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FIDES VIVA

11 de agosto

Santa Clara

40 años de lucha por el derecho a no tener nada

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Capítulos
  1. 0:00Infancia en tiempos de guerra
  2. 5:39El encuentro secreto y la decisión
  3. 9:32El corte de cabellos y la nueva vida
  4. 15:17Combate por la pobreza y amistad fiel
  5. 20:39Asedio, enfermedad y el milagro del silencio
  6. 26:18La Regla y el último umbral
  7. 30:26Ocultamiento y luz: el legado de Clara
  8. 34:07Lo que no se posee

Es de noche y la casa duerme. Una joven de dieciocho años baja las escaleras sin hacer ruido. Deja atrás el portón grande, el de las visitas y los pretendientes, y empuja una puerta lateral. Lleva un manto oscuro y una palma bendecida esa misma mañana. Al final del camino la esperan unos frailes con cirios.

Y unas tijeras.

Era el Domingo de Ramos de 1212, y la muchacha que acababa de salir era la heredera de una de las familias más poderosas de Asís.

Dentro de la capilla alguien levanta las tijeras. Lo que se oye entonces no suena a ceremonia: suena a metal contra pelo. Cuando termina, hay trenzas doradas en el suelo, y nadie se agacha a recogerlas.

A los pocos días su familia fue a buscarla. Hubo súplicas primero, y amenazas después. Ella contestó sin levantar la voz, porque el pelo cortado ya lo había dicho todo. Los hombres volvieron a casa sin ella.

Y eso era apenas el comienzo. Aquella muchacha iba a pedirle a Roma algo que ningún monasterio pidió jamás. No tierras. No rentas. El derecho a no tener nada. Una petición diminuta y escandalosa que le costaría cuarenta años de pelea. Un papa se ofreció a liberarla de su promesa. Ella dijo que no.

Se llamaba Clara. Clara de Asís.

Para entender qué empuja a una heredera a salir por esa puerta, hay que volver a la ciudad donde nació, cuando un apellido servía de escudo y también de blanco.

Infancia en tiempos de guerra

Italia central, en el filo entre dos siglos. Asís trepa por la ladera del monte Subasio en calles empinadas de piedra rosada, erizada de torres: cada torre es una familia noble que vigila a las demás. Abajo, en las plazas, los mercaderes cuentan monedas nuevas y sueñan un poder nuevo; arriba, los caballeros guardan escudos, linajes y rencores viejos. Toda la ciudad —toda la época— está aprendiendo a medir a las personas por lo que poseen.

En ese mundo, junto a la catedral de San Rufino, en una de las casas nobles de la parte alta, nace una niña hacia el año 1193. Su padre, Favarone di Offreduccio, es un caballero del linaje de los grandes de Asís. Su madre, Ortolana, es una mujer de fe honda: ha peregrinado a Roma, a Santiago de Compostela y hasta la tierra donde caminó Jesús. Ha vuelto con la mirada cambiada. A la hija le ponen un nombre que suena a promesa: Chiara. Clara. Luminosa.

Esa luz conoce pronto la oscuridad. En 1198 el pueblo de Asís se levanta contra la nobleza: derriba la fortaleza de la Rocca y asalta las casas de las grandes familias. Los Offreduccio tienen que huir a Perugia, la ciudad rival, con lo que cabe en unos arcones. Allí crece la niña, entre hombres armados y conversaciones en voz baja, aprendiendo demasiado pronto que un apellido puede ser un refugio y también un blanco. Cuando por fin regresan, Asís sigue en guerra con Perugia. La paz de su infancia es apenas una tregua entre campanas de alarma.

Y sin embargo, dentro de aquella casa de piedra, algo distinto crece en silencio. Las mujeres que muchos años después envejecerían a su lado lo contaban todavía con asombro: la niña contaba sus oraciones con un cordón de nudos que llevaba escondido, como otras niñas esconden un tesoro. Hablaba con Jesús sin que nadie se lo mandara. Y apartaba comida de su propia mesa —el pan blanco de los señores— para hacérsela llegar, en una escudilla, a los pobres de la ciudad. De su madre había aprendido a dar limosna. A privarse de lo suyo no le había enseñado nadie; eso era suyo.

Su destino, en cambio, lo habían escrito otros. Una hija de los Offreduccio existía para sellar alianzas: una dote generosa, un matrimonio conveniente, hijos que prolongaran el linaje. En la casa había telares y telas teñidas de verde y de rojo, cinturones labrados, velos de lino fino; todo hablaba de lo que ella llegaría a ser. Pero la niña miraba hacia otra parte. Eso no lo explicaba ningún privilegio de cuna. Nadie en la casa supo explicarlo entonces.

Mientras tanto, calle abajo, en esa misma ciudad, un joven mayor que ella estaba a punto de explicarlo con su propia vida. Era hijo de un mercader, y vendía las telas finas que familias como la de Clara compraban. Todavía nadie conocía su nombre fuera de Asís. Pronto no habría quien no lo pronunciara: Francisco.

El encuentro secreto y la decisión

Pocos años después, el hijo del mercader era el escándalo de Asís. Se había despojado de todo —hasta de la ropa— delante del obispo y de media ciudad, para devolvérsela a su padre; ahora vestía una túnica de paño basto, reconstruía con sus manos iglesias en ruinas y llamaba hermanos a los leprosos. Unos lo tenían por loco. Otros empezaban a seguirlo. Y cuando hablaba de Dios, hasta los que se burlaban se quedaban un momento en silencio.

Entre quienes lo escucharon estaba una muchacha de diecisiete años de la parte alta de la ciudad. Lo que Francisco predicaba no era una doctrina nueva: era el Evangelio de siempre, dicho como si acabara de suceder: que el Hijo de Dios había elegido nacer sin nada y morir sin nada, que Cristo pobre era el tesoro escondido por el que valía la pena venderlo todo. La niña que había escondido pan en una escudilla oyó, por primera vez en voz alta, su propio secreto.

Quiso hablar con él. Pero una heredera de los Offreduccio no podía cruzar la ciudad para verse con el hijo de un mercader que dormía entre piedras. Así que salía en secreto, acompañada por su amiga Bona di Guelfuccio, mientras fray Felipe, uno de los frailes de Francisco, guiaba los encuentros. En aquellas conversaciones a media voz, bajo el arco de un muro o entre los olivos del arrabal, Francisco no le ofreció seguridad ninguna. Le habló de dejar el mundo por amor a Jesucristo, de una vida sin dote, sin muros propios, sin nada que defender; y ella escuchaba con el corazón adelantándose a la razón. Y ella, que tenía pretendientes esperando y un apellido que pesaba como una armadura, volvía a casa cada vez con menos dudas y más vértigo.

Llegó el Domingo de Ramos de 1212. La catedral de San Rufino, a unos pasos de su casa, se llenó con toda la ciudad vestida de fiesta. Una a una, las damas de Asís se acercaron al altar a recibir la palma bendecida. Solo una permaneció en su sitio, quieta, con los ojos bajos, como quien ya está despidiéndose de todo aquello. Entonces el obispo Guido hizo algo que nadie esperaba: bajó los peldaños del altar, atravesó la nave y puso la palma en la mano de Clara. Nadie preguntó por qué. Quizá él era el único, en toda la catedral, que sabía lo que aquella palma sellaba.

Aquella misma noche, cuando la casa quedó en silencio, no salió por el portón principal, donde el honor de la familia montaba guardia. Salió por la puerta pequeña, envuelta en un manto oscuro, con la palma todavía tibia del incienso. Bajó las calles empinadas sin una antorcha, cruzó las murallas, y siguió por el camino de tierra que descendía hacia el llano, entre olivos negros bajo las estrellas. Dieciocho años de linaje, de telas finas y de futuro escrito quedaban a su espalda, dormidos.

No sabía lo que la esperaba al otro lado de aquella noche. Sabía a quién iba a buscar. Y abajo, entre las encinas del llano, ya temblaba una respuesta: pequeñas luces encendidas junto a una capilla mínima, cirios de unos frailes que esperaban despiertos.

El corte de cabellos y la nueva vida

La puerta baja se abrió y la recibió un resplandor de cera encendida. Dentro, la Porciúncula era apenas cuatro muros de piedra tosca y un altar; los frailes formaban un semicírculo con los cirios en las manos, y el bosque callaba alrededor. Nadie pronunció discursos. Ante el altar, la joven se despojó del manto, y el vestido de fiesta brilló un instante a la luz de las velas. Por última vez.

Entonces Francisco tomó las tijeras. En el silencio de la capilla se oyó el sonido más pequeño y más definitivo de aquella noche: el metal cortando el cabello. Las trenzas rubias, deshechas, fueron cayendo sobre la piedra, mechón a mechón, doradas todavía a la luz de los cirios. Nadie las recogió en ese momento. Quedaron allí, en el suelo, como queda atrás una vida entera.

Después la revistieron con una túnica de paño basto sin teñir, un cordón anudado a la cintura y un velo oscuro sobre la cabeza rapada. No había dote, no había orden, no había monasterio que la esperara. Aquella noche dejó de pertenecer a un linaje para pertenecer a Cristo pobre, y esa pertenencia era, de momento, toda su casa.

Pero una mujer no podía vivir entre frailes, y Francisco aún no tenía lugar para ella. Esa misma noche la condujeron al monasterio benedictino de San Pablo de las Abadesas, cerca de Bastia, en la llanura. Allí la alcanzó, a los pocos días, lo que había dejado dormido en Asís: los hombres de su casa, decididos a llevarla de vuelta.

Primero rogaron. Después amenazaron. Le hablaron del deshonor, del apellido, del matrimonio que la esperaba. Ella resistió sin devolver una sola palabra dura, firme como no la habían visto nunca; la cabeza rapada bajo el velo decía lo que ya no hacía falta decir. Los hombres regresaron a Asís con las manos vacías, y ella pasó poco después a un refugio más quieto: Sant'Angelo di Panzo, una ermita de monjas en la ladera del Subasio, entre robledales.

Dieciséis días después de la fuga, alguien llamó a la puerta de Panzo. Era Catalina, su hermana menor, de quince años. Había hecho el mismo camino, sola, para pedir la misma vida. Y esta vez la familia no vino a rogar.

En San Damián se guardó siempre la memoria de aquella mañana. Los parientes armados, con el tío Monaldo al frente, irrumpieron en la ermita para arrancar a la muchacha y llevársela a rastras. La agarraron, tiraron de ella ladera abajo; y de pronto aquel cuerpo menudo se volvió pesado como la piedra del monte, imposible de mover para tantos hombres juntos. Monaldo alzó el brazo para golpear, y el brazo se le quedó rígido, atravesado de dolor. Soltaron a la muchacha y se marcharon. Su hermana la recogió del suelo, la abrazó, y ya nadie volvió a reclamarla.

Francisco le cortó también a ella el cabello y le dio un nombre nuevo: Inés, como el cordero manso que nadie pudo arrastrar.

Faltaba una casa. Francisco la tenía preparada desde hacía años sin saberlo: San Damián, la iglesita medio arruinada que él mismo había reparado piedra a piedra en los inicios de su conversión, en la ladera de los olivos, a las afueras de Asís. Allí se instalaron las dos hermanas. Celdas desnudas, un dormitorio de vigas bajas, jergones de paja, un huerto cerrado y, abajo, el valle de Espoleto abierto como una promesa. Ninguna de las dos volvería a poseer nada. Y ninguna de las dos volvió a mirar atrás.

No estuvieron solas mucho tiempo. Otras mujeres de Asís fueron llamando a aquella puerta: nobles y sencillas, jóvenes y viudas, atraídas por una vida que no ofrecía nada y lo daba todo. Con los años, hasta Ortolana, la madre, viuda ya, cruzaría ese umbral para vivir bajo la obediencia de su propia hija. Estaba naciendo, sin proclamas, la comunidad de las Damas Pobres.

Hacia sus veintiún años tuvo que aceptar, por pura obediencia, lo que jamás había pedido: el título de abadesa. Lo llevó a su manera, más como madre que como señora, sirviendo antes que mandando. Y una memoria temprana de la Orden cuenta que por entonces obtuvo del papa Inocencio III, de viva voz, algo que ningún monasterio había pedido jamás: el derecho a no poseer nada, ni siquiera en común.

Porque todos pedían a Roma protección, tierras, rentas seguras. Ella pedía exactamente lo contrario. Y esa petición, tan pequeña y tan escandalosa, iba a costarle cuarenta años de combate. La comunidad crecía; la lucha por el sentido de la pobreza apenas comenzaba.

Combate por la pobreza y amistad fiel

Roma no tardó en fijarse en aquella casa. En 1219, el cardenal Hugolino de Segni, protector de los nuevos monasterios de damas pobres, redactó para ellos una regla de corte benedictino: prudente, ordenada, pensada para durar siglos. Clara la aceptó por obediencia. Pero el texto callaba lo único que a ella le importaba de verdad: el derecho a no poseer nada. Para los juristas de la curia, un monasterio sin rentas era una imprudencia que había que corregir. Para ella, un monasterio con rentas era otra cosa, no lo que había prometido a Cristo pobre. No rompió con nadie ni levantó la voz: guardó su convicción como se guarda una brasa bajo la ceniza, sin apagarla ni mostrarla, y esperó el tiempo que fuera necesario.

En el verano de 1225, aquella brasa dio calor a otro. Francisco llegó a San Damián enfermo, consumido, casi ciego: los ojos, llagados, no soportaban ya la luz del día. Trece años habían pasado desde la noche de las tijeras, y ahora era él quien necesitaba refugio. Las hermanas le prepararon una cabaña de cañas junto al monasterio, y Clara lo cuidó como se cuida a un padre y a un amigo: con silencio, con paños de agua, con la comida que casi no probaba. Y allí, en la oscuridad de esos ojos que ya no veían, nació el canto más luminoso de su siglo: el Cántico de las criaturas. El hermano sol, la hermana luna, la hermana agua, humilde y preciosa y casta. El hombre que no podía mirar el mundo lo bendijo entero desde el huerto de Clara. La clausura que parecía estéril había dado suelo al canto.

Un año después, el 4 de octubre de 1226, Francisco murió en la Porciúncula, sobre la tierra desnuda, como había vivido. Y el cortejo que llevaba su cuerpo hacia Asís se desvió del camino y subió hasta San Damián. La reja del monasterio, la que separaba a las hermanas del mundo, se abrió de par en par. Y por ella pasó, en unas andas, el amigo. Las Damas Pobres lo vieron por última vez; besaron sus manos marcadas por las llagas, lloraron sin estruendo, como se llora en una casa pobre. Clara estaba al frente, sosteniendo a sus hijas y sostenida por nadie. Tenía unos treinta y dos años. Le quedaban veintisiete por vivir, todos sin él. Desde ese día, guardar intacta la pobreza ya no fue solo una convicción: fue una fidelidad.

La prueba mayor llegó vestida de púrpura. El cardenal Hugolino era ahora el papa Gregorio IX, y seguía pensando lo mismo: una casa de mujeres sin rentas no podía sostenerse. Quiso resolverlo con la generosidad de un padre: le ofreció posesiones seguras. Y, viendo su resistencia, le ofreció algo más: dispensarla él mismo del voto, desatarla con su propia autoridad. La respuesta de Clara quedó grabada para siempre: "No deseo en absoluto ser dispensada del seguimiento de Cristo." Ante esa firmeza, el papa cedió. El 17 de septiembre de 1228 concedió a San Damián el privilegio de la pobreza: un documento pontificio, con su sello de plomo, que no otorgaba tierras ni rentas ni protección. Otorgaba el derecho a no tener nada.

Y la vida diaria fue demostrando que aquella locura se sostenía. Años más tarde, las hermanas que envejecieron a su lado lo contarían una y otra vez: la mañana en que había un solo pan para cincuenta, y la madre mandó partirlo y bendecirlo, y comieron todas hasta saciarse; el vaso de aceite vacío que apareció lleno; las hermanas enfermas, y hasta niños de fuera, sanados cuando ella trazaba sobre su frente la señal de la cruz. Y recordaban también lo que no era prodigio y decía lo mismo: la abadesa arrodillada por la noche, lavando los pies de las hermanas que volvían de pedir limosna. Gobernaba así, desde abajo, con una jofaina.

Pero su propio cuerpo empezaba a cobrarle el precio. Desde 1224 la enfermedad no la soltaba; cada año más delgada, más pálida, más tiempo en el jergón que en pie. Y mientras tanto, más allá de los olivos, el emperador y Roma se declaraban la guerra, y los ejércitos empezaban a moverse hacia el valle de Espoleto.

Asedio, enfermedad y el milagro del silencio

Y sin embargo, nunca su voz había llegado tan lejos como en aquellos años. En 1234, un mensajero trajo hasta la reja noticias de Bohemia. Inés, hija del rey de Bohemia, pretendida en matrimonio por el propio emperador, había dicho que no. Había levantado con su dote un hospital para los pobres, había fundado junto a él un monasterio de Damas Pobres, y había entrado ella misma, princesa, a vivir sin nada. Ahora buscaba consejo, y lo buscaba en Asís.

Clara le escribió. Cuatro cartas a lo largo de casi veinte años, lo más íntimo que salió de su pluma. Le enseñó a mirar a Cristo pobre como quien se asoma a un espejo: "Coloca tu mente ante el espejo de la eternidad, coloca tu alma en el resplandor de la gloria, coloca tu corazón en la figura de la divina sustancia y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad." En la última carta la llamaría mitad de su alma. Una enferma que apenas dejaba el jergón guiaba, con tinta y pergamino, a una princesa a más de mil kilómetros. Su celda no tenía muros hacia dentro.

Pero la guerra que rondaba el valle acabó llamando a su puerta. El emperador Federico II y Roma estaban en guerra abierta, y en los ejércitos imperiales servían mercenarios sarracenos, temidos en toda Italia. En septiembre de 1240, un destacamento cayó sobre San Damián. Saltaron el muro, entraron en el claustro. Los gritos llegaron hasta la celda donde la madre, enferma desde hacía dieciséis años, ya casi no podía moverse.

Las que estaban allí no lo olvidaron jamás, y siempre lo dijeron igual. Clara pidió que la llevaran hasta la puerta, frente a los invasores. Mandó traer la cajita de plata y marfil donde se guardaba el Santísimo Sacramento: no había en toda la casa otro tesoro. Sostenida por sus hijas, se postró ante Cristo presente en aquel poco de pan consagrado, y rezó por las hermanas que Él le había confiado. Los hombres armados vacilaron. Retrocedieron. Volvieron a saltar el muro y se perdieron entre los olivos, sin que nadie los persiguiera. Ni una espada desenvainada, ni una gota de sangre. Una moribunda de rodillas había bastado.

Un año después, otro ejército, el de Vital de Aversa, puso sitio a la propia Asís. Tras aquellos muros de la ladera, la comunidad ayunó y rezó por la ciudad que las había visto nacer. El asedio se levantó sin tomar Asís, y la ciudad entera lo atribuyó a la oración de las pobres de San Damián. Nunca olvidó esa deuda.

El siguiente golpe no vino de un ejército, sino de Roma. En 1247, el nuevo papa, Inocencio IV, gran jurista, impuso a los monasterios de damas pobres una regla escrita por él, que permitía poseer bienes en común. Era, otra vez, la prudencia contra la promesa. Clara tenía cincuenta y tres años, la mitad de ellos de enfermedad, y ninguna intención de ceder. Su respuesta fue la más audaz de toda su vida: si ninguna regla decía lo que ella había prometido a Cristo, la escribiría ella misma. Ninguna mujer había visto jamás una regla suya aprobada por la Iglesia. Desde el jergón, palabra a palabra, fue componiendo su propia forma de vida: pobreza absoluta, sin posesiones ni siquiera en común, trabajo de las manos, silencio, ternura entre hermanas. Todo lo aprendido de Francisco, puesto por fin por escrito para que nadie pudiera borrarlo.

Llegó la Nochebuena de 1252, la última que vería. Las hermanas bajaron al coro para el oficio de Navidad; ella no tenía fuerzas ni para eso. Sola en la celda oscura, se lamentó ante el Señor de quedarse sin la fiesta de su Nacimiento. En el monasterio quedó para siempre la memoria de aquella noche: desde su cama, Clara vio y oyó la Misa que los Hermanos Menores celebraban en la basílica de San Francisco, al otro lado de Asís. Los cantos, las luces, el altar. Como si la distancia se hubiera plegado por amor a una enferma. La mujer que llevaba cuarenta años sin salir de aquellos muros había visto lo lejano sin moverse de su cama.

Después de aquella noche, el rumor del mundo fue apagándose, como pasos que se alejan. ¿Qué queda cuando el cuerpo falla y todo parece a punto de perderse? En aquella celda quedaban tres cosas: un jergón de paja, un pergamino sin sello, y una esperanza que ya no dependía del cuerpo. La Regla seguía sin aprobar. Y a Clara se le acababa el tiempo.

La Regla y el último umbral

El verano de 1253 entró en San Damián con la luz blanca de agosto y una noticia que nadie esperaba: el papa venía a verla. Inocencio IV, el mismo jurista que seis años antes le había impuesto una regla ajena, subió la ladera de los olivos hasta el monasterio más pobre de Italia. El hombre más poderoso de la cristiandad se arrodillaba junto al jergón de una mujer que no poseía nada. Ella le pidió lo único que le quedaba por pedir en este mundo: que aprobara su forma de vida, la que había escrito palabra a palabra desde la cama. Y el papa, ante aquel rostro consumido que llevaba cuarenta años sin ceder, dejó de resistir.

El 9 de agosto, la bula quedó sellada. Solet annuere: la Iglesia acostumbra a conceder lo que se le pide con rectitud. Un pergamino con su sello de plomo colgando de cordones de seda, y dentro, íntegra, la Regla de Clara. Por primera vez en la historia de la Iglesia, una forma de vida escrita por una mujer recibía la aprobación de Roma. Cuando el documento llegó a sus manos, ya casi no podía hablar. Las hermanas recordaban después que lo besó, y que no volvió a soltarlo: lo tuvo apretado contra el pecho, como una madre sostiene a un hijo recién nacido. Cuarenta años de espera cabían en aquel trozo de piel de cordero.

Ya podía irse. Todavía tardó dos días, y los llenó de despedidas. Alrededor del jergón se fueron reuniendo sus hijas, y también unos ancianos de túnica parda. Eran los primeros compañeros de Francisco, los que habían sostenido los cirios en la Porciúncula la noche en que todo empezó. El círculo se cerraba. Bendijo a sus hermanas, a las presentes y a las que vivían lejos, en Praga, en Florencia, en tantas casas que ella nunca vería: "Amad siempre a Dios, y a vuestras almas, y a todas vuestras hermanas."

Las que velaban junto al lecho guardaron como un tesoro lo que oyeron en aquellas últimas horas, y así lo contaron siempre. En un momento, la vieron mover los labios, hablando muy bajo, como a alguien muy cercano. Las hermanas entendieron entonces que hablaba con su propia alma, y que la despedía. Le estaba diciendo: "Ve segura, alma mía, porque tienes buena escolta para el camino." Ningún miedo. Después de una vida entera de despojarse, la muerte era solo la última puerta pequeña por la que salir de noche. Al otro lado no la esperaba la oscuridad, sino Cristo, el esposo pobre al que había seguido desde los dieciocho años. Y todavía se le oyó una acción de gracias, la más sencilla posible: "Bendito seas tú, Señor, que me has creado."

El 11 de agosto de 1253, con la luz de agosto entrando baja por el ventanuco, Clara de Asís entregó su alma. Sin agonía visible, sin un grito. Las hermanas, arrodilladas en silencio, vieron cómo el rostro que la enfermedad había afilado durante veintinueve años quedaba en una paz que ninguna de ellas supo describir sin llorar.

Quedaba una casa pobre, un puñado de mujeres con el corazón partido, y un pergamino a salvo para siempre. La fundadora se había ido; la forma de vida, no. Y lo que Asís hizo con ella en las horas siguientes ya no fue un duelo: fue el comienzo de otra historia de luz.

Ocultamiento y luz: el legado de Clara

Ese mismo otoño, un enviado del papa subió la ladera de los olivos. Bartolomé de Espoleto venía con notarios y pergamino, y se sentó junto a la reja a escuchar. Una por una, las hermanas de San Damián fueron contando lo que habían visto durante cuarenta años: el pan que alcanzó para cincuenta, la píxide alzada ante los asaltantes, la abadesa que se arrodillaba a lavarles los pies. Sor Filipa habló más que ninguna. Veinte declaraciones, tomadas al pie de la letra: la memoria de una casa pobre, puesta por escrito para que no se perdiera nunca.

No hizo falta esperar. El 15 de agosto de 1255, apenas dos años después de su muerte, el papa Alejandro IV la canonizó en Anagni. La bula jugaba con su nombre desde la primera línea: Clara, clara por su vida, más clara aún después de su muerte. La niña que escondía pan en una escudilla era ya santa de la Iglesia universal.

Y entonces, la mujer que había vivido escondida volvió a esconderse. En 1260 sus restos salieron de la iglesia de San Jorge hacia la nueva Basílica de Santa Clara, levantada en piedra rosada del Subasio. Los sepultaron tan hondo bajo el altar mayor que nadie pudo alcanzarlos. Seis siglos de silencio. Mientras tanto, su imagen se fijaba en los muros: la tabla de 1283 con ocho escenas de su vida, el fresco de Simone Martini en la basílica de su amigo Francisco. Todos la pintaron igual: hábito gris pardo sin teñir, toca blanca, velo negro, el rostro ovalado y sereno.

Hasta que en 1850, con permiso de Pío IX, los picos abrieron el sepulcro. La carne y las ropas se habían vuelto polvo; el esqueleto estaba íntegro. Lo escondido salía otra vez a la luz. Años después, entre sus reliquias apareció un pergamino en el que se quiso reconocer el original de aquella bula que, se cuenta, apretó contra el pecho al morir. Hoy su cuerpo relicario descansa en la cripta, en una urna de cristal y piedra del Subasio, bajo una penumbra dorada donde nunca falta gente arrodillada.

Al mundo moderno también llegó su nombre. En 1958, Pío XII recordó a la enferma de quien las hermanas contaban que una Nochebuena vio y oyó, desde su cama, la misa celebrada lejos, y la declaró patrona de la televisión: la mujer del silencio, custodia de las pantallas. Y en 1989, Juan Pablo II canonizó a Inés de Praga, la princesa de sus cartas. Siete siglos después, la Iglesia confirmaba aquella amistad que había cruzado Europa desde una celda sin nada.

Una vida oculta, dos veces enterrada, y sin embargo nunca apagada. Las clarisas rezan hoy en los cinco continentes, y la lámpara que ella encendió en San Damián sigue ardiendo. Queda una última pregunta, la primera de todas.

Lo que no se posee

La pregunta con la que todo empezó sigue abierta: ¿qué lleva a dejarlo todo, cuando se lo tiene todo? Clara respondió sin palabras. Su respuesta fue salir de noche por una puerta pequeña. Y esperar cuarenta años, enferma la mitad de ellos, a que un pergamino le reconociera el derecho a no tener nada. En sus manos vacías cabía Cristo entero; esa fue toda su riqueza.

También nosotros vivimos con las manos llenas: el armario que ya no cierra, la pantalla que no soltamos ni en la mesa, la compra que consuela una tarde y pesa al día siguiente. ¿Cuánto de lo que apretamos nos ha ido cerrando las manos?

Ella las mantuvo abiertas hasta el final. En San Damián, la luz de agosto sigue entrando cada año por el mismo ventanuco, sobre la piedra desnuda donde nunca hubo nada que robar. Ocho siglos más tarde, su forma de vida sigue en pie.

Santa Clara de Asís, madre y legisladora de las Damas Pobres, espejo de pobreza, patrona de la televisión, ruega por nosotros.

Fuentes

Fuentes primarias

  • Regla de Santa Clara de Asís (1253)
  • Bula Solet annuere, Inocencio IV (9 de agosto de 1253)
  • Proceso de canonización de Santa Clara de Asís (1253)

Fuentes hagiográficas y tradición

  • Leyenda de Santa Clara, atribuida a Tomás de Celano
  • Cartas de Santa Clara a Inés de Praga

Documentos y estudios

  • Bula de canonización, Alejandro IV (1255)

Iconografía

  • Tabla de Santa Clara (1283, Asís)
  • Fresco de Simone Martini, Basílica de San Francisco de Asís

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