Este año, casi cuatrocientas mil personas pidieron turno en Asís para pasar ante sus restos. Iban a ver a un hombre que, ocho siglos antes, recibió su muerte con alegría.
En sus últimas semanas, ya casi ciego, pidió al médico que no le escondiera nada. Cuando supo cuánto le quedaba, alzó las manos al cielo y llamó hermana a la muerte.
De joven había sido el hijo rico de un mercader. Mirar a los leprosos le resultaba amargo, hasta que el Señor lo llevó entre ellos.
De él se cuentan un lobo, pájaros que escuchaban, el primer belén y una oración por la paz. No todo eso salió de él. Sus compañeros contaron lo que sí pasó, y también lo que vieron en su cuerpo cuando murió.
¿Qué le ocurrió a aquel muchacho entre el asco de entonces y esa alegría que todavía hoy llena Asís?
Asís, una ciudad en guerra
Aquel muchacho creció en una ciudad que peleaba contra sí misma. En Asís, el pueblo y los burgueses se habían alzado en armas contra los nobles, y algunas familias nobles cruzaron el valle para refugiarse en Perugia, la ciudad rival. Abajo vivían los leprosos, los enfermos apartados en hospitales fuera de las murallas, como el de San Salvador de los Muros.
Era hijo de Pedro Bernardone, un rico comerciante de telas, y cayó prisionero en la guerra con Perugia, hacia 1202. Lo habían bautizado con el nombre de Juan, pero su padre lo llamaba Francisco. Era el muchacho de las fiestas y las canciones, el que gastaba sin contar y cosía retazos de paño caro sobre la tela corriente.
Pasó un año en la cárcel, y lo soltaron porque estaba enfermo. La convalecencia fue larga. Cuando por fin salió a las afueras, apoyado en un bastón, la belleza del campo ya no lo alegraba como antes.
Aun así, cuando un noble de Asís se armó para ir a la Pulla, en el sur, donde Gualterio de Brienne mandaba las tropas del papa, Francisco vio su ocasión. Quería que un conde llamado Gentil lo armara caballero. Se vistió con lo más caro que encontró, aunque poco antes había regalado sus vestidos nuevos a un caballero pobre.
Aquella noche soñó que alguien lo llamaba por su nombre y lo llevaba a un palacio lleno de escudos y de armas relucientes. Preguntó de quién era todo aquello, y le dijeron que suyo y de sus soldados. Por la mañana, a quien quería saber por qué estaba tan contento le respondía: «Sé que he de llegar a ser gran príncipe».
En Espoleto cayó enfermo y, medio dormido, oyó una voz que le preguntaba: «¿Quién te puede ayudar más, el señor o el siervo?». Francisco respondió: «El señor». La voz insistió: «¿Por qué, pues, dejas al señor por el siervo?». Y él preguntó: «Señor, ¿qué quieres que haga?». La voz le dijo: «Vuélvete a tu tierra, y allí se te dirá lo que has de hacer».
Ya no pudo dormir en toda la noche.
Al amanecer cabalgó de vuelta a Asís a toda prisa, alegre. Renunció a la Pulla. Empezó a retirarse a orar a solas en una gruta cerca de la ciudad, entre luchas por dentro y un gozo nuevo. A sus amigos les hablaba con enigmas de un tesoro y de cosas grandes y nobles que haría en su tierra.
Nadie le había dicho todavía qué tenía que hacer. La respuesta lo esperaba en el camino, fuera de las murallas, donde vivían los leprosos a los que siempre había evitado.
Lo amargo y lo dulce
Hasta entonces, si divisaba de lejos las casetas de los leprosos, se tapaba la nariz. Cuando les daba limosna, la mandaba por medio de otro y volvía la cara. Un día, mientras oraba, oyó que debía despreciar lo que había amado, y que «en aquello que antes te causaba horror, experimentarás gran dulzura y suavidad inmensa».
Poco después cabalgaba por las afueras de Asís y se cruzó con un leproso. Tuvo que vencerse a sí mismo. Bajó del caballo, le puso una moneda en la mano y se la besó. El leproso le devolvió el beso de la paz. Francisco volvió a montar y siguió su camino.
Ver leprosos le parecía extremadamente amargo. Y el Señor mismo lo condujo entre ellos.
Tomás de Celano, un fraile que lo conoció, añadió años más tarde un detalle: al volver la vista, en el campo abierto, el leproso ya no estaba.
A los pocos días volvió al hospital de los leprosos con mucho dinero. Los reunió a todos y a cada uno le dio limosna besándole la mano. Al salir, verlos y tocarlos ya no le repugnaba: lo amargo se le había convertido en «dulzura del alma y del cuerpo». Con el tiempo se quedaría a vivir con ellos, a lavarles el cuerpo y curarles las llagas.
Cambiado por dentro, pasó un día junto a San Damián, una iglesita vieja que amenazaba ruina, y sintió que debía entrar a orar. Lo que ocurrió allí lo guardaron en la memoria los que vivieron con él. Arrodillado ante la imagen del Crucificado, oyó que le hablaba por su nombre: «Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala».
Temblando, respondió: «De muy buena gana lo haré, Señor».
Lo entendió al pie de la letra: aquella iglesia de piedras sueltas. Al salir encontró al sacerdote sentado junto a ella y le dio dinero para que nunca faltara aceite en la lámpara ante el crucifijo. La voz le había hablado una sola vez, de una casa que se derrumbaba; las tres llamadas y la «Iglesia en ruinas» de muchas estampas llegaron en relatos más tardíos. Pero Tomás de Celano entendía que aquella casa era más grande que unos muros: era la Iglesia que Cristo compró con su sangre. Francisco empezó por el edificio.
Desde ese día llevó la Pasión de Cristo grabada en el corazón. Una vez, por un camino del valle, iba llorando a gritos. Un hombre lo oyó y le preguntó por qué lloraba. «Lloro la pasión de mi Señor», le respondió. Esa Pasión, sus hermanos la verían un día en su cuerpo.
Pero reparar una iglesia costaba dinero, y él no tenía nada propio. Lo único que tenía a mano eran los paños de su padre. Se santiguó, cargó en el caballo las telas de colores y salió hacia Foligno.
Padre nuestro que estás en los cielos
En el mercado de Foligno vendió los paños, uno tras otro. Después vendió también el caballo y volvió a San Damián.
En San Damián ofreció el dinero al sacerdote pobre. El hombre no se atrevió a aceptarlo, por miedo a la familia del muchacho. Francisco lo arrojó al hueco de una ventana.
Al saberlo, Pedro Bernardone reunió a amigos y vecinos y salió a buscar a su hijo.
Francisco se escondió durante un mes en una cueva que solo conocía uno de la casa. Allí oraba llorando.
Cuando por fin subió a Asís, flaco y sucio, los que lo conocían le gritaban loco y le tiraban barro y piedras. Su padre se lanzó sobre él como un lobo sobre la oveja. Lo llevó a casa y lo encerró muchos días en un lugar oscuro, entre razones y azotes; hay quien recordaba también cadenas.
Un día el padre tuvo que salir de viaje. La madre, que no aprobaba lo que hacía su marido, fue a ver a su hijo y le habló con dulzura. Vio que no iba a ceder, y lo soltó.
Al volver, el padre la insultó.
Entonces recurrió a la ley. Se querelló ante los cónsules, los magistrados de la ciudad, y ellos le respondieron que su hijo, al ponerse al servicio de Dios, ya no estaba bajo su autoridad. Pedro Bernardone llevó el pleito ante Guido, el obispo de Asís.
A principios de 1206, el obispo citó a Francisco. Le pidió que devolviera el dinero, que quizá no se había ganado con justicia, y lo animó: «Hijo, ten confianza en el Señor y obra con hombría y no temas».
Francisco pasó a una habitación contigua. Se quitó toda la ropa, puso el dinero encima y salió desnudo ante su padre y ante todos los presentes. Bajo aquellos vestidos de colores había llevado un cilicio, una camisa áspera de penitencia. En un relato de aquel día se desnudó en silencio. En el de sus compañeros, dijo que desde entonces quería decir «Padre nuestro, que estás en los cielos», y no «padre Pedro Bernardone».
El padre recogió la ropa y el dinero, y se fue.
Los presentes lloraban de compasión. El obispo abrazó al muchacho y lo cubrió con su capa. Desde aquel día fue su protector.
Sin nada propio, con unos harapos encima, Francisco se adentró en el bosque cantando en francés las alabanzas del Señor. Unos ladrones le salieron al paso y le preguntaron quién era.
«Soy el pregonero del gran Rey», respondió.
Lo golpearon y lo tiraron a un hoyo lleno de nieve. Salió de un salto y siguió cantando.
Trabajó un tiempo de mozo de cocina en un monasterio. En Gubbio, un amigo le dio una túnica. Con ella puesta volvió a Asís, a las piedras que había prometido levantar.
Esto es lo que yo quiero
Piedra a piedra, levantó los muros de San Damián, luego los de otra iglesia y al final los de una capilla pequeña y abandonada en el valle, dedicada a la Virgen María: la Porciúncula. Le ardía el corazón de devoción por la madre de toda bondad, y allí se quedó. Seguía vestido como un ermitaño, con una correa a la cintura, calzado y un bastón para el camino.
Un día de 1208, en la misa, oyó el Evangelio en que Jesús envía a sus apóstoles a anunciar el Reino. Al terminar, pidió al sacerdote que se lo explicara. Los enviados no debían llevar oro, ni bolsa, ni bastón, ni calzado, ni dos túnicas.
«Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco».
Se descalzó allí mismo. Dejó el bastón. Cambió la correa por una cuerda y se vistió con una túnica áspera en forma de cruz. El Altísimo mismo le reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio. Y le reveló también el saludo que había que dar a todos: «El Señor te dé la paz».
Aquel hombre descalzo empezó a atraer a otros. Bernardo de Quintavalle, un rico de Asís, vendió sus bienes y lo siguió, y con él Pedro Catani. Pocos días después llegó Gil, un hombre sencillo y recto. Llegaron otros, y cuando fueron doce, Francisco les propuso ir a Roma y contar al papa lo que el Señor empezaba a hacer con ellos. Eligieron a Bernardo para guiarlos en el camino.
En Roma, en la primavera de 1209, el cardenal Juan de San Pablo los acogió y aconsejó a Francisco que se hiciera monje o ermitaño. Vencido por su constancia, lo llevó ante Inocencio III, un papa poderoso.
A algunos cardenales aquella forma de vida les pareció nueva y superior a las fuerzas humanas. El papa temía que una vida así resultara demasiado dura para los que vendrían después, y le pidió que orara para saber si era voluntad de Dios.
Francisco volvió, y en la Orden se contaba lo que le dijo entonces al papa. Era una parábola: un rey había tenido hijos con una mujer pobre y hermosa del desierto, y los alimentaba en su palacio. Y concluyó: «Yo soy, señor, esta mujer pobrecita». El papa recordó entonces un sueño: la basílica de Letrán se venía abajo y un religioso pequeño y despreciado la sostenía con la espalda. Los frailes de santo Domingo contaban ese mismo sueño con su propio fundador.
Inocencio III aprobó la forma de vida de Francisco: «Id con el Señor, hermanos, y, según Él se digne inspiraros, predicad a todos la penitencia». Francisco se arrodilló y le prometió obediencia, y los doce recibieron la tonsura, la coronilla rasurada de los clérigos. Cuando en la Regla, aquella forma de vida escrita, oyó las palabras «y sean menores», dio nombre a la fraternidad: Hermanos Menores, los más pequeños, los que no mandan.
De vuelta en el valle, se metieron en una choza abandonada en Rivo Torto, tan estrecha que apenas cabían sentados. Francisco escribió en los maderos el nombre de cada hermano.
Un día pasó por el camino el emperador Otón, con un gran séquito, a recibir la corona. Francisco no salió a verlo. Solo dejó salir a un hermano, para que le dijera al emperador que aquella gloria le duraría poco.
Los hermanos pidieron a Francisco que les enseñara a orar. Les enseñó el Padrenuestro y una oración para cada iglesia y cada cruz que encontraran: «Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias… porque por tu santa cruz redimiste al mundo».
Una mañana, un campesino llegó con su asno y lo metió en la choza. Los hermanos se marcharon a la Porciúncula.
A esa capilla de la Virgen, una noche de 1212, llegaría una joven de Asís de dieciocho años.
Clara y las hermanas aves
Se llamaba Clara. Fue la noche que siguió al Domingo de Ramos. En la pequeña capilla prometió obediencia a Francisco. Clara era noble. Su familia había sido una de las que, en los años de la guerra entre vecinos, se refugiaron en Perugia. La hija de aquella casa elegía ahora vivir pobre.
Antes de encontrar su sitio pasó por dos monasterios. Lo encontró en San Damián, la iglesia cuyas piedras Francisco había levantado con sus manos. Allí nació la Orden de las Hermanas Pobres.
Mientras ellas se quedaban tras los muros de San Damián, los hermanos salían de dos en dos por los caminos con el saludo de paz. Francisco predicaba por el valle de Espoleto.
Cerca de Menavia vio en el campo una bandada de palomas, cornejas y grajos y echó a correr hacia ella. Las aves no levantaron el vuelo. Les habló igual que hablaba a la gente: «Mis hermanas aves: mucho debéis alabar a vuestro Creador y amarle de continuo». Ellas estiraron el cuello, abrieron las alas y se quedaron mirándolo. Él pasó entre ellas rozándolas con la túnica, y las bendijo.
Lo contaban él mismo y los hermanos que iban con él aquel día.
En Alviano, las golondrinas no lo dejaban predicar. Les mandó callar, y callaron.
A todas las criaturas las llamaba hermanas. Un día vio una oveja que caminaba mansa en medio de un rebaño de cabras, y la rescató, porque le recordaba a Cristo.
La gente, sin embargo, empezó a pedirle más que palabras. Tomás de Celano, el fraile que lo conoció, fue reuniendo lo que contaban los testigos. En Toscanella, un caballero suplicó a Francisco por su único hijo, que era cojo. El santo se resistió. Entonces oró, le impuso la mano al niño, y el niño echó a correr.
En San Gemini colocó a tres hermanos en los rincones de una casa y ordenó al demonio que saliera de una mujer. Salió con estrépito. Y Francisco, temiendo haber sido engañado, se marchó de allí avergonzado.
En Gubbio, la ciudad donde un antiguo amigo le había dado una túnica, sanó las manos tullidas de una mujer, que volvió a buscarlo con un requesón para él.
Y de esa misma ciudad saldría la historia que más se cuenta de él: la de un lobo.
Como ovejas entre lobos
La historia del lobo, la que tantos han oído, no la contaron los que vivieron con él. Aparece más de un siglo después de su muerte, entre las Florecillas, los relatos que reunieron los frailes de las Marcas, y todavía hoy se cuenta a los niños.
En Gubbio había un lobo enorme que devoraba animales, y también hombres. La gente salía armada como si fuera a la guerra, y al final nadie se atrevía a cruzar las puertas. Francisco quiso ir a buscarlo. Los vecinos intentaron disuadirlo, pero él fue de todos modos.
El lobo corrió hacia él con la boca abierta. Francisco trazó la cruz en el aire y le habló: «¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie». El lobo cerró la boca y se echó a sus pies como un cordero.
Francisco le reprochó todas aquellas muertes. Después le ofreció la paz: la ciudad le daría de comer, porque había hecho el mal por hambre, a cambio de que no dañara a nadie más. El lobo puso la pata en su mano. Lo siguió manso hasta la plaza y volvió a ponerla, esta vez delante de todo el pueblo. Vivió dos años en Gubbio. Entraba en las casas sin que le ladraran los perros, y murió de viejo.
Los vecinos lo lloraron.
Pero el peligro de verdad, el que Francisco buscaba desde hacía años, no tenía nada de leyenda. Hacia 1211 quiso pasar a Siria para anunciar a Cristo a los musulmanes, deseando morir mártir. Los vientos contrarios lo arrojaron a la costa de Dalmacia, al otro lado del Adriático, y como los marineros no querían llevarlo, volvió a Ancona escondido en la nave de ellos.
En 1219 volvió a embarcarse en Ancona y llegó a Damieta, en el delta del Nilo, en plena cruzada: el ejército cristiano tenía la ciudad sitiada. Un día supo que los cruzados iban a presentar batalla, y el Señor le dio a entender que la perderían. Si lo decía, lo tomarían por necio; si callaba, se lo reprocharía la conciencia. Se lo consultó a su compañero, que le respondió: «Padre, no es precisamente ahora cuando vas a empezar a ser tenido por fatuo». Francisco fue a anunciarles la derrota, y se burlaron de él. Durante el combate hizo que su compañero se levantara a mirar. La primera vez no vio nada; la segunda, tampoco. A la tercera, vio a todo el ejército cristiano darse a la fuga. Francisco lloró por ellos, sobre todo por los españoles, a los que su propio arrojo había diezmado.
Entonces cruzó las líneas hacia el campamento del sultán, con un compañero. Los soldados lo apresaron y lo golpearon. Al-Kamil, sultán de Egipto, lo recibió con honores y lo escuchó con gusto.
San Buenaventura, el fraile que escribió su vida una generación más tarde, contaba que, camino del campamento del sultán, Francisco iba con el hermano Iluminado. Al ver dos ovejitas en el camino, le dijo: «Confía, hermano, en el Señor, porque se cumple en nosotros el dicho evangélico: He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos». Ante el sultán, cuando le preguntaron quién lo enviaba, respondió que Dios mismo, para mostrarles el camino de la salvación.
Y, según el mismo Buenaventura, Francisco llegó a proponerle al sultán una gran hoguera para entrar en ella junto con los sacerdotes del sultán. Uno de ellos, ya anciano, se retiró al oírlo. Francisco se ofreció entonces a entrar solo, si el sultán prometía convertirse con su pueblo. Al-Kamil no se atrevió, por miedo a una revuelta, y le ofreció regalos valiosos que Francisco no quiso. Hubo también un testigo de fuera de la Orden. Jacobo de Vitry, un obispo que estaba en el campamento cruzado, contó que Francisco predicó algunos días a los musulmanes, con poco fruto, y que el sultán lo hizo devolver sano al campamento cristiano.
No hubo conversión, ni el martirio que había ido a buscar. Francisco regresó a una fraternidad que ya no cabía en ninguna choza, y donde algunos empezaban a cansarse de la pobreza del principio.
Una Nochebuena en Greccio
En 1220, de vuelta en Italia, dejó el gobierno de los hermanos en manos de un vicario, Pedro Catani, uno de los primeros que lo habían seguido. El cardenal Hugolino, obispo de Ostia, quedó como protector de la Orden.
Ya no mandaba a los hermanos, y consigo mismo no se permitía ni una pizca de vanagloria. Estando enfermo, había comido un poco de pollo. Ya repuesto, al llegar a la puerta de Asís, mandó a un hermano que le atara una cuerda al cuello y lo llevara por la ciudad como a un ladrón, pregonando que era un glotón. Y cuando la gente lo alababa, pedía a un hermano que lo insultara, y a los insultos respondía: «esto es lo que necesita oír el hijo de Pedro Bernardone».
En la Porciúncula, un fraile contaba después lo que había pasado allí un día. Francisco llamó a fray León, el compañero que le hacía de secretario: «Hermano León, escribe». «Heme aquí preparado».
No es la verdadera alegría, dictó, que entren en la Orden todos los maestros de París. Ni los prelados, ni los reyes de Francia y de Inglaterra. Ni que sus frailes conviertan a todos los infieles. Ni que él mismo sane enfermos y haga muchos milagros.
La verdadera alegría, siguió dictando, es esta. Vuelve de Perugia en plena noche de invierno. Hay tanto barro y tanto frío que en el borde de la túnica se le forman carámbanos que le hieren las piernas hasta hacerlas sangrar. Llama largo rato a la puerta. Dentro, un hermano pregunta: —¿Quién es? —El hermano Francisco. —Vete; no es hora decente de andar de camino. No entrarás. Él insiste. —Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos. —Por amor de Dios, recogedme esta noche. —No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.
Si tiene paciencia y no se altera, concluye, «en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma».
En noviembre de 1223, el papa Honorio III aprobó la Regla que los hermanos siguen guardando hoy. Faltaba menos de un mes para Navidad.
Unos quince días antes de Navidad, Francisco llamó a Juan, un noble de Greccio al que quería mucho: «Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén». Quería ver con sus ojos cómo fue reclinado en un pesebre, sobre heno, entre el buey y el asno.
Aquella Nochebuena llegaron hermanos de muchos lugares, y vecinos con cirios y teas. Trajeron el heno, el buey y el asno, y Greccio se convirtió en una nueva Belén. Francisco, de pie ante el pesebre, suspiraba lleno de gozo. Se celebró la misa sobre el pesebre. Él era diácono, el ministro que en la misa proclama el Evangelio; lo cantó y predicó. Al llamar a Jesús «el Niño de Bethleem», la palabra le salió como el balido de una oveja, y se pasó la lengua por los labios, saboreándola.
Uno de los presentes, un hombre virtuoso, vio en el pesebre a un niño como sin vida, y a Francisco que lo despertaba. Todos volvieron a casa alegres. Aquel heno curó después animales y ayudó a mujeres en partos difíciles, y sobre el pesebre se consagraron un altar y una iglesia. El belén que tantas familias ponen cada Navidad guarda la memoria de aquella noche.
Nueve meses después, Francisco subió a un monte de la Toscana con una sola pregunta para Dios.
La Verna
Aquel monte era La Verna, un eremitorio de roca y bosque que el conde Orlando le había ofrecido años antes. Allí pasó Francisco la cuaresma de san Miguel: cuarenta días de oración en honor del arcángel.
Para saber qué quería Dios de su vida, tomó el libro de los Evangelios y lo abrió. Lo abrió tres veces. Y las tres veces la página le habló de la Pasión de Cristo.
A mediados de septiembre de 1224, en la soledad del monte, ve algo sobre sí. Es un hombre con seis alas, como un serafín. Tiene las manos extendidas y los pies juntos, clavados a una cruz. Dos alas se alzan sobre su cabeza, dos se abren para volar y dos le cubren el cuerpo.
Francisco se siente envuelto en una mirada llena de bondad, y le aterra verlo crucificado.
Se levanta triste y alegre a la vez.
Y mientras intenta comprender lo que ha visto, empiezan a aparecerle en las manos y en los pies las señales de los clavos. En las palmas y en el empeine asoman unas cabezas redondas. Del otro lado salen las puntas, dobladas, como si alguien las hubiera remachado. En el costado derecho se le abre una herida que mana sangre y le enrojece la túnica y los calzones.
Son los estigmas: las señales de la Pasión de Jesucristo en un cuerpo humano. La Pasión que llevaba en el corazón desde San Damián se le ha hecho carne.
Desde entonces se cubrió las manos y los pies, y escondió aquellas heridas a todos. Solo unos pocos llegaron a conocerlas mientras vivía. Fray Elías, que guiaba ahora a los hermanos como vicario, llegó a ver la herida del costado. Fray Rufino, otro de sus compañeros, la tocó sin querer un día, mientras le daba friegas. El dolor hizo que Francisco le apartara la mano.
Bajó del monte con la herida guardada bajo la túnica. Los ojos, además, le dolían cada día más: apenas soportaba la luz.
El Cántico en la oscuridad
Ya no podía recorrer los caminos a pie, y predicaba montado en un borriquillo. El cardenal Hugolino, protector de la Orden, y fray Elías, que guiaba a los hermanos, le mandaron dejarse curar los ojos. Pero hacía demasiado frío para empezar el tratamiento, y hubo que esperar.
Vivía en San Damián, donde estaban Clara y sus hermanas, en una celdilla hecha de esteras. Llevaba más de cincuenta días sin soportar la luz del sol de día ni el resplandor del fuego de noche. Los dolores no lo dejaban dormir. En la oscuridad, los ratones le corrían por encima y saltaban a su mesa mientras comía. Él y sus compañeros lo tomaron por una tentación del demonio.
Una noche, compadecido de sí mismo, rezó: «Señor, ven en mi ayuda en mis enfermedades para que pueda soportarlas con paciencia». Y oyó una voz que le hablaba de un tesoro tan grande que, a su lado, la tierra entera convertida en oro no sería nada. La voz le pedía que se alegrara y que viviera en paz, «como si estuvieras ya en mi reino».
Por la mañana reunió a sus compañeros. Quería componer una nueva alabanza del Señor por sus criaturas, que sirven a todos cada día sin que nadie dé gracias a Dios por ellas. Se sentó, se recogió un momento y empezó:
«Altísimo, omnipotente, buen Señor…». Y siguió: «Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano sol».
Le puso melodía y se la enseñó a los hermanos. Quería que fray Pacífico, que en el mundo había sido rey de los versos, la cantara por los pueblos con otros hermanos, como juglares del Señor. La tituló Cántico del hermano sol, porque el sol es la criatura más bella y la que más se parece a Dios.
La compuso un hombre que ya no podía mirar el sol.
Arriba, en la ciudad, el obispo había excomulgado al podestà, el magistrado que gobernaba Asís: lo había apartado de la comunión de la Iglesia. El podestà respondió mandando pregonar que nadie comprara ni vendiera nada al obispo. El odio crecía.
«Es una gran vergüenza para vosotros, siervos de Dios, que nadie se preocupe de restablecer entre el obispo y el podestà la paz y concordia», dijo Francisco. Añadió al Cántico una estrofa por los que perdonan por amor de Dios. Mandó a un hermano a pedir al podestà que acudiera al obispado con los notables, y a otros dos a cantar allí.
Los dos hermanos cantaron el Cántico ante el obispo, el podestà y toda la gente. El podestà se puso en pie, juntó los brazos y las manos y escuchó llorando, como si fuera el Evangelio. Al terminar, dijo que no solo perdonaba al obispo. «Perdonaría al asesino de mi hermano o de mi hijo», añadió. Y se echó a los pies del obispo, que lo levantó y le pidió perdón por su propio carácter, pronto a la cólera. Los dos se abrazaron. Los testigos lo tuvieron por un gran milagro.
Muchos rezan hoy con el nombre de Francisco la oración «Señor, hazme un instrumento de tu paz». Apareció sin firma en una revista francesa en 1912, y un capuchino la imprimió después al dorso de una estampa del santo: así llegó a ser suya para el mundo, aunque no salió de sus labios. La paz que Francisco hizo en Asís tuvo forma de canción.
Al Cántico todavía le faltaba una estrofa. En el valle de Rieti, un médico le cauterizó las sienes, quemándoselas para intentar salvarle los ojos, pero ni así logró frenar la enfermedad. En la primavera de 1226, en Siena, Francisco empezó a vomitar sangre.
Bienvenida sea mi hermana la muerte
Fray Elías, su vicario, corrió a Siena en cuanto supo cómo estaba. Con su llegada, Francisco mejoró lo bastante para seguirlo a Celle de Cortona.
Allí se le hincharon el vientre y las piernas. En aquellos meses, casi ciego, dictó su Testamento. Empezó por los leprosos: «Como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo». Recordó la fe que el Señor le había dado en las iglesias y en el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios. Y recordó aquellos primeros días, cuando a los hermanos les bastaba una túnica remendada y el saludo «El Señor te dé la paz».
Pidió también que los hermanos vivieran en casas pobres, que no pidieran privilegios a la curia de Roma y que no añadieran glosas a la Regla diciendo cómo había que entenderla. Le dolía ver que algunos se alejaban de la sencillez del principio. Y dejó claro que aquel texto «no es otra Regla»: no venía a cambiar la que el papa había aprobado, sino a recordarles cómo guardarla.
Pidió volver a Asís, y la ciudad se alegró de recibirlo. Un hermano le preguntó qué prefería soportar, aquella enfermedad o un martirio. Respondió que solo deseaba la voluntad de Dios, aunque tres días de aquel mal le resultaban más duros que cualquier martirio.
Lo alojaron en el palacio del obispo. Allí hacía cantar las alabanzas que él mismo había compuesto, de día y de noche. Fuera, los vecinos vigilaban el palacio por miedo a que, si moría, alguien se llevara su cuerpo a otra ciudad. A Elías le preocupaba lo que diría la gente de un moribundo que cantaba. Francisco le pidió: «Deja, hermano, que me alegre en el Señor y que cante sus alabanzas en medio de mis dolencias».
Fue a verlo un médico amigo de Arezzo, Buen Juan. Francisco le preguntó qué pensaba de su propia hidropesía, el líquido que le hinchaba el cuerpo. El médico esquivó la respuesta.
—Hermano, dime la verdad; yo no soy un cobarde que teme a la muerte.
Se la dijo: a finales de septiembre, o el 4 de octubre.
Francisco extendió los brazos, alzó las manos al cielo y exclamó: «Bienvenida sea mi hermana la muerte».
Mandó llamar a fray Ángel y a fray León para que le cantaran a la hermana muerte. Cantaron el Cántico llorando. Antes de la última estrofa, él añadió unos versos nuevos: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar».
Después, ya sin vista, cruzó los brazos para bendecir a los hermanos que tenía delante. «¿Sobre quién tengo mi mano derecha?», preguntó. La tenía sobre Elías.
Entonces pidió que lo llevaran a la Porciúncula. En el camino hizo que se detuvieran y bendijo la ciudad. Muchas veces había dicho de aquella capilla de la Virgen: «Mirad, hijos míos, que nunca abandonéis este lugar».
Pidió que lo pusieran desnudo sobre la tierra desnuda. Se tapó con la mano izquierda la herida del costado y dijo: «He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra». El guardián, el hermano a cargo de aquel lugar, le prestó por obediencia una túnica, unos calzones y una capucha, para que nada de lo que llevaba fuera suyo.
Los hermanos lloraban. Francisco mandó que le trajeran un pan, lo bendijo, lo partió y dio a cada uno un pedacito. Quiso que le leyeran el Evangelio de Juan, donde Jesús sabe que ha llegado su hora de pasar de este mundo al Padre. Hizo cantar las alabanzas, y él mismo entonó como pudo el salmo «Con mi voz clamé al Señor». Al final pidió que le pusieran un cilicio y le esparcieran ceniza.
Murió al caer la tarde del sábado 3 de octubre de 1226, sobre la tierra desnuda, entre sus hermanos. Tenía unos cuarenta y cuatro años.
A ese paso de esta vida a Dios los franciscanos lo llaman el tránsito.
Y los que velaban su cuerpo iban a ver por fin lo que había escondido durante dos años.
Lo que vieron al amanecer
Uno tras otro se inclinaban sobre él. En las manos y en los pies tenía clavos de carne, oscuros como el hierro. En el costado estaba la herida que él se había tapado con la mano. Eso fue lo que sus hermanos vieron en su cuerpo cuando murió.
Su carne, antes morena, se había vuelto blanca, y los miembros seguían flexibles. Le besaban las llagas, y el gozo se mezclaba con el llanto. Uno de los hermanos contó que había visto subir su alma como una estrella sobre una nube blanca.
Al día siguiente lo subieron a Asís. El cortejo se detuvo en San Damián, la iglesita que él había reparado con sus manos. Allí vivían Clara, la joven que una noche de Ramos había llegado a la Porciúncula, y sus hermanas. Por la ventanilla por la que recibían la comunión lo miraron y lloraron: «Padre, Padre, ¿qué vamos a hacer?». Le besaron las manos heridas. Después se llevaron el cuerpo, y la ventanilla se cerró.
Lo enterraron en la iglesia de San Jorge. Aquel mismo día, bajo el arca que lo había llevado, una niña con el cuello torcido quedó sana.
Esa curación se leyó en voz alta, con muchas otras, en Asís, en julio de 1228. Las escuchaba el papa Gregorio IX, el mismo Hugolino que como cardenal había protegido a los hermanos. Aquel día declaró santo a Francisco. Pocos días después fijó su fiesta el 4 de octubre, el día en que Tomás de Celano, el fraile que escribió su primera vida, situaba su muerte.
Pocos años después llevaron su cuerpo a la nueva basílica y lo escondieron en lo hondo. Durante casi seis siglos permaneció escondido.
En 1818, después de semanas cavando, lo encontraron.
Hace casi medio siglo, un estudio de sus restos reveló a un hombre de un metro cincuenta y siete, con los pies deformados.
Este año se cumplen ocho siglos de su muerte, y la Iglesia lo celebra con un Año de San Francisco.
Cuatro hermanos llevaron la urna transparente hasta los pies del altar de la basílica inferior. Las reservas para pasar ante ella se contaron por cientos de miles.
Los peregrinos pasaban ante un hombre pequeño que había pedido morir sin nada suyo, ni siquiera la túnica. Al muchacho que no soportaba mirar a los leprosos, Cristo lo llevó entre ellos, y desde allí llegó, cantando, hasta la tierra desnuda. ¿Qué amargura nuestra podría volverse dulzura? La suya empezó a cambiar en un camino, el día que bajó del caballo.
San Francisco de Asís, fundador de los Hermanos Menores y patrono de Italia, que encontraste dulzura donde antes solo había amargura, que te quedaste sin nada en las manos de Dios y recibiste a la muerte como a una hermana: alcánzanos del Señor un corazón que sepa acercarse al que sufre, alabarle en todas sus criaturas y esperar con paz el día de nuestro tránsito. Ruega por nosotros. Amén.





