Devolver a Cristo amor por amor. Eso es lo único que desea Margarita María Alacoque, una religiosa de veintisiete años, de rodillas ante el Santísimo, la hostia consagrada expuesta en el altar, en la capilla de su monasterio, en Paray-le-Monial, en Borgoña. Allí Cristo le pide una fiesta en honor de su Corazón. Hoy la celebra toda la Iglesia. Pero en su propio monasterio casi nadie la cree. Unas hermanas se burlan de ella y la llaman visionaria.
Bajo llave
Aquella religiosa de Paray fue antes una muchacha que, para llegar a Misa, necesitaba tres permisos y un abrigo prestado. Vive en Lhautecour, una aldea del Charolais, al sur de Borgoña, en los años sesenta del siglo diecisiete, cuando en Francia reina Luis XIV. Desde que murió su padre, notario del rey, su madre ya no gobierna la casa, aunque sigue viviendo en ella. Quienes mandan son tres parientes, una abuela, una tía y una tía abuela, que lo guardan todo bajo llave.
Margarita había vuelto a esa casa muy enferma. De niña la habían enviado interna a un convento de monjas en Charolles, y allí empezó un mal que la tuvo unos cuatro años sin poder caminar. Como ningún remedio la curaba, la consagraron a la Virgen, y ella prometió que, si sanaba, sería algún día una de sus hijas, es decir, religiosa. Y sanó enseguida. Pero no es libre. Como todo está cerrado, a veces no encuentra qué ponerse para salir y tiene que pedir prestados un sombrero y un abrigo. La iglesia queda lejos, y para ir hace falta el permiso de las tres. Si una consiente, otra se niega, y muchas veces se queda sin ir. Entonces llora.
Y cuando la ven llorar, la acusan de haberse citado con algún muchacho y de usar la Misa como pretexto. Así que se esconde en un rincón del huerto o del establo para rezar a Dios por medio de la Virgen, y pasa allí días enteros sin comer. Al caer la tarde, gente pobre del pueblo le acerca un poco de leche o algo de fruta, y al volver a casa la riñen por haber descuidado sus tareas.
A aquellas tres mujeres no les guarda rencor. Las tiene por personas virtuosas, de las que Dios se sirve para probarla.
Su madre cae enferma de una erisipela grave, una infección que inflama la piel y abre una herida, y es Margarita quien la cuida, sola, porque nadie más en la casa se ocupa de ella. Un cirujano de paso dice que solo un milagro podrá salvarla.
El día de año nuevo, ella va a Misa y le pide a Cristo que sea él el médico de su madre. Y ella, que nunca había podido mirar una herida, se la cura cada día con sus propias manos. En pocos días la herida se cierra.
Pero la misma muchacha que reza en el establo quiere también divertirse, ahora que la salud se lo permite, sin pensar mucho en su promesa. Se adorna, busca compañía, y un año, en carnaval, se disfraza con otras jóvenes. Lo llorará toda su vida. En medio de las fiestas siente de pronto que el amor de Dios le atraviesa el corazón como con dardos encendidos, y el dolor la deja sin habla.
Una noche, al quitarse la ropa de fiesta, se le aparece Cristo desgarrado por los azotes, como en su Pasión. Le dice que la vanidad de ella lo ha puesto así, y que ella está perdiendo un tiempo del que él le pedirá cuentas. Margarita llora amargamente. Después vuelve a sus vanidades.
Morir antes que cambiar
Por esos años empiezan a llegar las propuestas de matrimonio. Para su madre, una boda es la única salida, porque cuando su hija se case podrá irse a vivir con ella. Se lo repite llorando, y le dice que una joven debe casarse a los veinte años. Las tres parientes también presionan. Para Margarita aquello es un martirio, y llega a pensar que puede librarse de otra promesa, todavía más antigua.
Hacia los cinco años, en la capilla del castillo de Corcheval, la casa de su madrina, Margarita oía Misa de rodillas. Entre las dos elevaciones, cuando el sacerdote alzaba la hostia y después el cáliz, dijo «Dios mío, os consagro mi pureza y os hago voto de perpetua castidad». No sabía qué querían decir voto ni castidad. Ahora la joven de Lhautecour se pregunta si una promesa hecha sin entenderla la obliga de verdad. Y teme también perder su alma si un día entra en un convento, porque cree que la vida religiosa pide una santidad que ella nunca alcanzará.
Un día, después de comulgar, Cristo se le muestra como el más hermoso y poderoso de todos sus pretendientes. Le pregunta cómo quiere romper con él para irse con otro, y le promete no abandonarla nunca si ella le es fiel. Una gran paz la invade. Margarita resuelve morir antes que cambiar, y pide que despidan a todos los pretendientes.
Ya ha decidido ser religiosa, pero tardará tres años en poder entrar en un convento. Uno de sus hermanos, que la quiere mucho, intenta disuadirla y la retiene en casa. Un franciscano que recorre la comarca predicando el jubileo, un tiempo especial de perdón y de confesión abierto a todos los fieles, la confiesa y después habla con su hermano. Cuando el hermano vuelve a preguntarle qué quiere, ella responde que preferiría morir antes que cambiar. Entonces él promete ayudarla y se encarga de negociar la dote, el dinero que una familia entregaba al convento al entrar una hija.
La envían a Mâcon, a casa de un tío materno cuya hija es religiosa ursulina, para que entre con ella en su convento. Margarita le dice a su prima que, si entrara allí, sería por cariño a ella, y que quiere un convento donde no conozca a nadie, para ser religiosa solo por amor de Dios. Por dentro oye una voz que no la quiere allí, sino entre las Hijas de Santa María, las religiosas de la Visitación. En aquella casa mira un retrato de san Francisco de Sales, el obispo que las fundó, y siente que el santo la llama hija suya. La niña que prometió ser un día una de las hijas de la Virgen acaba de oír el nombre de su casa.
Están a punto de abrirle la puerta de las ursulinas cuando llega aviso de que su madre está muy grave. Margarita viaja toda la noche, unas diez leguas, de vuelta a casa. Después le proponen varios conventos, y cuando le nombran el de Paray, que es de la Visitación, se le alegra el corazón.
El 25 de mayo de 1671 entra en el locutorio de ese monasterio, la sala con reja donde las religiosas reciben visitas. Nada más pisarlo, una voz le dice por dentro «Aquí es donde te quiero». Ya no quiere volver a casa sin dejar arreglada su entrada.
Un sábado de junio, el día 20, se despide de su madre. La quiere más que a nadie, y no derrama una lágrima. Al cruzar el umbral del monasterio le parece que el alma se le separa del cuerpo. Enseguida exclama que Dios la quiere allí. Tiene veintitrés años.
Sin reserva
Dios la quiere allí, pero la casa no está segura de poder quedarse con ella. Es el verano de 1671, y la recién llegada tiene que aprender lo más sencillo, cómo se reza. Se lo pide a su maestra de novicias, la religiosa que forma a las que empiezan, que le responde con una imagen. Que se ponga ante el Señor como un lienzo en blanco ante el pintor. En la oración, Margarita, a la que en el convento llaman Margarita María, entiende que el lienzo es su alma, donde Cristo quiere pintar su vida de amor, silencio y sacrificio.
Pero ella quiere dar más de lo que le piden. Busca penitencias que no le permiten, y oye a san Francisco de Sales, el fundador cuyo retrato la llamó hija en Mâcon, reprocharle que el fundamento de la Visitación es la obediencia, no las austeridades.
El 25 de agosto toma el hábito y empieza el noviciado, el tiempo de prueba antes de los votos, y con él llegan los reproches. A veces se queda absorta en Dios sin poder volver en sí, lo que en la casa llaman arrobamientos. La Visitación nació para una vida sencilla, y en la comunidad lo extraordinario inquieta. Le dicen que eso no es el espíritu de las Hijas de Santa María, y que si no renuncia a ello no la admitirán a hacer los votos.
Entonces le mandan hacer algo que en sí no tenía importancia, pero que en su familia todos aborrecían. Tanto, que al acordar su entrada su hermano había pedido que nunca se lo exigieran. Ella no cuenta qué era. La tradición dice que era algo tan sencillo como comer queso. Pero a ella le repugna hasta lo más hondo. Lucha tres días, y llega a pedir que le quiten la vida antes que faltar a la obediencia. Su maestra, al verla así, le retira aquel encargo y le dice que no es digna de cumplirlo. Margarita María pasa tres o cuatro horas ante el Santísimo, y allí Cristo le dice «No debe haber reserva en el amor».
Vuelve al noviciado, se arrodilla ante su maestra y le pide por compasión que la deje obedecer. Lo consigue. Pero la repugnancia no se marcha con aquella victoria. La siente una y otra vez durante unos ocho años.
A medida que se acerca el día de sus votos, la comunidad sigue temiendo que no tenga el espíritu de la Visitación. Para el retiro de oración en silencio que la prepara, la mandan al huerto, a cuidar de una burra y su pollino. Los días previos a entregarse a Dios para siempre los pasa vigilando que dos animales no se metan donde no deben.
Allí, entre los avellanos, Cristo le dice que vaya a decir a su superiora que él responde por ella, y que ajustará sus dones a la Regla, las normas de vida de la casa, y a la voluntad de sus superioras.
El 6 de noviembre de 1672, Margarita María hace sus votos, y se queda con esa promesa, que nada de lo que Dios le dé la apartará de la obediencia.
Y por ti en particular
Lo que Cristo le tiene preparado llega ante el Santísimo, y llega primero como amor. Es el 27 de diciembre de 1673, fiesta de san Juan, el discípulo que en la Última Cena apoyó la cabeza sobre el pecho de Jesús. En la capilla de la Visitación de Paray, Margarita María aprovecha un poco de tiempo libre para rezar de rodillas ante la Eucaristía, y siente que la presencia de Dios la penetra por entero.
Cristo la hace reposar largo rato sobre su pecho, como a san Juan en la Cena. Antes de pedirle nada, le dice «Mi divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular…». Ese Corazón ya no puede contener sus llamas, necesita derramarlas, y quiere hacerlo por medio de ella.
Después le pide el corazón, y ella le suplica que lo tome. Entonces ve su propio corazón dentro del de Cristo, como un pequeño átomo que se consume en aquel horno encendido. Él se lo devuelve convertido en una llama, le anuncia que le quedará un dolor en el costado y le da el nombre de discípula amada de su Corazón. De aquella oración sale sin ninguna duda de que viene de Dios.
Meses después, el Santísimo está expuesto sobre el altar en la custodia, la pieza donde se muestra la hostia. Se le presenta Jesucristo todo radiante de gloria, con sus cinco llagas, que brillan como cinco soles. De su pecho salen llamas, como de un horno, y el pecho se abre y le descubre el Corazón. Ahora el amor trae una herida. De los hombres, le dice, no recibe sino ingratitud y desprecio. Eso, añade, le duele más que todo lo que sufrió en su pasión.
Solo entonces llegan las peticiones. Cristo quiere que comulgue tan a menudo como se lo permitan sus superioras, y sobre todo el primer viernes de cada mes. En la Francia de entonces mucha gente dejaba de comulgar, porque no confiaba en el perdón de Dios y veía la comunión como un premio reservado a los perfectos. Le pide también que se levante cada noche del jueves al viernes, de once a medianoche, para acompañarle postrada en su tristeza del huerto de los Olivos, la noche de su agonía antes de la Pasión. Esa hora de oración es la que hoy se llama Hora Santa. Y le advierte que no haga nada sin la aprobación de quienes la guían.
Desde hace generaciones, en parroquias de todo el mundo, hay fieles que comulgan nueve primeros viernes de mes seguidos confiando en la que llaman la Gran Promesa. Según los escritos de Margarita María, Cristo prometió que quien lo haga no morirá lejos de Dios.
Pero entonces, en su monasterio, ni los viernes ni la noche del jueves dependen de ella. Temblando, lo presenta todo a su superiora, que la humilla y no le concede ni una sola de esas cosas. Margarita María obedece, como Cristo mismo le había advertido.
Cae enferma. La fiebre vuelve a atacarla más de sesenta veces. La superiora le ordena entonces pedir a Dios la salud, como señal de que aquello viene de él. Ella la pide, y la recupera. Y ve a la Virgen, que le promete su protección.
He aquí al que te envío
En medio de las críticas y de las dudas, Cristo le había prometido enviarle a su fiel servidor y perfecto amigo, alguien que le enseñaría a conocerle y a abandonarse a él sin más resistencia. Unos meses después llega a Paray Claudio La Colombière, un jesuita de treinta y cuatro años al que acaban de nombrar director del colegio que su orden tiene en la pequeña ciudad. Sus superiores lo han enviado sabiendo que allí una religiosa vive en una angustiosa incertidumbre. Es la Cuaresma de 1675. Para Margarita María está en juego saber por fin si lo que vive viene de Dios, porque los teólogos que ha podido consultar solo le han aumentado el miedo a engañarse.
Un día el jesuita habla a la comunidad. Mientras ella lo escucha, oye que Cristo le dice por dentro «He aquí al que te envío».
Poco después, Margarita María se arrodilla ante el jesuita para confesarse. El padre no la conoce y, aun así, la retiene largo rato, como si supiera lo que pasa en ella. Ella no se atreve a abrirse, y se marcha al cabo de hora y media. Vuelve otro día y le confiesa lo mucho que le cuesta hablarle. Él responde que se alegra de haberle dado ocasión de ofrecer un sacrificio a Dios. Entonces Margarita María le abre el alma entera.
El padre Claudio le asegura que no hay nada que temer de lo que ella vive, porque no la aparta de la obediencia. Le enseña a recibir los dones de Dios con humildad y con gratitud, y va también a tranquilizar a la superiora. Por primera vez, alguien que la ha escuchado de verdad la cree.
Así llega junio. Es la octava del Corpus, los ocho días que siguen a la fiesta de la Eucaristía, y Margarita María está de rodillas ante el Santísimo. Siente que Dios la colma de dones, y con ellos le nace el deseo de corresponderle en algo. Cristo le dice que ella no puede darle mayor prueba de amor que hacer lo que tantas veces le ha pedido. Luego le descubre su Corazón y le dice «He ahí este Corazón, que ha amado tanto a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor».
A cambio, le dice, ese Corazón recibe sobre todo ingratitud, irreverencias y frialdad en la Eucaristía, el sacramento de su amor. Lo que más le duele es que lo traten así corazones que se le han consagrado. Por eso le pide una fiesta para honrar su Corazón el viernes siguiente a esa octava. Ese día se comulgará y se hará un acto de reparación, que es devolver amor a quien ha sido herido por la indiferencia, como quien acompaña a un amigo al que todos han dejado solo. Sobre quienes lo honren así, promete derramar su amor.
Ella responde que no sabe cómo hacerlo. Cristo la envía al fiel servidor que le había prometido, el padre Claudio. El jesuita la escucha y le manda ponerlo todo por escrito.
Las hermanas que compartieron con ella aquellos años recordaban un día en que el padre Claudio celebraba la Misa de la comunidad. Cuando Margarita María se acerca a comulgar, Cristo le muestra su Corazón como una ardiente hoguera, y otros dos corazones que se hunden en él. Y le dice «Así es como mi puro amor une estos tres corazones para siempre». Quiere que ella y el padre sean como hermano y hermana, con igual parte en los dones que Dios dé a cada uno.
Fuera de la capilla, esa confianza tiene un precio. En la comunidad empiezan a decir que Margarita María engaña al padre Claudio con sus ilusiones, pero él no la abandona.
¿No te basto yo?
Aun así, en septiembre de 1676, el padre Claudio deja Paray. Sus superiores lo envían a Londres como predicador de la duquesa de York, en la corte de Inglaterra.
Margarita María se queda sin el padre que la ha escuchado y la ha tranquilizado. Durante más de un año ha tenido a alguien que no la tomaba por una mujer que se engaña con lo que imagina. Ahora vuelve a estar sola en una casa que duda de ella. Mientras le duele esa ausencia, oye que Cristo le pregunta «¿No te basto yo?».
Al otro lado del mar, el padre Claudio dedica unos días de febrero de 1677 a un retiro en Londres. En sus notas escribe que Dios quiere servirse de él para dar a conocer la devoción que le confió una persona a quien Dios habla en confianza. Añade que ya la ha dado a conocer a muchas personas. No escribe su nombre, pero esa persona es Margarita María. El sacerdote del que en Paray decían que se dejaba engañar hace suyo, lejos de allí, el mensaje de aquella religiosa.
A finales de 1678 lo alcanza una acusación falsa de conspiración católica. Pasa tres semanas en una prisión de Londres, y lo expulsan de Inglaterra con los pulmones enfermos.
Vuelve a Francia, y ya no se recupera. Al agravarse, lo envían de nuevo a Paray. En una de sus últimas cartas a Margarita María, él llama a esa enfermedad una de las mayores misericordias que Dios ha tenido con él.
El padre Claudio muere en Paray el 15 de febrero de 1682, primer domingo de Cuaresma. Tiene cuarenta y un años.
Margarita María guarda una memoria agradecida del hombre al que Cristo quiso unirla como a un hermano. Dice que su talento era llevar las almas a Dios. Y dice también que aquella devoción al Corazón de Jesús, que él recibió de ella y defendió cuando tantas dudaban, lo elevó en la gloria más que todo lo que hizo en su vida.
La visionaria
Margarita María ya había aceptado vivir entre quienes no la creen. Un día, Cristo le había puesto delante dos caminos.
En una mano le muestra el retrato de una vida religiosa feliz, con salud y con la estima de todos. En la otra, el de una vida pobre y crucificada. Le dice que elija, y que en cualquiera de las dos le dará los mismos dones. Ella le responde que solo lo quiere a él. Entonces Cristo elige por ella la vida crucificada, y Margarita María besa la mano que se la ofrece.
Esa vida le llega por el camino más cercano, el de sus propias hermanas. En una comunidad que desde que ella llegó desconfía de lo extraordinario, una religiosa que dice ver a Cristo y oír su voz resulta sospechosa. Hermanas y superioras la tienen por visionaria, alguien que toma por verdad lo que imagina y se aferra a sus ilusiones. Unas no le creen. Otras se burlan.
Algunas llegan más lejos y la creen poseída, dominada por el demonio. La rocían con agua bendita, el agua que la Iglesia bendice también para alejar el mal, y rezan sobre ella para expulsar al espíritu maligno. Ella no se aparta. Mientras rezan, oye que Cristo le dice que ama el agua bendita y que ama la cruz. Y decide aceptar con humildad todas las pruebas.
Las pruebas también vienen de quien gobierna la casa. La nueva superiora, la Madre Greyfié, examina con cuidado lo que vive Margarita María. El último día de 1678 hace de notaria, la persona que pone por escrito un acto solemne y da fe de él. Con forma de testamento, redacta la donación en la que Margarita María entrega a Cristo todo lo que tiene. Y Cristo, a su vez, la nombra heredera de su Corazón.
Margarita María quería mucho a aquella superiora, porque la ayudaba a renunciar a su propio gusto.
Más tarde, la misma superiora le pone una prueba que parece pedir lo imposible. Margarita María casi nunca está bien cuatro días seguidos. Como antes la otra superiora, la Madre Greyfié le ordena pedir a Dios la salud como prueba de que lo que vive viene de Dios, ahora durante cinco meses seguidos. La salud le dura los cinco meses, y se le alarga hasta el final de 1683.
Un pequeño dibujo a tinta
Desde 1684, la religiosa a la que tantas llamaban visionaria es maestra de novicias. Lleva un año con ellas y todavía no ha encontrado cómo empezar a honrar el Corazón de Jesús, como Cristo le pidió en la octava del Corpus.
El 20 de julio de 1685 es la fiesta de santa Margarita, la santa de su nombre, y ese año cae en viernes, el día que Cristo había unido a su Corazón. Las novicias le han preparado unos pequeños honores. Ella les pide que esos honores no sean para ella, sino para el Sagrado Corazón. Así que levantan un altarcito, ponen en él un pequeño dibujo a tinta del Corazón divino y se arrodillan delante, unas pocas muchachas alrededor de un papel.
La noticia corre por la casa, y la casa reacciona como venía reaccionando desde el noviciado de Margarita María, con recelo ante lo que se sale de lo acostumbrado. La acusan de querer introducir una devoción nueva. La humillan a ella y también a las novicias. La superiora le prohíbe poner la imagen en un lugar donde se vea, y solo le permite honrarla en privado.
Las amenazas suben de tono. Llegan a decirle que la encerrarán y que la llevarán ante un cardenal, un poderoso hombre de Iglesia que vivía entonces en Paray. Todo por un dibujo. Margarita María, en cambio, nunca ha tenido tanta paz ni tanta alegría como en esos días. En medio de la tormenta oye que Cristo le dice «No temas, reinaré a pesar de mis enemigos».
El cambio viene de quien menos se espera. La Madre Greyfié, la superiora que tanto la había probado, gobierna ahora otro monasterio de la orden. Allí se consagra con toda su comunidad al Corazón de Jesús, y le envía a Margarita María una copia de esa imagen. En Paray, la noticia pesa. La hermana que más se había opuesto, amiga suya desde el noviciado, piensa que si una superiora tan fiel a la Regla lo ha hecho, ya no hay por qué dudar. El viernes después de la octava del Corpus de 1686, las hermanas encuentran en el coro un altarcito con esa imagen y una nota que las invita a consagrarse. Esta vez se arrodillan todas, las mayores y las jóvenes, y Margarita María y su amiga se abrazan. Entonces deciden levantar en el huerto una capilla dedicada al Corazón de Jesús.
Mientras tanto le llega otra orden, y esta toca una de las cosas que más le cuestan, escribir sobre sí misma. El jesuita que entonces guía su alma le manda poner por escrito su vida y le prohíbe quemar nada antes de que él lo examine. Ella obedece.
Página a página van entrando la casa de Lhautecour, la reja del locutorio, la oración ante el Santísimo en que vio su corazón dentro del de Cristo. Así nace la historia de su vida escrita de su propia mano, un cuaderno de sesenta y cuatro páginas. Queda sin terminar, porque en otoño de 1686 ese jesuita se marcha de Paray sin haberlo leído. Ella guarda el cuaderno en un armario y lo cierra con llave.
La llave del armario
El cuaderno sigue en su armario, cerrado con llave, cuando el cuerpo de Margarita María empieza a ceder. En julio de 1690, muy enferma, comienza un último retiro para prepararse a morir. El 9 de octubre una fiebre la obliga a guardar cama en la enfermería, y el médico dice que no hay remedio.
Las hermanas la acompañan. Una noche, con la fiebre muy alta, Margarita María les dice «Ay, me abraso. ¡Si fuera de amor divino, qué consuelo!». Les pide que rueguen a Dios que la perdone. Les pide también que lo amen con todo el corazón, para reparar el amor que ella no le ha dado. Y en medio del ardor se le escapa una exclamación, «¡Qué dicha amar a Dios!».
Le ofrecen alivios y los rehúsa todos. Una y otra vez repite un versículo de los salmos, el que dice a Dios que en el cielo solo lo tiene a él y que fuera de él nada desea en la tierra.
Pero hay algo que todavía no ha soltado. Teme que, cuando muera, la honren. Llama a la religiosa que la cuida en la enfermería, y le pide que escriba al jesuita que le mandó contar su vida, para que queme las cartas que ella le envió. Luego le suplica algo más. Que queme el cuaderno guardado en el armario.
La enfermera no la obedece en eso. Le dice que sería más perfecto entregar la llave del armario a la superiora y sacrificar así su propia voluntad.
Para Margarita María es renunciar a lo último que quería guardar oculto. Le cuesta mucho.
Entrega la llave.
En la casa de Lhautecour, las llaves de aquellas tres parientes le cerraron todo durante años. La última llave de su vida la pone ella misma, libremente, en otras manos.
El 17 de octubre, al caer la noche, llega el sacerdote para darle la Unción de los enfermos, el sacramento con el que la Iglesia unge y encomienda a Dios a los que están muy graves. Las hermanas rezan alrededor de la cama.
Mientras la ungen, Margarita María murmura los nombres de Jesús y de María.
Hacia las ocho de la tarde, muere. Tiene cuarenta y tres años.
A la mañana siguiente, por las calles de Paray, la gente repite una misma frase, «¡La santa ha muerto!».
La llave quedó en manos de la superiora, y el fuego nunca tocó aquellas páginas. El cuaderno que Margarita María quiso quemar se conserva en Paray, escrito de su puño y letra, y en él sigue hablando la mujer a la que casi nadie creyó.
Amor por amor
Lo que Paray repitió por sus calles la mañana después de su muerte, la Iglesia lo dirá despacio, a lo largo de más de dos siglos. La fiesta llega primero.
La fiesta que Margarita María oyó pedir ante el Santísimo, el viernes después de la octava del Corpus, se concede al principio a muy pocos, antes de que nadie apruebe sus escritos. En 1856 Pío IX extiende esa fiesta a toda la Iglesia, porque así se lo piden los obispos de Francia y de casi todo el mundo católico. La Iglesia hace suyo el centro de lo que ella vio, un amor que pide ser correspondido, y no obliga a nadie a creer cada detalle como verdad de fe.
Mientras tanto avanza su causa, el largo examen con que la Iglesia estudia una vida antes de proponerla a todos. Ya en el verano de 1830 abren su tumba en Paray, y durante ese examen se registran dos curaciones instantáneas.
Pío IX la declara beata en 1864, es decir, permite que se la honre públicamente en la Iglesia. Benedicto XV aprueba después los milagros que se le atribuyen y, el 13 de mayo de 1920, la proclama santa para toda la Iglesia. Es la misma religiosa de la que sus hermanas se reían llamándola visionaria.
Más de trescientos años después de su muerte, un relicario con huesos suyos, una clavícula y una costilla, llega al monasterio de la Visitación de Ciudad de México. Las religiosas, hijas de la misma orden que la recibió en Paray, lo colocan en su coro. Desde las seis de la mañana rezan con ella por la Visitación y por la paz de su país, y lo acompañan con veladas y con horas santas, como la que Cristo le pidió en la noche del jueves. Sus reliquias han recorrido también parroquias y monasterios de América Latina y de España.
Y en Paray, junto al coro donde ella se arrodilló ante el Santísimo, hay una capilla pequeña. Allí los peregrinos se arrodillan ante una urna. Lo que ven es una figura de cera vestida con el hábito de la Visitación, y debajo de ella reposan casi todos sus huesos.
Quién creería a aquella mujer tímida fue la pregunta de toda su vida. Lo que ella devolvió de rodillas a un Corazón que pedía ser amado, se lo devuelven ahora, sin decir nada, los que llegan hasta su urna.
Santa Margarita María, de rodillas ante el Santísimo quisiste devolver a Cristo amor por amor. Seguiste obedeciendo cuando casi nadie te creía. Pide para nosotros el espíritu con que Dios te enriqueció, para que conozcamos la caridad de Cristo, que supera todo conocimiento. Acompaña a los enfermos que no encuentran alivio, a los que no son creídos y a los que velan solos en la noche. Enséñanos, como a ti, a no poner reservas en el amor. Ruega por nosotros. Amén.





