El tribunal ha enmudecido. Un joven abogado de toga negra y peluca empolvada mira el expediente que tiembla en sus manos. Toda Nápoles conoce su nombre. Su carrera acaba de romperse, y él aún no lo sabe.
El niño prodigio de Marianella
Nápoles, en el ocaso del siglo diecisiete, era una de las ciudades más pobladas de Europa. Campanarios y cúpulas doradas, procesiones interminables, palacios con escaleras abiertas al cielo; y abajo, en los callejones, ropa tendida, puestos de pescado, miles de descalzos que dormían donde los alcanzaba la noche. Por sus calles se cruzaban carrozas de seda y niños que pedían pan; el aire olía a mar, a fritura y a incienso. Más allá de las murallas, en las montañas del interior, aldeas enteras vivían sin escuela y sin sacramentos, sin nadie que les hablara de Dios. Ese mundo esperaba, sin saberlo, a un abogado.
En las afueras de aquella capital inmensa, entre huertos y viñedos, una casa de campo de piedra clara guardaba el nombre de Marianella. Allí, el 27 de septiembre de 1696, nació el primer hijo de don José de Ligorio, capitán de galeras del reino, y de doña Ana Cavalieri. Lo bautizaron con ocho nombres, como correspondía a un heredero de la nobleza napolitana; el primero de todos, Alfonso María. El padre vio en la cuna la promesa de la casa. La madre, una mujer discreta que educó a sus hijos en la oración y en la limosna, le enseñó a rezar antes de enseñarle las letras.
La promesa dio señales pronto. El niño aprendía con una facilidad que desconcertaba a sus maestros: latín, pintura, y sobre todo música. Horas enteras ante el clavicémbalo, el teclado elegante de los salones de su tiempo. Don José, hombre de mar, exigente hasta la dureza, había trazado ya el mapa de aquella vida: una carrera brillante, un matrimonio ventajoso, un apellido todavía más alto. Y para llegar allí eligió el camino más seguro de la Nápoles de entonces: el derecho.
A los dieciséis años, cuando otros apenas comenzaban, ya era doctor en ambos derechos, el civil y el de la Iglesia. Fue con una dispensa especial: la ley no había previsto doctores tan jóvenes. La toga académica cayó aquel día sobre un cuerpo todavía de adolescente, menudo, delgado, de ojos oscuros e intensos. Los maestros sonrieron; el padre hizo cuentas: faltaba poco para el foro.
Tres años después entró en los tribunales, y en ocho años de ejercicio se ganó una fama que pocos veteranos alcanzaban. Se decía en Nápoles que aquel joven abogado no perdía pleitos. Las mañanas del foro tenían su liturgia: jueces de peluca empolvada tras las mesas, tinteros, legajos atados con cintas, luz de ventanales altos. Y en medio, aquel hombre pequeño al que había que oír. Tenía una memoria capaz de guardar códigos enteros y una inteligencia veloz que encontraba la grieta de cualquier argumento contrario. Cuando hablaba, la sala escuchaba; cuando terminaba, el pleito solía estar decidido.
Todo estaba en su sitio: el talento, el apellido, el porvenir. A los veintiséis años lo tenía todo, y todo descansaba sobre una sola condición: no perder jamás. Sobre una cuerda tan tensa nadie camina mucho tiempo. En el registro del tribunal esperaba ya su turno una causa enorme, de las que hacen o deshacen un nombre.
Con ella iba a llegar la mañana en que la sala entera enmudecería.
La caída y la espada depuesta
La gran causa llegó en 1723: un litigio entre dos grandes casas, con un feudo entero y una fortuna en juego. La preparó como lo preparaba todo: semanas de estudio, cada documento leído y releído, cada argumento afilado. Ante el tribunal habló con la seguridad de siempre, y durante horas la sala fue suya.
Entonces la parte contraria puso sobre la mesa un documento. Él lo conocía; lo había tenido en las manos. Pero su sentido decisivo se le había escapado, y todo el edificio de la defensa descansaba sobre esa lectura equivocada. Lo comprobó allí mismo, de pie, delante de jueces y colegas. No había réplica. El silencio que siguió pesaba más que cualquier sentencia.
Recogió sus papeles despacio. Al salir, se le oyó decir que el mundo lo había engañado. Tenía veintiséis años, un talento intacto y una fama rota. No volvió nunca a la sala.
Los días siguientes fueron de silencio. La ciudad que repetía su nombre siguió con sus pleitos; él dejó de acudir. Buscó refugio donde su fe de muchacho solía llevarlo: en la oración y en las obras de caridad. Entre ellas estaba visitar el Hospital de los Incurables, salas inmensas de camastros donde iban a morir los que no tenían cura ni casa.
Así lo recordarían quienes lo conocieron de cerca. Una tarde de aquel mismo año, mientras servía a los enfermos, se sintió envuelto en una luz que no sabía explicar. Dentro de sí oyó una voz que le pedía dejar el mundo y entregarse a Dios. Salió turbado, y la voz lo alcanzó por segunda vez. Esta vez no discutió. El hombre que sabía rebatirlo todo no encontró nada que responder.
Caminó hasta la iglesia de la Merced. Se desabrochó la espada de caballero, el signo de su rango y de su porvenir, y la depositó a los pies de la imagen de la Virgen. Sin testigos, sin discurso. Aquel gesto callado fue su alegato más limpio: cambiaba de tribunal y cambiaba de causa. Desde entonces defendería almas, y una Abogada hablaría por él.
La memoria de los suyos guarda también la tormenta que siguió. Don José había puesto en aquel hijo todos sus planes: la carrera, los matrimonios ventajosos, el ascenso del apellido. Verlo cambiar la toga por la sotana le pareció una ruina. Hubo palabras duras y un largo desencuentro: aquel padre se negaba a aceptar el camino que su hijo había elegido.
El hijo no retrocedió. Vistió la sotana negra sencilla de los aspirantes al sacerdocio y volvió a estudiar, esta vez teología. La misma memoria que había guardado códigos enteros se fue llenando de Escritura. Pasaba horas de rodillas; adelgazó; las vigilias le hundieron los ojos. Y volvía una y otra vez a los Incurables y a la Capilla de la Doctrina Cristiana, aprendiendo a hablar de Dios en la lengua de los sencillos.
El 21 de diciembre de 1726, a los treinta años, fue ordenado sacerdote. Las manos que habían firmado alegatos quedaron ungidas para otra defensa, y la causa de su vida quedó sellada ante otro Juez.
Quienes lo trataron entonces contaban el final de la otra herida. Un día, don José entró en una iglesia donde predicaba su hijo y se quedó al fondo, escuchando. El muchacho que había educado para brillar hablaba del amor de Jesucristo con una sencillez que desarmaba. El viejo capitán salió del templo en paz con la vocación que había combatido.
Quedaba la pregunta que Nápoles se hacía en voz baja: qué haría un hombre que había perdido su nombre y su causa. La respuesta no estuvo en los salones. Al caer la tarde, el nuevo sacerdote empezó a bajar a los callejones del puerto, donde vivían los lazzaroni: mozos de cuerda, barberos, vagabundos, el pueblo descalzo que nadie contaba. Entre la ropa tendida y el olor a pescado se detuvo, los miró, y empezó a hablarles. Por primera vez, el abogado más famoso de Nápoles tenía delante a los que defendería el resto de su vida.
El abogado de los más abandonados
Aquellos encuentros del anochecer se convirtieron pronto en costumbre. Cuando cerraban los talleres, mozos de cuerda, barberos y vendedores ambulantes se juntaban en un portal, en una trastienda, alrededor de una vela, para rezar el rosario y aprender la doctrina. Las llamaron capillas vespertinas, y su novedad no estaba en el lugar, sino en quién las guiaba: ellos mismos. Un mozo enseñaba a otro mozo lo que había aprendido; un barbero repetía a sus vecinos las palabras de Jesucristo. El sacerdote pasaba de una asamblea a otra, animaba, corregía, y se hacía a un lado. Llegaron a contarse por decenas en toda Nápoles. Sin proponérselo del todo, había dado con su instinto más hondo: el pueblo evangelizado por el pueblo.
De esa misma raíz nació su primera obra escrita. En 1728 publicó las Máximas eternas, un librito de meditaciones para gente sin latín ni bibliotecas. Quien había redactado alegatos para jueces escribía ahora para que un artesano pudiera pensar en la muerte, en el cielo y en el amor de Dios con sus propias palabras. Era apenas el comienzo.
Tanto trabajo le costó la salud. Hacia 1730 lo enviaron a descansar a las montañas sobre la costa de Amalfi, a Scala, una aldea colgada en terrazas entre acantilados y castaños. Buscaba aire; encontró otra cosa. Por aquellos senderos de piedra vivían pastores y cabreros que apenas bajaban al pueblo. Al sentarse con ellos descubrió que no sabían quién era Cristo, que nadie les había enseñado a rezar, que morían sin sacramentos. En la capital sobraban clérigos; a unas jornadas de camino, familias enteras vivían peor que las bestias.
Algo se le quedó clavado. Los descalzos de Nápoles al menos tenían iglesias a la vuelta de cada esquina; estos no tenían a nadie. El abogado acababa de encontrar a sus clientes definitivos: los más abandonados.
En Scala se contaba, además, otra cosa. En el monasterio de la aldea vivía una monja, sor María Celeste Crostarosa. Aseguraba haber contemplado en la oración una nueva familia religiosa, consagrada al Redentor, enviada a los olvidados. Le pidieron a Alfonso que examinara aquellas visiones, y el antiguo jurista aplicó a la mística su viejo oficio: preguntar, contrastar, pesar cada palabra. Consultó, dudó, rezó. Al final reconoció en aquella voz de clausura la misma llamada que él había oído entre los camastros de los Incurables.
El 9 de noviembre de 1732, en Scala, con un puñado de compañeros, fundó la Congregación del Santísimo Redentor. El propósito cabía en una línea: llevar el anuncio de la Palabra de Dios a los más abandonados y carentes de auxilio espiritual. Nada de púlpitos elegantes ni de sermones enrevesados: misiones de aldea en aldea, predicación sencilla, confesiones largas, y Jesucristo anunciado como el Redentor que no se olvida de nadie.
La obra nació frágil. Casi enseguida llegaron las disputas sobre la regla y los desacuerdos con monseñor Falcoia, su director espiritual. Después se fueron varios de los primeros compañeros, que no compartían el rumbo. Hubo temporadas en que la congregación parecía reducirse a poco más que su fundador. Él siguió adelante. Había perdido un pleito ante los hombres; esta causa no pensaba perderla.
Los años siguientes fueron de camino: polvo en los senderos, plazas de aldea, hogueras nocturnas donde campesinos y cabreros escuchaban a aquellos hombres de negro hablar de un Cristo Redentor que no los había olvidado. Alfonso predicaba con un crucifijo en alto y frases que un niño podía seguir. Pero la misión terminaba, los misioneros partían, y la gente quedaba otra vez sola con su memoria corta. Una voz se apaga cuando el predicador se va; una página se queda. La pregunta empezó a trabajarlo por dentro: cómo escribir de Dios de tal manera que hasta un pastor que apenas deletrea pudiera, aun así, rezar y entender.
La respuesta lo esperaba lejos del fuego, en la luz quieta de un escritorio.
La doctrina nacida del camino
Allí, entre un viaje y otro, la pluma se convirtió en su segunda misión. En 1745 publicó las Visitas al Santísimo Sacramento: un librito de bolsillo con una meditación para cada día del mes. Estaba pensado para que cualquiera —una viuda, un arriero, un muchacho de taller— pudiera entrar en una iglesia, arrodillarse ante el sagrario y hablarle a Jesucristo como se le habla a un amigo que espera. Nada de alturas teológicas: frases breves, afecto directo, oración que cabe en una vida cansada. El pueblo lo entendió enseguida, y el librito corrió de mano en mano.
Pero su obra mayor nació de otro lugar: del confesonario. Miles de horas escuchando a campesinos, a soldados, a madres agotadas, le habían enseñado algo que los libros de su tiempo no decían. Muchos confesores de entonces trataban el pecado con tal dureza que el penitente salía aplastado, sin fuerzas ni esperanza; otros, por el extremo contrario, lo disculpaban todo y no exigían nada. Alfonso buscó un camino entre las dos orillas. En 1748 apareció la primera edición de su Teología moral, y durante casi cuarenta años no dejó de revisarla, edición tras edición, pesando cada caso como el jurista que había sido. Su principio cabía en pocas palabras: la ley de Dios obliga cuando es cierta, y en la duda, la conciencia bien formada no debe ser aplastada. El confesor, decía su práctica entera, es padre y médico antes que juez.
En 1750 dio a la imprenta Las glorias de María. El antiguo abogado escribía ahora sobre otra abogada: María, defensora de los hombres ante Dios, madre que no rechaza ninguna causa por perdida que parezca. Página tras página, comentando la Salve, mostraba a una Madre a la que se puede acudir siempre. El libro se rezó más de lo que se leyó, que era exactamente lo que su autor quería.
La obra también le traía rostros. En 1752 admitió en la congregación a un sastre de Muro Lucano, flaco y frágil, llamado Gerardo Mayela. Era hermano coadjutor, sin estudios ni órdenes, y sin embargo el fundador llegó a tenerlo por un santo viviente: obediente hasta el heroísmo, pobre hasta el extremo, con fama de prodigios entre la gente sencilla. Murió en 1755, con veintinueve años, consumido por la tuberculosis. Alfonso lo lloró como se llora a un hijo que se adelanta al padre en el camino. Siglo y medio después, la Iglesia lo canonizaría.
La pluma no descansaba. En 1758 publicó la Preparación para la muerte, meditaciones graves y serenas sobre el final que a todos espera. Y en 1759, el tratado que resumía su convicción más honda: Del gran medio de la oración. Todo el tratado insistía en lo mismo: quien pide, recibe; quien deja de pedir, se queda sin fuerzas. Lo explicó con una imagen de nido: «Los polluelos de golondrina no hacen más que gritar, buscando ayuda y comida de parte de sus madres. Igualmente, nosotros debemos gritar siempre, pidiendo ayuda a Dios para evitar la muerte del pecado, y para avanzar en su santo amor».
Verdad y misericordia caminaban juntas en aquellas páginas, como habían caminado juntas por los senderos de la misión. Tenía sesenta y seis años y creía que su vida estaba ya trazada: escribir, confesar, predicar hasta el final. Entonces, en 1762, llegó de Roma una carta sellada. Le ofrecía lo único que jamás había buscado.
Sobre la mesa, junto a la pluma, alguien depositaría pronto un anillo episcopal.
El obispo que vendió su carroza
La carta llevaba la firma de Clemente XIII, y lo nombraba obispo de Sant'Agata dei Goti. Respondió con todas las razones que tenía a mano: sus sesenta y seis años, la salud gastada, la congregación que todavía lo necesitaba. No sirvió de nada. Roma insistió, y la obediencia, que había gobernado su vida entera, pesó más que todos sus argumentos. Aquel mismo año de 1762 recibió la consagración episcopal y partió hacia su nueva sede. Era un pueblo de piedra clara asentado sobre un espolón de toba, rodeado de campos secos, con una catedral pequeña y un palacio que pronto parecería un convento.
No llegó para descansar en el cargo. Reformó el seminario y exigió a sus sacerdotes la misma seriedad que se exigía a sí mismo. Recorrió los pueblos de la diócesis predicando misiones, como lo había hecho durante treinta años por las montañas. En las funciones solemnes vestía la sotana violeta; en casa seguía llevando la sotana negra remendada de redentorista. Su mesa era la de un misionero pobre. Quien buscaba al obispo lo encontraba, casi siempre, en el confesonario o ante el sagrario.
Entonces llegó el hambre. En 1764 la carestía golpeó el reino: el grano desapareció de los mercados, el pan alcanzó precios imposibles. A las puertas del palacio episcopal empezaron a llegar familias enteras con las manos vacías. El obispo no pronunció discursos sobre la caridad. Vendió lo que tenía. Sus objetos personales, uno tras otro, y al final la carroza misma, propia de su condición de obispo, para comprar grano y pan. El amor de Jesucristo que había llenado tantos libros se medía ahora en sacos repartidos en un patio. La doctrina del confesor —padre y médico antes que juez— se volvía harina en las manos de los hambrientos.
Trece años sirvió aquella sede, y el cuerpo fue pagando el precio. Las fiebres se hicieron frecuentes; la artritis le fue torciendo las manos, y el cuello comenzó a inclinarse hacia el pecho, despacio, sin remedio. Pidió más de una vez que lo dejaran retirarse. En 1775, el papa Pío VI aceptó por fin la renuncia.
Medio siglo antes, según lo recordaban los suyos, un joven había dejado su espada a los pies de una imagen de la Virgen. Ahora un anciano deponía la mitra y el báculo con el mismo silencio. Dos entregas, la misma causa. Volvió a Nocera de' Pagani, a una casa de su congregación, con el hábito negro de siempre y casi nada más.
Creía que volvía para morir en paz, rezando entre sus hermanos, cerca del sagrario. Le quedaban doce años de vida. Y el despojo más hondo, el que ningún hambre ni ninguna fiebre podían anunciar, todavía no había comenzado.
Despojado de su propia obra
En Pagani, la enfermedad terminó su obra sobre aquel cuerpo pequeño. La artritis le dobló la cabeza hasta hundirle el mentón en el pecho; la presión constante llegó a herirle la piel. Las manos que habían escrito más de cien libros se volvieron nudosas y torcidas. Casi sordo, con la vista apagándose, pasaba las horas en un sillón de mimbre, con una manta sobre las rodillas, rezando ante el sagrario que ya apenas distinguía. Seguía siendo, sobre el papel, el superior de su congregación. Pero gobernar exigía leer, y leer se le había vuelto imposible.
De esa debilidad nació la herida. La corte de Nápoles exigía cambios en la Regla del instituto para concederle su aprobación, y en 1780 le presentaron a la firma un texto adaptado a esas exigencias. No advirtió lo que firmaba. Confió, como había confiado siempre, y estampó su nombre casi a ciegas sobre un documento que alteraba lo esencial de la obra de su vida. Cuando la noticia llegó a Roma, la respuesta fue un golpe seco: Pío VI reconoció como verdaderos redentoristas solo a las casas del Estado Pontificio. El fundador quedaba formalmente fuera de la congregación que había fundado.
El abogado que en su juventud no perdía pleitos no tenía ya ni ojos para leer el expediente de su propia causa. No la defendió. No acusó a nadie, no exigió explicaciones, no escribió memoriales de descargo. Ante el fallo que lo despojaba de todo, el anciano respondió con siete palabras: «Dios lo quiere así, hágase su voluntad». Había enseñado durante medio siglo que la conciencia no se aplasta, sino que descansa en la misericordia de Dios; ahora le tocaba probarlo con lo único que le quedaba: su nombre dentro de su obra.
Se quedó donde estaba, en su celda de Pagani, obedeciendo como el último de los hermanos. Rezaba, besaba una pequeña imagen de la Virgen, ofrecía el dolor del cuello llagado. Pero al despojo de fuera iba a seguirle otro más hondo, uno que nadie veía.
En la penumbra de aquella celda, la mirada casi ciega se perdía en algo que ningún hermano podía acompañar. El silencio se fue volviendo más denso. Y dentro de ese silencio, sin ruido, empezó a caer la noche.
La noche y la fidelidad
Cayó en 1784, cuando andaba por los ochenta y ocho años, y duró dieciocho meses. No fue una tristeza pasajera: fue un asedio. Tentaciones contra todos los artículos de la fe, uno por uno, como si un fiscal implacable desmontara ante él cuanto había creído y enseñado. Escrúpulos que convertían cada recuerdo en acusación. Terrores nocturnos, visiones que angustiaban, y apenas algunos intervalos de calma, breves como treguas. El hombre que había aliviado miles de conciencias en el confesionario temblaba ahora en la suya. El maestro que había escrito que la oración lo alcanza todo rezaba sin sentir nada.
Y sin embargo, no soltó nada. Cuando la fe no se sentía, la sostenía la fidelidad. Seguía rezando a las horas de siempre, con las palabras de siempre, aunque le supieran a ceniza. Apretaba el crucifijo entre los dedos torcidos; besaba la pequeña imagen de la Virgen sin ver ya su rostro. Había enseñado que quien reza se salva. Ahora lo vivía a oscuras, aferrado a Jesucristo con la pura voluntad, como un náufrago que no ve la orilla y sigue nadando.
En esa oscuridad no hubo derrota. Hubo espera.
Sus hermanos guardaron en la memoria lo que vino después, y así lo contaron: pasada la noche, la luz volvió con una abundancia que nadie esperaba. Al anciano se le veía arrebatado en oración, absorto durante horas ante el sagrario. En la casa se hablaba en voz baja de éxtasis y de palabras suyas que anunciaban lo que aún no había ocurrido. La paz que había defendido a ciegas regresó para quedarse.
Quedaba un cuerpo doblado, casi ciego, casi sordo. Y dentro de él, un hombre en paz, con la mirada del alma levantada hacia lo único que faltaba. Ya no esperaba nada de este mundo. Esperaba una llegada. Afuera maduraba el verano, y en el aire caliente de julio las campanas medían las horas, una a una, acercándolo al último toque.
La muerte al Ángelus y el legado vivo
El último toque llegó el 1 de agosto de 1787. Tenía noventa años. La agonía había comenzado la víspera. Sus hermanos velaron junto al lecho toda la noche, rezando en voz baja, arrodillados alrededor del anciano que tantas veces les había enseñado a morir en paz. No hubo crispación ni miedo: solo una respiración que se apagaba despacio, como una vela que ha cumplido su tiempo. Entre las manos deformes, la pequeña imagen de la Virgen que había besado tantas veces. Y cuando el sol de agosto llenó la ventana y la campana empezó a tocar el Ángelus —el saludo del ángel a María, rezado tres veces al día en cada aldea del reino—, el abogado de las almas se entregó en las manos de la abogada de los hombres. Y por ella, en las de Jesucristo, el Redentor al que había servido causa por causa, alma por alma.
La Iglesia tardó poco en decir en voz alta lo que Pagani ya sabía. En 1816, Pío VII lo declaró beato, y en 1839 fue Gregorio XVI quien lo inscribió entre los santos. En 1871, Pío IX lo proclamó Doctor de la Iglesia: el maestro que había enseñado a unir la verdad con la misericordia entraba, con su libro y su pluma, entre los grandes maestros de la fe. Y en 1950, Pío XII lo nombró patrono de los confesores y de los moralistas: desde entonces, cada sacerdote que se sienta a escuchar una conciencia tiene por intercesor al hombre que nunca quiso aplastar ninguna.
Su cuerpo descansa hoy bajo el altar mayor de la basílica de Pagani, a pocos pasos de la celda donde murió. Los peregrinos llegan hasta la urna, se arrodillan, dejan allí sus causas perdidas. Y la congregación que un día lo excluyó de sus filas lo venera como padre. Los redentoristas siguen predicando en más de ochenta países, buscando todavía a los más abandonados, con los libros de Alfonso en las manos. Sus Visitas se rezan ante los sagrarios; sus páginas sobre María siguen consolando; su villancico se canta cada Navidad en Italia. Cada primero de agosto, la Iglesia entera lo recuerda.
Más de dos siglos después, la causa sigue abierta. Y sigue ganándose donde él la ganó: en voz baja, de rodillas, un alma a la vez.
Cuando la causa es el alma
Al comienzo quedó una pregunta suspendida en el silencio de un tribunal: ¿qué hace un hombre cuando pierde todo aquello para lo que fue preparado? Alfonso respondió sin discursos. Dejó la toga y subió a las montañas donde nadie quería subir; cambió el aplauso del foro por el susurro del confesionario; escribió para los que no tenían quién les explicara a Dios en lengua sencilla; y cuando le quitaron hasta la obra de sus manos, siguió rezando. Su respuesta duró sesenta y cuatro años, y terminó al toque de una campana, con María entre los dedos.
Alfonso no lo dijo con esas palabras, pero su vida lo mostró: aquel fracaso no cerró la causa, la abrió. Y en la noche de 1784, cuando rezar no le consolaba y la fe parecía apagada, siguió rezando igual, sin esperar sentir nada a cambio.
También nosotros conocemos, a nuestra medida, esa sala que enmudece. La mañana en que el trabajo de años pasa a otras manos, y hay que volver a casa sin el nombre que nos sostenía, sin saber quiénes somos cuando nadie aplaude.
La pregunta del tribunal queda en el aire, todavía caliente: ¿nos atrevemos a soltar la espada, la pluma, el nombre, cuando la causa ya no es nuestra, sino de Otro? Él dejó la suya a los pies de una imagen de la Virgen. La nuestra no está escrita en ningún libro suyo.
Un pleito perdido puede ser la primera línea de otra vida. La de Alfonso lleva tres siglos escribiéndose, en cada confesionario donde una conciencia respira aliviada, en cada aldea donde alguien reza con palabras sencillas.
San Alfonso María de Ligorio, padre de los más abandonados, patrono de confesores y moralistas, Doctor de la Iglesia, ruega por nosotros.





