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FIDES VIVA

14 de octubre

San Calixto I, papa

El papa de las catacumbas, antes esclavo y condenado a las minas

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Capítulos
  1. 0:00El dinero de las viudas
  2. 4:47La lista de Cerdeña
  3. 7:24El cementerio de todos los hermanos
  4. 10:33Un solo Dios
  5. 13:33El arca
  6. 17:24Mártir
  7. 20:32Al pie de la escalera
  8. 23:13Vuelta a Cerdeña

La carta de libertad llegó a las minas de Cerdeña con una lista de cristianos condenados, y en ella faltaba el nombre de Calixto. Los demás fueron saliendo, uno tras otro. Él se puso de rodillas y, llorando, suplicó que también lo soltaran. El anciano que había traído la carta habló por él, y el gobernador cedió.

Esa escena la guardó Hipólito, el hombre que más combatió a Calixto. Aquel condenado de las minas llegaría a ser obispo de Roma, y el mismo Hipólito lo acusó entonces de recibir otra vez a los pecadores arrepentidos y a los que otros habían expulsado. El hombre que rogó no quedarse fuera de una lista cargó, como obispo, con la acusación de no dejar fuera a nadie.

El dinero de las viudas

Tal como lo cuenta Hipólito, la caída empezó con dinero ajeno, en la Roma del emperador Cómodo, a finales del siglo segundo. Lo que estaba en juego eran los ahorros de gente sencilla.

Calixto era esclavo de Carpóforo, un cristiano de la casa del emperador. Su amo le entregó una suma considerable «por ser de la fe» y le encargó que la hiciera rendir con un banco.

El banco se abrió en la Piscina Publica, una zona del sur de la ciudad. Hasta allí llegaron viudas y hermanos, como se llamaban entre sí los cristianos. Dejaron sus depósitos a Calixto, convencidos de que los ponían en manos de Carpóforo.

Calixto lo perdió todo. Alguien avisó al amo, y Carpóforo le pidió cuentas.

La respuesta fue una huida hacia el mar. En Porto, el puerto de Roma, Calixto subió a un barco a punto de zarpar. Carpóforo salió tras él. La nave seguía anclada en medio del puerto, y el barquero tardaba en moverse. Desde cubierta, el esclavo vio a su amo llegar al muelle. Entonces se lanzó al agua.

Los marineros bajaron a los botes y remaron hacia él, mientras en tierra la gente gritaba. Lo sacaron del mar empapado. Carpóforo lo llevó de vuelta a Roma y lo encerró en el molino de castigo. Allí se mandaba a los esclavos a empujar la rueda de piedra que molía el grano.

La puerta del molino se abrió por la insistencia de unos hermanos. Fueron a ver a Carpóforo y le pidieron que dejara salir a Calixto, porque este decía que algunas personas le debían dinero. Muchos de los que hablaban por él lloraban por los depósitos que habían perdido. Carpóforo cedió.

Las primeras manos que se tendieron hacia el esclavo caído fueron las de quienes habían perdido su dinero en aquel banco.

Salió sin nada con qué pagar. Un sábado entró en una sinagoga de Roma, diciendo que iba a ver a quienes tenían su dinero. Los judíos de la ciudad tenían reconocido el derecho de leer sus leyes en público, y estaban reunidos para hacerlo. Estalló un tumulto y, según cuenta Hipólito, salió de allí golpeado.

Lo llevaron ante Fusciano, el prefecto de Roma. Los judíos lo acusaron de haberles impedido leer sus leyes «diciendo que es cristiano».

Carpóforo acudió al tribunal y le habló al prefecto. «Te ruego, señor Fusciano, no le creas, porque no es cristiano, sino que busca ocasión de morir.»

Los acusadores insistieron. Fusciano mandó azotarlo y lo condenó a una mina de Cerdeña. Eran años de una persecución que iba y venía, y en aquella mina había otros cristianos condenados. El amo había negado que Calixto fuera cristiano, y aun así fue a parar junto a ellos.

Hipólito llama a aquella condena, con burla, el «martirio» de Calixto. Pero quien sufre así por el nombre de Cristo y sobrevive tiene en la Iglesia otro nombre, confesor de la fe.

Azotado y condenado, Calixto partió hacia la isla de las minas.

Lejos de las minas, una mujer muy cercana a Cómodo estaba a punto de pedir la lista de aquellos condenados.

La lista de Cerdeña

Aquella mujer era Marcia, que compartía la vida del emperador y, según Hipólito, amaba a Dios. Quería hacer una obra buena, y eligió la libertad de los cristianos condenados en Cerdeña.

Para eso necesitaba sus nombres. Se los pidió al obispo de Roma, Víctor. Con la lista en la mano, Marcia obtuvo de Cómodo una carta que dejaba libres a los que estaban en ella.

En la lista de Víctor estaban los hermanos que trabajaban en las minas de la isla. Faltaba uno. El nombre de Calixto se había quedado fuera.

Jacinto, ya anciano, cruzó el mar con la carta y se la entregó al gobernador de la isla, que dejó libres a todos los que estaban en la lista.

A los que se marchaban libres, Hipólito sí los llama mártires, como llamaban los cristianos a los testigos de Cristo. Esta vez lo dice sin ninguna ironía.

Calixto seguía en la mina. Se volvió hacia Jacinto, el anciano que había traído la carta. Cayó de rodillas delante de él y, entre lágrimas, le rogó que lo dejaran ir también.

Jacinto se dejó vencer por sus ruegos. Fue al gobernador y pidió la libertad de aquel hombre que la carta no nombraba, asegurándole que Marcia se lo había permitido. El gobernador cedió. Calixto salió de las minas detrás de los otros.

Primero habían sido los hermanos que lloraron por él ante Carpóforo. Ahora era un anciano que intercedía por quien no estaba en la lista.

Quedaba Roma. El regreso de Calixto le pesó a Víctor. En palabras de Hipólito, el obispo «se apenó mucho por lo ocurrido, pero como era hombre compasivo, no tomó ninguna medida».

Tampoco lo dejó a su suerte. Lo mandó a vivir a Anzio, en la costa, lejos de la ciudad, y le asignó una pensión mensual para mantenerse.

Así, aquella vez, la misericordia tuvo la forma de una pensión cada mes y de un lugar junto al mar. Calixto vivió en Anzio mientras Víctor gobernó a los hermanos de la ciudad.

Cuando Víctor murió, Roma tuvo un nuevo obispo, Ceferino. Y Ceferino mandó a buscar al hombre de Anzio.

El cementerio de todos los hermanos

De lo que cambió en él entre la mina y Anzio, las fuentes no dicen nada. Lo que cuentan es lo que hizo después. El hombre de la costa no volvió a Roma para quedarse al margen. Ceferino lo tomó como colaborador en el cuidado del clero, es decir, de los que servían a los hermanos en nombre del obispo. Después le dio un encargo más. El cementerio de la comunidad quedó en sus manos.

Hasta entonces la Iglesia lo había sostenido de lejos. Ahora, al que había perdido los ahorros de las viudas se le confiaba el cuidado del cementerio de la Iglesia de Roma.

La Iglesia lo recuerda en esos años como diácono, uno de los ministros que asistían al obispo en el servicio de la comunidad. Era el hombre que había vuelto de un largo destierro en Cerdeña.

Calixto bajó al cementerio de la vía Apia. Bajo los campos se abrían galerías excavadas en la toba, una piedra volcánica blanda que se deja cortar. En las paredes se alineaban los nichos, uno encima de otro, cerrados con lápidas. La única luz era la de una lámpara de aceite de barro.

Aquel cementerio no pertenecía a una familia ni a un gremio. Era de toda la comunidad y estaba abierto a todos los hermanos. El hombre que había empujado la muela del molino y había bajado a la mina trabajaba otra vez bajo tierra, ahora para los difuntos de su Iglesia.

Los hermanos que dejaban allí a sus muertos esperaban la resurrección que Cristo había prometido. Cuidar aquellas tumbas era esa misma fe convertida en trabajo de cada día. Es la misma esperanza con que todavía se reza ante la tumba de alguien querido.

A lo largo de las galerías se abrieron unas cámaras pintadas en las primeras décadas del siglo tercero. Las llaman las cámaras de los Sacramentos, y guardan algunas de las pinturas más antiguas de las catacumbas. Con el tiempo, en la cripta de ese mismo cementerio recibirían sepultura casi todos los obispos de Roma de aquel siglo.

El lugar lleva todavía hoy su nombre, la catacumba de San Calixto, porque él la custodió para todos. Aquel esclavo llegaría a ser papa, y por eso hoy tantos lo conocen como el papa de las catacumbas.

Cada 14 de octubre, la oración de la Misa se dirige a Dios, que llamó al papa san Calixto a servir a la Iglesia y a promover la piedad por los fieles difuntos. Y le pide que el testimonio de la fe de Calixto nos fortalezca.

Ceferino murió, y los hermanos de Roma eligieron a Calixto para sucederlo como obispo de Roma. Entre los presbíteros, los sacerdotes que formaban el consejo del obispo, hubo uno que se negó a reconocerlo.

Un solo Dios

Aquel presbítero era Hipólito, un teólogo que escribía en griego. Hacia el año 217, cuando Calixto tomó el gobierno de la Iglesia de Roma, Hipólito rompió con ella de inmediato.

Un pequeño grupo lo eligió obispo frente al de Roma. La Iglesia llama antipapa a quien ocupa ese lugar, un obispo alzado por unos pocos frente al obispo legítimo. Para Hipólito, la mayoría de los cristianos de la ciudad formaban ahora «la escuela de Calixto».

La mano que había guardado la súplica de Calixto de rodillas era la mano de su rival. Dos hombres que habían servido a la misma Iglesia ya no compartían la mesa del Señor.

La ruptura venía de antes. Ya en los años de Ceferino, cuando Calixto era su diácono, en Roma se discutía sobre Dios mismo. Si Dios es uno solo, ¿quién es Jesucristo ante el Padre? Unos, por defender que Dios es uno, borraban la diferencia entre el Padre y el Hijo, como si fueran dos nombres para uno solo.

Uno de los que enseñaban así era Sabelio. Ya obispo, Calixto lo excomulgó, es decir, lo apartó de la comunión de la Iglesia.

Hipólito estaba en el otro extremo. Distinguía al Hijo del Padre con tanta fuerza que Calixto lo acusó, a él y a los suyos, de creer en dos dioses. Las palabras con que el obispo de Roma se defendió llegaron por un camino inesperado. Las guardó su propio rival, que las citaba para acusarlo. Calixto lo dijo con estas palabras.

«No profesaré creer en dos dioses, Padre e Hijo, sino en uno.»

Hipólito no aceptó esa respuesta. Acusó a Calixto de mezclar la doctrina de Sabelio con otros errores, de decir con otras palabras lo mismo que había condenado.

Los hechos dibujan otra figura. El obispo había apartado de la comunión al que confundía al Padre con el Hijo. Y había rechazado también al que parecía separarlos hasta hacer de ellos dos dioses. Entre los dos extremos, todo apunta a que se mantuvo en la fe de la Iglesia, que adora a un solo Dios y confiesa a Jesucristo como el Hijo del Padre.

Aquella disputa dividió a una comunidad que enterraba a sus muertos en las mismas galerías. Las palabras pesaban porque de ellas dependía a quién se rezaba.

Sin embargo, la acusación más dura de Hipólito no trataba de Dios. Trataba de los pecadores, y de la puerta por la que Calixto los dejaba volver.

El arca

Hipólito llevó la cuenta de cada reproche. El primero tocaba a los penitentes, los cristianos que, después de un pecado grave, cumplían el tiempo de penitencia que la Iglesia pedía antes de readmitirlos. Calixto los recibía de nuevo en la comunión. Volvían a la mesa del Señor, junto a sus hermanos.

Recibía también a quienes otros grupos habían echado de sus asambleas, y el obispo de Roma no les cerraba la puerta.

Los otros reproches iban en la misma dirección. Calixto admitía en el clero a hombres casados más de una vez y permitía que una mujer de rango tuviera por esposo a un hombre libre o esclavo, aunque la ley no reconociera esa unión.

Calixto defendía esa manera de gobernar, y la defendía con la Escritura. Hablaba del arca de Noé. Dentro, mientras el agua cubría la tierra, viajaban perros, lobos y cuervos. Viajaban animales puros e impuros, todos bajo el mismo techo de madera. La Iglesia, decía, es esa arca.

Recordaba también una parábola de Jesús. Un hombre siembra trigo en su campo, y de noche un enemigo siembra cizaña entre el trigo. Los criados quieren arrancarla. El dueño les dice que dejen crecer las dos cosas juntas hasta la cosecha, porque entonces se separará una de otra.

Y repetía la pregunta del apóstol Pablo a los cristianos de Roma, ¿quién eres tú para juzgar al siervo ajeno? Ante su propio señor se mantiene en pie o cae.

Muchos años antes, un esclavo había sido sacado del agua en Porto. Unos hermanos que habían perdido sus ahorros pidieron que saliera del molino. En una mina, un anciano se arriesgó por él, y en Roma un obispo apenado prefirió no castigarlo. El arca que Calixto describía ante su acusador ya lo había llevado a él.

La misma puerta tenía enemigos al otro lado del mar. En Cartago, en la costa de África, vivía Tertuliano, un cristiano que había defendido la fe con sus escritos y que ya se había apartado hacia una disciplina mucho más dura. Se burló del edicto de un obispo al que llamaba con sorna «Pontífice Máximo, obispo de los obispos». El edicto, en cambio, hablaba en serio, y Tertuliano copió sus palabras para atacarlas.

«Yo perdono los pecados de adulterio y de fornicación a quienes han cumplido la penitencia.»

Es decir, quien había caído y había hecho penitencia podía volver a la comunión de la Iglesia. El edicto no lleva nombre, y quién lo dio sigue siendo una pregunta abierta, porque unos piensan en el obispo de Roma y otros en Agripino, el obispo de Cartago.

Lo que Tertuliano atacaba era lo mismo que Hipólito reprochaba en Roma. Los dos se oponían a que la Iglesia recibiera de nuevo, tras la penitencia, a quien había cometido ciertos pecados.

La Iglesia no los siguió. Mantuvo abierta la puerta que aquellos dos críticos querían cerrar, y siguió recibiendo, después de la penitencia, a quien volvía a casa.

Calixto gobernó la Iglesia de Roma unos cinco años, y murió sin que sepamos con certeza cómo. A Roma le quedaba decidir con qué nombre iba a recordarlo.

Mártir

Su muerte llegó en un tiempo extraño. Hacia el año 222 gobernaba el emperador Alejandro Severo, y los cristianos de la ciudad vivían un tiempo de relativa paz.

Por eso la muerte de Calixto tiene algo de enigma. En Trastevere se habla de un motín de paganos, de una multitud que se habría vuelto contra él.

Lo que la Iglesia hizo con su memoria, en cambio, quedó escrito.

En el siglo cuarto, la Iglesia de Roma llevaba un calendario en el que anotaba a sus mártires y el día en que celebraba su memoria. Junto al 14 de octubre aparece una línea muy corta.

«Callisti in via Aurelia miliario III». Calixto, en la vía Aurelia, a tres millas de la ciudad.

Calixto es el primer obispo de Roma inscrito en esa lista de mártires. La Iglesia lo tuvo por mártir, es decir, por testigo de Cristo hasta dar la vida, y todavía hoy lo celebra así.

Hipólito había usado esa palabra con burla, para la condena de un esclavo a las minas. Ahora la escribía la Iglesia de Roma, sin ironía y en su propio calendario.

Una sola línea no bastaba a los fieles. Mucho tiempo después, alguien contó su muerte en un relato largo, lleno de nombres y de prodigios, que hoy se lee como leyenda.

En ese relato, el cónsul Palmacio acusa a los cristianos, y los soldados que van a buscar a Calixto se quedan ciegos al entrar donde está. Una vestal, una de las vírgenes consagradas al fuego sagrado de Roma, ve el prodigio y proclama al «Dios de Calixto».

Vencido por lo que ve, Palmacio pide el bautismo, y Calixto lo bautiza.

Ese mismo relato cuenta que mataron a un presbítero de Roma, Calepodio, y arrojaron su cuerpo al Tíber. Unos pescadores lo sacan del agua y Calixto lo entierra. Hoy ese nombre, Calepodio, lo lleva el cementerio donde se encontró la tumba del propio Calixto.

Después llega su propia hora. Lo encierran en una cárcel, y allí, en la oscuridad, Dios lo conforta con una visión. Un soldado se acerca al prisionero, y el prisionero lo cura.

Al final lo llevan hasta un pozo.

Y lo arrojan dentro.

Así termina el relato antiguo. Siglos más tarde, junto a su tumba, alguien pintó esa escena en la pared. En el fresco, el obispo cae al pozo con una piedra atada al cuello.

Ese fresco no está en la vía Apia, en el cementerio que se conoce por su nombre. Está junto a una escalera, en otra calzada de Roma.

Al pie de la escalera

La otra calzada es la vía Aurelia, la que salía de Roma por el lado de Trastevere. A esa misma distancia que anotó el calendario de los mártires, los cristianos del barrio tenían su propio cementerio, probablemente el más antiguo de aquellos caminos. Hoy lleva el nombre de Calepodio, el presbítero que el relato antiguo saca de las aguas del Tíber.

Allí está, por tanto, el lugar donde descansó Calixto. Lo pusieron entre los suyos, los cristianos de Trastevere. Su tumba quedó al pie de la escalera primitiva, la más antigua de las que bajaban a las galerías.

Sus restos no se quedaron en la vía Aurelia. Siglos después subieron hasta Trastevere, a la basílica que el papa Julio había levantado «junto a Calixto», la que hoy se llama Santa María en Trastevere. Allí se veneran sus reliquias.

A pocos pasos, en la pequeña iglesia que lleva su nombre, los fieles se acercan a un pozo. Ante su brocal, la gente de Trastevere reza al obispo que, en el relato de su martirio, fue arrojado allí dentro.

Lejos de esas oraciones, las galerías de la vía Aurelia se fueron arruinando. La escalera y la tumba quedaron olvidadas bajo el polvo y los derrumbes.

Desde los años sesenta del siglo veinte, unos excavadores volvieron a bajar por aquella escalera. Al pie de los peldaños apareció la tumba. En la pared quedaban fragmentos del fresco del pozo. Y junto a la sepultura, un fiel había grabado unas letras en la piedra.

«Sancto Callisto Alfius votum solvit». Alfio cumplió su promesa a san Calixto.

Esa inscripción no dice qué le pidió. Dice que rezó junto a esta tumba, que prometió algo si era escuchado, y que volvió para cumplirlo. Es una oración con nombre propio.

Una vez, en Cerdeña, un condenado se arrodilló para suplicar. Junto a la tumba de Calixto, otro hombre había dejado el recuerdo de una promesa cumplida.

Su tumba estaba en la vía Aurelia, pero el cementerio que había custodiado en la vía Apia siguió recibiendo a los obispos de Roma de su siglo. Uno de ellos, un sucesor suyo, llegaría de muy lejos, de la misma isla de las minas. Y no llegaría solo.

Vuelta a Cerdeña

Aquel regreso tenía detrás una herida larga, porque la división no había terminado con la muerte de Calixto. Hipólito siguió al frente de su pequeño grupo. Durante años, los cristianos de Roma tuvieron dos pastores que no compartían la misma mesa.

Aquella división se cerró en tiempos de un destierro. En el año 235, bajo el emperador Maximino, Ponciano, el obispo de la ciudad, e Hipólito, el hombre que se le oponía, fueron desterrados a Cerdeña.

Era la isla de las minas. La misma tierra donde un condenado, al ver que su nombre faltaba en la carta de libertad, había pedido llorando que no lo dejaran atrás.

Por el tiempo de aquel destierro, Hipólito volvió a la comunión de la Iglesia. Era el presbítero sabio que había contado la caída de Calixto. Volvió a la fe compartida y a la mesa del Señor, junto al obispo al que se había negado a reconocer.

La misericordia que Calixto había suplicado en aquella isla terminó alcanzando al hombre que había escrito aquella súplica para hundirlo.

Los restos de los dos volvieron a Roma un 13 de agosto. Ponciano quedó en la cripta de los papas, e Hipólito descansó en otra calzada, la vía Tiburtina. La Iglesia venera a ambos como mártires de Cristo.

El rival de Calixto es, por eso, un santo.

Calixto había hablado de un arca donde viajaban juntos animales puros e impuros, y de un campo donde el trigo y la cizaña esperan la misma cosecha. En esa arca acabó entrando también quien la había querido cerrar.

El esclavo que suplicó de rodillas en las minas defendió como obispo una Iglesia sin puertas cerradas al arrepentido.

Calixto salió de las minas porque un anciano habló por él ante el gobernador. Casi todos tenemos a alguien así en la vida, alguien que dio la cara por nosotros cuando no podíamos hacerlo solos.

San Calixto, de rodillas pediste no quedar fuera de la libertad de tus hermanos. Custodiaste el descanso de los difuntos de Roma y abriste la puerta de la Iglesia a quienes volvían arrepentidos. Alcánzanos de Cristo un corazón que no deje a nadie fuera de su misericordia. Acompaña a nuestros difuntos con tu oración y consuela a quienes hoy los lloran, hasta el día de la resurrección. Ruega por nosotros. Amén.

Fuentes

Fuentes primarias (siglos III-VI)

  • Hipólito de Roma, Refutatio omnium haeresium, libro IX (c. 222-235), trad. J. H. MacMahon, Ante-Nicene Fathers V newadvent.org
  • Tertuliano, De pudicitia (comienzos del siglo III), trad. ANF newadvent.org
  • Liber Pontificalis, «Callistus» (siglo VI), ed. L. Duchesne fontistoriche.org
  • Depositio Martyrum, Cronógrafo de 354 (citada a través de J. Chapman y E. Russomanno)

Fuentes hagiográficas y tradición

Documentos y estudios eclesiásticos y académicos

  • Martyrologium Romanum, 14 de octubre — texto reproducido en santiebeati.it
  • Misal Romano, Misa de san Calixto I, 14 de octubre curas.com.ar
  • John Chapman, Pope Callistus I (1908) — The Catholic Encyclopedia, vol. 3 newadvent.org
  • J. P. Kirsch, St. Hippolytus of Rome (1910) — The Catholic Encyclopedia, vol. 7 newadvent.org
  • Pontificia Commissione di Archeologia Sacra, Catacomba di Calepodio catacombeditalia.va
  • Pontificia Commissione di Archeologia Sacra, Catacomba di S. Callisto catacombeditalia.va
  • Jerónimo Leal, «Tertuliano», Enciclopedia Patrística enciclopediapatristica.com
  • Eugenio Russomanno, San Callisto I (2017) — santiebeati.it
  • Vatican News, Santo del día, 14 de octubre vaticannews.va
  • Jean Grave, Si mes murs pouvaient parler (2007) — Diócesis de Lille

Iconografía

  • Fresco del martirio de Calixto, catacumba de Calepodio (siglos medievales) — ficha de la PCAS
  • Mosaico absidal de Santa María en Trastevere (siglo XII), detalle de papa Calixto — santamariaintrastevere.it

Contexto contemporáneo

  • Vatican News, En octubre, el Papa León XIV pide rezar «por la pastoral de la salud mental» (2026) vaticannews.va
  • Diocese of Orange, From Crystal Cathedral to Christ Cathedral (2024) rcbo.org
  • Le Jour du Seigneur, Cysoing lejourduseigneur.com
  • Ajuntament de La Pobla Llarga, Fiestas patronales en honor a San Calixto lapoblallarga.es

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