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FIDES VIVA

11 de octubre

Juan XXIII

El Papa bueno que abrió el Concilio Vaticano II y escribió Pacem in terris

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Capítulos
  1. 0:00La colina de los aparceros
  2. 3:34Secretario, maestro y capellán
  3. 6:52Obediencia y paz en tierras ajenas
  4. 10:13Me llamaré Juan
  5. 13:09Una luz de improviso y un pastor en la calle
  6. 16:00El 11 de octubre: la mañana y la luna
  7. 22:08¡Paz, paz!
  8. 25:21Yo les amo, ellos me aman
  9. 27:48De vuelta a la colina

Más de cien mil personas llenaban la plaza de San Pedro con velas y antorchas, y los reflectores seguían apagados. Tras una cortina, el papa Juan XXIII, el anciano al que llamaban el Papa bueno, se asomó a mirar. Daría la bendición, avisó a su secretario, «pero no hablaré».

Y habló.

Esa mañana había abierto el Concilio, la gran reunión de los obispos del mundo. Esa noche dijo que su persona no contaba nada. Pidió a los padres que, al volver a casa, acariciaran a sus hijos de parte del papa.

Esa manera de ser padre no la había aprendido en Roma.

La colina de los aparceros

Aquel padre había empezado siendo uno de muchos hijos. En Sotto il Monte, una aldea de colina de la provincia de Bérgamo, en la Lombardía de finales del siglo diecinueve, la familia Roncalli vivía como aparcera. Trabajaba una tierra que no era suya y repartía la cosecha con el dueño. Eran muchas bocas bajo el mismo techo. Al frente de la casa estaba un tío abuelo, Zaverio.

Allí nació Angelo Giuseppe Roncalli, el 25 de noviembre de 1881, y ese mismo día lo bautizaron en la parroquia del pueblo.

Su primera fe tuvo dos rostros. Uno era el de Zaverio, el padrino campesino, de quien recibió la primera y más fundamental educación en la fe. El otro era el del párroco, don Francesco Rebuzzini. Bajo su guía, el niño de la colina recibió una huella de Iglesia que ya nunca se le borró.

Antes de ser padre de nadie, él mismo tuvo dos. Un campesino le dio la fe en casa, y un cura de aldea lo formó para la Iglesia.

En 1892, todavía un niño, dejó la colina y entró en el seminario de Bérgamo, la casa donde se forman los futuros sacerdotes. Allí, con catorce años, empezó a llenar unos cuadernos de apuntes espirituales, con sus propósitos y su oración puesta por escrito. Aquellos cuadernos lo acompañarían toda la vida y, tras su muerte, se publicarían con el título de Diario del alma. Desde entonces se confió con constancia a un director espiritual, un sacerdote que acompaña de cerca la vida interior de otro.

Poco después entró en la Orden Franciscana Seglar, la de quienes viven la regla de san Francisco en medio del mundo, sin entrar en un convento, para seguir con sencillez el Evangelio de Jesucristo.

Un sacerdote y escritor español que lo admiraba contaba con cariño una costumbre suya. Angelo se proponía las cosas solo por doce horas, y al día siguiente renovaba el propósito. Con ese espíritu había escrito, de muy joven, un decálogo. Aquel decálogo es el que hoy conocen muchos como el «Sólo por hoy».

Los cuadernos siguieron llenándose. Y una beca para estudiar llevaría pronto al seminarista de la colina hasta Roma, donde iba a hacerse sacerdote.

Secretario, maestro y capellán

En Roma, el becario del Pontificio Seminario Romano tuvo que dejar los libros durante un año para cumplir el servicio militar. Después volvió a las aulas.

En agosto de 1904, en una de las dos iglesias gemelas de la Piazza del Popolo, se tendió con el rostro contra el suelo ante el altar mientras se cantaban las letanías de los santos. Cuando se levantó, el muchacho de la colina pertenecía para siempre a Jesucristo y a su Iglesia. Y desde aquel día lo acompañó un deseo, el de cuidar almas de cerca, como pastor.

Pero su primer encargo no fue una parroquia. Al año siguiente, el nuevo obispo de Bérgamo lo tomó como secretario, y con él recorría las parroquias de la diócesis en sus visitas pastorales. A su lado, durante nueve años, aprendió el oficio de pastor y reunió una gran experiencia de almas. Al mismo tiempo enseñaba en el seminario.

Y estudiaba a un obispo que siglos antes había visitado aquella misma diócesis, san Carlos Borromeo. Publicó las actas de su visita a Bérgamo.

En junio de 1914 llegó la primera prueba de su obediencia. En Roma, adonde había acompañado al rector del seminario, el cardenal De Lai lo retuvo unos minutos: «Profesor, por favor, tenga cuidado al enseñar la Escritura». Roncalli nunca había enseñado Escritura.

Le escribió para reafirmar su fidelidad. La contestación del cardenal llegó por carta, y por fin explicaba el aviso. Le habían informado de que leía a Duchesne, un historiador de la Iglesia, y de que se inclinaba por una escuela que vaciaba el valor de la tradición. Roncalli tomó la pluma y respondió. Esa información no venía de nadie que lo conociera bien. De Duchesne solo había leído unas quince páginas. Se defendió con la verdad y sin una palabra de rebeldía. Todavía no tenía lema, y ya obedecía en paz.

Después la obediencia lo llevó a la guerra. En 1915 Italia entró en la Primera Guerra Mundial, y a aquel profesor lo movilizaron como sargento de sanidad. Al año siguiente pasó a ser capellán militar, el sacerdote que acompaña a los soldados, en los hospitales de retaguardia. Allí, lo que había aprendido junto a un obispo se ponía a prueba junto a las camas de los heridos.

Terminada la guerra, en 1921, el papa Benedicto XV lo llamó a Roma para trabajar en la Obra de la Propagación de la Fe, la institución que sostiene las misiones en todo el mundo. Obedeció, y no se quedó en un despacho. Recorrió muchas diócesis de Italia para organizar grupos que apoyaran a las misiones. Y aquella llamada iba a llevarlo más lejos todavía, a un país que no conocía.

Obediencia y paz en tierras ajenas

El país era Bulgaria. En 1925, el papa Pío XI lo nombró visitador apostólico, el enviado del Papa para conocer de cerca una Iglesia lejana y cuidarla. Para esa misión lo ordenaron obispo en Roma. En su escudo puso por lema lo que ya venía viviendo, y que iba a cumplir con toda su vida:

«Oboedientia et pax», obediencia y paz.

En abril llegó a Sofía. Los católicos del país eran pocos y vivían dispersos, y él fue a visitar sus comunidades una a una. Con las demás comunidades cristianas cultivó un trato de respeto. Cuando la tierra tembló en 1928, acudió con ayuda a las víctimas del terremoto.

Fueron años de pequeños pasos, de un trabajo que apenas se veía. Allí sufrió incomprensiones y las llevó en silencio. En ese silencio aprendió a abandonarse cada vez más en Jesús crucificado. Esa era la paz de su lema.

Después le pidieron más. Lo nombraron delegado apostólico en Turquía y Grecia, es decir, el enviado del Papa ante los católicos de esos países. Turquía acababa de proclamarse un Estado sin religión oficial, y el delegado procuró que los católicos no se sintieran excluidos en su propia tierra.

En Grecia buscó acercarse al Patriarca y a los metropolitas, los obispos ortodoxos de las grandes ciudades. Entre ortodoxos y musulmanes, su manera de estar fue siempre la del respeto y el diálogo. La paz del lema se había vuelto trato con los de otra fe.

Entonces estalló la Segunda Guerra Mundial, y Grecia quedó devastada por los combates. Ahora la paz tenía que hacerse ayuda. El delegado se puso a buscar noticias de los prisioneros de guerra. Y a muchos judíos los puso a salvo con un papel. Era el visado de tránsito de la Delegación Apostólica, un documento oficial del enviado del Papa que les permitía atravesar el país.

En medio de la guerra, aquel documento abría un camino.

Al terminar la guerra, la obediencia lo llevó a París. En diciembre de 1944, con Francia recién liberada, Pío XII lo nombró nuncio, el representante del Papa ante un Estado. El país empezaba entonces a apartar cada vez más su vida pública de la fe. El nuncio ayudó a los prisioneros de guerra y peregrinó a los santuarios franceses.

En medio de la diplomacia, cada día reservaba un tiempo largo a la oración y a la meditación. Lo sostenía un deseo sencillo, el de ser sacerdote en cualquier circunstancia.

Tras casi treinta años fuera de Italia, el deseo del día de su ordenación iba a cumplirse por fin. Lo esperaban almas que cuidar, en Venecia.

Me llamaré Juan

En 1953 Pío XII lo creó cardenal, y pocos días después lo nombró patriarca de Venecia, el título antiguo del obispo de esa ciudad. Tenía setenta y un años. Después de tanto tiempo entre embajadas y despachos, volvía al cuidado directo de los fieles, y esa vuelta le dio una alegría grande.

En Venecia veneraba a dos santos pastores, san Lorenzo Giustiniani y san Pío X. Como secretario tenía a un joven sacerdote, Loris Capovilla, que lo acompañaría hasta el final.

Cada año, para descansar, regresaba a Sotto il Monte, a la colina donde lo habían bautizado.

En octubre de 1958 murió Pío XII. Los cardenales se reunieron en cónclave, la reunión cerrada en la que eligen al Papa. Al cuarto día, el elegido fue el patriarca de Venecia. Tenía casi setenta y siete años.

Cuando le preguntaron si aceptaba, empezó con un verso de la Biblia: «temblé y tengo miedo». Lo que sabía de su propia pobreza, dijo, bastaba para confundirlo. Pero aceptaba, porque en los votos de sus hermanos cardenales veía «el signo de la voluntad de Dios». E inclinó la cabeza «al cáliz de la amargura y a la paciencia de la Cruz».

Luego dijo en latín cómo quería llamarse:

«Vocabor Ioannes», me llamaré Juan.

Para él era un nombre dulce, porque había sido el de su padre. Y suave, porque era el de la humilde parroquia donde lo bautizaron. Lo llevaban innumerables catedrales, empezando por la de Letrán, la catedral del Papa en Roma. Recordó que veintidós papas se habían llamado Juan, y que casi todos habían gobernado poco tiempo. De ahí le vino su número, el veintitrés.

Pero amaba ese nombre sobre todo por los dos Juanes más cercanos a Cristo. Uno era el Bautista, «testimonio invicto de la verdad». El otro era el discípulo amado, que se reclinó sobre el pecho del Señor en la cena. Al final pidió a Dios, si así le placía, fortaleza «hasta el derramamiento de la sangre».

Al hacerse padre de toda la Iglesia, había tomado el nombre de su propio padre y el de su pila bautismal.

Acababa de recordar que casi todos los papas llamados Juan habían durado poco. Tres meses después, ante un pequeño grupo de cardenales, pronunció una palabra que ninguno de ellos esperaba.

Una luz de improviso y un pastor en la calle

El Papa había ido a la basílica de San Pablo, a las afueras de Roma, en la fiesta de la Conversión del Apóstol. Era el 25 de enero de 1959. Allí, ante los cardenales, pronunció la palabra que le había brotado de improviso en el corazón y en los labios. Dijo Concilio ecuménico, la reunión de todos los obispos del mundo con el Papa.

Para él fue «un toque inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el corazón».

La decisión era suya. Antes la había consultado en privado con unos pocos, entre ellos su secretario de Estado, el cardenal Domenico Tardini. A aquella palabra siguió un fervor que despertó en todo el mundo, y después vinieron tres años de preparación.

Durante esos años, el obispo de Roma salió a la calle. Entraba en las cárceles, en los hospitales y en las parroquias de la ciudad, y a todos llevaba su sonrisa. En uno de esos hospitales, con su capa roja puesta, se detuvo junto a un niño. El niño lo miró y le preguntó si era Papá Noel.

La pregunta le arrancó una sonrisa enorme.

La gente de Roma empezó a llamarlo el Papa bueno, y ese nombre ya no se le despegaría. Era la misma gente que un día volvería a llenar la plaza, esta vez por él.

Detrás de esa sonrisa había una oración. En la misa, ante el altar donde se hace presente el sacrificio de Jesucristo, solía rezar: «Padre celestial, Padre de la misericordia, acepta la oración de tu siervo». Empezaba por sus propios pecados y por la salud de su alma y de su casa. Después ensanchaba el círculo y rezaba por los gobernantes, los obispos y las almas consagradas, por los pecadores y los atribulados, y por las almas del purgatorio. Y terminaba pidiendo la luz de la fe para quienes no la conocen y para los hermanos separados, los cristianos que no están en comunión con Roma.

Aquel año del anuncio, en unos días de retiro, pensaba siempre en un Papa del siglo diecinueve, Pío IX, «de santa y gloriosa memoria», y quería, imitándolo en sus sacrificios, «ser digno de celebrar su canonización». Era un deseo que quedaría abierto mucho tiempo.

Mientras tanto, los tres años de preparación iban a desembocar en un solo día de octubre de 1962. Antes de vivirlo, el Papa quiso ponerlo en manos de la Virgen.

El 11 de octubre: la mañana y la luna

El Papa fue a Loreto, el santuario de la Virgen junto al mar Adriático, como peregrino. Iba a venerar el misterio de la Encarnación, el de Dios que se hace hombre en el seno de María. Era un hombre de ochenta años que, pocos días antes de la gran apertura, se arrodillaba donde se arrodillan los peregrinos.

Después llegó el 11 de octubre de 1962. Aquel año, en el calendario de la Iglesia, era la fiesta de la Maternidad divina de María. Hoy, cada 11 de octubre, la Iglesia celebra en esa fecha la memoria de san Juan XXIII.

Por la mañana, la nave de San Pedro estaba llena de obispos venidos de todo el mundo. Se sentaban en largas tribunas, a un lado y a otro, y en el centro estaba el sepulcro de Pedro. Entre ellos había también observadores de otras confesiones cristianas, presentes para escuchar.

«Gaudet Mater Ecclesia», «se alegra la Madre Iglesia». Con esas palabras empezó el discurso con el que el Papa abrió el Concilio Vaticano II.

Antes de mirar adelante, nombró a los que faltaban. Había pastores que no podían estar allí porque sufrían prisión por su fidelidad a Cristo. Ante toda la asamblea, confesó su dolor por ellos.

Luego habló de quienes, en los tiempos modernos, «no ven sino prevaricación y ruina». Dijo que le parecía justo «disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos».

Explicó también cuál era el trabajo que tenían por delante. No se trataba de repetir lo que la Iglesia siempre había creído, sino de exponerlo de nuevo. «Una cosa es la substancia de la antigua doctrina… y otra la manera de formular su expresión».

Llamó a la Iglesia con uno de sus nombres más antiguos, la Esposa de Cristo, y dijo: «En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad».

Y le prestó a la Iglesia las palabras de Pedro al mendigo que pedía limosna a la puerta del templo. El apóstol no tenía oro ni plata que darle, y aun así le dijo que se levantara y anduviera.

Habló de un «triple rayo» de unidad, entre los católicos, con los cristianos separados y con quienes no son cristianos. Comparó aquel día con una aurora, la primera luz que anuncia la mañana. La luz que le había llegado de improviso en San Pablo, tres años antes, era ya la de toda una asamblea.

Terminó con María. La invocó como auxilio de los obispos, la misma Madre que acababa de visitar en Loreto.

Al caer la noche, no había ninguna celebración prevista, y los reflectores de la plaza seguían apagados. Aun así, la gente se fue reuniendo con velas y antorchas, hasta pasar de cien mil personas.

Arriba, en el Palacio Apostólico, Loris Capovilla, el secretario que acompañaba al Papa desde Venecia, le pidió que mirara a través de las cortinas. Abajo no se distinguían rostros. A la multitud la revelaban el murmullo y las llamas, miles de llamas pequeñas en la oscuridad.

El anciano dio una orden sencilla: «Abre la ventana, daré la bendición, pero no hablaré».

Se abrió la ventana sobre la plaza. La figura blanca apareció en el marco de luz, y la bendición tuvo que esperar.

«Queridos hijitos… escucho vuestras voces». Habló sin papel, como se habla a la familia desde la puerta de casa. «La mía es una sola voz, pero resume la voz del mundo entero».

Después se fijó en el cielo de aquella noche. «Se diría que incluso la luna se ha apresurado esta noche».

Luego habló de sí mismo. «Mi persona no cuenta nada; es un hermano que os habla, un hermano que se ha convertido en padre por voluntad de nuestro Señor».

Y lo dijo también en la lengua de la Iglesia: «Fratres sumus», somos hermanos.

Llamó a la Virgen Inmaculada, de la que la Iglesia celebraba aquel día su excelsa prerrogativa. Recordó Éfeso, la antigua ciudad donde un concilio proclamó a María Madre de Dios. La misma Madre de la mañana estaba ahora en la plaza a oscuras.

Antes de bendecir, pidió algo para llevar a casa.

«Regresando a casa, encontraréis a los niños; hacedles una caricia y decidles: ésta es la caricia del papa».

«Tal vez encontréis alguna lágrima que enjugar…». Y añadió: «Sepan los afligidos que el papa está con sus hijos».

Entonces dio la bendición que había salido a dar. Deseó buenas noches a todos. Y sobre la asamblea que acababa de abrir dejó una última frase. El Concilio, dijo, «ha comenzado y no sabemos cuándo terminará».

Aquella mañana había hablado a los obispos del mundo como sucesor de Pedro. Por la noche, desde una ventana, el hijo de la colina habló a las familias de Roma como un padre.

Dos semanas después, la oscuridad que asustaba a millones de familias ya no era la de una plaza.

¡Paz, paz!

Esta vez no había ventana ni plaza. Había un micrófono de Radio Vaticana y, al otro lado, el mundo entero. Eran los días de la crisis de Cuba, cuando muchos temían que estallara una guerra.

El Papa empezó rezando, con una plegaria de Nehemías, una oración del Antiguo Testamento: «Oh, Señor, que esté atento tu oído a la plegaria de tu siervo».

Apenas abierto el Concilio, «nubes amenazadoras» ensombrecían el horizonte y sembraban el pánico en los hogares. Y prestó su voz a quienes no tenían ningún micrófono. Repitió el grito de los niños y de los ancianos: «¡Paz, paz!».

Se dirigió entonces a quienes podían decidir. «Nos suplicamos a todos los gobernantes que no permanezcan sordos a este grito de la Humanidad». Les pidió que hicieran todo lo posible por salvar la paz. Y llamó sabiduría a algo muy concreto, a promover negociaciones y aceptarlas en cualquier momento.

A los bautizados les pidió que unieran sus plegarias, porque la paz tenía que apoyarse en la justicia. Después bendijo a quienes trabajaran por ella en nombre del «Príncipe de la Paz», Jesucristo.

El lema que había elegido al hacerse obispo, obediencia y paz, ya no se quedaba en su propia alma. Se había vuelto súplica por las familias del mundo.

Mientras tanto, dentro del Concilio, creció una gran tensión. Un sacerdote y periodista español que vivió aquellos días en Roma cuenta lo que pasó con uno de los grandes textos preparados antes de la asamblea. Más de la mitad de los obispos votó en contra, pero sin llegar a los dos tercios. Pareció que la asamblea iba a partirse en dos.

La tarde antes de intervenir, el Papa adelantó su visita al Colegio Pío Latino. Allí recitó de memoria una oración a la Virgen, la misma que rezaba de niño.

A la mañana siguiente tomó su decisión. Creó una comisión mixta, con hombres de un lado y del otro, para escribir un texto nuevo. Nadie tenía que salir humillado.

Su palabra más amplia llegó por escrito. Ya en 1961 había publicado una encíclica, una carta del Papa a la Iglesia y al mundo, que llevaba por título:

«Mater et magistra», «madre y maestra».

En 1963 publicó otra, con un título que resumía la súplica de aquel otoño:

«Pacem in terris», «paz en la tierra». No la reservó para los católicos. La dirigió a todos los hombres de buena voluntad.

La carta sobre la paz salió en primavera. Pocas semanas después, las enfermedades que arrastraba desde hacía tiempo empezaron a agravarse.

Yo les amo, ellos me aman

El hombre que había hablado al mundo desde una ventana y ante un micrófono ya no salía de su habitación. Sus días se habían reducido a una cama, a unos pocos rostros conocidos y a la oración.

Desde esa cama, en sus últimos momentos, confió a la Iglesia su testamento. Cabía en una sola frase: «Lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la bondad».

Abajo, la plaza volvía a estar llena. La misma explanada que una noche de octubre se había iluminado con velas y antorchas se llenaba ahora de gente que había venido por él.

Junto a la cama, de rodillas, estaba Capovilla, su secretario de tantos años. Quiso que el Papa supiera lo que pasaba allí fuera: «Santo Padre, aquí estamos unas pocas personas en la habitación, ¡pero si viera la Plaza!».

La respuesta del moribundo a la plaza llena fue esta: «¡Es natural que sea así, muere el Papa, yo les amo, ellos me aman!».

Ocho meses antes había mandado su caricia a las casas de Roma. Ahora esas casas le devolvían el gesto.

Poco antes del final, Capovilla le pidió perdón por no haber sido el hombre que él merecía. El Papa puso sus manos en las de su secretario.

«Loris, deja pasar estas cosas…». «Lo que importa es que hemos hecho nuestro servicio según la voluntad del Señor». Y siguió: «No recogimos las piedras que nos tiraron, hemos sufrido juntos, hemos amado y hemos perdonado».

La obediencia que había elegido como lema al hacerse obispo, casi cuarenta años de ir donde lo enviaban, cabía al final en la palabra servicio.

Murió la tarde del 3 de junio, el día siguiente a Pentecostés, la fiesta en que la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo. Se fue con un profundo abandono en Jesús.

Capovilla estuvo allí hasta el último instante. Lo que vio morir no fue un viejo. Fue un niño.

Ruega por nosotros

San Juan XXIII, hijo de la colina de Sotto il Monte, tú serviste con obediencia y paz allí donde te enviaron y, desde una ventana, mandaste tu caricia a los niños y tu consuelo a los afligidos. Alcánzanos de Dios, Padre de la misericordia, la gracia de reconocer que lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito. Ayúdanos a amar y a perdonar en nuestras casas y a enjugar alguna lágrima cerca de nosotros. Ruega por nosotros. Amén.

Fuentes

  • Fuentes primarias (1958-1963)
  • Juan XXIII, Discurso de aceptación del Supremo mandato (1958) vatican.va
  • Juan XXIII, Gaudet Mater Ecclesia, discurso de apertura del Concilio Vaticano II (1962) vatican.va
  • Juan XXIII, Saludo en la noche de apertura del Concilio («Discurso de la luna») (1962), trad. Diócesis de Málaga diocesismalaga.es
  • Juan XXIII, Radiomensaje por la paz y la fraternidad entre los hombres (1962) vatican.va
  • Juan XXIII, Diario del alma (retiro de 1959) y testamento (1963), citados por Juan Pablo II (2000) — vatican.va
  • Fuentes hagiográficas y tradición
  • Loris F. Capovilla, testimonio en videoconferencia (2014) — Zenit es.zenit.org
  • José Luis Martín Descalzo, Decálogo de la serenidad — Catholic.net es.catholic.net
  • Documentos y estudios eclesiásticos y académicos
  • Santa Sede, Perfil biográfico de Juan XXIII (2014/2019) — vatican.va
  • Santa Sede, Pope John XXIII, biografía de la beatificación (2000) — L'Osservatore Romano / vatican.va
  • Juan Pablo II, Homilía de beatificación (2000) — vatican.va
  • Francisco, Homilía de canonización (2014) — vatican.va
  • Conferencia Episcopal Española, Misal Romano, 3.ª ed., 11 de octubre — reproducido en textosparalaliturgia.blogspot.com
  • Vatican News, s. Juan XXIII, papa; San Juan XXIII a 57 años de su regreso a la Casa del Padre (2020); Los restos de Juan XXIII dejan el Vaticano (2018); Francisco: Juan XXIII nos ha dejado una herencia valiosa (2018) — vaticannews.va
  • Amedeo Lomonaco, El nombre del Pontífice (2025) — Vatican News
  • ACI Prensa, Conozca los milagros que llevaron a Juan XXIII y Juan Pablo II a los altares (2014) — aciprensa.com
  • Miguel Pérez Pichel, San Juan XXIII: así son las reliquias del «Papa Bueno» (2020) — ACI Prensa
  • Manuel Pablo Maza Miquel, S.J., El futuro Juan XXIII sospechoso de modernismo (2026) — Listín Diario
  • EFE, Restos de Juan XXIII con nueva casa; Quedan expuestos para la veneración los restos de Juan XXIII (2001) — La Nación; Libertad Digital
  • Iconografía
  • Vatican News, medallón de Juan XXIII en la serie de papas de San Pablo Extramuros vaticannews.va
  • Contexto contemporáneo
  • Santa Sede, Biografía del Santo Padre León XIV vatican.va
  • Jordan Grantham, A parish in the spirit of St John XXIII (2017) — Catholic Outlook, Diócesis de Parramatta
  • Paroisse Saint Jean XXIII de Rennes, Saint Jean 23 infos (2026) — rennes.catholique.fr

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En aquel tiempo, ese mismo día, se acercaron algunos fariseos y le dijeron a Jesús: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”. Él les respondió: “Vayan y díganle a ese zorro: ‘Mira, expulso demonios y realizo…