Aún tenía las manos mojadas cuando escuchó su nombre. Soltó las redes, dejó la barca y a su padre, y echó a andar detrás de una voz. Sin discutir. Sin despedirse. ¿Qué clase de corazón responde así?
Las redes junto al lago
El mar de Galilea es, en realidad, un lago: una lámina de agua dulce hundida entre colinas doradas, con aldeas de basalto negro apretadas contra la orilla. A comienzos del siglo primero, esa orilla olía a pescado, a brea y a redes de lino tendidas al sol. Roma mandaba desde lejos y cobraba de cerca: en los muelles, los recaudadores pesaban cada captura, y la región entera vivía bajo Herodes Antipas, un príncipe a sueldo del imperio. Y debajo de todo, como brasa bajo la ceniza, ardía una espera antigua: la de un pueblo que aguardaba un enviado de Dios, aunque todavía nadie sabía ponerle rostro.
En una de esas aldeas de pescadores, entre Betsaida y Cafarnaún, nació Santiago, hijo de Zebedeo y de Salomé, hermano mayor de Juan. De su infancia no quedó escrita ni una línea; el lago, en cambio, deja imaginarla entera. La suya no era una casa pobre: Zebedeo tenía barca propia y jornaleros a su servicio, y su nombre pesaba en los muelles. Aun así, en Galilea nadie comía sin mojarse. El niño creció aprendiendo el oficio desde abajo: remendando lino, achicando agua, halando cuerdas, hasta que las palmas se le llenaron de callos.
Creció fuerte y fibroso, de hombros anchos de tanto halar redes, con ese genio pronto que el lago no suaviza. Trabajaba de noche, cuando el pescado sube, y dormía de día, cuando el sol quema. Sabía leer el agua y el viento como otros leen un rollo. Los sábados, en la sinagoga, escuchaba las promesas antiguas: que Dios no se había olvidado de su pueblo. Su vida estaba trazada: la barca del padre sería un día la barca de los hijos, y los días se parecían todos, uno tras otro, como las olas.
Hasta que dejaron de parecerse.
Una mañana, la faena era la de siempre: la barca varada, las redes de lino extendidas sobre las rodillas, Zebedeo repartiendo el trabajo entre sus hijos y los jornaleros. Marcos lo cuenta en pocas palabras, como quien sabe que las palabras sobran. Por la orilla venía un caminante de Nazaret, un artesano llamado Jesús, y el agua le devolvía la voz. Un poco antes había llamado a Simón y a Andrés, socios de pesca de los Zebedeo, mientras echaban la red:
«Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Unos pasos más allá vio la otra barca, y en ella a los dos hermanos con las redes en las manos encallecidas por la cuerda y el anzuelo. Los miró. Los llamó. Y aquí el evangelio no registra ni una palabra de respuesta: solo dice que, al instante, dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Las redes quedaron a medio remendar. El pescado quedó sin pesar. La herencia entera de una familia, apoyada contra la borda como un aparejo más.
Zebedeo no dijo nada. O si dijo algo, nadie lo escribió. Queda solo la imagen: un padre de barba gris, de pie entre sus jornaleros, viendo a sus dos hijos alejarse por la orilla detrás de un desconocido. Todo llamado tiene un precio, y una parte la paga siempre el que se queda mirando.
Aquella prontitud lo decía casi todo del hombre que la tuvo. Casi todo. Porque el mismo corazón capaz de dejarlo todo en un instante era capaz también de arder por lo que no debía. Muy pronto el propio Jesús le pondría nombre a ese fuego — y no sería un nombre manso.
Hijo del trueno
El nombre llegó poco después. Jesús subió a un monte de Galilea, reunió a los que lo seguían y escogió a doce de entre todos, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar. Entre los doce estaban los dos hermanos de la barca. Y a ellos, solo a ellos, les impuso un apodo: Boanerges. Hijos del trueno.
Nadie apoda así a un hombre tibio. Un apodo como ese es un retrato, y este pintaba de cuerpo entero a los hijos de Zebedeo: la decisión que no espera, la palabra que se adelanta al pensamiento, el celo que arde y a veces quema. Jesús conocía ese fuego mejor que ellos mismos. Y no escogió a Santiago a pesar del trueno: lo escogió con el trueno dentro, como quien acepta un carácter entero para darle otra dirección.
Eran los días del fervor. Los caminos de Galilea hervían de gente: enfermos que llegaban en camillas, aldeas enteras saliendo a los cruces, palabras nunca oídas sobre un Reino que se acercaba. El hijo del trueno lo veía todo de cerca, con el polvo en las sandalias y los ojos encendidos. Estaba convencido de que ese Reino iba a estallar de un momento a otro, como estalla una tormenta sobre el lago. Muchos en aquella tierra esperaban tronos, ejércitos, una Galilea libre de Roma. Él también soñaba en grande, a su manera; y quería estar en primera fila cuando todo llegara.
Camino de Jerusalén, una aldea de Samaria les cerró las puertas. Y a Santiago no le tembló la voz: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Jesús se volvió y lo reprendió: no sabían de qué espíritu eran hijos. El Reino no se abría paso destruyendo. Fue la primera poda de aquel carácter, y no la última. Jesús no apagó el fuego de Santiago. Lo tomó consigo. Y muy pronto empezó a llevarlo adonde solo entraban tres.
Los tres que vieron la gloria
La primera puerta se abrió en Cafarnaún. Un hombre se abrió paso entre la multitud y se echó a los pies de Jesús. Se llamaba Jairo, uno de los jefes de la sinagoga: su hija de doce años se estaba muriendo. De camino a la casa llegó la noticia que ningún padre quiere oír: la niña había muerto: ¿para qué molestar ya al Maestro? Jesús la escuchó, y a Jairo le pidió una sola cosa: que no temiera, que creyera. Y al llegar a la casa no permitió que entrara nadie con él, salvo tres: Pedro, Santiago y Juan.
Dentro sonaba ya el llanto de las plañideras, las flautas del duelo, el rumor de la muerte instalada en la casa. Jesús dijo que la niña no estaba muerta, sino dormida, y se rieron de él. Entonces los hizo salir a todos. Tomó consigo al padre, a la madre y a los tres pescadores, y entró donde la niña yacía. Un cuarto en penumbra. Una cama. Un silencio total. La tomó de la mano y le mandó levantarse.
Y la niña se levantó, y echó a andar.
Santiago estaba a tres pasos. Un pescador de manos encallecidas sabía lo que era la muerte —la había visto en el lago, en las aldeas, en los inviernos—. Y acababa de verla obedecer a una voz. La misma voz que un día lo había llamado desde la orilla. No hubo trueno esa vez en él: solo un asombro que no encontraba palabras. Jesús les mandó que no contaran a nadie lo ocurrido. Aquel secreto compartido los unió a los tres de un modo nuevo, como se une la gente que ha visto junta algo demasiado grande.
Había sido una habitación pequeña, una niña, una mano. La próxima vez que Jesús los apartara del resto, no habría paredes: habría una montaña entera, y una luz que ningún ojo humano estaba preparado para ver.
La montaña llegó después. Jesús tomó otra vez a los mismos tres y los llevó aparte, a un monte alto que la tradición identifica con el Tabor. Era una cima ventosa de rocas y encinas, aislada sobre la llanura. Subieron sin preguntar. Y allá arriba, delante de ellos, el Maestro se transfiguró: su rostro cambió. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrante, un blanco que nadie en la tierra sabría lograr.
Junto a él aparecieron dos hombres conversando: Moisés y Elías, la Ley y los Profetas. Pedro balbuceó algo de levantar tres tiendas; no sabía lo que decía. Entonces una nube luminosa los cubrió, y desde la nube una voz llamó a Jesús su Hijo amado, y mandó escucharlo. Los tres cayeron a tierra.
Postrado sobre la roca, con el rostro bañado en aquella claridad, estaba el hombre que había pedido fuego del cielo. Ahora lo tenía delante: un fuego que no consumía nada, que solo mostraba quién era aquel al que seguía desde la orilla del lago. Reyes y profetas habían anhelado ver algo así. Lo vio un pescador.
Cuando alzaron los ojos, no había nadie más que Jesús, solo, con su túnica de siempre. Bajaron del monte en silencio, guardando otra vez un secreto. Pero una claridad así no se olvida. Deslumbrado por ella, Santiago iba a querer reservarse un sitio en esa gloria — sin sospechar el precio del lugar que pediría.
Con aquella claridad todavía en los ojos, abajo los esperaba el polvo. Jesús emprendió con decisión el camino de Jerusalén, y la ruta más corta atravesaba Samaria. Judíos y samaritanos llevaban siglos despreciándose: adoraban al mismo Dios y no se sentaban a la misma mesa. Jesús envió mensajeros por delante, a preparar posada en una aldea samaritana. Y la aldea, al saber que aquel grupo iba camino de Jerusalén, le cerró las puertas.
Entonces el trueno habló. Los dos hermanos se adelantaron con el rostro encendido: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». No era una manera de hablar: lo decían en serio. Acababan de ver a Elías envuelto en gloria sobre la montaña; ahora querían su fuego. Pedían ver un pueblo entero —mujeres, niños, ancianos— reducido a ceniza por un portazo.
Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió: no sabían de qué espíritu eran. Nada más. Ningún rayo sobre la aldea, ninguna sentencia sobre los hermanos. El grupo recogió sus alforjas y siguió andando hacia otra aldea, y el cielo de Samaria se quedó intacto sobre sus tejados.
Fue una poda, la primera. Jesús no apagó aquel fuego; le torció la dirección. No expulsó al impaciente; lo mantuvo a su lado, como quien cuida una brasa que todavía no sabe para qué arde. El Reino que anunciaba no iba a conquistar destruyendo, y Santiago tendría que aprenderlo con los años, golpe a golpe, camino a camino.
Pero el trueno tenía otra cara, más callada y más honda que la ira. No pedía castigo para los de fuera: pedía lugar para los de dentro. Y en ese mismo camino hacia Jerusalén iba a atreverse a ponerle nombre.
El cáliz que pidió sin saberlo
Se atrevió cerca ya de Jerusalén, en plena marcha. En Mateo es Salomé, la madre, quien se acerca y se postra para pedirlo; en Marcos son los propios hermanos, cara a cara, sin intermediarios. Quizá fueron las dos cosas: una familia entera empujada por la misma ambición. Porque lo pedido era enorme: los dos primeros puestos del Reino, uno a la derecha y otro a la izquierda del Maestro, el día en que llegara su gloria.
Jesús no se indignó. Miró a los dos y les devolvió una sola pregunta: «¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?». En la lengua de Israel, beber el cáliz de alguien era compartir su suerte hasta el fondo: su camino, su dolor, su muerte. Los hermanos no dudaron un instante: «Podemos». Era la respuesta de siempre, la del muchacho que soltó las redes sin pensarlo dos veces: generosa, audaz, ciega. No sabían lo que estaban prometiendo.
Y Jesús tomó en serio la promesa. Los puestos de honor, dijo, no eran suyos para darlos. El cáliz, sí: «Mi cáliz lo beberéis». Santiago escuchó una promesa de gloria y guardó aquellas palabras como un tesoro. Acababa de recibir, velado, el anuncio de su propia muerte.
El primer sorbo esperaba cerca, más cerca de lo que nadie imaginaba: en un huerto de olivos, de noche, al otro lado de las murallas.
La noche llegó pocos días después. Tras la cena de Pascua, Jesús cruzó con los suyos el torrente Cedrón y entró en un huerto de olivos llamado Getsemaní. Y una vez más apartó a los mismos tres —Pedro, Santiago, Juan—, los que habían entrado en casa de Jairo, los que habían visto la luz en la montaña. Esta vez no había gloria que contemplar. «Velad conmigo y orad», les pidió. Luego se adelantó unos pasos entre los troncos y cayó en tierra.
Santiago quiso velar. Se apretó el manto contra el frío de la madrugada, clavó los ojos en la sombra donde oraba el Maestro. Pero la tristeza pesa más que el sueño mismo, y los párpados fueron cediendo. A unos pasos, Jesús agonizaba a solas, con un sudor que caía como gotas de sangre. Tres veces volvió hasta ellos; tres veces los encontró dormidos.
El hombre que había dicho «podemos» no supo sostener ni una hora de vela. Y aun así, Jesús no lo descartó. No hubo reproche que lo borrara de los Doce; solo aquella mirada que lo había llamado junto al lago y que seguía esperándolo.
Después llegaron las antorchas entre los olivos, el arresto, la huida. También Santiago corrió en la oscuridad, como todos. La cruz se alzó sin él al pie.
Parecía el final de todo. Pero el agua donde había empezado aún guardaba una orilla.
Semanas más tarde, el lago volvió a verlos. Siete discípulos regresaron a Galilea, y entre ellos los hijos de Zebedeo. Una tarde Pedro dijo: «Voy a pescar», y los demás subieron con él a la barca. Toda la noche halaron redes vacías, como en los viejos tiempos, y con las mismas manos.
Al clarear el día, alguien los esperaba en la orilla. «Echad la red a la derecha», les dijo. La echaron, y no podían sacarla de tantos peces. Entonces Juan lo entendió primero: «Es el Señor». Era Jesús, vivo, de pie sobre la arena, con brasas encendidas, pan y pescado preparado para ellos.
Santiago saltó a tierra con los demás y desayunó junto al fuego con el Resucitado. El agua que había sido principio volvía como reencuentro. Nadie mencionó la huida del huerto. No hizo falta: aquel pan compartido al amanecer era ya el perdón.
Había dicho «podemos» sin saber lo que prometía. Ahora sabía lo que costaba, y seguía en pie. El cáliz llegaría, pero de un modo que él no eligió. Pasarían años en silencio; luego, un rey buscaría el favor de los poderosos, y la promesa se cumpliría al fin, palabra por palabra.
La espada y el beso de paz
Los años siguientes lo encontraron en Jerusalén. Cincuenta días después de aquella Pascua, el Espíritu descendió como fuego sobre los apóstoles reunidos, y los hombres que se habían escondido salieron a las calles a proclamar a Jesucristo resucitado. Desde entonces, el pescador fue haciéndose columna: sostenía con Pedro y con su hermano Juan a la primera comunidad de los creyentes, entre el Templo y las casas donde se partía el pan.
De aquellos años casi no quedan palabras. Se le adivina donde estaban los Doce: enseñando bajo los pórticos, orando en las casas, imponiendo las manos. Casi catorce años de trabajo callado, sin trueno. La barba se le fue poblando de canas; la mirada ardiente se volvió serena sin perder el fuego.
Y el horizonte se ensanchaba: el Maestro lo había enviado ya hasta los confines de la tierra. Aquellos años de camino terminaron trayéndolo, de nuevo, a Jerusalén.
La tradición de las Españas guarda una memoria audaz: que Santiago fue el que llegó más lejos. Que embarcó hacia el occidente, cruzó el mar y pisó Hispania, el extremo del mundo conocido, para anunciar a Jesucristo donde nadie había pronunciado todavía su nombre. Calzadas romanas bajo el sol, colonias de piedra y adobe, dioses de mármol en cada foro. El pescador del lago, predicando en el fin de la tierra.
No fue una siembra fácil. La palabra caía en tierra dura; pocos escuchaban, y el camino era largo. Y en Zaragoza —la Caesaraugusta romana— se cuenta desde tiempo inmemorial que una noche, junto al Ebro, el desaliento pudo más que el trueno. Que el apóstol oraba agotado a la orilla del río, y que María, la madre de Jesús, viva aún en carne mortal, vino a consolarlo sobre un pilar de jaspe rojizo. Que no temiera: aquella tierra creería. El hombre que había visto la luz del Tabor recibió, en la noche más oscura de su misión, una luz más humilde y más cercana.
Así lo conserva aquella tierra, que desde entonces lo llama suyo. Lo cierto es que, pasados los años, el apóstol estaba de nuevo en Jerusalén.
Y allí lo esperaba un rey.
El rey se llamaba Herodes Agripa, y llevaba en la sangre el nombre más temido de Judea: era nieto de Herodes el Grande. Se había criado en Roma, entre príncipes, aprendiendo el arte difícil de agradar a los poderosos. Y el arte le rindió fruto: el emperador acabó poniendo en sus manos el reino de su abuelo. Pero un trono prestado necesita apoyos. Agripa buscó el favor de los notables de Jerusalén. Y encontró una presa fácil: la pequeña comunidad de los que seguían a Jesús.
La memoria de la primera Iglesia lo guardó en una frase: «Por aquel tiempo, el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos.» Y entre los apresados cayó el primero de los grandes: Santiago, el hermano de Juan. Los soldados lo llevaron atado por las calles de la ciudad donde había visto morir a su Maestro. Corría hacia el año cuarenta y cuatro; habían pasado unos catorce desde aquella Pascua.
Compareció ante el tribunal con la túnica desgarrada, el labio partido, las muñecas atadas con cuerda. Ya había canas en la barba, pero las manos seguían siendo las de un pescador. No negoció, no calló, no pidió clemencia: confesó a Jesucristo ante sus jueces, con la misma prontitud con que un día había soltado las redes. El trueno seguía dentro. Solo que ahora no pedía fuego para nadie: ardía entero, quieto, en su propia voz.
La sentencia fue la espada.
Y en aquella sala había un hombre encargado de sostener la acusación. Había reunido los cargos, había señalado al apóstol con el dedo. Ahora estaba de pie, muy cerca, escuchando cada palabra del condenado. Y algo, dentro de él, empezaba a resquebrajarse.
Una memoria muy antigua, que los primeros cristianos se fueron pasando de boca en boca hasta que Clemente de Alejandría la dejó escrita, cuenta lo que pasó entonces. Aquel hombre, al oír al apóstol confesar a Jesucristo sin que le temblara la voz, ya no pudo sostener su papel. Había ido a hundir a un reo y salió alcanzado por él. Allí mismo, delante de los jueces, se declaró cristiano. La sentencia lo abrazó también a él: la misma espada, el mismo día.
Los llevaron juntos al suplicio. Y por el camino, el que había levantado la acusación se volvió hacia su víctima y le pidió perdón.
Santiago lo miró un momento. «La paz sea contigo», le dijo. Y lo besó.
Era el saludo de los hermanos: el beso de paz que los cristianos se daban unos a otros al reunirse, la señal de pertenecer a una misma familia. Santiago se lo dio al hombre que lo llevaba a la muerte. Años atrás había querido que un fuego del cielo consumiera una aldea por cerrarle la puerta. Ahora, camino del cadalso, abría la suya de par en par al último que llamó. No murió ganando un pleito. Murió engendrando un hermano.
Caminaron juntos el último tramo: dos hombres atados, un solo bautismo de sangre esperándolos al final.
La calle terminó en un patio de piedra, y en el patio esperaba el verdugo con el gladius desnudo: la espada corta con la que se cumplían las sentencias del rey. Santiago no opuso resistencia. No hubo discurso final. Se arrodilló sobre la piedra caliente y descubrió el cuello.
Años atrás, en un camino de Judea, había respondido «Podemos» sin medir lo que prometía. Esa mañana lo midió entero. El cáliz que pidió con audacia llegó por fin a sus labios, y lo bebió hasta el fondo: no en un trono junto a Jesús glorioso, sino bajo una espada, unido a Jesús entregado.
La espada cayó.
Corría, por aquellos días, hacia el año cuarenta y cuatro. El primero de los Doce en derramar la sangre por Cristo fue el hijo del trueno. Y de todos los apóstoles, es el único cuya muerte quedó escrita en el Nuevo Testamento: una línea breve, seca, sin un adorno, como una lápida. Su hermano Juan, el otro Boanerges, moriría anciano, el último de todos. Santiago abrió la puerta.
Después, silencio. Ninguna palabra última recogida, ningún prodigio en el cielo de Jerusalén. La ciudad siguió con sus mercados y sus oraciones, y el silencio pesó más que cualquier palabra.
La sentencia no fue la última noticia de aquel año. Meses después, Herodes Agripa bajó a Cesarea Marítima, la gran ciudad portuaria de su reino, junto al mar. Una mañana de fiesta entró en el teatro con un manto tejido de plata. El sol de la costa golpeó el tejido, y el rey entero pareció arder en luz. Habló al pueblo desde lo alto, y la multitud, deslumbrada, empezó a gritar que aquella era la voz de un dios y no la de un hombre.
Agripa no rechazó el halago. Los Hechos de los Apóstoles lo cuentan sin rodeos: en ese instante lo hirió el ángel del Señor, porque no dio a Dios la gloria. Un dolor fulminante lo dobló delante de todos, y a los pocos días el rey que había mandado matar a Santiago para ganarse un aplauso estaba muerto.
La espada del perseguidor no había detenido nada. La palabra de Jesucristo siguió creciendo, casa por casa, camino por camino, mientras el trono que quiso apagarla quedaba vacío.
Y en cuanto al apóstol, todo parecía cerrado: una línea seca en un libro, un cuerpo llorado por los suyos. Pero Dios escribe despacio. Aquella memoria iba a dormir durante siglos, y a despertar muy lejos, donde termina la tierra y empieza el mar.
La memoria que camina
Lo que viene ahora ya no lo cuentan los Hechos de los Apóstoles. Lo cuenta la leyenda jacobea, que los peregrinos repitieron de generación en generación hasta quedar recogida en el Códice Calixtino, el gran libro medieval del Camino. Y es una historia hermosa.
Dice que dos discípulos del apóstol, Atanasio y Teodoro, recogieron su cuerpo en Jerusalén y lo llevaron hasta la costa. Que lo embarcaron en una barca sin timón, confiada solo a Dios, y que en siete días las olas la empujaron hasta la Gallaecia romana, en el noroeste de Hispania. Allí, en un puerto llamado Iria Flavia, la tierra es verde y la bruma sube del océano. La tradición llamó a aquel viaje la Traslatio: el traslado del cuerpo desde la ciudad que lo mató hasta la orilla que lo esperaba.
En tierra los esperaba una reina de aquellos montes, llamada Lupa. Los discípulos le pidieron ayuda, y ella les dio, con doble intención, una pareja de toros bravos para tirar del carro fúnebre. Pero los toros bajaron del monte mansos como bueyes: agacharon la cabeza, se dejaron poner el yugo y echaron a andar sin que nadie los guiara. Donde el carro se detuvo por sí solo, allí cavaron la tumba.
Así lo pintó durante siglos la memoria del Camino, en sus códices iluminados y en la piedra de sus pórticos: el galileo que una mañana dejó una barca en un lago y llegó, dormido para siempre, a puerto en otra barca. Lo enterraron en un bosque tierra adentro, y el tiempo hizo lo que suele hacer: el nombre se fue borrando, la espesura creció sobre la piedra, y aquella tumba quedó olvidada. Casi ochocientos años.
Hasta que una noche, en la tercera década del siglo nueve, algo tembló sobre aquella espesura. Un ermitaño llamado Pelayo, que vivía retirado en el bosque de Libredón, vio resplandores entre los árboles. Eran luces que se posaban una y otra vez sobre el mismo punto, como una estrella caída que no quisiera apagarse. Así lo guarda la memoria de Compostela. Pelayo no se lo calló: fue a contárselo al obispo de Iria Flavia, un hombre llamado Teodomiro.
El obispo subió al bosque, ayunó, hizo desbrozar la maleza. Y bajo siglos de tierra y raíces apareció un pequeño sepulcro de piedra, antiguo, olvidado. Teodomiro lo reconoció como la tumba del apóstol Santiago. Y de aquel obispo, al menos, no hay duda: su lápida sepulcral, con su nombre y el año 847, fue hallada bajo la catedral en 1955. Quiso ser enterrado junto al hombre que había encontrado.
La noticia corrió hasta Oviedo, y el rey Alfonso II de Asturias se puso en marcha con su corte para verlo con sus propios ojos. Aquella caminata real, por montes y valles, fue la primera peregrinación: el sendero que abrió se llama todavía Camino Primitivo. Sobre la tumba mandó levantar una iglesia sencilla, y en torno a ella empezó a crecer un lugar con nombre nuevo. La memoria popular lo leyó siempre así: campus stellae, el campo de la estrella. Compostela.
Una tumba perdida en el fin del mundo acababa de convertirse en destino. Faltaba darle al apóstol un rostro que los caminantes pudieran mirar.
Se lo dio la piedra. La iglesia sencilla de Alfonso pronto se quedó pequeña para tantos caminantes. Sobre ella se alzó otra, y luego la gran catedral románica, que tardó más de un siglo en crecer. En 1188, un escultor al que llamaban el Maestro Mateo remató la entrada con su obra más alta: el Pórtico de la Gloria. Una portada inmensa, poblada de profetas, apóstoles y ancianos con instrumentos de música. Y en la columna central, recibiendo de frente a todo el que llega, sentó a Santiago.
Nadie había conservado sus facciones; ese rostro no es un retrato, sino la memoria de los siglos labrada en piedra. Y sin embargo dice mucho: la barba partida en dos puntas, la melena con raya al medio cayendo a los lados, la mirada en calma de un hombre maduro. El pescador de trueno convertido en padre que espera al final del camino. Poco después, en el siglo trece, otra imagen suya se instaló sobre el altar mayor: una estatua sedente de piedra pintada. En época barroca la revistieron de una esclavina de plata sembrada de conchas, la capa del peregrino.
A esa imagen los peregrinos suben por detrás, por una escalera estrecha, y la rodean con los brazos. Así se termina el Camino desde hace siglos: no con un documento ni con un sello, sino con un abrazo.
La piedra quedó, serena, mirando llegar a la gente. Pero lo que guardaba debajo —los huesos del altar— aún tenía por delante su propia travesía.
La travesía llegó por sorpresa, y desde el mar. En 1589, cuando la flota del corsario inglés Francis Drake desembarcó en La Coruña, a pocas jornadas de Compostela, la ciudad tembló por su tesoro. Para ponerlo a salvo, los restos del apóstol se sacaron de su lugar de siempre y se escondieron en el interior de la catedral. Tan bien se escondieron que, pasado el peligro, el sitio exacto se olvidó. Durante casi trescientos años los peregrinos siguieron llegando, subiendo la escalera, abrazando la imagen — sin que nadie supiera decir con certeza dónde descansaban los huesos que habían dado origen a todo.
En 1879 alguien decidió buscar. Las excavaciones detrás del altar mayor, a la luz de los faroles, sacaron a la luz un nicho oculto con restos humanos de tres personas. Se estudiaron, se cotejaron, y en 1884 el papa León XIII zanjó la cuestión con una bula solemne: aquellas reliquias eran las del apóstol Santiago.
(sobreimpreso: "Deus Omnipotens, León XIII, 1884")
Así lo declaró la Iglesia, con todo su peso; parte de los historiadores lo sigue discutiendo hasta hoy. Lo que nadie discute es lo que vino después. Los restos se depositaron en una urna de plata labrada con el monograma de Cristo y las figuras de los apóstoles. Reposan en una cripta abierta bajo el altar mayor, donde cualquiera puede arrodillarse a un paso de ellos. Y la vieja senda, que languidecía, volvió a llenarse de pasos.
Un bosque perdido de Galicia, donde una noche temblaron unos resplandores, se ha convertido en la meta de millones. Y la senda que nació de aquella estrella no pertenece al pasado: sigue llena de pasos ahora mismo, esta mañana, bajo el mismo cielo del noroeste.
Hasta dónde seguir
Hoy amanece sobre esa misma senda, y no está vacía. En los trigales de Castilla avanza una fila de siluetas con la primera luz; en los bosques húmedos de Galicia, las botas suenan sobre la tierra mojada. Mochilas, bordones, y a cada trecho un mojón de piedra con la venera amarilla, la concha que marca la dirección. Vienen de todos los continentes. Cada uno camina por algo distinto: una promesa, un duelo, una pregunta que todavía no sabe su nombre. Algunos saben rezar; otros ya no recuerdan cómo se hacía, y caminan de todos modos.
Nunca fueron tantos. En 2025, la oficina que acoge a los caminantes en Compostela entregó más de quinientas treinta mil compostelas, el documento que acredita haber llegado hasta el sepulcro. Es la cifra más alta de su historia. Y algo mayor está cerca: en 2027, el veinticinco de julio, la fiesta del apóstol, caerá en domingo, y eso convierte el año entero en Año Santo. La Puerta Santa de la catedral, tapiada el resto del tiempo, se abrirá el treinta y uno de diciembre de 2026. Por ella pasarán millones.
Al final de cada etapa espera el mismo gesto. Abajo, en la cripta, la urna de plata reposa en su penumbra de lamparillas. Arriba, en las grandes fiestas, el botafumeiro —un incensario enorme que se balancea sobre la nave— vuela de un extremo a otro, llenando el aire de humo y de asombro. Y detrás del altar mayor, una escalera estrecha sube hasta la estatua sentada del apóstol, para abrazarla por detrás, con las manos sobre sus hombros de piedra. Unos lloran, otros callan, otros dicen apenas gracias. Veinte siglos después de aquella mañana en el lago, cada abrazo prolonga la misma escena: alguien que ha dejado algo atrás para llegar hasta un amigo de Jesucristo.
La pregunta del principio no se ha movido de allí. Qué clase de corazón responde así, sin discutir, sin despedirse. Su vida entera fue la respuesta. Quiso el primer puesto, y lo ocupó: fue el primero de los Doce en dar la vida, con el cuello descubierto ante la espada. El fuego que pedía castigo para una aldea acabó ardiendo en un beso de paz al hombre que lo entregó. No le fue cambiado el corazón; le fue cambiada la dirección.
También nosotros guardamos redes entre las manos: un trabajo que da seguridad, una casa que cuesta dejar. Y también una mañana cualquiera en la que algo llama, muy bajo, por nuestro nombre. Qué redes sostienen todavía estas manos cuando suena esa voz. La pregunta no ha envejecido. Hoy es nuestra.
El lago quedó atrás hace veinte siglos. La voz que pasó por aquella orilla sigue pasando, cada amanecer, por todas las orillas del mundo.
Santiago el Mayor, apóstol del Señor, primero en beber el cáliz y patrón de los peregrinos, ruega por nosotros.





