Lo golpearon hasta dejarlo en el suelo. Lo echaron de la ciudad. Y él, apenas curadas las heridas, recogió su bastón y echó a andar de vuelta. No era la primera vez. No sería la última.
La ciudad junto al río
Rávena ha guardado siempre el recuerdo de que su primer pastor vino de lejos: de Antioquía, la gran ciudad junto al río Orontes, en el corazón del Oriente romano. Allí, en los primeros tiempos del cristianismo, nació —cuenta esa memoria— un niño de familia pagana al que llamaron Apolinar.
Antioquía era un mundo entero dentro de una sola muralla. Una avenida de columnas la cruzaba de punta a punta, ancha como un río de piedra, y bajo sus pórticos se apretaba una multitud que hablaba griego, siríaco, latín. Olía a especias, a aceite, a pan recién hecho; sonaba a martillos, a regateos, a ruedas de carro sobre las losas. En sus templos ardía el incienso ante Zeus, ante Apolo, ante la Fortuna de la ciudad. Una diosa coronada de murallas que, así lo creían todos, velaba por la suerte de cada casa.
Era el Imperio romano en su hora más alta. Las legiones guardaban las fronteras, las naves cosían el Mediterráneo de puerto en puerto, y una misma paz, vigilada por las armas, cubría medio mundo. En esa inmensidad, la fe en Jesús de Nazaret apenas comenzaba: un puñado de hombres y mujeres que se reunían en casas, partían el pan y hablaban de un crucificado que había vencido a la muerte. Una noticia minúscula, sospechosa a los ojos del poder, que viajaba sin ejércitos, de boca en boca, por las rutas del mar. Y precisamente en Antioquía, andando el tiempo, a los discípulos de aquel camino se les daría por primera vez un nombre: cristianos.
Apolinar no sabía nada de aquel Dios nuevo. Había crecido en una casa acomodada, entre dioses de mármol y maestros de retórica, y la ciudad entera parecía hecha a su medida. Era un muchacho despierto, de palabra fácil y persuasiva; de piel oliva clara, cabello castaño oscuro y ondulado, y una barba incipiente que apenas empezaba a redondearle el rostro. Vestía túnica clara de lino, calzaba sandalias de cuero, y le gustaba detenerse bajo las columnas a mirar pasar la multitud: caravanas del desierto, marineros del puerto, sacerdotes camino del templo.
Nada le faltaba, y nada le inquietaba. Honraba a los dioses de su padre como se honra una costumbre: sin preguntas. Los días se parecían unos a otros, tranquilos, previsibles, y quizá esa vida entera habría transcurrido así, cómoda y sin nombre, una más entre los millones del Imperio.
Pero por esas mismas calles caminaría pronto un pescador venido de muy lejos, un forastero de Galilea con las manos anchas y la voz curtida, trayendo una noticia que ninguna de aquellas ciudades había oído todavía. Y cuando esa noticia alcanzara al muchacho de la túnica de lino, ya nada —ni la casa, ni los dioses, ni la ciudad junto al río— volvería a bastarle.
El pescador que hablaba de un Dios que ama primero
Así lo cuentan los suyos, de generación en generación: un día, entre el gentío de Antioquía, se alzó la voz de un forastero llamado Pedro. Un pescador de Galilea, ya entrado en años, con las manos anchas y endurecidas por las redes. No traía riquezas, ni títulos, ni escolta. Traía una palabra.
Y era una palabra distinta a todas. Los dioses de la ciudad exigían ofrendas para ser favorables; su favor se compraba, se negociaba, se temía. Aquel hombre hablaba de otra cosa: de un Dios que ama primero. Un Dios que no espera a que el hombre lo busque, sino que sale él mismo a buscarlo. Un Dios que había entregado a su propio Hijo por el mundo antes de que el mundo se lo pidiera.
Apolinar se detuvo a escuchar, quizá por curiosidad, quizá por oficio de buen oyente. Y la palabra lo alcanzó. La voz del pescador no era pulida, y sin embargo pesaba más que todos los discursos que había oído bajo las columnas. Aquel muchacho que lo tenía todo descubrió de pronto lo único que no tenía: la certeza de ser amado antes de merecerlo. De haber sido encontrado antes de ponerse a buscar.
Hay decisiones que no se toman: se reciben. El joven pidió el bautismo, el agua que sellaba la entrada en la vida nueva, y desde ese día fue uno de aquellos a quienes en su propia ciudad habían empezado a llamar cristianos. Dejó la casa de su padre, los dioses de mármol, la vida cómoda y previsible. Se fue detrás del pescador.
Junto a Pedro aprendió un oficio que no se enseñaba en ninguna escuela de retórica: el oficio del pastor. Aprendió a imponer las manos sobre los enfermos y a partir el pan como el Señor lo había partido. Aprendió a hablar a los sencillos sin adornos, y a los poderosos sin miedo. Sobre todo, aprendió mirando: cómo el maestro cargaba con los débiles, cómo perdonaba, cómo permanecía.
Después vino el camino. Los años junto al Apóstol lo llevaron de puerto en puerto y de calzada en calzada, hacia el occidente. Durmió en posadas y en cubiertas de barco, conoció el cansancio de las jornadas largas y el gozo de las comunidades pequeñas que los recibían como a hermanos. Hasta que un día las murallas de Roma se levantaron ante ellos: la ciudad que gobernaba el mundo.
Roma lo deslumbró y lo sobrecogió a la vez. Foros de mármol, multitudes, palacios; y escondidas entre los bloques de viviendas apiñadas, unas pocas casas donde los creyentes se reunían al caer la noche. Allí, a la luz de las lucernas, las pequeñas lámparas de aceite, se leían las Escrituras y se partía el pan en voz baja. La Iglesia entera cabía entonces en unas cuantas habitaciones en penumbra.
En una de esas noches, el discípulo maduraba sin saberlo para una hora que aún no conocía. Y el maestro guardaba desde hacía tiempo un destino pensado para él: un lugar lejano, junto a otro mar, del que quizá no volvería.
Enviado al puerto del fin del mundo
Así se recuerda en Rávena el comienzo de todo, esta hora entre las demás. Aquella mañana, en la penumbra de la casa romana, Pedro por fin pronunció un nombre: una ciudad del norte, entre lagunas y canales, junto al mar Adriático. Y a su lado, un puerto llamado Classe, donde el Imperio amarraba una de sus dos grandes flotas de guerra.
Nadie había llevado el Evangelio hasta allí. Cientos de marinos servían en aquellas naves, y muchos venían del oriente: sirios, griegos, hombres de las costas que Apolinar conocía desde niño. Hablaban su lengua, cargaban sus mismas nostalgias. Para un hijo de Antioquía, aquel puerto lejano era, sin saberlo, terreno preparado.
El maestro no le ofreció garantías. No había allí comunidad que lo recibiera, ni carta que lo anunciara, ni promesa de éxito. Solo un encargo: ir, anunciar, permanecer. Y para ese encargo, un don. Pedro le impuso las manos, como se hacía desde el principio: las palmas anchas del pescador sobre la cabeza inclinada del discípulo, una oración en voz baja, el peso entero de una misión. Con ese gesto sencillo lo constituyó obispo, es decir, pastor de una comunidad: la que todavía no existía y que él debería reunir, oveja a oveja, en una tierra desconocida.
Luego vino la despedida. Ninguno de los dos era ya joven; ambos sabían lo que costaban los caminos y lo que el Imperio empezaba a pensar de los cristianos. Quizá no volverían a verse en esta vida, y no se lo ocultaron. El abrazo entre el maestro y el discípulo fue el de quienes se entregan a lo mismo por caminos distintos: uno se quedaba en el corazón del Imperio; el otro partía hacia su borde.
Después, el mar. Días de navegación bordeando Italia, con el bastón de caminante atado al zurrón y una palabra por todo equipaje. Cuando la costa baja del Adriático apareció al fin en el horizonte —pinares, marismas, mástiles de guerra alineados—, el viajero contempló desde cubierta la tierra que Pedro le había confiado.
Nadie lo esperaba en aquel muelle. Nadie sabía su nombre. Y sin embargo, algo estaba a punto de empezar allí que duraría casi dos mil años.
El extranjero que curaba en un nombre
El puerto de Classe lo recibió sin mirarlo. Olía a brea, a sal, a madera mojada. En las dársenas se alineaban las naves de guerra de la flota adriática, y en tierra hervía un mundo de almacenes, tabernas y gritos: estibadores, soldados, mercaderes, marinos llegados de todos los rincones del mar. Un forastero más bajó a tierra aquel día, con el zurrón al hombro y el bastón gastado de tanto camino. Nadie preguntó su nombre.
No tardó en descubrir lo que Pedro había intuido. Entre aquellos marinos había sirios, griegos, hombres del oriente que hablaban su lengua y cargaban su misma nostalgia. Con ellos empezó: una conversación en un muelle, una palabra en una taberna, el anuncio de un Dios que ama primero, dicho en voz baja a quien quisiera oírlo.
Las viejas actas de Rávena cuentan que, a poco de llegar, la noticia de aquel extranjero alcanzó la casa de un tribuno de la guarnición, un oficial del ejército romano. Su esposa llevaba tiempo enferma, consumida, sin remedio a la vista. Apolinar entró en la casa, se inclinó sobre ella y oró invocando el nombre de Cristo. Y la mujer se levantó sana.
Aquella casa fue la primera en abrirse. La gratitud corrió de puerta en puerta, y con ella una pregunta: ¿quién era ese Dios capaz de devolver la salud sin pedir nada a cambio? Las conversiones se multiplicaron. En la Rávena pagana acababa de abrirse una brecha, silenciosa todavía, por la que empezaba a entrar la luz.
Vinieron entonces unos veinte años de siembra paciente. El extranjero echó raíces: aprendió las calles, los nombres, las heridas de aquella gente de agua y de sal. Por las noches, en casas prestadas del puerto, reunía a los suyos para la fracción del pan —así llamaban los primeros cristianos a la Eucaristía: el pan partido y la copa compartida en memoria del Señor—. Era un culto sin templos, sin estatuas, sin humo de sacrificios: una mesa, una palabra, unos rostros. A la luz de las lucernas de aceite leía las Escrituras, imponía las manos sobre los enfermos, bautizaba.
Familias enteras pedían entrar en la fe: el padre, la madre, los hijos, los criados de la casa. La comunidad crecía sin ruido, como crecen las raíces bajo tierra. Algunos de aquellos marinos, al zarpar, se llevaban la fe consigo hacia otros puertos: así viajaba entonces el Evangelio, de amarre en amarre. Y el pastor envejecía con su rebaño: el cabello se le volvió gris, la frente se le despejó, las manos se le hicieron expresivas de tanto bendecir. Rávena y Classe eran ya, sin saberlo la propia ciudad, una Iglesia.
Pero aquella ciudad era romana, y su religión era un asunto público. Los templos, el incienso, los sacrificios a los dioses no eran devoción privada: eran lealtad al Imperio, y se cumplían a la vista de todos. Negarse no se entendía como una opinión, sino como una ofensa a la ciudad entera. Y los cristianos se negaban. Las autoridades empezaron a fijarse en el extranjero que curaba en un nombre que no era el de ningún dios de Roma. Lo llamaron, lo interrogaron, le exigieron sacrificar a los ídolos. Él respondió sin desafío y sin miedo, con esa mansedumbre firme que nadie lograba doblar: no podía dar a las estatuas lo que pertenecía solo al Dios vivo.
Cuanto más crecía su rebaño, más incómoda se volvía su presencia. La gratitud de unos era escándalo de otros; cada casa que se abría a la fe se cerraba a los templos. Y la ciudad, poco a poco, empezó a buscar la manera de librarse de él.
El pastor que siempre volvía
La memoria de Rávena guardó de aquellos años un relato entero de idas y vueltas, transmitido de padres a hijos como se transmite lo más querido. Y empieza donde suelen empezar las tormentas: en el éxito. Alguien lo denunció. Demasiadas conversiones, demasiadas casas que ya no compraban incienso para los templos. Los soldados fueron a buscarlo. Lo arrastraron ante la multitud y lo golpearon con varas, delante de todos. Después lo empujaron fuera de las murallas, con la orden de no regresar. Rondaba ya los sesenta años. El cabello se le había vuelto blanco casi del todo, y desde aquel día llevó en la espalda y en los antebrazos las marcas de los bastonazos, y una cicatriz fina sobre la ceja izquierda.
Los fieles contaban también que por entonces devolvió la vida a la hija de un patricio, uno de los nobles de la ciudad. La muchacha había muerto; él oró sobre ella en el nombre de Cristo, y la muchacha abrió los ojos. Cada signo encendía fe en unos y alarma en otros. La gratitud y la furia crecían juntas, casa por casa.
Expulsado, no dejó de sembrar. El destierro lo llevó tierra adentro, a Bolonia, y allí hizo lo único que sabía hacer: hablar del Dios que ama primero. Se detenía en los mercados, entraba en las casas que se le abrían, oraba con los enfermos. El desterrado seguía siendo pastor; solo había cambiado de prado. Nada de lo sembrado se perdía: también en Bolonia quedaron creyentes cuando partió. Y mientras tanto, al otro lado de los caminos, su comunidad de Rávena resistía sin él, reuniéndose en secreto, esperando.
No lo dejaron en paz mucho tiempo. Un nuevo destierro lo subió a una nave, esta vez para alejarlo de verdad: mar adentro, rumbo al oriente. Pero el Adriático tiene sus propios designios. Frente a las costas de Dalmacia —la orilla oriental del mar, tierra de acantilados grises y aldeas de pescadores— la nave se quebró en la tormenta. El anciano llegó a la playa empapado, descalzo, con el manto pegado al cuerpo por la sal. Lo había perdido todo, menos la Palabra que llevaba dentro. Y en cuanto recobró el aliento, también allí empezó a anunciar el Evangelio. También allí lo maltrataron por ello.
Se contaba en aquellas costas que, durante su paso, una hambruna llegó a su fin. La gente lo recordó después como una bendición que el mar les había traído sin querer. Algunas memorias antiguas añaden todavía más camino: una misión de unos tres años en tierras del norte, entre pueblos que ni siquiera tenían nombre para el Dios que él predicaba. Dondequiera que lo arrojaran, sembraba.
Pero su corazón tenía un solo rumbo. En cuanto pudo, volvió. Cruzó otra vez el mar, desanduvo los caminos, y una mañana su gente lo vio aparecer en el puerto: más viejo, más delgado, con el rostro curtido de sal y de años. La alegría de aquel reencuentro duró poco. Lo capturaron, lo torturaron, lo desterraron de nuevo. Y volvió. Otra captura, otras heridas sobre las heridas viejas, otro destierro. Y volvió. Tres veces regresó junto a su rebaño; tres veces la ciudad lo arrancó de él. Su gente aprendió a esperarlo: alguien vigilaba el puerto, alguien guardaba aceite para curarle las heridas, alguien dejaba una puerta sin tranca por si llegaba de noche. Y él llegaba. Caminaba ya con una cojera después de cada paliza, apoyado en el bastón, con la túnica parda remendada de tanto viaje. Cualquiera le habría dicho que ya había dado bastante, que nadie podía exigirle más, que le quedaba el derecho de envejecer en paz en cualquier otra orilla. Quizá se lo dijeron. Pero para él la pregunta no era si volver, sino cuándo podría.
No hay trompetas en esta clase de valentía. Nadie la aplaude en el momento; se parece demasiado a la terquedad. Es la valentía de un hombre de setenta años que, todavía dolorido, se pone en camino hacia la ciudad donde lo esperan las varas. Pero mirado de cerca, el gesto dice otra cosa: allí estaban los suyos. Los bautizados en las noches del puerto, las familias reunidas alrededor del pan y la copa, los enfermos sobre los que había impuesto las manos. Un pastor no elige el prado; ama a las ovejas que tiene. Y las suyas estaban en Rávena. Por eso cada camino, hiciera lo que hiciera el Imperio, terminaba apuntando al mismo lugar.
Cada regreso, sin embargo, lo acercaba a un desenlace que él parecía haber aceptado hacía tiempo, con la misma serenidad con que aceptaba el camino. En Roma, mientras tanto, había cambiado el emperador, y el poder afilaba una decisión que iba a alcanzar también a aquel rincón del Adriático. Faltaba una última vuelta a casa. Y sería la definitiva.
No de un solo golpe
En Roma reinaba entonces Vespasiano, un soldado práctico que había levantado su trono sobre un año de guerras civiles. Bajo su gobierno, así lo recordó siempre Rávena, llegó al Adriático un decreto contra los cristianos. Ya no era el tumulto de una ciudad, la denuncia de unos vecinos. Ahora el Imperio entero ponía nombre al delito. Y en Classe todos sabían quién encabezaba la lista.
Esta vez no lo desterraron. Lo buscaron. Los suyos le rogaron que se escondiera, y el anciano, que nunca había retrocedido ante nada, aceptó ocultarse un tiempo. Tenía ya unos setenta años. Tenía el cuerpo gastado por los caminos y la vista puesta en su gente. Durante semanas, el obispo de Rávena vivió escondido a unos pasos de su rebaño, tan cerca que casi podía oírlo respirar.
Lo descubrieron. Una madrugada, en el arrabal de Classe —las casas pobres que crecían fuera de las murallas, pegadas al puerto—, le cayeron encima. Eran muchos y él era un anciano. Las varas subieron y bajaron. Cayó, y siguieron. Cuando por fin se cansaron, lo dejaron tirado en el polvo, dándolo por muerto, mientras la primera luz doraba los tejados del puerto.
No estaba muerto. Y no estaba solo. Los suyos llegaron corriendo, lo levantaron del suelo con un cuidado infinito y lo llevaron a una casa. Los enfermos que él había curado le lavaron ahora las heridas. Las familias que él había bautizado velaron su sueño. Después de toda una vida sosteniendo a su rebaño, era el rebaño quien lo sostenía a él.
La memoria de los suyos añade que agonizó varios días. Y que los pasó como había vivido: vuelto hacia ellos. Con las fuerzas que le quedaban alzaba la mano y los bendecía, uno por uno, a los que entraban a despedirse. No hubo quejas. No hubo palabras contra nadie. Solo aquella mansedumbre de siempre, ahora desnuda del todo.
Una mañana ya no despertó. Su gente contó los días y guardó la fecha: era un veintitrés de julio. No murió de un solo golpe. Murió de todos los que había ido recibiendo a lo largo de una vida entera, sin dejar nunca de volver.
Lo enterraron cerca, en el campo de tumbas junto al puerto, entre los muertos anónimos de Classe. Un extranjero más bajo la tierra del Adriático, a miles de kilómetros del río de su infancia. Podría haber terminado ahí: una tumba entre las tumbas, un nombre que el viento borra. Pero aquella sangre era semilla. Ante aquella tierra la gente siguió deteniéndose, primero unos pocos, luego generaciones enteras. Y lo que brotó de aquel silencio todavía puede verse. Siglos después, sobre esa misma tumba, iba a alzarse una voz — y después, algo más que una voz.
El oro sobre la tumba
El nombre no se perdió. Mientras el Imperio que lo había condenado se desmoronaba siglo tras siglo, la gente de Rávena siguió acudiendo a aquella tumba junto al puerto. Los calendarios más antiguos de la Iglesia ya llevaban su nombre escrito entre los mártires. La semilla había prendido: donde hubo un puñado de creyentes perseguidos crecía ahora una Iglesia entera, y esa Iglesia sabía a quién se lo debía.
Cuatro siglos después de aquella madrugada llegó la voz. El obispo de Rávena se llamaba entonces Pedro Crisólogo —«el de las palabras de oro»—, y un día predicó ante su pueblo sobre el primero de todos sus antecesores. Lo llamó obispo y mártir. Y enseñó algo que resume aquella vida mejor que cualquier corona: Dios preservó largamente la vida de Apolinar para bien de su Iglesia; fue mártir verdadero aunque no muriera de un solo golpe, porque su entrega fue la de cada día. Es la palabra más antigua y más firme que la historia guarda sobre él. Un obispo hablaba de otro, unidos por cuatrocientos años y una misma sede.
Un siglo más tarde, la memoria se hizo piedra y luz. Rávena vivía entonces su hora más alta: había sido capital de Occidente y era ahora joya del imperio de Bizancio, ciudad de mosaicos y de mármoles llegados por mar. En el año 549, el arzobispo Maximiano consagró, sobre el lugar mismo de la tumba, la gran basílica de Sant'Apollinare in Classe, comenzada años antes bajo el obispo Ursicino. Tres naves de ladrillo, dos filas de columnas de mármol veteado traído desde el Oriente. Y al fondo, encendido de oro y de verde, el ábside.
Allí está él. De pie, con los brazos abiertos en oración, entre doce corderos blancos sobre un prado florido. Viste una casulla oscura sembrada de abejas de oro, símbolo antiguo de la elocuencia que trabaja, y el palio, la banda blanca con cruces que distinguía a los obispos. En torno a su cabeza, un nimbo: el círculo dorado con que el arte corona a los santos. Y sobre todo ello, una gran cruz de gemas suspendida en un cielo de noventa y nueve estrellas. Los artistas de Rávena no lo mostraron sufriendo. Lo mostraron orando. Esa fue la última palabra de la ciudad sobre su primer pastor: no las varas ni el polvo, sino la intercesión.
No fue el único oro. En el corazón de Rávena, otra basílica lo sumó a su cortejo: en Sant'Apollinare Nuovo, una larga procesión de mártires vestidos de blanco avanza sobre fondo dorado hacia Cristo, y entre ellos camina él, con su nombre escrito sobre la cabeza: san Apolinar. (sobreimpreso: "SANCTVS APOLLINARIS")
En el siglo séptimo, por fin, la ciudad puso por escrito cuanto recordaba: la vida entera de su primer obispo, de Antioquía al arrabal de Classe. Los estudiosos ven hoy en esas páginas una obra tardía, escrita unos seiscientos años después, cuando la sede de Rávena defendía su rango frente a otras. Puede ser. Pero incluso así dicen algo verdadero: seis siglos más tarde, una comunidad entera seguía necesitando contar a aquel hombre, guardar la memoria de quien la amó primero. (sobreimpreso: "Passio Sancti Apollinaris, s. VII")
También su cuerpo fue tratado como un tesoro. A finales del siglo noveno, sus restos bajaron a una cripta construida bajo el altar de la basílica. En la Edad Media, los monjes de la ciudad afirmaron haberlos llevado a Sant'Apollinare Nuovo para protegerlos de los piratas. Las dos basílicas se disputaron al santo con tal empeño que hizo falta un papa, Alejandro III, para zanjar el pleito en 1173. Mucho después, en 1874, la cabeza y la mano derecha fueron trasladadas a la catedral de Rávena, donde aún se veneran. Otras reliquias cruzaron los Alpes hasta tierras del Rin. Allí, la ciudad alemana de Düsseldorf lo tiene hoy por patrono. Pocas veces unos restos han dicho tan claro cuánto valía un hombre.
La basílica sigue en pie, entre los pinares y las marismas del viejo puerto. Desde 1996 forma parte del patrimonio de la humanidad; y cada 20 de julio, la Iglesia entera hace memoria de san Apolinar, mientras Rávena celebra a su patrono como lo celebra desde hace casi dos mil años. Los visitantes entran hoy por la misma nave inmensa, entre las columnas de mármol, y caminan hacia el fondo. La luz cambia según la hora. El oro, no.
Y aquellos doce corderos siguen ahí, alrededor del pastor, seis a cada lado, sobre el prado verde. Nada de aquella fidelidad se perdió: se volvió piedra, luz y oración. Y aquel hombre sigue de pie en ese ábside, con los brazos abiertos, como si nunca hubiera dejado de volver.
Los que vuelven
¿Por qué volvía? Su vida entera fue la respuesta, sin discursos. Volvía porque en aquella ciudad vivía gente con nombre y con rostro: la mujer que había sanado, las familias que partían el pan con él, los marinos que lo esperaban en el muelle. No volvía por deber. Volvía por amor a un pueblo concreto. No fue el coraje de un instante: fue un amor terco que siempre supo el camino de vuelta.
También nosotros guardamos un lugar así: esa llamada que llevamos meses posponiendo, a alguien a quien tememos volver a ver.
El mosaico dice lo demás. En el oro de Classe queda un anciano en oración, un prado en flor, doce corderos que nunca se movieron de su lado. Casi dos mil años después, el pastor que no se fue sigue allí, de pie, con los brazos abiertos.
San Apolinar, primer obispo de Rávena, buen pastor que siempre volviste junto a tu pueblo, mártir fiel de la Iglesia de Cristo, ruega por nosotros.





