Ignacio, el obispo de Siria, condenado a las fieras, va preso camino de Roma, y por el camino manda una carta a los cristianos de esa ciudad, que nunca lo han visto. Les pide lo que nadie pediría. Que no muevan un dedo por salvarlo. Le da miedo su cariño, porque ellos podrían librarlo de la muerte, y entonces él se quedaría sin morir por Cristo, que para él es llegar a Dios. Por eso les ruega silencio, y les dice con una sola imagen lo que quiere ser, trigo de Dios.
El hombre que suplica así tiene todavía por delante soldados, mar y muchas ciudades. Y lo que pide para sí, morir por Cristo, él mismo confiesa que apenas empieza a aprenderlo.
Diez leopardos
Diez soldados lo vigilan sin descanso, por tierra y por mar, de noche y de día. Ignacio los llama sus diez leopardos, soldados que, cuanto mejor se les trata, peor se portan. Es el tiempo del emperador Trajano, a comienzos del siglo segundo, y la escolta lleva a Ignacio de un extremo al otro del Imperio, del oriente al occidente, como él mismo dice.
En el saludo de sus cartas se da otro nombre, Teóforo, que en griego quiere decir portador de Dios. Detrás queda su Iglesia, la de Antioquía, en Siria. Él era su obispo, el que guiaba a todos los cristianos de la ciudad, y ahora tiene que dejarlos.
Aquella Iglesia vivía en una de las tres grandes ciudades del Imperio, junto al río Orontes. Allí, en Antioquía, los seguidores de Jesús recibieron por primera vez el nombre de cristianos. De cómo llegó Ignacio a la fe, o a guiar aquella comunidad, no ha quedado ninguna escena. La memoria antigua de la Iglesia, que su liturgia todavía guarda, lo cuenta entre los que escucharon al apóstol Juan, junto a Policarpo, que sería obispo de Esmirna. Y otra tradición dice que el mismo Pedro lo había puesto al frente de aquella Iglesia.
De aquellos años queda también un recuerdo luminoso. Un historiador de Constantinopla cuenta, siglos después, que Ignacio vio a los ángeles alabar a la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en dos coros que se respondían. El obispo llevó a su Iglesia aquel modo de cantar, un grupo de fieles frente al otro, alternando las voces. Y desde Antioquía pasó a las demás Iglesias.
Pero de cómo aquel obispo pasó del coro a las cadenas, él no dice nunca nada en sus cartas. Un relato posterior de su martirio, contado y vuelto a contar con los siglos, lo pone ante el emperador Trajano en la misma Antioquía. El emperador ha mandado que los cristianos den culto a los dioses. Ignacio confiesa allí su fe en Cristo, y Trajano manda llevarlo encadenado a Roma, para que sirva de alimento a las fieras.
Desde Siria empieza un camino largo hacia el oeste, y en cada ciudad habrá cristianos que salgan a buscarlo. Por los caminos de Asia Menor, la actual Turquía, con sus diez leopardos al lado, el obispo de Antioquía entra en una ciudad de esa tierra, Filadelfia.
Un grito en Filadelfia
Los cristianos de Filadelfia se reúnen en asamblea, y el preso está en medio de ellos. Les pide que se mantengan unidos a quienes los guían, al obispo, a los presbíteros, que son los ancianos que lo ayudan a llevar la comunidad, y a los diáconos, los servidores de todos. No lo dice en voz baja. Delante de la asamblea entera, grita «Atended al obispo, a los presbíteros y a los diáconos».
Pero algunos lo miran con recelo, porque en aquella Iglesia hay divisiones y sospechan que alguien se las ha contado al recién llegado antes de entrar, y que por eso habla así. Un forastero encadenado parece saber demasiado.
Ignacio pone por testigo a Jesucristo, a Aquel por quien lleva las cadenas, de que ningún hombre le ha contado nada, porque lo que salió de su boca lo proclamaba el Espíritu Santo. Y lo que pedía era sencillo, que no hagan nada sin el obispo, que amen la unidad y huyan de las divisiones. Añade que donde hay división e ira no habita Dios, pero que el Señor perdona a todos los que se arrepienten y vuelven a la unidad.
La discusión no se queda ahí. Algunos le ponen una condición para creer, y él los oye decir «Si no lo encuentro en los escritos antiguos, no creo en el Evangelio». Quieren verlo primero en los archivos, en los escritos antiguos, antes de aceptar lo que se anuncia de Cristo. Ignacio les contesta «Está escrito». Y ellos le replican enseguida «Eso es lo que hay que probar».
El obispo de Siria no sale a buscar otro texto, porque para él los escritos antiguos son Jesucristo mismo, su cruz, su muerte, su resurrección y la fe que nace de él.
Por ese mismo camino, desde Siria, vienen detrás de él dos compañeros, Filón, un diácono de Cilicia, y Agatopo, un cristiano sirio, que lo siguen por causa de Dios. Los cristianos de Filadelfia los reciben, pero algunos los deshonran.
Más adelante, desde otra ciudad del camino, Ignacio manda una carta a aquella Iglesia y da las gracias a quienes acogieron a sus dos amigos. Para los que los ofendieron pide una sola cosa, que sean perdonados por la gracia de Jesucristo.
Después, el preso y sus guardias siguen camino hacia Esmirna.
Los que corrieron a verlo
En Esmirna nadie lo mira con recelo. La escolta se detiene en esa ciudad de la costa, donde el obispo es Policarpo, más joven que el preso, y la noticia de su llegada corre enseguida por los caminos de Asia.
En Éfeso saben que viene de Siria con cadenas, y se dan prisa en ir a verlo. Llega su obispo, un hombre de un amor indecible, y en él Ignacio recibe a toda la comunidad de Éfeso. Con el obispo vienen un diácono y Croco, que reconforta al preso en todo. Ignacio pide que ese diácono se quede más tiempo con él.
De Magnesia llegan también enviados de su Iglesia. Y desde Trales, tierra adentro, llega su obispo, Polibio. Polibio se alegra tanto con el preso en sus cadenas que Ignacio ve en ese solo hombre a toda la Iglesia de Trales. Ignacio llama a sus cadenas, las que lleva por Cristo, perlas del espíritu.
Entonces empieza a escribir. En Esmirna nacen cuatro de las siete cartas que dejará por el camino, y casi todo lo que se sabe de este hombre cabe en esas siete cartas. Escribe a Éfeso, a Magnesia, a Trales y a Roma.
A los efesios les dice que él apenas empieza a ser discípulo, y que les habla como a condiscípulos, compañeros que aprenden del mismo Maestro. Les pide que recen sin cesar por los demás, que ante la ira pongan mansedumbre, ante la arrogancia humildad y ante las ofensas oración.
Lo que les deja es a Cristo, al que llama el único médico, nacido de María y de Dios, y les recuerda que María lo concibió por obra del Espíritu Santo. La virginidad de María, su parto y la muerte del Señor quedaron ocultos al príncipe de este mundo, como llama él al diablo. Tres misterios cumplidos en el silencio de Dios.
Les pide que, unidos a su obispo y a sus presbíteros, partan un mismo pan, el de la Eucaristía, el pan partido de la Misa. Para el preso ese pan es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir.
Al despedirse, nombra con cariño a Policarpo. Y les ruega «Acordaos de mí, como Jesucristo se acordó de vosotros.» Les pide también que oren por la Iglesia de Siria, de donde lo llevan atado hasta Roma y de la que se tiene por el último de sus fieles.
Los que lo alaban lo hieren
En medio de tanto cariño, el preso oye también elogios. Cuando va a escribir sus consejos a los cristianos de Trales, la Iglesia de Polibio, Ignacio se detiene antes de la primera orden. ¿Va a dar órdenes un condenado, como si fuera un apóstol?
Sabe que comprende cosas grandes de Dios. Por eso mismo se mide, para no perderse por la jactancia, ese orgullo que crece con lo que dicen los demás. Ahora le toca temer más que nunca y no hacer caso a quienes lo hinchan de elogios, porque cada alabanza le llega como un azote.
Y lo confiesa sin adornos. «Deseo sufrir, pero no sé si soy digno.»
Lo que le falta es mansedumbre, esa suavidad humilde que no devuelve el golpe, y con ella, para el preso, se vence al príncipe de este mundo.
Calla lo que podría decir. Podría hablarles de las cosas del cielo y de los lugares de los ángeles, pero teme hacerles daño con ellas, porque en la fe son aún como niños pequeños. Y reconoce que tampoco él las comprende todavía, ni siquiera por llevar cadenas por Cristo.
El obispo de la gran Antioquía, el que podría escribir con autoridad a cualquier Iglesia de Asia, se llama a sí mismo aprendiz.
Para sostenerse se apoya en otros, y no se avergüenza de pedirlo. Les ruega que recen por él, para que llegue a ser digno del martirio que le espera y no sea rechazado al final del camino.
También les pide que se acuerden de la Iglesia de Siria, la comunidad que dejó atrás.
Así termina la carta a Trales, con el miedo dicho en voz alta y sin respuesta.
Trigo de Dios
Desde Esmirna escribe también a Roma, y a los romanos les confiesa otro miedo. Allí viven hermanos a los que les resultaría fácil librarlo, y eso es lo que teme.
Ignacio fecha la carta un 23 de agosto. La llevarán los efesios, y con él sigue Croco, el que lo ha reconfortado en todo y al que quiere de verdad.
Si los romanos consiguen que no muera, a Ignacio le será difícil llegar a Dios. Por eso les pide que callen. Si guardan silencio, él será de Dios. Que lo dejen ser ofrecido a Dios como un sacrificio, ahora que el altar está preparado. Y que entonces, reunidos como un coro, canten al Padre porque Dios ha llamado al obispo de Siria desde el oriente hasta el occidente.
Para sí pide una sola fuerza, la de no solo hablar sino querer, la de no solo llamarse cristiano sino serlo de verdad. Morirá con gusto por Dios si ellos no se lo impiden.
Lo dice con una imagen del campo y de la mesa.
«Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para ser hallado pan puro de Cristo.»
Les ruega que atraigan a las fieras, para que sean su sepulcro y que no dejen nada de su cuerpo. Tampoco les da órdenes. Pedro y Pablo podían mandar, porque eran apóstoles. Él se sabe un condenado.
Los malos tratos de sus diez leopardos, los soldados que lo custodian, le están enseñando a ser discípulo, aunque no por eso se cree ya justo ante Dios. Atado a ellos, el obispo de Siria se ve de nuevo en el comienzo, y lo escribe.
«Ahora empiezo a ser discípulo.»
Ningún reino le tienta ya. Más le vale morir en Jesucristo que reinar hasta los confines de la tierra. Lo busca a Él, que murió por nosotros, y lo quiere a Él, que resucitó por nosotros. A los romanos solo les pide que lo dejen imitar a su Dios, sufrir como Él sufrió.
Está vivo, pero deseando morir, y dice por qué.
«Mi amor está crucificado.» Ya no arde en él ningún fuego que pida alimento, y dentro de él hay un agua viva que le dice «Ven al Padre».
No quiere la comida que se corrompe. Quiere el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, y como bebida su sangre, que es amor incorruptible.
Al cerrar la carta vuelve a los suyos. Pide a los romanos que recuerden en sus oraciones a la Iglesia de Siria, que ahora tiene a Dios por pastor en lugar de él. Solo Jesucristo y el amor de los cristianos de Roma cuidarán de ella.
Les manda el saludo de las Iglesias que lo han recibido en nombre de Jesucristo y no como a un simple viajero. Hasta las que no quedaban en su ruta le salieron al encuentro, de ciudad en ciudad.
Y les pide un último favor, que avisen a los que se le adelantaron desde Siria a Roma de que él ya está cerca.
Si fue solo apariencia
La escolta deja Esmirna y lleva a su preso hacia el norte, hasta Tróade, un puerto del noroeste de Asia Menor que mira al mar. Allí lo alcanzan Filón, el diácono de Cilicia, y Agatopo, los dos compañeros que venían detrás de él desde Siria y a los que algunos deshonraron en Filadelfia. A su lado está también el diácono de Éfeso, el que las Iglesias de Esmirna y de Éfeso enviaron con él, y al que Ignacio pone como modelo de servidor de Dios.
Por medio de ese diácono manda una carta a Esmirna, la Iglesia que acaba de hospedarlo. Lo primero es dar gloria a Jesucristo por la fe de aquellos hermanos, tan firmes como si estuvieran clavados en la cruz.
Pero en las comunidades de Asia hay maestros que dicen que Cristo solo aparentó tener carne y sufrir. Contra ellos, el preso confiesa a Cristo sin dejar nada en el aire. Fue de verdad del linaje de David y nació de verdad de una virgen. Fue clavado de verdad en su carne bajo Poncio Pilato. Sufrió de verdad y resucitó de verdad. Después de resucitar, dijo a los que estaban con Pedro que lo tocaran y vieran que no era un espíritu sin cuerpo, y ellos lo tocaron y creyeron.
Para él, la carne de Cristo y sus propias cadenas se sostienen juntas, y así lo escribe.
«Si estas cosas las hizo nuestro Señor solo en apariencia, también yo estoy encadenado solo en apariencia.»
¿Para qué, entonces, se ha entregado el preso a la muerte, al fuego, a la espada y a las fieras? Estar cerca de la espada es estar cerca de Dios.
A esos maestros los reconoce también por lo que no hacen. No se ocupan de la viuda, ni del huérfano, ni del oprimido, ni del que tiene hambre. Se apartan de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo.
Por eso pide a Esmirna que nadie haga nada en la Iglesia sin el obispo, y que solo tengan por verdadera la Eucaristía que preside el obispo o alguien a quien el obispo se la encargue. Y lo resume en una sola frase.
«Donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica.»
Católica quiere decir entera, universal. En la literatura cristiana que se conserva, es la primera vez que alguien llama así a la Iglesia.
Al despedirse, el preso da las gracias a los cristianos de Esmirna porque lo atendieron en todo y porque recibieron a Filón y a Agatopo. Y les agradece algo más, que no se avergonzaron de sus cadenas.
Han llegado a puerto
Desde Esmirna, cada carta ha terminado con la misma petición, que recen por la Iglesia de Siria. En Tróade llega la respuesta. La Iglesia de Antioquía ha salido de un tiempo difícil, que las cartas no explican, y está en paz gracias a esas oraciones. Ha recuperado su vida de siempre.
El preso escribe a Policarpo, el obispo de Esmirna que lo hospedó. La noticia lo anima, y ahora descansa sin inquietud en Dios, con la esperanza de llegar a Él por el sufrimiento y de ser de verdad su discípulo.
Lo que hace con esa alegría es repartirla. Pide a Policarpo que reúna a su Iglesia en un consejo solemne y elija a alguien muy querido y diligente, digno de llamarse mensajero de Dios, para ir a Siria. Lo mismo había pedido a toda la Iglesia de Esmirna, un delegado que fuera con una carta a alegrarse con los hermanos de Antioquía de que han llegado a puerto.
Y añade, pensando en quien tenga que hacer ese viaje, «Un cristiano no es dueño de sí mismo, sino que está a disposición de Dios.»
A Policarpo, más joven que él, le habla de pastor a pastor. Se alegra de haber visto su rostro, en el que no encontró nada que reprochar. Le recuerda que no toda herida se cura con el mismo remedio. Y se lo escribe con una imagen de herrero.
«Mantente firme como el yunque golpeado. Es propio del gran atleta ser herido y vencer.»
Que no descuide a las viudas. Que reúna a menudo a los fieles y busque a cada uno por su nombre. Que mire a Aquel que está por encima del tiempo y se hizo visible por nosotros, que no podía sufrir y quiso sufrir por nosotros. Y que el bautismo sea su armadura, la fe su casco y la caridad su lanza.
Ignacio quería escribir a más Iglesias, pero ya no hay tiempo. Los que lo custodian reciben la orden de partir enseguida, y hay que embarcar de Tróade a Neápolis, en la costa de Macedonia, en la actual Grecia, al otro lado del mar. El preso no manda en su camino. Así que encarga a Policarpo que escriba él, en su lugar, a las Iglesias a las que no podrá llegar.
Antes de cerrar la carta, saluda uno por uno a los de Esmirna. A una mujer con toda su casa y sus hijos, y a dos amigos a los que quiere.
La carta parte hacia Esmirna, y el preso, hacia Neápolis.
Noticias seguras
Desde Neápolis lo llevan, probablemente por tierra, a través de Macedonia. En Filipos, según contará poco después el obispo de Esmirna en una carta, los cristianos salen a acompañar, como es debido, al preso y a otros que van, como él, cargados de cadenas.
Para Policarpo, los grilletes de esos presos son el adorno de los santos y la corona de los elegidos de Dios.
Por eso, en esa carta a la Iglesia de Filipos, empieza alegrándose de aquella compañía. Más adelante les pide paciencia. Y para que sepan de qué paciencia habla, les pone delante la que vieron con sus propios ojos en el bienaventurado Ignacio, en otros que también sufrieron, en Pablo y en los demás apóstoles.
Ninguno de ellos corrió en vano. Están ya en el lugar que les corresponde, junto al Señor con quien sufrieron, porque no amaron este mundo, sino a Aquel que murió y resucitó por nosotros.
En esa misma carta, Policarpo hace además una promesa. Los filipenses le han pedido, y también Ignacio, que quien viaje a Siria, a alegrarse con la Iglesia de Antioquía, lleve consigo la carta de Filipos, y Policarpo lo hará en cuanto encuentre ocasión.
Junto a sus palabras, les manda las cartas de Ignacio que tiene, porque hablan de la fe, de la paciencia y de crecer en el Señor. Las cartas que el preso escribió en su viaje salen así de nuevo al camino, ahora en manos de un mensajero, hacia la ciudad por la que él pasó encadenado.
Y antes de despedirse, Policarpo añade un ruego. Si saben algo seguro de Ignacio y de los que iban con él, que se lo hagan saber.
El amigo ya lo pone junto al Señor, y todavía pregunta por él.
La arena de Roma
Ninguna carta responde a la pregunta de Policarpo. La respuesta quedó en la memoria de la Iglesia, que recordó que aquel obispo llegó a Roma.
Jerónimo, un sabio cristiano de finales del siglo cuarto, cuenta un momento de aquellos días. Ignacio, ya condenado a las fieras, oye rugir a los leones. Y con el ardor de quien desea dar la vida por Cristo, vuelve a la imagen que había mandado a Roma desde Esmirna, la del trigo que va a ser molido.
Ignacio es entregado a las fieras, y la tradición pone su muerte en el gran anfiteatro de la ciudad, el que hoy se conoce como Coliseo. Nadie le quita el final que había pedido.
En Antioquía, su Iglesia fijó el día. Puso su muerte en un 20 de diciembre, hacia el año 107, bajo el emperador Trajano, y en esa fecha celebró la memoria de su pastor.
La tradición recuerda también quién lo trajo de vuelta. Fueron Filón y Agatopo, los dos compañeros que lo siguieron desde Siria. Ellos recogen sus restos y los llevan a casa, a Antioquía.
El hombre que pidió que las fieras no dejaran nada de su cuerpo vuelve a su ciudad. Lo entierran fuera de las puertas, junto al camino que lleva al suburbio de Dafne.
Jerónimo dice que a finales del siglo cuarto sus restos seguían reposando allí.
Bajo el altar
Aquellos restos no se quedaron para siempre junto a la puerta de Dafne. Siglos después, según guarda la memoria de Roma, hicieron el mismo viaje que Ignacio había hecho encadenado, del oriente al occidente. En el año 637 llegaron a la basílica de San Clemente, a poca distancia del Coliseo.
Hoy el altar mayor de esa basílica se levanta sobre la confessio, la cripta bajo el altar donde se guardan los restos de los mártires. Allí, según afirma la Iglesia de Roma, reposan juntos dos obispos de los primeros tiempos, san Clemente, uno de los primeros sucesores de Pedro en Roma, y san Ignacio, el obispo de Siria. Detrás del altar, al pie del mosaico que cubre la pared del fondo, una inscripción recuerda que en ese lugar se guarda un diente de Ignacio.
Quiso que las fieras fueran su único sepulcro. Lo que de él se conserva descansa debajo de la mesa donde se celebra la Misa.
Hoy la Iglesia latina celebra su memoria cada 17 de octubre, la fecha que le dio la última reforma de su calendario, con una Misa propia.
En esa Misa se lee el Evangelio del grano de trigo, aquel en que Jesús dice que, si el grano cae en tierra y muere, da mucho fruto. Al presentar el pan y el vino, el sacerdote recuerda que Dios recibió a Ignacio como trigo de Cristo, hecho pan puro por el martirio, y le pide que acepte también el sacrificio de su pueblo. Y en la plegaria eucarística más antigua del rito romano, la gran oración del centro de la Misa, su nombre se pronuncia entre los mártires que la Iglesia recuerda ante el altar.
Entonces llega el momento de comulgar. Los fieles se acercan al pan que el preso de Tróade llamó carne de nuestro Salvador. Mientras avanzan, se dice la antífona de la comunión, unas palabras breves para ese momento, y vienen de la carta que él mandó desde Esmirna a los cristianos de Roma.
«Frumentum Christi sum», soy trigo de Cristo.
Después de la comunión, la Iglesia pide a Dios que todos sean cristianos de nombre y de obra, lo mismo que aquel obispo encadenado pedía para sí cuando suplicaba que no lo salvaran.
En sus cartas del camino, Ignacio se veía como un principiante, y a ese mismo pan nos acercamos también nosotros, empezando cada vez a ser discípulos.
San Ignacio de Antioquía, tú que caminaste encadenado hacia Roma y te ofreciste como trigo de Cristo para ser pan puro. Tú que tuviste miedo de no ser digno y pediste a tus hermanos que rezaran por ti. Alcánzanos la gracia de recibir con fe el pan de la Eucaristía. Alcánzanos ser cristianos de nombre y de obra. Acuérdate de los que hoy sufren, de los enfermos, de los que tienen miedo y de los que están solos. Que encuentren, como tú, descanso sin inquietud en Dios. Ruega por nosotros. Amén.





