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FIDES VIVA

26 de septiembre

San Cosme y san Damián

Los hermanos médicos «sin plata» nombrados juntos en la Misa

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Capítulos
  1. 0:00Los sin plata
  2. 3:19Tres huevos
  3. 5:34Ante Lisias
  4. 9:48La tumba y el camino de los enfermos
  5. 12:49Roma y la pierna del etíope
  6. 18:01El viaje de los cráneos
  7. 20:57Los enfermos siguen acudiendo

A Cosme y Damián la gente los llamó «los sin plata». Eran dos hermanos médicos y, según se cuenta, no cobraban a nadie. No dejaron una carta ni un libro. No queda una sola frase escrita de su mano.

Sin embargo, desde hace más de quince siglos los cristianos no han dejado de pronunciar sus nombres. En una plegaria de la Misa todavía se dicen seguidos, como si nadie se atreviera a separarlos. Los enfermos siguen acudiendo a ellos. Alrededor de los dos se repiten historias de curaciones, de gemelos y de prodigios.

Una de esas historias habla de un enfermo que despertó de noche con una pierna que no era la suya.

¿Quiénes fueron estos dos hermanos, y cómo llegó hasta hoy el recuerdo de aquel hombre que se miró la pierna a la luz de una vela?

Los sin plata

En el extremo oriental del Mediterráneo, a orillas del golfo de Alejandreta, estaba Egea, una ciudad portuaria de Cilicia.

Tierra adentro, hacia el este, se levantaba Ciro. Era una ciudad romana del norte de la antigua Siria, en la provincia Eufratense, no lejos de Alepo. Entre esas dos ciudades, la del mar y la del interior, se reparte el recuerdo de dos hermanos.

Corrían los últimos años del siglo III, o tal vez los primeros del IV. Gobernaba el emperador Diocleciano, y en su tiempo, según guardaron los cristianos, creer en Jesucristo tenía un precio. Un cristiano podía ser llamado ante un magistrado. Allí podía recibir la orden de renegar de Cristo. Bajo esa sombra se curaba, se rezaba y se vivía.

Quienes los veneraron desde antiguo los recordaban como hermanos, y algunos como gemelos. Su tierra de origen, en ese recuerdo, era Arabia. Sobre su fe hay dos memorias: un relato medieval les da una madre creyente, Teodora, y otra memoria, más antigua, dice que curaban después de hacerse cristianos.

Eran médicos. Curaban a hombres y mujeres, y también a los animales. Y no pedían nada a cambio. Ni una moneda.

Lo hacían por amor de Dios. Por eso el apodo que les dio la gente tiene también su palabra griega, anárgiros, que significa eso mismo: sin plata. Y no cuidaban solo el cuerpo: buscaban también el bien de las almas, y muchos paganos que acudieron a ellos se hicieron cristianos.

Cuando la Iglesia los recuerda cada año, lo hace con una prudencia hermosa. Se considera, dice, que ejercieron la medicina en Ciro y que curaron gratis a muchos. Es el tono con que se cuida un recuerdo que ha pasado por muchas manos.

No cobrar parece sencillo mientras nadie insiste en pagar. Un día, una mujer a la que habían curado volvió a buscarlos con algo entre las manos.

Tres huevos

Eran tres huevos. En la memoria de quienes repitieron durante siglos la historia de los dos médicos, esa mujer había llegado a ellos sin nada. Todo lo que tenía se le había ido en medicinas, una tras otra, y ninguna la había curado.

Ahora estaba sana. Y volvía con lo único que podía ofrecer.

Los hermanos no lo aceptaron. Su costumbre valía también para lo pequeño: ni monedas, ni regalos, ni siquiera tres huevos. La mujer no se marchó. Se volvió hacia Damián y se lo pidió en nombre de Cristo.

Él los recibió. Lo hizo para no herirla y para no despreciar el nombre del Señor.

Tres huevos no son un precio.

Quienes cuentan esta historia le dan un nombre, Paladia, y la recuerdan enferma de flujo de sangre, es decir, de una hemorragia que no se detenía.

A Cosme aquello le dolió. Para él, curar sin plata no admitía excepciones, por pequeñas que fueran. Disgustado, pidió que, cuando muriera, no lo enterraran junto a su hermano.

Dos hermanos que lo habían compartido todo, el oficio, los enfermos y los caminos, quedaban separados por una frase sobre una tumba.

Esa noche, el Señor se apareció a Cosme. No vino a reprender a Damián. Vino a disculparlo.

El gesto de su hermano, en el relato, no había roto nada: había unido a la gratuidad la compasión hacia una mujer que suplicaba en nombre de Cristo.

Sin embargo, lo pedido sobre la sepultura ya estaba dicho.

Con aquella petición todavía en pie, llegó la persecución de Diocleciano.

La fama de los dos médicos que curaban sin cobrar, y por los que tantos paganos se habían hecho cristianos, llegó a oídos de Lisias, el prefecto romano. Lisias los mandó llamar ante su tribunal.

Ante Lisias

Lisias les preguntó quiénes eran y de dónde venían.

Ellos dieron sus nombres, Cosme y Damián, y nombraron también a sus otros tres hermanos: Antimo, Leoncio y Euprepio. Su tierra era Arabia. Y añadieron: «Los cristianos no conocen la fortuna».

En esa respuesta suena una confesión: su vida no la gobierna el azar, sino Cristo.

Entonces Lisias mandó traer a los otros tres hermanos y les dio a los cinco una orden: ofrecer sacrificio a los ídolos, todos juntos.

Se negaron. No quisieron sacrificar, y despreciaron a los ídolos.

Lisias mandó torturarlos en las manos y en los pies. Tampoco así cedieron.

Desde aquí, su martirio es el que los cristianos repitieron durante siglos, lleno de prodigios.

Los atan con cadenas y los arrojan al mar. Un ángel del Señor los saca de las aguas, y vuelven a presentarse ante el juez.

Lisias los acusa de vencer a sus dioses con hechizos. Les pide que le enseñen esa brujería y promete seguirlos. En ese momento, dos demonios caen sobre él y lo golpean en la cara. El juez les suplica a gritos que recen por él al Señor.

Y ellos rezan por él. Por el hombre que acababa de arrojarlos al mar.

Los demonios se apartan. Pero Lisias, repuesto, dice que aquello es la ira de sus dioses por haber pensado abandonarlos, y que no permitirá que los ofendan.

Manda encender una gran hoguera y los arrojan dentro. La llama se aparta de ellos y alcanza a los que miran. Mata a muchos.

Luego los tienden en el potro, un armazón que estira el cuerpo hasta descoyuntarlo. Los verdugos se ensañan con ellos más que con ningún otro hombre. Y los bajan del potro enteros, sin herida y sin dolor.

Lisias manda encerrar a Antimo, Leoncio y Euprepio. A Cosme y a Damián los hace crucificar.

En la cruz, la gente les tira piedras desde abajo. Las piedras se vuelven contra quienes las lanzan y hieren a muchos.

Fuera de sí, el juez hace traer a los tres hermanos y los pone junto a la cruz. Cuatro soldados disparan flechas contra Cosme y Damián. Las flechas se vuelven y hieren a muchos. A ellos no los tocan.

Lisias ha perdido en todo. Está angustiado hasta la muerte.

Manda usar la espada.

Los cinco hermanos mueren juntos, decapitados: Cosme, Damián, Antimo, Leoncio y Euprepio.

Ninguno de los cinco negó a Cristo. Ni ante los ídolos, ni ante el juez, ni ante la espada.

Quedaba la tumba.

Quienes recogieron los cuerpos no habían olvidado lo que Cosme había pedido en su enojo. No sabían si debían enterrarlo junto a Damián o respetar sus palabras.

Entonces se oyó una orden. Unos cuentan que fue una voz; otros, y así lo representó el pintor Beato Angélico, que habló el propio dromedario que llevaba el cuerpo de Damián: «No los separéis en la sepultura, porque no están separados en el mérito».

Y los enterraron juntos.

La frase dura de Cosme no tuvo la última palabra. La tuvo lo que los dos habían vivido: la misma fe, los mismos enfermos, la misma muerte por Cristo.

Una tradición pone esa tumba común en Ciro; otra, en Egea.

En Ciro, ya en el siglo V, un obispo hablaría de la basílica que los dos santos tenían en su ciudad.

La tumba y el camino de los enfermos

Aquel obispo se llamaba Teodoreto y era el pastor de Ciro. Cuando menciona la iglesia de los dos mártires, la llama suntuosa.

Donde una de las tradiciones ponía el sepulcro de los hermanos ya no había solo una tumba. Había un santuario.

Esa memoria viajó muy pronto hasta la capital del imperio de Oriente. En Constantinopla, en la primera mitad del siglo V, había ya dos iglesias dedicadas a los santos.

Más al este, en Edesa, en el año 457, se levantó un hospital. Lo pusieron bajo la protección de los dos médicos.

Quienes habían curado sin pedir nada tenían ahora, con su nombre, una casa para los enfermos.

En el siglo VI gobernaba desde Constantinopla el emperador Justiniano. Mandó restaurar con esplendor la ciudad de Ciro en honor de los dos santos.

Del propio emperador se cuenta una historia. Había caído gravemente enfermo. Sanó, y atribuyó su curación a la intercesión de Cosme y Damián, es decir, a su oración ante Dios por él.

Agradecido, reconstruyó y adornó su iglesia de Constantinopla. Aquel templo se convirtió en un lugar de peregrinación célebre.

El hombre más poderoso de su mundo se había contado entre los enfermos que acudían a ellos.

En Oriente, su memoria se multiplicó de tal modo que la Iglesia griega llegó a venerar tres parejas de santos con su mismo nombre y su mismo oficio. Allí sus fiestas se reparten en tres fechas: el 1 de julio, el 17 de octubre y el 1 de noviembre.

El nombre de los dos médicos había cruzado ya al otro extremo del mundo cristiano. En la Galia, en el siglo VI, un obispo de Tours, Gregorio, reunía lo que se decía de los mártires y de sus tumbas.

De Cosme y Damián escribe unas palabras en las que cabe todo el camino de los enfermos: «Si algún enfermo acude lleno de fe a orar sobre su tumba, al momento obtiene curación».

Y añade: «Muchos refieren también que estos Santos se aparecen en sueños a los enfermos indicándoles lo que deben hacer».

En esa memoria, los dos hermanos seguían haciendo lo mismo que habían hecho en vida.

Quien llegaba ante su tumba no traía plata. Traía su dolor y su oración.

Por esos mismos siglos, un libro de oraciones de la Hispania visigoda ya pronunciaba sus nombres.

Y en Roma, en los años de Justiniano, un papa miraba dos viejos edificios del Foro.

Roma y la pierna del etíope

Los dos médicos ya no eran extraños en la ciudad. Su memoria había echado raíces en Italia, sobre todo en Roma y en Apulia, en el sur de la península. A comienzos de aquel siglo, el papa Símaco les había consagrado en la colina del Esquilino un oratorio, una pequeña capilla de oración.

El papa que ahora contemplaba el Foro era Félix, el cuarto de ese nombre, a quien la Iglesia venera como santo. Hacia el año 527 transformó aquellas construcciones en una iglesia y la dedicó a Cosme y Damián.

Estaban en la vía Sacra, la gran calle del Foro. Entre las piedras más antiguas de Roma, dos médicos llegados de Oriente tenían ahora su casa.

La iglesia se cubrió de mosaicos, imágenes compuestas con pequeñas piezas de piedra y de vidrio. Todavía hoy se cuentan entre los tesoros artísticos más valiosos de la ciudad. Quien busca en Roma a los santos médicos los encuentra allí.

Pasaron los siglos, y lo que se contaba de ellos no dejó de crecer. Hacia 1275, Santiago de la Vorágine reunió en un libro, la Leyenda Áurea, las vidas de los santos tal como se narraban en su tiempo. Allí quedaron también Cosme y Damián, con sus prodigios. Aquel libro corrió por toda Europa y dio a los pintores escenas para varios siglos.

Una de esas historias tiene olor a campo. Un campesino, cansado de segar, se quedó dormido al aire libre con la boca abierta, y una serpiente se le metió dentro. Aquella noche el dolor no le daba tregua, y él invocaba a los santos. Como el dolor crecía, fue a la iglesia de los santos. Allí el sueño lo venció de golpe, y la serpiente salió por donde había entrado.

Otra es más oscura. Un hombre que debía partir de viaje encomendó su esposa a los dos santos y le dejó una señal: si alguna vez la mandaba llamar con ella, debía ir a su encuentro. Un día llegó a la casa alguien con apariencia de hombre, que traía aquella señal como si lo mandara el marido. Era el demonio.

Antes de seguirlo, la mujer le exigió que jurara sobre el altar de los santos. Él juró. Partieron a caballo. En un lugar apartado, el falso mensajero intentó derribarla para matarla.

Ella invocó a Dios y a los santos. Y los santos acudieron, con una gran multitud vestida de blanco. La libraron, y el demonio desapareció. Entonces le dijeron que eran Cosme y Damián: ella había confiado en un juramento hecho sobre su altar, y por eso habían venido.

Entre los prodigios que se contaron de ellos, hay uno que los pintores repitieron muchas veces. En Roma, en una iglesia dedicada a los dos santos, había un hombre que la servía con devoción. Un cáncer le devoraba el muslo.

Una noche vio en sueños a Cosme y Damián junto a su cama. Llevaban un instrumento y ungüento. Uno le preguntó al otro: «Cuando cortemos la carne podrida, ¿con qué llenaremos el hueco?».

El otro respondió: «Hoy han enterrado a un etíope en el cementerio de San Pedro ad Vincula. Todavía está fresco. Traigamos de allí su carne». San Pedro ad Vincula, es decir, San Pedro Encadenado, es otra iglesia de Roma. Así lo hicieron: le quitaron el muslo enfermo y le pusieron en su lugar el del etíope.

El servidor despertó. No sentía dolor. Extendió la mano y tocó su pierna: estaba sana, sin herida. Tomó una vela y acercó la luz.

Aquella pierna no era suya.

Saltó de la cama lleno de alegría y contó a todos lo que había visto en sueños y cómo había sanado. Fueron entonces a la tumba del etíope. Encontraron su muslo cortado y, dentro de la tumba, en su lugar, el muslo enfermo del servidor.

La Iglesia nunca dictó un juicio formal sobre estos prodigios. Los dejó vivir en la devoción de los fieles, que los repitieron y los pintaron generación tras generación.

Quedaba, sin embargo, lo más frágil de toda memoria: sus restos.

Desde Roma, en el año 965, partieron hacia el norte, rumbo a Bremen, unas reliquias, restos que se veneraban como suyos.

El viaje de los cráneos

En Bremen, en el norte de Europa, aquellos restos encontraron una casa nueva. Muy lejos quedaban el puerto de Egea, las calles de Ciro y las piedras del Foro. Los cristianos de aquella ciudad nunca habían visto a dos médicos de Oriente. Aun así, empezaron a venerarlos.

Hacia 1420 se hizo en Bremen un relicario, el cofre donde se guardan restos venerados. Tenía forma de iglesia. Era de madera de roble cubierta con chapas de plata dorada, cristal de roca y esmaltes azules. En sus puertas, unas pinturas contaban escenas de la vida de los dos hermanos.

Dentro, sobre cojines bordados de perlas, descansaban dos cráneos.

En Madrid, en 1582, una mujer que había sido emperatriz entró en un monasterio para quedarse. Se llamaba María de Austria. Era hermana del rey Felipe II y viuda del emperador Maximiliano II. Eligió para su retiro las Descalzas Reales, una casa de monjas clarisas.

Con ella quedaron allí dos cráneos que se veneran como de Cosme y Damián, traídos desde Bremen.

Las monjas los custodian en una caja de ágatas y plata. Rodean los cráneos unas diademas bizantinas de plata, con una inscripción en griego. Descansan en la clausura, la parte del monasterio donde viven las monjas y a la que no entra el público.

Junto a ellos, la comunidad conserva la memoria de un largo camino. Aquel camino empezó en Egea, siguió hacia Armenia, pasó por Constantinopla y por Roma, y llegó por fin a Bremen.

El cofre de Bremen tampoco se quedó quieto. En 1649, por mediación del elector Maximiliano I, uno de los príncipes que elegían al emperador, el relicario viajó hasta Múnich. Lo llevaron en procesión por las calles hasta la iglesia de San Miguel.

Es la mayor iglesia del Renacimiento al norte de los Alpes. Allí sigue el relicario, en una capilla lateral de la nave, detrás de una reja.

Así, dos iglesias custodian cráneos que se veneran como de los santos médicos, una en Madrid y otra en Múnich. En las dos, el camino de esos restos pasa por la misma ciudad del norte. En las dos se les sigue venerando hoy.

El cofre de San Miguel, además, no permanece siempre cerrado tras su reja. Una vez al mes, alguien lo abre para los enfermos.

Los enfermos siguen acudiendo

Los enfermos no son los únicos que se acercan a ellos. También quienes los cuidan los han tomado como suyos. La Iglesia tiene a los dos hermanos por patronos de médicos y cirujanos. El arte los ha pintado muchas veces con gorro de médico y con los instrumentos de su oficio.

En Madrid, una Hermandad lleva su nombre. Está formada sobre todo por profesionales de la salud.

Cada 26 de septiembre, la Iglesia los recuerda con una memoria facultativa, es decir, una celebración que cada comunidad puede hacer ese día en su honor. A comienzos del siglo XX, su fiesta caía el 27.

Hay un lugar donde sus nombres no esperan ninguna fecha: el altar.

En la Misa, el sacerdote reza una gran oración en la que consagra el pan y el vino: la plegaria eucarística. La primera de esas plegarias se llama el Canon Romano. En uno de sus pasajes, la Iglesia recuerda a quienes se unen a la ofrenda de Cristo: la Virgen María, los apóstoles, los mártires.

Cuando el sacerdote reza esa lista completa, al final de ella, uno detrás del otro, suenan dos: Cosme y Damián.

¿Quién puso allí sus nombres, y cuándo? Ningún documento lo dice. Los estudiosos lo sitúan en la Roma de aquellos mismos papas: unos piensan en Símaco, el del oratorio del Esquilino; otros, en Félix, el de la basílica del Foro.

Como muy tarde hacia el año 600, con el papa san Gregorio Magno, esa lista de mártires quedó cerrada. Desde entonces, Cosme y Damián la terminan.

De ellos no quedó ni una línea escrita. Sus nombres, en cambio, se pronuncian junto al sacrificio de Cristo, que se hace presente sobre el altar. Tampoco allí se los separa.

En Múnich, el tercer miércoles de cada mes, a las seis de la tarde, la iglesia de San Miguel celebra un oficio por los enfermos.

Van llegando los enfermos y sus familias. En la capilla lateral, detrás de la reja, se abre el cofre de roble y plata que un día salió de Bremen. Dentro están los dos cráneos.

Entonces un sacerdote va pasando de uno en uno. Se detiene ante cada enfermo y ante cada familiar, y a cada uno le da su bendición.

Cada persona la recibe con su propio dolor, delante de los dos hermanos.

Ante ese cofre abierto, lo que Cosme y Damián daban sin plata sigue alcanzando a quien sufre.

Señor Jesucristo, médico de los cuerpos y de las almas: tú diste a los santos Cosme y Damián manos que curaban sin pedir nada a cambio y una fe que no se quebró ante el juez. Por su intercesión, sostén a los enfermos que acuden a ti con su dolor, acompaña a quienes los cuidan y enséñanos a dar gratis lo que gratis hemos recibido. San Cosme y san Damián, rogad por nosotros. Amén.

Fuentes

Fuentes primarias (Antigüedad tardía y liturgia)

  • Martirologio Romano, elogio de los santos Cosme y Damián, 26 de septiembre (2025) — Conferencia Episcopal Italiana chiesacattolica.it
  • Misal Romano, Plegaria Eucarística I (Canon Romano), Communicantes — en: Parroquia de la Santa Cruz (Archidiócesis de Madrid), Teología de las Plegarias Eucarísticas santacruz.archimadrid.es
  • Gregorio de Tours, De gloria martyrum (s. VI), fragmento reproducido por Catholic.net

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Santiago de la Vorágine, Leyenda Áurea, cap. 143 (1275; trad. W. Caxton, 1483; ed. R. Stracke) christianiconography.info
  • Vatican News, Ss. Cosma e Damiano, martiri (Santo del giorno) — Dicasterio para la Comunicación vaticannews.va

Documentos y estudios eclesiásticos y académicos

  • Gabriel Meier, «Sts. Cosmas and Damian», The Catholic Encyclopedia, vol. 4 (1908) — Robert Appleton Company newadvent.org
  • Catholic.net (Redacción), Cosme y Damián, Santos es.catholic.net

Iconografía

Contexto contemporáneo

  • Mª Dolores Gamazo, Solemne Eucaristía en la iglesia del monasterio de las Descalzas Reales con las reliquias de los santos Cosme y Damián (2024) — Archidiócesis de Madrid archimadrid.org
  • Iglesia jesuita de San Miguel, Cosmas Damian Shrine — St. Michael München st-michael-muenchen.de

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