, y rezaban el rosario con cuentas de madera. Y sobre la misma estera se arrodillaban un noble y su siervo, una viuda y una muchacha, porque ante Cristo valían lo mismo, aunque fuera del cuarto la ley dijera lo contrario. En la casa de Pablo, su madre Cecilia Yu y su hermana Isabel sostenían ese lugar de reunión.

Pero una de aquellas cartas siguió viaje. Desde Pekín, pasando de mano en mano, una súplica de los cristianos coreanos llegó hasta Roma. Y Roma la leyó. El 9 de septiembre de 1831, el papa Gregorio XVI erigió el vicariato apostólico de Corea, un territorio de misión con obispo propio. Lo confió a la Sociedad de Misiones Extranjeras de París. Quince años después de la primera travesía sobre el hielo, un criado de embajada había conseguido para su país lo que ningún rey le habría dado: un pastor con nombre en un decreto.

Pero un decreto no cruza el Yalu. Entre París y Hanyang había medio mundo, un mar cerrado, una frontera con guardias y una ley que castigaba con la muerte al extranjero que la cruzara. Un nombre en un papel no confiesa ni consagra. ¿Quién iba a responder a veinte años de espera? ¿Cuánto puede sostenerse una espera cuando el único fruto, año tras año, es la misma respuesta: todavía no?

Vocación sin regreso: el viaje de los tres muchachos

Diez años antes de aquel decreto, en una loma de pinos de la provincia de Chungcheong, nace un niño. La aldea se llama Solmoe, "el monte de los pinos". La casa es de barro y techo de paja, con el suelo caliente del ondol y puertas de papel. No hay sedas de colores: La familia es yangban solo en el apellido. En todo lo demás son campesinos pobres. Y son cristianos desde hace tres generaciones: el bisabuelo del niño murió por la fe. Es el 21 de agosto de 1821, y el recién nacido, envuelto en algodón crudo, se llama Kim Taegon.

Crecer católico en Solmoe significa crecer escondido. La familia deja la aldea y se refugia en las montañas, en un caserío llamado Golbaemasil. Allí el niño aprende a leer en un libro de oraciones copiado a mano en hangul, carga leña, reza el rosario con cuentas de madera. Nadie tiene que explicarle el peligro: lo respira. Su padre, Ignacio Kim Che-jun, es el catequista de aquellas casas dispersas.

En el invierno de 1836 un extranjero cruza el Yalu helado en dirección contraria a la de las caravanas: hacia dentro. Es el padre Pierre Maubant, francés, uno de los primeros sacerdotes de las Misiones Extranjeras de París que entran en Corea. Va disfrazado de doliente, con el gran sombrero de bambú que oculta la cara, y ha venido a responder a las cartas. Ese mismo año llega hasta la familia Kim. Y en un cuarto cerrado, con dos o tres testigos, bautiza al muchacho de quince años.

No hay pila ni templo. Los bautismos de aquellos años se hacían así: una escudilla de latón, agua vertida tres veces sobre la cabeza inclinada, las palabras en latín dichas casi en voz baja. El muchacho recibe el nombre de Andrés, el apóstol que dejó las redes cuando Jesús lo llamó desde la orilla. La fe que hasta entonces era herencia de la casa se vuelve, esa tarde, decisión propia. Y en aquel reino, esa decisión era un delito castigado con la muerte.

Maubant se fija en él, y en otros dos muchachos de la misma edad: Tomás Choe Yang-eop y Francisco Javier Choe Bang-je. Corea necesita sacerdotes nacidos en Corea, y no hay en todo el reino un solo lugar donde formarlos. Habrá que enviarlos fuera, al colegio de la Sociedad en Macao, a miles de li de distancia, sin fecha de regreso. El misionero lo propone. El padre de Andrés consiente.

Ningún documento guarda lo que el muchacho dijo cuando le hicieron la propuesta, ni lo que sintió. La vocación de Andrés Kim se conoce por sus efectos, no por una confidencia escrita: aceptó, y se fue. Quien haya visto salir de casa a un hijo de quince años, sin saber si volverá, sabe lo que costó aquel consentimiento del padre, y el silencio de una madre en la puerta.

Salen a pie. Tres adolescentes con ropa de camino, hacia el norte, hacia la frontera, hacia Manchuria. Después, el interminable sur de China. Meses de marcha. Miles de li —el li, la medida de camino coreana, poco menos de medio kilómetro— antes de ver por fin la bahía de Macao, llena de juncos chinos, y la casa encalada del colegio con sus contraventanas verdes.

Y allí todo cambia: la lengua, la comida, la ropa. La trenza de soltero desaparece; el cabello queda corto al modo europeo, y sobre los hombros cae primero la túnica de estudiante y luego la sotana negra con alzacuellos blanco. Latín, francés, filosofía, teología. Cuando los disturbios sacuden Macao, los trasladan aún más lejos: a Filipinas, a la hacienda de los dominicos en Lolomboy, entre palmeras, estanques y un calor húmedo que no afloja de noche. Los años de estudio traen fiebres, agotamiento, ojeras marcadas en un rostro que todavía no ha cumplido veinte.

Francisco Javier Choe Bang-je no llega al final. Enferma y muere lejos de casa, sin volver a ver Corea, sin haber tocado nunca un altar. De los tres que salieron, quedan dos.

Quedan Tomás y Andrés, en un claustro encalado, a medio mundo de todo lo que conocen. Tienen dieciocho años. Y en Corea, mientras ellos declinan verbos latinos, las cosas empiezan a torcerse. Cada carta que cruza el mar tarda meses en llegar, y cada una puede traer un nombre. El del padre que consintió, el catequista de un caserío escondido, está tan expuesto como el de cualquiera. Estudiar para volver a servir a un pueblo, sabiendo que a ese pueblo lo están matando, sin poder hacer nada desde tan lejos. Pronto una carta llegaría a Macao con noticias de casa. Y partiría en dos la vida de Andrés Kim.

La sangre de los padres: persecución y pérdida

En una casa de Hanyang, en el verano de 1839, un obispo se quita el sombrero de bambú que le tapa la cara y se sienta a escribir. Se llama Laurent Imbert. Hace dos años que entró en el reino a pie, disfrazado de doliente como Maubant, y desde entonces vive como viven todos los pastores de esta tierra: misa antes del alba, confesiones en voz baja, cada noche una casa distinta. El obispo tiene ya el rostro flaco de quien no ha dormido dos veces bajo el mismo techo.

Ese verano alguien delata a los misioneros. Empieza la persecución que Corea recuerda con el nombre del año: Gihae. Los soldados entran en las casas, prenden familias enteras, y por cada extranjero que no aparece mueren coreanos que sí. Imbert lo entiende, y hace lo que hizo Jesús, el Buen Pastor a quien sirve: se entrega él. Y escribe a Maubant y a Chastan, ocultos en las provincias, aconsejándoles lo mismo. Los dos sacerdotes obedecen y se presentan.

El 21 de septiembre de 1839 los llevan a los tres al campo militar de Saenamteo, a la orilla del río Han. Arena, sauces, estandartes clavados en el suelo. Los desnudan de cintura para arriba y los arrodillan. Tres franceses que habían aprendido coreano para susurrar absoluciones mueren decapitados en una misma tarde.

Corea vuelve a quedar sin un solo sacerdote.

Al día siguiente, en Seosomun —la explanada polvorienta junto a la Pequeña Puerta del Oeste, fuera de la muralla— le toca a Pablo Chong Hasang. Tiene cuarenta y cuatro años. Cruzó el Yalu durante dos décadas pidiendo pastores, y cuando lo prendieron estudiaba él mismo para el sacerdocio. Ante los jueces no negó nada: el hombre que había puesto su nombre al pie de una defensa pública de la fe no iba a esconderlo en una celda. El 22 de septiembre lo decapitan.

Y con él cae su casa. Su madre, Cecilia Yu So-sa, ya muy anciana, viuda del mártir de 1801, soporta los tormentos y muere en la prisión poco después. Su hermana Isabel muere también. En treinta y ocho años, aquella familia ha entregado un padre, un hijo, una madre y una hija.

Gihae no distingue. En aquellas semanas mueren nobles y siervos, viudas y muchachas que habían consagrado su virginidad, catequistas de aldea, y un niño de trece años. Todos por la misma confesión: que Jesucristo es el Señor, y que ante Él un yangban y un esclavo valen exactamente lo mismo. Eso, en Joseon, era lo que no podía perdonarse.

Entre los nombres de Seosomun hay uno que Andrés Kim reconocerá antes que ningún otro. Ignacio Kim Che-jun, campesino noble empobrecido, catequista de un caserío escondido en los montes. El hombre que tres años antes dijo sí cuando un misionero le pidió a su hijo. Lo decapitan en la misma oleada, rondando los cuarenta y tres años.

Quien haya despedido a alguien en una puerta sin saber si habrá vuelta conoce esa espera. Ignacio Kim no llegó a verla terminar.

Las cartas tardan meses en cruzar el mar. Cuando esta llega a Macao, el otoño coreano en que ocurrió todo ha pasado hace tiempo. Un seminarista de dieciocho años, con sotana negra y el pelo corto al modo europeo, la desdobla en un patio encalado. Lee que su obispo ha muerto. Que Maubant, el hombre que le vertió el agua sobre la cabeza y lo eligió, ha muerto. Que Pablo Chong Hasang, quien pidió durante veinte años al sacerdote que él intenta llegar a ser, ha muerto. Y entonces lee el nombre de su padre.

No hay tumba que visitar. No hay cuerpo que lavar, ni rito que cumplir. En Corea, enterrar al padre es el primer deber de un hijo, lo que se aprende antes que a leer. Andrés Kim no puede hacerlo. Entre Macao y aquella explanada de Hanyang hay un mar entero y un imperio, y su padre fue ejecutado por la misma fe que él estudia en latín.

De aquel día no queda ni una línea escrita de su mano. Lo que sintió se quedó en el patio. Lo que hizo, en cambio, sí se sabe: continuó las clases, las fiebres, las declinaciones, la obediencia a unos superiores que ahora también lloraban a los suyos. El precio del camino, que hasta entonces era una palabra en las cartas, tenía ya un rostro con bigote corto y manos agrietadas de campesino.

Un muchacho de dieciocho años ha perdido al padre que lo engendró, al que lo bautizó y al que hizo posible su viaje, en la misma semana, por la misma causa. Nadie puede responder por él a lo que eso pide. Y el silencio con que lo recibió fue, desde aquel otoño, el comienzo de un camino que ya no tenía vuelta.

El pastor esperado: ordenación y regreso por mar

Seis años más tarde, en Shanghái, un joven coreano se tiende boca abajo sobre el suelo de una iglesia de ladrillo gris. Es el 17 de agosto de 1845. Le faltan cuatro días para cumplir veinticuatro años. La iglesia se llama Jinjiaxiang y es pobre: bancos de madera, velas encendidas. Ante él, de pie, un obispo francés flaco y quemado por el sol, Jean-Joseph Ferréol, tercer vicario apostólico de Corea. Ya lo había ordenado diácono en Manchuria. Ha venido hasta aquí a terminar lo que el reino de Joseon prohíbe empezar.

El rito es el de Roma, en latín, el mismo que en cualquier catedral de Europa. El obispo le impone las manos en silencio. Toma después el crisma y unge con él las palmas del joven; luego se las venda con un paño de lino. Le cruza la estola sobre el pecho y le pone encima la casulla. Le entrega el cáliz con el vino y la patena con la hostia. Son manos de hijo de campesino, anchas, encallecidas de caminar y de remar. Desde esta tarde están consagradas para tomar el cuerpo de Cristo.

Nadie grita. Apenas hay gente. Pero en esa iglesia china acaba de cumplirse lo que la comunidad coreana pidió durante sesenta y un años. Desde que Yi Seung-hun volvió de Pekín con el agua del bautismo hasta esta tarde de agosto, Corea no tuvo jamás un sacerdote nacido de su propio pueblo. Ahora tiene uno: Andrés Kim Taegon, presbítero.

Poco después celebra su primera misa; la memoria de la misión la sitúa en una capilla fuera de la ciudad, sin que se conserve el día exacto. Sobre el pan y el vino pronuncia por primera vez las palabras de Jesús en la última cena, en la lengua que aprendió a fuerza de gramáticas en Macao y en Manila. Ningún papel conserva lo que sintió aquella mañana. Se sabe lo que llevaba consigo al altar: un padre decapitado, un obispo decapitado, el misionero que lo bautizó decapitado, y una aldea de pinos que no ve desde los quince años.

Queda lo más difícil: volver.

Chong Hasang cruzó el hielo del Yalu para pedir un sacerdote; el sacerdote pedido vuelve por el agua. Con Ferréol y con un misionero recién llegado de Francia, Antoine Daveluy, se embarca en una pequeña barca de pesca de vela cuadrada. Va vestido de marinero, con la sotana guardada. Bajo la ropa lleva los santos óleos y el corporal.

El mar Amarillo en otoño es plomo. A los pocos días un temporal les rompe el timón. Después, el mástil. La barca queda sin gobierno, a merced de las olas, y así pasan semanas. Un obispo enfermo, un misionero que nunca ha visto Corea y un sacerdote de veinticuatro años, mareado como cualquier hombre, en una cáscara de madera entre China y su casa. Las cartas que escribió aquellos años hablan del mar con el ojo seco y práctico de un navegante.

Hasta que un atardecer aparece la costa. Es Chungcheong, la misma provincia donde nació. Bajan a tierra sin ruido, ya de noche, como se entra en un país que castiga con la muerte lo que ellos vienen a hacer. Ninguna campana. Ningún recibimiento. Solo la arena y, más allá, los montes donde hay comunidades escondidas que llevan años esperando a un sacerdote.

Un pueblo esperó sesenta y un años a uno de los suyos, y ahora lo tiene: un solo sacerdote coreano, de veinticuatro años. ¿Qué puede un solo sacerdote hacer por un pueblo así? Pisa la arena de su tierra con la alegría de quien vuelve a casa y la certeza de quien sabe que en esa casa su cabeza tiene precio. Las dos cosas a la vez. Y ninguna de las dos pesa menos que la otra.

Sacramento bajo amenaza: misión y arresto

Un hombre camina de noche por un sendero de montaña con un sombrero cónico de bambú tan ancho que le tapa la cara. Viste cáñamo crudo, la ropa de los que están de luto. En el Joseon de aquellos años el luto envolvía a quien lo llevaba en un respeto que apartaba las preguntas, y aquel sombrero de ala enorme tapaba el rostro mejor que cualquier embozo. Bajo la túnica, pegados al pecho, lleva los santos óleos, la estola doblada y un cáliz que se pliega para caber en una mano.

Así recorre Andrés Kim las comunidades escondidas durante el otoño de 1845 y el invierno siguiente. Llega a una aldea al caer la tarde, entra en una casa de barro y paja, y la casa se convierte en iglesia. Un arcón hace de altar. Sobre el arcón, el ara portátil, la piedra consagrada; encima, un mantel de lino y dos velas. Las lámparas de aceite se bajan casi hasta apagarse. Los hombres se arrodillan a un lado sobre el suelo caliente del ondol; las mujeres al otro, detrás de una cortina de tela, como manda la costumbre coreana.

Antes del alba, en la habitación de al lado, confiesa. Uno a uno, en susurros. Durante sesenta y un años, los coreanos que lograron confesarse lo hicieron ante un sacerdote venido de fuera, chino o francés, en la lengua que aquel había podido aprender. Esta noche, por primera vez, un coreano dice sus pecados en coreano y escucha el perdón de Cristo en coreano. Sesenta y un años de espera resueltos en un susurro.

Ferréol, escondido en el reino, sabe que un sacerdote no basta. Hay misioneros esperando fuera la manera de entrar, y la frontera del Yalu, el camino de Chong Hasang, está cada vez más vigilada. Hace falta otra puerta. Por eso el obispo envía al más joven de los suyos hacia el oeste, a la costa, a buscarla por el mar.

En 1846, ya entrado el buen tiempo, el sacerdote está entre las islas del mar Amarillo, hablando con pescadores. Negocia. Pregunta por corrientes, por fondeaderos, por barcos chinos que se acercan en verano. Dibuja a mano un mapa de la costa para que alguien, algún día, pueda seguirlo hasta un desembarco seguro. Es trabajo de marinero y de contrabandista, hecho por un hombre que hace menos de un año recibió el cáliz.

En junio lo descubren. Alguien sospecha, alguien pregunta, y el hombre del sombrero de bambú resulta no ser un doliente. Lo arrestan en la costa. Le quitan el sombrero, le atan las manos y lo llevan a Hanyang, a la cárcel del Uigeumbu, el tribunal del rey que juzga los delitos contra el Estado. Diez meses antes salía de Shanghái con las palmas vendadas de crisma. Ahora se las atan con cuerda roja de reo.

Los interrogatorios duran el verano entero. Le ponen al cuello la canga, una tabla pesada de madera con un agujero para la cabeza. Le golpean los muslos con el bastón de castigo, el gonjang, hasta que la piel se abre. Le cruzan las piernas entre dos varas y las retuercen, el tormento llamado juri, que hincha los tobillos y quiebra a hombres más grandes que él. Quieren saber quién lo escondió. Quieren nombres de extranjeros, casas, caminos. No da ninguno.

Y quieren saber otra cosa. Los jueces, con casaca de funcionario y gorro de crin, se lo preguntan sin rodeos: «¿Eres un fiel católico?». El reo tiene veinticinco años, las muñecas en carne viva y la espalda amoratada. Responde: «Sí, soy católico».

No añade discurso. No pide clemencia. No niega a Jesucristo y no entrega a nadie: las dos fidelidades, a Dios y a su pueblo, cabían en una sola frase corta.

Los funcionarios descubren que el reo ha estudiado. Escribe en latín, lee francés, domina los caracteres chinos. Conoce países que ellos solo han oído nombrar. Le dan papel y pincel, y el condenado traza para la corte de Joseon un mapa del mundo: los continentes, los mares, el lugar del reino en la tierra. Le hacen traducir textos de geografía occidental. Los hombres que van a matarlo lo miran trabajar con una admiración que no pueden confesar en voz alta. Él sirve a su rey en lo que puede, y no cede en lo que no debe.

Septiembre. La sentencia ya está decidida, y él lo sabe. En la penumbra de la celda, con el mismo pincel que dibujó el mundo, escribe a los suyos. No a los jueces: a los campesinos de las aldeas, a las mujeres detrás de la cortina, a la gente que confesó en coreano. Los llama «hermanos míos muy amados». Les pide que permanezcan unidos, que no se desalienten cuando vuelvan a quedarse sin pastor. Y les deja una pregunta que la Iglesia sigue leyendo cada 20 de septiembre: «Hemos recibido el bautismo, la entrada en la Iglesia y el honor de llamarnos cristianos; ¿de qué nos servirá si lo somos solo de nombre?».

Deja de defenderse. Se vuelve pastor por escrito de una comunidad que va a sobrevivirlo.

Tiene veinticinco años y trece meses de sacerdocio. ¿Hasta dónde puede resistir alguien por no renegar de su fe ni de su pueblo? Hasta el final del papel. La carta queda terminada. Fuera, sobre los tejados de Hanyang, cae la noche, y el río Han sigue corriendo hacia el oeste.

Saenamteo: la entrega consumada

El 16 de septiembre de 1846 se abre la puerta de la celda. Le quitan la canga. Le dejan las cuerdas. Un destacamento de soldados lo saca del Uigeumbu y lo conduce fuera de las murallas, hacia el suroeste, por el camino que baja al río.

El lugar se llama Saenamteo. Es el campo donde el ejército hace sus ejercicios, a la orilla misma del Han: un banco de arena, una fila de sauces, estandartes militares clavados en el suelo. Aquí no se ejecuta a ladrones. Aquí muere quien ha atentado contra el reino, ante las tropas. Siete años antes, en esta arena, cayeron Imbert, Maubant y Chastan, los tres franceses de su niñez; uno de ellos, Maubant, lo había bautizado y lo había enviado lejos para hacerlo sacerdote. El alumno llega al sitio de los maestros.

Cuando todo está dispuesto, la tarde ya cae. Se ha juntado gente: curiosos de la capital, campesinos que cruzaban el río, mujeres con niños de la mano. Y mezclados entre ellos, sin poder decirlo, cristianos que han venido a ver morir a su sacerdote.

Le retiran la ropa del torso. Le pasan las manos por detrás y las anudan. Le recogen el pelo en lo alto de la cabeza, para que el cuello quede libre. Sobre la arena hay una estera de paja. Cae de rodillas sobre ella, de cara al río.

Antes del golpe, habla para la gente, en su lengua. Dice que si ha tratado con extranjeros ha sido por su religión y por su Dios. Y pronuncia la frase que los testigos guardaron: «Es por Él por quien muero.»

Él. Jesucristo. No una costumbre traída de fuera, no una idea leída en un libro chino: la persona por quien su bisabuelo había muerto y por quien su padre y su obispo habían perdido la cabeza, nombrada como razón única delante de todos.

Las actas del tribunal fijan el día, el lugar y la condena. La memoria de los fieles de Corea, que estuvo allí y lo contó de padres a hijos, guarda lo demás. Recuerda que los verdugos, siguiendo el rito militar, le atravesaron con flechas los lóbulos de las orejas. Que le rociaron el rostro con agua y le echaron cal encima, para que la cara del condenado fuera ya la de un muerto. Que eran ocho, y que hicieron falta ocho golpes de espada.

La espada cae. Y otra vez. Nadie habla en la orilla. Se oye el río.

Un otoño, un invierno, una primavera y un verano: eso duró el primer sacerdote coreano. Su pueblo lo había pedido durante sesenta y un años, cruzando el Yalu con cartas, muriendo en Seosomun, escondiendo a extranjeros bajo sombreros de luto. Lo tuvo trece meses y lo devolvió aquí, en la arena de Saenamteo, con el sol ya bajo sobre el Han.

El cuerpo se queda donde cayó. Expuesto, vigilado por soldados, para que la ciudad lo vea y aprenda. La gente se dispersa por el camino de vuelta a las murallas. Los estandartes se agitan con el viento del río. Sobre la estera, en la arena, el cuerpo de un hombre de veinticinco años que trazó para sus jueces un mapa del mundo y escribió a los suyos «hermanos míos muy amados».

Alguien tendrá que venir por él. Alguien que se atreva, de noche, con los guardias a pocos pasos, a recoger lo que el reino quiere que se pudra a la vista de todos.

La orilla se queda a oscuras. El cuerpo sigue allí.

Memoria y semilla: la comunidad que cuida

Pasan las noches. Los soldados se relevan junto a la arena, encienden fuego, se cansan de vigilar a un muerto que nadie parece reclamar. Semanas después, unos cristianos bajan al río sin luz, cuando ya nadie mira. Lo levantan de la estera y lo envuelven en tela blanca. Se contó siempre que fue un muchacho, Yi Min-sik, quien se echó aquel peso a la espalda con los guardias a pocos pasos. Se contó también que el cuerpo, tras tantos días a la intemperie, estaba sorprendentemente entero.

Lo que hacen no tiene nada de ceremonia. Tiene nombre de delito. A quien sorprendan cargando a un reo ejecutado le espera la misma espada. Por eso caminan de noche, por sendas de montaña, y de día se esconden. Se alejan de la capital, jornada tras jornada, hasta un valle estrecho entre montes boscosos, con un arroyo en el fondo, en las tierras de Anseong. Se llama Mirinae.

El 30 de octubre de 1846 lo bajan a la tierra. Sin cortejo, sin canto, sin campana. Una oración dicha en voz baja y una piedra sin nombre encima. Seis semanas después de Saenamteo, el primer sacerdote de Corea tiene una tumba que solo conocen unos pocos.

Quien haya enterrado a uno de los suyos sabe lo que pesa una despedida sin ritos: aquí faltó casi todo. Sobró lo esencial: la certeza de que aquel cuerpo era el de un sacerdote de Jesucristo. Y la certeza de que un pueblo que había esperado sesenta años a su pastor no iba a dejarlo pudrirse en la arena para escarmiento de nadie.

El obispo que lo había ordenado siguió recorriendo el reino bajo el sombrero de luto, hasta que el cuerpo no le dio más. Jean-Joseph Ferréol murió agotado el 3 de febrero de 1853. Antes de morir pidió una sola cosa: que lo enterraran en Mirinae, al lado del joven sobre cuya cabeza había impuesto las manos en Shanghái. Sus palabras sobre él fueron pocas y claras: «Lo he amado como un padre ama a su hijo.» Hoy reposan los dos en la misma ladera.

El otro muchacho de Macao, Tomás Choe Yang-eop, volvió a Corea ordenado y caminó. Doce años recorriendo a pie las comunidades escondidas, confesando y bautizando donde nadie podía verlo. Murió de agotamiento en 1861, sin espada y sin verdugo. La Iglesia de Corea lo llama el mártir del sudor, para ponerlo junto al mártir de la sangre.

Antoine Daveluy, el que había pasado con Andrés Kim el temporal del mar Amarillo, hizo otra cosa mientras aún podía. Reunió los testimonios de los que habían sobrevivido y recordaban a los muertos, y lo puso todo por escrito. Gracias a esas hojas conocemos hoy los nombres. En 1866, bajo el regente Heungseon Daewongun, se desató la persecución más grande de todas, la de Byeongin. Cayó el obispo Berneux. Cayó Daveluy, decapitado un Viernes Santo en una playa. Con ellos, millares de fieles. Río abajo de Saenamteo, un acantilado sobre el Han se llenó de ejecuciones hasta ganarse su nombre: Jeoldusan, la colina de las cabezas cortadas.

¿Qué queda de una vida así, y de tantas juntas? Queda una tumba en una ladera, con una piedra que durante años no dijo nada. Queda una comunidad que, otra vez sin pastor, siguió arrodillándose en cuartos de ondol a rezar en coreano. Y queda algo que el reino no supo prever: que una fe enterrada a escondidas se comporta como una semilla, y que un día aquellos nombres volverían a decirse en voz alta, sin que nadie tuviera que esconderse para escucharlos.

La sangre florecida: legado y canonización

En 1928 suben carretas de ladrillo por el valle de Anseong. Junto a las dos tumbas de la ladera se levanta una iglesia pequeña para que quien llegue a Mirinae sepa a quién viene a buscar.

Por toda Corea ocurre lo mismo. En Solmoe, entre los pinos donde nació, se reconstruye la casa de paja de los Kim. En el acantilado de Jeoldusan se alza un santuario de líneas curvas sobre el Han, y bajo él un museo guarda las reliquias de veintisiete santos. En Saenamteo, sobre la arena de las ejecuciones, hay hoy una capilla. En Seosomun, donde murió Pablo Chong Hasang, un parque cubre un museo de hormigón con luz que baja del techo. Los lugares donde el reino mataba se han vuelto lugares donde la gente se arrodilla.

Roma tardó en pronunciarse, pero se pronunció. En 1925 fueron beatificados setenta y nueve mártires coreanos; en 1968, otros veinticuatro. Ciento tres nombres, a la espera de un último paso.

Ese paso no se dio en Roma. El 6 de mayo de 1984, en la gran explanada de Yeouido, en Seúl, una multitud inmensa aguarda bajo paraguas y pañuelos, con los rascacielos al fondo. Se cumplen doscientos años del primer bautismo. Ante ellos, Juan Pablo II inscribe entre los santos a los ciento tres. Son diez misioneros franceses, cuarenta y seis hombres coreanos y cuarenta y siete mujeres, de trece a setenta y ocho años. Era la primera canonización celebrada fuera del Vaticano. Se hizo aquí, sobre la tierra que había bebido aquella sangre.

En la homilía, el papa nombró lo que hacía distinta a esta Iglesia: «una comunidad única en la historia de la Iglesia por haber sido fundada enteramente por laicos». Y se leyeron los nombres. El del obispo Imbert y el del padre Maubant. El de Cecilia Yu, la anciana. El de Columba Kim, la muchacha. El de Pedro Yu Tae-chol, el niño de trece años. El de Ignacio Kim, el campesino de Solmoe, y el de su hijo. Nombres que durante siglo y medio se habían susurrado, dichos ahora en voz alta, sin que nadie tuviera que mirar hacia la puerta.

Faltaban algunos. En 2014 el papa Francisco volvió a Seúl y beatificó a otros ciento veinticuatro mártires. Entre ellos estaba Agustín Chong Yak-chong, el letrado que escribió un catecismo en la lengua del pueblo y murió en 1801: el padre de Pablo, reunido con su hijo en los altares treinta años después.

¿Y cómo recuerda Corea al sacerdote de veinticinco años? De dos maneras que no se contradicen. Los pintores occidentales lo visten de sotana negra con una estola roja sobre el pecho: el sacerdocio y la sangre. Los coreanos lo pintan con hanbok crudo y el sombrero de bambú que le tapaba la cara en los caminos. Entre 2020 y 2021 su país celebró con un año jubilar los doscientos años de su nacimiento. Y en Seúl se cuenta con orgullo que desde septiembre de 2023 su figura de mármol, con hanbok, mira desde un nicho exterior de la basílica de San Pedro.

Hoy unos seis millones de coreanos, cerca de uno de cada nueve, son católicos en un país donde la mitad no profesa religión alguna. Cada septiembre, el mes de los mártires, los peregrinos caminan de Seosomun a Jeoldusan y de Saenamteo a Mirinae, con la misma fe que aquellos nombres leídos en Yeouido. Y en agosto de 2027 Seúl acogerá la Jornada Mundial de la Juventud con el papa León XIV, la primera celebrada en un país donde la fe católica es minoría: entre sus patronos, anunciados el 27 de abril de 2026, están Andrés Kim Taegon y sus compañeros. La oración oficial pide al Señor encender en los corazones «la llama de la fe de los mártires coreanos».

Una fe que empezó en un cuarto cerrado, con unos libros en chino y sin nadie que pudiera bautizar, va a llenar una plaza de jóvenes de todo el mundo. Los nombres leídos en Yeouido siguen sonando. Y flota una pregunta que ya no es solo de Corea: a quién pertenece hoy una herencia como esta, ganada por gente que creyó en Jesucristo antes de tener catedrales o clero propio, y la pagó con todo lo que tenía.

Cuando falta el pastor: una invitación callada

En Mirinae, al caer la tarde, una muchacha coreana enciende una vela ante la lápida de la ladera y se queda de pie, sin decir nada. Detrás de ella, otros jóvenes se sientan en la hierba. En el valle se oye el arroyo, y poco más.

Para que ese silencio fuera posible hizo falta que unos letrados leyeran, a la luz de una lámpara, unos libros que podían costarles la cabeza. Hizo falta que un criado cruzara veinte inviernos el hielo del Yalu con la misma súplica. Que un obispo salido de su escondite se entregara él mismo para que sus fieles dejaran de morir. Que una anciana, una muchacha y un niño de trece años se arrodillaran en la misma tierra que los nobles. Y que un padre de Solmoe dejara marchar a su hijo de quince años sin saber si volvería.

Volvió. Volvió sacerdote, en una barca con el timón roto, para confesar de noche en coreano y decir misa sobre un arcón. Duró trece meses.

Queda la pregunta de aquella arena: qué lleva a un hombre a responder así, sabiendo lo que viene después. Su vida contesta con lo que hizo, no con un discurso. Aprendió una lengua que no era la suya para poder decir en la suya las palabras del perdón. Escribió desde la celda a los que iba a dejar otra vez sin pastor y los llamó hermanos muy amados. Y en la orilla del Han, ante los curiosos, dijo por quién moría. No por una idea. Por Jesucristo, al que su pueblo había conocido en unos libros y esperado sesenta y un años en un pan que nadie podía consagrarles.

También nosotros vivimos entre preguntas más pequeñas. No hay tribunal ni río. Hay una sobremesa en la que alguien pregunta, medio en broma, si todavía creemos en eso. Un lunes en que la fe pesa y sería más cómodo dejarla en casa. Una espera que se alarga sin respuesta, como la de aquel criado sobre el hielo. ¿Qué respondemos cuando la pregunta llega así, en voz baja, sin que nadie nos amenace?

Él dijo que sí. Con veinticinco años, con las muñecas marcadas por la cuerda, sin más.

En Mirinae la vela sigue ardiendo cuando los jóvenes se levantan y bajan por el camino de cruces. Junto al sacerdote coreano descansa el obispo francés que lo amó como a un hijo. El pueblo que pidió durante sesenta años un pastor lo enterró de noche y lo vio subir a los altares en su propia tierra. Aquella semilla enterrada en un valle de Anseong ha dado su cosecha.

Santos Andrés Kim Taegon, Pablo Chong Hasang y Compañeros, mártires de Corea, patronos del pueblo y del clero coreano y testigos de la fe, rueguen por nosotros.

Fuentes

Fuentes primarias (siglo XVIII-XIX)

  • Dallet, Charles. Histoire de l'Église de Corée, précédée d'une introduction sur l'histoire, les institutions, la langue, les mœurs et coutumes coréennes, 2 vols. París: Librairie Victor Palmé, 1874. — archive.org/details/histoiredelgli01dall
  • Kim Taegon, Andrés. Cartas (1842-1846). Archivo de las Missions Étrangères de Paris; ediciones de la Conferencia Episcopal de Corea (CBCK).
  • Chong Hasang, Pablo. Sangjaesangseo (상재상서), c. 1839. Edición de la Conferencia Episcopal de Corea (CBCK).
  • Chong Yak-chong, Agustín. Jugyo Yoji (주교요지), c. 1799.
  • Juan Pablo II. Homilía de la Misa de canonización de los mártires coreanos, Yeouido, Seúl, 6 de mayo de 1984. — vatican.va
  • Liturgia de las Horas. Oficio de lecturas, 20 de septiembre: última exhortación de san Andrés Kim Taegon.
  • Martyrologium Romanum, editio typica altera, 2004. Entrada del 20 de septiembre. — vatican.va

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Butler, Alban (eds. H. Thurston y D. Attwater). Butler's Lives of the Saints. Londres: Burns & Oates, 1956.
  • Sacred Space (Irish Jesuits). "Living Space: Sts. Andrew Kim Taegon, Paul Chong Hasang and Companions." — livingspace.sacredspace.ie/f0920s/
  • Mary, Mother of God Parish, Chicago. "Korean Martyrs Shrine." 2025. — motherofgodchicago.org/korean-martyrs.html
  • Conferencia Episcopal de Corea (CBCK). "Korean Martyr Saints" (biografías oficiales de 18 de los 103 santos). — october2019.va

Documentos y estudios eclesiásticos y académicos

  • "Rethinking the Role and Architectural Value of the St. Andrew Kim Dae-Geon Memorial Church in the Mirinae Shrine in Korea." ResearchGate, 2021.
  • "Korea, Martyrs of, Ss." New Catholic Encyclopedia, reproducido en Encyclopedia.com.
  • "Andrew Kim Taegon." Wikipedia, 2026. — en.wikipedia.org/wiki/Andrew_Kim_Taegon
  • "Korean Martyrs." Wikipedia, 2026. — en.wikipedia.org/wiki/Korean_Martyrs
  • "Paul Chong Hasang." Wikipedia, 2026. — en.wikipedia.org/wiki/Paul_Chong_Hasang
  • "Peter Yu Tae-chol." Wikipedia, 2026. — en.wikipedia.org/wiki/Peter_Yu_Tae-chol
  • "Marie-Nicolas-Antoine Daveluy." Wikipedia, 2026. — en.wikipedia.org/wiki/Marie-Nicolas-Antoine_Daveluy
  • "Claude-Charles Dallet." Wikipedia, 2026. — en.wikipedia.org/wiki/Claude-Charles_Dallet
  • "Shrine of Saint Andrew Kim." Wikipedia, 2026. — en.wikipedia.org/wiki/Shrine_of_Saint_Andrew_Kim
  • Catholic News Agency / National Catholic Register. "Who Are the Korean Martyrs?" 2023. — ncregister.com/cna/who-are-the-korean-martyrs

Iconografía

  • Mary, Mother of God Parish, Chicago. Cuadro de la canonización de 1984 (descripción iconográfica). — motherofgodchicago.org/korean-martyrs.html
  • Wikimedia Commons. Categoría "Andrew Kim Taegon" (estatuas, pinturas y grabados devocionales).

Contexto contemporáneo

  • "Leo XIV." Encyclopaedia Britannica, 2026. — britannica.com/biography/Leo-XIV
  • Vatican News. "Seoul names patron saints for WYD 2027, highlighting faith amid struggle and witness." 27 de abril de 2026. — vaticannews.va/en/church/news/2026-04/seoul-names-world-youth-day-2027-patron-saints.html
  • Catholic World Report. "Here are the patron saints of World Youth Day Seoul 2027." 27 de abril de 2026.
  • National Catholic Register / CNA. "Countdown to World Youth Day Seoul 2027 Begins." 2026. — ncregister.com/cna/countdown-to-world-youth-day-seoul-2027-begins
  • Vatican News. "Korean Church marks 200th birth anniversary of first priest, St. Andrew Kim." agosto de 2021. — vaticannews.va/en/church/news/2021-08/korea-andrew-kim-first-priest-birth-bicentenary-martyr.html

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