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FIDES VIVA

2 de agosto

Nuestra Señora de los Ángeles

la piedra que nadie miró

  • Lectura de 21 min
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Capítulos
  1. 0:00La raíz humilde
  2. 4:19La porcioncilla elegida
  3. 8:00La puerta del perdón
  4. 12:50La piedra y el manantial
  5. 17:17Un pueblo bajo el manto
  6. 22:02El camino de los romeros
  7. 26:23Una presencia que permanece

Hay lugares que nadie mira: una piedra junto al agua, una capilla que se deshace entre la niebla. Y sin embargo, el cielo se detiene ahí. ¿Qué hace que lo más humilde se vuelva sagrado?

La raíz humilde

Todo comenzó mucho antes de las coronas y de las multitudes. Comenzó en Galilea, en el siglo primero, bajo el dominio de Roma. Aldeas de piedra y polvo. Recaudadores en los caminos, tributos que doblaban la espalda de los campesinos, y un pueblo pequeño que esperaba, desde hacía generaciones, el cumplimiento de una promesa antigua. En una de esas aldeas, en Nazaret, una muchacha judía llamada María acababa de decirle sí a Dios.

Llevaba en su seno a Jesús cuando se puso en camino hacia las colinas de Judea, a casa de su prima Isabel. Días de marcha por senderos de piedra, el manto azul apagado cubriéndole la cabeza, el polvo en las sandalias. Y al cruzar la puerta, el saludo de Isabel salió a su encuentro: «Bendita tú entre las mujeres». Entonces la joven respondió con un canto que todavía hoy se reza en todas las lenguas de la tierra: «Mi alma glorifica al Señor... porque ha mirado la humildad de su sierva».

Una sierva. Así se nombró a sí misma la madre del Señor en la hora más alta de su alegría. No reclamó tronos ni títulos; reconoció, sencillamente, que Dios había puesto los ojos en lo más pequeño. Cada santuario, cada título con que los pueblos la han llamado, cada camino de peregrinos nace de esa misma mirada: la de un Dios que escoge lo humilde para tocar la tierra.

Muchos siglos después, en una llanura boscosa de Italia central, al pie del monte Subasio, se levantaba una capilla diminuta entre encinas y robles bajos. Cuatro muros de piedra tosca, un techo de teja, un altar. Cabía entera en el patio de cualquier casa. La llamaban la Porciúncula: la porcioncilla, la porción más pequeña de tierra. Arriba, en la ladera, la ciudad de Asís mostraba sus muros rosados. Era la Italia de las comunas en guerra, de las torres levantadas por orgullo, de mercaderes y soldados que subían y bajaban por los caminos. Abajo, en el llano, la niebla del valle envolvía cada amanecer aquellos muros olvidados, como si quisiera guardarlos de las miradas.

Tenía, sin embargo, un nombre demasiado grande para su tamaño: Santa María de los Ángeles. Cuenta la memoria franciscana que el lugar se llamó así porque en aquel rincón del bosque se oían, a veces, cánticos de ángeles. Voces que no eran de este mundo, una música delgada entre los árboles, al caer la tarde o en mitad de la noche. Nadie escribió lo que oyó. La música pasó de boca en boca entre los sencillos del valle, hasta volverse nombre, hasta quedarse en la piedra.

Y la capilla, mientras tanto, se caía. Piedras sueltas entre la hierba, el techo vencido, el altar cubierto de polvo. Ningún camino importante pasaba por allí; ningún peregrino la buscaba. Pero hay presencias que no tienen prisa. En aquel silencio, algo —Alguien— esperaba. Una madre había escogido su casa en el lugar que nadie miraba, y aguardaba a quien fuera capaz de verla.

Arriba, en la ciudad rosada del monte, crecía por entonces el hijo de un mercader de paños: un joven que soñaba con gloria de caballero y fiestas hasta el alba. No sabía aún que su vida entera iba a decidirse allá abajo, en el llano, entre la niebla.

La porcioncilla elegida

La decisión llegó por donde nadie la esperaba. Un día, rezando ante el crucifijo de una iglesia medio hundida, San Damián, aquel joven sintió que Cristo mismo le pedía reparar su casa. Lo entendió a su manera, con la sencillez de quien no busca interpretaciones: si la casa estaba rota, había que levantarla. Dejó los paños de su padre, los sueños de caballero, el nombre y la herencia. Y se puso a cargar piedras.

Así bajó al llano, hacia la porcioncilla escondida entre las encinas. La encontró como estaba: el techo vencido, los muros abiertos, el altar bajo el polvo. Y la amó precisamente por eso. Durante meses trabajó solo, sin testigos, entre la niebla del amanecer y el canto de los pájaros: mezclaba la cal, asentaba cada piedra en su sitio, enderezaba lo caído. Las manos del hijo del mercader, hechas para contar monedas, se llenaron de grietas y de tierra. Nadie aplaudía. Nadie miraba. Y en ese trabajo humilde y callado, Francisco de Asís era más feliz de lo que había sido nunca.

Fue allí, en 1209, donde todo terminó de encenderse. Una mañana, durante la misa en aquella capilla recién levantada, escuchó el evangelio en que Jesús envía a los suyos por los caminos: sin oro, sin alforja, sin dos túnicas, sin calzado. Y comprendió que aquellas palabras eran para él. No una idea, no un proyecto: una manera de vivir. Se quitó las sandalias, cambió el cinturón por una cuerda, y salió a anunciar la paz de Cristo con lo puesto.

No estuvo solo mucho tiempo. Otros hombres de Asís, uno tras otro, bajaron al llano a buscarlo, y se quedaron. Descalzos, vestidos de sayal, dormían bajo los árboles. Alrededor de la capilla de Santa María de los Ángeles nació la Orden de los Hermanos Menores: los frailes de la pobrecilla porción de tierra. De todas las iglesias que Francisco había reparado, esta fue la que nunca quiso dejar. La cuna de su fraternidad tenía dueña, y era la Madre del Señor.

Así lo ha conservado la memoria franciscana: un Domingo de Ramos, en la noche de 1211, una muchacha noble de Asís, Clara, dejó la casa de su familia y cruzó a oscuras el llano hasta la capilla. Llegó con su vestido de doncella rica, bordado para otro destino. Y ante el altar de Santa María de los Ángeles lo cambió por un hábito áspero, para siempre. Aquella noche nació la rama femenina de la familia franciscana. La puerta pequeña se había abierto también para ella.

Una capilla que cabía en un patio acogía ya a todos los que buscaban algo más grande que el mundo. El hijo del mercader, sus compañeros, una hija de nobles: cada uno había dejado mucho, y en la porcioncilla lo encontraba todo. Faltaba todavía el don mayor. Porque aquella puerta pequeña, abierta una noche para Clara, iba a abrirse un día para cualquiera que llegara con el corazón arrepentido.

La puerta del perdón

Según la tradición de los hermanos menores, en el año 1216 Francisco caminó hasta Perusa, donde residía por entonces el papa Honorio III. No iba a pedir tierras, ni rentas, ni protección para su Orden. Iba a pedir un regalo para los demás: que todo aquel que entrara arrepentido y confesado en la capilla de Santa María de los Ángeles recibiera el perdón pleno de sus pecados. Todo. Sin dinero, sin viaje, sin condiciones.

La petición era enorme. En aquel tiempo, un perdón así se ganaba con los grandes caminos de la cristiandad: Jerusalén, Roma, Santiago. Meses de marcha, peligros, gastos que solo algunos podían pagar. Y aquel fraile descalzo lo pedía para una capilla del tamaño de un granero, escondida entre encinas, al alcance de cualquier campesino del valle. Honorio III, hombre de leyes, prudente, escuchó. Y concedió. La fiesta quedó unida a un día del calendario que atravesaría los siglos: el 2 de agosto. Un día que la fe todavía celebra, ocho siglos después.

Desde entonces, cada verano, la gente del valle bajaba al llano. Campesinos, madres con sus hijos, viejos que apenas podían andar. Entraban en la penumbra fresca de la capilla, se arrodillaban ante la Virgen del retablo, y salían con el alma limpia. No habían pagado nada. No habían merecido nada. Ese era, exactamente, el corazón del don: el perdón de Jesucristo ofrecido antes de todo mérito, como el agua que brota sin que nadie la pida. Francisco lo había pedido con esa misma sencillez: la misericordia no se vende. Se regala. Y lo que se regala de verdad se regala en un lugar pequeño, para que nadie tenga miedo de entrar.

Diez años después, el hombre que había pedido aquel perdón volvió a la porcioncilla para morir. Estaba muy enfermo, gastado por los años de camino. En las manos, en los pies y en el costado llevaba las llagas de Cristo, que lo habían marcado dos años antes. Pidió que lo llevaran allí, a la capilla donde todo había comenzado. Quiso que lo tendieran sobre la tierra desnuda, pobre hasta el final. Y a comienzos de octubre de 1226, rodeado de sus hermanos, junto a la capilla de la Virgen, murió en paz. Había nacido a la vida nueva en aquella capilla; en aquella capilla quiso entregarla. La casa de la Madre fue también la puerta de su paso a la vida eterna.

En 1277, cuando ya iban muriendo los últimos que lo habían conocido, un hermano anciano, Benito de Arezzo, hizo poner por escrito, ante notario, la memoria del perdón. La guardaba el hermano Maseo, compañero de Francisco. Lo que hasta entonces se contaba de fraile a fraile quedó guardado en tinta, para que el tiempo no lo borrara.

Y los siglos hicieron con la capilla lo que la fe hace con las cosas amadas: la protegieron sin cambiarla. Entre 1569 y 1679 se levantó sobre ella una gran basílica renacentista, con una cúpula que se ve desde toda la llanura. Llevaba el mismo nombre humilde: Santa María de los Ángeles. Pero la obra inmensa no vino a sustituir a la pequeña: vino a cobijarla. Todavía hoy, quien cruza las puertas monumentales de la basílica encuentra en el centro, bajo la bóveda, la capillita de piedra tosca. Techo de teja, retablo sencillo, intacta como en los días de Francisco. Lo grande, allí, está al servicio de lo pequeño. Como un relicario de mármol alrededor de un grano de trigo.

¿Puede un lugar tan pequeño contener una promesa tan grande? Los frailes menores creían que sí. Y cuando sus hermanos empezaron a embarcarse hacia tierras que Francisco nunca vio, llevaron consigo lo que no ocupaba espacio en las bodegas: el nombre de Santa María de los Ángeles y la fecha del perdón. El título cruzó el océano. Y al otro lado del mar lo esperaba, sin saberlo, un valle verde entre volcanes.

La piedra y el manantial

Aquel valle tenía nombre de ciudad antigua: Cartago, fundada en 1563, capital de una de las provincias más pobres del imperio español. Nada de minas de plata, nada de palacios: casas bajas de adobe y teja, calles de tierra, un cielo cargado de nubes, la lluvia fina bajando de los volcanes. Pero incluso en esa pobreza había grados. En el centro vivían los españoles; al este, fuera del trazado de la ciudad, en un barrio llamado La Puebla de los Pardos, vivían los otros —mulatos, mestizos, gente de piel oscura— a quienes las leyes de entonces mantenían al margen. Ranchos de caña y barro, huertos de plátano, un arroyo que bajaba limpio entre piedras y helechos. Allí, donde la ciudad terminaba, iba a empezar todo.

Así lo cuenta la fe del pueblo de Cartago: era el 2 de agosto de 1635, y la muchacha se llamaba Juana Pereira. Una joven parda o mulata, de unos quince o dieciocho años, que aquella tarde bajó al arroyo a recoger leña, como tantas otras tardes. Nadie la esperaba. Nadie la miraba. Iba juntando ramas cuando la vio: sobre una piedra, junto al manantial, una figura diminuta. La tomó en la mano. Era una imagen de piedra oscura, del tamaño de tres pulgadas —cabía entera en su palma—, una mujer velada con un niño en el brazo izquierdo. La Virgen con su Hijo, Jesús, tallados en un solo bloque, con rasgos sencillos, casi toscos, y la superficie húmeda de tierra y musgo. Una Virgen morena. Morena como ella.

Se la llevó a casa y la guardó, como se guarda un tesoro pequeño. Al día siguiente volvió al arroyo por más leña, y allí estaba de nuevo la figura, sobre la misma piedra. Desconcertada, corrió a su rancho: el lugar donde la había guardado estaba vacío. Guardó la imagen otra vez; otra vez volvió a la piedra. Entonces la muchacha hizo lo que hacía la gente sencilla con lo que no entendía: se la llevó al sacerdote. El párroco, cuentan, la encerró bajo llave. Y así lo guarda la piedad de los sencillos: también de allí desapareció, y también esa vez fue hallada sobre la roca del manantial, serena, esperando. Nadie necesitó más señales. Aquella pequeña Señora no quería altares prestados. Había elegido su lugar: una piedra al borde de un arroyo, en el barrio de los que no contaban para nadie. Y había elegido a su gente.

Sobre esa piedra se levantó, hacia 1639, la primera ermita: muros de barro y caña, techo de teja, un altar sencillo donde la talla diminuta reinaba sin corona. Los pardos del valle la sintieron suya desde el primer día. Era oscura como ellos; se había dejado encontrar por una de ellas; se había quedado a vivir en su barrio, no en la ciudad de los señores. La llamaron la Virgen de los Pardos, y con el tiempo, con esa ternura que solo da la confianza, la Negrita. Junto a la piedra seguía brotando el manantial, y los enfermos empezaban a beber de su agua pidiendo salud. Recibían todo dos veces: la Madre y el agua, ninguna de las dos merecida, ninguna comprada. En 1782, la ciudad entera —también la de los señores— la declaró patrona de Cartago. Los últimos habían recibido primero; ahora abrían la puerta a los demás.

Una imagen que vuelve, y vuelve otra vez, al lugar donde nadie espera ser elegido. Esa insistencia silenciosa fue el único sermón que necesitó el valle. Y la semilla no dejó de crecer: lo que había nacido en un barrio marginado iba camino de convertirse en el corazón de todo un pueblo.

Un pueblo bajo el manto

En 1824, Costa Rica era un Estado joven, apenas nacido de tres siglos de dominio español, buscando todavía su rostro. Y cuando aquel país pequeño quiso decir quién era, miró hacia Cartago, hacia la talla diminuta del arroyo. Aquel año, la Virgen de los Ángeles fue declarada patrona de Costa Rica. La devoción de un barrio marginado se convertía en el nombre de toda una nación. Con el tiempo, el 2 de agosto —el día que la memoria del valle guarda como el del hallazgo, el mismo día del perdón de la Porciúncula al otro lado del mar— llegaría a ser fiesta nacional. Pocas veces la historia dibuja un círculo tan limpio: la Señora que había elegido a los últimos era ahora la Madre de todos.

Pasaron las generaciones. Las abuelas enseñaron a los nietos a persignarse ante la Negrita, los enfermos siguieron bebiendo el agua de la naciente, y sobre la piedra del hallazgo el templo fue creciendo con el pueblo. Todo parecía firme, arraigado, definitivo.

Hasta la noche del 4 de mayo de 1910.

Aquel día la tierra se sacudió bajo Cartago con una violencia que la ciudad no olvidaría jamás. Muros que se doblaban, tejas que caían como lluvia, polvo y gritos en la oscuridad. Cuando amaneció, la ciudad entera era escombro. También el templo de la Virgen: sus paredes hundidas, su techo desplomado, siglos de piedad reducidos a ruina en unos segundos. Entre los restos, la gente buscó lo que más amaba. Y lo encontró. La pequeña imagen salió de entre los escombros sin daño alguno. Y debajo de todo, callada como el primer día, la piedra del hallazgo seguía en su sitio, intacta.

Lo que se había levantado se vino abajo. Lo que Dios había puesto allí, permaneció.

El pueblo de Cartago hizo entonces lo que había aprendido de su Madre: volver al mismo lugar. El santuario no se movió a un terreno más seguro, ni a un sitio más noble. Se reconstruiría allí, sobre la misma piedra, alrededor del mismo manantial. Desde 1912, bajo la dirección del arquitecto catalán Luis Llach Llagostera, comenzó a levantarse un templo nuevo, distinto de todo lo que el país conocía: una basílica de aire bizantino, de piedra gris, con torres coronadas de cúpulas. Arcos y columnas pintados de flores, cielos de madera policromada, fueron dando forma al interior. Año tras año subieron los andamios: hombres izando piedra tras piedra bajo el sol, mientras los fieles seguían llegando a rezar entre el polvo y el ruido de la obra. La ciudad que lo había perdido todo levantaba, piedra a piedra, lo único que no estaba dispuesta a perder.

Y llegó el día del reconocimiento más alto. El 25 de abril de 1926, con la autorización del papa Pío XI, la imagen recibió la coronación canónica. Ante una multitud de mantillas y sombreros venida de todo el país, la talla de tres pulgadas —la que Juana había recogido del musgo con las manos mojadas— fue coronada con oro. La Madre que sostiene a Jesús en el brazo izquierdo, la que había esperado sobre una roca a que la encontrara una muchacha pobre, recibía la corona de una reina. Nada más pequeño; nada más grande. Y en julio de 1935, el mismo Pío XI elevó el santuario al rango de basílica menor: Roma ponía su sello sobre una fe que no había nacido en Roma, sino en un arroyo del barrio de los pardos.

Una piedra que nadie movió. Una imagen que nadie pudo retener lejos de su sitio. Un templo caído y vuelto a levantar sobre el mismo suelo. Así se sostiene una fe a través de las ruinas y de las generaciones: no en la fuerza de los muros, sino en la fidelidad de una presencia. Y en la de un pueblo que aprendió de ella a volver siempre al mismo lugar. Ese regreso, con los años, se haría camino. Cada agosto, un país entero se pondría en marcha hacia la piedra y el agua.

El camino de los romeros

Y así fue. Hoy, cuando el calendario toca el 23 de julio, Costa Rica entera empieza a inclinarse hacia Cartago. Comienza la novena: nueve días en que cada diócesis del país llega en peregrinación con su rosario, y la ciudad se prepara como quien espera visita. La imagen misma sale al encuentro de su pueblo en la Pasada, el traslado tradicional desde la catedral de Cartago hasta la basílica, entre cantos y campanas. En la víspera de la fiesta, el Rosario de la Luz enciende la noche con miles de velas. Cuenta tras cuenta, las voces repiten el nombre de Jesús en los labios de su Madre.

Pero el corazón de todo está en el camino. Cada año, y sobre todo la noche del primero al 2 de agosto, cerca de dos millones de personas se ponen en marcha a pie hacia la basílica. Dos millones: buena parte de un país caminando en la misma dirección. Vienen desde San José y desde mucho más lejos; algunos llevan días andando desde las provincias distantes. La ruta baja desde el cerro de Ochomogo hacia el valle, y en la madrugada es un río de gente: linternas, ponchos de plástico bajo la llovizna fina. Niños dormidos en los hombros de sus padres, ancianos apoyados en sus hijos, puestos de agua y de auxilio a la orilla del asfalto. Muchos caminan descalzos. Otros recorren de rodillas los últimos metros hasta el altar, con las manos de un familiar sosteniéndolos por los codos.

No es una marcha improvisada. Cada año, semanas antes, equipos sanitarios y quinientos veinticinco efectivos de la Fuerza Pública cubren la ruta desde Ochomogo hasta el santuario. El 5 de junio, técnicos del Ministerio de Salud toman muestras del agua de la naciente y de las pilas, para que el don siga siendo también seguro.

Y al final del camino, la meta. Dentro de la basílica, en lo alto del altar mayor, la talla diminuta brilla sobre su custodia de oro, entre flores, luces y velas. Desde abajo apenas se distingue el rostro oscuro entre el resplandor del metal; pero cada uno de los que llegan sabe exactamente a quién mira. Le hablan en voz baja, como se habla a una madre. Le presentan a sus hijos. Le dan gracias. Le piden. En las paredes de la cripta, junto a la piedra del hallazgo, se acumulan los exvotos: pequeñas piezas de plata y latón en forma de piernas, de ojos, de corazones, de casas —cada una la memoria de un favor recibido, de una salud recobrada, de una promesa cumplida.

Afuera, junto al muro de la pileta, la escena más antigua de todas se repite sin cansarse. El agua de la naciente —la misma que corría junto a la piedra en los días de aquel hallazgo— sale por los caños de bronce, y las manos se tienden hacia ella. Una madre llena una botella para un hijo enfermo. Un hombre moja la frente de su padre anciano. Alguien bebe despacio, con los ojos cerrados. Piden salud del cuerpo y del alma, y dan gracias por adelantado, porque han aprendido de la Señora que la gracia llega antes que el mérito.

Y la corriente no se detiene. En julio de 2026, bajo el pontificado de León XIV, los primeros romeros de la temporada ya cruzaban las puertas de la basílica, días antes de la fiesta, como las primeras gotas de la crecida. Casi cuatro siglos después del arroyo de Juana, el camino sigue lleno.

Cabría preguntarse qué buscan tantos pies cansados, qué encuentran al final quienes caminan toda la noche. Quizá la respuesta no esté en las palabras de nadie, sino en lo que ya se ha visto desde una capilla perdida en la niebla de Umbría.

Una presencia que permanece

La respuesta llevaba siglos a la vista. Una capilla que se venía abajo entre las encinas, y que un joven levantó con sus propias manos. Una piedra dura al borde de un arroyo, en el barrio de los que no contaban para nadie. El cielo no eligió esos lugares a pesar de ser pequeños: los eligió precisamente por eso, sin ruido que tapara su voz, sin mérito que confundiera el don con un pago.

María lo había cantado desde el principio, en las colinas de Judea: "Mi alma glorifica al Señor... porque ha mirado la humildad de su sierva". Todo lo demás fue ese canto cumpliéndose despacio, a lo largo de los siglos: la talla que, según guarda la fe del pueblo, volvió dos veces a la misma piedra, como quien repite una elección; el templo derrumbado y la roca intacta debajo. Hay presencias que insisten en quedarse. Y se quedan siempre abajo, al alcance de los que no tienen otra cosa.

Francisco entró en una capilla arruinada y de allí salió una familia repartida por el mundo. Juana abrió la mano junto al agua, y un pueblo entero encontró madre. Eso hace lo humilde cuando el cielo lo habita: no se agranda, agranda a quienes lo tocan.

En todo este tiempo, ella no dijo una sola palabra. No hizo falta. Su modo de hablar fue permanecer: cerca de los frailes descalzos de la llanura, cerca de una muchacha que recogía leña, cerca de un pueblo que camina de noche bajo la lluvia. Y siempre con el Niño en el brazo izquierdo, porque una madre no se señala a sí misma: acerca a Jesús hasta la altura de los ojos de los pobres.

También nosotros guardamos lugares así, aunque no lo parezcan. Una mesa de cocina donde alguien reza a solas antes de que despierte la casa. Rincones que nadie miraría dos veces, como nadie miraba aquel arroyo. Quizá lo sagrado no espera que levantemos algo grande; espera, apenas, una puerta que se deje abierta.

La pregunta de la niebla y del arroyo no ha envejecido: qué hace que lo más humilde se vuelva sagrado. Cada romero se la lleva de vuelta a casa, como el agua en la botella. Y la respuesta, hoy como entonces, es de quien la recibe.

Mientras un país entero vuelva a ponerse en camino cada agosto, mientras el agua siga brotando junto a la roca del hallazgo, la Señora de los Ángeles seguirá donde ha estado siempre: en lo más pequeño. Con los brazos ocupados por su Hijo, espera sin prisa a los que llegan cansados.

Nuestra Señora de los Ángeles, Reina y Señora de los Ángeles, patrona de Costa Rica, madre de los humildes, ruega por nosotros.

Fuentes

  • FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
  • Santuario Nacional Basílica Nuestra Señora de los Ángeles, Cartago — santuarionacional.org
  • Ministerio de Salud de Costa Rica, comunicados sobre la Romería 2025 — ministeriodesalud.go.cr
  • Sonia L. Gómez Vargas, "La Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles: Testimonio Arquitectónico de la Fe Costarricense", Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica, 2007
  • Luis Carlos Bonilla Soto, "Santa María de los Ángeles: el tipo iconográfico de La Puebla de los Pardos en Costa Rica", Siwo. Revista de Teología, Universidad Nacional de Costa Rica
  • C. Velázquez-Bonilla, "Las fiestas a la Virgen de los Ángeles, la 'Negrita', patrona de los costarricenses", Ateliê Geográfico, Goiânia, 2010
  • Tomás de Celano, Vita prima sancti Francisci, 1229
  • San Buenaventura, Legenda maior sancti Francisci, 1263
  • Alban Butler, Butler's Lives of the Saints, 1756-1759
  • Martyrologium Romanum, editio typica, Libreria Editrice Vaticana, 2004
  • Henri Daniel-Rops, Histoire de l'Église du Christ, Fayard, 1948-1965
  • Wikipedia, "Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles (Cartago)"
  • Wikipedia, "Virgen de los Ángeles (Costa Rica)"
  • Wikipedia, "Porciúncula"
  • ACI Prensa, Vatican News y Aleteia, artículos devocionales sobre la Indulgencia de la Porciúncula y el hallazgo de 1635
  • La Nación (Costa Rica) y CRHoy, cobertura periodística de la romería y la devoción a la Virgen de los Ángeles
  • Santa Sede (vatican.va) y Conferencia Episcopal Española, verificación del pontificado de León XIV

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